abril 03, 2016

Redes, no paredes


Imagen: Constanza Niscovolos
Lavar los platos, limpiar la casa, cuidar a lxs chicxs, llevarlos al colegio, asistir a lxs mayores... tareas invisibilizadas bajo las paredes del mundo doméstico que parecen destinadas a ser hechas por las mujeres. Es el nervio de la inequidad y uno de los puntos sobre el que las feministas insisten, debe ser visibilizado de forma urgente y pasar a formar parte de la agenda pública y estatal. La investigadora Andrea Daverio explica sus raíces y muestra la luz al final de un camino que cuesta mucho desandar.

Para pensar el tema del cuidado hay que sacarlo del empaste que lo asocia al amor y verlo como un sistema del que depende el trabajo de la reproducción. La definición dice: “El cuidado se trata de una función social que implica tanto la promoción de la autonomía personal como la atención y asistencia a las personas dependientes. Esta dependencia puede ser transitoria, permanente o asociada al ciclo de la vida de las personas.” Por eso, hablar de cuidado significa hablar de las desigualdades de género, uno de los temas que le interesa a la docente e investigadora Andrea Daverio, cuyo foco de estudio gira en torno al género, el Estado, las instituciones y las políticas públicas. Es uruguaya pero vive en Buenos Aires, Licenciada en Ciencia Política de la Universidad de la República y experta asociada del Área Práctica de Género del Centro Regional para América Latina y el Caribe (PNUD), además de coordinadora académica de la especialización en Género, Políticas Públicas y Sociedad de la Universidad Nacional de Lanús. En charla con Las 12, propone pensar las desigualdades de género sin apartar la mirada de otras desigualdades sociales que la cruzan, para entender qué especificidades tienen. Daverio prende la luz de alerta: “Si el cuidado entra en el centro de la escena, inevitablemente va a tocar resortes de la estructura patriarcal y androcéntrica. Si yo armo un sistema de cuidados, voy a tocar a la familia, a la educación, al mercado privado de guarderías, a los geriátricos. Toco una cantidad de estructuras que interactúan y sostienen todo esto.”

–El cuidado es un tema que tanto el movimiento de mujeres como las académicas feministas comenzaron a construir como problemática social. Sin embargo, falta aún para que se construya como un problema de la desigualdad, ¿por qué?

–Porque todavía falta hacer un proceso en el que se vea que el cuidado es una dimensión esencial del bienestar. Lo primero sería reconocer, volver visible en términos políticos que el cuidado es una dimensión fundamental del bienestar. El primer paso es sacarlo de la esfera estrictamente individual. No es un problema solo de negociación familiar o interpersonal. Hay una dimensión institucional fundamental. Y ahí es donde entra el Estado. Hay una responsabilidad pública y privada. Es una problemática compleja que involucra actores y espacios diferentes –una cosa es el mercado y otra es la familia– que se rige por reglas distintas. Hay un mercado del cuidado y hay acciones que se realizan dentro de la familia. Hoy, lo que falta en Argentina –porque todavía no está en la agenda de gobierno– es cómo el Estado asume la responsabilidad que le corresponde, porque el cuidado involucra el sostén y la reproducción nuestra como personas.

–Las desigualdades de género se reproducen y se mantienen en las sociedades con grados más o menos marcados. ¿Por qué no son iguales a otras desigualdades?

–Las desigualdades de género integran un tipo de desigualdades que podemos llamar, siguiendo a Charles Tilly, persistentes. Preguntarse cómo se generan, cómo persisten, cómo se reproducen y por qué persisten es un tema que ha obsesionado al movimiento feminista. Una de las particularidades que tienen las desigualdades de género es que se sostienen en una diferencia que está construida como asimetría y que se reproduce y se reitera en las sociedades de una determinada manera y con matices. En general, lo que ocurre con las diferencias sexuales, devenidas en desigualdades de género, es que se sostienen en redes materiales y simbólicas que se retroalimentan unas a otras. Por ejemplo, las mujeres son socializadas en determinados espacios y con determinadas habilidades, y cuando necesitan salir de esos espacios asignados, se ve que no están entrenadas porque sus espacios de socialización les adjudican otros espacios. Esto contribuye a que podamos comprender en parte los mecanismos de las persistencias. Esto no ocurre solamente con las desigualdades de género, también ocurre con las desigualdades étnicas o las desigualdades raciales. Desigualdades que se organizan a partir de un principio de asimetría y jerarquía. Se distribuyen las habilidades de acuerdo a esa asimetría, se reproducen y sostienen sobre redes materiales y simbólicas, y se retroalimentan.

–El trabajo de la reproducción es realizado en una muy alta proporción por mujeres.

–Hay que avanzar en democratizar los hilos que son tan profundos en la sociedad y que tienen que ver con la familia, las relaciones de afecto, las parejas. Cuando hablamos de violencia de género, hablamos también de esta asimetría, como la dimensión más extrema. Para hablar de los roles, de los cuidados, las relaciones interpersonales, hay que entender que el Estado juega un rol muy importante porque hay un ida y vuelta entre la dimensión social y la dimensión subjetiva. Hay modos de construcción de las subjetividades. Nuestras sociedades no han estado construidas históricamente con una distribución igualitaria de ambiciones, expectativas, carreras y realizaciones. Las diferencias siguen existiendo en estas líneas de demarcación imaginarias que siguen operando de acuerdo, en parte, a como fuimos socializados. Porque la desigualdad de género actúa en interacción con otras líneas de desigualdad, algunas de ellas también persistentes, y multiplican las asimetrías. Porque no hay que olvidarse que el género se cruza con otras desigualdades, con la raza, con la etnia, con la localización geográfica y con la clase.

–Las políticas de género deberían corregir estas desigualdades y promover la igualdad…

–Lo que pasa hoy es que a pesar de que se han abierto espacios de igualdad, sigue persistiendo que a las mujeres se las coloca en determinado lugares para los cuales se supone que tienen habilidades “naturales”: niñez y maternidad, por ejemplo. Cuando una mira la distribución de las comisiones donde están las mujeres en las Cámaras de Diputados, también se registra un sistema simbólico de reglas informales que las vuelve a colocar allí. Entonces cuando hablamos de la persistencia de las desigualdades de género estamos hablando de esto: redes, articulaciones, entramados que hay que conocer y volver visibles.

–¿Cómo son esos entramados?

–Las más de las veces invisibles. Por eso hay que tratar de mirar las diferentes dimensiones. El plano simbólico y el plano institucional, que dicen distintas cosas de nuestra sociedad, porque muestran los modos mediante los cuales las sociedades nos organizamos, distribuimos y tomamos decisiones respecto de a quién le damos qué cosas y a quiénes les tocan esas cosas. Pero eso no siempre es visible. Hoy, gracias al movimiento feminista, lo más visible es lo que se ha empezado a corregir, que tiene que ver con una normativa, con la ingeniería institucional más formal. El problema es pensar que eso resuelve las desigualdades de género. Son acciones diferentes, por ejemplo derogar normativas que incluyen la discriminación de género y sustituirlas por nuevas normativas. Eliminar la desigualdad en las leyes. Por eso, es que hoy, por ejemplo, hay una Generala en el Ejército. Abro las jerarquías, abro posibilidades, lo que no quiere decir resolver el problema de la desigualdad. Porque también hay que intervenir sobre otros procesos. Ese es un plano importante y necesario, pero no suficiente.

–¿Es suficiente la información que se produce en nuestro país acerca de la desigualdad de género?

–En la producción de conocimiento y reflexión han sido y son fundamentales la práctica y la reflexión feminista, los espacios académicos, a veces el propio Estado, los organismos internacionales pero es necesaria más y mejor información de calidad y sobre todo cualitativa de todo esto que es invisible. Por eso, las encuestas del uso del tiempo son tan importantes. Pero hay que saber más. Es muy importante la producción de información, y que la información se produzca pensando en la política, en el Estado y en la sociedad en una clave mucho más pluricéntrica. Es decir importa que las universidades y otras organizaciones produzcan información de calidad pero que también el Estado esté preocupado por eso, por conocer y por conocerse.

–¿Por dónde debería accionar el Estado para que esas prácticas sean productivas?

–En primer lugar, me parece que en materia de desigualdad de género es muy importante la escucha del Estado respecto de cuáles son los problemas, dónde están las necesidades, qué se está decodificando. Esa capacidad de interpretación del Estado. Si lo pensamos actuando en red con otros organizamos, seguramente las intervenciones del Estado serán más ajustadas y más permeables a la participación de otros actores que también están involucrados en lo público. Porque el Estado es el representante de lo público estatal. Tiene la autoridad y, en ese sentido, es importante porque puede hacer cosas que otros actores no pueden hacer. Diseñar una política pública se puede hacer entre todos, entre el Estado y otros actores no estatales: poner en marcha, monitorear, hacer auditorias y que la sociedad civil participe activamente.

–¿Por qué no están en la agenda política estas desigualdades? Son los movimientos de mujeres quienes hacen que se escuchen y que se hagan visibles estas demandas.

–Yo creo que hay temas que todavía no están en la agenda de gobierno. Hay que hacer esta distinción: una cosa es la agenda pública y otra la agenda de gobierno. Los derechos sexuales y reproductivos y en particular el aborto legal, seguro y gratuito en Argentina es un tema que hace ya mucho tiempo que está en agenda pública y no política, y los muchos proyectos que terminaron en un cajón en el Congreso son una muestra de esto. Es una temática que no ha logrado llegar a ese menú codiciado sobre los que se toma la decisión de intervenir. Y las prioridades son ideológicas, siempre. Toco los intereses del mercado, toco los intereses de la iglesia, aún cuando este Estado es laico. Entonces se ordenan las prioridades en función de lo que se entiende que es primero. Y hay sesgos de género.

–¿Y respecto de los cuidados?

–Recién ahora empieza a salir a la luz ese histórico trabajo invisible, asociado al amor y a lo que hay que hacer. El amor forma parte de algunas relaciones de cuidado pero no de todas. Hay miles de personas mayores que viven solas que requieren controles médicos periódicos y no tienen familia que por amor y con amor los acompañen. Pero esas personas –porque es una dimensión del bienestar– requieren de un tipo de cuidado y eso lo debería garantizar el Estado.

–Cosa que no sucede.

–Los sectores medios y medios altos tercerizan los cuidados porque lo pueden pagar. El progreso de las mujeres de los sectores medios está sostenido sobre eso. Pero eso no le toca a todo el mundo. Por eso el Estado debe intervenir porque si no sigue habiendo ciudadanos de primera y de segunda. Son discusiones que hay que dar adentro del Estado, adentro del feminismo, adentro de los partidos políticos. Porque en parte quienes no discuten esto es porque lo tienen resuelto. Y eso hay que hacerlo visible. En materia de género el Estado tiene que hilar fino y eso significa intervenir, conocer, escuchar, saber buscar, saber ver y en esto tiene que haber humildad y reconocimiento de lo que no se sabe. No hay nada peor que una política pública que no vaya donde tenga que ir. A veces los Estados actúan por inercia, y buena parte de las inercias están sostenidas en construcciones de otro tiempo y que hoy son problemas de igualdad.


Por Laura Rosso
Fuente:Página/12