abril 15, 2016

Simone de Beauvoir, la hermana mayor

Este 14 de abril se cumplen 30 años del fallecimiento de la filósofa y escritora francesa, nacida en 1908 en el parisino bulevar Raspail, sacerdotisa del existencialismo y una de las teóricas clave del feminismo, por mucho que le duela a Hélène Cixous y a otras seguidoras del pensamiento de la diferencia, que la ningunean por verla demasiado apegada al discurso ilustrado, es decir, al feminismo de la igualdad. Y si Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft fueron nuestras abuelas y nuestra madre Virginia Woolf, a Beauvoir le cabe el honor de haberse erigido en nuestra hermana mayor. Una hermana un tanto particular, todo sea dicho, dado que cuando empezó su libro más emblemático, El segundo sexo, publicado en 1949 y hoy considerado la biblia del feminismo moderno, no anidaba aún en ella el gusanillo de la reivindicación.

Simone de Beauvoir, aquella estudiante aplicada que de vez en cuando distraía algún que otro volumen en la librería de Adrienne Monnier y que soñaba con consagrar sus días a la vida intelectual, devino feminista en el proceso de su redacción y sobre todo cuando, tras vender más de 20.000 ejemplares en una semana, constató la indignación que causaba entre algunos próceres y el agradecimiento que suscitaba entre las lectoras, que la agasajaron con un alud de correspondencia, que por cierto jamás cesó. Casi tres lustros después, en este caso al otro lado del Atlántico, se publicaba La mística de la feminidad, de Betty Friedan, que convivió en el agitado 1968 y en sus aledaños con la traducción al inglés del entonces ya mítico ensayo de Beauvoir, aunque se tratara de una versión seriamente tergiversada por un traductor inexperto que tan sólo en fechas recientes ha hallado reparación.

La autora de obras filosóficas como Para una moral de la ambigüedad, de novelas como La invitada o Los mandarines, con la que ganó en 1954 el premio Goncourt (el importe le permitió comprarse un apartamento, tras haber vivido siempre en hoteles modestos), y de libros memorialísticos como La fuerza de las cosas o Una muerte muy dulce, consagrado a su madre, halló en Jean Paul Sartre el compañero ideal para crecer vital e intelectualmente. Muchos la acusaron de excesivo apego a las ideas sartrianas, aunque la pareja jamás viviera bajo el mismo techo; sí comparten lápida en el cementerio de Montparnasse.

Pionera en hablar de la condición femenina como de una construcción cultural y, en consecuencia, pionera de los gender studies con su célebre “no se nace mujer, se llega a serlo”, que abomina de cualquier dictado de la biología, destaca sobre todo por haber predicado con el ejemplo un modelo de libertad que la llevó a gozar de “amores contingentes” que ni interfirieron en su pacto de sangre con Sartre ni tampoco en los muchos viajes de placer o políticos que hicieron juntos, incluidas la China de Mao y la Cuba de Castro. Tras algunos devaneos con el sexo femenino, convivió por ejemplo algunos años con Claude Lanzmann, notablemente más joven que ella y actual director de la revista Les Temps Modernes, cuna del existencialismo.

Siempre pronta a participar activamente de la actualidad, ya en su día la vimos salir a las calles a reivindicar el derecho a la contracepción y al aborto junto a las chicas del MLF, a quienes recibía en su propia casa algunos domingos. Tampoco eludió formular la trampa de la maternidad, uno de los muchos castigos que se infligen a la mujer en tanto que “la otra”, la distinta, que hoy la llevarían a combatir a quienes abogan por un regreso al hogar y niegan una vida plena para las mujeres al margen de la función reproductiva.

En Final de cuentas, el libro que cierra el abundante ciclo autobiográfico que comenzó con Memorias de una joven formal, escribió: “No, no hemos ganado la partida: en realidad desde 1950 no hemos ganado casi nada. La revolución social no alcanzará a resolver nuestros problemas. Estos problemas conciernen a un poco más de la mitad de la población: hoy los considero esenciales. Y me asombro de que la explotación de la mujer sea tan fácilmente aceptada”. Al igual que Borges y Rulfo, Beauvoir nos dejó en 1986 y la explotación persiste, véase la prostitución. De lo que se deduce que El segundo sexo sigue siendo un faro que alumbra en la oscuridad.

Mª Ángeles Cabré, escritora y crítica, dirige el Observatorio Cultural de Género.
Fuente: El País