mayo 07, 2016

Cuando la pantalla es malva: la superheroína como revolucionaria

Carla Berrocal
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que el superhéroe se concebía como el sistema inmunológico de la realidad. Autores como Grant Morrison, Warren Ellis o Alan Moore vieron, a finales del pasado siglo, en el cuero, las mallas de licra y el kevlar el potencial de una ficción capaz de cambiar el sentido de la existencia: un Marqués de Sade sumándose al sentido del ahora superheróico en Los Invisibles; el espíritu del siglo XXI, Jenny Quantum, en las carnes de una niña superheroica adoptada por una pareja que recuerda poderosamente a Batman y Superman, en The Authority; un apocalipsis por venir concebido como transgresión inspiradora propia del espíritu millennial en las carnes de una superheroína, Promethea, que remite, en su esencia arquetípica, a la primera de todas ellas, Wonder Woman.

Signo y síntoma del presente, en el superhéroe y en la superheroína encontramos un significante capaz como pocos de albergar multitud de sentidos, dependientes cada uno de ellos del momento, del contexto, de la historia: el final del siglo XX empapado de espíritu de cambio; el 11S y la vuelta al héroe monolítico; la recuperación del sentido prometeico previo al estallido de la crisis económica; la superheroína como potencial alternativa en tiempo de disolución de estructuras caducas y renacimiento de feminismos.

Precisamente en esta línea, la de la lectura feminista del audiovisual superheroico, encontramos un crescendo de confianza en las protagonistas como cabezas de cartel, afianzada por el éxito en taquilla de sagas como Crepúsculo (2008-12) o Los Juegos del Hambre (2012-15).

Las mujeres con poderes han llegado para quedarse, como también ha detectado Disney

No obstante, no debemos dejar de lado en este análisis producciones como las malogradasCatwoman (2004) o Elektra (2005), o la misma saga de los X-Men, con el personaje de Jean Grey/Fénix Oscura –interpretado por Famke Janssen– como contrapunto de ese patriarcado mutante perfectamente representado por el Profesor Xavier y su archienemigo, Magneto.

Un patriarcado que quedaría sutilmente delatado en la película X-Men: Primera Generación (2011), de Matthew Vaughn, por otro personaje, la metamorfa Mística, interpretada por Jennifer Lawrence, también conocida por darle cuerpo, rostro y acción a Katniss Everdeen, la herramienta revolucionaria protagonista de Los Juegos del Hambre.

¿Y por qué es esto importante? Katniss Everdeen tiene la legitimación del mercado adolescente y sienta un precedente difícil de obviar por crítica y mercado con su heroína. Algo parecido ocurre con el último episodio cinematográfico de la sagaCrepúsculo, cuya lucha final entre facciones de vampiros remite expresamente a la imagen superheroica, con Bella (Kristen Stewart) como heroína al frente.

Las mujeres con poderes han llegado para quedarse, como también ha detectado Disney. No es casual que un personaje como Elsa, protagonista del éxito de público y merchandising que es Frozen (2013), sea el preferido de niñas y niños. Una 'Reina de las Nieves' que recuerda poderosamente a la Reina Blanca, Emma Frost, y en dones sobrehumanos, al Hombre de Hielo; ambos, personajes de La Patrulla X.

El devenir superheroína ha tenido, en las distintas encarnaciones de la Viuda Negra por Scarlett Johansson para Marvel, un catálogo en el que apreciar su evolución y posterior capitalización oportunista: de apoyo superficial del superhéroe (Iron Man, 2008 y 2010) a única heroína del grupo (Los Vengadores, 2012), hasta hacer de Natasha Romanov la compañera ideal, en igualdad aparente, del Capitán América (Soldado de Invierno, 2014). Eso sí, sin película para ella sola a la vista. Marvel ha reservado ese privilegio por el momento a la Capitana Marvel. Su película está prevista para 2019.

En la ficción televisiva, encontramos en Peggy Carter (Hayley Atwell), personaje rescatado de la primera película del Capitán América (El primer vengador, 2011), un anclaje al imaginario pulp, homenaje al desmande cultural posterior a la II Guerra Mundial, que tiene en sus villanas –Dottie Underwood y Whitney Frost– uno de los hallazgos más interesantes en sus dos temporadas emitidas en Netflix.

Se trata de voluntad de transformación, de cuestionar todo lo que atraviesa el cuerpo social

Underwood es una espía rusa fruto de la primera generación de Viudas Negras, entrenada para el camuflaje y letal. Frost, por su parte, encarna a una villana que contiene todas las tensiones inherentes a un sujeto que precisa de un simulacro de feminidad para poder existir en un entorno hostil.

Otra de las series que ha suscitado interés desde la perspectiva feminista –y que, en este caso, parte de un tebeo post 11S llamado Alias, firmado por Brian Michael Bendis (2001-04)– es Jessica Jones. Protagonizada por Krysten Ritter, viene definida, como también ocurría en el cómic, por el supuesto mal carácter de su protagonista.

Si bien a Jones se le hace víctima de un trauma con el que lidiar, y un villano del que vengarse para seguir adelante, esta serie resulta interesante por uno de los personajes secundarios, Trish Walker (Rachael Taylor), hermanastra de la protagonista cuya aventura heroica tiene que ver con la voluntad de empoderamiento.

Esa voluntad nutre el arquetipo de la superheroína. No basta con las satisfacciones momentáneas que pueda ofrecer un discurso, con un instante de poder que no pasa de bofetada simbólica, con limitarse a aparecer en vez de actuar. Se trata de una voluntad de transformación, de cuestionar todo aquello que atraviesa el cuerpo social. La superheroína como agente de una revolución en el sentido mismo de la realidad.

Fuente: Periódico Diagonal