mayo 20, 2016

Vía Crucis




Un Vía Crucis es el camino señalado por las 14 cruces que representan los pasos que dio Jesús en su camino desde el Pretorio de Pilatos al calvario. Hablamos de vía crucis para expresar las dificultades que pasamos en ciertos momentos de la vida para lograr alguna meta. Vía crucis se llamó la performance que un grupo de mujeres extranjeras, del colectivo Madres Migrantes Maltratadas, madres de hijos e hijas peruanos, realizaron en Lima el 6 de mayo del 2016, en las afueras de Migraciones para exigir que se reglamente por fin la Ley de Migraciones 1236 que les permitiría tener la residencia por hijo o hija y continuar en el país sin estar más en situación de irregulares, lo cual las pone en una situación de alta vulnerabilidad y desamparo. Muchas de ellas han sufrido violencia física y psicológica por lo que optaron por separarse de los hombres que amaron y por los que dejaron su país para insertarse en la sociedad peruana.

En cualquier relación de violencia, romper el círculo e iniciar la ruta crítica es muy difícil y lo es más cuando se está en un lugar en donde no hay redes familiares y no se cuenta con residencia ni recursos económicos para subsistir. Ese es el camino que iniciaron muchas de estas mujeres, que a la cruz que tenían que llevar por la ruptura, se le agregan otras, debido a que en el país, por una obsoleta ley de extranjería, tener un hijo no da derecho de residencia y la renovación de la misma dependía de una carta aval de los esposos. Si bien este requisito se ha eliminado, aún debe ir con el DNI del marido, lo que constituye un atentado contra la autonomía de la mujer y le da al hombre más poder sobre la vida de ésta. Como lo dijo una de las mujeres a la prensa el día de la protesta: “Una vez que nos separamos de nuestro marido, no nos renueva nuestra residencia, quedamos irregulares y nos expulsan del país, como los niños son peruanos se quedan adentro”.

A la cruz que cargan por el miedo a una deportación, ya que los mismos hombres por los que vinieron al Perú las denuncian para que las expulsen, como ha sucedido en algunos casos, cuando ya sea por la continuidad de la violencia o por la manutención de los hijos han interpuesto algún recurso legal, se agrega otra, esta vez encarnada en el propio sistema de justicia. Las mujeres extranjeras que acuden buscando justicia muchas veces no son atendidas porque no tienen los documentos en regla ni los recursos suficientes para seguir los juicios, se enfrentan a hombres o sus familias con contactos y a jueces y juezas llenos de prejuicios hacia la extranjera, que es vista como sospechosa, pues en una especie de identificación nacional se confía más en la palabra del hombre, del peruano, aunque la evidencia diga otra cosa, y empieza el camino para defenderse de los juicios que resulta interminable. Aleida Pérez, una de las mujeres maltratadas de nacionalidad colombiana, cuenta como en el 2013, el ex le inicia un juicio por violencia contra él y su hija y uno en el poder judicial para adquirir la tenencia, el fin era quitarle a la hija y obligarla a salir del país. Estos juicios hasta hoy no terminan, dice.

Los casos de denuncia son múltiples y constituyen un instrumento más para controlar y someter a las mujeres extranjeras en esta situación, que no tienen las posibilidades de defenderse adecuadamente y que viven el miedo de que en cualquier momento les arranquen a sus hijos y no puedan verles más. Joanna Pachwicewicz, ciudadana polaca, cuenta en un video registrado hace un año que:

“El padre de mi hija me ha denunciado 6 veces por violencia doméstica, otro proceso por suplantación de identidad, otro por régimen de visitas otro para quitarme un bien que tengo en Pimentel. Todos esos procesos han sido archivados y todos esos procesos tienen como fin llevarme a la cárcel y quitarme a mi hija. Desde noviembre del 2014 no podemos regresar a Inglaterra.”

No se sabe si ha logrado solucionar su caso y salir del país, pero su experiencia grafica muy bien el repetido vía crucis que viven muchas madres migrantes.

En muchas ocasiones también el funcionariado del poder judicial pone peso a la cruz, y ahí no importa si es hombre o mujer. El peso del prejuicio y la xenofobia traspasa el género, como lo cuenta Ángela Guarín, colombiana, cuando inicio el juicio por alimentos:

“No cumplió con ninguna pensión alimenticia. Así que tuve que interponer una demanda de alimentos. Tuve que pasar al juzgado de familia. En cuatro oportunidades me cambiaron de juez, en cuatro oportunidades, la última fue la jueza a la que tuve que presentarme y contar mi versión de los hechos. Ella me pidió mi documento, se dio cuenta de que era extranjera y me dijo si yo era del grupo de extranjeras que había venido al Perú a buscarme un marido adinerado de buena posición y de buenos apellidos para mejorar mi situación en mi país de origen.”

No importaba para esta funcionaria que, independientemente de las razones que hubiera tenido de la mujer, el problema era incumplimiento de las obligaciones del padre con su hija. Antepuso su prejuicio, su xenofobia y, ¿por qué no decirlo?, su sentido de competencia con la extranjera.

Y así la justicia se transforma en otro factor para la injusticia, abonando a la continuidad del sufrimiento de las mujeres, cuando está mediada por el odio o la incomprensión hacia quienes ha venido de otros lugares, los otros o las otras, que no conocemos y tememos, que vemos como usurpadores, sobre todo si son mujeres, si son pobres, si son diferentes. Esto, vale recalcar, no es exclusividad de la justicia peruana, es algo que también viven peruanos y peruanas en otros lugares, como bien lo sabe Claudia Córdova, una travesti peruana que ha sido condenada en La Plata a 5 años por tenencia de cocaína, cuando tenía solo una mínima dosis para su consumo personal. En este caso, su procedencia ha sido utilizada como agravante del delito. Así, el juez Juan José Ruiz se basó en la Constitución Nacional para no aplicar la igualdad ante la ley, señalando que:

“se podrá restringir, limitar, y gravar la entrada y permanencia de aquellos extranjeros que, en vez de venir a labrar la tierra, esto es a trabajar, vengan a robar; en vez de venir a mejorar las industrias, vengan a fabricar y traficar con el veneno (droga); en vez de venir a instruir y enseñar, vengan a asesinar y violar, porque con tales actos, no se afianza la justicia, no se consolida la paz interior ni la unión nacional.”

Un fallo injusto a todas luces, pero que envía también un mensaje a toda persona extranjera, diciéndole claramente que la vara con la que será medida será más larga.

Las autoridades de Migraciones han dicho que pronto estará el reglamento de la nueva Ley de Extranjería. Mientras tanto, el vía crucis para las mujeres extranjeras no termina y el país sigue siendo para ellas un territorio hostil, por esta legislación que no tiene en absoluto concordancia con lo acogedora que es la mayoría del pueblo peruanoy con estos tiempos en que la migración es considerada un derecho humano.

El año pasado, la ministra de Comercio Exterior y Turismo, Magali Silva, presentó en el marco dela Feria Internacional de Turismo de España una nueva campaña para incentivar la visita de turistas extranjeros al Perú, diciendo: “El objetivo de la nueva campaña ‘Perú, imperio de tesoros escondidos’ es difundir el atributo más importante de nuestro país: todas las personas necesitan descubrir una parte nueva de su ser, algo que aún no conocen, y Perú es el mejor lugar del mundo para encontrarlo”. El spot presentado nos habla de las bondades que podemos encontrar en el Perú y dice: “Es esa parte de ti que no sabías que faltaba en el lugar donde no habías buscado, un lugar donde no se hable de comida sino de sentimiento, donde te das cuentas que no eran los zapatos nuevos que necesitabas, sino caminar de nuevo”. Eso es lo que esperan las madres migrantes maltratadas, caminar de nuevo sin un atisbo de violencia en sus vidas, en el país en que nacieron sus hijos e hijas y en el que nunca más tengan que vivir un vía crucis para poder quedarse.

Por Rosa Montalvo Reinoso