julio 17, 2016

Atrapadas en Singapur

Muchas mujeres que llegan a Singapur para trabajar como empleadas domésticas acaban atrapadas por las retenciones de las empresas de trabajo. Sus condiciones mejoran, pero siguen enfrentándose a abusos.

Moe Moe mira por la ventana del edificio donde se encuentra una de las oficinas de HOME./ Omar Montenegro

Moe Moe llegó a Singapur hace dos años, con el objetivo de ahorrar para cumplir el sueño de abrir un negocio en su Birmania natal. Sin embargo, no tuvo en cuenta que pasarían nueve meses antes de que ganara su primer sueldo debido a la retención practicada por la empresa de trabajo que la trajo hasta aquí: una práctica que hace que muchas mujeres queden atrapadas con una cantidad de deuda e incluso soporten determinados abusos para obtener su primer salario.

“Me pagaron 420 dólares de Singapur [alrededor de 280 euros] y no tuve ni un sólo día libre en 10 meses”, explica esta birmana de 25 años. Su cuerpo robusto y de escasa estatura contrasta con las fotos que muestra durante el tiempo en que fue abusada, donde se la ve escuálida y golpeada.

Singapur es el destino soñado para muchas mujeres del Sudeste Asiático, ya que en esta ciudad-estado los salarios acostumbran a ser hasta cinco veces superiores que en sus respectivos países. Para muchas de ellas este lugar es el Dorado, donde tienen la esperanza de mejorar sus condiciones económicas y enviar dinero a su familia. Según el World Bank, por ejemplo, en 2015 se enviaron a Filipinas alrededor de 28 millones de dólares en remesas.

En los años 90 el Gobierno impulsó a las mujeres de Singapur al mercado laboral y facilitó también la llegada al país de otras trabajadoras, que son en su mayoría de lugares empobrecidos de la región como Filipinas, Birmania o Indonesia, para hacerse cargo de las tareas de casa, el cuidado de los mayores y especialmente de los niños. Actualmente 1 de cada 5 hogares cuenta con una de estas trabajadoras en un país de alrededor de cinco millones de personas, según la Organización Humanitaria para las Migraciones Económicas (HOME en sus siglas en inglés).

Los agentes en su países de origen ofrecen frecuentemente a las trabajadoras información inadecuada o engañosa acerca de su empleo en el extranjero, o les cargan con cuotas que son excesivas. Por lo tanto, a estas mujeres no les quedan muchas más opciones que pedir préstamos con altas tasas de interés a los prestamistas o las mismas agencias locales. Estos préstamos que deben devolver pagando de vuela los seis o diez primeros meses de su salario, como lo sucedió a Moe Moe. Así, las trabajadoras quedan atrapadas por las deudas nada más llegar a Singapur.

Ma La-arni Ilisan es una mujer filipina que trabaja en Singapur desde hace 13 años./ O.M.

Aquí no existe el salario mínimo para las trabajadoras domésticas y las que cuentan con nacionalidad singapurense acostumbran a trabajar de forma independiente y reciben un salario mucho mayor por ser mano de obra local. Las características de cada nacionalidad se tienen en cuenta a la hora de formalizar los contratos con las agencias. Las filipinas son las mejor pagadas y cobran 550 dólares al mes.


“Este es un trabajo que hacen las pobres”, dice el empleado de una de estas agencias de empleo situada en el centro comercial Katong, un edificio construido a principios de los años setenta, que hoy luce obsoleto, donde abundan las agencias de empleo de empleadas domésticas. La empleada de otro de estos negocios parece incitar al abuso, sugiriendo que en el caso de ser contratada puede estar a disposición del empleador desde que se levantan hasta que se va a dormir.


La mayoría de las trabajadoras en Singapur relatan experiencias positivas, pero otras no tienen tanta suerte al encontrar un empleador; especialmente aquellas que trabajan en los hogares de singapurenses de ascendencia china o india de bajo poder adquisitivo que son quienes abusan más de ellas, según la organización ‘Los trabajadores transitorios también cuentan’ (TWC2 en sus siglas en inglés) que monitorea los abusos desde hace una década. Las empleadas domésticas, además de sentirse ahogadas por las deudas, están obligadas a vivir en casa de sus empleadores y podrían no salir ni librar durante meses.


Las condiciones de trabajo de algunas de las trabajadoras con el tiempo se deteriora tanto que son similares al trabajo esclavo. En 2015, según HOME, 299 mujeres fueron abusadas emocionalmente, 108 no recibieron su salario y 102 fueron abusadas físicamente, entre los 1212 casos registrados por la organización.

Algunas de ellas han denunciado también la falta de comida o incluso no tener un lugar digno donde poder descansar. “Me hacían dormir con un colchón en el balcón y no sabía a quién pedir ayuda”, cuenta Ummai Ummairoh, una empleada doméstica de 34 años, que en casa de otro empleador llegó a dormir en el suelo de la cocina.

A día de hoy, Ummai preside una asociación, la Red Familiar Indonesia (IFN en sus siglas en inglés), para luchar por los derechos de las trabajadoras, algo que no es habitual, ya que en Singapur no se permite formar sindicatos. Desde la asociación no pueden llevar a cabo grandes reivindicaciones, pero tratan de correr la voz sobre los abusos a las trabajadoras.
Awe Hung y Kee Lhi Pai, dos trabajadoras domésticas birmanas, disfrutan de su día libre./ O.M.
Awe Hung y Kee Lhi Pai, dos trabajadoras domésticas birmanas, disfrutan de su día libre./ O.M.

Moe Moe cuenta que fue contratada por una familia de singapurenses de ascendencia china para cuidar de tres niños de 1, 3 y 7 años, además de ocuparse de las tareas del hogar. Su jornada laboral comenzaba a las 5 de la mañana y terminaba a media noche. Comía arroz blanco tres veces al día acompañado por un vaso de agua y recibía puñetazos como castigo cuando robaba comida en la cocina. Su empleadora también incitaba a su marido para que la azotara con un palo de bambú, un método muy utilizado en China para disciplinar a los niños.

“Me quería ir, pero me decían, ¿quién va a quererte? Tenía que pagar la deuda con la agencia que me trajo aquí. Un día me metió en un avión a Birmania y me dijo: si alguien te pregunta qué te ha pasado en la cara, diles que te caíste”, explica Moe Moe que regresó a Singapur para buscar justicia y actualmente vive en un centro de acogida de HOME mientras se desarrolla el juicio.

Las denuncias sin embargo rara vez llegan a los tribunales, ya no se permite trabajar a las mujeres mientras esperan a que se resuelvan sus casos que podrían extenderse durante meses. Las barreras del idioma, la falta de información y su estatus migratorio imponen grandes barreras a la denuncia penal.

John Gee, presidente del subcomité de investigación de TWC2, explica que si se trata de una falta por impago de salarios, el empleador es presionado por el Ministerio de Trabajo y no les permite contratar a otra trabajadora hasta que la disputa no se resuelve. Pero si se trata de un caso de abuso, es más probable que se lleve a juicio y que el Estado corra con los gastos.

“En realidad no solemos ver que las trabajadoras pidan indemnizaciones por pérdidas de ganancias, daños a la salud y este tipo de cosas. La mayoría de ellas, después de una experiencia traumática, sólo quiere dejarlo atrás y seguir adelante”, explica Gee.

Los últimos años se han producido algunos cambios. Ahora, por ejemplo, las trabajadoras tienen derecho a librar un día a la semana y han aumentado gradualmente las leyes para protegerlas de los abusos. A partir de diciembre las agencias por ejemplo serán evaluadas para renovar sus licencias. Sin embargo, solo las podrán evaluar los empleadores dejando de lado una vez más a las trabajadoras.

“Seguiremos luchando también por conseguir un horario y salario mínimo”, concluye Ummairoh con un sentido de determinación que transmite su esperanza de un futuro mejor para las empleadas domésticas en Singapur.

Por Ana Salvá./ Singapur
Fuente: Pikara