julio 17, 2016

Ciencia Ficción. Otros mundos son posibles

¿Con qué sueñan las que se atreven a inventar sistemas paralelos cuando fluyen las letras? ¿Qué promete la ciencia cuando es ficción a los cuerpos femeninos? ¿Qué monstruos y qué paraísos ofrece el género cuando las que escriben son mujeres? ¿Hay utopías feministas en el espacio sólo explorado por la fantasía? Desde el Frankenstein de Mary Shelley que mata atravesado por el dolor y el desamor hasta los relatos más contemporáneos en los que la fluidez de los géneros aparece reiteradas veces, muchas escritoras han tomado la ciencia ficción por asalto para alejarse un poco de los vuelos interespaciales –sin correrle el cuerpo a las presencias extraterrestres– para instalar temas que las atraviesan: las luchas raciales, la maternidad y la reproducción, el cambio de género y sexo, la explotación laboral y el amor lésbico entre algunos otros que permiten acercarse tanto a la otredad como al reflejo conocido que aparece cuando nos miramos en ella.

Ella se ha transformado en una criatura híbrida, mitad gusano de seda, mitad hembra humana. Es parte de unas cuantas mujeres encerradas en un taller clandestino, que aseguran ser hijas de samuráis. No importa de dónde hayan venido: la invención del origen es todo lo que les queda. Al entrar ahí, engañadas –y la mayoría, llegada de zonas rurales– el Reclutador les da un té horrible y las pone a trabajar. Así se transforman en “kaiko-joko”. Esto es, obreras del gusano de seda que producen hilos en su vientre. Cada una aporta un color único de la seda más suntuosa –índigo, melocotón, verde translúcido– y se la quita cada día porque brota en la punta de sus dedos. Kitsune, la protagonista, narra en primera persona lo que va ocurriendo. En algún momento, empieza a producir sólo hilo negro. Ése es el comienzo del fin de esta fábrica fantasma que la autora situó en la era Meiji de Japón. El cuento se llama “Devanando para el Imperio” y fue escrito por Karen Russell, nacida en Miami en 1981, que en 2012 estuvo a punto de ganar el Pulitzer de ficción (con otros nominados como David Foster Wallace). Si esto no ocurrió, fue porque el jurado declaró el premio desierto. Después llegó a nuestro país Vampiros y limones, donde está incluido el relato pavoroso de las kaiko-joko.

Russell admitió que este cuento está escrito a partir de hechos reales. Su trabajo, explica, es llevar adelante eso que proponía Flannery O’Connor: no es que la realidad deba ser distorsionada para escribir; simplemente se necesita cierta distorsión para llegar a la verdad de cada relato. Russell es, esencialmente, una escritora ligada al género fantástico. Pero por suerte, a estas alturas, los géneros dejaron de ser zonas estancas. O como le dijo Liliana Bodoc a esta cronista, los géneros entran en combustión bajo una misma búsqueda: hacer de lo real un artefacto extraño que permita pensar la otredad. Y también, la “mismidad” de la que somos parte cuando nos miramos en otrxs.

Así, el relato de Russell bien puede ser pertenecer a la ciencia ficción, ese territorio que las mujeres tomaron por asalto para transformarlo en género audaz, donde los cambios de sexo, el amor lésbico, las luchas raciales, la explotación laboral, la maternidad y la violencia le fueron ganando terreno a los vuelos interespaciales, los marcianos depredadores y la imaginería tecnológica como único recurso para alabar el cientificismo ilimitado que, pensaron varios, pondría al universo de rodillas ante la especie humana.

“La ciencia ficción presenta ideas especulativas de una forma que no pueden hacerlo las obras científicas”, planteó a mitad de los setenta la editora Pamela Sargent, encargada de Women of Wonder (conocida aquí como “Mujeres y maravillas”; en ambos casos, un guiño a la superheroína de tiara dorada y botas rojas). Se trata de una antología imprescindible para entender cómo las mujeres se abrieron paso en la ciencia ficción anglosajona, con nombres que a incluyen a Catherine Moore (que comenzó publicar en los años treinta y creó una bailarina con cerebro de robot en la novela pulp No woman born) o Francis Steven (cuyo verdadero nombre era Gertrude Barrows y publicada con seudónimo ya que la escritura no era profesión decorosa).

Claro que la historia comienza con Mary Shelley y ese Frankenstein hecho con fragmentos de otros cuerpos, precursor de los cyborgs. Se sabe, la joven Shelley escribió su relato como lúdica respuesta a un desafío que le propuso su amigo Lord Byron. “La invención, hay que admitirlo humildemente, no consiste en crear del vacío sino del caos”, advertía con agudeza esta chica inglesa de madre feminista –Mary Wollstonecraft– en el prólogo de la novela, escrito en Londres en 1831. Y como Shelley auguró, el caos es tierra pródiga para la escritura.

Sargent señala que las mujeres no tenían hasta los setenta (en medio de una nueva oleada feminista en Estados Unidos) voz ni voto a la hora de decidir de qué forma serían utilizadas las ciencias y las tecnologías, que eran considerados, “los utensilios de dominio del macho”. También, los utensilios de dominación imperial, lo que explica que si bien cada país tiene una tradición literaria propia, la que se impuso a escala planetaria fue la de la lengua hegemónica. Y aunque la ciencia ficción sólo tenía rango de aventura escapista para varoncitos nerd, no dejaba de ser un producto cultural escrito esencialmente en inglés. Aún así, en ese mismo lugar, un grupo considerable de escritoras se volcó hacia una ciencia ficción menos dura, más profunda y poética, que pudiera reflejar sus luchas e intereses.

Si hay un libro que abrió el cielo para que el universo sea narrado de otro modo en el siglo XX, ése es La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin, publicado en 1969. El narrador de esta novela es Genly Ai, enviado como embajador al planeta Winter, habitado por hermafroditas que adoptan uno u otro sexo en la época donde se enamoran. Ai se sumerge en una exploración que le mostrará cuán diferente puede llegar a ser una sociedad donde no existe diferenciación sexual. Este argumento coincide con una pregunta esencial que se hizo Ursula y que trazó un antes y un después: ¿por qué hay que escribir ciencia ficción siguiendo un canon masculino en las tramas, en el punto de vista y aún en el estilo? Es decir, la escritora hace estallar en su historia el binarismo según el cual no hay identidad más allá de lo masculino y lo femenino. Y al mismo tiempo, pone en escena la necesidad de renovar el discurso. Ella vislumbró la respuesta en Virginia Woolf: “Yo escribía como varón hasta que me encontré con Un cuarto propio”, dijo en una entrevista famosa, publicada en The Paris Review. En su página web, además, hay un divertido apartado donde explica cómo pronunciar su nombre, de raíces americanas, alemanas (la K es de “Kroeber”) y francesas. “URsuhluh KROb’r l’GWIN”, propone como síntesis de fonética extraña –y sin raigambre en un género u otro– con la que también bautizó a sus personajes.

Nacida en California en 1929, y dueña de una obra vastísima que también incluye el género fantástico con la muy conocida saga Terramar, Le Guin escribía desde pequeña pero comenzó a publicar ciencia ficción en los sesenta. Antes que nada, se reivindicó como poeta y feminista (no casualmente se haría amiga con el tiempo de la argentina Diana Bellessi). “La ciencia ficción ‘dura’, esto es, basada en la física y la astronomía no me interesa. Yo trabajo más bien desde la antropología”, contó esta hija de dos antropólogos.

Por su calidad y contundencia, no pasaría mucho tiempo hasta que la crítica necesitara un espejo masculino con el cual compararla. Ahí aparece otro peso pesado: Philip Dick. Ella agradeció el halago pero se tomó un poco en solfa el asunto: “Philip y yo cursábamos en la misma época en la Berkley High School. Pero ninguno de sus compañeros parece recordarlo”, dijo con una chispa de maldad aunque lo admiraba e incluso escribió una novela donde lo homenajea, La rueda celeste. Nobleza obliga, son pocos los escritores que se metieron de lleno con la agenda de reivindicaciones feministas. Dick sí lo hizo, del modo más políticamente incorrecto que se pueda imaginar. Así es como en 1974 publicó “The Pre-persons”, sobre un camión de abortos que, como un cuco amparado por la ley, es el terror de los niños menores de 12 años ya que se los puede llevar aduciendo que todavía no desarrollaron su alma; o sea, que no son humanos.

De todos modos, también otros escritores perdurables se sirvieron de la literatura para señalar que aún en otros mundos las mujeres son cercadas por el prejuicio. Como esa adorable niña Margot creada por Ray Bradbury, que se muda a Venus aunque siente melancolía por los días soleados en su Ohio natal y a quien sus compañeros de colegio encierran en un armario justo el día en que deja de llover por unas horas, tras siete años. El tema, en el fondo, es la exploración de los sentimientos en toda su complejidad. Y cuando los sentimientos estallan, devienen incómodos. A Richard Matheson nadie podría tildarlo de romántico. Y sin embargo, es esa pasión la que lo lleva a viajar al pasado para encontrar a la mujer de su vida en su novela En algún lugar del tiempo. Y de paso, en la dedicatoria de ese texto se lee: “Con incondicional amor, a mi madre”.

Estos varones profundizaron los límites de la ciencia ficción con un recurso impensado (que el lugar común le achaca a lo femenino): la sensibilidad. Y si ellos pudieron mostrarse más vulnerables, ellas hicieron el camino inverso. Al igual que las guerreras antiguas que se escondían tras yelmos para ir a la batalla, tomaron otros nombres como estrategia de lucha. Fue un recurso quizás no muy pensado pero sí efectivo para dejar el descubierto que en el fondo, aún en su desprejuicio, la ciencia ficción seguía haciendo gala de un sexismo precámbrico.

El ejemplo extremo es el de Alice Sheldon, considerada “el mejor escritor” de ese género por una razón simple: firmaba sus cuentos como “James Tiptree, Jr”. En 1942 se unió al ejército de los Estados Unidos y después trabajó para la CIA; más tarde regresó a la universidad y obtuvo un doctorado en psicología experimental. Algunas fotos la muestran, aún de grande –cuando el asunto de su nombre ya había sido descubierto– con su sonrisa triunfante y su pelo rapado al costado (¿guiño queer?). Para completar la leyenda, aseguraba que había sacado su apellido de fantasía de un prosaico tarrito de mermelada.

Empezó a escribir a fines de los sesenta; en especial, cuentos. Fue muy prolífica y ganó varios premios. Su primer relato conocido aquí fue publicado originalmente en 1976 y se alzó con el Nebula. Incluso se dio el lujo de firmarlo otra vez con seudónimo de nombre marciano: Racoona Sheldon. Se trata de “El eslabón vulnerable” que apareció en la mítica revista El Péndulo en 1982, con traducción de Carlos Gardini (en ese mismo número Elvio Gandolfo presentó en sociedad los relatos extraños de un tal Mario Levrero). “El eslabón vulnerable” es una enorme crítica a la violencia de género. Está armado como un rompecabezas con cartas, fragmentos de artículos científicos y notas periodísticas. Es básicamente la comunicación entre una mujer y su esposo, un científico que está en un viaje de investigación. De repente se dispersa por el mundo un mal que afecta a los hombres: empiezan a ver a las mujeres como seres abominables y a tener delirios religiosos por los que creen que Dios va a ver con buenos ojos que “limpien” el mundo de ellas. Y lo hacen.

¿Y si, por el contrario, hubiese un mundo llamado “Whileaway” (un juego de palabras que remite a lo lejano pero también a un tiempo ocioso) que fuera pacífico, donde sólo viven chicas, que además son capaces de procrearse entre sí? Esta es la pregunta con la que Joanna Russ hizo temblar los cimientos a comienzos de los setenta con su novela The female man, traducida aquí como “El hombre hembra”. La historia tiene tres protagonistas: Janet Evason, un whileawayana imponente y hermosa que aparece en la Tierra por azar; Jeannine Dadier, que ama más a su gato Mr. Frosty que a su novio, y Joanna, quien narra la historia, ya convirtiéndose en varón, ya en mujer.

“En Whileaway las niñas de once años pueden desnudarse y dar a vuelta al ecuador veinte veces si la proeza se les antoja con una mano sobre el sexo y en la otra una esmeralda del tamaño de una uva y volverán felices al mismo lugar”, le explica Janet a un presentador de televisión que sólo está obsesionado con saber cómo hacen para tener hijas. Al fin, cansada de escarceos le dice que eso no importa. “Sólo quiero explicarte que en mi mundo nadie te seguirá en la calle ni te violentará murmurando obscenidades en tu oído, nadie se va a parar con expresión lasciva y viciosa, completamente seguro de que eres una puta barata que no sabe decir que no”, le arroja al tipo, que sólo logra hacer señas para que pasen a la próxima publicidad.

En su momento, lo que en apariencia causó indignación fue el estallido de la héteronormatividad como medida de todas las cosas (algo que su amiga Tiptree le había advertido a Joanna). Pero lo verdaderamente perturbador en verdad fue que se trata, sin vueltas, de un artefacto aún explosivo por su carga deseante. Es decir, una novela lésbica sumamente erótica (el momento donde Janet se ama con una estudiante universitaria es para humedecerse sin complejos). “Son todas formas de exploración”, opinó Russ poco antes de su fallecimiento, en 2011, como intento de bajar los decibeles de una buena vez.

Octavia Butler apeló a la frontalidad desde el vamos: “Soy negra, soy solitaria, siempre fui una outsider”, afirmó al mismo tiempo que se reivindicaba como lesbiana y feminista. Americana pero con claras raíces africanas, Butler es autora de una decena de novelas y sagas donde la ciencia ficción es, en verdad, una indagación del racismo, el sexismo y la pobreza. Nacida en 1947, fue criada por su madre y su abuela en California. Empezó a escribir ciencia ficción cuando de niña vio en la tele una película muy mala, Devil girl from Mars. “Yo puedo escribir una historia mejor”, se dijo a sí misma. Y decidió que las niñas malas de Marte fueran heroínas negras más allá de la bondad o la maldad.

Ritos de madurez, por ejemplo, es parte de la trilogía Xenogenesis, cuyo nombre en inglés es “Lilith’s Brood”. Y es justamente la genealogía de Lilith (qué nombre pecaminoso), una mujer que transita la hibridación de razas. Ese libro narra los enfrentamientos entre los Oankali y los humanos al nacer los primeros híbridos. El asunto es que los Oankali son repugnantes para los humanos, con una cabeza llena de tentáculos y tres sexos. “A diferencia de los humanos, tú debes amar lo diferente”, le recomienda Lilith a su hijo mestizo. Y en esa declaración de principios, Lilith es mirada con sospecha por ser de origen humano, por tender puentes con los que no son como ella, por no pretender colonización alguna.

Al momento de su muerte en 2006, Butler acababa de publicar Fledgling, a la que definió como “una historia ligera sobre vampiros, más bien fantástica”.

Si pensamos en nuestro país, vemos que en ese borde entre la ciencia ficción y el fantástico se ubica, justamente, la obra de Bodoc. En este momento está completando el segundo libro de la saga Tierra de dragones –serán cuatro–, una historia sci fi con monstruos humeantes creados según un imaginario propio, local. “Para llevar adelante un texto tan largo como una saga, escribís a través de una investigación. Y de un modo más profundo, lo hacés desde una matriz cultural propia, desde una genealogía con tus abuelos, con tus antepasados, como guía”, afirma. Explica a la vez que ella aprendió a escuchar a las mujeres de sus libros. Reconoce que esto no ocurre tanto en Los días del Venado pero sí en los dos libros siguientes que completan La Saga de los Confines. “La cultura a la que pertenecemos implica deconstruir un pensamiento arraigado donde el mundo es binario: blanco o negro, buenos o malos, varones o mujeres. La literatura es un modo de interpelar esas dualidades”, asegura.

Le Guin le escribió una carta a Bodoc para expresarle su admiración. Un gesto similar había tenido con Angélica Gorodischer y en 2003 tradujo al inglés su novela Kalpa imperial, la historia de un imperio atemporal considerada su trabajo más acabado de ciencia ficción, publicada aquí por Minotauro en 1984. Pero si de literatura se trata, aún las genealogías más sólidas pueden ponerse en entredicho. Cuando al otro lado del teléfono, Gorodischer escucha que en varios blogs especializados es considerada “la mamá de la ciencia ficción en castellano” estalla en una carcajada tierna. “Qué idea más simpática”, opina esta escritora –declaradamente feminista– que desde niña vive en Rosario. Entre los sesenta y los ochenta, publicó un puñado de libros incombustibles –por su lirismo, por su sentido del humor– con la ciencia ficción como foco; entre ellos, Casta luna electrónica y Trafalgar. En ellos, el género abandona toda solemnidad y así, personajes de a pie pueden hacer viajes intergalácticos y volver para contarlos en la mesa de un bar. Estos textos precedieron a Mala noche y parir hembra, publicado en 1983, donde lo fantástico pervive pero se mezcla con otras formas de lo extraño y aún de lo folklórico. Desde el título -tomado de los dichos de un general madrileño en el siglo XIX, decepcionado porque su primogénito no había resultado varón- Gorodischer necesita volver al origen, cuestionar en sus relatos ese malentendido de profundas raíces históricas según el cual la mujer vale poca cosa.”Escribí ciencia ficción como forma de investigar realidades alternativas. Acá no podemos escribir sólo sobre imperios galácticos así que también hicimos juegos con el tiempo e investigamos las genealogías arborescentes, ésas que en definitiva indagan los lugares de los cuales venimos”, dice. Eso explica, entonces, que si en principio ella comenzó mirando al futuro decidiera además que el pasado también podía ser material de fábula para decir desde allí su verdad.

Entre las que han recogido las redes que Angélica tiró a ese mar inagotable que es la literatura de ciencia ficción, se encuentra la escritora y editora bonaerense Laura Ponce, autora del libro Cosmografía general, editora del sello Ayarmanot y de la revista Próxima, los dos focalizados en la difusión del género en castellano, con el foco puesto en mujeres escritoras. De hecho, Ponce es la responsable de que se haya editado aquí la antología Alucinadas (ciencia ficción escrita por mujeres) que reúne diez relatos de iberoamericanas seleccionados por la española Cristina Macía. “Nuestra ciencia ficción se parece al rock nacional: puede haber nacido ‘importada’ (lo que es discutible) pero después fue mutando, enriqueciéndose con nuestras vivencias y convirtiéndose en un genuino producto cultural”, reflexiona Laura.

Así, en un idioma o en otro, las mujeres hacen de la ciencia ficción una urdimbre tejida con lo bello y lo ominoso. En esos mundos –de tantas caras como un aleph– el pasado y el futuro convergen para devolvernos una imagen inquietante: la de nosotras mismas ahora, con todo el territorio ganado y el que aún nos queda por conquistar.

Por Ivana Romero
Fuente: Página /12