julio 03, 2016

El Brexit de la clase trabajadora

¿Qué pasa cuando el camarero de un restaurante coreano es patrón ante su mujer que es ama de casa? ¿Y si en esa casa hay una mujer de Senegal limpiando sin contrato la basura de la obrera blanca, que es a su vez obrera del obrero blanco, su marido, que es a su vez obrero del coreano que es a su vez…?


Una de las viñetas sobre el Brexit que señalan la influencia de la clase social en el voto. En ninguna web se cita la autoría. ¿Alguien la conoce?

Pocas veces coincido con el presidente del Chating Europeo, el señor Schulz, pero es cierto que el Brexit fue ideado por la parte más reaccionaria del partido Tory. El objetivo de estos graciosos delincuentes de Oxbridge, hombres blancos ricos listos pijos y rubios, es salirse de la Unión Europa para robar más y mejor a su población. Indeed (que diría la madre Queen).

Schumpeter decía que la élite capitalista se divide en dos: los guerreros y los liberales. Los primeros son los que montan guerras de forma sistemática para comerciar y enriquecerse. Estos son los que quieren salirse del aquis communautaire, de la UE, de las leyes, los deberes y las obligaciones. Los segundos son algo más pacíficos porque la acumulación de capital la llevan a cabo de forma legal, ergo, roban mediante la arquitectura del Estado moderno. Por eso son más pro-leyes, más pro-Estado de Derecho (leyes de propiedad, sistema penal y esas cosas) y pro-europa.

Pocas veces en la historia moderna habrá votado la población lo contrario de lo que la gran mayoría de la élite política y económica quería. La City ha votado quedarse, porque la City liberal sabe que el capital ha de oprimir, sí, y esclavizar a la población, sí, pero de manera ordenada y productiva. Cosa que el neofascismo Lordiano de los terratenientes platino no ve necesario. Son más de quemo el planeta antes de encontrar otro nuevo. No se trata de quién es más fraticida, sino de quién es más calculador. Los neocon que han ganado el Brexit son de matar mucho y de repente, los neoliberales que lo han perdido son más de dejarte morir lenta pero incesantemente. Representan dos tipos de capitalismo. Por tanto, ni el Brexit ni el Bremain son una alternativa al capitalismo pero es previsible que el Brexit deje a la población en manos de una élite guerrera y saqueadora.

Las zonas de Reino Unido con menor educación votaron Brexit. Por eso Sir Michael Wilshaw decía que había que seguirle la pista a la educación, es decir, al capital cultural, no simplemente al capital económico. Como bien sabe nuestro Sir, quien más dinero tiene más educación puede obtener, a pesar de que el capital cultural no vaya acompañado siempre de un mismo capital económico. Es decir, que tenemos a muchas licenciadas sin un duro.

Y si hay algo que aleja a Gran Bretaña, y especialmente a Inglaterra del continente europeo es precisamente su clasismo salvaje. En Francia los más ricos cobran 40% más que los más pobres, pero en Gran Bretaña cobran 342% más. En el Reino Unido, sólo las clases medias y altas van a la universidad, o si se quiere omitir el tono reformista de “clase media”, no toda la clase trabajadora va a la Universidad, sólo aquella que conforma la clase profesional. Pero una investigadora de 23 años del King’s College, de la UCL o de London School no percibe que sus intereses de clase coincidan con los de las madres trabajadoras o en paro de 23 años de Rochdale (el barrio más pobre de Manchester) porque tampoco su situación material tiene nada que ver. Y la clase además de condiciones socioeconómicas, requiere de condiciones discursivas —llamadas ideológicas por Althusser, o verdadera (falsa) conciencia por Marx—. Es decir, que sin discurso y percepción de clase, no hay clase.

Por eso, como decía Sir Michael Wilshaw, no es que los mayores voten irse y los jóvenes quedarse, sino que los universitarios piden quedarse y los no universitarios irse. Sólo el 7% de los mayores en Gran Bretaña tiene estudios universitarios mientras que hoy en día la mitad de los jóvenes tiene educación superior.

Pero ¿qué pasa con la otra mitad? El capital cultural y simbólico van de la mano del capital económico pero tratarlos como iguales implica, de entrada, un análisis patriarcal que no explica por qué un hombre que tenga mismo capital económico que una mujer tiene siempre más capital simbólico. No se explica por qué un nuevo rico vota lo mismo que los de los barrios más pobres de Machester, ni por qué la City vota lo mismo que la investigadora precaria en economía sostenible. Porque el análisis de poder que los analistas hacen se centra normalmente en un eje de poder, el eje que tradicionalmente ha molestado al hombre blanco de mediana edad trabajador: su salario.

El resto, que es mayoría y que es trabajadora también, no ve ningún representante de la clase trabajadora en Corbyn (líder del Partido Laborista, al cual por cierto apoyo ante el intento de golpe de estado interno de los laboristas más conservadores). Rochdale no ve ningún revolucionario en Corbyn, menos en Varoufakis y mucho menos en Zizek (el filósofo de moda de la izquierda). Entre otras cosas porque esa izquierda, cuando habla, y habla mucho, deja fuera, en la práctica, a más de la mitad de la población. La mayoría de las necesidades de una estudiante pakistaní de Goldsmith o de una madre inglesa de 16 años de Rochdale nada, nada tienen que ver con las necesidades, agravios y tipos de dominación que sufre un Corbyn (o un Ed Miliband). Y en vista de los resultados del referenfum (y demás elecciones) parece que a dicha clase trabajadora ya no le vale con que Corbyn, Varoufakis o Iglesias “entiendan” los problemas de la clase trabajadora.

Quieren gente que luche por ellas desde el mismo lugar, o al menos un lugar similar, gente que no solo “sepa” (epistemología cognitiva) sus necesidades, sino que las encarne (practica política).

El discurso de “todos unidos contra el capital” está muy bien pero sigue siendo muy blanco y muy hombre. Y muy unidimensional. Al menos el 25% vive de, y tiene sus intereses en, las lógicas del capital financiero y al menos otro 35% (supuestamente de la clase trabajadora) reproduce lógicas capitalistas en su casa. Así que es normal que apenas nadie se una contra el capital. Es como decir “unámonos contra el mal” mientras casi todo el mundo hace el mal.

El coreano londinense dueño de un restaurante ¿qué tiene que ver con el dueño de un banco o agencia de seguros de la City, que por cierto, va a comer al restaurante coreano? Y ¿cuál es exactamente el interés común del camarero del coreano con un CEO?

Es más, ¿qué pasa cuando el camarero, es decir, el obrero de ese restaurante coreano es patrón en casa ante su mujer que es ama de casa y no cobra por ello? ¿Y si además en esa casa hay una negra de Senegal limpiando sin contrato la basura de la obrera blanca, que es a su vez obrera del obrero blanco, su marido, que es a su vez obrero del coreano que es a su vez…? ¿Y si al mismo tiempo el obrero del restaurante coreano vende por internet plantas medicinales que cultiva un amigo suyo que tiene una enfermedad crónica y al que cuida sin cobrar su madre?

¿Dónde colocamos ahí a Corbyn o a Varoufakis? ¿A quién hablan cuando hablan de la clase trabajadora? Digo porque la mujer de Senegal en este caso pobre no percibe que sus intereses sean los mismos que el del CEO pero tampoco que sean los mismos que los del dueño del coreano ni siquiera del obrero que la contrata. Y la mujer de 14 años embarazada de Rochdale mira a Corbyn, no te digo a Zizek, como las vacas al tren.

Con esto no quiero decir que ha de haber mujeres negras y blancas y pobres para que las mujeres negras y blancas y pobres se sientan interpeladas y representadas, pero ayudaría que de vez en cuando, la población vea que existen, que hablan, que pueden mandar y dirigir, que tienen ideas y prácticas políticas que enseñar. No es que los discursos de estos hombres de izquierda no las representen, es que las omiten, excluyen, insultan (como cuando Zizek le dice a Varoufakis que comida no comparte pero que a su mujer si quiere si, y se oyen risas desde el público) con su constante presencia en los medios.

Es cierto que se oyen voces laboristas que dicen que hay que escuchar más a la gente. Pero no escuchan. Y no escuchan, porque no callan.

La izquierda está en crisis absoluta. Por eso ha ganado el Brexit. Para hacer una política de clase que interpele a la clase trabajadora, habrá que dejarle hablar a la clase trabajadora, habrá que dejarle participar. Quizá el hecho de que los portavoces, puestos y referencias visibles de la izquierda británica pero también española, francesa, alemana, en resumen, europea sean hombres blancos de mediana edad y profesionales, y de que dicho grupo sea la minoría privilegiada de la clase trabajadora, quizás, sólo quizás, tenga algo que ver con el hecho de que el resto de la clase trabajadora le esté condenando a la izquierda al ostracismo, gradual pero persistentemente.

Por Jule Goikoetxea, escritora y profesora de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).
Fuente: Pikara