julio 24, 2016

Resistencias. La vida a la intemperie

Cada vez más mujeres con y sin niñxs habitan en plazas, recovas, bajo puentes o en veredas de la Ciudad. Viven solas o en “ranchadas” y trajinan las calles noche y día para subsistir y mantener a sus hijxs, que a veces mueren de frío. Estigmatizadas, abusadas y penalizadas, padecen la desatención total del Estado. Entre algunas de las experiencias en busca de llenar ese vacío surge la ONG Centro de Integración Frida, que acaba de cumplir un año y alberga a las mujeres, que en redes fortalecidas intentan restañar las heridas y encontrar caminos de libertad, dignidad y conciencia de género.

ALEJANDRA. Foto: Constanza Niscovolos

Si no fuera porque se ven unas zapatillas, parece un bulto informe, es una persona, duerme, pero no bien me acerco emerge de su envoltorio y abre los ojos. Saludo y me responde, es una mujer, se llama Marilyn y está rapada, abrigada entre cartones, frazadas rotas y pedazos de nylon, acostada sobre un tablón contra un paredón del barrio de Congreso.

Es una más de lxs “16.353 niños/as, jóvenes, mujeres y adultos mayores que sobreviven en las calles de Buenos Aires en una situación de exclusión social”, según los datos proporcionados en 2014 por la Ong Médicos del Mundo, que aún no ha publicado cifras actuales. Para las organizaciones sociales que trabajan con la problemática, “las cifras aumentaron entre un 20 y un 40 por ciento en lo que va de 2016, y hubo 20 muertes por la ola de frío”. A su vez, el Gobierno de la Ciudad, a través de su programa de asistencia Buenos Aires Presente (BAP), informó que el promedio de llamados a la línea gratuita 108 se incrementó con 800 nuevos pedidos de ayuda.

Por su parte, Horacio Avila, fundador de la ONG Proyecto 7, y presidente del Centro de Integración Monteagudo para hombres, de Parque Patricios, estima que “en la actualidad son unas 20.000 personas las que duermen a la intemperie en Buenos Aires, entre las que se cuentan más de 5.000 menores y 2.500 ancianos. Históricamente el porcentaje de población en calle era de un 80 por ciento de hombres y un 20 de mujeres, pero ahora la cantidad de mujeres ha ascendido al 30 por ciento. Hay alrededor de un 20 por ciento más de gente en situación de calle, la mayoría es gente nueva, familias, desalojados de piezas, hoteles y departamentos”. En el mismo sentido, Avila informó que desde que comenzó el frío intenso “hubo 37 muertos en la calle o que lograron llegar a un hospital pero fallecieron allí”. A su vez, la asociación Ciudad sin Techo, sostiene que “hasta el año pasado, entre 80 y 100 personas en situación de calle morían cada invierno por las bajas temperaturas”.

Marilyn está vestida con ropa enorme, de hombre, su voz es grave y habla entre dientes; tiene 25 años, no acepta fotografiarse, “es mejor andar así en la calle, como un pibe, cuanto menos mujer y más vieja te ven, menos joden. Yo camino sola, no soy de las que se pegotean con un tipo para que las respeten y las defiendan, a veces te sale más caro...”, dice.

Nació en Rafael Castillo, su madre es modista, viuda, y se casó nuevamente cuando ella tenía 12 años. No llegaba a los 14 cuando fue abusada por su padrastro. Una noche se escapó de la casa con unxs pibxs que había conocido en la calle y se vinieron a la Capital. “Primero ‘ranchamos` juntos, pero después se pudrió todo, yo no me dejo tocar por nadie, una vez me embarazaron y me lo saqué, y además corría mucho paco, broncas, nos perseguían las patotas de la UCEP (Unidad de Control del Espacio Público, dependientes del Gobierno de la Ciudad y ahora reemplazada por Ambiente y Espacio Público), y me corté sola. Me baño en una iglesia; si hace mucho frío duermo en el Azucena Villaflor (único parador para mujeres solas o con niños del Gobierno de la Ciudad), pero es un garrón. Si no tenés casa, una dirección, nadie te emplea, pido en la calle, hago alguna changa, eso.”

En contraste con la ONG Médicos del Mundo, que asiste permanentemente a la gente en situación de calle, voceros del Gobierno porteño afirmaron en 2014 que eran 876 las personas sin techo, pero ofrecían 2.200 camas disponibles en sus paradores nocturnos para varones, excepto el Villaflor.
Gloria y sus mascotas

En la plaza Mariano Moreno, en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Sáenz Peña, se alza una enorme carpa redonda: en su interior hay de todo, muebles, cocina, camas, materiales reciclables, una mesita con un florero y flores, sillas, un par de sillones y una infinidad más de objetos. Sus habitantes son Gloria Silva (53) y Carlos Alberto Jerez, su esposo (59). Viven allí desde hace nueve años, antes alquilaban una casa de la que fueron desalojados a poco de llegar de su país, Uruguay. Ambos están protegidos por un recurso de amparo judicial de 2014, y no pueden ser desalojados por ninguna fuerza policial.

Hace mucho frío y anochece, nos invitan a entrar en su hogar y nos ofrecen asiento junto al brasero, alrededor nuestro se echan en el suelo Juguetón, Cartonero y Caramelito, tres perros que conviven con ellos y de los que no están dispuestos a separarse bajo ningún concepto.

Gloria es menuda, decidida, de carácter fuerte y frases cortas, se largó de su hogar en Uruguay de chica, cuando su madre se casó por segunda vez y el padrastro la abusó. “Y así aprendí a andar sola en la calle, siempre con alguna familia, me colgaba de ellos, me protegían, me daban cariño, yo nunca robé.”

Gloria y Carlos Alberto piden una casa, un lugar donde poder vivir con sus cosas y sus tres perros, y mientras tanto trabajan cartoneando. “No hay día que nos falte comida para alimentar a los bichos, y tener un pedazo de carne y carbón.”

Ambos y un amigo que está de visita, Rubén Darío Quiroga, también en situación de calle, nos piden que publiquemos que “los que habitamos la calle queremos una casa, estamos dispuestos a pagar, no queremos que nos regalen nada. En vez de hacer tantas playas subterráneas y tener tantas casas y departamentos vacíos en la ciudad, por qué no nos dan la oportunidad de habitar alguno y pagar mensualmente con nuestro trabajo”.

“Esto es durísimo -dice Gloria- tenés que aprender a vivir en la calle y ahora hay mucha gente nueva. El otro día se murió un bebé enfrente, en la Caja de Ahorro; el que no tiene experiencia en la calle corre peligro. Los paradores del Gobierno no sirven para nada. Hay que buscar soluciones, no pasar una noche, se nos va la vida así.”

Mientras hablamos, Carlos Alberto corre con un palo a un ratón que según él pesa un kilo y hurgaba entre sus alimentos. “Así te pasás la noche, estos desgraciados liquidan todo. El juez nos concedió el recurso de amparo el 20 marzo de 2014, pero hasta ahora nadie nos ofreció un lugar donde vivir. Y de acá no nos pueden sacar, ni a palos”, asegura.
Su decisión sexual

Es simplemente bella, tiene 20 años, es trans, de pelo como llamaradas, cutis blanco y ojos rasgados, sonrisa triste y voz dulce, excepto cuando en determinadas situaciones se ve obligada a emprenderla a las trompadas, asegura.

Alejandra Margarita Recalde vivió en situación de calle desde los 12 años. A los 6 la habían dejado en un hogar escuela y su mamá olvidaba buscarla; fue creciendo a los tropezones y con una relación de maltrato y violencia. A los 12 su padrastro abusó de ella y su madre no le creía, prefirió pensar que abusaba de las drogas y era rara porque no se aceptaba varón, y la metió en la Fundación Viaje de Ida y Vuelta, en la ciudad de Campana.

“Allí había 365 hombres y 150 mujeres internadxs, a mí me pusieron en el lugar de los varones… Mi decisión sexual la tengo desde que me acuerdo, nací así. Y había chabones que me entendían y me respetaban y otros que me violentaban”, relata.

Tiene dos hermanos varones y dos mujeres, la sacaron del encierro en moto, pero a una de sus hermanas que cumplía años el mismo día que ella la mataron de dos tiros por resistirse a un robo en Lugano.

“Y a los 13 de nuevo estaba en la calle e iba a parar a los hogares de varones, eso no me molestaba tanto como el encierro. En un hogar de Morón duré tres meses, en otro 12 horas. Me escapaba, me iba por la puerta, no soportaba la reja, el encierro.”

Sufrió y sufre discriminación familiar, pero es de carácter fuerte. “Mis primos más grandes me tenían a las piñas y a los cachetazos, pero un día los mandé al hospital de los golpes que les dí. Mi abuela no me quiere, hace un mes me dijo ‘como sos puto no quiero que veas a tus hermanos’, y hasta que sean mayores de 18 no me van a ver, tengo que esperar como 6 años.”

Alejandra habla suavemente, parece serena, como si no se angustiara. Toma un café con leche, mira hacia la plaza del Congreso a través de la ventana del bar, pero cada tanto hay una chispa fugaz de dolor que se dibuja en su frente, en las comisuras de sus labios. “Viví en situación de calle en Laferrére, en La Matanza; en Merlo, en Padua, en Libertad, en Paso del Rey y en Capital. En Laferrére nos dejaban dormir en una salita sanitaria, limpiábamos y dormíamos hasta que empezaba el horario de guardia. Comía, me bañaba, trabajaba en deliverys o rotiserías”.

En Capital, dos días antes de cumplir los 16 la metieron en un hogar de varones que más tarde cerraron. “Era un desastre, tomábamos cualquier cosa, yo había terminado con mi ex novio, había macumba y a un chico discapacitado lo violentaban los compañeros, me escapé”.

Actualmente tramita su DNI como mujer y vive en un hotel familiar que le ayuda a pagar su padrino del corazón, pero es triste estar en una pieza, dice. “La cama y la tele no te responden, y viene el faso y la tristeza, la angustia. Para venir acá me fumé, estoy fumada, por eso ustedes me ven bien… Pero no estoy bien, estoy amenazada por tres personas en el hotel y me voy a tener que ir. Eso sí, nunca trabajé prostituyéndome, nunca vendí mi cuerpo para comer. Aunque sí tuve problemas en pareja, le pegaba porque me levantaba la mano, Una vez sí me agarré a trompadas con un tachero porque me insultó, entonces en un chaleco de jean me bordé ‘Yo Soy Trans’, y me paseaba así por Once”.

Oscurece, la figura perfecta de Alejandra se recorta entre las sombras de la plaza. Ella es como una luz en las penumbras; detrás, los carros cartoneros, las carpas improvisadas contra los paredones para protegerse de la noche helada, impiadosa.
NORMA. Foto: Constanza Niscovolos
Un lugar donde vivir

Horacio Avila, fundador de Proyecto 7, ONG formada por y para gente en situación de calle, es el director del Centro de Integración Monteagudo, ubicado en el barrio de Parque Patricios, que aloja a más de 117 hombres que viven las 24 horas asistidos por profesionales, y acceden a actividades que van permitiéndoles a futuro tener una vivienda y un trabajo para autoabastecerse.

Con el apoyo de esa Ong y de “No Tan Distintas”, se creó el Centro de Integración Frida, en homenaje a la artista mexicana Frida Kahlo, ubicado en el mismo barrio y destinado a contener y albergar a 45 mujeres con o sin hijos, que se encuentren en situación de calle. La experiencia acaba de cumplir un año la semana pasada. El Centro está gestionado por un grupo de profesionales, psicólogas, antropólogas y sociólogas con amplia experiencia en la materia.

“Pensamos el Frida como práctica de la resistencia, como cuerpo colectivo libre de violencia, como práctica de la autonomía con la posibilidad de crear y sanar; como práctica revolucionaria. Es una alianza entre todas y todos buscando nuevos rumbos; haciendo carne lo que hace años venimos sosteniendo desde la lucha: que la calle no es un lugar para vivir”, dice con vehemencia Florencia Montes Paz, coordinadora del lugar.

Fuente: Página/12