julio 31, 2016

Rompiendo silencios



Silencio, vergüenza, dolor, culpa, pena, depresión, olvidos, miedo, ocultamiento, son algunos de los comportamientos o sentimientos que vivimos las mujeres en algún momento de nuestra vida, cuando hemos sufrido violencia, porque sí, todas nosotras en algún momento hemos sufrido alguna o algunas de las tantas expresiones de violencia que existen en el sistema patriarcal. Abuso físico o psicológico, violencia sexual, patrimonial, obstétrica, millones de mujeres todos los días, golpeadas, asesinadas, coaccionadas, discriminadas, obligadas a esterilizarse, obligadas a parir hijos que no quieren, hijos de sus violadores muchas veces, esclavizadas, cuerpos que siguen siendo la extensión de los campos de batalla en todas las guerras.

Aunque nos pasa a todas, las violencias son situaciones de las que no hablamos. Aunque se haya sido testigo, son situaciones que nos hacen mirar para otro lado, cerrar las puertas, pasar las paginas, cambiar de canal. Cuando nos pasa, las guardamos en el fondo del baúl, la mayoría de las veces para toda la vida, porque no encontramos el camino para armar las palabras, hilar las historias, los recuerdos, explicar el silencio. Pese a las luchas feministas que lograron que se den leyes contra la violencia, que existan políticas públicas que las enfrenten, la violencia contra las mujeres sigue para un gran sector de la población considerándose un asunto privado. Siguen las niñas, las adolescentes, las mujeres llevando a solas la cruz de sus vivencias, sin atreverse a hablar para no ser estigmatizadas, culpabilizadas, revictimizadas por una sociedad que pone sobre nuestros hombros la responsabilidad de la violencia que sufrimos, eximiendo de culpa a los perpetradores la mayoría de veces. Pero a veces, la vida nos sorprende y pasa algo que hace que la gente reaccione como una gran ola que se va expandiendo y se convierte en un verdadero tsunami que va a cambiar la configuración de las playas para siempre.

Esto es lo que está pasando en el Perú desde hace algunos días, cuando un grupo de mujeres, hartas de la injusticia y de las penas benévolas a agresores. decidieron organizar un grupo en Facebook denominado NI UNA MENOS, tomando como ejemplo la gran movilización que con este nombre se realizó en Argentina el 3 de junio del 2015 contra la violencia hacia las mujeres, nombre que, vale mencionar, se le atribuye a la poetisa mexicana Susana Chávez, quien dijo: “Ni una menos, ni una muerta más”. Ella fue una de las primeras mujeres en denunciar los asesinatos de Juárez y fue ella misma violada y asesinada en el 2011.

Aunque muchas veces hemos sido testigos de casos de violencia y la televisión o los diarios nos llenan de información diariamente sobre casos de violación, como el reciente de Luis Vásquez Dasilva, de 67 años, que habría violado a unas 17 niñas de 9 a 12 años, o de feminicidios, como el de Erick Espinela Hernández, que asesinó a puñaladas a María Elena Chimbimune porque no quiso tener relaciones con él, nunca un caso había despertado la indignación masiva de tantas mujeres y tantos hombres como el que levanto la ola “Ni una menos”. En poco más de una semana, más de 55,000 personas se habían adherido a la causa vía la página en Facebook.

El detonante de esta indignación fue la sentencia mínima – un año de prisión suspendida y 5 mil soles de reparación – que el Juzgado Penal Colegiado de la Corte Superior de Justicia de Ayacucho le dio a Adriano Pozo, quien agredió salvajemente a Cindy Arlette Contreras, agresión que fue filmada por cámaras de seguridad y difundida ampliamente. Los jueces Nazario Turpo y Edgar Sauñe y la jueza María Pacheco sustentan su sentencia en que no se ha probado el intento de violación sexual y homicidio que incluyó la denuncia de la víctima, cuyo testimonio obviamente no fue tomado en cuenta. Menciona ella que le dijo “Déjame, déjame, yo no quiero. A lo que él responde: ‘Entonces te voy a violar’ Si no es por las buenas, va a ser por las malas. Te voy a matar, a mí no me vas a dejar’, empezó a hablar un montón de incoherencias. Y me empezó a ahorcar”.

Al contrario de los jueces, que no vieron más que lesiones leves, para miles de personas, ver un hombre desnudo, corriendo y gritando desaforado sin que nadie pueda contenerlo, agarrando de los cabellos a una mujer y arrastrándola por el piso, fue demasiado, fue un punto de quiebre frente a la pasividad que solemos tener, fue un destello en los ojos de cada una. Lo extraordinario es que ha posibilitado que cientos de mujeres encuentren un espacio para hablar de lo que han vivido, en la calle, en la casa, en el trabajo, con un desconocido, con sus novios, con sus esposos, con sus primos, sus abuelos, los compañeros de trabajo, sus jefes, el vecino, el padre. Lo han escrito y han encontrado la solidaridad de otras tantas. Se ha abierto un espacio para hermanarse, reconocerse. Vale recordar que no es la primera vez que mujeres escriben sobre las violencias que han vivido, pues un antecedente importante fue el de Carta de Mujeres, una campaña lanzada por ONU mujeres, que llegó a muchas mujeres de diferentes sectores del país. Sin embargo, en el caso actual, la masividad, la visibilidad, el testimonio con nombre propio, rompiendo el silencio de siglos es inédito y llama también a cuidar a las mujeres que con valentía y buscando sororidad se han atrevido a contar sus experiencias, a no dejar que se banalice su dolor, a impedir que alguien se apropie de sus historias, que son solo de ellas y ahora, también un poquito nuestras.

Se ha abierto un espacio también para la reflexión, para la profundización de la problemática, para el disenso fraterno y la puesta en el tapete de lo que significa la violencia en un sistema que la fomenta y se nutre de ella. Hay varias voces que, en un encomiable esfuerzo por sumar, llaman a que no se hagan críticas, que esto sea apolítico, antipartidario, no feminista. Pero no puede dejar de analizarse, ni de reflexionarse en que no todo suma, que la violencia es una expresión del poder y de las jerarquías que existen en la sociedad patriarcal y que toda lucha por cambiar estas relaciones inequitativas de poder es política. Por ello, hay que analizar lo que se propone y exigir coherencia, como a algunas empresas que tienen una publicad tan violentamente racista, que niegan a las trabajadoras la posibilidad de sindicalizarse, que presentan a las mujeres como objetos y que ahora dicen “ni una menos”, como si su accionar no tuviera nada que ver con la violencia. Hay que seguir cuestionando y reflexionando sobre cómo la violencia nos toca a cada una y como, para algunas mujeres, constituye un entramado tan duro de romper porque se entrecruzan diferentes manifestaciones, porque, aunque la violencia nos toca a todas, hay miles de mujeres que, por su diferencia, viven varias formas de violencia al mismo tiempo.

Se han roto los silencios, se ha abierto un camino que no es sencillo transitar, hay que hacerse cargo, sin miedo al disenso, sin permitir el uso del dolor de todas, exigiendo el compromiso de las autoridades y políticas públicas con presupuesto para enfrentar la violencia, cuidándonos las unas a las otras. Significa no solo sentir indignación por un momento, sino cambiar las miradas que tenemos de las otras, solidarizarnos con sus vivencias y sus dolores, estar conscientes de que esta lucha es política, pues estamos disputando jerarquizaciones, relaciones de poder, cuestionando el sistema patriarcal que anida las violencias. En contraposición con la “pedagogía de la crueldad”, que, como dice Rita Segato, es un “mecanismo para sostener el poder” , también es un buen momento para crear, inventar, asumir en nuestra vida y en todas nuestras acciones la pedagogía de la NO violencia. ¡Nos vemos el 13 de agosto!

Por Rosa Montalvo Reinoso