agosto 03, 2016

Experiencias fuera del discurso dominante. Maternidades y crianza en las afueras


Debajo de esta entradilla hay tres historias. No son modelo de nada. No representan a nadie más que a sí mismas. Sólo tienen en común el estar fuera del discurso dominante, el ser un manojo de estrategias para criar en la incertidumbre. Cuando hay que nombrarlo, sus protagonistas hablan de “cuidado extenso” o de “crianza colectiva” o de “asamblear las crianzas”. Sus experiencias cuestionan el relato tradicional, con la pareja heterosexual en el centro, sosteniendo a duras penas el mito de que se puede criar entre dos. Y demuestran que hay otros relatos.

1. La red feminista

“Aceptar desde el principio el proceso de codependencia es bastante básico y un pilar para sortear esos malestares en los que se suele convertir a veces la maternidad”, dice Elena. Decidió ser madre “sola”, aunque cuando tomó esa decisión vivía en pareja. “Tenía claro que ese esquema no era el mío, creo que el núcleo tradicional reproduce unos roles que a mí no me convencían”, explica.

“Yo soy madre ‘sola’ pero no crío sola, ni los peques se sienten criados solos”, explica Elena.

Lo de “sola” está entre comillas porque son sus palabras. En realidad, en la crianza de sus mellizos está bastante acompañada. “Yo soy madre sola pero no crío sola, ni los peques se sienten criados solos”. En su red hay siete personas –llegaron a ser doce en los primeros meses– entre amigas de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia, amigas de “otros sentires”, exparejas y abuelos. La red se fue tejiendo tras nacer las criaturas: “Las cuestiones materiales las tenía atadas pero se me olvidaban las codependencias. No me vi en la situación de hacer una red hasta que me meto en el hospital y salgo tres días después con los brazos ocupados”.

La idea de la red ya estaba ahí. Pasaron de prestarse el coche, o la casa, o ayudarse con la compra, a organizar turnos para acompañar a Elena. “Y en ese proceso hay gente que aparece, hay amigas que no quieren saber nada de niños, y hay gente que se presenta y te dice que le apetece estar ahí”, dice. “Y vamos caminando y viendo cómo le vamos dando forma”.

Criar con red no está libre de conflictos: “La sostenibilidad de la red pasa por mí y a veces es agotador. Yo tenía idealizadas las redes colectivas, pero esto agota”.

“Yo, cada vez que alguien me dice que quiere ser madre sola, le digo que lo primero que tiene que hacer es cuidar a sus amigas. Y pedir, que no estamos acostumbradas las mujeres a pedir”.

A veces, dice Elena, le pregunta a alguna amiga:
—Y tú, ¿por qué estás en esta tribu?
—¿Y qué te responden?
—Por necesidad. Y porque no tenemos que vivirnos solas.

2. La tribu mutante

“Al nombrarlo parece que se puede definir. Pero lo que pasa aquí no se puede etiquetar. Si alguien pregunta, explico que los cuidados de S. los hacemos entre varias personas. Depende de la ocasión somos unas u otras, y de si nos apetece o no nos apetece”. Candela mira a Arantxa: “¿Molaría hablarlo por la mañana al levantarnos, en plan: oye, ¿cómo la crianza colectiva?”. Y se ríen.

Está sobre la mesa la crianza colectiva. O compartida. O social. O en grupo. Es el hecho de que personas que no comparten lazos familiares se involucren en los cuidados de otras completamente dependientes de los adultos. Y, en este caso, algo más. Es complicado relatar a Candela y Arantxa. Su experiencia podría llamarse, para entendernos, –acordamos– de crianza colectiva. Pero, además, en su caso, lo colectivo empieza bastantes años antes de la crianza. “Crianza, sexualidad, el cómo te relacionas con la gente, el lenguaje, la economía compartida... todo eso se puede dar en este espacio, y el cuidado de este espacio es nuestro colchón político”, explican.

En ese espacio, que es físico –y mutante– y que componen unas diez personas, Candela se queda embarazada. “No pensamos en cómo iba a ser, pasó y lo afrontamos, y creo que lo hicimos en colectivo”, dice. La primera vez que tuvo que ir al centro de salud, lo hizo acompañada por todos. El colectivo se implicó también en el parto, que fue en una casa por decisión suya y que se financió entre todos, gracias a varias fiestas.

“Alguien me cogía una rodilla, otro un tobillo, otra el cuello, el codo... Tengo muchas partes en el cuerpo y estaba muy cansada, así que toda esa gente hacía que el parto fuera más fácil”. Así habla Candela de su parto. Fue en una casa, la de sus padres. Con mucha gente, unas veinte personas. “Fue muy íntimo aunque hubiera un montón de gente; estamos acostumbrados a este tipo de intimidad y no fue nada estresante, todo lo contrario”.

Luego llegó S. “Y flipamos, porque no teníamos ni idea de la cantidad de tiempo que implica ni de cómo transforma tu vida”, dice Arantxa. “Pero no teníamos unas tareas, en ningún momento nos hemos juntado para hablar de quién hace qué”.

El primer año, la urgencia es cuidar a la madre mientras S. duerme y pide teta. En cierto modo, explican, se pueden repartir los cuidados. Pero “no deja de ser tu viaje; por más que puedas entender el mismo lenguaje la experiencia es tan personal y tan única que me parece difícil que se entienda”, explica Candela. La llegada de S. obligó a tomar posiciones. “Cada uno nos fuimos posicionando, y hubo mucha gente que no lo quería, y yo lo entiendo. Poco a poco la gente que quisimos estamos como queremos y está muy repartido”.

Arantxa interviene: “Las cosas van cambiando constantemente, S. va cambiando, Candela también, y yo, y nuestra relación, y nuestra relación con el espacio, y eso va transformando eso que llamas crianza. No se puede hablar de una forma estanca de un proceso que muta todo el rato”.
3. LOS AFECTOS

“El imaginario dominante nos impone un relato que no es bueno pero es muy eficaz”, dice Eva: “Tenemos potencia para vivir las vidas de mil maneras posiblemente mucho mas potentes de como las vivimos”. Su historia es una carambola que la instala en las afueras de la familia nuclear al amparo de un “cuidado extenso”, en sus palabras.

“Quería que alguien creciera a mi lado. Y lo hice. Y de repente me asusté muchísimo”. Y, aunque “la familia se atrinchera para sostener el fetiche capitalista de la familia feliz”, ellas salieron de la trinchera. Tuvieron que “asamblear” la crianza. “Hemos tenido que confiar en la gente y dejarnos cuidar por quien puede compartirnos y disfrutarnos”, cuenta.

Lo cuenta así en ‘La crianza social’, un texto publicado en El estado mental: “En mi caso, me fuerzo a concretar y descubro que llevo años desafiando, cobardemente, ‘el nombre del padre’. Los dos últimos años nuestras semanas escolares se estructuraron en recogidas sucesivas del colegio de cuatro hombres distintos. [...] Cada uno resolvió como pudo la respuesta que en el parque les hacían de ¿quién era el padre? Una pregunta impertinente en nuestra crianza. Que sin embargo es ine­ludible. La ‘cabeza de familia’ soy yo, aunque eso no sea lo que la legalidad reconoce, porque di paternidad legal a su padre biológico sin darle importancia alguna. [...] Con la distancia necesaria, nuestra relación se sostiene potentísima desde una autonomía implacable”.

Eva habla de un “dejarse caer” –”así se vuela”– en el cual, además, se quedó sin empleo. “Soy de una generación a la que le colaron el discurso de la independencia relacionada con conseguir trabajo, pero me encontré con que se hacía incompatible la vida laboral con criar, y eso no ha sido sólo mi caso”. Porque cuidar “no es inmaterial”. Ocupa tiempo de trabajo, mucho. “Ese relato que dice que puedes criar y trabajar me parece una gran mentira que nos estamos comiendo las mujeres porque no hacemos evidentes los agujeros de esta sociedad”, asegura. Para criar es esta ‘crisis de época’, Eva ve necesario “hacer inmensos ejercicios de imaginación”.


Fuente: Periódico Diagonal