octubre 30, 2016

Amelio Robles, coronel transgénero de la Revolución mexicana

Algunas mujeres adoptaron el travestismo como estrategia para unirse a la lucha. No es el caso de Amelio, al que le movió su profundo deseo vital de ser hombre. La milicia, las autoridades y los medios de comunicación de la época reconocieron su identidad de género. Su historia, recuperada por la investigadora Gabriela Cano, aporta referentes diversos a una historiografía excluyente. 

Amelio Robles y Esteban Estrada, ca. 1942. Foto de Gertrude Duby, Museo Na Bolom.

El alarmante nivel de ignorancia que caracteriza a la clase política en México* y que, sin duda, impacta en los ámbitos más importantes de la vida pública y privada del país, no debería ser excusa para que “representantes” públicos como Teresa Álvarez del Castillo, priista directora del DIF en Durango; José María Martínez, senador panista por el Estado de Jalisco, yCarolina Garza, diputada panista por el Estado de Nuevo León, promuevan, en franca violación de los principios de no discriminación a los que los obliga la Constitución mexicana en su artículo 1º, discursos homofóbicos que califican la homosexualidad como “antinatural”, “perjudicial para la sociedad”, resultado de “problemas genéticos” o de la “moda”. ¿Cuál es el nivel de inoperancia de un Estado en el que los encargados de proteger el derecho a la no discriminación son quienes la promueven?

Desde la postura opuesta, a través de su artículo Amelio Robles, masculinidad (transgénero) en la Revolución mexicana (1),Gabriela Cano, académica e investigadora del Colegio de México, abona para ayudarnos a percibir la sexualidad humana en toda su complejidad al abordar desde un riguroso análisis crítico la historia de Amelia Robles, joven de origen rural que se transformó en Amelio Robles, coronel de las huestes zapatistas durante la Revolución mexicana. La especialista explica que, aunque por el momento no es posible precisar la frecuencia con que se presentó el travestismo en la Revolución mexicana, existen noticias de mujeres como María de la Luz Barrera, zapatista, o Ángela Jiménez, maderista, que adoptaron una identidad masculina durante la guerra para después volver a desempeñar roles sociales femeninos, como madres y esposas. No fue el caso de Amelio Robles, quien vivió como hombre durante 70 de sus 94 años.

Retrato de Amelio Robles, ca. 1915 (cortesía del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Archivo Casasola).

Amelia decidió adoptar una identidad masculina a los 24 años para unirse a la lucha revolucionaria, pero, según explica Gabriela Cano, no lo hizo como estrategia para no ser atacada sexualmente, como lo hicieron otras mujeres durante la revolución, si no porque su deseo vital más profundo era ser hombre. A lo largo del ensayo la académica hace un importante recuento de cómo Amelia “transitó de una identidad femenina impuesta a una masculinidad deseada: se sentía y se comportaba como hombre y su aspecto era varonil”. Amelio estableció su masculinidad a través de un performance de género: complementaba las poses, los gestos faciales y las actitudes masculinas de su performance cotidiano con un atuendo cuidadosamente seleccionado, que incluía pantalones, camisas, chamarras y sombreros utilizados por los hombres en su entorno rural. También mandó hacer un retrato de estudio donde aparece con una pistola enfundada en la cintura (símbolo de masculinidad y objeto suyo de uso cotidiano, con el que incluso llegó a escarmentar a quien osó tratarlo de mujer), mismo que le ayudó a posicionar en el imaginario colectivo la imagen de sí mismo que él deseaba: su cambio de identidad no requirió de cirugía ni hormonas.

La prensa también contribuyó a legitimar la identidad del revolucionario zapatista al publicar en el periódico de mayor circulación local un reportaje sobre Amelio, que incluía su retrato. Esto, explica la especialista, lo acreditaba como hombre ante los ojos de cientos de personas, y equivalía a proclamar su virilidad en la plaza pública, resaltada por el arma de fuego que portaba. Cano hace una pausa en el recuento para señalar que aunque algunas personas podrían considerar a Amelio Robles una lesbiana hombruna, machorra o butch, de acuerdo con la terminología actual es más preciso identificarlo como una persona transgénero, “una forma de identificación subjetiva que implica la adopción de la apariencia corporal y el papel social de género asignado al sexo opuesto”. De esta precisión se desprende que la masculinidad y la femineidad no son cualidades que nos son inherentes biológicamente, sino un conjunto de atributos que nos han sido impuestos culturalmente por razón de nuestras características biológicas.

Amelio Robles sostuvo relaciones de pareja con varias mujeres, y con una de ellas, Ángela Torres, contrajo matrimonio y adoptó a una hija.

La eficaz masculinización de Amelia, refiere la autora, subvierte la muy arraigada creencia de que la identidad de género “es consecuencia inmediata e ineludible de la anatomía de las personas y de que hombres y mujeres son grupos sociales nítidamente definidos y con cualidades inmutables”.

Las categorías “hombre” y “mujer”, señala Cano, suelen considerarse realidades preestablecidas e inmutables, con lo que se pasa por alto su plasticidad, “cualidad identitaria que se hace evidente a la luz de la radical masculinización de Amelio Robles, uno de los pocos procesos de su tipo que se ha documentado hasta ahora en la historia de América Latina”.

Amelio Robles no solamente fue aceptado y tratado como hombre dentro de su entorno social y familiar, también fue nombrado y reconocido como “Coronel” (no “Coronela”) por la milicia y sus autoridades, y distinguido por la Secretaría de la Defensa Nacional como veterano (no “veterana”) de la Revolución mexicana. A lo largo del ensayo, la autora hace un recuento de las condiciones en que se produjo este proceso, inconcebible más de medio siglo después. “La masculinización de Amelio Robles inició en medio de los desplazamientos forzados y el desorden social de la guerra. En el combate se abandonaron pudores y reservas ancestrales y surgieron algunos espacios de tolerancia como el que permitió a Robles empezar a construirse como un hombre, y gozar de una relativa aceptación de sus compañeros de armas, que admiraban su valentía y sus capacidades como guerrillero”.

Amelio Robles con Guadalupe Barrón en Iguala, Guerrero, 1976. Foto de Marcelo González Bustos.

Aunque su acta de nacimiento original indica lo contrario, su expediente personal en los archivos militares incluye un acta de nacimiento falsa, proporcionada por el mismo Amelio, donde se certifica que nació hombre. Aunque era del dominio público que nació mujer, el ejército lo registró como hombre. Así, Amelio Robles se convirtió en la primera persona transgénero en ser reconocida por el Estado.

Al concluir la lectura del ensayo de Gabriela Cano, vuelven a resonar en mi mente sus palabras:

“Las categorías de identidad son flexibles; no son espacios herméticamente sellados”.

“Su eficaz masculinización subvierte también la muy arraigada noción de que la identidad de género es una consecuencia inmediata e ineludible de la anatomía de las personas y de que hombres y mujeres son grupos sociales nítidamente definidos y con cualidades inmutables”.

No imagino cuántas barreras, además de la profunda ignorancia y el odio por la diversidad, nos quedan por derribar antes de construir una sociedad donde la discriminación deje de ser algo aceptable; donde también en la vida real se respete el derecho de todas y todos a ser distintxs entre sí, únicas y únicos, sin ser discriminadxs por ello; donde ninguna identidad sea considerada “natural” ni irrenunciable, mucho menos obligatoria.

Porque no debería serlo. En ninguna sociedad, en ningún momento.

Por Lydia Zárate para la revista mexicana La que arde
Fuente:Pikara


* Momentos de la ignorancia que caracteriza a la clase política en México:
FIL Guadalajara 2011
Diputados no saben sus 3 libros favoritos
¿3 libros que marcaron mi vida? Es que no los conocen
(1) Cano, Gabriela. “Amelio Robles, masculinidad (transgénero) en la Revolución mexicana”. Género, poder y política en el México posrevolucionario. Fondo de cultura económica. México, 2012.