octubre 07, 2016

Berta Vive



Llueve, truena, relampaguea y fuertes vientos inundan la noche del sábado en Tegucigalpa. Melissa me dice que está cayendo un vergazo de agua y yo no puedo parar de reír con la expresión, que para alguien que viene de este lado del mundo le suena un poco obscena. La lluvia pasa pronto y un aire suave y fresco va llenando la ciudad. Se puede reír en Honduras, pese a la evidente sensación de inseguridad que prima y a las advertencias de la gente que todo el tiempo te dice que no salgas sola, que no camines por ese lugar, que vayas por un lado y no por el otro. El temor de la gente se puede visualizar en los alambres de púas que se encuentran protegiendo los primeros pisos de un edificio en el centro o en los hombres uniformados y armados que encontramos fuera de un restaurant o de los grandes hoteles y centros comerciales. Ser guardia de seguridad es una de las principales fuentes de trabajo de los hombres en el país.

Pese a que han descendido los niveles de inseguridad, en Honduras se siguen asesinando a 14 personas diariamente ysiguen creciendo las pandillas, integradas por jóvenes que no tienen oportunidades ni de trabajo ni de educación. Las pandillas, Mara Salvatrucha y Barrio 18, que están enfrentadas entre sí por el control territorial de vastas zonas tanto rurales como urbanas, asesinan, extorsionan, trafican con drogas, desplazan a miles de personas e imponen el terror, de manera especial en las zonas más empobrecidas y marginales.

Sin embargo, en Honduras, no solamente la violencia viene del crimen organizado, ni de las maras, viene también de otros sectores interesados en controlar territorios de los pueblos indígenas y campesinos, apropiarse de sus tierras y sus recursos. Como en otros países de América Latina, gracias a la profundización de las políticas neoliberales, grandes inversiones han llegado al país y quieren imponer sus megaproyectos, aun a costa de la vida y el futuro de los pueblos que habitan esos territorios. Pero estos pueblos, que llevan siglos resistiendo, han dicho no y se han levantado para preservar sus modos y medios de vida, su cultura e identidad y están pagando un precio muy alto. El informe ¿Cuántos más? de Global Witness señala que:

“Las personas que defienden sus derechos sobre la tierra y el medio ambiente en Honduras sufren persecuciones sistemáticas y sus vidas corren grave peligro. Entre 2002 y 2014, allí murieron asesinados 111 activistas, 12 de ellos en 2014. Se trata del índice per cápita más alto de todos los países analizados, lo que convierte a Honduras en el país más peligroso del mundo para los defensores de la tierra y el medio ambiente.”

Pese al peligro que viven cotidianamente, muchos de las y losdefensores siguen en su denodada lucha, arriesgando su vida y perdiéndola, sin que la justicia castigue a los culpables. Hace unos días, unos delincuentes asaltaron a la magistrada María Luisa Ramos de la Corte Suprema, que llevaba en su auto el expediente del caso de Berta Cáceres, lideresa indígena lencaasesinada en su casa el pasado 4 de marzo, y se lo llevaron. Ahí estaban consignados los nombres de los involucrados en el asesinato de Berta, asesinato que aún permanece en la impunidad, como el de otras y otros defensores de la tierra que se han enfrentado a los grandes proyectos.

“Agua Zarca” se llama el proyecto contra el cual Berta se levantó y luchó junto con su pueblo, un proyecto que quería represar el río Gualcarque, río sagrado y fuente de vida para el pueblo lenca, un proyecto que ya le había costado la vida a Moisés Durón Sánchez, William Jacobo Rodríguez, MaycolRodríguez y Tomás García y en el que estaban en juego grandes capitales chinos y de la Corporación Financiera Internacional, institución del Banco Mundial que, luego de las protestas y de la lucha de Berta, retiró su financiamiento. No se lo perdonaron, como nunca perdonaron que una mujer tuviera la fuerza para enfrentar todos los poderes, que no la hayan podido doblegar, que ella siguiera con su gran convicción y compromiso con su pueblo. Los ataques que sufría, me cuenta Melissa Cardoza, amiga y compañera de luchas, intersectaban su condición de mujer, de indígena y de defensora de su pueblo. “Estoy totalmente convencida de que si fuese varón, el nivel deagresión no sería tan violento”, decía Berta. Los ataques,continúa Melissa, tenían un gran componente no solo dediscriminación sexual sino también étnica. “India, puta”, “te vamos a matar, vieja puta” , me cuenta que le gritaban. Ledejaban mensajes en el teléfono, la llamaban, le decían cosas que tenían que ver con su cotidiano, “qué guapa se le ve con lablusa roja”, como para que supiera que la estaban siguiendo, que la tenían vigilada, todo el tiempo. Y no era solo por mujer respondona, indomable, que le temían, sino también por lo que no entendían, porque Berta guardaba y criaba la sabiduría de su pueblo, porque Berta era mágica con su palabra y con su ejemplo. Que era una bruja, decían, que embrujaba a las mujeres y a los hombres de las comunidades con el humo del copal cuando hacia la compostura, ritual lenca para agradecer a la tierra, a los espíritus por la vida, por la cosecha, por el trabajo colectivo, por la necesaria renovación que requiere un nuevo ciclo de siembra y cosecha.

A Berta la mataron pero sigue viviendo, como lo gritan las pintas con su nombre en las paredes en el centro de Tegucigalpa.Por eso le temen, por eso siguen queriendo desaparecer las pruebas, amedrentar a los testigos, seguir enviando mensajes de muerte y de ensañamiento con las mujeres que luchan en la defensa de sus territorios y por la vida de la futuras generaciones, por la dignidad de sus pueblos.

“Desde que mataron a la muchacha, ya no nos llegan tejidos lenca”, nos dice una vendedora en una tienda de artesanía y empieza a narrar con tristeza quién era Berta, nos habla de sus luchas, del compromiso con los derechos de las mujeres, de su firmeza, nos habla pensándonos extranjeras, o que ignoramos quién era. A Melissa se le encoge en corazón, me dice que nunca Berta fue tan conocida como ahora, viviendo en la voz de miles de mujeres hondureñas, que la extrañan, que siguen su ejemplo de lucha, que se han quedado un poco solas. Pienso entonces que Berta está más viva que nunca, que es ahora semilla que se expande por las ciudades y el campo hondureño, junto a Lesbia Yaneth y Margarita Murillo, también asesinadas por defender elderecho a una vida digna a Marinalva Manoel, lideresa indígena guaraní, asesinada en Brasil por defender los derechos ancestrales de su pueblo y a tantas otras vilmente asesinadas por defender los bienes comunes. Berta vive gritan las paredes en su eterno silencio, Berta es ahora semilla que nos trae el viento, al norte y al sur del continente, en el mundo entero, donde mujeres como ella, como Máxima Acuña en el Perú, como otras tantas, siguen resistiendo ante la prepotencia de grandes corporaciones que quieren arrebatarles su futuro y el de sus pueblos.

Por Rosa Montalvo Reinoso