octubre 21, 2016

Nombrarlas Lucía y Lucy



Más de 50 organizaciones han llamado a un paro de mujeres en Argentina, el llamado se extendió a más de 15 países y el 19 de octubre, mujeres paramos vistiendo de negro, desde Estados Unidos hasta Argentina, pasando, entre otros, por México, Honduras, Venezuela y Perú. Un paro que constituye la expresión de la rabia y el dolor frente a tanto asesinato de mujeres. El paro es una forma de decir ¡Basta ya de matarnos!, de continuar con nuestro grito de ¡Vivas nos queremos!

La propuesta se inició porque hace unos días Lucía, una adolescente de 16 años que vivía en Mar de Plata, fue violada, drogada, torturada hasta niveles inimaginables. Fue empalada, extraña palabra que suena como método de torturas medieval en pleno siglo XXI. Vlad Tepes, príncipe de Valaquia en el siglo XV, fue conocido por utilizar esta peculiar forma de tortura, por lo que lo conocían como el Empalador. ¿De dónde sacarían Matías Farías y Juan Pablo Offidani, los asesinos, esta forma de tortura? Los asesinos, cobardes al final y al ver que la muchacha no respiraba debido al paro que le provocó el dolor irresistible que sufrió, intentaron borrar todas sus huellas, lavando el cuerpo, lo vistieron y lo dejaron en un hospital, abandonándolo, diciendo antes que había perdido el conocimiento por una sobredosis y no lograron reanimarla. Murió por reflejo vagal, como le llaman al paro que se produce por un terror o un dolor extremo, como si el cuerpo dijera basta, ya no puedo, defendiéndose, muriendo para no sentir.

Lucy Diana se llamaba, había emigrado con su familia de Madre de Dios a Huamanga, Ayacucho, buscando quien sabe qué sueño, queriendo su familia seguramente un futuro mejor para sus hijos e hijas. Tenía 15 años, la violaron, la torturaron, le introdujeron una botella de cerveza por el ano, con brutal ensañamiento, mientras grababan la escena con un celular, en presencia de varios hombres que se turnaban en la violación, entre ellos, la mayoría, menores de edad, y de una amiga que la había convencido para ir a una supuesta reunión social “privadita”, como le dicen en la jerga juvenil a ese tipo de reuniones, en donde chicas elegidas previamente, llevadas con engaños muchas veces o llevadas por la curiosidad, por las ganas de ser grandes, de divertirse, a tomar licor para luego abusar de ellas. Así lo había denunciado un padre de familia antes de este hecho fatal. “Javier es el padre de una menor de quince años. ‘Mi hija llegó a casa llorando y con el pantalón ensangrentado’, cuenta recordando lo ocurrido el 24 de agosto apenas dos días antes del vejamen ocurrido contra Diana Lucy. Su hija le contó que ella y su amiga pasaban por la casa del adolescente J.R.R.A (15) quien las abordó y junto a sus amigos las invitaron a pasar a la vivienda, donde obligaron a las adolescentes a consumir licor y les impidieron que salgan de la casa. Cuando las menores se embriagaron, los jovenzuelos dieron rienda a sus bajos instintos”, dice la información en prensa. “Bajos instintos”, como si violar, matar, torturar fueran parte del equipaje con el que venimos las personas y no parte de un sistema de poder que coloca a unas como objetos que pueden ser usados hasta la saciedad, hasta que ya el cuerpo no resista y se apague, como paso con Lucy y con Lucía.

Impresiona no solo la capacidad de unos chicos tan jóvenes de divertirse con tanta crueldad, en el caso de Lucy, sino la actuación de la chica, la amiga que registra el acto. La podemos imaginar siguiendo los detalles, quizá riendo, desdoblada de sí misma, alegrándose de no ser ella quien está del otro lado, sufriendo la tortura y el dolor. La podemos imaginar diciéndole a Lucy que ya no llore, que se vaya a dormir, que ya se le pasará, como pasan los dolores, la soledad, las angustias de las chicas que tienen que vivir la pobreza, la falta de oportunidades, como pasan los sueños. Ella, sin inmutarse mucho, manifestó en una declaración que “se les pasó la mano”. Eso, la muerte de Lucy después de dos días en que se desangraba, el dolor terrible que debió haber sentido, la vergüenza, el miedo, fue explicado como si lo realizado hubiera estado dentro de lo normal si no “se les pasaba la mano”. ¿Qué pasa con una adolescente que ve violar a otra de su edad y forma parte de la diversión? ¿Dónde aprendieron la crueldad esos hombres casi niños aún?

Claudet García, en colaboración con Mariana Pessah, escribió un texto titulado “Nombrarte Lucía”, que dice: “ Toda muerte de una joven es espanto, pero cuando la muerte es precedida del horror lo tremendo se nos instala… Nombrarte Lucía para que tiemble el mundo.” Nombrarte Lucy, agregó yo, juntando los dos nombres tan similares, de chicas de edades tan cercanas, cuyos asesinatos nos mueven la rabia y nos desconciertan. Nombrarlas Lucy y Lucía “para que el dolor quede de este lado y se vuelva acción”. Nombrarlas “para que tiemble el mundo”.

Nombrar miles de veces a Lucy y Lucía, gritar los nombres de todas las mujeres, las chicas, las niñas violadas, que no se ahoguen en nuestras gargantas los nombres de Rosa Marisol, Marielena del Carmen, Luz Brígida, Génesis, Jessica Roció del Pilar, Rosa Milagro, Elizabeth, todas ellas asesinadas entre agosto, y octubre en Perú. Nombrar también a JMA, de Piura, cuyo nombre no publican porque tenía 17 años, dizque para protegerla, cuando no pudieron protegerla para evitar su muerte y la muerte de su bebé como resultado de una brutal golpiza.

Mujeres de todas las edades, niñas y ancianas, están en esta lista, asesinadas, violadas, torturadas, dejadas en algún descampado, en alguna bolsa negra, y también desnudas, expuestas, como para que quede la lección de lo que nos puede pasar a las mujeres, como hace un par de días le sucedió a Denis Vidal Gutiérrez, de 19 años. Tirada desnuda, con la palabra “puta” escrita en una de sus piernas, en los peñascos de una playa en el balneario de San Bartolo, había sido violada y estrangulada.

Nombrarlas hasta que se nos acaben las voces, para seguirlas nombrando, para que sigan viviendo entre nosotras, nombrarlas todos los días hasta que cambie el sistema que nos oprime, hasta que se trabaje realmente por una sociedad justa y equitativa, sin violencia, sin discriminación, sin exclusión ni subordinación, una sociedad en la que nunca más nuestras hijas, nuestras nietas vean truncado su futuro, cortadas sus jóvenes vidas, una sociedad en la que todas las Lucys y las Lucías puedan soñar y ser felices. Una sociedad de mujeres libres, autónomas, dueñas de su destino.

Por Rosa Montalvo Reinoso