octubre 27, 2016

Un pasado que ilustra con perspectiva de género: el debate sobre la división sexual del trabajo


"La construcción patriarcal de la diferencia entre la masculinidad y la feminidad es la diferencia política entre la libertad y el sometimiento".
Carole Pateman


La división sexual del trabajo, esto es, que los hombres y las mujeres realicen tareas diferentes, rememora la tradicional dualidad hombre-cazador versus mujer-recolectora. Da por supuesto que la caza requiere mayor fuerza física y velocidad, por lo que habría sido una labor propia de los hombres, mientras que la recolección de alimentos vegetales sería más compatible con la menor fuerza física de las mujeres y las restricciones impuestas por la gestación y el cuidado de la prole. Según este modelo, la división sexual del trabajo se habría originado por diferencias biológicas típicamente asociadas al sexo, es decir, a características «naturales» propias de los machos o de las hembras.

Sin embargo, cuando se intentan reconstruir comportamientos humanos de sociedades prehistóricas los datos empíricos disponibles son lamentablemente escasos. Tan es así que numerosos especialistas coinciden en que de dichas conductas solo pueden extraerse hipótesis más o menos sesgadas. En este sentido, la arqueóloga y catedrática del Instituto de Prehistoria y Protohistoria de la Universidad Erlangen-Nürnberg, Linda Owen, en 2014 apuntaba: «Los roles sociales de cada sexo predominantes en épocas lejanas, a duras penas pueden reconstruirse».

Ciertamente, en los modelos sugeridos con el fin de recuperar comportamientos de tiempos remotos, los prejuicios han sido tan difíciles de evitar que los estudiosos varones, blancos y europeos han analizado las sociedades del pasado desde una perspectiva masculina, blanca y eurocéntrica. De esta manera, las nociones y normas de la vida moderna se han extrapolado a pueblos de homínidos extintos, dividiendo convencionalmente las actividades de ambos sexos: ellos iban de caza y protegían a sus familias, ellas recolectaban hierbas y frutos y se ocupaban de los niños.

Esta suposición lleva implícito que los hombres eran activos, sumamente móviles y se desplazaban largas distancias tras sus presas, mientas que las mujeres se quedaban a la espera, pasivas y sedentarias, en un entorno físico limitado. Pero de esa imagen tan «natural» han ido surgiendo dudas y cuestionamientos cada vez más obvios; por ejemplo, Linda Owen se pregunta: «¿Cómo podían los hombres proteger a las mujeres y a los niños si se encontraban fuera del campamento la mayor parte del tiempo?»

El esfuerzo por describir las funciones sociales femeninas en pueblos antiguos (incluso muy antiguos) como si fueran un calco de la sociedad occidental del presente ha provocado en los últimos años encendidos debates y flagrantes contradicciones. Los desacuerdos, cada vez más profundos, fueron abriendo espacios para sospechar que dividir el trabajo en función del sexo ha tenido menos que ver con el respeto a la naturaleza y más con trasladar al pasado remoto una forma de pensar del presente.

Además, la comunidad académica ha equiparado casi por consenso las diferentes tareas con jerarquías de desigualdad, impulsando y fortaleciendo esa tendencia generalizada que presupone la universalidad del dominio masculino. Como no podía ser de otra manera, el resultado ha generado importantes distorsiones al interpretar de un modo replicante los orígenes del comportamiento de las sociedades humanas.

Por otra parte, el debate se vuelve más complejo porque un conjunto considerable de expertos no admite que otras especies de homínidos distintas de la nuestra hayan tenido división sexual del trabajo. Por el contrario, sostienen que el reparto de las tareas es un comportamiento propio y exclusivo de Homo sapiens, señalando además que su emergencia habría coincidido con la llegada a Europa de los humanos anatómicamente modernos, unos 40-50.000 años antes del presente. Siguiendo este modelo, solo nuestra especie habría alcanzado el pensamiento simbólico, el cual es capaz de definir categorías sociales y asignar tareas en el grupo. En consecuencia, la división sexual del trabajo habría sido el motor que condujo a sistemas de adaptación tan eficaces que permitieron a los humanos modernos explorar nuevos ambientes «hasta cada esquina del mundo».

En síntesis, parece claro que con los datos en la mano no puede establecerse con precisión si a lo largo de la evolución humana hubo o no división del trabajo en función del sexo. Para muchos autores, separar las tareas es un hecho universal, y sostienen que ese reparto se remonta hasta los orígenes de los primeros homínidos, hace alrededor de 6 o 7 millones de años. Para otros, por el contrario, se trata de un fenómeno propio y exclusivo de Homo sapiens y no tiene más de 50.000 años de antigüedad.

Nuevos hallazgos estimulan el debate

La encendida polémica sobre la división sexual del trabajo y sus orígenes se vio avivada en 2006 por la publicación de un artículo firmado por los antropólogos de la Universidad de Arizona Mary C. Stiner y Steven L. Kuhn. Estos especialistas defendieron una tesis sobre la organización de la vida de los neandertales cuyos ecos sobrepasaron el mundo académico y alcanzaron a los medios de comunicación y al público en general.

Los investigadores Stiner y Kuhn realizaron un minucioso estudio de numerosos huesos fósiles deHomo neanderthalensis, detectando que estos huesos presentaban cicatrices resultantes de fracturas producidas por la dureza de las condiciones de vida de aquellos humanos. Los autores separaron los restos óseos procedentes de hombres y de mujeres y los analizaron con gran detalle. Tras sus metódicas observaciones, llegaron a la conclusión de que no había diferencias en la morfología ni en el patrón de las cicatrices encontradas en los restos de uno y otro sexo. Interpretaron este hecho asumiendo que tal similitud sólo podía atribuirse a que las heridas óseas tenían un origen muy parecido y que, por lo tanto, probablemente las mujeres y los hombres neandertales llevaban vidas semejantes y realizaban trabajos análogos.

Además, Kuhn y Stiner certificaron que la evidencia empírica señalaba con nitidez que las mujeres neandertales eran personas fuertes y autosuficientes, muy parecidas anatómicamente a sus compañeros varones. Esas pruebas contradecían el comportamiento sedentario pues resultaba, cuanto menos, poco coherente. En palabras de los investigadores: «los esqueletos de las mujeres neandertales estaban tan robustamente construidos que parece improbable que ellas simplemente se sentaran en casa cuidando sus hijos».

En suma, en la cultura neandertal los hombres y las mujeres parecen haber realizado labores muy semejantes entre sí, lo que no impediría, advierten los científicos, que desempeñaran algunas labores diferentes, pero siempre dentro de un esquema general compartido.

Con todo, el debate no ha quedado aquí. En los últimos años se ha enriquecido considerablemente, al abrigo de los numerosos descubrimientos relacionados con el ámbito de la paleoecología, disciplina que tiene como objetivo reconstruir ecosistemas del pasado y configurar un punto de partida para conocer los diferentes recursos alimenticios que los homínidos tenían a su alcance, ponderándose las estrategias que seguían para aprovecharlos. Un enfoque que, además, también ayuda a visualizar lacomplejidad del comportamiento de nuestros antepasados, cómo era su organización social y, en definitiva, para calibrar su capacidad de adaptación al entorno que habitaban.

Gran parte de estos novedosos estudios se han basado en el examen de dientes fosilizados y en el patrón de desgaste dental observado. Pero, como ha apuntado el profesor Nathan H. Lents, «hasta muy recientemente, nadie se había planteado si las marcas observadas en los dientes de los neandertales eran distintas entre los hombres y las mujeres. Cuando lo hizo un equipo español, los resultados fueron sorprendentes».
Antonio Rosas y Almudena Estalrrich muestran una ilustración de los neandertales ayudándose
de la boca para realizar tareas cotidianas (Comunicación CSIC).

El citado equipo estaba compuesto por los científicos del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, CSIC, la doctora en paleontología Almudena Estalrrich y el prestigioso experto en neandertales,Antonio Rosas. En 2015 publicaron un interesante estudio centrado en los dientes fósiles de Homo neanderthalensis y su posible relación con la división sexual del trabajo. La investigación desvelaba un perceptible desgaste dental en los incisivos y los caninos, al apreciarse una serie de marcas o huellas. Dichas marcas sugerían que, a lo largo de sus vidas, los neandertales habrían usado la dentadura para manipular objetos al sujetarlos o sostenerlos con la boca tal como si fuese una «tercera mano».


Concretamente, Estalrrich y Rosas examinaron con detalle las estrías o rayas superficiales y las melladuras o golpes presentes en los incisivos y caninos de 19 individuos procedentes de los yacimientos de l’Hortus (Francia), Spy (Bélgica) y El Sidrón (España). Los dos tipos de marcas analizadas se debían a prácticas o actividades no masticatorias. Las estrías mayormente resultan de una tarea repetitiva basada en sujetar o estirar pieles, fibras vegetales u otros utensilios que puedan sostenerse con la boca. Las mellas, por su parte, son probablemente el resultado de un trauma, ya sea por incidir contra algo muy duro o porque el diente se quiebra mientras realiza alguna función.

Tanto los hombres como las mujeres presentaban estrías en la cara labial (frontal) de sus incisivos, pero esas estrías eran considerablemente más largas en las mujeres. Esto no indica que ellas usasen sus dientes para más tareas que los hombres (lo que habría causado estrías más profundas, no más largas), sino que los empleaban para tareas distintas. Además, pese que ambos mostraban mellas, éstas estaban en zonas diferentes. Los hombres típicamente las mostraban en los dientes de arriba, mientras que las mujeres las tenían en los dientes de abajo.

Diente de la mandíbula de un neandertal, 
cueva de El Sidrón (Comunicación CSIC).

Los autores concluyeron que las diferencias detectadas en el patrón de desgaste dental no masticatorio, aunque sutiles, parecen indicar que las mujeres y hombres neandertales utilizaban sus dientes con fines algo distintos. Cabría entonces pensar y deducir que la división del trabajo por sexos no ha sido una característica específica deHomo sapiens, sino que, por el contrario, los neandertales de hace unos 40.000 años ya dividían algunas de sus faenas entre mujeres y hombres. Los científicos no tienen claro qué actividades eran las que realizaba cada sexo, pero sí consideran probable que la especialización o división del trabajo estuviera limitada a unas pocas labores.

Tanto Antonio Rosas como Almudena Estalrrich ponen el acento en la importancia que tiene la posible separación de las faenas según el sexo, incluso aunque sea reducida, porque viene a sumarse al incremento que han experimentado en estos últimos años nuestros conocimientos sobre la cultura de los neandertales.

De hecho, los datos más recientes no sólo sugieren que nuestros parientes vivieron en comunidades socialmente complejas, sino que en sus sociedades las mujeres fuertes, vigorosas y autosuficientes, con toda probabilidad participaban en la vida comunitaria como sujetos activos, trabajando codo con codo junto a los hombres con el fin de adaptarse y sobrevivir en aquellos ecosistemas duros y difíciles.

En suma, el añejo modelo femenino de sumisión, pasividad y dependencia, tan querido y alardeado por el pensamiento convencional de nuestras sociedades occidentales, se está desmoronando con gran estruendo. Cambia el paradigma dominante, toda una revolución y reconversión de ideas-fuerza en esa nueva mirada interpretativa.

Referencias


Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

Fuente: Mujeres con Ciencia