noviembre 18, 2016

Racismo rampante




Parece que, en estos tiempos, un fantasma recorre el mundo, de norte a sur y de sur a norte, y no es precisamente el comunismo, sino al contrario de lo que éste pregonaba en relación a la abolición de las clases sociales, este otro viejo fantasma rejuvenecido y envalentonado pregona la supremacía de un grupo con determinado fenotipo, cultura y visión del mundo frente a la diversidad que podemos encontrar en el mundo. El racismo y la discriminación son los grandes monstruos que se levantan, se expanden y se visibilizan más que nunca en este tiempo gracias a las redes sociales. Nadie que no responda al patrón de belleza establecido, al color de piel valorado, está a salvo de los insultos y las agresiones que pueden venir de cualquier lado y que cruzan incluso las clases sociales. Un claro ejemplo es el post que hoy mismo escribiera Pamela Ramsey Taylor, directora de la Corporación para el Desarrollo del Condado de Clay, en relación con la esposa del actual presidente de Estados Unidos, una mujer profesional y, todo el mundo está de acuerdo, brillante. Ella, que pertenece a una fundación que recibe dinero del Estado, escribe: “Será refrescante tener una primera dama digna, hermosa, elegante en la Casa Blanca. Estoy cansada de ver una simia en tacones.” Pamela Ramsey es una mujer blanca y rubia que, desde su supuesta superioridad racial, no es capaz de ver a la otra en sus diferentes dimensiones y solo ve el color de su piel, que le resulta abyecto, y ahora, creyendo que el triunfo de un hombre blanco les restituye algo perdido, deja salir toda su furia, sin pensar mucho en que ese hombre ha demostrado desprecio por todas las mujeres.

En EE.UU., el triunfo de Trump está liberando la caja de Pandora y ya son cientos de denuncias de agresiones a quienes, como la primera dama, son considerados seres inferiores, enemigos, a quienes hay que expulsar, exigiendo que el presidente elegido cumpla la promesa que hizo de construir el muro en la frontera con México. El discurso racista del candidato republicano ha permeado en mucho sectores, incluso en menores de edad, como se evidencia en el hecho de que chicos de una secundaria en Michigan le cantaran a sus propios compañeros latinos y de otras minorías, “construyan el muro” al día siguiente de su triunfo.

El miedo cunde, las amenazas y agresiones se han incrementado, las redes están siendo un canal de graves denuncias de estas y el temor se acrecienta frente a la posibilidad de que Trump deporte a tres millones de emigrantes irregulares, como lo ha anunciado. Aunque cabe mencionar que en el período de Obama es cuando más emigrantes fueron deportados, un 40 por ciento más que durante el gobierno de George Bush hijo, llegando a una cifra de 2 millones 700 mil personas. Pero para Trump, los peores, por su proximidad, parecen ser los mexicanos, de quienes dijo:

“Cuando México nos envía a su gente, no nos envía a la mejor. No los envía a ustedes. Ellos envían gente que tiene muchos problemas y ellos traen esos problemas consigo. Están trayendo drogas. Están trayendo crimen. Son violadores. Y algunos, asumo, son gente decente.”

Lo dicho por el nuevo presidente norteamericano ha provocado que cualquier hijo de vecino vea, con la ceguera de su racismo, al ladrón, al vago, al narco, cuando ve a un latino o latina y dé rienda suelta al odio, a la rabia, o al miedo que le tenía a los diferentes, que ha visto como amenazas.

Y mientras esto sucede en el norte, también en el sur vemos que aflora un racismo acendrado frente a un tipo de migrantes, porque, aunque digan que no, las expresiones que se vierten en Argentina son precisamente contra bolivianos, paraguayos y peruanos, que coincidentemente tienen un fenotipo distinto a la media de ese país. Hace unos días, el senador kirchnerista Miguel Ángel Pichetto dijo: “¿Cuánta miseria podemos aguantar recibiendo inmigrantes pobres?” Y planteó que “el problema es que siempre funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú”, señalando además, sin que sepamos de dónde sacó esa información, que:

“Perú resolvió su problema de seguridad y transfirió todo el esquema narcotraficante a las principales villas de la Argentina, están tomadas por peruanos. La Argentina incorpora toda esta resaca donde no tenemos control migratorio.”

Si bien estas expresiones han provocado el rechazo no solo de los colectivos de emigrantes, sino también del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), que ha mencionado que va a actuar en el marco de la ley; y de la embajada peruana, que ha expresado su malestar frente a las declaraciones del Senador, reflejan las visiones que se están instalando en Argentina sobre los migrantes de países como el Perú, que alcanzan más de 150 mil, según datos de CEPAL. En este caso, al igual que el nuevo presidente de EE.UU., que ha mencionado que expulsará a los migrantes, los ministerios de Seguridad e Interior de la Argentina están elaborando un paquete de medidas para “endurecer” la política migratoria, lo que implica que habrá una criminalización de las personas migrantes. Dicen también ciudadanas y ciudadanos argentinos que les están quitando lo poco que tienen, que las personas extranjeras se benefician de la educación y salud gratuitas, sin considerar por supuesto que son gente que produce, que paga su alimentación, su vivienda, que también dinamiza la economía.

Y este racismo y discriminación no solo lo viven peruanos y peruanas que residen fuera del país, que son cual chivos expiatorios, culpabilizados por todos los males y las crisis económicas que los propios gobiernos generan, sino que se presenta dentro el país, en donde mucha gente considera divertido el infame programa de “La Paisana Jacinta”, y donde personas que se llaman periodistas con acceso a micrófono reproducen el racismo, la homofobia y la misoginia impunemente.

“Por muy shipibo-conibo que seas, tú no naciste en Lima ¿no es cierto? Tú has venido de otro lado acá ¿A qué? Es como que vayan limeños allá a Ucayali. Yo no me puedo ir con un grupo de amigos y agarrarme, pues, un local en Ucayali o en Pucallpa”, vocifera Phillip Butters, en Radio Capital, en una ciudad que ha crecido y ha adquirido el dinamismo que tiene gracias a migrantes que llegaron de todo el país en busca de mejores condiciones de vida. Y lo dice, demostrando todo su racismo e insensibilidad, cuando está hablando del incendio que sufrió la comunidad shipiba de Cantagallo y que quemó todo lo que con mucho esfuerzo habían construido. Por supuesto no le hemos escuchado decir nada frente a las dramáticas situaciones que viven las comunidades indígenas por los derrames de petróleo o cuando las empresas han ido allá y contaminan, o cuando ven en peligro sus bienes naturales por las grandes inversiones en megaproyectos, que además no redundan en un mejoramiento de sus niveles de vida.

Por suerte, también hay en el mundo otras visiones y acciones que con firmeza y con humanidad enfrentan a este fantasma. Ahí tenemos la carta que una profesora de inglés, Señora Tarman, dejó en la puerta de su salón de clases luego de las elecciones. Dirigida a su alumnado afrodescendiente, a las mujeres y a los de origen mexicano, la carta dice: “Queridos alumnos mexicanos, no son violadores ni narcotraficantes. Son amados.” Están las voces en Argentina contra el intento de cacería de brujas y estigmatización hacia la población extranjera, sobre todo proveniente de Perú, Bolivia y Paraguay, que se refleja en las citadas declaraciones del senador Pichetto. Y está en la gran solidaridad frente al incendio en Cantagallo de tanta gente, de tantos jóvenes especialmente, que se han movilizado para ayudar a la comunidad shipiba a levantarse desde las cenizas. Todo ello nos dice que, pese a los prejuicios, al odio, a la intolerancia, la pobreza de alma que tiene alguna gente, siempre habrá espacio para la solidaridad y la esperanza.

Por Rosa Montalvo Reinoso