diciembre 23, 2016

Acoso Sexual. No me voy de mi sitio


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Un día más me ha vuelto a ocurrir. En la playa nudista de Vera he de contar con que al menos dos o tres hombres, olisqueando como chuchos hambrientos, se me van a insinuar, a sentar al lado, a preguntarme tonterías, a masturbarse, a fastidiarme las vacaciones, hablando en plata.

Aquí prácticamente sólo hay jubilados y mirones. Vale, estoy exagerando, también vienen algunas familias y parejas hetero y gay, con lo cual no está mal del todo. Digamos que es una playa abierta, pero como no abundan las mujeres jóvenes y solas, pues parece que todos los cerdos me tienen que acosar a mí. “Perdona, ¿tienes un cigarro?”; “¿Tú no eres de aquí, no?”; “¿Te puedo hacer una pregunta?”; “El otro día te vi en el agua, ahí con las olas”; “¿No te irás por mí, verdad?”; “Hola guapa” (este último sin emitir sonido alguno, moviendo los labios lentamente y cerrando el gesto con un beso). Claro que también están los que no dicen nada. Sólo se sientan al lado o se pasean alrededor como buitres echando miradas furtivas.

Y yo sólo siento rabia. Siento rabia y pienso en lo que les diría. Le diría a ese que si tiene 30 metros de playa libre por qué narices ha tenido que ponerse a un metro escaso de mi toalla, que me cabrea que me esté mirando como si fuera un mero objeto, y que me deje en paz. Y pienso en lo que le haría a este otro, y me digo a mí misma, ¡pero Blanca! ¿Cómo vas a tirarle arena a la cara?, ¿cómo vas a darle una patada ahí?, ¿cómo vas a coger esa piedra y…? Y todo este entresijo de pensamientos y acciones frustradas se quedan dentro de mí anquilosándose y llenándose de polvo. Cojo mi toalla, mi sombrilla, y me muevo a otro sitio. La rabia se queda dentro de mí, mientras que el acosador sale indemne, triunfador en su miserable acto de robarme el sitio y un ratito de mi tranquilidad vital.

Tengo miedo. Sale de lo más profundo de mi ser. Este miedo no lo he elegido yo, sino que lo tengo aprehendido en mis entrañas por el hecho de ser mujer. En este lugar tengo más miedo que en mi ciudad, tengo que enfrentarme todos los días, en simples actos como ir a la playa o salir a darme un paseo, al temor-paranoia a que me hagan daño, me violen, me persigan…Cada día me desgasta esta contradicción interna que me hace desear salir de la pasividad pero tener un miedo irracional a defenderme del agresor, a señalarlo, humillarlo.

¿Quién me habrá metido a mí este miedo? ¿Por qué no se me ha enseñado más que a protegerme pasivamente del agresor? No tengo herramientas para estas situaciones, ni tengo admirables ejemplos de respuestas cotidianas en playas nudistas para que no me coma la rabia por dentro pero que tampoco acabe yo misma llamando a la ambulancia porque le he hecho una brecha al cabezón ese que me ha dado un susto de muerte con su vozarrón acercándose por atrás y casi sentándose en mi toalla mientras yo leía la apasionante pág. 48 de mi libro. Sobra decir que toda esta agresividad no está más que en mi cabeza, y me gustaría por fin encontrar el equilibrio entre la perfecta mudez y la serial killer de mi tarantiniana imaginación.

Pero hoy, hoy ha sido diferente: Se acerca mientras me estoy bañando. Me vislumbra desde el agua y decide quedarse enfrente mostrándose cual pavo real (sólo que no se trata de tal majestuosa ave). Paso de él, sigo nadando, disfruto del mar. “Parece que se ha aburrido y se ha marchado. Bien”. Salgo, me echo a tomar el sol tranquilamente. Y de pronto, ¡zas! Ahí está otra vez, delante de mí, tapándome la vista a las olas, al horizonte, enseñándome su feo culo requemado y fofo. Resoplo, respiro... Ya me está entrando la rabia por las venas. Ahora coge y se sienta prácticamente bajo la sombra de mi sombrilla, así, como si nada. Sin embargo sigue haciendo como si la cosa no fuera con él, mira al suelo, mira de frente, pero no es capaz de mirarme si le miro. “Maldito vampiro”. Saco la sombrilla, muevo la toalla, me alejo unos metros de él. “Siempre soy yo la que se tiene que ir”. Ahora se pone detrás de mí, de pie, como vigilándome. “Esto ya si que no. No te tengo miedo, mamón”. Me pongo mi sombrero de paja y mis gafas y desde mi toalla me propongo a mirarle fijamente, a ver si así se intimida y se va. Me dice “hola” el muy desgraciado. Le pongo cara de asco. Al cabo de un rato desaparece de mi vista, se va a su toalla. “¡Bien! Esta vez he ganado yo”. Me meto al agua con aire de guerrera todopoderosa, feliz. Pero, ¡ay, qué inocencia la mía! Cuando me quiero dar cuenta la sanguijuela esta ha movido todas sus cosas a mi vera, cual cama de matrimonio, toalla con toalla. “¡Esta sí que no!”. Nado como si me persiguiera el demonio, cuando estoy saliendo del agua, él está entrando, me sonríe con su cara de palurdo cuando ve que le estoy hablando. No te estoy hablando, te estoy gritando. ¿Que no Spanish? En inglés le tengo que gritar que me deje en paz de una vez, que se marche de mi lado, que deje de perseguirme. Que no sabe de lo que hablo (lo dice con la boca chica). “¿Ah, no? Go fuck yourself!”. 

Los jubilados alemanes sentados a mi izquierda me escuchan y me dan la razón con la cabeza comprendiendo pero sin entender ni una sola palabra. El cretino este saca su cuerpucho del agua sin atreverse a volver a su toalla en un buen rato. Finalmente, en uno de mis descuidos, recoge sus cosas sigiloso como un ladrón y se marcha para siempre.

Hoy algo ha cambiado en mí, siento que he recuperado una fuerza ancestral que estaba ahí dormida, una potencia que llegará hasta donde tenga que llegar, para defenderme a mí, mi cuerpo, mi espíritu, mi voluntad. No puedo cambiar este lugar. Sin embargo, ya no tengo miedo, y sé que estos acosadores se marchan en cuanto ven que me puedo defender.

Yo quiero poder viajar sola adonde me plazca, sin temor, sintiéndome capaz y libre. Por eso hoy he explotado, he defendido mi espacio, he conseguido echarle y espero seguir haciéndolo: Yo ya no me voy de mi sitio.

Fuente: Periódico Diagonal