diciembre 11, 2016

El ‘no’ mudo

¿Cuántas veces hemos dicho o escuchado eso de “follo sin ganas para que me deje tranquila”? Cuando hablamos sobre consentimiento sexual y cultura de la violación, pongamos el nombre adecuado a estas experiencias, para dejar de naturalizarlas y de culparnos.


Póster de P.nitas

Hace unos meses, June Fernández reflexionaba sobre la importancia de subrayar que el “No es no” se quedaba corto. El “No es no” es un grito que se adoptó en algún momento como válido y, ahora, empiezo a preguntarme si fue así porque parecía que dejaba claras todas las formas de “No” (el “no” no verbalizado, no físico, no aterrado en silencio) o si por el contrario se estaba dejando de lado todas esos noes mudos.

Me explico.

Hace sólo seis años que leí ‘La estrella más brillante’, de Marian Keyes. La protagonista es víctima de una de esas violaciones donde en ningún momento suena un “no”.

‘Me están violando. Esto es lo que se siente cuando te violan’.
Por primera vez desde que la llevó a la habitación, David habló: “¿Te gusta?”

Maeve lo miró en silencio, luego experimentó una sensación muy extraña. Sintió que abandonaba su cuerpo, que salía, girando en espiral, por la coronilla. Permaneció fuera de su cuerpo, a la espera de que David terminara. Se veía en el suelo, rígida, con los ojos fuertemente cerrados, las lágrimas asomando bajo los párpados. Él embistiendo, empujando, tendido sobre ella y, lo más extraño de todo, susurrando palabras de amor: “Eres preciosa”, “te quiero”, “me hiciste mucho daño”. Parecía que no fuera a terminar nunca. David perdió la erección dos veces y tuvieron que esperar hasta que estuvo listo para recomenzar. (…) Después de una eternidad, David se corrió y eyaculó dentro de ella. Embarazo, pensó Maeve. Clamidia, pensó. Una prueba.

En aquel momento, recuerdo, cerré el libro furiosa. NO. No acaba de pasar. Marian Keyes me tenía acostumbrada a que leerla era sinónimo de reír, de pasarlo bien. ¿A qué venía esto? Mi pregunta no era por qué narraba una violación, sino una violación así. ¿Por qué no ha hecho que Maeve se revuelva? ¿Qué es eso de salir de tu cuerpo? ¿Por qué Maeve no gritó ni forcejeó?

Para mí no había explicación a eso. Hace sólo seis años que yo no entendía que una mujer pudiera pasar por algo así. Y, sin embargo, hoy no puedo dejar de relacionarlo con experiencias que ya había hablado con mis amigas, que les había pasado a ellas y que me habían pasado a mí. Experiencias similares, donde un chico con el que sales te obliga sin inmovilizarte físicamente a tener relaciones con él. Ese tipo de sexo donde él no te fuerza, no te paraliza con sus manos, no hace “nada”. Tan sólo te castiga psicológicamente hasta que cedes: y cedes porque sabes que es así como cesarán sus silencios y enfados sin palabras. Porque lleva la cuenta de los días que hace que no folláis, y te lo dice. “Hace una semana y media que no hacemos el amor” o “¿Hoy tampoco?”, o frases hechas desde la hostilidad más sutil que puedas imaginar: “¿Estás cansada? No te preocupes, amor, tú tiéndete y yo lo hago todo”. Y tú, que eres una adolescente que no sabe una mierda aún (y podrías haber envejecido sin llegar a entenderlo, como muchas otras), te culpas de su desesperación. ¿Por qué me niego sistemáticamente a acostarme con mi novio? ¿Acaso no lo quiero ya? ¿Por qué le hago esto?

Y te tiendes, no estás cansada, es mentira, pero hasta tú te lo crees de tantas veces que lo has repetido. Porque la verdad es que no sabes por qué no quieres acostarte con él, pero necesitas un porqué porque te lo están reclamando constantemente. Y ese porqué también lo necesitas tú. Y te castigas: “Me pasa algo con el sexo, tendré algún trauma que no sé identificar”. Y te quitas las bragas.

“Yo me tiendo y me pongo a pensar en mis cosas”, mi amiga del instituto fue la primera en acostarse con su novio. Una chica divertida, segura de sí misma, lo contaba incluso con humor. “Y si finges que estás excitada, él acaba antes”.

Y, sin embargo, yo no entendía a Maeve. Sólo porque ella lloraba. Y yo y mis amigas no. Porque ella hablaba de “me están violando” y nosotras de “lo hago sin ganas para que me deje tranquila”. Maeve ponía las palabras adecuadas, nosotras lo disfrazábamos.

Poner las palabras correctas a nuestras experiencias hace que se vuelvan palpables, que duelan más. Y al hacerlo cobran vida situaciones que siempre estuvieron ahí: el elefante en el salón que antes no veías, ahora no te deja respirar. Pero tomar conciencia de tu pasado gracias a lo que has aprendido en el presente, (re)nombrando todo aquello que viviste por su verdadero nombre, no sólo te ayuda a comprender por qué pasaste por aquellas experiencias, sino que te dará herramientas para evitarlas en el futuro. Esas herramientas y esa conciencia te ayudan a entender que tú no tenías ningún trauma, ni culpas (y que si tus ganas se fueron fue porque él se las llevó con su insistencia y sus agresiones), te harán ver que tú sólo eras una chica siendo forzada sin empujones por quien decía quererte. Y eso, como a Maeve, te armará en el futuro para poner tierra y tiempo de por medio entre tú y tu agresor, a no callar y asentir cuando una amiga te cuente que su novio se enfada o se pone tenso cuando no folla. Y, sobre todo, te dará las razones y la fuerza para no seguir con él, y para dejar de preguntarte qué es lo que te pasa a ti con el sexo, que nunca tienes ganas.


Barbijaputa
Fuente: Pikara