enero 22, 2017

‘Amélie’, o ‘toda la dulzura que quieras pero no me toques el coño’

El noviembre pasado, Amélie cumplía 15 años. Desde que se estrenó no había vuelto a verla, a pesar de ser una de mis películas preferidas. Las películas que más te marcan en cualquier etapa de tu vida se quedan en tu memoria con la etiqueta “favoritas” y de ahí no se mueven fácilmente. El problema llega cuando, años después, decides verlas de nuevo. Problema que es aún mayor si, en ese intervalo de tiempo, te has puesto las gafas moradas.


Señora Milton interpreta Amélie: “Lo que saco yo es que la guaja está como una berza, se le permite porque es muy mona, pero si se llamase Eustaquia Sanchez, pesase 90kgs y viviese en Villalpando otro gallo nos cantaría”.

Pensé que Amélie resistiría la revisión sin problemas, basándome en mi impresión de años atrás. Y en parte así fue porque, a pesar de su delicadeza, Amélie es un personaje muy potente, capaz de obrar maravillas y entregarse de forma altruista a cualquier causa pero también dispuesta a vengarse -sutil y elegantemente, eso sí- de quien le haga daño a ella o a alguien débil.

Es difícil quedarse con la parte vengativa de su protagonista porque, hasta haciendo el mal, Amélie desprende bondad. Puede que porque Jean-Pierre Jeunet, su director, dotó a la película en general -y a su protagonista en particular- de un halo de realismo mágico y colores vivos que te hacen priorizar el sentir por encima del juzgar. Por eso, cuando Amélie entra en casa del tendero de su barrio para vengarse de él por hablar mal a su empleado y consigue volverlo loco a base de hacerle luz de gas, sólo puedes sonreír y negar con la cabeza diciendo para ti misma “qué mujer ésta”. Su ceja enarcada y su sonrisa maliciosa enmarcado en ese corte de pelo que todas quisimos llevar no permite a nadie confesar que Amélie quizá era desproporcionada en sus castigos. Y si es así, también se debe a que sus frases, sus pensamientos, su seguridad para adentrarse en el caos vs su inseguridad para tareas banales, nos hicieron empatizar con ella desde el inicio.

Pero había un elemento que no recordaba: uno de los personajes secundarios, que ocupa uno de los hilos de la película, llamado Joseph. Es el exnovio despechado de Gina, camarera y compañera de Amélie en la cafetería donde trabaja. Un hombre repulsivo que va cada día al lugar de trabajo de ambas para atosigar a Gina, espiarla y documentar todos sus movimientos en una pequeña grabadora que siempre lleva consigo. Amélie, para mi tristeza, no se venga de él, muy al contrario: intenta -y consigue- que se fije en otra compañera, pudiendo así olvidar a Gina. Todo este hilo se trata con una pátina de comicidad, de encogerse de hombros, de “y qué le vamos a hacer”.

Al personaje de Amélie, que siempre intenta hacer lo que ella considera el bien, le faltan las gafas moradas, porque si bien es cierto que en la película sólo saca su parte vengativa con hombres, aquí el personaje no sabe identificar que Joseph es un maltratador de libro. Y por eso, mientras piensa que haciéndole pensar en otra mujer se le pasará la obsesión, se lo encasqueta a Georgette, la vendedora del estanco, una mujer hipocondríaca que siempre cree estar enferma y se sobremedica. Por si no tuviera ella ya suficiente con eso. Pero es que Amélie piensa que también la ayuda a ella: el amor la curará de su hipocondría. Georgette, por supuesto, acaba sufriendo los mismos celos y maltrato psicológico que sufrió Gina. Pero Amélie tampoco se venga entonces de Joseph.

Y si incido en la venganza de la que ya sabemos que Amélie es capaz, es porque ya hemos tenido suficientes mensajes en películas sobre la aparente incapacidad femenina de devolver los golpes. Mensajes que están por todas partes, también fuera de las pantallas, y que no puede ser menos cierto: podemos y sabemos devolver los golpes, sólo nos falta creérnoslo. Por eso eché de menos en esta revisión de Amélie que, tras meternos otra figura más de hombre posesivo y maltratador sutil en una peli, bien podría haberse equilibrado con un final acorde a todo lo que Amélie representa: “toda la dulzura que quieras pero no me toques el coño”. Exactamente así definía yo esta película desde que la vi: “Toda la dulzura que quieras pero no me toques el coño”.

Hay otro elemento en esta peli que no podemos pasar por alto una vez la vemos con las gafas moradas: el mito del amor romántico. Amélie se enamora perdidamente de un chico con el que ni siquiera ha hablado. Pero lo cierto es que no se enamora por su apariencia, sino por una sensibilidad que le presupone al darse cuenta de que él colecciona fotografías que la gente ha ido abandonado en fotomatones. La verdad es que es un detalle que deja entrever un componente muy emocional detrás.


A él, la voz que narra la historia lo presenta como “mientras que a Amélie le faltaba gente a su alrededor, a él le sobraban”, mientras las imágenes muestran al chico prota de pequeño siendo acosado por matones en la escuela. Es curioso cómo suele cumplirse la norma de que aquellos chicos que fueron abusados y acosados en el colegio desarrollan una sensibilidad especial para con las oprimidas. Al menos mi experiencia suele ser ésa: son esos chicos los que menos se resisten al feminismo y terminan siendo los mejores aliados. Aquellos que han sufrido de forma colateral el patriarcado por no encajar en el concepto hegemónico de masculinidad son más empáticos con las mujeres que peleamos por nuestra liberación. Sin embargo, en la película no dejan de fomentar el mito del amor romántico al no darle ni una línea a él, más que al final, para que pudiéramos conocerlo y saber si ese amor que crecía en Amélie se correspondía o no con la realidad.

A pesar de esto, la evolución del personaje de Amélie señala claramente al empoderamiento: acaba enfrentándose a todo aquello que le da pavor, y además abandona el rol de cuidadora de todos los desfavorecidos que la rodean, entendiendo que no puede dedicar su vida a salvar el mundo cuando ni siquiera se ha salvado aún a ella misma. Lo vemos en la escena donde sueña que un telediario anuncia su propia muerte tras haberse dedicado en cuerpo y alma a ayudar y cuidar a todos los afectados de crisis humanitarias y conflictos habidos y por haber: “Amélie Poulain, también conocida como “la madrina de los repudiados”, o “la madonna de los abandonados” sucumbió al agotamiento (…) Como Don Quijote, había decidido agarrarse al implacable molino de todos los dolores humanos… una lucha imposible que consumió su vida prematuramente”. Es ahí cuando decide romper con su papel de salvaalmas, y se da cuenta de que a ella no la cuida nadie, por lo que decide preocuparse de sí misma.

Dicho todo lo anterior, que parece ser un poco de cal y un poco de arena, rematamos diciendo que ‘Amélie’ apenas pasa el test de Bechdel. Si bien este test no mide cómo de feminista es una película sino la representación femenina que tiene, podemos decir que hubiera sido fácil pasarlo, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas mujeres que aparecen pero, sin embargo, no lo hace. Apenas hay conversaciones entre ellas que no sean sobre hombres, sólo unas pocas frases del tipo “¿Quieres té?”, “No, tengo que ir a trabajar”.

Queda a juicio de cada una si ‘Amélie’ aprueba la revisión feminista o la suspende. Por mi parte, creo que un suspenso sería merecido, pero si hacemos media con su faceta vengativa sin culpas y el empoderamiento final, la nota podría subir al “Sufi”.

Por Barbijaputa
Fuente: Pikara