enero 01, 2017

Fuerza Natural. En Maururu, la cantante chilena Juga confluye ritmos electrónicos con chanson francesa y acordes rapa nui.



Un efecto entre el mar y el baile, un movimiento en la música que se mezcla con otra lengua. En Juga la mujer es naturaleza, impulso surrealista que desgrana fuego en el mar o hace aparecer el sol en su necesidad de arder más allá de la noche.

En sus letras el símbolo se desacopla cuando esa voz poética que incita al canto, entra en la vida de disimulos y distancias de la ciudad. Allí el amor es una experiencia exquisita que muta como fuerza natural “cuando te deseo soy una cascada”, dice la cantante chilena porque es esa piel la que se corresponde con un mundo más arcaico. “Desierto te conozco, te llevo dentro mío” la imagen de un espacio que habita en esa interioridad le sirve a Juga para contar su melancolía. Todo lo que ocurre parece ser comprendido con el cuerpo para entrar en otro mundo donde la figura masculina queda excluida. Las emociones y vivencias se materializan en un paisaje que no es decorativo, que se parece más a un remolino originario donde nada se corresponde con el orden, donde todo parece obedecer a ese no lugar que la cantora ofrece con la inteligencia de modelar su voz para establecer una sensorialidad cercana al ritual.

La compositora chilena hace convivir la chanson pop con programaciones electrónicas y la música rapa nui de la isla de Pascua y le da a este encuentro una textura dramática. Ella es el mar y el vapor, como un resultado inmaterial y también espectral, si de mujer devenida en reacción desintegrada se trata.

El baile y la potencia instrumental de su música, capaz de asimilarse a contradicciones tan complejas que es un mapa, una escritura con tanta presencia como su voz, creen que de ese movimiento surge algo sobrenatural, que la mujer que baila puede emanar truenos y rayos. Si hay algo de ese fuera de sí del ritual, se logra en conflicto con las sonoridades de la modernidad.

La persona deseada se convierte en la fruta de la tentación y en esa apelación al mito se descubre una voluntad de ir hacia el comienzo de todo. Como si Juga fuera una roussoniana, o acudiera a Antonin Artaud para pensar que la prepotencia de lo salvaje va a limpiar a esta civilización que se muestra tan cautelosa frente al deseo. “No me vas a decir que no me has soñado” y la palabra es una espátula que debe desenterrar lo desbocado. Hay dos mundos escindidos en Maururu que se ligan a la lengua rapa nui como un código que le facilita a la mujer ese acceso a la naturaleza. Allí se produce una identificación con el agua, con un pájaro, algo que no es metamorfosis sino cercanía con la filosofía de Levi Strauss que siempre alentó un mundo donde los humanos perdieran el protagonismo y se ubicaran como un dato más en la abundancia animal y vegetal.

Cuando Juga habla de la libertad le pliega como una sombra la palabra misterio. Así son sus tonalidades. En ella se deduce una comprensión de la cultura de la Polinesia, una indagación en lo ancestral pero su captura de formas que le permiten disfrutar y practicar cierto estatismo, como un aprendizaje contemplativo y reflexivo del entorno, nunca abandona la idea de que allí donde algo se libera siempre existe un desgarramiento.

“ El misterio me parte en dos” pero la dualidad asume una entidad sosegada. Si el amor es una contienda ella acepta esa tensión y busca convertirla en algo propio, que le permita ganar sin dejar de ser la mujer que baila con el cuerpo dorado, como si hubiera sido pintada por una luz brillante y se deja arrebatar por el mar como si el peligro no existiera porque hay algo onírico, un trance preciso, orquestado con maestría donde la voz grita tierra, agua, fuego y aire en la maleza de las calles y las fiestas donde Juga descubre como apariciones estridentes todas esas cosas que se imaginan pero no se hacen.


Fuente: Página/12