abril 02, 2017

El latido antipatriarcal


“Soy india./ Morena, chata de la cara, / en un país / obsesivamente racista. / Soy lesbiana, / en una nación / que compulsivamente me persigue”, escribe Karina Vergara Sánchez, poeta mexicana, activista lesbofeminista, quien en estos días estuvo compartiendo poesías, sentires, experiencias en encuentros de poesía insumisa, en La Plata y Buenos Aires. Recientemente traducida al quechua y al aymara, habla de la resistencia en tiempos de avance de la derecha neoliberal y fascista, del amor entre mujeres y de su propia erótica poética.

Cuando era niña le gustaba jugar con las palabras, erotizarse con ellas. Las palabras le parecían algo muy exótico, muy exquisito. Empezaba a jugar con ellas. Alguna maestra le explicó que ésos eran poemas. Eran cosas de niña que se quedaron ahí, fueron evolucionando y transformándose. Hoy, Karina Vergara Sánchez piensa a la poesía como un instrumento de sanación, en tanto permite recuperar la lengua materna, y hablar de una misma, hacia una misma, y hacia los propios espejos que finalmente son hermanas, compañeras, “aquellas cuya experiencia corporal han tenido similitudes. En esa mirada de espejos y en esa lengua común, sabes que hay otras que te sienten, que te acompañan. Reconoces sus dolores y tus dolores, pero también te reconoces fuerte. Y ante el individualismo neoliberal que se impone sobre nosotras desde el mundo occidentalizado, podemos oponerle comunidad. Al decir comunidad, no me refiero sólo a un grupo de personas que se reúne, sino de un grupo de personas con un sentido común, con esta experiencia corporal, esta experiencia de vida. La lucha y la rabia por justicia de quienes compartimos esta experiencia nos convierte en comunidad”.

Venís de un país donde las mujeres viven bajo constante amenaza, y hay dolores en sus cuerpos y en sus vidas. ¿Cómo hacés lugar para la poesía en esa realidad?

Creo que la poesía es indispensable para no morirnos, para mantenernos con vida, para rescatarnos unas a otras. Muchas mujeres cuando se encuentran con el feminismo dicen: “yo no sabía que así se llamaba, pero cuando lo supe pude elaborar lo que me sucedía, y combatirlo”. El feminismo nos hizo a muchas poder apropiarnos del nombre de las cosas, y por lo tanto poder hacer frente a eso. La primera parte es nombrar. Creo que la poesía hace eso. Desde el lugar terrible donde nos permite narrar: esto me duele, esto me está matando, esto mata a mi hermana, esto ha matado a mi amiga. Ése ya es un lugar de apropiarse de lo que ha sucedido. Nos permite explicarlo, y dar un cauce a la rabia. Después podemos ir a la acción. O la acción se acompaña con las palabras. Para las mujeres, la poesía nos es indispensable porque nos nombra.

En las lecturas que hiciste estos días de poesía lesbofeminista, comenzaste convocando en primer lugar a quienes no están. ¿Por qué iniciar de ese modo el encuentro poético?

Porque el mundo nos debe justicia histórica. Todas las que no están desde hace décadas, desde hace siglos. Las que nos están arrebatando cada día. En mi país siete mujeres por día. Nombrarlas nos permite decir que no es sólo una cifra fría o sin sentido. Son ellas, las que no están en la silla a mi lado, en la marcha a mi lado. No es nombrarlas como un mero formulismo, sino invitarlas como ancestras, como hermanas y como compañeras, y mantenerlas en ese lugar político espiritual de la batalla que no se cansa, que no va a dejar de nombrarlas. 

Las mujeres del MTD Lucha y Libertad de la FOB te regalaron la lectura de tus poemas, y su traducción al quechua y al aymara. ¿Cómo lo viviste?

Fue una experiencia preciosa. Cuando una escribe está hablando con la compañera, pero una compañera difusa. Lo que ellas hicieron es decir: “aquí estoy”. Quién tiene el privilegio como el que yo tuve de encontrarse con la otra que no es otra, que es una misma... , que dice yo también soy india, soy feminista, vivo en un país copado por el imperialismo, también he comido migajas, he tenido los bolsillos vacíos, yo también soy gorda. Es muy hermoso, porque es mirarnos en un juego de espejos. Yo veía a Justa leyendo el poema y decía: “perfecto, no tengo que leerlo, porque ella lo lee perfectamente, es mi voz”. No es mi voz porque sea mi poesía, sino porque Justa soy yo. Y en este juego de espejos mi historia se encuentra con su historia, y entre las dos o las tres o las tantas que éramos ahí, tejemos una historia nueva. ¿Qué cosa más linda que ésa?

Hace mucho tiempo tuve una maestra que reflexionaba sobre cómo a las mujeres se nos ha impuesto la lengua patriarcal, la de la razón, de las leyes. El lenguaje formal, académico, científico, “legítimo”. Ella decía. ¿Y si hubiera otro lenguaje que no fuera el patriarcal? ¿Y si hubiera un lenguaje que responde al latido de la madre en el vientre? Ese latido que nos permite otro ritmo, entendernos más allá de los ejercicios súper complejos de la razón, y nos permite latir en común. A mí me parece que la poesía, como el teatro, la fotografía, la danza, no hablan el lenguaje de la razón, sino ese lenguaje que tiene que ver con el latido materno, y que nos hace sentido en esa vibración que tenemos como seres humanos. Entonces cuando un mismo poema puede ser traducido al quechua, al aymara, al náhuatl, a mí me parece que más allá que la lengua es importante y es política, en donde nos encontramos es en el latido. Si ellas laten en quechua, en aymara, y yo lato en náhuatl, o latimos en castellano, estamos encontrándonos en el latido antipatriarcal.

Tu poesía nombra la lucha por la libertad de las presas, y ahí estaba escuchándote Reina Maraz... 

Sí. La poesía nombra a Reina Maraz, y a mi amiga Norma Jiménez, que fue presa en Atenco, y a otras compañeras presas en México como Yakiri, que estuvo presa por defenderse y matar a su violador. Hablo de las que están, de las que estuvieron, de las que vendrán. No estamos todas. Nos faltan las muertas. Nos faltan las desaparecidas. Nos faltan las presas. Y cuando las traemos con nosotras es un acto de justicia posible que no tiene comparación.

Fue conmovedor ver a Norita Cortiñas y a Mirta Baravalle, madres de Plaza de Mayo, escuchando la lectura de poesía lesbofeminista que hiciste en Tierra Violeta.

A mí me pareció hermoso. Me conmovió encontrarlas en la ronda de Plaza de Mayo el jueves, y luego en la lectura de poesía. Había gente alrededor preocupada. Alguien le preguntaba a Norita. “¿Sabes de qué se trata la poesía lésbica?”. Ella se reía, y contaba que se encontró con unas chicas lesbianas en el tren, e hizo hacia ellas un ejercicio de solidaridad y protección. Norita en un minuto, con una gran tranquilidad, desarmó los prejuicios. Me pareció encantador saber que estaban ahí, que hablábamos un lenguaje común. Cuando hablábamos de presas políticas, de la situación de mi país, yo sabía que nos estábamos entendiendo. Y en el momento de la poesía erótica, sus sonrisas cómplices... ¡eran cómplices!

¿Cómo llegaste a la poesía erótica?

La poesía erótica nace porque no tengo otro lenguaje para hacer saber a las personas con las que me erotizo lo que me está pasando. Comienzo por escribirlo y luego, cuando estoy en espacios de amor lésbico me gusta compartirlo, para que nos eroticemos todas juntas y al mismo tiempo.

Creo también que en general, cuando hay mujeres juntas trabajando, en diversas cosas, puede ser en política, en talleres de cocina, en lo que sea, hay una corriente erótica que corre entre todas. A veces las reconocemos menos, a veces más. Ese entendimiento piel a piel, energía a energía, vibración a vibración. En los espacios de poesía después de haber traído a las que ya no están, a las presas, hemos hablado del combate político, de la rabia, no podemos simplemente cerrar. Porque también hay una parte gozosa de estar entre nosotras. Por eso la convoco explícitamente. Esa corriente eléctrica nos recorre a todas las que estamos en ese espacio, y es recordarnos que estamos vivas, y que estamos juntas.

Pensando el lesbianismo como amor entre mujeres, en los momentos de lectura de poesía hubo realmente mucho de ese amor con distintas formas de manifestarse. 

¡Si! En estos días de encuentro nos reunimos con compañeras de Perú, Bolivia, Paraguay, Colombia, con compañeras extremadamente jóvenes, y compañeras mayores. Generaciones distintas, lenguas distintas, países distintos. Y ese deseo de encuentro entre todas, esa mirada de unas a otras, ese tejer historias entre todas. Porque finalmente la poesía era como la excusa. La excusa está ahí, pero el deseo de mirarnos, de encontrarnos, de reconocer esa lengua que finalmente para mí es una lengua materna de la poesía, y todas encontrarnos en ella, es como el amor lésbico por excelencia.

¿Qué significa para vos presentarte en tu poesía diciendo “soy india”?

Significa que he politizado el color de mi piel, los rasgos de mi rostro, la lengua de mi madre, las cosas cotidianas con las que crecí. Me costó mucho comprender que para el resto del mundo occidentalizado, son cosas que tienen que ver con la inferioridad... Me recuerdo niña, pensando que mi piel estaba sucia. Yo veía a otras compañeras en la escuela y pensaba: ¿cómo puede su piel estar tan limpia? Incluso me parecía que olían mejor, que eran mucho más hermosas. Luego me encontré con mujeres negras que escriben cosas parecidas. Es decir, nadie habla explícitamente de que tu color de piel o tus rasgos son inferiores, pero te hacen saber que eres distinta. Te lo hacen saber tanto que tú lo asumes, hasta el lugar y momento en que lo puedes politizar, y dejar de pensar en blanquearte. Pasar del blanqueamiento a la reivindicación y al orgullo, y después al combate político en el lugar donde estás. Esa soy yo como india.

Es también saberte parte de una espiritualidad...

Claro. Soy parte del pueblo nahua, un pueblo teocrático. El pueblo nahua, antes de la invasión colonización concebía el gobierno y la organización desde un lugar político espiritual. La herencia que este pueblo ha conservado es política y espiritual. No concebimos el hacer una lucha sin el espacio político y sin el espacio espiritual. Yo creo que eso es muy hermoso, porque lo que alcanzo a ver es que las personas que participan políticamente del mundo occidental, se corrompen con mucha facilidad, porque no tienen una mirada espiritual. Lo político sin lo espiritual se corrompe. Pero lo espiritual sin el principio político es “new age”. Yo creo que un aporte importante en la lucha decolonial del Abya Yala es la lucha político espiritual del pueblo nahua.

¿Cómo es tu experiencia coordinando talleres de escritura de mujeres?

Hago dos cosas. A mí me gusta pensar que son los dos lados: Eros y Tánatos. Hago talleres que tienen que ver con escrituras de placer, donde las mujeres nos atrevemos a explorar la sexualidad, y a cosas tan imprescindibles como disfrutar los sabores, los olores, las sensaciones, y escribir sobre ello. Es sanador, porque nos han arrebatado el eros sempiternamente. Por otro lado, trabajo un proyecto que se llama “desterrar fantasmas”. Yo llevaba 13 años documentando violencias en los espacios de atención a la salud de las mujeres. Pensaba que era una gran especialista en temas de violencia, porque tenía un bagaje teórico. Llevaba también unos siete años facilitando procesos de escritura erótica. En ese momento viví una situación de violencia, y cuando traté de denunciarla, me encontré con las mismas formas de violencia y maltrato que vive cualquier otra mujer. Aunque podía comprender teóricamente lo que estaba sucediendo, emocionalmente no podía con ello. Fue tan dolorosa para mí esa revictimización, que pensé en hacer con otras mujeres aquello que no había tenido para mí. Lo primero fue generar un círculo de escritura que explorara sobre esas violencias. En ese primer círculo invité a siete amigas, que yo sabía que tenían algunos fantasmas de violencias que habían vivido, y lo trabajamos entre todas. Mi objetivo era que escribiéramos y fin de la historia. Pero alguna de esas siete mujeres se fue a vivir a Chiapas y me llamó para que replicáramos allá el taller. Lo hicimos. En este momento ya van en México 13 círculos de escritura. Estamos hablando de unas 120 mujeres. Hicimos también en distintas regiones de Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala. Me parece que es importante que podamos darle nombre a lo que nos está pasando. Que reivindiquemos nuestra rabia, nuestro enojo, y que encontremos qué cauces le vamos a dar todo esto, asumiendo que la violencia que vivimos es producto de un sistema y de mecanismos estructurales. Es muy intenso reconocer que nos atraviesa la misma violencia estructural; que en el Abya Yala nos atraviesan los mismos dolores, las mismas violaciones, intentos de feminicidios, violencias económicas, y nos entendemos unas a otras porque estamos ahí adentro.

También participás de experiencias de teatro con mujeres.

Hace muchos años me importa el teatro. Como parte de la colectiva Lunas Lesbianas Feministas, que ya tiene 15 años en México, hemos hecho teatro como uno de nuestros ejercicios. Ahora tenemos un montaje que se llama “Mujeres Trabajando”. Vamos a los espacios y nos encontramos con mujeres que trabajan en fábricas, maquilas, Walmarts. La obra trata de mujeres que se alían entre ellas y se enfrentan al acosador. Después de presentarla se debaten los caminos para enfrentarlo con las asistentes. Se forman grandes debates. Hace falta un montón de trabajo para que podamos vernos incluso entre nosotras como mujeres trabajadoras. Hay una clase media con un discurso feminista muy elaborado, extra teorizado, que pasa años en reivindicaciones que no son estructurales, y que no mira realmente a la población que cuando hablamos de feminización de la pobreza, estamos hablando de nosotras, de las mujeres trabajadoras, que estamos súper explotadas en nuestros empleos y en nuestras casas. Hay un feminismo clasemediero que no responde a las necesidades de esta población que necesita rebelarse. Porque sin la mujer trabajadora no hay nada. Sólo hay un Narciso mirándose al espejo.

¿Cuál es tu lucha?

Justicia para las mujeres.

Fuente: Página/12