abril 26, 2017

Sororidad vs violencia machista

Fotograma de 'Big Litlle Lies'.

Uno de los grandes méritos de 'Big Little Lies' no es solo el rotundo protagonismo femenino, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres del siglo XXI continúan sufriendo

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.

La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.


Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.

Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.

Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.

Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.

Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.

Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.

Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.

Por Octavio Salazar
Fuente: El País