mayo 13, 2017

Los límites de la sororidad; violencia de género, clase y raza



Es necesario denunciar las violencias y feminicidios, pero no sólo como consecuencia del sistema patriarcal, sino además por el racismo estructural y de las dinámicas del capitalismo en los territorios. Los feminicidios en Latinoamérica están atravesados por la expropiación, la sobre-explotación y la cosificación, en la articulación de racismo, el patriarcado y el capitalismo.

La sororidad, según Marcela Lagarde, “es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y la alianza (…) con otras mujeres para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer”.

El término es utilizado desde hace años por el feminismo. En su dimensión política, ya que no existe una solidaridad natural, reivindica una complicidad femenina para avanzar en las demandas de las mujeres como colectivo.

Ahora bien: ¿todas las mujeres sufrimos las mismas opresiones? ¿Nos hermanamos en la búsqueda de un cambio que nos incluye a todas? ¿Es realmente posible un poderío genérico? ¿Qué habilita y qué cierra este concepto?

“En el mundo feminista hegemónico el patriarcado y, por tanto el género y el sexo, son la columna vertebral de toda interpretación y acción política, y desde ahí también se justifican análisis y prácticas racistas que se encubren, a través de inventos como la sororidad o como la idea de que todas somos iguales”, (Alejandra Londoño, Colombia Plural, abril de 2017).

Aquí algunas pistas para pensar la violencia de género desde una mirada que articule las opresiones de raza, clase y sexo, urgente para comprender las demandas históricas de las hermanas indígenas, afroamericanas y de sectores populares de nuestro continente.

Los medios aparecen inundados de casos de desaparición de mujeres, muchos que acaban como cuerpos sometidos a la violencia machista. Todos igualmente horribles y dolorosos. Todos como territorios que se depredan. Todos son el reflejo de un sistema patriarcal que se materializa en la violencia ejercida sobre las no masculinidades, sometidas y cosificadas, hasta el extremo, el femicidio.

Sin embargo, hay diferencias que son reflejadas por los medios de comunicación masiva, que como siempre, son uno de los espejos más claros del entramado del sistema.

En agosto de 2014 desapareció una adolescente en San Martín, Buenos Aires, después de su fiesta de cumpleaños. Encontraron su cuerpo un mes después en José León Suárez. Era una piba de barrio, había estado en un boliche, tal vez tomó alcohol, tal vez consumió alguna sustancia ilegal. Una docente de la joven publicó una carta, días después, donde la describe humana, sonriente, viva. Su profesora intentaba interpelar a la prensa y la sociedad en general, por el trato violento que le dieron a esta joven desde los medios, por ser quién era, por no entrar en los cánones de la “mujer de bien”.

Todos los feminicidios son consecuencias de la misma cultura machista, pero tanto para la prensa como para el Estado y la opinión pública general, hay algunos que importan más que otros. Los estremecimientos son diferenciales, las búsquedas, cuando se trata de pibas, tienen ritmos ralentizados, los medios usan los casos como espectáculos de la crónica roja. Se exponen las causas del hecho, y ahí más que en otros, la responsabilidad parece caer en los cuerpos pobres, desvergonzados, amorales.

Según Florencia Minici, “las pibas asesinadas, además de la edad, tienen algo en común: aparecen muertas después de protagonizar escenas de placer, de puro goce mundano como ir a bailar, comer un asado, disfrutar con otros amigos o amigas. Frente esos cuerpos femeninos empoderados y deseantes y los machos que las matan hay un hiato. Y en ese hueco encuentra lugar el feminicidio. Un desfase entre las pibas y las masculinidades prepotentes” (Anfibia, mayo 2017).

Si los pibes son los chivos expiatorios cazados por el accionar policial, las pibas son el desecho social merecedor del destino trágico. El modelo de país, el capitalismo en serio, el entramado de poder, la criminalización de la pobreza, en una Argentina cada vez más racista, se agudiza. Y las mata.

La violencia se ejerce de forma múltiple. Primero las mata el macho, en complicidad con otros poderes, siempre patriarcales, materializado en un cuerpo de varón. A esta forma de violencia machista extrema le sigue la violencia institucional. La justicia no las busca. El caso de Araceli fue caratulado como “averiguación de paradero”, no como “presunción de femicidio”. Pésimo y violento accionar policial, justicia misógina y racista, políticas públicas inexistentes. En simultáneo los medios se encargan del plano simbólico: Gelblung, Etchecopar, Bilardo son la parodia del mecanismo de culpabilización, que no queden dudas, la piba se lo buscó, estaba de gira, en un boliche, se drogaba, cogía.

En nuestro continente late la necesidad de pensar los feminicidios y la violencia machista en general, en clave de género, pero también atravesado por otras desigualdades del sistema, como la clase o la etnia. Es necesario denunciar las violencias y feminicidios, pero no sólo como consecuencia del sistema patriarcal, sino además por el racismo estructural y de las dinámicas del capitalismo en los territorios .

Como pasa en otras zonas de Latinoamérica con las mujeres indígenas o afrodescendientes, aquí los feminicidios de mujeres de sectores populares, están atravesados por la expropiación, la sobre-explotación y la cosificación, en la articulación de racismo, el patriarcado y el capitalismo.

“Las diversas formas de violencia contra las mujeres y su relación con las dinámicas de acumulación del capital global en América Latina tiene una expresión colonial y racista (…) el feminicidio es funcional al despojo de la tierra, y al exterminio de las comunidades y Pueblos Indígenas, Negros, Populares, Urbanos y Rurales” (Declaración final, Foro Internacional sobre Feminicidios en Grupos Etnizados y Racializados, 2016, Colombia).

En el contexto que vivimos, hablar de sororidad es invisibilizar las opresiones existentes, diferenciales según el cuerpo que se oprima. El patriarcado como sistema básico para el desarrollo del capitalismo, exige análisis que tengan en cuenta las realidades múltiples que atravesamos como mujeres. Nuestras luchas deben cuestionar y cuestionarse para no reproducir otros intentos homogeneizadores. ¡Que los caminos nos encuentren en las miradas críticas y el andar creativo!

Fuente: La Tinta