junio 02, 2017

Nos siguen matando



Una quisiera que después de escribir varias columnas sobre violencia hacia las mujeres, ya no tuviera que escribir ninguna nunca más. Sin embargo, con el correr del tiempo parece que es al revés, que la violencia de género está cada día más presente en el cotidiano y que se requieren miles de artículos, millones de voces que se junten para que no nos sigan matando, para que la muerte de las mujeres en manos de hombres asesinos deje de ser una anécdota o un mal llamado crimen pasional, como lo denomina la prensa masiva y hasta la policía. Por ejemplo, el coronel Ramiro Gálvez Matta, jefe de la Región Policial San Martín, en relación al crimen de Marysella Pizarro Tuanama, declaró que tuvo una “motivación pasional”[1]. Pasión le llaman al móvil de asesinato de una mujer que quiere liberarse del control y la violencia de un hombre que se cree su dueño y no soporta que ella quiera vivir una vida libre de violencia. Pasión le llaman a la acción del asesino de prenderle fuego a la peluquería, el lugar donde ella trabaja, como para evidenciar que quiere terminar no solo con la vida de ella, sino con todo lo que le hubiera significado autonomía, porque todas sabemos que la autonomía económica es una forma de liberación para las mujeres, que dejamos la humillante dependencia de un proveedor que con el dinero controla nuestros movimientos y hasta nuestros deseos. Dicen pasión para intentar hablar de una relación, de un supuesto amor y deseo, una cuestión de dos, algo personal. Señala Rita Segato que el confinamiento de los crímenes de género a la esfera de lo íntimo contribuye “a que los crímenes contra las mujeres continúen sin ser percibidos por la opinión pública como ocurrencias plenas de la esfera pública por derecho propio, pues todos los tipos de crímenes contra las mujeres se encuentran contaminados en el imaginario colectivo por la atmósfera del espacio de la intimidad, es decir la domesticidad nuclearizada privatizada propia de los tiempos modernos”[2].

Marysella tenía solamente 41 años y 4 hijos menores que quedan en el desamparo y que de alguna forma también han recibido el fuego artero que quemó a su madre. Ellos también murieron un poco en esas llamas, sus sueños y proyectos son también cortados y la marca de este feminicidio quedará impregnada en sus vidas para siempre, como la marca del fuego en la piel.

Marysella vivía en San Martín, pero no importa donde vivas, la violencia con sus garras está ahí, donde haya una mujer que intenta dejar de ser controlada, donde haya una mujer que quiera vivir su vida plenamente, amar con libertad, no ser considerada propiedad de un hombre. La violencia está en San Martín, en Lima, donde Pamela Fernández Robles (24) fue estrangulada en presencia de su hija de 8 años de edad, en Ayacucho, donde también, en mayo,Juan Osco Castro estranguló a su pareja porque terminó con él y arrojó su cadáver en una bolsa a la calle. También está en Arequipa, en la casa cuando se duerme, como le sucedió a Fabiana Mamani Apaza, quien fue atacada hace unos días, de madrugada mientras dormía, por Rolando Saavedra Pari, quien con taladro en mano intentó arrancarle los ojos delante de su hijos, arrancarle los ojos para que no viera más el mundo, para que no siguiera pensando que hay un universo que él no podía controlar, para que no se diera cuenta de lo mucho que podía volar. El motivo es una “supuesta infidelidad”, dice la prensa, como si el hecho de que una mujer entable una relación con otro hombre -que no es el considerado su pareja- sea un motivo que justifique tamaña agresión. “No sé cómo agarré el taladro,no lo hice intencionalmente, me arrepiento”, dice, mientras menciona como una fuente de absolución que le “mandé 1500 soles para las medicinas”. “Me arrepiento”, dice, intentando colocar que una mano invisible, sobrehumana, movió su mano, le imprimió una intencionalidad no deseada. Una mano incontrolable le hizo agarrar el taladro y eso fue aceptado por la policía, que lo mantuvo detenido solo por dos horas, siendo ordenada su liberación por el fiscal de turno de Majes, quien pidió mantenerlo en calidad de citado, porque, según dice, no se pudo acreditar la agresión[3].

¿Cómo poder entender tanto ensañamiento con Elizabeth Espiridila Pumaccari, de solo 27 años, asesinada por Leo Martín Fernández Lobón de 58 puñaladas , utilizando una cuchilla y un cúter, porque, según dijo, le habría sido infiel? Marysella, Fabiana, Elizabeth, Wendy, Jimena, Gloria, son solo algunos nombres de mujeres asesinadas este año, la mayoría por hombres que dicen amarlas, la mayoría dejando hijos e hijas. ¿Cuántos nombres más tendremos que pronunciar para que se tome conciencia de que nos siguen matando por el solo hecho de ser mujeres? Porque cada muerte de una mujer es un poco la muerte de todas, es el mensaje que nos da la sociedad de que nos puede pasar si rompemos lo socialmente esperado, el orden instituido. Los feminicidios son parte del esquema de disciplinamiento frente al avance de las mujeres en la conquista de sus derechos.

Y mientras nos siguen matando, la mayoría en el Congreso de la República del Perú votó a favor de eliminar la mención del enfoque de género, derechos humanos e interculturalidad de las funciones específicas del MININTER, sí, del ministerio del que depende la seguridad ciudadana y el accionar de la Policía Nacional. Eliminó menciones que no son solo frases vacías, sino que expresan la necesaria consideración de que todas las personas tenemos derechos humanos, la exigencia de tener una mirada a la diversidad cultural que existe en el país, a las brechas de género, la consideración de que tras la violencia que sufre la población LGTB y la que vivimos las mujeres están relaciones inequitativas de poder, concepciones de género jerarquizantes, visiones discriminatorias de los otros, de las otras, que limitan nuestra vida y son un real obstáculo al desarrollo.

El Perú se ha comprometido a lograr en el 2030 los objetivos de desarrollo sostenible (ODS). El objetivo 5 está dirigido a “Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas” y tiene entre sus metas “eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas en los ámbitos público y privado, incluidas la trata y la explotación sexual y otros tipos de explotación”. Al paso que vamos y con todos estos retrocesos, no parece que haya mucho interés en cumplir con estos compromisos, que representan de alguna forma la esperanza de que, para el 2030, tengamos un país mejor, un mundo mejor, justo, sin más feminicidios ni violencia. Frente a la minorización del tema en la esfera pública, como señala Rita Segato[4], nos toca a las mujeres y a los hombres, a cualquier persona consciente ponerle más fuerza a la denuncia, gritar a viva voz que nos siguen matando y que necesitamos actuar para enfrentar la ola feminicida que parece no tener fin y que más bien parece incrementarse.

Por Rosa Montalvo Reinoso


[1] Hugo Anteparra, “Crimen en peluquería: sujeto amenazaba a su ex pareja para retomar relación”, El Comercio, 31 de mayo del 2017. http://elcomercio.pe/peru/ano-registrandose-35-feminicidios-427178
[2] Rita Segato, La guerra contra las mujeres, Traficantes de sueños, 2016.
[3] “Arequipa: Cae celoso que intentó perforarle los ojos a su esposa con taladro pero fue liberado”, El Trome, 28 de mayo del 2017. http://trome.pe/actualidad/indignacion-celoso-perforarle-ojos-esposa-tal...
[4] Op.cit.