julio 12, 2017

Mujeres shuar: cuerpos atravesados por la violencia minera


Fotografía: Alba Crespo Rubio


“Yo me quedo aquí. Es mi casa y no me pienso ir”. Tiene los ojos llorosos, pero mueve los brazos con firmeza. María Luisa Utitiaj está sentada sobre un tronco que hace de asiento, en el interior de la construcción de madera donde vivía hasta hace dos meses, cuando la llegada de centenares de militares y policías a San Carlos de Limón, su comunidad, la obligó, a ella y a otras familias shuar que residían allí a buscar otro lugar para asentarse.

El 19 de febrero, jornada de elecciones en Ecuador coincidía con el fin del estado de excepción de dos meses en la provincia de Morona Santiago, y fue también la jornada de retorno a las comunidades para algunas. La militarización de la zona se producía en diciembre de 2016 a partir del enfrentamiento entre la población de Nankintz y la policía, cuando lxs indígenas intentaron recuperar su pueblo, del que habían sido expulsadxs para construir un el campamento minero de Panantza-San Carlos.


Las violencias extractivistas

Destrucción de ecosistemas, contaminación. Violación de los derechos que constan en la Constitución de 2008, como la autonomía de los pueblos indígenas y el derecho a consulta previa a una concesión para explotar los recursos de un territorio. Atentados a derechos humanos fundamentales, como son el desplazamiento forzado, la persecución indiscriminada y el encarcelamiento sin justificación para quien defiende la tierra, la naturaleza y las libertades.

La mega-minería deja un rastro que no compensa los “beneficios”: generación de capital que se va a los bolsillos de quienes ya tienen, o para pagar la deuda externa. Las y los Shuar que viven en las comunidades de Morona Santiago lo tienen claro: se oponen frontalmente a esta amenaza a la pervivencia de su pueblo.

El extractivismo a gran escala genera violencias a muchos niveles; a las mujeres, les toca vivirlo de manera extrema. Sus cuerpos, sus vidas, vinculados a la tierra, a la alimentación, a los cuidados, son atravesados por el saqueo que implica la entrada de capital extranjero de las transnacionales mineras en lugares donde la subsistencia se ha basado en la complicidad con la naturaleza, en la chakra como fuente de alimento, y la chicha de yuca como centro de la convivencia en comunidad. Ellas son el eje que sustenta esa cotidianidad, pero muy pocas veces se pone el foco en cómo esta agresión implica la destrucción de posesiones no intercambiables por dólares; es decir: destruye la identidad y la vida de los pueblos indígenas.


Despojo y acceso a la tierra

“Aquí lo tenía todo: ollas, cobijas, pollos… los colonos lo han robado, ¡ahora ya no tengo nada!”. María Luisa hace dos días que volvió con sus nietas y su marido, y la esperanza de poder recuperar todo aquello que dejó atrás con la huida. Pero se encontró que aquellos que se quedaron en la población —colonos, no shuar, a quien se les vendió la tierra comunal a bajo precio como si fuera baldía—, bajo la complacencia de los efectivos de la policía y las fuerzas armadas que se instalaron en toda la zona concesionada para garantizar la entrada de estas empresas transnacionales. Hasta ahora ella y su familia estaban viviendo en Tiink, refugiadas, conviviendo con otras familias —cuarenta— que también tuvieron que huir de las comunidades de Nankintz y Tsuntsuim, cuando en diciembre de 2016 llegó el ejército y la policía a ocuparlas.

Desde Tiink, un centro de la nacionalidad indígena shuar, en el sur de Morona Santiago, llegaron un grupo de personas a Quito la primera semana de febrero, acompañadas por la CONAIE, con el objetivo de hacer llegar a la ciudad el conflicto que se está viviendo en el territorio. Relataban con crudeza como fue el desalojo: “llegaron disparando, teníamos muy poco rato para coger nuestras cosas e irnos”.

Jessica explica que cuando en Tsuntsuim, el centro donde vivía, tocó huir, fueron las mujeres las que lo hicieron primero, llevándose con ellas todas las criaturas —cada una tiene como mínimo tres—, que no entendían qué estaba pasando. Fue una travesía de toda una noche, cruzando la selva, sin nada más que lo que habían podido recoger. “Mis ollas, las gallinas, ropa y zapatos… todo lo tuvimos que dejar”. Ahora, su casa está abandonada, y no pueden volver por miedo a las represalias.

La experiencia en estas comunidades, cercanas a Nankintz, ha sido posterior a otro proceso de expulsión en la provincia aledaña, Zamora Chinchipe: el proyecto Mirador, en Tundayme, ya está prácticamente instalado sobre tierras que habían sido centros shuar. En este caso, el método fue más lento y progresivo, pero no menos agresivo, ya que la empresa se introdujo mediante el acoso a las familias para que vendieran las fincas, y el quebrantamiento de la estructura social, la división y el enfrentamiento entre vecinas y vecinos.

Esto implicó un acercamiento a los campesinos para intentar cerrar pactos, que se tradujo en el posicionamiento de los hombres como negociadores, atribuyéndolos el papel de la toma de decisiones. “Una vez llegó un abogado de la empresa y le dijo a mi papá que presentara las escrituras de la casa; yo le pregunté por qué, que si ya había vendido o hecho negocio, que si no no las necesitaba para nada”, relata una mujer del Valle del Quimi. Ella se puso a cuestionar y a reclamar su papel en la conversación, y la respuesta del abogado fue que “estaba haciendo una encuesta”, para evitar que se involucrara.

Cuando las mujeres no están, las empresas abordan a los hombres, que son más susceptibles a creer o aceptar las promesas de trabajo o remuneración, y además se les da un status de propietarios al que ellas no tienen acceso porque su firma no consta en los documentos. Ellas son las que no están dispuestas a ceder: la tierra, la finca, son su medio de vida, y se cuidan de no perderlo. A pesar de todo, se las aparta, y finalmente acaban quedándose sin casa, a causa de la fuerte presión recibida.

Y cuando llegan las mineras: división del trabajo y violencia sexual

El “no” a la minería está presente en sus voces, no sólo por el impacto ambiental, sino por como esto afecta a su identidad, por como alimenta las desigualdades y acentúa las agresiones. La llegada de las empresas causa estragos en las vidas de los pueblos indígenas: de repente, todo se masculiniza, y gira alrededor del capital como sustento de la vida. La llegada de militares y trabajadores hombres genera una desproporción demográfica que sitúa las mujeres en una posición desigual y vulnerable. En Tundayme uno de los primeros efectos fue el establecimiento de un prostíbulo, que ponía en manifiesto las demandas de servicios sexuales, y derivó en una transformación de las relaciones y los roles dentro de la misma comunidad. Así se dieron casos de agresiones sexuales, también a nivel intrafamiliar.

De esta manera, las mujeres también modifican sus subjetividades. En un inicio cambian su manera de comportarse y vestirse para protegerse de estas agresiones; y después, con la transformación de las relaciones y las dinámicas laborales, las ciudades se proyectan como una aspiración, y adaptan su físico a los cánones occidentales: visten diferente, se maquillan, etc. Esto cosifica su cuerpo, e incrementa las tensiones entre hombres mestizos y shuar por el acceso a este.

Una parte de los hombres de la comunidad son contratados por las empresas y pasan a ser parte de la estrategia. Por un lado crea desigualdades dentro del grupo de población e introduce las diferencias de clase. Por el otro, refuerza la figura del macho proveedor y genera una noción de dependencia hacia quien trae el dinero al hogar. Se busca que la empresa minera sea el único medio económico para las familias, que se deje de contemplar la vida autosuficiente a través del trabajo en el campo, que hasta ahora habían hecho las mujeres, quienes ahora siguen haciendo las tareas no remuneradas e invisibilizadas.

Desplazamiento forzado: la tarea de cuidados se multiplica

Habiendo sido testigos de esta invasión y transformación de la estructura social en Tundayme, las personas de Nankintz no aceptaron a ser desplazadas de su centro, por eso la vía por la que optó el Estado fue la irrupción militarizada. En los relatos de las mujeres que ahora viven en Tiink hay decenas de efectivos armados, en coches blindados. También hay el recuerdo de la huida, el sufrimiento que no se borrará fácilmente, pero que hay que sobrepasar para consolar los más pequeños y pequeñas, que tienen presente la amenaza.

Claudia Chumpi, en Tiink, pone voz a las palabras de otras mujeres, que asienten con la cabeza: “las y los wawas tienen miedo, lloran, no quieren ir a la escuela”. Mira a su hijo, que le cuelga de los brazos, y de vez en cuando le da el pecho. “Yo lo abrazo fuerte y le digo que no pasa nada, que no tenga miedo, que yo estoy acá y no dejaré que le hagan daño…” cuentan todas. No parece que se terminen de creer sus propias palabras, porque son conscientes que no se termina aquí, que los hombres siguen escondidos en la selva y por eso se encuentran aún más solas; que no podrán volver a casa en un periodo de tiempo incierto, y que cuando lo hagan tocará recuperar todo aquello que han perdido.

Su papel de cuidadoras se hace una carga injusta: por el hecho de haber parido las criaturas, son ellas las que han tenido que cargar con todo lo que ha sido la desestructuración de sus vidas. La escasez de alimentos, el sufrimiento de sus hijos e hijas, la ausencia de muchos compañeros hombres escondidos en la selva por ser perseguidos por la justicia, o la falta de presencia de estos por su tarea de líderes —reservada a las identidades masculinas en el caso de los Shuar—... es lo que tienen que afrontar, y afrontan entendiendo que es algo más que, de manera provisional, tienen que asumir.

Mujeres en resistencia

Las voces de las mujeres shuar son claras y directas. No quieren la militarización. Muchas veces, pero, estas son invisibilizadas, porque son los hombres quienes tienen el discurso y se posicionan en los lugares superiores de las organizaciones indígenas, dejando a las mujeres, las realmente receptoras desde muchos ejes de la violencia de la explotación minera, en un plano de “testimonio del sufrimiento”, de “víctima y nada más”. Es por eso que, en su llegada a Quito en febrero para visibilizar y denunciar su situación, las mujeres de Tiink pudieron hacer uso de un espacio propio, donde hacerse eco de sus propias revindicaciones, y donde encontrarse con otras mujeres que las acompañaron y compartieron su lucha.

Al fin y al cabo, las mujeres se convierten en el sujeto central de la resistencia; no por una voluntad política o una obligación moral, sino por una necesidad de defender su identidad y garantizar la subsistencia y la de las personas que dependen de ellas. No siempre son las líderes, pero sí las más fuertes que hacen frente a múltiples ejes de violencia y sostienen además la vida, las que se niegan a vender la tierra, las que no quieren negociar, porque no dejarán que sus casas, hogares, sean vulnerados. Porque, como dice Lorena Cabnal, feminista comunitaria guatemalteca, defender su tierra es defender su cuerpo, que es el garante de la vida.



Fuente: La Periódica