julio 18, 2017

Sanfermines. No toques, ¿por qué tocas?

La profundidad de un escote o mostrar el pecho no es un llamamiento al contacto ni al coito

Un momento del chupinazo 2017. MIGUEL RIOPA AFP

Mientras estas líneas aparecen en la pantalla (es 7 de julio) han pasado algo más de 24 horas desde el chupinazo, y un par de ellas desde el primer encierro. En ese tiempo ya ha habido dos denuncias por abusos sexuales, y una detención en uno de los casos; el marcador de atrocidades de los sanfermines de 2016 acabó con cuatro violaciones, un intento de violación y siete casos de abusos. 12 bárbaros detenidos, seis en prisión. “Menudas prendas”, dijo una nonagenaria manchega mientras veía en algún telediario un resumen como ese al acabar los encierros del pasado año.

En La Mancha, un prenda viene a ser un niño salvaje que no atiende a normas ni razones, que pasa a ser un adolescente chungo, y un adulto sin tino ni límites; y como esos a los que se refería aquella abuela, hay por todas partes, cualquier día, y a cualquier hora. En San Fermín, eso sí, la concentración es mayor: 1,5 millones de personas el pasado año. Entre tanto asistente y tamaña profusión de alcohol, los prendas se agudizan bajo el vino como los gremlins bajo el agua. Y el vino, la cerveza o las copas no son una justificación, ni una excusa, ni un atenuante, son una realidad que convierte una fiesta patronal en una suerte de cacería.

Y cacería no es un término exagerado. Estar en medio de esa masa humana es tener la certeza de que, como mínimo, alguien te va a espetar algún “piropo”, te va a rozar, te va a tocar el culo o el pecho, va a intentar subirte la camiseta o a intentar besarte. Tras eso, a veces llegan otras cosas, como la presunta violación en grupo a una joven madrileña de 18 años por parte de cinco jóvenes sevillanos, o como el asesinato de Nagore Lafagge en los encierros de 2008. Y las probabilidades de que algo así ocurra van en aumento según el tamaño del atuendo.

En un vídeo en el que una periodista de Antena 3 graba con su móvil el ambiente de la pasada noche, hay un par de chicos que están convencidos de que si llevas una camiseta escotada y un pantalón corto, estás provocando que te toquen. En otro, de la misma cadena y durante el chupinazo, una chica subida a hombros de un amigo intenta que un chaval que hay detrás de ella no le levante la camiseta y le retira las manos en varias ocasiones. No lo consigue, al contrario, a él cada vez le hace más gracia, y ella acaba bajando al suelo para recriminarle su actitud; al final, termina alejándose de allí. Sus amigos, que la acompañan, en ningún momento hacen nada; y las imágenes, reproducidas en varios programas de televisión, son a veces ligeramente justificadas por los tertulianos porque se dieron en "momentos de máxima algarabía" o "en el momento de más despiporre". ¿Y qué? El momento más álgido de una fiesta no implica que se pueda hacer cualquier cosa. Fiesta no es sinónimo de abuso sexual.

Un par de amigos durante el primer encierro de San Fermín. ÁLVARO BARRIENTOS AP

Tal vez nunca nadie se haya puesto delante de los dos chicos que creen que enseñar es ofrecer, ni del que cree que una mujer empapada de vino subida a hombros es una barra libre de carne, para espetarles un rotundo no. La cantidad de piel que una mujer muestra no equivale a la cantidad de piel que se puede tocar; la longitud de una falda no es sinónimo del deseo sexual de quien la lleva; la profundidad de un escote, o llevar el pecho al descubierto, no es un llamamiento al contacto ni al coito; el nivel de alcohol no significa permisividad o aceptación de la voluntad del otro; sonreír no es decir sí, ser amable no es decir sí, no decir nada no es decir sí; e incluso después de decir sí, puede ser no. Y no es no, siempre (ese sigue siendo el lema del protocolo contra las agresiones sexuales del Ayuntamiento de Pamplona para estos encierros). No hay equívocos para un no. Las mujeres no quieren decir sí cuando dicen no, ni quieren decir tal vez cuando dicen no.

Esta obviedad, mil veces repetida, sigue siendo necesaria. Como siguen siendo necesarios los mensajes del después de una agresión o un abuso; sí. Pero siempre son los mismos, siempre están dirigidos a las mujeres, y siempre hacen recaer la responsabilidad de lo que ha sucedido sobre ellas: denuncia, cuéntalo, no te calles, no lo permitas… Tal vez haya llegado el momento de que, puesta y reconocida la violencia contra las mujeres como un problema de salud pública —así la califica la OMS— que afecta a un tercio de las mujeres en el mundo, empecemos a tratar con mucha más profundidad ese antes de violencia sexual. Que la igualdad entre sexos cale en la conciencia desde el minuto cero de la vida de cualquier ser humano: educación en igualdad, se llama.

Campaña del colectivo Femme des terres de 2015.

Educación para que las mujeres no tengamos que seguir tomando precauciones, asumir riesgos, o ser conscientes de la realidad para actuar en consecuencia. Educación para no tener que mirar hacia atrás de madrugada al volver a casa, tirarte de la falda cuando intentas esquivar la marea en una discoteca o un bar o un concierto, o protegerte el pecho como si te lo hubiesen acorazado cuando estás en medio de una multitud ebria. Queremos no tener que decir “no toques, ¿por qué tocas?”, que no todo valga en la laxitud de las grandes o pequeñas o medianas fiestas. Queremos, como cualquiera, ser libres. Por el momento no lo somos, no del todo, y seguiremos sin serlo mientras sigan existiendo bárbaros, o prendas.

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Por Isabel Valdés
Fuente: El País