agosto 20, 2017

Enojate, hermana. Yo quiero ser Rocky





La estructura narrativa es fundamental para la construcción de nuestra identidad. Es a partir de relatos que construimos quiénes somos. Somos la historia de nuestra vida. Quien sos, es el cuento que contás de vos. Es a partir del lenguaje que podemos pensar y es a partir de los relatos que podemos comprender el mundo. Esto es irrefutable, y como los enxiemplos en la Edad Media instalaban moralejas para construir el correcto proceder de una sociedad, en la actualidad, es el relato audiovisual el que nos modela y condiciona. Ya puedo escucharlos en mi mente: “yo soy quien soy porque yo elijo ser lo que quiero y...” Cerrá la boca, el primer pucho te lo prendiste porque viste a tu actor favorito fumar un pucho en tu película favorita; tengo amigas que se hicieron adictas por querer ser Michelle Pfeiffer en Scarface y no hay un solo boxeador de la actualidad que no haya crecido viendo Rocky. No se hagan los impermeables a la cultura, que son más papeloneros que Esteban Bullrich intentando hablar. Dice Pilar Aguilar: “El lenguaje audiovisual es fundamentalmente emotivo y por lo tanto nos resulta difícil oponer filtros racionales (...) Así consigue más que ninguna otra representación inducirnos sentimientos que incluso contradicen los valores que, explicita y racionalmente, sustentamos”. Una película no solo muestra, crea un punto de vista sobre las cosas y como el cine apela a la emoción, podemos tomar ese punto de vista como propio muy fácilmente, sin desandar la ideología del cineasta responsable de ese punto de vista. Dijo Michael Haneke al recibir el premio Príncipe de Asturias en el 2013: “El cine ha heredado las estrategias efectistas de todas las formas artísticas que existían antes que él y las usa eficazmente (…) Ninguna forma artística es tan capaz de convertir tan fácil y directamente al receptor en la víctima manipulada de su creador como el cine”. Ningún personaje es inocuo. Ninguna película por más intrascendente que sea es inofensiva, siempre es un punto de vista sobre las cosas. Cada tanto algún estudiante me manda un guión de un corto, sin siquiera entender su propio punto de vista. Una vez un chico me dio para leer un corto donde una pareja se cagaba a piñas, y cuando le pregunté qué quería decir con ese texto me respondió: “No, no, no quiero hablar de la violencia de género eh, no quiero decir nada en especial”. Seguro que este engendro mutante trabaja en publicidad ahora y es millonario. Siempre se está diciendo algo con un cuento. Siempre es un enxiemplo con moraleja. Todo cuento es funcional a una ideología. 

No fueron arbitrarios mis ejemplos de más arriba. Los varones desde chicos en el cine consumen héroes como Rocky, las mujeres, nos tomamos un saque de mierda cultural en la mayoría de las películas como la Pfeiffer en Scarface. Los varones crecen viendo hombres que se superan a si mismos, intentando salvar el mundo o intentando destruirlo. Las mujeres hemos crecido sin grandes heroínas, en la mayoría de las películas nuestra misión es casarnos y tener hijos. Ay ¡qué sopresa! Lo mismo que en la vida. Los indignados ya están llorando: “Ahora las feministas quieren que todos los personajes de mujeres sean heroínas”. No, cerebro de alpiste, no. El problema no es que los personajes femeninos sean pelotudas, el problema es que siempre es el mismo TIPO de pelotudez. Siempre son como la esposa del protagonista de Breaking Bad, o como las esposas de Suar en todas sus películas, mujeres insatisfechas que a toda costa quieren salvar la relación y su familia. Otra vez los indignados, “eh pero pará! Suar siempre hace de boludo”. Ah sí claro, de boludo feliz con esposas, inteligentes, pero muy insatisfechas y rompebolas. Personajes de mujeres libres y felices en su pelotudez es muy difícil de encontrar. Te desafío a descubrir el punto de vista de cada película. Sí mi amor, despedite de Woody Allen, dale, aflojá, ya lo viste, abusó de una hija y se casó con la otra, que más te puede contar este muchacho.

Fuente: Página/12