octubre 22, 2017

La renta básica, las mujeres y el amor

Ilustración de Señora Milton.

Acompáñenme a soñar una utopía feminista: estamos en un planeta en el que los robots nos han liberado de los trabajos más pesados, arduos y rutinarios. Al mismo tiempo que se implementa el salario básico universal, gobiernan coaliciones de partidos de izquierda y ecofeministas. Paralelamente a la eliminación de la pobreza, están llevando a cabo políticas públicas para reorganizar el sistema productivo, incorporar a la macroeconomía la economía de los cuidados, introducir el acceso universal a la educación sexual y emocional, transversalizar el enfoque de género en la educación y en las instituciones, etc. Los cambios económicos irían acompañados de cambios en la política, en la cultura, en la educación, en la comunicación, en la ciencia, las religiones, etc. La transformación hacia la construcción de una sociedad más igualitaria y feminista tendría lugar en todos los niveles, en todos los espacios, en todas las áreas de nuestra sociedad.

Actualmente nuestras vidas están determinadas por la necesidad. Dedicamos casi toda nuestra energía diaria y casi todo nuestro tiempo a la búsqueda de recursos para sobrevivir, como todos los animales. La mayor parte de las horas que pasamos despiertas en nuestra vida las empleamos en producir y en estirar el presupuesto para llegar a fin de mes.

Si lográsemos una renta universal básica para todas, podríamos liberarnos casi completamente de esta necesidad que tantas energías y tiempo nos roba. Y es que en realidad, lo que todos los seres humanos necesitamos para vivir es agua, comida, un techo bajo el que cobijarnos, ropa, y acceso a la educación y la salud, ambos gratuitos y de calidad. Con estas sencillas cuestiones garantizadas, a las mujeres nos cambiaría la vida entera de la noche a la mañana: nos convertiríamos en seres autónomos.

Los cambios en la economía serían maravillosos: miles de millones de mujeres saldrían de la pobreza y la pobreza extrema, dejarían de trabajar en condiciones de miseria, y de sufrir los abusos y la explotación de sus maridos y de las clases adineradas. Como todo nuestro sistema capitalista se basa en la explotación de unos pocos seres humanos sobre las mayorías, tendríamos que encontrar un nuevo modelo económico e inventar otras formas de organizarnos, de producir, de reproducirnos, de intercambiar, de comerciar, de convivir y de colaborar para diseñar y sostener un sistema alternativo al capitalismo.

Los cambios políticos asociados a la renta básica facilitarían que la mayor parte de las mujeres del planeta tuviesen sus derechos humanos fundamentales garantizados. Gozaríamos de mayor movilidad: podríamos emigrar a otro país o cambiar de profesión cuando quisiésemos, estudiar o trabajar, dentro o fuera de casa, el tiempo que quisiéramos. No seríamos castigadas por quedarnos embarazadas. Podríamos elegir libremente la maternidad, porque tendríamos todas acceso a la educación sexual, a anticonceptivos, y al aborto. Podríamos tener los hijos e hijas que quisiéramos y pudiéramos mantener, y criar los meses o años que quisiéramos.

Los cambios en las políticas laborales nos permitirían denunciar el acoso sexual con más libertad, sin miedo a ser despedidas o reubicadas en puestos ajenos a sus destrezas y conocimientos. Ninguna mujer tendría que mantener relaciones sexuales con sus jefes para conservar el empleo, como sucede en muchos países del mundo en la actualidad.

Estaríamos más empoderadas para negociar en los convenios con los patronos, para luchar por nuestros derechos, para crear nuestras propias empresas a solas o en grupo. Podríamos compartir recursos, expandir las cooperativas de trabajo y mejorar las condiciones laborales de todas nosotras.

A la prostitución y a la pornografía se dedicarían sólo aquellas mujeres que quisieran dedicarse a ello. No habría trata de esclavas sexuales ni granjas de bebés, porque además de luchar contra la pobreza, los gobiernos de todos los países dedicarían gran parte de su presupuesto a luchar contra la explotación sexual, la explotación reproductiva, la compraventa de seres humanos, el tráfico de personas migrantes, de esclavos o de órganos. Se reduciría drásticamente el número de mujeres y hombres que caen en estas redes de traficantes producto de su desesperación por el hambre y la necesidad económica.

Los cuerpos de las mujeres dejarían de ser tan baratos como son ahora.

Los ricos no tendrían un mercado en el que poder alquilar cuerpos de mujeres o comprar riñones, córneas, coños o bebés. Los ricos no tendrían esclavos ni asalariados dóciles y asustados. No tendrían mano de obra ‘barata’ para explotar. No podrían acumular tantas riquezas porque estarían más repartidas.

Con un salario mínimo garantizado las mujeres gozaríamos de mayor calidad de vida. Porque nos haríamos ricas de pronto: dispondríamos de muchas más energías y de mucho más tiempo para hacer lo que quisiéramos. Entre otras muchas cosas, podríamos optar por dedicarnos a disfrutar de la vida.

Tendríamos mucho tiempo libre para nosotras mismas, para nuestros proyectos, para nuestras pasiones. Podríamos disfrutar mucho más tiempo del amor en pareja, de los amigos y las amigas, de las familias a las que pertenecemos, de la soledad. Podríamos ahorrar para viajar, para solidarizarnos y colaborar en las causas que creemos. Podríamos estudiar carreras, oficios, saberes y prácticas: deportes, arte y artesanía, música, idiomas, ciencias puras, ciencias sociales, literatura, programación, agricultura, jardinería, baile…

Tendríamos más tiempo para acumular conocimientos, para participar en movimientos sociales y políticos, para organizarnos colectivamente y colaborar en el barrio, en la aldea, en el pueblo o en la comunidad de vecinas. Podríamos dedicar muchas horas a mejorar y a cambiar el mundo desde los movimientos sociales y políticos.

Con tanto tiempo para nosotras, podríamos dedicarnos a sacar adelante proyectos colectivos, a defender nuestros derechos, a acabar con la violencia machista, con la discriminación y la desigualdad. A transformar nuestra alimentación, nuestras ciudades, nuestra crianza y educación, nuestra comunicación, nuestra cultura, nuestras religiones, nuestra relación con la naturaleza y los animales, nuestras formas de organizarnos política y económicamente, y nuestras formas de relacionarnos afectiva, sexual y sentimentalmente con los demás.

Lo tendríamos más fácil para huir de casa si sufrimos abusos sexuales o malos tratos por parte de padres, hermanos o maridos. Podríamos elegir libremente vivir solas o en familia, con amigas o con colectivos de gente como nosotras. La maternidad sería elegida: sólo vendrían al mundo bebés deseados. La crianza y los cuidados de familiares con enfermedades, con discapacidades, ancianas o bebés serían compartidos por toda la comunidad, y así dejarían de ser una obligación exclusiva para las mujeres. Todas y todos tendríamos que aportar un tiempo de nuestras vidas a cuidar(nos) y a ser cuidadas.

Los cambios en el sexo, el amor y las relaciones románticas

Con una renta básica universal, nuestra vida sexual y emocional experimentaría una mejora inmediata. Nuestras relaciones podrían construirse desde la libertad, no desde la necesidad. Podríamos juntarnos y separarnos con más facilidad, y nos amaríamos desinteresadamente. Ninguno de los implicados e implicadas en las relaciones tendría que someterse al otro, depender del otro, dominar al otro. Podríamos aprender a querernos bien, a cuidarnos amorosamente, a tratarnos con empatía y ternura, y a separarnos con amor.

Tendríamos mucho más tiempo para el amor: para la(s) pareja(s), para los amigos y amigas, para las familias que vamos construyendo en el camino. Podríamos disfrutar de los inicios de los romances con muchas más horas, días y meses de caricias, de conversaciones, de orgasmos, de abrazos y de noches de amor. Podríamos construir relaciones más igualitarias, y querernos desde el compañerismo, dejando a un lado las relaciones de dominación y sumisión que estamos acostumbrados a construir.

Las relaciones serían más libres porque no habría necesidad, sino ganas de compartir placeres, de conocerse a fondo, de intimar y de disfrutar del amor. Podríamos separarnos con mayor libertad, bajo la ética de los cuidados amorosos antes, durante, y después de una relación sentimental.

El amor romántico pasaría a ser un amor compañero: una relación de dos o más personas libres y liberadas de la necesidad que se juntan para disfrutar del amor, y se separan cuando ya no se está disfrutando. Nuestras relaciones sentimentales serían más horizontales, más desinteresadas, y menos conflictivas: disminuirían las luchas de poder, el sadomasoquismo romántico y los malos tratos entre nosotros si pudiésemos separarnos con amor.

Las mujeres no necesitaríamos leyes que nos asegurasen el poder quedarnos con la casa, el coche y los ahorros en caso de divorcio. Cada cual tendría su salario, y al separarse todo podría dividirse por la mitad. No habría lucha por la pensión alimenticia, porque se encargaría el Estado: todos los bebés tendrían asegurada su renta básica desde que nacen, independientemente de si sus padres están juntos o no.

Las mujeres no tendríamos que vivir del salario de un hombre, ni depender de si es trabajador o es un vago, ni depender de si se lo gasta todo en los tragos de la cantina o deja algo para la comida de sus hijos e hijas. No nos veríamos tan atadas a relaciones de malos tratos, porque nuestra supervivencia no se vería en peligro: con un salario universal, sería más fácil salir de la rueda de la violencia.

Los duelos serían más cortos, los divorcios menos traumáticos. Las mujeres no tendríamos que arrastrarnos detrás de hombres que no nos quieren, no tendríamos que resignarnos a convivir con personas a las que no amamos, no tendríamos que conformarnos, ni aguantar, ni resignarnos a vivir en una pareja que no nos hace felices.

Los hombres perderían su papel de proveedor principal de recursos al hogar, con lo cual dejarían de ser imprescindibles. Tendrían que situarse al mismo nivel que los demás miembros de la casa, puesto que todos aportarían a la economía doméstica la misma cantidad de dinero gracias a su renta básica. Dejarían de ser los monarcas absolutos, tendrían que resituarse dentro de la esfera familiar, y aprender a relacionarse desde otra perspectiva con su compañera, hijos e hijas. Tendrían que aprender a asimilar estos cambios que les bajan de su puesto de poder, y tendrían que renunciar a sus privilegios. No sería fácil, pero si absolutamente necesario para poder vivir en un mundo en el que las mujeres ya no necesitan a los hombres para alimentarse y alimentar a sus crías.

Las relaciones entre mujeres y hombres, en este contexto de autonomía económica y cambios políticos, podrían entonces desarrollarse en plena igualdad y desde la libertad de ambos miembros. El sexo mejoraría mucho, ya que tendríamos más tiempo para aprender y practicar las artes del amor.

Como el trabajo del hogar, la crianza y los cuidados serían compartidos con todos los miembros de la familia, estaríamos menos cansadas y de mejor humor. Tendríamos más ganas de hacer el amor, más energía para dedicarla al placer a solas, en pareja o en grupo. Estaríamos más contentas, y gozaríamos de una mejor salud física, psicológica y emocional.

Los hombres tendrían que aprender a respetar y a amar la libertad de las mujeres, su poder sexual, sus decisiones, su autonomía. Les costaría mucho, pero los cambios en las vidas de las mujeres no les darían mucha opción: adaptarse a los nuevos tiempos o morir… Tendrían que trabajarse mucho para deconstruirse y despatriarcalizarse, porque las mujeres preferiremos estar solteras que mal acompañadas.

Esta independencia económica nos empoderaría mucho a todas y nos permitiría dedicar nuestro tiempo y nuestras energías a nuestros sueños y nuestros proyectos. No malgastaríamos nuestros días en soñar con paraísos románticos y príncipes azules, ni nos someteríamos al poder del romanticismo patriarcal que nos quiere a todas sufridoras, amargadas, acomplejadas, decepcionadas, deprimidas, y entretenidas con la búsqueda del príncipe azul.

Nos dedicaríamos más a las cosas que nos gustan y nos dan placer, a disfrutar de la vida, con o sin pareja. Todos estos cambios en la pareja haría que las familias fueran mucho más diversas, y esto provocaría una transformación de la sociedad entera: las mujeres dejarían de estar subordinadas, y todo cambiaría: el sexo, la política, la cultura, la economía, y todo nuestro sistema emocional y sentimental.

Para terminar, es importante volver a recordar que la renta básica sería un factor fundamental para esta transformación, pero no el único: tienen que cambiar también nuestras formas de relacionarnos, de organizarnos, y de querernos. Ya sabemos que somos seres inteligentes que podemos mejorar y transformar el mundo en el que vivimos. Tenemos los conocimientos, tenemos los medios para construir otros sistemas económicos y políticos, tenemos también las ganas de hacerlo: tenemos utopías feministas como ésta que nos ponen a pensar, y nos mueven a la acción: ya hay mucha gente trabajando en el tema de la renta básica desde una perspectiva de género, y ya hay algunos ensayos que están arrojando resultados esperanzadores.

Llevamos ya muchos años reivindicando que lo personal es político y que hay que buscar otras formas de organizarse, de producir, de reproducirse, y de relacionarse. Sigamos soñando, pensando y debatiendo sobre el papel de la renta básica en los enormes cambios que podríamos conseguir luchando por la autonomía de las mujeres y la economía de los cuidados.

Fuente: Pikara