octubre 01, 2017

Micromachismos, 25 años después . Algunas reflexiones

“Utilicé el término mM teniendo en cuenta las conceptualizaciones de Foucault sobre las microrrelaciones de poder. No por pequeños sino por imperceptibles o en el límite de la evidencia, indetectables y normalizados. Por ejercerse en los espacios micro, los de la cotidianeidad. Por ser comportamientos machistas y prácticas de violencia del día a día, capilares, camuflados, inadvertidos, ignorados pero no irrelevantes ni banales”.

Cartel que anuncia un taller de micromachismos en la acampada del 15M en Sol.

Fue a principios de los 90 cuando comencé a elaborar la temática de los micromachismos (abreviado mM en este texto). Y lo hice residiendo en un país europeo, España, a partir de una reflexión personal y una experiencia adquirida en mi trabajo con mujeres y hombres.

Mi ámbito particular de inserción profesional -la asistencia al malestar psicológico y el estudio de las problemáticas de las subjetividades-, me permitió tener un lugar privilegiado para observar y visibilizar los mM y tratar de entender sus efectos dañinos sobre algunas mujeres. Las que convivían con hombres y sentían que lejos de sufrir ningún tipo de violencia compartían sus vidas con “buenos compañeros”, relataban una y otra vez situaciones cotidianas que les resultaban dolorosas, confusas, por no poder detectar quién era el responsable e inclusive sintiéndose culpables de los malestares y reacciones que les generaban. No entendían por qué no se sentían dueñas de sus propias vidas.

De ahí que comencé a centrar mi atención en aquellos hombres que no se consideraban machistas -ni eran considerados así por sus entornos cercanos-, por estar muy lejos de agredir física o verbalmente a las mujeres, o por haber asumido algunos cambios de roles, o por solidarizarse hasta públicamente con sus reivindicaciones. Según ellos los machistas y los violentos con las mujeres eran “esos otros” que se aferraban a la masculinidad hegemónica, con el abuso de poder, la discriminación, la impunidad posesiva que conlleva. “Esos otros” de los que no cabe duda que anulan el desarrollo de la vida de las mujeres como personas con identidad propia, ciudadanas de primera, con deseos y necesidades propias y derecho a satisfacerlas. Analizando sus actitudes me fue quedando claro que no eran la excepción, que ellos también eran “esos otros”. Que algunos cambios de roles y las simples buenas intenciones no estaban logrando instalar en sus subjetividades transformaciones cualitativas que permitieran vislumbrar una verdadera cotidianeidad de equidad con las mujeres.

Me propuse entonces tratar de detectar, registrar y analizar esas situaciones que relataban las mujeres. Así fui comprobando la diversidad de comportamientos masculinos, que suponen ejercicios de violencia machista pero que no son reconocidos como tales. Esos comportamientos que ningún hombre está exento de realizar y que desde mi punto de vista son el caldo de cultivo para las violencias más manifiestas que los hombres que me preocupaban, sí reconocían sin dudar.
Apuntaba especialmente a esas actitudes cotidianas que por estar tan naturalizadas, toleradas socialmente o legitimadas, se tornan invisibles o casi imperceptibles fundamentalmente a los ojos de las mujeres. Esas manipulaciones sutiles, maniobras, trucos, tretas, que se generan y sostienen en el uso de los privilegios de los que disfrutamos y que se ejercen con total impunidad, generando confusión y poca capacidad de respuesta. Conscientes o por hábito, las fui entendiendo como mecanismos de imposición por acción u omisión, de las propias “razones y haceres masculinos” en lo cotidiano; formas y modos larvados y negados de abuso de poder genérico. Las consideré engañosas porque por comparación con la violencia física o psicológica explicita -rechazada socialmente- parecen de “baja intensidad”, aunque tengan una gran capacidad de daño a la autonomía femenina. Por su habitualidad y “normalidad” apuntalan muy eficazmente y garantizan las violencias y discriminaciones existenciales hacia las mujeres.

Centré mi visión en un ámbito -la pareja heterosexual- porque es donde pude percibirlas especialmente tóxicas, dada su reiteración y su ejercicio en un vínculo de confianza e intimidad. Intenté visibilizarlas, inclusive catalogarlas de alguna manera para hacerlas más evidentes, consciente de lo parcial y contextuado que podría ser mi propia mirada. Mi expectativa era que sirvieran de disparador de nuevas miradas críticas al comportamiento masculino cotidiano.

Utilicé el término mM teniendo en cuenta las conceptualizaciones de Foucault sobre las microrrelaciones de poder. No por pequeños sino por imperceptibles o en el límite de la evidencia, indetectables y normalizados. Por ejercerse en los espacios micro, los de la cotidianeidad. Por ser comportamientos machistas y prácticas de violencia del día a día, capilares, camuflados, inadvertidos, ignorados pero no irrelevantes ni banales. Podrían haber sido también pensados al estilo de los microbios patógenos, porque a pesar del daño que producen no se ven a simple vista.

Desde 1993 escribí siete textos sobre ellos que hoy siguen circulando por internet. Comencé describiéndolos y con el paso del tiempo los fui reconsiderando, reconceptualizando y teorizando. En ese proceso cobró un importante lugar la retroalimentación brindada por quienes los iban leyendo.

Hace casi 10 años edité el último de mis textos en el que recogiendo todas las experiencias compartidas, consideré necesario remarcar mi mensaje específico para los hombres, que dejé claro en el prefacio. A ellos siempre quise llegar, con ellos quería trabajar sobre lo que me parecía importante para que ninguno de nosotros nos creyéramos exentos de ejercer violencia machista y tomáramos conciencia de que los cambios masculinos hacia una convivencia en real equivalencia con las mujeres aún siguen pendientes.

Desde el principio fui el primer sorprendido al comprobar el impacto del concepto de mM en muchos espacios. Tanto en los sanitarios y educativos como en los propios de mujeres se comenzó a utilizar ya desde fines de los 90 como herramienta para desenmascarar a sus ejecutores y para a evaluar más detalladamente sus efectos. También y casi desde el principio, numerosos medios de comunicación y personas de todos los colores políticos se interesaban en el tema, escribiendo artículos y solicitándome entrevistas.

Fue duro comprobar que no eran mayoritariamente hombres los que se identificaban con lo que yo describía y denunciaba en mi propuesta. Algunos relativizaban su importancia o ridiculizaban estos planteamientos diciendo que eran nimiedades intrascendentes. Otros me acusaron de algún modo de “traidor a la corporación masculina” y no les faltaba razón: mi tarea consistía en visibilizar tretas masculinas para mantener el dominio sobre las mujeres. Por suerte no ha sido así con todos y sé que a algunos les ha servido para comenzar a tomar conciencia y dejar de ser tan autocomplacientes con lo que creían haber avanzado.

Lo que de verdad no esperaba es la respuesta positiva y agradecida de tantísimas mujeres de diferentes edades y condiciones sociales, que se iban sintiendo identificadas con las situaciones que describía. Por lo que me transmiten, aún en la actualidad, les ha servido para tomar conciencia de mecanismos cotidianos de manipulación masculina machista que sufrían pero no visibilizaban. Poderlos detectar les ha ayudado a desculpabilizarse y reposicionarse ante sus hombres cercanos. Cómo negar la gratificación que me ha generado haber aportado ese granito de arena que estas mujeres reconocen, pero al mismo tiempo cómo dejar de lamentar el poco éxito obtenido en lo que ha sido siempre mi intención y mi deseo: trabajar en la transformación de las subjetividades masculinas, lo que constituye uno de mis principales centros de interés desde hace más de 30 años.

Tal vez por todo ello es que desde hace un tiempo mi mirada se centra, no tanto en los comportamientos masculinos que denominé mM sino en el lugar existencial, la posición jerárquica desde la cual los hombres ejercemos el machismo en todas sus variantes. Qué duda cabe que de no cambiar ese sustrato, las actitudes machistas no sólo no desaparecen, sino que se adaptan a las nuevas realidades, se maquillan y pueden ser aún más confusas y manipuladoras. Admitir nuestra vulnerabilidad, tener alguna participación en lo doméstico y en la crianza, autodefinirnos como feministas o pretender participar en las manifestaciones contra la violencia de género no nos convierte necesariamente en igualitarios en nuestras prácticas cotidianas.

No son las “nuevas masculinidades” las que me ocupan ni me preocupan en mi trabajo actual con hombres en relación a la desigualdad y la violencia machistas. Tampoco me atrae demasiado hablar de “abolir la masculinidad” o “desmasculinizar”. Mi objetivo apunta a promover la renuncia simple y llana a los beneficios y privilegios concretos que la cultura patriarcal nos adjudica por ser reconocidos como hombres al nacer y que están sostenidos sobre la existencia de las mujeres. Para quienes nos creemos más alejados del machismo tradicional, estoy cada vez más convencido que ya es hora de dejarnos de discursos políticamente correctos, de creer que la simple solidaridad con la causa de las mujeres nos va a cambiar, dejarnos de esperar que el cambio cotidiano siga siendo forzado por ellas. Tenemos que trabajar sobre las ventajas que nos ofrecen nuestros privilegios por lo que nos cuesta tanto renunciar a ellos y no centrarnos en los costes de la masculinidad hegemónica -en realidad daños colaterales del disfrute de los privilegios-.

Quiero recordar que la denominación de mM surgió en una época en la que comenzaba a estudiarse en profundidad y denunciarse internacionalmente la violencia contra las mujeres en sus diversas formas y a definirla como un problema de Salud Pública y de atentado a los derechos humanos -específicamente contra el de las mujeres-. La designación de violencia doméstica empezaba a ser impugnada y se iba iniciando la visibilización y abordaje en profundidad de la violencia psicológica y sus efectos. Hacía ya varios años que los conceptos dominación masculina, micropoderes y micropolíticas circulaban en el ámbito de la sociología crítica, de la mano de autores franceses. En España aún faltaban varios años para que se promulgaran medidas legislativas nacionales para erradicar la violencia de género.

Desde que comencé a describirlos, ha habido notables avances sociales en cuanto a la visibilización de la violencia contra las mujeres y el machismo. Por ello, muchos de los que fui señalando, hoy han dejado de ser sutiles o normalizados y se califican claramente como violencias psicológicas. A la vez, otros muy normalizados van saliendo a la luz. He ido descubriendo además, que su nombre y el propósito de visibilización de comportamientos masculinos que pretende señalar, suponen una paradoja: en el momento en que pueden percibirse y ver sus efectos, dejan de ser sutiles e invisibles y se convierten en machismos evidentes.

Los mM están por cumplir 25 años de existencia. Durante ese tiempo, han ido cobrando vuelo propio y dan nombre a numerosísimos textos, talleres, informaciones periodísticas y últimamente jornadas y videos difundidos por las redes sociales. Se utilizan como herramienta de visibilización en espacios educativos, sanitarios, psicosociales y otros relacionados con la lucha contra las violencias machistas. Hay personas que los conocen y utilizan hace mucho tiempo y para otras es un descubrimiento reciente. Así como han sido muy reconocidos, también han sido interpelados, criticados, expuestas sus limitaciones, vistos con desconfianza e incluso desestimados, procesos todos habituales, lógicos y necesarios frente a cualquier mirada -siempre parcial y contextuada- de un aspecto de la realidad social.

Actualmente nombrarlos se ha vuelto casi un lugar común en distintos ámbitos de España y Latinoamérica y circulan profusamente por las redes sociales y hasta los mencionan algunas figuras políticas. El término se emplea en diversos contextos, por variedad de actores, para analizar escenarios diversos y con múltiples intencionalidades. Así, se habla, por ejemplo, de mM en el trabajo, en la vía pública, en las redes sociales, en las organizaciones, en las escuelas…., cada uno con características y efectos diferenciados sobre los cuales creo que aún falta mucho análisis y discriminación. Hay quienes definen bajo este nombre también a los estereotipos y a la violencia mediática e incluso a cualquier forma de sexismo. Existen quienes distorsionan el concepto -sin entender su objetivo de reaseguramiento del dominio masculino-, afirmando que las mujeres también los ejercen. Finalmente hay quienes nombran el término en singular- micromachismo- como descriptivo de una categoría y no de comportamientos concretos, que es para mí lo específico de su definición.

Esta diversidad de miradas sobre los mM es evidentemente enriquecedora porque complejiza la cuestión. Sin embargo, creo que se debería prestar atención a que dicha pluralidad no desdibuje su significación o la generalice tanto que pierda su especificidad, no contribuya a banalizarlos o vaciarlos de contenido o no lleve a transformarlos simplemente en moda mediática. Ante estas posibilidades, espero al menos que no se olvide que los Mm, desde mi punto de vista, tienen como el patriarcado y el machismo, rostro masculino.

Debo reconocer que, a un cuarto de siglo de mi primera reflexión sobre los mM, me gratifica saber que hoy para muchas mujeres ya les resultan obvios y los perciben claramente como inhibidores del desarrollo de sus vidas en primera persona. Y que para algunos hombres, aunque pocos, son una evidencia de que hay ciertos cambios de roles que no han logrado una transformación profunda en sus subjetividades y que en el ejercicio de poder y dominio, las cosas no se han modificado tanto en las relaciones con las mujeres. En mi opinión sólo la ética nos permitirá a los hombres abordar con seriedad y responsabilidad los cambios pendientes.

Para quienes leen este texto en España quiero concluir estas reflexiones, compartiendo mi percepción de que, desde hace algún tiempo está sucediendo en este país algo ciertamente peligroso, además de injusto, con teorías, instituciones y personas individuales relacionadas históricamente con el combate contra la violencia machista. También con los mM.

Me refiero a las actuaciones de al menos dos colectivos que siendo tan opuestos en sus objetivos, utilizan la provocación y el descrédito como modo de crítica. Uno, el llamado postmachismo, el de la consabida contrarreación patriarcal y el otro compuesto llamativamente por algunas personas que se suponen críticas con el patriarcado. En este segundo caso y haciendo gala de una desmedida necesidad de protagonismo, ignoran, rechazan globalmente, cuestionan y juzgan negativamente lo que se ha hecho anteriormente, sin contextuarlo ni aprovecharlo para seguir avanzando. Parecieran estar convencidxs de que quienes les precedieron, estuvieron haciendo tiempo equivocándose y dedicándose a hacer daño hasta que ellxs hicieran su aparición en escena.

La provocación es un estilo como otros, que bien utilizado como reto o desafío, puede servir para llamar la atención o sensibilizar sobre determinadas temáticas. Pero cuando se acompaña de una desacreditación indiscriminada, tergiversa tendenciosamente determinadas realidades, se nutre de la mentira y la manipulación, ataca con dogmatismo y soberbia, se convierte en algo inadmisible. Son viejos conocidos los hombres que suscriben el postmachismo y de ellos no es de extrañar este tipo de actitudes; pero sí es inexplicable y temible de quienes pretenden seguir luchando contra las garras del patriarcado.

Desgraciadamente este estilo pretende impregnar el discurso social, favoreciendo un relato de desestimación de lo producido y logrado en décadas de un feminismo que nos ha nutrido a muchxs. Por ello, creo no deberíamos olvidar que como en cualquier proceso de transformación social, es importante aprender con humildad a rescatar lo positivo de lo que se ha hecho y seguir avanzando en la medida en que se amplían los horizontes, se evalúan experiencias, se revisan errores y aciertos y se aprovechan las nuevas pistas que nos van dando los cambios sociales.

Por Luis Bonino
Fuente: Pikara