noviembre 23, 2017

Homenaje a Simone de Beauvoir (1908-1986). Gracias, Simone

Bénédicte Martin (1978), escritora francesa dedicada a la literatura erótica, reflexiona en torno a la vida y la obra de Simone Beauvoir buscando conciliar la lógica del pensamiento feminista con la natural pasión que siente la mujer hacia el hombre.


Carta a Algren

A Simone de Beauvoir le quitaré el moño. Haré que su cabello caiga como el cabello de Penélope, escondido por un turbante, sobre los suaves hombros de una mujer que apenas está por convertirse en una. Y que incluso más allá de la muerte seguirá convirtiéndose en una.

¿Qué clase de feminista se es cuando se está enamorada? ¿La sed de independencia es ahogada por una pasión que atraganta?"

Simone respondió a la feminista alemana Alice Schwarzer, quien le había preguntado al final de su vida, «si habia omitido algunas cosas en sus memorias»:

«Sí. Hoy me gustaría decirles a las mujeres como viví mi sexualidad.»

Sí, Simone, eso me ayudaría. Durante este verano, en la víspera de mis 40 años, seguiré soltera, al igual que seguiré teniendo visiones infantiles de cuentos de hadas, como en las encantadoras escenas en las que hay pajaritos cómplices de la felicidad de una joven a la que ayudan a colocarse un vestido mientras ella gira sobre sí misma envuelta en un encanto orgásmico.

Simone, me gustaría saber: ¿Qué clase de feminista se es cuando se está enamorada? ¿La sed de independencia es ahogada por una pasión que atraganta? ¿En dónde se mete aquella mujer que busca crear su propio destino cuando está siendo devorada? El tema que expuso en su exposición de filosofía de 1929, «Libertad y contingencia», ¿seguía teniendo sentido alguno mientras que usted, enamorada, le llevaba servilmente el café a sus amantes?

Simone, durante mi infancia, le veía en el mercado de la calle Daguerre. Mi abuela, mientras compraba espárragos para su marido el comisario, me hacía voltear la cabeza como a una muñeca a la que se desarticula para que viese pasar por el puesto de las mandarinas, aquella alma galardonada con éxitos literarios, cardada por el frío y con pequeños tacones al igual que todas las mujeres durante mi infancia.

«Mira Noucha, es una gran dama, una guerrera, ella liberó a las mujeres del mundo entero. Pero date prisa, si no logro comprar las chuletas en la carnicería, tu abuelo se va a molestar conmigo.»

Simone y yo habíamos vivido bajo el mismo cielo. Samuel Beckett también. Eran mis vecinos y sabía que entre el Nobel y el Goncourt, había de que estar orgulloso por vivir en el catorceavo distrito de París. Pequeño vecindario de poca elegancia entre el hermoso sexto distrito y el triste Montrouge. Aquí hay que esforzarse. Nos afanamos entre la Cité Universitaire y Le Lilas de la Closerie. Nos amamos al pasar junto a los paneles solares de l’Observatoire y vamos y venimos por las avenidas repletas de castaños bajo la sombra obscura de la Cárcel de la Santé. 

Simone vivía en la calle Schoelcher, Samuel y yo, en el bulevar Saint Jacques. Y fue de esta manera, que, a mis trece años, cinco años luego de su muerte, comenzaba a leer Memorias de una joven formal.

Había establecido un lazo evidente entre su Cours Désir1 y mi Notre-Dame-des-Champs2, aquellos dos sitios se encontraban en el sexto distrito de parís, y olían a guardado, olía como aquellos lugares en el que las ancianas impartían clases y a ese perfume blanco de vainilla de las señoritas. De esas que entre tres oraciones, una confesión, dos retiros y cien Padre Nuestro que escribir, se besan entre ellas con inocencia, apasionadamente, con sus bocas llenas de ostias, ya que la comida de la cantina es repugnante y que a veces, cuando se es adolescente, se vive con hambre.

En casa nos gustaba tomar a Simone como ejemplo para demostrar que ser mujer era una bendición."

Rápidamente comencé a identificarme con Simone ya que llevaba uniforme: una falda de pliegues azul marina y una blusa bordada con mi nombre. Me gustaba la B mayúscula con sus curvas que parecían senos o un corazón incompleto. Simone y su de Beauvoir, tuvo que haber tenido el mismo en su uniforme, hecho con punto al derecho.

Simone mencionaba en este libro la ruina de su padre que había sido causada por los préstamos rusos. Esas mismas montañas de papeles inútiles que acabaron por tapizar los muros del cuarto de lavado de mis bisabuelos en l’Oise. A veces se hace todo lo posible para no dramatizar.

También recuerdo aquel fúnebre 25 de marzo de 1991 en el que me enteré que su mejor amiga Zaza había muerto el 25 de noviembre de 1929. Estuve de luto hasta el libro siguiente, Pájaros de Fuego de Anais Nin, ya que El Infierno3 no estaba en el último e inaccesible nivel de la biblioteca, estaba en cada una de sus estanterías. En casa nos gustaba tomar a Simone como ejemplo para demostrar que ser mujer era una bendición. La vida de Simone de Beauvoir era la prueba evidente y accesible que demostraba que otro tipo de vida era posible al haber sido destinada a ser mujer.

Los años han pasado, pero Simone siempre estuvo a mi lado. Llena de grandes ambiciones que yo misma alimenté, motivada por mi padre y mi madre, empecé a escribir, era la único que quedaba para mí y entendí también que, «Ya no había Dios que me amase, que, en lugar de esto, despertaría el fuego en millones de corazones. Al escribir una historia inspirada en mí, volvería a crearme y justificaría mi existencia».

Simone, Simone, ¿qué es lo que has hecho con la mujer que soy? Esta mujer insaciable que se arruina comprando libros y vestidos. Una mujer, que al igual que usted, sabe que estará condenada a una soledad chupatintas, al tictac del reloj, a las tazas de té durante todo el día, a los lentes pegados sobre la nariz, a los tacones con punta de aguja.

Hasta que no se logre demostrar lo contrario, jamás seré la esposa, seré la amante. Esto me mata, cuando viene a verme a las ocho de la noche para que nuestros labios se unan, para robarle algunos besos. Se casará en algunas semanas. Sigo tratando de robarle a su presencia algunas palabras románticas. Hago reservas de placer para los malos momentos que están por venir. Mi satisfacción sexual curará mis heridas.

Simone, ¿qué es lo que ha hecho conmigo? Una feminista que nunca será la otra mitad de una pareja tranquila, ya que nunca tuve una, por culpa de mi belleza particular. Ojos negros, piernas largas, un lunar parecido a un chupón color rojo rubí en mi cuello que constantemente llama la atención de las miradas y levanta sospechas. Esta es la suerte que me ha tocado. Mi voz posee eso que tienen los encantadores de serpientes. Hago parte de ese grupo de mujeres que acumulan un máximo de ternura en muy pocos intermedios sexuales.

Soy Simone cuando leo y fumo sola durante la noche. Soy Simone cuando me compro hojas blancas. Soy Simone cuando viajo a lugares lejanos. Soy Simone cuando me toman de la mano y mis ojos brotan lágrimas. Soy Simone cuando vivo sola con mis libros en una casa escondida en el bosque. Soy Simone cuando interrumpo a los hombres. Soy Simone cuando aprieto las muñecas de mis conocidos y abrazo con fuerza el cuerpo que me estrecha. Soy Simone cuando fornico ya que el rastro de mis dedos frota el sudor que aparece sobre la espalda de mi amante. Finjo tener todo y no necesitar de nada. Soy Simone porque me cuestiono al confrontar mis convicciones feministas con los estragos de la pasión.

Simone, hemos olvidado que también has escrito: «Todas las noches, antes de dormir, lloraba durante largo rato.» 

Sartre era banal en su revolución. Solo había dos aguijones en su vida: su pluma y su sexo. Uno le daba legitimidad al otro e inversamente."

Contaba las horas cuando Sartre la dejó. Admite haberse descuidado a si misma al principio de su relación. Veinte años más tarde, en un capítulo de El Segundo Sexo (1949), el de «la mujer enamorada», habla de la trampa que es la espera, el abandono de la vida, el abandono de su propio juicio para beneficiar al hombre que se ama.

Aceptó el pacto de unión de Jean-Paul Sartre en octubre de 1929, frente a la fuente de Médicis, en el jardín de Luxemburgo. Aquel verano se había prolongado. Aceptó el pacto porque en el fondo no tenía elección.

«Sabía que Sartre no deseaba casarse, no podía desearlo yo sola».

Sin matrimonio, sin mentiras, sin hijos, ninguna disimulación para evitar los celos, una vida doméstica en la que cada quien estaría por su lado. «En la alta nobleza, es de mal gusto vivir con su mujer». Una existencia llena de viajes, en fin «una vida en la que se podría dar lo mejor de sí».

Sartre, sabio y astuto como un hombre, estaba persuadido de que la verdadera generosidad en el amor, era amar la libertad del otro.

La generosidad que Sartre le pedía a Simone, era que le dejase seducir tranquilamente a todo aquello que se pareciese de cerca o de lejos a una estudiante de la Sorbona. Finalmente, Sartre era banal en su revolución. Solo había dos aguijones en su vida: su pluma y su sexo. Uno le daba legitimidad al otro e inversamente. ¿Podría culparle? Nuestros cuerpos de escritores son tan débiles.

Sartre representaba al existencialismo. Él y sus compañeros estimaban que «los individuos no eran ni más ni menos que la suma de sus actos». En nombre de la verdad, se propusieron «vivir sus propias vidas y que fuesen juzgadas por la posteridad».

El apóstol de la transparencia lo había prometido, jurado, escrito, grabado: no habría ningún problema con esta nueva visión de la pareja ya que su amor por Simone, era necesario. Tendría durante toda su vida, el estatus de esposa «morganática» y su amor por las demás mujeres sería contingente. Pusieron la verdad por encima de todo. Digámonos todo, escribamos todo aquello que toquemos, con todos aquellos con quienes nos acostemos, sin omitir ningún detalle anatómico.

Simone lo había prometido, jurado, escrito grabado: Sartre estaría ahí para escucharla y aconsejarla respecto a todos aquellos deseos que le animaran. Pero rápidamente no tardaron en mentirse. Sartre no era bueno en la cama y Simone no se atrevía a decírselo. El apetito sexual de Simone era mucho mayor. Simone era de esas mujeres que hacen el amor varias veces al día. Una mujer a la que se rocía con agua para que crezca. Una verdadera flor.

En cuanto a Sartre, tuvo hasta siete amantes al mismo tiempo. Difícil cuando no se es bueno en la cama... mantenía a cada una de ellas. Una mañana, Olivier Todd le preguntó, como hacía para tener tantas mujeres. Sartre respondió: «Les miento, es más fácil y más correcto». «¿Incluso al Castor?».«Particularmente al Castor. »

El Castor era Simone, podría decirse que hay sobrenombres más románticos que este. Dejaron de fornicar y rápidamente su relación se convirtió en una fraternidad sin erotismo directo.

Sin erotismo directo, ya que Simone, cuando era profesora, tenía relaciones lésbicas con algunas de sus alumnas. Dulces lésbicos4, secretos con labios sabor a fresa, caramelos con senos de chocolate llamadas Olga, Wanda, Nathalie, Bianca... los probaba y luego se las entregaba a Sartre. Su correspondencia (póstuma, ya volveré a hablar de esto) en lo que respecta este tema es inequívoca. En este embrollo de alianzas acrobáticas, de «pasiones orgánicas», a Simone le costó más manejar a sus novias. Entre manipulaciones, estrategias maliciosas, rodeos y protecciones dudosas, Sartre le aconsejó amablemente que dejara a sus pequeñas criaturas «como a un escupitajo, eres malvada» (carta del 23 de diciembre de 1939).

Pero en realidad, todo eso ya lo sabemos:
Los chanchullos de Sartre, su deseada boda con la rusa Léna Zonina, su interprete en Moscú, o su relación con Dolores Vanetti en los Estados Unidos.

La homosexualidad de Simone que solemos llamar su parte obscura, cuando en realidad es probablemente ahí donde yacía su parte más luminosa.

La boda imaginaria de Simone con su amante americano, al que dijo: «Eres mi esposo» a lo que él respondió: «Usted es mi mujer»

Citaba, sin vergüenza alguna, las palabras de Catherine de Sienne dirigidas a la hermana Barthelemi della Seta, una monja de Pisa: «Sabes que tú eres su esposa, que te ha desposado, a ti y a todas las criaturas, no con un anillo de plata, sino con el anillo de su carne».

En realidad, Simone y Sartre eran sensibles al amor, sin embargo, vivían en un mundo en el que la paz podía ser quebrantada en cualquier momento.

El «Tiempo Moderno» de antaño, los años pasados y la edad, le demostraron Simone, que no se puede vivir sin sentimientos.

Simone, es ahora que vuelvo a hacer mi pregunta:

¿Qué tipo de feminista se es cuando se está enamorada?

Traté de encontrar la respuesta en sus libros publicados mientras seguía en vida y no encontré ninguna respuesta. No hemos conversado sobre esto luego de su muerte. Esos días en los que voy a honrar a mis muertos por la mañana en el cementerio de Montparnasse. En el mismo lugar en el que quiero ser sepultada bajo una losa de cristal.

Dese cuenta: usted, soy yo.

Fui a tocar la piedra fría y clara de la tumba de Simone.

«¿Simone, me escucha? Soy una mujer que va caminando sola por su existencia, por ciudades lejanas, bajo los espesos castañares y por las altas montañas. Solo tomo los caminos que me agradan. Simone ¿me escucha? Soy Benedicte, esa que elegirá el ganador del premio Goncourt en lugar de cualquier cosa en el mundo. Simone, no me limitaré a la felicidad, la consolación de los mediocres. Creo en mi trabajo y perseveraré en ello. Escribiré cada día, pues mi esencia se encuentra ahí. Simone, ¿qué feminista se es cuando se está enamorada? ¿Cómo cohabitan la razón y el deseo carnal?

Nada sucederá porque Dios no existe. 

Luego, fui a tocar a los libros póstumos, en especial esas «dulces cartas» enviadas a su amor americano, Nelson Algren. Simone es la Pala d’Oro de la Basílica de San Marco de Venecia. Es esa joya de oro y de piedras preciosas que se logra admirar detrás del altar. Un ser tallado que esconde todo su encanto, un tesoro escondido.

Para ese entonces, estaba escribiendo El Segundo sexo, obra en la cual atacaba al mito de la feminidad.

Denigró y desvalorizó a la mujer lesbiana, argumentaba en favor de la independencia financiera de la mujer, para que esta se sintiera realizada, pero al mismo tiempo era mantenida financieramente por Sartre. Dio y dio dinero. «Es útil asegurarse el apoyo de un hombre para tener éxito», esta frase que había pronunciado durante su juventud, la sepultó en un limbo para siempre, ya que no podía reconocer decentemente la ayuda de un hombre pues era la teórica en jefe de la emancipación femenina.

Personalmente, no estaría en contra de cualquier ayuda financiera que me hiciese estar a la talla de mi destino, dar lo mejor de mí. Hay benefactores en las artes plásticas, ¿por qué no en la literatura? Es solo una pregunta...

Volvamos al tema. 

Reprochaba a las mujeres sumisas, vasallas, devotas, serviles, regeneradoras, que se habían olvidado a sí mismas mientras pasaba las páginas.

Pero de vez en cuando, descansaba para ir a fumar un cigarrillo, aplastaba la colilla y leía cartas de amor llenas de pasión que decían:

«Querido, le amo como una completa idiota últimamente»

Miércoles 17 de marzo de 1948

«Mi marido y su cerebro de oro. Gracias por el libro dorado también que ha sido hecho por una mano dorada, siempre es grato contemplar la palabra «amor» escrita sobre el papel o en sus ojos, cariño»

Miércoles 19 de noviembre de1949.

«!Oh Nelson! Seré amable, seré buena, ya vera, limpiaré el piso, cocinaré, escribiré su libro al mismo tiempo que el mío, haré el amor con usted cada noche diez veces y por el día también, aunque esto pueda cansarme un poco. Si, será agradable tener nuestro hogar, escribir, nadar y amarnos»

Sábado 14 de enero de 1950.



Seguramente Simone fue buena tanto como trabajadora como en las felaciones"

Simone se moría de amor por él. Gran enamoradiza, caprichosa, que requería cariño, limpiaba su ego con un trapo, el tipo de mujer que ve de los faros delanteros del auto hasta la ventana, ese mismo tipo de mujer, al igual que yo, que se mienten alegremente sabiendo que nuestra autonomía corre peligro, a ese tipo al que no le es suficiente los simulacros de amor. De esas a las que hombres en hermosos autos tratan con sadismo. El tipo de mujer que, como yo, conservó el hábito de succionar infantilmente las tapas de los bolígrafos o la madera de los creyones que servía para hacer correcciones y que reproducirá probablemente al besar a alguien o al hacer alguna felación a alguno de sus amores masculinos. En cuanto a Simone, citemos aquellos que fueron importantes: René Maheu, Jacques-Laurent Bost, Fernando Gerassi, Nelson Algren y Claude Lanzmann.

Seguramente Simone fue buena tanto como trabajadora como en las felaciones.

Nos agrada tanto imaginárnosla exclusivamente en su escritorio, tan aplicada, recta y silenciosa. «Industriosa», hubiese dicho Lacan. Pero tras esas apariencias de seriedad y de austeridad, muy a menudo se esconde la bestia.

Esas nalgas que ahora estaban colocadas, apretadas frente a su mesa, eran las mismas que se dilataban con los dedos llenos de secreción vaginal. También es necesario saber que hay que leer en los labios de las vaginas de las escritoras, hay que saber qué y cómo se alimentan sus vaginas. La secreción vaginal, esa tinta invisible, esa tinta agradable que se desvela año tras año en los cuerpos a los que se ama. Simone escribió mucho con esta tinta. Aquello que no se atrevía a escribir, lo escribía sobre el rostro de sus amantes y con cartuchos enteros en los testículos de estos. Sí, habría que aprender a leer todo aquello que no escribió, las acciones reveladoras de su destino como mujer que solo supo desvelar después de su muerte.

Simone fue maravillosa, autorizó la publicación póstuma en 1990 de su correspondencia con Sartre, Cartas a Sartre, lo que hizo que el público les despreciase y les considerase como a dos pervertidos, dos laicos. 

Insisto, Simone fue doblemente genial por haber autorizado a su hija adoptiva quien poseía los derechos de autor, Sylvie Le Bon de Beauvoir a imprimir su correspondencia con Nelson Algren. Cartas a Nelson Algren en 1997. 

La verdad, al igual que su vida sexual, fueron reveladas al público, y puesto a que había sido una existencialista, Simone, aun después de la muerte, seguía afirmando su transparencia.

«La existencia precede a la esencia». A esto le agregaría: «La esencia se queda en las cenizas»

La edición de toda esta confusión amorosa luego de su muerte fue parte del proceso. 

Sabía que esas cartas arrugarían sus vestidos de crepé de China y sus pañuelos de gran Dama, que despeinarían ese ajustado moño sujetado por un peine, igual de ajustado que el de una mujer de letras. Sabía que esto ensuciaría su imagen, así como se mancha un vestido negro con un collar de perlas de semen. Sabía que esa relación «esencial», encorbatada, llena de escamas sobre sus ojos, vestida con cinturones de cuero pulido, o faldas de muselina, perfumada y pesada por los collares de la cual estaba hecha, seria juzgada.

Sí, aquí sentada sobre usted, escucho al feminismo y al placer asociarse después de tantos años. Sujeto y objeto unidos al fin. "

Simone, mi bella Simone de ojos claros, la beso, la quiero, por eso es que la amo. Al morir, añadió aún más carne a su posterior y puso sus senos a la disposición de una máquina de escribir y de las impresoras rotativas. Su muerte fue catártica, al igual que la portadora de la verdad. Su muerte liberó aún más a las mujeres. Desde la muerte, nos envía un último mensaje, el fracaso de su pacto con Sartre y su feminismo autoritario, demasiado teórico, demasiado conceptualizado. 

Cuando estoy frente a su lápida, entiendo los problemas amorosos que vivió, también veo sus elegantes singularidades, sus sinvergüenzuras.

Sí, aquí sentada sobre usted, escucho al feminismo y al placer asociarse después de tantos años. Sujeto y objeto unidos al fin. 

Sí, aquí sentada sobre el mármol blanco, con el rostro bajo un rayo de sol, froto el musgo del cementerio. Aparecen las palabras que no escribió con su mano, pero que fueron escritas en el viento con su perfume.

El amor, el verano, las cosas olvidadas, las cosas obligadas, los vestidos de lunares, la tinta hecha con secreción, el sexo de Sartre como si fuese un tubo de ensayo.

El amor, el verano, lo que el futuro me depara, lo que le hizo llorar, lo que le hizo ocultar sus faldas.

El amor, el verano, las marcas de sol sobre mi piel, que será el contorno de mi próximo amor.

Simone, le debo esto. Gracias por haberse quitado su ropa interior. Sé que es de rayas ya que son las líneas que se encuentran en mis libros.

Simone gracias, pues, aunque ahora sea prisionera de una tumba, nos entregó la llave y nos ofreció algo que el feminismo todavía tiene que lograr: el placer, oh si, el placer. 

1. Establecimiento privado católico parisino
2. Escuela ubicada en Paris
3. Del francés Enfer, infierno es el término que comúnmente se utiliza para hacer referencia al lugar en donde se encuentran los libros eróticos de una biblioteca.
4. La palabra hace referencia al clítoris en francés

Fuente: El Universal