noviembre 26, 2017

Lengua. A viva voz Teresa Meana Suárez

Filóloga, docente y huésped de honor de la ciudad de Buenos Aires, la española Teresa Meana Suárez está de gira por nuestro país hablando del tema que la apasiona: el sexismo en el lenguaje. Lesbiana y feminista, dice que sigue siendo fundamental nombrar en femenino para visibilizar la resistencia que ya no tiene vuelta atrás.

Imagen: Sebastián Freire

Hace siete años el suplemento Las12 entrevistaba a Teresa Meana Suárez porque nuestra ciudad la había declarado huésped de honor gracias a su activismo por un uso no sexista del lenguaje. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde 2010; Meana dejó atrás décadas en las aulas y se jubiló este año pero su activismo sigue tan vivo y enérgico como entonces, cuando se usaba la arroba para disolver el binarismo y el debate por nombrar a la presidenta en femenino estaba en pleno auge. En noviembre, andará por La Pampa, Bahía Blanca, Río Negro y Buenos Aires, para volver a Valencia con la militancia renovada “porque en Europa siempre replicamos lo que pasa en Latinoamérica”. El sexismo en el lenguaje siempre ha sido su fuerte, cuando militaba en los ´70 y ni siquiera las mujeres tenían personería jurídica y en el Estado español. Hoy piensa que hay que seguir dando el debate por las palabras, porque lo que no se nombra no existe, pero “pasan tantas cosas que a veces siento que este debate nos quita muchas energías”.

Los y las jóvenes no hablan igual que hace siete años… ¿O sí?

–Cuando das clase el aula se convierte en una guerra de sexos: los chicos se ponen a la defensiva y las chicas defienden su postura pero hemos avanzado porque es difícil que ellas se nombren en masculino. Es complicado el tema del genérico en castellano pero hay muchísimas cosas que han cambiado. Se nota en los medios: hay muchas cosas que ya no tienen vuelta atrás. Es casi imposible que hoy se presente un festival que no diga “con la presencia de actores y actrices”. Pero siguen existiendo quienes no dicen “la jueza” sino “la juez”. Eso para mí es terrible. 

O la presidente.

–En España es difícil que se diga “la presidente”. Hay una teoría que dice que “presidente” es “quien preside” entonces no tiene marca gramatical pero es una cosa absurda. Se dice “dependienta” como femenino de dependiente, y no pasa nada. Y “dependiente” parecía una palabra invariable. Como existe la profesión de asistenta, que siempre existió, existe presidenta. Cuando alguien viene y dice “yo digo la arquitecto” yo le pregunto “¿Y dices “la niño”? ¿”la amigo”?. Y luego la concordancia es ridícula: ¿la juez argentina? ¿las jueces argentinas? ¿Cómo haces? Eso sí que es alterar la gramática. “La notario” es otro ejemplo. Antiguamente, es cierto, si no había realidad, no podía haber palabra, pero ahora está lleno de notarias, ¿cómo no va a haber palabra para nombrarlas? Si las mujeres teníamos prohibido por ley presentarnos a posiciones de juezas o notarias hasta el 77 (así dicho “requisitos: ser español, licenciado en Derecho y varón”) ¿cómo iba a haber palabra? Cambia la realidad, cambia el modo de nombrarla, pero eso que es tan fácil choca con la famosa academia de la lengua. Nosotras nos quejamos por el castellano pero la que se está armando en Francia por un manual por un uso no sexista, porque en Francia el atraso es muchísimo mayor con respecto a este tema. Todavía hay una plaza central en Paris que se llama “Los derechos del hombre”. 

Pero de siete años a esta parte a la RAE no se le movió un pelo.

–Bueno, un poquito sí. En el diccionario se nota la labor que hemos hecho: sigue siendo terrible, según qué palabras busques, pero por ejemplo si buscas “huérfano”, antes decía “a quien se le ha muerto el padre y la madre o solo uno de los dos, preferiblemente el padre”. Eso ha desaparecido. Antes en “verdulera” aparecía como segunda acepción “mujer vulgar u ordinaria” y ahora dice “persona”. Hay muchos cambios en el diccionario gracias al trabajo de muchas feministas pero sigue habiendo cosas tremendas. Y en el habla se nota bastante que hay una tendencia a la feminización. Entre la gente más joven y los movimientos sociales de izquierda se empezó a utilizar directamente el femenino: “Estamos hartas”, refiriéndose a las personas, es decir a todos y a todas las personas, que es una palabra en femenino. Escuché a un varón decir “Si tocan a una, nos tocan a todas”. Pero cuando me preguntan “¿es correcto?” a mí me da exactamente igual lo que diga la academia. Médica es el ejemplo más claro y viene en el manual de primaria: “en la formación del género gramatical femenino, león-leona, médico-médica”, entonces ¿por qué no va a estar admitido “presidenta”? Y después está la famosa versión de que hay palabras que ya están ocupadas, como “música” para nombrar el femenino de “músico”. Con técnica, crítica, mecánica pasa lo mismo. Las palabras son polisémicas, te las modifica el contexto. Si yo digo que tengo un amigo frutero, nadie va a pensar que tengo un amigo que uso como mueble para poner frutas. 

¿Qué pensás del “todes”?

–Creo que es complicado pero lo entiendo, ¿cómo no lo voy a entender yo? Comprendo que quien no se define ni como hombre ni como mujer, quiera ser nombrado y esta es una manera. Pero mi posicionamiento político es feminista: yo sigo pensando en visibilizarnos. Y en ese sentido me importa mucho la palabra feminicidio, porque denota que nos matan por ser mujeres. Yo apoyo esa lucha y la acompaño pero si digo solamente “todes” creo que invisibilizo a las mujeres. 

¿Cuál sería mejor?

–Todos y todas. O decir “todas las personas”. Hay un montón de genéricos en castellano: el alumnado, el profesorado, el electorado, la gente, el vecindario, los seres humanos, el pueblo. Llevamos años, desde principios de los 80 que nos hicimos concientes de este tema de la lengua, y todavía queda mucho por hacer, es imprescindible nombrar. La arroba surgió sola, y tuvo un éxito alucinante, pero hay gente que piensa que es binaria, entonces ponen una equis…

Nosotras lo hacemos…

–Sí, y está bien, estamos en contra del binarismo, pero es complicado. Yo lo único que no quiero es dejar invisibles a las mujeres. Antes se hablaba así: “las lesbianas”, y ahora todo es feminismo y lgtbtiq, y a mí me parece que no podemos estar escondidas detrás de una L. Hay países donde todavía te asesinan por ser lesbiana. Me dirán “y a otra gente también” y es verdad, pero mi postura política es feminista. Yo soy lesbiana y quiero que me nombren en femenino pero entiendo que es una postura personal. A la violencia machista le tuvimos que poner nombre para visibilizarla y para prevenirla, y nos llevó muchos años instalarla para ahora silenciarla.

Fuente: Página/12