diciembre 23, 2017

Las mujeres ya están pagadas con el amor que reciben (y otros mitos)

Remedios Zafra, premiada con el galardón Anagrama de ensayo, reflexiona sobre la precariedad de los trabajadores creativos en el mundo 'online', acentuada entre las mujeres.

Remedios Zafra. EFE

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) escribe para remover. “Me gusta más perturbar que otra cosa”, reconoce la autora de El entusiasmo, libro con el que ha recibido este año el premio Anagrama de ensayo. Zafra busca punzar al lector, que reflexione sobre aquellos temas que “hieren y preocupan a las personas”. Con esta vocación nace su última obra, que discurre sobre las nuevas formas de explotación de los trabajadores creativos en el mundo capitalista y en red.

En el contexto digital, la precariedad y la desigualdad laboral se han acentuado, como ha sucedido históricamente, entre las mujeres. Nuevas formas que reproducen antiguas inercias. “¿Quiénes crean, programan e idean la estructura sobre la que nos movemos en la red? Siguen siendo mayoritariamente hombres (jóvenes). Las prácticas patriarcales que atraviesan el mundo también lo hacen en la red, en sus partes visibles y en las que no lo son tanto”, apunta la ensayista.

Sibila es el personaje que recorre El entusiasmo. Una mujer apasionada, joven, que acumula horas de estudio y está permanentemente conectada a la red. A pesar de sus pocos recursos económicos, el fervor creativo le brinda la energía para seguir peleando por ese trabajo vocacional que aún no llega antes de claudicar ante un trabajo alienante. En el camino de ese futuro que se pospone, Sibila acepta prácticas temporales o trabajos no pagados a cambio de prestigio para el currículum. “La pasión creadora está siendo instrumentalizada por el sistema capitalista para atender a la hiperproducción que exige la era digital. Sigue la lógica de menos inversión y mayor beneficio”, reflexiona la autora.

El entusiasmo se ha convertido así en el motor de la precariedad de los nuevos trabajos creativos y se transforma en una trampa que, aunque moviliza, “sienta las bases de una suerte de explotación contemporánea”. En la época en que Internet ha democratizado el acceso de todos a la creación, Sibila los representa a ellos y a ellas, a aquellos que hoy engrosan una nueva masa de proletarios culturales muy precarizados. En este nuevo entorno online los límites que diferencian entre el hobby y el trabajo, o la práctica profesional de la del aficionado, se han desdibujado.

La precariedad siempre tiene cuerpo y a menudo tiene vulva

La autora observa que la ferocidad del sistema se agudiza entre las mujeres creativas. Mientras que la cultura se ha ido feminizado, alimentándose de un excedente de mujeres precarizadas, formadas en ciencias sociales o humanidades, los trabajos culturales que implican mejores sueldos o más poder (puestos de director o catedrático) siguen reservados para ellos. “La precariedad siempre tiene cuerpo y a menudo tiene vulva”, dice Zafra. Entre aquellas nuevas prácticas que nacen ligadas a la creación online, Remedios Zafra se pregunta en qué medida el género de quienes las ejecutan resulta determinante para considerarlos, o no, empleos.

La red, espacio en el que muchos crean pero en el que pocos rentabilizan económicamente las prácticas más allá de la visibilidad que dan los seguidores o likes, le recuerda a la autora a los trabajos domésticos que tradicionalmente ha desempeñado la mujer. Trabajos en los que el tiempo dedicado a los cuidados no vale dinero. “La analogía con la feminización del trabajo doméstico es pertinente, ya que las mujeres han estado siempre vinculadas a trabajos no considerados empleos, realizando tareas de producción que han legitimado un sistema de precariedad y de subordinación”, apunta.

Las cualidades de estas prácticas feminizadas, apunta la ensayista, tiene similitud con aquellas que ha adoptado el trabajo cultural como la polivalencia, la flexibilidad o la temporalidad. Subraya en este punto como los empleos creativos hoy siguen el camino de la ambigüedad que históricamente ha definido la formación de la mujer. “Alimentar un sistema apoyado en el entusiasmo y en la suficiencia de un pago inmaterial es otro factor que nos resulta tristemente familiar. Bien promoviendo la resignación o sustentándose en la idealización de prácticas vocacionales, afectivas y altruistas, allí habita mucha precariedad feminizada, ese terrorífico mito de que las mujeres ya están pagadas ‘con el amor que reciben”, reflexiona.

Zafra ha desarrollado su punto de vista crítico y feminista sobre el arte, la red y la identidad de género en otras obras como (h)adas. Mujeres que crean, programan, ‘prosumen’, teclean (Páginas de Espuma, 2013), Un cuarto propio conectado. (Ciber)Espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2012) o Netianas. N(h)acer mujer en Internet (Lengua de Trapo, 2005). La escritora, además, trabaja como profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla y es profesora tutora de Antropología Social y Cultural en la UNED. Como le cuenta a sus alumnos, enfrentar la realidad desde la crítica no implica sucumbir ante el pesimismo, algo que Zafra entiende como una forma de resignación. “Parte de la solución es perturbar, zarandear a las personas, pero esta depende de cada uno”. Ella ha pensado un camino hacia el cambio que se construye sobre tres pilares: trabajar la profundización (como primer paso para ese frenar la inercia), la alianza entre iguales frente a la competitividad y el vínculo político para imaginar nuevas estrategias.

La prisa, el invento del sistema que mata la reflexión

La ensayista utiliza habitualmente un teléfono móvil antiguo, con tapa y sin conexión a Internet. Confiesa que es el que usa para hablar con la familia y su pareja. A Remedios Zafra le parece que este artilugio es muy intrusivo, que roba tiempo a las personas. “Esta decisión tiene mucho que ver con la precariedad de los tiempos de quienes tenemos trabajos que no están claramente ubicados en un lugar y en un horario fijo. Como muchos trabajos creativos, la investigación y la escritura no tienen horarios y es difícil desconectar”, cuenta. La escritora señala la prisa “como un invento capitalista” que viaja a través del teléfono, que hace caer a las personas en la trampa de que las cosas no pueden esperar, “que nos jugamos todo en un instante”. “Cuando la vida se iguala a trabajo, el teléfono suele hilar los tiempos. Sus ritmos de instantaneidad son como los de Twitter y WhatsApp, alimentan la ansiedad y no son los ideales si quieres pensar las cosas”, profundiza.

Fuente: El PAÍS