enero 27, 2018

La burguesita indecorosa que se sentó en la ONU y fue embajadora en Finlandia

Isabel Oyarzábal Smith fue feminista, actriz, diplomática, escritora... Una obra en el Teatro María Guerrero dibuja su vida junto a otras 51 mujeres de principios del siglo XX.

Isabel Oyarzábal (segunda por la derecha) junto a otras mujeres de su familia. CENTRO CULTURAL GENERACIÓN DEL 27 DE MÁLAGA

Frente a Primo de Rivera, tres mujeres se sentaron un día de finales de octubre de 1923: Julia Peguero, Benita Asas Manterola e Isabel Oyarzábal querían el derecho al voto femenino. El dictador les contestó que sí, con algún que otro pero y algún que otro recorte, nada de universalidad. Por supuesto aquello no sucedió, y durante los años de despotismo del militar, esas tres mujeres (y muchas otras) buscaron y encontraron la forma de sobrevivir al acogotamiento intelectual y social de una España carcunda.

A ellas, pero sobre todo a Oyarzábal, se consagró la mano y la mente de Blanca Baltés (Madrid, 1974). Así nació Beatriz Galindo en Estocolmo, una obra que estará hasta el próximo 18 de febrero en el Teatro María Guerrero y que, apunta la dramaturga no sin cierta intención, fue idea de Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional. "Su proyecto de rescate de las mujeres olvidadas es a largo plazo, y hay que reconocérselo". Con esa idea, la de rescatar a las mujeres de la Generación del 27, escribió un libreto que más que teatro es memoria, reivindicación, y la petición de que acabe una de las grandes mentiras de la historia: que las mujeres no existieron en ella.

La vida de 52 de ellas se dibujan en una hora y 20 minutos. “Sintetizando mucho, muchísimo”, dice Baltés. Y tanto: con cinco personajes, la dramaturga condensó las trayectorias de varias, y en cuatro coros, resumió el resto. Como ejes, Isabel Oyarzábal y Concha Méndez, la cineasta. “Es un encaje de bolillos. La clave estuvo en elegir un solo personaje que diera título, y esa fue Oyarzábal. Ella me permitía irme a cualquier actividad o estamento social. Cuando leí sobre su vida, lo supe: ella era el hilo. Con ella podía ir a cualquier parte”.

Oyarzábal (Málaga, 1878 - Ciudad de México, 1974) nació en una España analfabeta, encorsetada en la moralidad de una sociedad manejada por la Iglesia Católica que ella vivió a través de la burguesía de provincias de Málaga; creció entre el dinero de un padre comerciante y devoto y la educación y el apoyo de una madre escocesa, protestante, joven y liberal. Frente a las paternales prohibiciones (como no leer a Dumas o Balzac) estuvo la mano materna, que la llevó a conocer otra sociedad, la inglesa, durante los veranos, y la empujó hacia la independencia y la obediencia solo hacia sí misma y sus ideales, progresistas, cultos, a veces incendiarios para el momento y el lugar en el que vivía.

En ese batiburrillo de referencias, lo tuvo claro: la libertad. Fue escritora, actriz, activista feminista, progresista, periodista, política, crítica teatral, fundadora del Lyceum Club Femenino de Madrid, conferenciante, traductora. Y la primera mujer embajadora de España, en Finlandia y Suecia, durante la II República. También fue una de tantos exiliados. Se llamó Isabel Palencia, Isabel Aranguren, Ella, y Beatriz Galindo. Con ese último sobrenombre y el contexto diplomático de la andaluza, Blanca Baltés montó el texto, que acabó siendo una especie de revelación.

“Empecé viendo el documental de Las Sinsombrero, después leyendo La conspiración de las lectoras (Anagrama, 2009)... Me di cuenta de que solo conocíamos a algunas, a muy pocas. Pero hubo muchas, y en muy diferentes ámbitos. Esa lista de olvidadas crecía y crecía…”. Tanto, que a Baltés le supuso un problema encontrar la forma de dar voz a medio centenar de mujeres, porque no quería dejarse a ninguna. “No podía no hablar de Elena Fortún o Victoria Durán; las vidas de unas no podían explicarse sin las de otras y, además, yo tenía la sensación de que me habían robado parte de la historia durante mucho tiempo”.

La imagen del cartel de 'Beatriz Galindo en Estocolmo'. JAVIER JAÉN

Recuerda la investigación para su tesis doctoral, sobre el teatro de los años cuarenta: “Empecé a ojear lo mucho que se había simplificado y resumido el pasado y todos los matices que se habían dejado”. No quiso que ocurriera lo mismo con su obra y se las arregló para que no hubiese excusa posible, logró encajarlas de alguna manera a todas, incluso perpetró una Guía de lectura, una breve biografía de todas las mujeres presentes en la pieza. Victoria Kent, Clara Campoamor, María Teresa León, Margarita Manso, Delhy Tejero, Victorina Durán o Remedios Varo. "Mujeres valientes que coincidieron en Madrid a mediados de la década de 1920", apunta el documento.

Baltés está encandilada, y no lo oculta. Habla de seguido, imparable, de todos los descubrimientos que le ha traído esta escritura y todo lo que la ha llevado hasta ella. De lo faltas que están las mujeres de referentes femeninos, de lo poderoso que es ver cómo crece el número de cabeceras que tratan el tema de feminismo, la violencia de género, la brecha salarial... Las películas que lo reflejan, los libros que lo cuentan, las piezas que devuelven su lugar a aquellas que nunca lo tuvieron. "Y no porque no existieran o fueran pocas, sino porque nos las ocultaron". Ella hace ahora su parte en ese rescate masivo con Beatriz Galindo en Estocolmo; 90 años de escondite parecen más que suficientes.

'BEATRIZ GALINDO EN ESTOCOLMO'


La obra, con texto de Blanca Baltés y dirigida por Carlos Fernández de Castro, estará en la Sala Princesa del Teatro María Guerrero hasta el 18 de febrero. De martes a sábado a las 18:30 horas y domingo a las 17:30 horas.

Sinopsis. En enero de 1937 la primera diplomática española, Isabel Oyarzábal Smith (alias “Beatriz Galindo” para sus lectores), llega a Estocolmo con instrucciones precisas del gobierno de la República. En la soledad de aquellas latitudes, Isabel debe afrontar un obstáculo inaudito, tan enojoso como delicado, que escapa a cualquier previsión. Por ingenio de Concha Méndez, en su ayuda acuden refuerzos no menos insólitos: sus compañeras de vida y causa, pensadoras y creadoras comprometidas con el progreso social, educativo y artístico que marcaron la radiante modernidad, indecorosa y aventurera, de los años veinte.

Por Isabel Valdés
Fuente: El País