marzo 21, 2018

Cristina De Pizán, La Escritora Que Tiene 600 Años Diciéndonos Que Somos Valiosas

Cristina se convirtió en la primera escritora profesional, en su taller trabajaban sólo mujeres; desde hace 600 años, la autora ya trataba de explicar que las violaciones nunca son culpa de la víctima.



A principios del siglo XV, la poetisa Cristina de Pizán entró a la escena pública por tener el atrevimiento de ponerse a discutir con escolapios y hacer críticas sobre la representación de las mujeres en la literatura. A partir de entonces Cristina se convirtió en un referente en la vida intelectual de París.

Su padre era el médico y astrólogo del rey Carlos el Sabio. Don Tomás de Pizán hizo por su hija algo que muy pocos hombres hacían en aquellos siglos: le dio una educación completa y le heredó una biblioteca envidiable. Pero Carlos el Sabio murió, y don Tomás no tardó en ir a la tumba. Al poco tiempo, el esposo de Cristina, Étienne du Castel, falleció también.

Casada a los 14 años, Cristina quedó viuda a los 25, con tres hijos, una madre enferma y una sobrina de los que encargarse. Para sacar adelante a su familia, echó mano de su talento: la escritura. Ella se convirtió en la primera escritora profesional de Occidente; es decir, en la primera persona que de hecho vivía de sus escritos, de la venta de sus libros y de encargos que le hacían personas notorias. Ella misma supervisaba la elaboración de sus textos (décadas antes de que se inventara la imprenta) en un taller donde las copistas e ilustradoras eran mujeres.

En 1405 publicó la que sería su obra más célebre, La Ciudad de las Damas, una reivindicación para el género femenino. Según nos cuenta ella misma, la idea nació cuando, después de una jornada de estudiar arduamente, quiso relajarse leyendo algún libro ligero. Para su turbación se topó con un opúsculo, de un tal Meteolo, que hablaba pestes de las mujeres. Hagan ustedes de cuenta, un Callodehacha de aquella época, que nada más se dedicaba a decir que las mujeres eran perversas:

“Pese a que este libro no haga autoridad en absoluto, su lectura me dejó, sin embargo, perturbada y sumida en una profunda perplejidad. Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos, ni siquiera se trata de ese Meteolo, que nunca gozará de consideración porque su opúsculo no va más allá de la mofa, sino que no hay texto que esté exento de misoginia. Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos —la lista sería demasiado larga— parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia de la naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio”.

Como ven, desde un principio Cristina tiene muy claro que a lo que va enfrentarse no es solamente a uno o dos tarados, sino a toda una cultura misógina, de la que no se escapan ni los pensadores más ilustres. Entonces no se trata de contestar al libelo aquél, sino de construir una demostración que desmonte las ideas misóginas tan enraizadas en su tiempo.

Para ello, Cristina contará con la ayuda de tres Damas: Razón, Rectitud y Justicia, que la visitan en su habitación para decirle que no debe hacer caso de los niños rata:

“Quienes han acusado a las mujeres por pura envidia son hombres indignos que, como se encontraron con mujeres más inteligentes y de conducta más noble que la suya, se llenaron de amargura y rencor. Son sus celos los que les llevan a despreciar a todas las mujeres porque piensan que de esa forma ahogarán su fama y disminuirán su valía”.

Estas tres virtudes la guían en la construcción simbólica de una Ciudad de las Damas. El nombre remite a la obra del filósofo San Agustín de Hipona, quien habló de la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. Ahora, pues, toca levantar esta Ciudad de las Damas, con las historias de mujeres ejemplares de la historia y la mitología (en esa época no había distinción clara). Así podremos ver desfilar los ejemplos de muchas mujeres ilustres: reinas, guerreras, heroínas, filósofas, artistas y santas, mujeres que se destacaron por su inteligencia, sabiduría, compasión, valor, lealtad o devoción.

Lo que más sorprenderá a quien lea este breve libro es lo moderno que resulta para haber sido escrito hace ya 600 años. Muchas de las polémicas que hoy continúan son abordadas por Cristina con gran elocuencia. Uno de sus puntos más importantes es que las mujeres son capaces de hacer cualquier trabajo que hagan los hombres. Al mismo tiempo, aclara que los trabajos tradicionalmente femeninos, como el hilado, no son por ello menos nobles, sino que al contrario, son fundamentales para la vida humana.

“Como veremos más adelante, la historia ha dado muchos mujeres —y en nuestro tiempo también se encuentran— que fueron grandes filósofas, capaces de dominar unas disciplinas mucho más complejas, sutiles y elevadas que el derecho escrito y los reglamentos establecidos por los hombres. Si se quiere afirmar, por otra parte, que las mujeres no tienen ninguna disposición natural por la política y el ejercicio del poder, podría citarte el ejemplo de muchas mujeres ilustres que reinaron en el pasado”.

Hace seis siglos Cristina explicó muchas cosas que aún a la gente de ahora le cuesta mucho trabajo captar. Por ejemplo, ella se toma la molestia de desmentir la creencia de que las mujeres que son víctima de violación se lo “andan buscando”. Demuestra que hasta la mujer más modesta y recatada puede ser objeto del ataque de un miserable violador. Argumenta que las mujeres que se atavían vistosamente no están buscando seducir a los hombres, sino es que ellas gustan disfrutar de la belleza de sus atuendos. ¡Vaya! ¡Seiscientos años y todavía a muchísima gente no le cae el veinte!

De su espíritu moderno también dan cuenta su rechazo al mito de la “edad de oro”, según el cual todo tiempo pasado fue mejor. Cristina es de la opinión que las ciencias, las artes y el avance del conocimiento mejoran la vida humana en el mundo terrenal. En efecto, a este progreso han contribuido las mujeres, que han tenido un papel importante civilizando a los hombres y sacándolos de la barbarie.

Anticipando por varias décadas el Renacimiento del que ella es precursora, demuestra un amplio conocimiento de la historia y cultura de Roma y Grecia. De hecho, hace una curiosa reinterpretación racionalista de los mitos clásicos: dice que las diosas como Minerva y Juno fueron mujeres reales a quienes la ignorancia de aquellos tiempos llevó a que fueran adoradas como deidades.

Hablando de reinterpretaciones, hace lo propio para reivindicar a figuras como Eva, Judith o Medusa, consideradas tradicionalmente como hembras pecadoras que causaron la perdición de los hombres. Cristina hace de ellas heroínas y les quita toda la culpa que a lo largo de los siglos les han achacado. De la creación de Eva a partir de la costilla de Adán, Cristina asegura que ello representa que la mujer debe estar lado a lado con el hombre, y no a sus pies; un sentido totalmente inverso al que desde siempre se le había dado a aquella historia.

Claro, finalmente Cristina, con todo y estar adelantada a su tiempo, es una mujer de finales del Medioevo. No podemos esperar de ella que cuestione el dogma cristiano, la santidad del matrimonio o la complementariedad de los sexos. El último capítulo, dedicado a las santas, contrasta con los anteriores porque es completamente medieval. Siempre me han parecido morbosas esas historias de mártires que sufren horribles suplicios por su fe, y lo que Cristina nos da aquí es precisamente eso. Sus historias de mujeres que afrontaron paciente y resignadamente los maltratos de sus torturadores para alcanzar la santidad seguramente resultarán chocantes para quien las lea en el siglo XXI. Aunque, por otro lado, con tanto gore pueden pasar como relatos pulp bien locochones.

De hecho, aunque muchas de las historias que nos presenta Cristina son históricamente inexactas, el libro es tan ameno e interesante que se puede leer como una colección de relatos extraordinarios, además de ser una obra didáctica y filosófica. La Ciudad de las Damas está dirigido a todas las mujeres; Cristina quería que se leyera ampliamente para que ellas estuvieran conscientes de su enorme potencial y no se dejaran aplastar por los prejuicios misóginos de la sociedad. Seis siglos después, su mensaje sigue vigente.

Escritor, bloguero y nerd profesional. Sus amigas feministas tuvieron la bondad de explicarle cómo estaba la cosa y desde entonces trata de ser menos cretino.
Fuente: Antes de Eva