abril 15, 2018

Ana Penyas y sus abuelas, la revelación del Salón del Cómic de Barcelona


Una parte del cómic ‘Estamos todas bien’.


La primera novela gráfica de Ana Penyas es un viaje íntimo y conmovedor que cuenta la historia de sus dos abuelas, Herminia y Maruja, con la intención de homenajear la vida de todas las mujeres olvidadas de la época franquista. Ilustradora y colaboradora de Pikara, está doblemente nominada en Ficomic 2018.

Ana Penyas.
La ilustradora Ana Penyas (1987, Valencia) ha entrado al mundo del cómic por la puerta grande: acaba de ser nominada como autora revelación de 2017 para los premios del 36 Salón Internacional del Cómic de Barcelona, cita que por primera vez este año intenta llegar a la paridad en las nominaciones. Además, su cómic Estamos todas bien, editado por Salamandra, está nominado a mejor obra publicada en España el pasado año. En esta entrevista nos habla de cómo nació este proyecto, un viaje íntimo y conmovedor que cuenta la historia de sus abuelas Herminia y Maruja, y de cómo la perspectiva feminista ha marcado su trabajo desde el principio de su carrera.

Diplomada en Diseño Industrial y graduada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, su carrera ha sido meteórica. En 2015 fue seleccionada para realizar una residencia artística en De Liceiras 18, Oporto. En ese mismo año recibió una mención especial en Iberoamérica Ilustra 2015 y ganó el VII Catálogo Iberoamericano Ilustra en 2016. Colaboradora de Pikara Magazine, en 2017 recibe el Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic que le permite publicar su primer cómic: Estamos todas bien, obra emocionante y conmovedora sobre sus dos abuelas y la importancia de dar voz a una generación de mujeres silenciada por la dictadura franquista. En el mismo año publica también En Transición; escrito por Alberto Haller y publicado por Barlin, obra que trata de la transición española desde una perspectiva muy crítica.

Quedamos para hablar por teléfono, un martes, a las 15.30 horas.

Estamos todas bien está abierto delante de mí, en la mesa de casa. Antes de marcar su número, me pierdo otra vez en el estilo tan peculiar de sus dibujos en los que consigue mezclar –con una técnica que todavía desconozco– fotografías y trazos de lápiz. Me pierdo observando el corte de las viñetas, las secuencias en las que consigue describir sus abuelas sin utilizar ninguna palabra y todos los detalles de quien tiene una mirada selectiva poderosa.

¿Cómo nació un proyecto que está a nominado como mejor obra en el Salón del Cómic de Barcelona de este año?

Al principio Estamos todas bien fue un ejercicio en una clase de Bellas Artes. El profe nos dijo que teníamos que dibujar una historia breve de cuatro páginas y teníamos que elegir un episodio de nuestras vidas. Hasta aquel día nunca había pensado en contar una historia con mis dibujos. Justo ese día venía de casa de mi abuela Maruja, que estaba empezando a vivir sola. La vi por primera vez en mi vida allí sentada, sola, mirando programas del corazón en la televisión. Me chocó mucho porque mi abuela no se entretenía con ese tipo de programas. Volví muy removida y entonces le pregunté a mi profesor: “¿Puedo contar una historia sobre mi abuela en vez de sobre mí?”. Y ahí está: el último capítulo del cómic es como empecé el proyecto, con un ejercicio. Para mi sorpresa, cuando lo presenté a mis compañeros y compañeras de curso, gustó mucho.

¿Y luego?, ¿cómo llegamos a un libro publicado por Salamandra?

Me presenté en un festival de autoedición que se organiza en Valencia: el Tenderete. Quería transformar la historia de mi abuela en un fanzine pero tenía muy pocas páginas así que rescaté una historia que mi madre había escrito sobre mi otra abuela, Herminia, en 1984. Era una historia muy sencilla que contaba un día de su vida, cuando era ama de casa y no podía con todo el trabajo que esto le suponía. Lo dibujé y ahí está: es la penúltima historia del libro. Junté ambas historias y monté el fanzine que conseguí vender muy bien. Me lancé a transformar todo esto en un cómic empujada por un editor que vio mi trabajo y me comunicó que tenía todas las potencialidades para convertirse en una novela gráfica. Pero no tenía ni idea de cómo lo iba a conseguir. Tenía solo una pequeña estructura: dos historias, dos abuelas. Una de 1984 y la otra del presente. No sabía cómo combinar las dos cosas. En esa época estaba trabajando sobre el franquismo, era un tema que me interesaba mucho. Estaba también en un colectivo feminista. Así que hice una operación: feminismo más franquismo más abuelas. Quedó claro en mi cabeza que, para explicar lo que quería explicar, tenía que ir atrás en el tiempo sin perder la perspectiva feminista que desde el principio ha marcado mi trabajo como ilustradora.

Estamos todas bien es un trabajo sorprendente por varios aspectos. Por un lado, mezclas diferentes técnicas a la hora de componer tus dibujos y, por el otro, la estructura de la historia sugiere un profundo trabajo de ajuste del punto de vista hasta conseguir enamorarnos de las protagonistas de tu historia: tus dos abuelas. ¿Cómo conseguiste transformar una historia tan personal en algo universal?

Pues te digo la verdad: ¡sufrí mucho! Sufrí primero porque estaba convencida de no saber dibujar una historia. Quiero decir que ni siquiera a nivel conceptual tenía en la cabeza lo que significaba contar historias, ¡vamos! Además no era una cosa que me planteaba hacer.

Una imagen el cómic ‘Estamos todas bien’.

La técnica que utilizas para montar las ilustraciones es mixta, contaminada y determina un estilo peculiar, personal. ¿Cómo has conseguido llegar a este tipo de ilustración?

Utilizo la transferencia de imágenes fotográficas con disolvente. Busco fotos o imágenes en internet, las preparo en Photoshop, voy a la tienda de mi barrio y las imprimo con láser. Luego, rayando la hoja al revés con un boli, transfiero la tinta al papel. Es así como consigo obtener ese juego entre foto y dibujo.

El libro está lleno de dibujos de objetos que nos hacen viajar en el tiempo y que ayudan a construir los personajes: viejas fotos colgadas a las paredes, un delantal, cubiertos, platos …

Los objetos de las casas de mis abuelas siempre han estado presentes en mi imaginario y, al escribir la historia, me di cuenta que podían decir mucho sobre ellas, sobre sus feminidades, sus maneras de vivir. Me parecían un elemento narrativo perfecto para describir lo cotidiano.

¿Cómo has encontrado una mirada objetiva en una historia tan subjetiva?

Ese fue el problema. Al principio las personas que leían el cómic no entendían nada de la historia. Al ser ellas mis abuelas y al conocerlas tan bien, era muy difícil entender lo que necesitaba el lector para amarlas como yo las amabas y para distinguirlas. El color en este sentido, así como los objetos, fueron un instrumento que ayudó muchísimo a entender mejor las historias y a separarlas.

Hay otra cuestión bastante peculiar –y muy dulce- en tu novela gráfica y es que tú también eres uno de los personajes que constituyen esta historia. ¿Por qué has tenido la necesidad de incluirte?

Tenía miedo de que alguien pensara que las estaba criticando, menospreciando y no quería eso. Quería que quedara clara mi posición. Tenía dudas sobre el enfoque. Estaba contando cosas feas sobre sus vidas, como por ejemplo la tendencia de mi abuela Maruja a ser sumisa u otras cosas íntimas de sus vidas. No estaba contando nada heroico de ellas pero quería que se notara todo el amor que tengo hacia ellas.

El franquismo es un tema bastante delicado donde se encuentra mucho silencio todavía, casi mucho más silencio que palabras. ¿Cómo te acercaste a este tema y por qué?

Vengo de una familia en la que mi madre y mi padre son personas muy politizadas. Mi madre era una militante de izquierda de la época, así que las palabras sí que estaban en mi casa, se ha hablado mucho sobre el tema. Además personalmente soy la pesada de la familia que siempre ha querido saberlo todo. Si no fuera bastante, poco antes de empezar el proyecto estaba investigando el tema del franquismo con un grupo de amigos y haciendo unas entrevistas a gente mayor. Nos quedamos muy sorprendidos cuando nos dimos cuenta que la gente mayor no solo tenía mucho miedo de hablar del tema sino que también su narración era muy esquizofrénica.

Dibujos del cómic ‘Estamos todas bien’.

¿En qué sentido?

Podían contarte algo terrible que le pasó durante la época franquista y al cabo de un rato comentar que con Franco se vivía mejor. Mis abuelas confirmaron esta actitud pero afortunadamente cuando fui a entrevistarlas estaba ya preparada.

Últimamente hay una ola interesante de ilustradoras, sobre todo viñetistas, que están hablando sobre feminismo y patriarcado con propuestas diferentes. Pienso en Flavita Banana, Emma Gascó, Lola Vendetta, Agustina Guerrero, Núria Frago, La Ché, Moderna de Pueblo, Paula Bonet o Susanna Martín. ¿Cuál ha sido tu relación con el feminismo?

Personalmente empecé pronto a meterme en movimientos sociales. Enseguida me apunté a un colectivo feminista, Histeria colectiva. Me politicé mucho junto al feminismo, un poco antes que explotara como tema comercial, si así lo podemos definir. Empecé con el 15M justo cuando estaba cursando la carrera en Bellas Artes. En ese momento no era tan común cuestionarse ciertos temas. Cuando me pedían hacer carteles intentaba buscar un estilo que se saliera del concepto clásico de ‘cosa bonita’ que una mujer ilustradora tenía que hacer. Quería encontrar otras estéticas para esos discursos. Para el colectivo donde estaba hice muchos carteles que se convirtieron en un terreno de crecimiento estético. Me acuerdo muy bien de un día en el que asistí a un congreso de ilustración donde estaban invitada dos ilustradoras: una dibujaba gatos y la otra chicas bonitas. Parecía que los temas más interesantes, la experimentación a nivel técnico, el contenido político, etc. eran terreno solo de los chicos. Me dio mucha rabia así que me dije a mí misma que quería romper con esta dinámica. Quería aplicar una mirada feminista a todos los trabajos que me pidieran. Pikara es sin duda el lugar donde esta energía es más explícita, pero también en Estamos todas bien he intentado, de manera sutil, mantener alta mi mirada.


Fuente: Pikara