abril 13, 2018

Nuestros cuerpos nuestros territorios



“¿Por qué nos mandan tanta policía para siete mujeres? Nosotros no tenemos armas, ¿por qué vienen así para atajar nuestra agua, nuestro acceso?”, pregunta Fortunata María Huaquira, de la comunidad de Alto Huarca en la provincia de Espinar, a un periodista de Pulso Regional de Cusco.[1] Ella no se explica por qué el ensañamiento de los 40 policías que, con personal de la empresa Glencore que viene ejecutando el proyecto minero Antapaccay, las agredieron cuando defendían sus tierras, el pasado 3 de abril, golpeando a diestra y siniestra a las mujeres que intentaban impedir que la empresa removiera la tierra para desviar el cauce del río Kutumayo desde el cual se aprovisionan de agua y les cerrara el acceso al camino que lleva a sus viviendas.

“¿Por qué tanto atropellos, tanto acoso, por qué tantos maltratos minera Yanacocha? Yo no te hago nada, yo soy ser humano y mi familia vivimos de la tierra o eso es delito. ¿Qué dicen las autoridades?”,[2] se pregunta también Daniel Chaupe Acuña, hijo de Máxima Acuña frente a una nueva arremetida de la Policía Nacional y de personal de la empresa Yanacocha. Incluso, en abierta amenaza y con el afán de herir y causar más dolor a la familia, mataron a su perro, como se puede ver en el conjunto de fotografías que publicó Daniel en su Facebook, recordándonos a los perros matados y colgados por los senderistas para amenazar a los que no comulgaban con sus ideas, como señalando que eso es lo que les va a pasar si se oponían a sus acciones terroristas.

Vivir de la tierra y con la tierra es lo que las mujeres defensoras de la tierra y de los territorios quieren. Exigen su derecho a habitar el lugar donde cultivan y donde hacen crecer sus alimentos, nuestros alimentos, donde crían su ganado, sus plantas, donde entierran sus muertos, donde viven sus dioses y sus diosas. Sin embargo, la presencia de grandes proyectos extractivos, muchas veces inconsultos y que afectan sus modos y medios de vida de manera irremediable, hace que las mujeres se levanten en defensa de sus territorios, de sus tierras, de los bienes comunes. Son mujeres que rompen con lo que se espera de ellas y salen al espacio público, poniendo el cuerpo, siendo muchas veces golpeadas, violentadas sexualmente, amenazadas por las fuerzas de seguridad contratadas por los dueños de los proyectos extractivos o por las fuerzas del orden que protegen las inversiones de las empresas en sus territorios. Ellas sufren diversas formas de violencia y también la criminalización, que no solo incluye la judicialización sino también su estigmatización, para lo cual los medios de comunicación, muchas veces financiados por las propias empresas, son grandes aliados.

Los diversos dispositivos del biopoder se ponen en juego frente a la resistencia de las mujeres para intentar silenciar a las voces disidentes que se alzan contra el modelo extractivista. Intentan, con bastante éxito en múltiples casos, poner a una parte de la población en contra de los defensores y las defensoras, tildándoles de antidesarrollo, violentos, problemáticos, perros del hortelano, etc. En ese sentido, Rocío Silva Santisteban, en una reciente publicación, señala que:

“El biopoder debe actuar de manera efectiva produciendo, entre la población una hostilización ‘natural’ hacia aquellos que cuestionan el desarrollo extractivista. ¿Cómo? A través del fortalecimiento de ese sentido común produciendo un discurso con diversas características que, además, crea una serie de mitos e ideas fuerza. Estos mitos articulan en perfecta armonía las necesidades del corporativismo extractivista que, a veces, no requiere de usar la fuerza directa de la Policía Nacional o de sus fuerzas de seguridad para controlar a la población rebelde, pues serán sus alfiles quienes realicen el trabajo sucio.”[3]

La irrupción de las mujeres en las comunidades defendiendo sus territorios suele ser una respuesta no esperada por los agentes de las empresas, pues ellas han estado tradicionalmente fuera de las decisiones y negociaciones, que solían realizarse entre hombres, como lo testimonia Máxima Acuña en el texto de Silva Santisteban ya citado:

“Pongamos que sus trabajadores de la empresa necesitan entrar a esa tierra, rapidito agarran, lo encuentran al hombre por ahí, le dan la mano, le dicen ‘hola cómo estás amigo, nos puedes permitir, vamos por ahí a una pollería, a una gaseosa, aunque sea un pollito…’ Ese es su trabajo de la empresa que hacen mayormente con los varones.”[4]

La gran resistencia por parte de las mujeres a muchos de los proyectos en diversos territorios de América Latina ha significado que sean un blanco para la represión, la violencia, la criminalización e incluso el asesinato, como mecanismos para enviar un claro mensaje a otras mujeres que siguen el mismo camino. Es la forma de querer mantenerlas en “su lugar”, en lo socialmente establecido. Pero pese a los esfuerzos por silenciar e invisibilizar a las mujeres defensoras, son ellas en toda nuestra Abya Yala las que exigen que se reconozca que hay otras formas de vivir y de existir. Así lo ha señalado Mar Daza, deLa Red Latinoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Sociales y Ambientales, en el conversatorio “En defensa de nuestros cuerpos y nuestros territorios”[5], al mostrar la campaña denominada Rexistir[6] que vienen llevando adelante.

Por su parte, la campaña “Defensoras no están solas”[7], que vienen desarrollando organizaciones como DEMUS, Flora Tristán y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, entre otras, intenta visibilizar cómo se expresa el control de los cuerpos y los territorios en espacios en que se desarrollan proyectos extractivos y cómo la disputa por los diferentes usos del territorio y la prevalencia del extractivismo y los conflictos ecoterritoriales tienen un impacto diferenciado en hombres y mujeres, que requiere ser atendido.

Estas campañas se realizan en un contexto de creciente vulneración de derechos e incremento de la violencia en toda nuestra América Latina, como lo ha señalado la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH:

“La CIDH expresa su consternación con el devastador incremento en la violencia contra aquellas personas que se oponen a proyectos extractivos o de desarrollo, o que defienden el derecho a la tierra y a los recursos naturales de los pueblos indígenas en la región. De acuerdo con información aportada por la sociedad civil, ahora constituyen el 41% de todos los homicidios a personas defensoras en la región.”[8]

También es realmente preocupante el grado de impunidad que persiste, pues las denuncias de los crímenes contra defensoras y defensores, la violencia hacia las mujeres, la usurpación de sus territorios, el despojo del que son objeto los pueblos y comunidades quedan en algún papel que se volverá amarillo de tanto estar en los archivos, mientras se siguen aprobando grandes inversiones en nombre del desarrollo.

Es pues fundamental que se siga articulando los diversos movimientos para proteger a las mujeres que defienden la tierra y los territorios, que se den políticas públicas integrales con este fin en todos nuestros países, que se levanten las voces de hermanas y hermanos en las ciudades para denunciar lo que está pasando en los territorios rurales, que se muestre lo que piensan y sueñan las mujeres en todos los espacios posibles, que se reconozca que los pueblos quieren tener el derecho a vivir de forma diversa, que las mujeres están luchando para sostener la vida, la suya, la de las futuras generaciones y las nuestras, la tuya y la mía, que dependen de lo que produzcan, de lo que conserven las manos y la sabiduría de tantas mujeres y tantos hombres rurales. Es tiempo de decirle a las mujeres que defienden y sostienen la vida que no están solas, que caminamos con ellas en su lucha por defender los bienes comunes en toda nuestra Patria Grande.

Por Rosa Montalvo Reinoso

[1]Derechos Humanos Sin Fronteras Cusco, Video en directo publicado en Facebook el 9 de abril del 2018. https://web.facebook.com/derechossinfronteras.pe/videos/1592140894237766/
[2]Comentario publicado en su Facebook el 9 de abril del 2018.
[3]Rocío Silva Santisteban, Mujeres y conflictos ecoterritoriales: Impactos, estrategias, resistencias. AIETI, CMP Flora Tristán, DEMUS, Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, Lima, 2017, p.19.
[4]Ibid., p. 33.
[5]Organizado por Articulación Feminista Marcosur - AFM y el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristánen el marco de la Cumbre de los Pueblos que se desarrolla en Lima.
[6]http://www.rexistir.com/
[7]https://web.facebook.com/defensorasperu/?hc_ref=ARQ4lbUhjZbj6Gp1dU9QMkYgNqFt6Rxly0-RC1hkYQP_TYV800gGN-OcH-UzkwqsOIA
[8]“CIDH condena asesinatos a defensoras y defensores de derechos humanos en la región”, Comunicado de Prensa, OEA, 7 de febrero del 2017. http://www.oas.org/es/cidh/prensa/comunicados/2017/011.asp