abril 24, 2018

‘Sisters Project’: se buscan angoleñas para desafiar al patriarcado

Parece solo un proyecto fotográfico sobre mujeres africanas pero es la forma que la autora, Djelsa Ariana, ha encontrado para hacer justicia por todas esas veces que a las mujeres se les niega un protagonismo merecido. Durante un año ha retratado 12 rostros, 12 historias, 12 ‘sisters’ que, unidas en hermandad, no piensan dejar de reivindicar su valía.

Sara Lopes posa ante el objetivo de Djelsa en un paraje natural junto al río Kwanza.

Creció adviertiendo que las mujeres solo recibían halagos y reconocimiento el día de su cumpleaños o con motivo de alguna otra celebración específica. Y pasó de ser la adolescente que soñaba con dedicarse a las artes a emprender su primer proyecto fotográfico en un país, Angola, en el que el movimiento feminista organizado nació hace menos de dos años. Así Djelsa Ariana (Benguela, 1987) decidió contrarrestar lo que siempre había considerado una injusticia: que los méritos profesionales y personales de las mujeres quedaran eclipsados por la maternidad.

Djelsa Ariana, autora del proyecto.

Tres meses de gestación fueron suficientes para alumbrar su ‘Sisters Project’, concebido como un espacio de mujeres que, como hermanas, se apoyan y no aceptan el papel de rivales. Los retratos son la esencia de cada una de las sisters, sus gustos, logros y aspiraciones. Una forma de gritarle al mundo que no solo de parir vive la mujer. Y que es posible divorciarse de la sumisión. “Podemos ser madres y esposas, pero también podemos soñar más, trazar objetivos de vida nuevos, trabajar y alcanzar las pasiones que alimentan nuestra alma”, decía el post de presentación. Las sisters, además de posar, dan a conocer sus historias de vida por medio de un texto que acompaña los retratos. “Ese es el objetivo: que se nos diga lo que hacemos bien. Es importante para darnos cuenta de que somos capaces, que podemos llegar lejos… el problema es que aquí las mujeres no saben el potencial que tienen”, admite Djelsa.

El decorado son las calles, edificios, parajes, ríos y otros recovecos de Luanda. La capital de Angola es una ciudad de rascacielos y casas de chapa; con un recién estrenado Congreso de los Diputados que costó 280 millones de euros y miles de zungueiras —vendedoras ambulantes que caminan todo el día con la mercancía en la cabeza— que se ven solo unas calles más allá, dejando un reguero infinito de pasos, afanadas en llegar a las ventanillas de los coches atascados. Donde las mujeres también cargan con una tasa de analfabetismo del 47 por ciento —frente a un 20 por ciento de los hombres, según la UNESCO—, la undécima tasa de mortalidad materna más elevada del mundo y un protocolo de violencia de género —violencia doméstica la llaman— que incluye una “sesión de reconciliación” para forzar el perdón al agresor. Sin embargo, la mujer más rica de África es angoleña. Isabel dos Santos, la hija mayor del expresidente que acaba de dejar su cargo tras 38 años, tiene al menos 3,4 billones de dólares según Forbes.
Doce mujeres que reivindican su derecho a realizarse

Pintora, arquitecta, poeta, chef, activista LGTBIQ+, brand-guardian, diseñadora, bloguera, doula… Las sisters buscan realizarse en sus distintas ocupaciones. Independientes y luchadoras, aunque no inmunes a unas inseguridades labradas en la tierra fértil de la sociedad patriarcal. Abonada por todos y todas: “Creo que no nos damos cuenta, pero tenemos una venda en los ojos. Nos hacen competir por medio de ropas, bolsos, zapatos, culos y tetas cuando en realidad tenemos los mismos desafíos, problemas y dificultades”, se confiesa Sara Lopes frente al río Kwanza. Moja la punta de sus dedos, ajusta el pañuelo que dibuja una equis sobre su torso, atusa los miles de caracolillos ásperos que brotan de su cabeza, mira a la cámara de frente.

Las sisters tienen la mirada llena de otros mundos. La oportunidad de viajar les ha permitido conocer lo de aquí y lo de allá. Y poder combinarlo. Pero no son una muestra representativa de las mujeres en la sociedad angoleña: mientras la media nacional se sitúa en 5,7 hijos por mujer, la única de las sisters que conoce la maternidad es Sara, quien tiene un niño. Y ha convertido esa experiencia en su forma de vida: trabaja dando apoyo durante el embarazo, preparación al parto y acompañamiento en los primeros meses del bebé. “Oye, nuestros hijos necesitan ver que sus madres son mujeres seguras, que no dejan que sus padres les quiten la dignidad… Y así ir construyendo el futuro. Pero es verdad que el hecho de obligarnos a escribir algo bueno sobre nosotras y exponerlo públicamente ya se nos hace difícil, porque es algo que no ocurre todos los días”, reafirma Sara Lopes.

Sara Lopes en la sesión fotográfica de Sisters Project.

La orla de mujeres inspiradoras de Angola cuenta con 12 sisters desde que, en el mes de marzo, el proyecto cumpliera un año y Djelsa Ariana diera por finalizadas las sesiones de fotos. El próximo objetivo, para el que ahora está buscando patrocinio, es que de las paredes de una de las salas de exposiciones más prestigiosas de Luanda cuelguen los retratos e historias.

Como la de Nádia Barros, que posa delante de un paisaje de grúas y cemento, con el Atlántico de fondo. Pero a Nádia hay que imaginarla con el birrete, radiante y recién licenciada en Arquitectura y Urbanismo por la Universidad Agostinho Neto. Con el diploma enrollado y sujeto con firmeza en una de las manos. Ocurrió hace dos años, tras acabar sus estudios como la primera de la clase con premio —mejor proyecto de último año— incluido. Hay que imaginarla ahora, trabajando para dos empresas privadas de su área y “asumiendo las consecuencias” de cada éxito. “Oyes frases como ‘esta parte del proyecto, que es más difícil, que la haga fulanito’, ¿y esto lo has hecho tú, de verdad?, ‘claro, fue más fácil para ti por ser mujer’… La arquitectura es un mundo masculino y por eso me toca ser cuestionada por mis méritos”. Parece debatirse entre la rabia y la resignación, aunque enseguida se recupera y admite que, a pesar de todo eso, al verse en las fotos se sintió Wonder Woman.

En plena crisis económica por la caída estrepitosa del precio del petróleo, se buscan con urgencia superhéroes —y superheroínas— para recomponer el país. Porque, desde el final de la guerra civil en 2002, el crudo fue la panacea que tapó la escasez de incentivos a otras áreas. Angola consiguió posicionarse como el segundo país productor de petróleo en África, solo por detrás de Nigeria. Pero ahora del subsuelo no se extraen billetes tan grandes y Nádia Barros se siente motivada para participar en el cambio: “Nuestra generación pondrá a Angola donde se merece”, profetiza.
Valores ‘Made in Angola’

Tejer orgullo africano. Como quien coge unas mimbres antiguas, las retuerce y entrelaza hasta conseguir algo bello, bien armado. También útil y duradero. Construir un feminismo africano, otro de los objetivos del proyecto, se ha convertido en una labor de artesanía. La sister Djanira Barbosa vive con el empeño de cambiar la mentalidad de quienes pretenden buscar fuera lo que es posible encontrar dentro de ‘su’ Luanda. Defiende que, con los años, se ha dado cuenta de que es la mejor ciudad del mundo, aunque no sea un pensamiento muy común: “Procuro entender lo que hace que mucha gente no tenga ese sentimiento e intento cambiarlo. Me gustaría que miraran a través de mis ojos, que admiraran más y juzgaran menos. Hay que amar lo que se tiene”.

Fruto de ese amor, a finales de 2014, nacieron dos ideas: LuandAlternativa, el blog y la página de Facebook que promueve la vida cultural —”lo que deben leer los que dicen que aquí no hay nada que hacer”, puntualiza— y #cidadedeLuanda, una cuenta de instagram en la que Djanira publica fotos —y anima a participar con ese hashtag— con el propósito de destacar la belleza de la cultura y vivencias del día a día en Luanda.

Aunque no todas tienen la posibilidad de vivir con orgullo esa —su— identidad cultural. La sister Paula Sebastião, bisexual y genderqueer, reconoce que antes evadía las preguntas sobre su identidad de género. Que la temporada que vivió en Portugal le sirvió para coger aire: “Allí pude conocer, quitarme el miedo… y hoy lo grito a los cuatro vientos, fue un proceso de empoderamiento”. El alma flexiva, cultivada y libre que se intuye en ella sueña con despertar las conciencias dormidas de quienes la juzgan por vestir como le pide el cuerpo. “La discriminación que de verdad vivo a diario es tener que escuchar ‘¿es una chica o un chico?’ y que se asocie a mi identidad cultural como angoleña. Porque muchos piensan que un verdadero angoleño no puede tener un género no binario”, explica.

Paula Sebastião, activista LGTBIQ+, es una de las creadoras del Archivo de Identidad Angoleño.

El discurso de Paula —Pamina para las amistades— es el de unir fuerzas para desarmar a quienes les tachan de no seguir las “tradiciones africanas” o de “importar una moda occidental”. Con ese propósito creó el Archivo de Identidad Angoleño (AIA), una web que busca registrar la existencia invisible, la violencia invisible y las hazañas invisibles de una comunidad que lucha por quitarse el yugo de la invisibilidad. Que sirve para recordar, por ejemplo, que existían hace tiempo las personas transgénero, quienes participaban en determinados rituales y suponían un orgullo para la tribu. El mismo orgullo que llena la boca de Paula cuando cuenta que, desde hace seis meses, ya son tres los grupos LGTBIQ+ en Angola.
El inconformismo que trae cambio

Qué son las sisters sino creadoras de cambio. Como Laihla Évora, que recuerda cocinar con su abuela y su tía en Cabo Verde, su tierra natal, que dejó por Angola a los 12 años, donde se formó en Gastronomía y abrió su propia empresa de repostería. O la sister Swelynka Rosado, cuyo talento con la pintura le valió una beca en Hong Kong y hoy, asentada de nuevo en Luanda, sueña con exponer en galerías de arte; o Miriam Borges, que superó una enfermedad rara; o Stephanie Vasconcelos, que defiende el derecho a viajar solas; o Petra Mendes, que se proclama imperfecta contra la tiranía de la perfección impuesta a las mujeres.

Ellas, delante del objetivo y Djelsa Ariana, detrás. Dice que aprendió la rebelión en casa. Su madre Odete —hija de inmigrantes portugueses de la época colonial—, quien da apoyo logístico al proyecto, recuerda entre risas la lista de restricciones con las que fue educada. Los deportes que no podía praticar, los pantalones cortos que no le permitían vestir y los bikinis tamaño XXL que se remangaba al máximo para disgusto de su madre. Afirma que se prometió ser totalmente diferente si tenía descendencia y así lo cumplió cuando tuvo a Djelsa, sin haberlo planeado, con 19 años y soltera. Un espíritu inconformista que ahora comparten madre e hija y, cada vez, más angoleñas.

Fotos: Sandra Lario / Luanda (Angola)
Fuente: Pikara