julio 19, 2018

España cuarenta años después, apelando otra vez a la Constitución. Las feministas creen llegado el momento de que la ley fundamental visibilice y potencie la igualdad entre sexos.


Manifestación feminista del Día de la Mujer de 1978 en Madrid. CHEMA CONESA

La palabra mujer se cita solo dos veces en la Constitución. La primera para describir el matrimonio y la segunda para eliminar el derecho a la sucesión de la Corona de las hijas si tienen algún hermano. El resto está escrito en ese genérico masculino en el que muchas ya no se reconocen: los españoles, los trabajadores, los ciudadanos, o aquel “todos tienen derecho a la vida” en lugar de “todas las personas” donde se ha atascado durante años el debate del aborto. Y eso que las feministas ya avisaron en 1978... Con la fórmula ‘todos’ caben también los fetos, con ‘personas’ quizá no.

Han pasado 40 años desde que se redactaba la Constitución y ahora que sobre ella planea una reforma las mujeres no quieren perder la oportunidad que les fue negada entonces. Ni una sola hubo en aquella comisión; la oposición se ejerció puertas afuera. La vicepresidenta Carmen Calvo ha pedido a la Real Academia Española (RAE) que informe sobre la posibilidad de cambiar esa redacción de la ley fundamental por un lenguaje inclusivo y se ha armado el belén. Algunos académicos manifiestan cierta alergia al lenguaje inclusivo, aunque no conocen las propuestas que sobre este asunto se hacen desde los años ochenta. Y algunas académicas son de otro parecer.

“El lenguaje inclusivo no es un lujo cultural, ni solo una oportunidad de visibilizar a la mujer, también tiene efectos prácticos y en la Constitución quedó demostrado”, empieza Begoña San José, del Fórum de Política Feminista, una histórica del movimiento. Recuerda que entonces no se hablaba de lenguaje inclusivo como tal, pero en algunos artículos el redactado dejaba cierto tufillo “de supeditación de la mujer al hombre o a un concepto familiar muy franquista” que ellas trataban de eliminar. “Si se abre la Constitución habrá que emplearse en la garantía de los derechos sociales y ahí el lenguaje inclusivo será muy importante”, dice.

Carmen Calvo cree llegado el momento de que el texto constitucional “tenga un lenguaje respetuoso con ambos géneros que eso se corresponda con una democracia desarrollada con los derechos plenos de las mujeres”. Asegura, en declaraciones a este periódico, que se ha consultado a la RAE por deferencia con la institución y no entiende por qué se ha montado esa polémica. “Quien no entienda que las mujeres no nos podemos sentir llamadas en masculino es que no quiere entenderlo”, zanja. “Hay que ir cambiando las cosas con normalidad, cuidado y esfuerzo”, añade.

LA MUCHACHA TOMÓ LA PALABRA Y SOLO DIJO UNA COSA: ¡COJONES!

En 1975, Teresa Meana estaba en una asamblea estudiantil multitudinaria en la Universidad de Oviedo. Allí nadie se aclaraba. Un joven se quejó: “¿Esto es una asamblea o qué cojones es?”. Otro le respondió: “Cuidado compañero, que hay señoritas aquí”. Algo después le llegó el turno de palabra a Begoña, la amiga de Teresa. “Solo quiero decir una cosa: ¡cojones!”. “Entonces era una liberación. Las palabras nos pertenecen a todos y a todas y lo que no se nombra, no existe, llevamos años recordándolo”, dice Teresa Meana. Por eso el mundo feminista no reconoce gran autoridad a la RAE, donde no encuentran eco. En 1889, Teresa Claramunt escribía: “En el orden moral, la fuerza se mide por el desarrollo intelectual, no por la fuerza de los puños. Siendo así, ¿por que se ha de continuar llamándonos sexo débil?”. Lo recuerda Nuria Varela en su libroFeminismo para principiantes (Ediciones b). Más de un siglo se ha añadido un “úsese con intención despectiva o discriminatoria”. En 2001, la RAE definía feminismo como una “doctrina favorable a la mujer...”. Ahora es: “ Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”.

“Si dicen que ellos son meros notarios de los que ocurre, que estén más atentos”, pide Justa Montero.

El asunto ha saltado rápido a un primer plano y en esta ocasión las mujeres no parecen dispuestas a que otros aspectos, como las nacionalidades o los territorios, arrumben la igualdad. “En aquellos años fuimos gradualmente posibilistas. Yo en el PSOE me pasé 20 años tratando de que los líderes nos mencionaran en sus discursos y siempre se les olvidaba”, señala María Izquierdo, diputada constituyente en 1978, quien valora lo conseguido en aquel texto, pero hoy ve otras exigencias de calado feminista. Y recuerda el muy digno papel que jugaron las mujeres diputadas de todos los partidos que había entonces, "incluso aquellas que pertenecían a partidos que las habían nombrado con cierta voluntad de lo que se llamaba entonces mujeres floreros".

En efecto, los artículos 9 (“la libertad y la igualdad del individuo”) y 14 (“los españoles son iguales ante la ley”) han dado cobertura a numerosas leyes como la de Igualdad, Violencia de Género, etcétera. “Pero ahora podría definirse el concepto de igualdad”, quizá en el capítulo preliminar, “y eso daría amparo a otros avances, como los que tienen que ver con la brecha salarial”, por ejemplo, dice Concepción Torres, secretaria de la Red Feminista de Derecho Constitucional y profesora de esta materia en la Universidad de Alicante. “No fuimos sujetos del pacto constitucional, fuimos objeto de aquel pacto, por tanto, pactadas; y ahora queremos ser visibilizadas, que no se dé por supuesto que estamos bajo ese lenguaje masculino. Si somos sujeto, daremos vía a derechos específicos que afectan a las mujeres, si no, solo nos harán guiños, o nos los negarán cuando convenga. Además, la Constitución debe introducir la paridad como exigencia democrática”, dice Torres, quien percibe entre su alumnado cómo ha cambiado el cuento, y no solo entre las chicas, que ya no se ven representadas en la redacción del texto constitucional.

A la muerte de Franco, las feministas españolas se rearmaron rápidamente, pero durante años estuvieron luchando sin referentes, enterrada la memoria de las grandes mujeres de la República, ahora muy reivindicada. Ya en los primeros ochenta empiezan a salir guías para incorporar el lenguaje inclusivo, como hizo el equipo Nombra, del Instituto de la Mujer en Madrid. Lo recuerda bien quien entonces era profesora de Lengua en Oviedo y previamente estudiante de filología en la universidad franquista, Teresa Meana. “Antes de los ochenta, cuando se pedía la libertad de los presos, nosotras siempre añadíamos: ‘y de las presas por delitos específicos’, porque muchas mujeres estaban encarceladas por adulterio [hasta seis años] y por aborto. Pero el lenguaje inclusivo llegó después”, dice. No se olvida de mencionar a las sabias de este asunto, Mercedes Bengoechea, Ana Mañeru, Eulalia Lledó...

Por eso, cuando ahora la RAE muestra una actitud contraria al lenguaje inclusivo, las feministas ya no responden con la paciencia que tuvieron hace décadas. “No tengo el menor respeto por la Academia. En inglés no hay y no pasa nada. ¿Por qué mantener un club de señores enfurruñados que no respetan la igualdad. Su diccionario no refleja la lengua, refleja el poder. Parecen los dueños del idioma. En Francia, los académicos se llaman a sí mismos ‘los inmortales’. En fin”, dice Meana.

“Es verdad que entonces no nos preocupábamos tanto por el lenguaje, pero las discrepancias con el contenido sí que nos obligaban a hacer una redacción distinta. Por ejemplo, siempre pedimos una educación laica, mixta, gratuita y obligatoria, o sea, sin menoscabo por razón de sexo. El lenguaje es vital en cualquier texto jurídico o legal. Con el aborto se desmostró: si en lugar de dejar aquel ‘todos’ lo hubieran cambiado por ‘personas’ nos habríamos evitado las argucias con el lenguaje que tanto han usado los antiabortistas”, dice Justa Montero, otra feminista histórica que se batió el cobre en aquellos años. Unas hicieron lo que pudieron desde dentro del Congreso y otras protestaron a las puertas.

Por Carmen Morán Breña 
Fuente: El País