julio 05, 2018

"Primero, se llevaron a Dilma”: La lucha feminista en Brasil ha sobrellevado dificultades, pero no estamos solxs

Una joven activista feminista de Brasil describe el ciclo colectivo de dolor, duelo y esperanza que ella y sus compañerxs experimentaron durante los recientes sucesos políticos.
Esperanza juvenil y activismo feminista

Hubo un tiempo en que nosotrxs, lxs activistas feministas de Brasil, verdaderamente creíamos que nuestro trabajo, nuestras ideas y nuestras acciones eran suficientes. Suponíamos que podíamos cambiar las realidades de todas las mujeres y niñas. En algún momento entre los años 2004 y 2006, como joven feminista cultivé una infatigable rutina de hacer mi equipaje y viajar a Brasilia, la capital de Brasil. Nos sentíamos a gusto en Brasilia, donde se encuentran todos los organismos gubernamentales.

© Fernanda GrigolinCamila Galdino durante el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en Ciudad de México, 2009.

Allí interactuábamos con el gobierno, en especial con el Partido de los Trabajadores (PT), que creíamos era nuestro aliado. Este mismo gobierno nos invitaba a sentarnos a la misma mesa, para dialogar como iguales. Parecían, en ese momento, escuchar nuestras demandas y mantenernos actualizadxs sobre la facilidad o las complicaciones para ejecutar nuestros proyectos e intereses. A pesar de que el racismo y los otros problemas que ahora planteamos ya existían antes, había una agenda colectiva. Volvía a casa, cada vez, con una ligera sensación de misión cumplida.

Varios años más tarde, inesperadamente, observé desde lejos cómo mis compañerxs y amigxs queridxs eran alcanzadxs por balas de goma, gas lacrimógeno, y una enorme y real sensación de impotencia.

Abandonamos nuestra esperanza junto a la sangre derramada de Marielle Franco, en las oscuras calles de Río.
El nuevo Brasil

Primero, se llevaron a Dilma Rousseff. Era una de las pocas presidentas democráticamente elegidas del mundo, y fue destituida de la administración del país a través de un golpe de estado que colocó en el poder a Michel Temer, el vice-presidente de un partido político conservador. Con esa maniobra también se anuló una victoria feminista.

Desde sus primeros días en funciones, Temer mostró que el nuevo Brasil estaba compuesto por varones blancos, y que la mesa a la que solíamos sentarnos a tomar café y conversar estaría ocupada, a partir de ese momento, por fascistas y militares. Ya entonces las cosas comenzaron a verse distintas, extrañas y muy incómodas, pero tratamos de continuar, creyendo que revertiríamos esta historia.

Y de pronto, cada persona negra y pobre, cada mujer y activista LGBT, cada activista de los movimientos sociales fue alcanzadx por las cuatro balas que impactaron en la concejala Marielle Franco en la calle Joaquim Palhares en el centro de Río de Janeiro. Abandonamos nuestra esperanza junto a la sangre derramada de Marielle Franco, en las oscuras calles de Río.

© YouTube user: 5 minutinhos de AlegriaConcejala Marielle Franco.

Comprendimos que el poder y las armas que portan eran más potentes y rápidas que nuestras voces, nuestras ideologías y nuestro deseo de un Brasil justo e igualitario. Estos balazos fueron sentidos visceralmente por las miles de personas que participaron en el Foro Social Mundial (FSM) que tuvo lugar en Salvador de Bahía este año. Mientras estábamos sesionando, discutiendo y planificando acciones concretas para lograr cambios en el mundo, esos cuatro balazos nos pegaron sin aviso, privándonos de la posibilidad de defendernos.

Con la noticia, en el FSM el estado de ánimo pasó de la esperanza y la ambición al duelo, el dolor y la impotencia. Aun así, intentamos acopiar los recursos mentales y emocionales que teníamos (e incluso aquellos que no teníamos) para persistir, multiplicarnos, y convertirnos en Marielles, Claudias, Luanas, Amarildos, y en tantxs otrxs que fueron lastimadxs mientras luchaban por sobrevivir al racismo, el patriarcado, la violencia estatal y la explotación económica.

Desde entonces, he intentado creer que esta cadena de acontecimientos es sólo una pesadilla; que sí, otro mundo es posible.

Con voces quebradas y diferentes acentos, decían «¡No estamos solxs!»

Recuerdo ese día, el 14 de marzo, como uno de los más intensos y tristes del año. El café que tomé esa mañana era más amargo que de costumbre. Lloré cuando escuché a Dilma hablando en una de las sesiones plenarias del Foro Social Mundial (FSM). Parecía estar tan cerca de mí que podía sentir la convicción en su voz. Lloré cuando recordé el sol abrasador, cuando escuché, con una sonrisa tímida, a mis hermanas negras de Brasil y de otros países de América Latina expresar sus emociones, con voces quebradas y diferentes acentos. Decían que no estamos solxs, y demostraron que mi vida, mis emociones y mis luchas eran las mismas que las de ellas y las de muchxs otrxs como nosotras.

Mientras nos esforzábamos por hacer el duelo y curar nuestras heridas de bala, pocos días más tarde vimos en televisión cómo Lula da Silva, un ex-presidente que había cambiado la historia de Brasil, era arrestado arbitrariamente sin pruebas suficientes.

Desde entonces, he intentado creer que esta cadena de acontecimientos es sólo una pesadilla; que sí, otro mundo es posible; que la presidenta no sufrió un golpe de estado; que una concejala feminista negra y lesbiana no fue brutalmente asesinada; que el Presidente Lula no fue encarcelado políticamente; que el derecho al aborto se acerca; que la violencia contra las mujeres disminuirá; que los militares desocuparán las favelas de Río de Janeiro y dejarán de asesinar personas negras y pobres. Pero como dijo Simone de Beauvoir, «Es horrible asistir a la agonía de una esperanza».

© Midia NinjaAsamblea de Democracias en el Estadio de Pituaçu durante el FSM en Salvador de Bahía, 2018.

Sin embargo, sigo llevando conmigo ese incansable deseo de la joven feminista que era en los años 2000, que hacía su equipaje y partía en viajes mensuales hacia los elaborados diálogos en Brasilia. Seguiré creyendo en la nueva generación que ya entiende que no podemos vivir solo de políticas públicas. También creo en mis companheirxs de movimientos sociales diversos. A medida que continuamos resistiendo en las calles y en nuestras comunidades, seremos cada vez más fuertes.

Creo especialmente en la lucha de mis hermanas negras, que siguen comprometidas con la visualización y la manifestación del futuro. Tengo la esperanza de que algún día volveremos a las calles, inmunes a los balazos, y que entonces celebraremos una victoria alcanzada con tanto esfuerzo.

Por Camila Galdino
Fuente: Awid