mayo 24, 2026

Las Hijas de Felipe: “Las monjas del Barroco eran absolutas maníacas de la escritura”

Lo mismo te hablan de un MeToo conventual que de monjas menstruando o de nuevas masculinidades barrocas: Ana Garriga y Carmen Urbita acaban de publicar ‘Instrucción de novicias’. Hablamos con ellas de feminismo, ‘nunwashing’ y mujeres que escriben.

Carmen Urbita y Ana Garriga, autoras de ‘Instrucción de novicias’. David F. Sabadell

La grabadora está ya en ON cuando me levanto a buscar en la impresora la copia de las preguntas de esta entrevista y, apenas empiezo a editar, escucho a Ana Garriga y Carmen Urbita hablar de mascarillas de ácido oligohialurónico y biocolágeno. Lo cuento como anécdota para que sigas leyendo pero también porque la luminosidad de la cara no es un tema ajeno a las monjas de los siglos XVI y XVII. Ningún tema es extraño a las mujeres de los conventos del Barroco para Las Hijas de Felipe, las filólogas que lo mismo te hablan de un MeToo conventual que de monjas menstruando o de nuevas masculinidades barrocas.

Instrucción de novicias, el libro que ha salido en febrero con Blackie Books, pero que desde noviembre de 2025 tiene edición en inglés (Convent Wisdom, se titula), es la excusa para hablar con ellas. Unidas por un doctorado en 2016, hoy ya doctoras, creadoras del podcast Las Hijas de Felipe que lleva seis temporadas recuperando y reinterpretando a las monjas del Barroco y, con ello, el papel de las mujeres en esa época histórica, Ana y Carmen pasaron por El Salto para hablar de monjas, nunwashing, feminismo y escritura. Sobre todo, de escritura.

Habéis escrito el libro a cuatro manos. ¿Realmente se puede escribir entre dos? ¿Cuáles son vuestras instrucciones para hacerlo?

Carmen Urbita: No valen unas instrucciones para todo el mundo.

Ana Garriga: Debe de ser muy difícil escribir a cuatro manos si no tienes muchísima cercanía afectiva e intelectual con la persona con la que escribes. Carmen y yo nos conocimos en 2016 y empezamos una especie de itinerario casi militar de formación en el doctorado en Estados Unidos. Cursábamos todas las clases juntas, hemos compartido mucho de procesos intelectuales, muchísima batería de lecturas, nos hemos leído la una a la otra… Creo que también el libro llega en un momento en el que el podcast ya tenía mucho recorrido y, aunque el podcast es muy diferente porque es dialógico, a medida que iba avanzando nos acostumbramos, lentamente, a usurparnos la voz. 

C. U.: El episodio está dividido en tres partes y cada una guioniza diferentes partes, pero el diálogo lo hace la misma pensando en qué diría la otra. Es verdad que una de las cosas que más costó de Instrucción de novicias fue narrarnos en primera persona del plural, que no era algo que nos hubieran sugerido los editores. Es un libro atípico, medio ensayo, medio memoir de nuestra experiencia del doctorado, y optamos por esa primera persona del plural. Fue mucho ensayo-error también. En un libro de monjas donde Dios es el ausente, lo único místico místico del libro es eso, la manera en la que fuimos capaces de encontrar esta primera persona del plural que ni es enteramente Ana ni soy enteramente yo. Cada una sacrificó sus propios vicios de escritura para encontrar esa voz que no nos pertenece a ninguna pero servía para dar voz a todo lo que queríamos contar. Funcionó muy bien, porque yo estaba todavía en Nueva York y Ana en Madrid. Entonces, cuando ella despertaba, yo ya había escrito una parte y al revés. 

A. G.: El milagro que quiere cualquier persona que escribe: levantarse por la mañana y que mágicamente dos páginas más se hayan escrito. 

MUCHO MÁS QUE LAS MONJAS, QUE LA CULTURA CONVENTUAL O QUE CASI TODO LO QUE MÁS NOS OBSESIONA, NUESTRA OBSESIÓN COMPARTIDA ES EL LENGUAJE

Vamos a hablar de monjas, pero de monjas que escribían. ¿Qué escribían las monjas y por qué os interesa su escritura?

A. G.: Mucho más que las monjas, que la cultura conventual o que casi todo lo que más nos obsesiona, nuestra obsesión compartida es el lenguaje y, de hecho, nuestras tesis son muy diferentes, pero las dos están muy atravesadas por cómo textualizar la realidad, por el lenguaje. ¿Qué escribían las monjas? Siempre se ha dicho que el único género disponible para las monjas era la autobiografía por mandato. La situación típica era una monja con visiones o con ciertos dones místicos, o con ciertas visiones diabólicas, a la que el confesor le pedía que pusiera por escrito una autobiografía espiritual. Y hay muchas autobiografías espirituales. Pero también se empieza a diversificar mucho en la escritura conventual. 

C. U.: Por ejemplo, las carmelitas descalzas escribían no solo cartas, sino cosas para ellas. El Instrucción de novicias original, que es de la carmelita María de San José, está pensado para las monjas que están por venir, las que están por aprender. Escribió también el Libro de recreaciones, que es un diálogo humanista, una especie de biografía de Santa Teresa, pero convertida en diálogo. Son los ratitos de recreación que tenían las carmelitas descalzas, convertidos en texto de alguna manera, hablando de la vida de la santa. 

A. G.: También escribían tratados espirituales, crónicas... Algunas de ellas tienen mucha obsesión con que no las narren, ellas parten de que también tienen derecho a contar la historia de su orden y la fundación de sus conventos. Entonces escriben crónicas, escriben vidas de otras, que eso es precioso…

C. U.: Hace muy poquito fuimos a un antiguo convento de Mallorca, porque hicimos un episodio en directo. Y, antes del directo, nos dejaron estar libres —que fue un poco inconsciencia por su parte— por las antiguas celdas de las novicias. Cotilleamos un poco porque cómo no lo íbamos a hacer, y encontramos en un cajoncito un cuaderno que yo creo que sería de principios del siglo XX de una monja con una caligrafía perfectísima hablando sobre la enfermedad y la muerte de otra de las monjas. Hay una práctica de escritura conventual transhistórica que ha continuado. Nosotras nos centramos en esa época, pero es muy increíble cómo se aferraban a cualquier tipo de discurso para textualizar su experiencia y encontrar su subjetividad. 

¿Por qué podían escribir? ¿Qué les da acceso a la escritura? 

A. G.: Muchas veces, el mandato. El caso más paradigmático que quizás sea el Libro de la vida de Santa Teresa, que es este género de autobiografías por mandato, pero enseguida se da un fenómeno, sobre todo en un contexto como postridentino…

¿Pos… qué?

A. G.: Me refiero a después del Concilio de Trento, que es cuando más se refuerza la clausura. Tener una monja en la carrera del estrellato era muy lucrativo para los conventos y una manera de los confesores para para avalarse espiritual y políticamente también. Entonces, cada vez hay más autobiografías por mandato, es muy difícil encontrarte un convento del siglo XVI o XVII en el que no haya habido monjas a las que se les ha obligado a escribir una biografía. Pero sería muy erróneo pensar que solo escriben autobiografías. Escriben muchísimos poemas, poemas místicos. 

C. U.: Villancicos, canciones para recrearse, sencillamente. 

A. G.: Y creo que también es porque en el convento no están sometidas a las lógicas reproductivas. Para una mujer en el siglo XVII, su vida doméstica dentro de un matrimonio heterosexual era... Si yo cada mañana me levanto y pienso cómo lo hace la gente con hijos porque malamente me da tiempo a poner mis lavadoras, ¡no me quiero imaginar en el siglo XVII! Entonces creo que también el convento se convierte en un refugio intelectual. 

Habláis en algún momento de cómo estos textos están plagados de “sutilezas lingüísticas”. ¿Me podéis poner algún ejemplo?

C. U.: Hablamos del convento como refugio intelectual y, sin duda, muchas veces lo era. Pero, también, muchas veces destacar las ponía precisamente en el punto de mira de la persecución y en que las leyeran con lupa. Y también estaba siempre respirando ahí detrás, en la nuca, la Inquisición. Ellas eran muy conscientes de eso y por eso desarrollaron un estilo retórico que nos encanta, porque es muy sutil, muy polisémico, de manera que están diciendo ciertas cosas, pero a la vez perfectamente se puede entender que están diciendo otras. Ellas buscan una manera de salirse con la suya sin dejar de tener el cuidado suficiente como para que no las persiguieran demasiado. 

C. U.: Supongo que uno de los casos más emblemáticos es el de Sor Juana Inés de la Cruz, que además es probablemente junto a Santa Teresa de las monjas más icónicas de las que hablamos, aunque hemos intentado que haya mucha variedad precisamente por eso, para huir del relato de la excepción. No eran monjas que escribían a pesar del convento, sino que precisamente escribían porque estaban en el convento y tenían esta práctica de escritura y este mandato. En el caso de Sor Juana, está la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, de la que hablamos en el libro, que es un ejercicio de malabarismo retórico en el que tiene que salirse con la suya, que es decirle a su confesor: yo voy a seguir escribiendo textos no solo textos sagrados, sino también profanos. Y reivindica su derecho como mujer y como monja a escribir de una manera tan exquisita y con un argumento tan fino que no se le pueda echar nada en cara. Nos encantan esos momentos, pero también nos encanta cuando hay puntos de fuga de la rabia, que también ella tiene, que es el ejemplo de otras cartas que escribió muchos años después en la que no hay ninguna retórica, nada está medido, es simplemente pura rabia. Eso se lo escribe al que había sido su confesor toda la vida, Núñez de Miranda, que era un señor odioso que la envidiaba muchísimo. Y ella básicamente cortó con él como confesor. Le dijo: “Ya no puedo más”. Recuerdo que nuestra editora nos dijo que eso no era tan llamativo, tan fuerte. ¡Es una monja del siglo XVII diciendo voy a hacer lo que me dé la gana!

Sor Juana Inés es un ejemplo claro, ella escribe como contáis en el libro textos románticos, por ejemplo. Pero, ¿de qué formas se salen de esos límites de la escritura por mandato?

C. U.: No solo ella, ¡todas! Muchas de las monjas que recogemos en el libro eran auténticas grafómanas. Que te digan “escribe tu autobiografía espiritual”, como en el caso de María de San José, la Agustina Recoleta de Puebla, y tú escribas nueve cuadernos... Es que están obsesionadas…

A. G.: Son absolutas maníacas de la escritura. Nosotras venimos de los estudios literarios y cuando las lees notas que en muchas de ellas hay un disfrute en el acto de escribir. 

ELLAS DESARROLLAN UNA RELACIÓN DE MUCHÍSIMA INTENSIDAD CON LA ESCRITURA; MUCHAS TIENEN UNA FIRME VOLUNTAD DE DEJAR HUELLA, DE TRASCENDENCIA

A. G.: Y creo que también desarrollan todas una afectividad muy intensa con la materialidad de la escritura. Imagínate cómo era escribir manualmente, en la penumbra, con el cuerpo encogido. Entonces desarrollan una relación de muchísima intensidad con la escritura. Muchas tienen una firme voluntad de dejar huella, de trascendencia y una firme voluntad didáctica. María de San José, la otra, la carmelita descalza, dice muchas veces que ella escribe para sus compañeras y para las que están por venir, que es una cosa superbonita, genealógica. Y Santa Teresa está muy obsesionada con hacerle entender a sus monjas compañeras cuando hay un tema de oración muy complicado. Esto no lo contamos en el libro, pero hablando de sutilezas es alucinante cómo ella sabe que la mayoría de sus monjas vienen de familias que no son aristócratas, pero sí de una incipiente burguesía mercantil castellana y que han crecido como viendo en sus casas mucho manejo económico… Y cuando ella tiene que explicar algo complejo de movimientos espirituales, lo hace con metáforas económicas. Eso es alucinante, ¡qué noción de la escritura y de la comunicación tienes que tener para llegar a eso! Se fugan todo el rato de la autobiografía. 
C. U.: Se fugan todo el rato y consiguen cosas literariamente muy experimentales. 

En un momento habláis literalmente de “literatura de vanguardia”, en concreto en referencia a Catalina de Siena...

A. G.: Es que es muy escritura de vanguardia. Una visión mística es el desafío de escritura más vanguardista.

C. U.: Catalina de Siena tiene unas visiones místicas increíbles y eso le da una oportunidad de textualizar, de trasladar lo pictórico al lenguaje, de una manera increíble. También llamamos muchas veces vanguardista a la ursulina Juana de los Ángeles, la francesa. Y esto es otro ejemplo de cómo una monja que tiene el mandato de escritura lo lleva por su camino. En su convento se desata una posesión demoníaca colectiva y ella es la priora del convento de ursulinas y tiene que escribir. El confesor nuevo que le adjudican le pide que escriba sobre ella una autobiografía espiritual en la que cuente su experiencia de los demonios. Lo que esperan es que ella produzca un texto que confirme la doctrina y que dé una descripción o una teoría demonológica que tenga que ver con una simple posesión muy física del cuerpo, una cosa muy espectacular para hacer delante de los protestantes unos exorcismos muy teatrales que demuestren la superioridad del catolicismo. Ella se lo lleva a su terreno y hace suyos los demonios y los pone en diálogo con su propia personalidad. Les pone sus nombres, como Pokémons, pero aparte de ponerles sus nombres, se los apropia de una manera en la que está haciendo un análisis de conciencia de su propia psicología y está afirmando su propia subjetividad de una manera que nadie le pide ni nadie esperaba. 

A. G.: Hay pocas cosas más vanguardistas que textualizar una visión mística. A nosotras nos falta el elemento de la fe, pero entendemos el reto que es intentar convencer a un auditorio totalmente disciplinante: son tus confesores, es la Inquisición, hay una relación muy jerárquica y tienes que ser capaz de llevar de manera ortodoxa, pero también seductora al papel, una supuesta relación muy unívoca con Dios. Y lo hace cada una a su manera, porque Santa Catalina de Siena hace estos diálogos increíbles donde usurpa la voz de Dios, Dios le pregunta y ella contesta. Luego, Santa Teresa tiene visiones superostentosas, muy arquitectónicas. Pienso en Julia Armfield, una escritora británica, que dice que no puede empezar a escribir una novela hasta que no se ha imaginado perfectamente cómo es la casa en la que viven los personajes. Santa Teresa describe: arriba, a la derecha, apareció la Virgen, que iba vestida con esto y su blanco era de esta manera…. Es una cosa muy vanguardista a nuestros ojos. 

C. U.: Y luego hablamos de María Jesús de Ágreda también, que ella escribió sobre cosmografía. ¡Nadie le pedía a una monja que escribiera sobre cosmografía! Pero ella hace una especie de hibridez entre un texto místico y un texto cosmográfico para conseguir replicar cosas que había leído en tratados cosmográficos, probablemente un poco anticuados, pero que le habían llegado a su convento perdido en Ágreda. No hay cosa sobre la que no puedas encontrar al final una monja barroca que escribiera sobre ello siempre. Obviamente una novelita como las de María de Zayas, de desengaños amorosos, no. Pero lo de Sor Juana se acerca bastante.

Os conocisteis en 2016, pero ahí ya teníais esta filia. ¿Cuál sería el momento fundacional de lo vuestro con las monjas del Barroco?

A. G.: El primer texto que yo leo de una monja fue el segundo de carrera y fue Camino de perfección de Santa Teresa. Yo estudiaba filología. Imagínate el canon medieval y temprano moderno, era eminentemente masculino. Pregunté si había alguna mujer que pudiera leer y me dijeron que Santa Teresa, porque esto era del siglo XVI y todavía no estaba María de Zayas. Leí Camino de perfección, que es una especie de tratado que escribe Santa Teresa para las monjas de su primer convento de San José en Ávila. Tiene una voluntad muy didáctica y está muy pensado para una audiencia femenina. Tiene dos redacciones, porque la primera se la censuraron, pero se conservan los párrafos censurados. Y yo, con 19 años, aluciné, porque es una voz muy feminista... No para su tiempo, que es una coletilla a la que me he acostumbrado, sino que creo que es feminista por sí misma, y aluciné. Entonces ahí caí, rendida a sus pies. 
C. U.: A mí me vino más tarde, yo estaba ya haciendo el máster de literatura de vanguardia, o sea, nada, absolutamente nada que ver con el Barroco. Tenía esta idea de esos siglos de un canon muy masculino. Políticamente, cuando yo estaba estudiando, tal y como se reivindicaba, era algo que me hacía rechazarlo mucho. Entonces yo estaba en mi siglo XX, vanguardias, haciendo un máster de literatura comparada, y parte de las asignaturas eran en francés. Y entonces supongo que di con Juana de los Ángeles, la monja endemoniada. Me impresionó muchísimo, dije: la vanguardia que yo buscaba, igual está aquí. Me impresionó mucho esta sensación casi de enfado por no haber descubierto eso antes. Porque esta mujer estaba publicando y vendiendo una barbaridad… ¿Por qué no había sabido nada de eso hasta ese momento? Ella ya había leído Santa Teresa, se sabe perfectamente parte de una genealogía de escritura y de vida conventual que va más allá de los muros del convento, de cómo hacerse presente fuera. Me pareció, me parece, increíble. Había algo de la escritura conventual en sí, de ese ingeniar colectivamente maneras para saltarse los límites de lo que estaba permitido, que me atraía mucho.

NOSOTRAS HACEMOS ALGO QUE ES APROPIARNOS DE UNA PARCELA HISTÓRICA QUE A UN SECTOR ENORME DE LA POBLACIÓN NO NOS HABÍA PERTENECIDO

La palabra “nicho” le va muy bien a hablar de monjas de dos siglos en concreto. ¿Cómo un tema tan de nicho puede haber acabado en un libro traducido a varios idiomas y seis temporadas de un podcast?

C. U.: A veces hacemos trampas, por ejemplo con Catalina de Siena o Hildegarda. 

A. G.: Nosotras esto lo empezamos porque estábamos muy cansadas de la escritura académica, que es una escritura muy aséptica, muy difícil de difundir. Estás con estos artículos a los que es carísimo acceder, superobtusos, nadie los lee. Y, mientras, íbamos descubriendo cosas increíbles en nuestras investigaciones. Carmen, que es muy buena oyente de podcast, me dijo que si hacíamos uno. Ha sido todo muy progresivo, una curva muy lenta. ¿Por qué ha llegado? Cualquier explicación que le demos a por qué esto ha podido funcionar viene después. Nosotras, reflexionando el otro día, pensábamos —porque se nos ha preguntado muchas veces por el aparente resurgimiento de la imagen de la monja— que nosotras hacemos algo que es apropiarnos de una parcela histórica que a un sector enorme de la población no nos había pertenecido. A nosotras mismas, a las mujeres, por no hablar de cualquier categoría identitaria disidente… Estamos huérfanas históricamente, porque mirar al pasado y no tener una genealogía en la que reconocerte es horrible y genera mucha sensación de desposesión en el presente. Creo que tener una genealogía histórica te da autoestima, cosa que ayuda a entender por qué los hombres son como son: tienes un amparo histórico, todas las voces te hablan a ti. De alguna manera, descubrir una historia de esos siglos que en España además se han recuperado siempre de manera muy tendenciosa, muy imperialista, muy colonialista, muy masculina... de pronto descubrir un poco el revés de todo eso me da la sensación que es algo de lo que la gente tenía ganas. 

¿No se agotan los temas?

C. U.: Igual que no se agota el presente, no se agota el Barroco. Realmente no. Es verdad que lo que sí que se agota es el tiempo. Es decir, cada vez hay menos tiempo, porque al final este es un podcast y un libro que nacen de muchísimos años previos en los que estábamos completamente dedicadas a seminarios, a lecturas, en los que nuestro trabajo era estar leyendo y escribiendo sin parar, descubriendo muchísima bibliografía. Y ahora el ritmo de producción es otro, hacemos un episodio cada dos semanas. Pero no, no se acaban y además seguimos aprendiendo muchísimo. El último episodio que se ha publicado se llama “En el estrado, una ética barroca de la inclinación” y es sobre esta parte de la casa barroca, de los interiores domésticos barrocos, que pertenecía a las mujeres. Básicamente era un lugar acolchado lleno de tapices, de texturas, de textiles. Y era donde las mujeres se recostaban. Estaban siempre inclinadas y hablando. Y entonces lo poníamos en diálogo con la filósofa Adriana Cavarero, que tiene un libro sobre... 
A. G.: … sobre estar tumbadita… 



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The Blood of Fish, Published in