febrero 01, 2026

Ni en Reino Unido, ni en Estados Unidos: el primer voto femenino fue en Nueva Zelanda


Al contrario de lo que sucedía en otros países, la lucha por el sufragio femenino tuvo una amplia aceptación social en la Nueva Zelanda del siglo XIX, especialmente entre los sectores más conservadores.

Petición del sufragio femenino en Nueva Zelanda, 1893.CC

Que la revolución francesa sea el acontecimiento histórico que marca el inicio de la edad contemporánea, en la que se enmarca nuestra época actual, no es fruto del azar. Este episodio del pasado fue algo así como una tierra fértil en la que se cultivaron los ideales que hoy sostienen a la sociedades occidentales: los tan difundidos Derechos Humanos y, entre ellos, la semilla de unos derechos destinados a una mitad de la población que durante siglos vivió relegada a la otra. Las mujeres.

Condenada a muerte por sus ideas, la escritora francesa Olympe de Gouges fue una de las pioneras en esta lucha, al defender que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos” y redactar, en 1791, la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana. Más tarde, el movimiento de activistas británicas como Emily Davison, quien dio (literalmente) su vida por alcanzar el voto femenino en Inglaterra, se hizo eco en todo el mundo e impulsó también a las sufragistas estadounidenses.


Sin embargo, no fue en ninguno de estos países donde las mujeres adquirieron por primera vez el derecho a votar, blindado ahora por la mayoría de constituciones del planeta. Aunque la lucha en Francia, Reino Unido y Estados Unidos fue determinante a nivel global, lo cierto es que fue en Nueva Zelanda donde este se formalizó antes, y de una manera ciertamente transformadora para la época: considerando también a mujeres maoríes e indígenas como dignas de ejercer esa libertad democrática.

1893: LA LUCHA DE KATE SHEPPARD Y MERI TE TAI MANGAKĀHIA 

Nueva Zelanda fue un caso de éxito excepcional en un contexto global en que el movimiento feminista era visto con escepticismo: al contrario de lo que sucedía en otros países, donde las peticiones por el voto femenino tardaron décadas en materializarse, la propuesta en esta isla de Oceanía -que en el siglo XIX caminaba bajo la tutela de su padre, el Imperio británico- contó con una amplia aceptación social, especialmente entre los sectores más conservadores.

El país ejerció su soberanía en 1852 (al menos, en asuntos internos), pero desde entonces experimentó un período de decadencia que dio lugar a saqueos y desorden social. Eso, sumado a que, por causas no citadas en las fuentes, la población era mayoritariamente masculina, hizo que las mujeres —y, en consecuencia, sus peticiones— fueran muy valoradas por la sociedad y las instituciones: desde 1869, con la publicación de Un llamamiento a los hombres de Nueva Zelanda, escrito por Mary Muller, comenzó a abrirse el sendero hacia el sufragio femenino.


No fue, sin embargo, hasta inicios de la década de 1890 cuando aparecieron en escena Kate Sheppard y Meri Te Tai Mangakāhia. La primera, movilizó a las mujeres entre 1891 y 1892 y finalmente organizó una recogida de firmas masiva que fue considerada por el entonces gobernador neozelandés Lord Glasgow, quien aprobó la ley que dio respaldo al sufragio femenino, un 19 de septiembre de 1893.

Meri Te Tai Mangakāhia.

La segunda, por su parte, fue un paso más allá en la lucha. Como mujer que se enfrentaba una doble discriminación a causa de su origen indígena, Meri Te Tai Mangakāhia inició una reivindicación paralela a favor de la inclusión de las maoríes en esta nueva ley, que pronto tuvo éxito. Además, también se manifestó por el derecho de las mujeres a ocupar un escaño en el parlamento, si bien no fue hasta 1919 cuando pudieron finalmente presentarse a las elecciones.

DE NUEVA ZELANDA AL MUNDO ENTERO

El siguiente país en consolidar este derecho fue Australia, en 1902, aunque lo hizo con un ingrediente que hoy nos sabría amargo: sin englobar a las mujeres y hombres aborígenes. Le siguió un conjunto de países europeos: Finlandia en 1906, Noruega en 1913 y Dinamarca en 1915. Y luego, esta libertad llegó a la Unión Soviética, en 1917.

Periodista especializada en historia, cultura y actualidad
Fuente: National Geographic

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in