septiembre 01, 2014

Campaña en redes sociales sobre las brechas de género

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) lanzó una campaña sobre igualdad de género a través de sus cuentas en Facebook, Twitter, Google+ y YouTube con el hashtag #exigeigualdad.

La campaña, que comenzó el 18 de agosto, incluye tres vídeos que llaman a hombres y mujeres a exigir igualdad en el uso del tiempo, en el trabajo y en el empleo de los recursos tecnológicos, y dosinfografías que tratan distintos aspectos sobre la situación de las mujeres en la región.

Los vídeos fueron producidos por la División de Asuntos de Género de la CEPAL con apoyo de la cooperación española y se pueden ver en los siguientes enlaces:


Exige igualdad en el uso del tiempo: 


Exige igualdad en el trabajo: 

Exige igualdad en el uso de los recursos tecnológicos:
  


Para consultas, contactar a la Unidad de Información Pública de la CEPAL.
Correo electrónico: prensacepal.org; teléfono: (56 2) 2210 2040.

Aún no se logra plena participación política de las ecuatorianas

Foto retomada del sitio andes.info.ec

En Ecuador, el avance de las mujeres en el escenario político resulta evidente y es resultado de muchas décadas de lucha para revertir una idiosincrasia patriarcal que, no obstante, todavía levanta barreras.

Las ecuatorianas han logrado en los últimos años insertarse en espacios estratégicos de toma de decisión, gracias a procesos de inclusión social cada vez más amplios que aseguran oportunidades formales similares a las de los hombres.

De acuerdo con la asambleísta Paola Pavón, las conquistas logradas parten de que el país sudamericano ha comprendido que ellas desempeñan un rol esencial en la democracia.

La diputada aseveró en conversación con PL que desde la Constitución de Montecristi aprobada en 2008 se establece una nueva relación entre el Estado y la sociedad, en la cual el aporte de las mujeres es valorado como fundamental.

“Somos uno de los cuatro países de la región que tienen implementada la paridad de género en los cargos de elección popular, en las listas electorales plurinominales y en los cargos de designación”, resaltó.

Como consecuencia, agregó, “hemos logrado una fuerte presencia de mujeres ejerciendo espacios de poder y conduciendo temas de legislación y de política pública”, señaló.

En este sentido, tras las elecciones legislativas de 2013, la Asamblea Nacional quedó conformada con 41.1 por ciento de mujeres, además de que también lo son las tres directivas de la entidad, encabezadas por la joven Gabriela Rivadeneira.

Por su parte, la también diputada María Augusta Calle indicó que un fenómeno similar ha ocurrido en la Corte Nacional de Justicia, donde más del 60 por ciento de los magistrados son de sexo femenino.

Ello tiene un valor añadido referente al hecho de que ganaron ese puesto mediante concurso de mérito y oposición, en el cual debieron demostrar su preparación.

“Eso indica que cuando se ponen a prueba nuestros conocimientos, las mujeres salimos victoriosas, y cuando ponemos nuestros nombres en listas electorales, la gente vota por nosotras”, aseveró la legisladora.

El gabinete es otro espacio donde las mujeres van ganando terreno, pues en estos momentos, por ejemplo, Cecilia Vaca Jones es ministra coordinadora de Desarrollo Social; María Fernanda Espinosa dirige la Defensa del país, y Carina Vance funge como titular en Salud Pública.

Según Calle, si bien hay un avance de las mujeres, lo obtenido es también resultado de una batalla llevada a cabo por ellas desde hace décadas.

“En el siglo XXI estamos cosechando lo que hicieron figuras de la talla de Nela Martínez desde la década de 1930, quienes se organizaron en una lucha no feminista rabiosa, sino verdaderamente revolucionaria, por los derechos de este sexo en todos los ámbitos, desde el político hasta el familiar”, estableció.

BARRERAS

Pese a que el panorama actual es bastante diferente en cuanto a los derechos femeninos, todavía queda camino por recorrer de cara a sedimentar la valorización social de las ecuatorianas.

Con respecto a la participación política, la diputada Pavón aseveró que persisten espacios donde se evidencia una brecha entre la participación política de mujeres y hombres.

En los cargos a prefecturas, alcaldías y juntas parroquiales, la presencia femenina es todavía bastante insuficiente.

“Acabamos de pasar unas elecciones seccionales en febrero último cuyos resultados fueron desastrosos desde ese punto vista, pues de 221 alcaldías sólo 16 están en manos de mujeres, y en el caso de las prefecturas, sólo en dos de un total de 22”, explicó.

Señaló que dicha situación se originó desde las mismas postulaciones, dado que el 80 por ciento de las listas de candidaturas estuvieron encabezadas por hombres.

Pavón sostuvo que una de las causas es la persistencia de un modelo de sociedad patriarcal que todavía no ha podido ser desmontado, el cual destina el rol público al hombre y relega a la mujer a las actividades privadas en el hogar.

“Son patrones socioculturales que todavía están funcionando en el país y que constituyen un espacio en el cual tenemos que seguir trabajando”, estimó.

La diputada se refirió al caso del cuidado de menores de edad, personas adultas mayores y enfermas, labores que siguen recayendo sobre los hombros de las mujeres.

Eso tenemos que cambiarlo y comenzar a ver el cuidado como una corresponsabilidad en la cual deben intervenir la familia en su conjunto, el Estado, la empresa pública y demás actores sociales.

En este sentido, el último sondeo realizado sobre el uso del tiempo indicó que en las zonas urbanas las mujeres trabajan a la semana entre 16 y 18 horas más que los hombres, y en las área rurales la cifra aumenta a más de 20.

“Tenemos que seguir actuando para darle al sexo femenino una mayor calidad de vida que le permita aprovechar mejor sus posibilidades de participación política, y es una tarea de todos”, opinó.

Mientras, Calle se refirió a otro conflicto muy preocupante: la violencia doméstica, pues todavía muchas mujeres son víctimas de abuso intrafamiliar pese a la ley sobre el tema expedida desde hace casi dos décadas.

“Ése es el gran hueco que tenemos cuando hablamos de mujeres. Recientemente una encuesta reveló que el fenómeno todavía está presente incluso en hogares jóvenes, y tiene que llamarnos la atención”, dijo.

Por: Luisa María González*
Cimacnoticias/Corresponsal de Prensa Latina en Ecuador.

agosto 31, 2014

Lo romántico es político

Para transformar o mejorar el mundo que habitamos hay que tratar políticamente el tema del amor, reflexionar sobre su dimensión subversiva cuando es colectivo, y su función como mecanismo de control de masas cuando se limita al mundo del romanticismo idealizado, heterocentrado y heterosexista. 



Amamos patriarcalmente. Amamos democráticamente. Amamos como los capitalistas: con el ansia voraz de poseer al objeto de amor, con el ansia brutal del que colecciona piezas de caza. Nos conquistamos, nos endulzamos, nos fusionamos, nos separamos, nos destruimos mutuamente… nuestra forma de amar está impregnada de ideología, como cualquier fenómeno social y cultural.

El amor romántico que heredamos de la burguesía del siglo XIX está basado en los patrones del individualismo más atroz: que nos machaquen con la idea de que debemos unirnos de dos en dos no es casual. Bajo la filosofía del “sálvese quién pueda”, el romanticismo patriarcal se perpetúa en los cuentos que nos cuentan en diferentes soportes (cine, televisión, revistas, etc.).

A través de los cuentos que nos cuentan, asumimos los mitos, los estereotipos, los ritos y los roles de género tradicionales, y mientras consumimos ideología hegemónica, nos entretenemos y nos evadimos de una realidad que no nos gusta. Consumiendo estos productos románticos aprendemos a soñar con una utopía emocional posmoderna que nos promete la salvación eterna y la felicidad conyugal. Pero solo para mí y para ti, los demás que se busquen la vida.

Frente a las utopías religiosas o las utopías sociales y políticas, el amor romántico nos ofrece una solución individualizada, y nos mantiene distraídas soñando con finales felices. El romanticismo sirve para que adoptemos un estilo de vida muy concreto, para que nos centremos en la búsqueda de pareja, para que nos reproduzcamos, para que sigamos con la tradición y para que todo siga como está.

El romanticismo patriarcal sirve para que todo siga como está. Unos disfrutando de sus privilegios de género, y las otras sometiéndose a los pequeños reyes absolutos que gobiernan en sus hogares. Sirve, también, para ayudarnos a aliviar un día horrible, para llevarnos a otros mundos más bonitos, para sufrir y ser felices con las historias idealizadas de otros, para olvidarnos de la realidad dura y gris de la cotidianidad. Sirve para que, sobre todo las mujeres, empleemos cantidades ingentes de recursos económicos, de tiempo y de energía, en encontrar a nuestra media naranja. Ante el fracaso, deseamos que todo cambie cuando encontremos al amor ideal que nos adore y nos acompañe en la dura batalla diaria de la vida.

Cada oveja rumiando su pena con su pareja.

Estamos rodeadas de afectos en nuestra vida, pero si no tenemos pareja decimos que “estamos solas”. Las que tienen pareja aseguran que la soledad que sienten en compañía es mucho peor. Muchas mujeres siguen creyendo que la pareja amorosa es la solución a su precariedad, a su vulnerabilidad, a sus problemas personales. Las industrias culturales y las inmobiliarias nos venden paraísos románticos para que busquemos pareja y nos encerremos en hogares felices, entornos de seguridad y aburrimiento que pueden llegar a convertirse en infiernos conyugales.
Las parejas de hoy en día siguen siendo profundamente desiguales, desequilibradas, jerárquicas, y casi todas practican la división de roles: heteros, lesbianas, bisexuales, gays… el amor es el reducto final en el que se ancla el patriarcado. El individualismo del romanticismo patriarcal nos sume en ensoñaciones románticas mientras nos quitan derechos y libertades… todavía una gran parte de la población permanece adormilada, protestando en sus casas, soñando con El Salvador o el Príncipe Azul.

Los medios de comunicación tradicionales jamás promueven el amor colectivo si no es para vendernos unas olimpiadas o un seguro de vida. Si todos nos quisiésemos mucho el sistema se tambalearía, pues está basado en la acumulación egoísta de bienes y recursos y no su gestión colectiva y solidaria. Por ello es que se prefiere que nos juntemos de dos en dos, no de veinte en veinte: es más fácil controlar a dos que a grupos de gente que se quiere.

El problema del amor romántico es que lo tratamos como si fuera un tema personal: si te enamoras y sufres, si pierdes al amado o amada, si no te llena tu relación, si eres infeliz, si te aburres, si aguantas desprecios y humillaciones por amor, es tu problema. Igual es que tienes mala suerte o que no eliges a los compañeros o compañeras adecuadas, te dicen.

Pero el problema no es individual, es colectivo: son muchas las personas que sufren porque sus expectativas no se adecúan a lo que habían soñado. O porque temen quedarse solas, porque necesiten un marido o una esposa, o porque se decepcionan cuando comprueban que el romántico no es eterno, ni es perfecto, ni es la solución a todos nuestros problemas.

Lo personal es político, y nuestro romanticismo es patriarcal, aunque no queramos hablar de ello en los foros y asambleas. También la gente de izquierdas y los feminismos seguimos anclados en viejos patrones de los que nos es muy difícil desprendernos. Elaboramos muchos discursos en torno a la libertad, la generosidad, la igualdad, los derechos, la autonomía… pero en la cama, en la casa, y en nuestra vida cotidiana no resulta tan fácil repartir igualitariamente las tareas domésticas, gestionar los celos, asumir separaciones, gestionar los miedos, comunicarse con sinceridad, expresar los sentimientos sin dejarse arrastrar por la ira o el dolor…

No nos enseñan a gestionar sentimientos en las escuelas, pero sí nos bombardean con patrones emocionales repetitivos y nos seducen para que imaginemos el amor a través de una pareja heterosexual de solo dos miembros con roles muy diferenciados, adultos y en edad reproductiva. Este modelo no solo es patriarcal, también es capitalista: Barbie y Ken, Angelina Jolie y Brad Pitt, Javier Bardem y Penélope Cruz, Letizia y Felipe… son parejas exitosas mitificadas por la prensa del corazón para que las tomemos como modelo a seguir. Es fácil entender, entonces, porqué damos más importancia a la búsqueda de nuestro paraíso romántico que a la de soluciones colectivas.

Para transformar o mejorar el mundo que habitamos hay que tratar políticamente el tema del amor, reflexionar sobre su dimensión subversiva cuando es colectivo, y su función como mecanismo de control de masas cuando se limita al mundo del romanticismo idealizado, heterocentrado y heterosexista.

Si me pongo romántica queer, me da por pensar que el amor de verdad podría destruir patriarcado y capitalismo juntos. Las redes de solidaridad podrían acabar con las desigualdades y las jerarquías, con el individualismo consumista y con los miedos colectivos a los “otros” (los raros, las marginadas, los inmigrantes, las presidarias, los transexuales, las prostitutas, los mendigos, las extranjeras). Para poder crear estas redes de amor tenemos que hablar mucho y trabajar mucho: queda todo el camino por hacer.

Tenemos que hablar de cómo podemos aprender a querernos mejor, a llevarnos bien, a crear relaciones bonitas, a extender el cariño hacia la gente y no centrarlo todo en una sola persona. Es hora de que empecemos a hablar de amor, de emociones y de sentimientos en espacios en los que ha sido un tema ignorado o invisibilizado: en las universidades, en los congresos, en las asambleas de los movimientos sociales, las asociaciones vecinales, los sindicatos y los partidos políticos, en las calles y en los foros cibernéticos, las comunidades físicas y virtuales.
Hay que deconstruir y repensar el amor para poder crear relaciones más igualitarias y diversas.

Es necesario despatriarcalizar el amor, eliminar las jerarquías afectivas, desmitificar finales felices, volverlo a inventar, acabar con los estereotipos tradicionales, contarnos otras historias con otros modelos, construir relaciones diversas basadas en el buen trato, el cariño y la libertad. Es necesario proponer otros “finales felices” y expandir el concepto de “amor”, hoy restringido para los que se organizan de dos en dos.

Ahora más que nunca, necesitamos ayudarnos, trabajar unidos por mejorar nuestras condiciones de vida y luchar por los derechos humanos para todos. Para acabar con la desigualdad, las fobias sociales, los odios y las soledades, necesitamos más generosidad, más comunicación, más trabajo en equipo, más redes de ayuda. Solo a través del amor colectivo es como podremos articular políticamente el cambio.

Confiando en la gente, interaccionando en las calles, tejiendo redes de solidaridad y cooperación, trabajando unidos para construir una sociedad más equitativa, igualitaria y horizontal. Pensando y trabajando por el bien común, es más fácil aportar y recibir, es más fácil dejar de sentirse solo/a, es más fácil elegir pareja desde la libertad, y es más fácil diversificar afectos. Se trata, entonces, de dar más espacio al amor en nuestras vidas, de crear redes afectivas en las que podamos querernos bien, y mucho.

Que falta nos hace.

Por Coral Herrera Gómez
Fuente: Pikara Magazine

Alternativas al Modelo Patriarcal. No sagrada familia

¿De qué modo incide, en la constitución del psiquismo de cada sujeto, “la asimetría de poder entre los géneros”? ¿De qué modo se constituye el sujeto en contextos actuales, donde “se intenta fugar del paradigma patriarcal”? ¿Cómo se constituyen los psiquismos “con relación a la diversidad de las prácticas de sexualidad”? Tales cuestiones procura articular la autora de este trabajo.

La revolución industrial y la entrada en la modernidad introdujeron numerosos cambios en la vida cotidiana, entre los que podemos ubicar la conformación de un nuevo modo de agrupación familiar: la familia nuclear. Esta familia, conformada por solo dos adultos (varón y mujer) cónyuges y sus hijos e hijas, fue efecto de varios cambios. A grandes rasgos, la migración del campo a la ciudad y la vida en unidades habitacionales más pequeñas produjo un pasaje de familias extensas a familias de sólo dos generaciones, unidas por lazos de alianza y sangre.

Esto democratizó la relación entre los varones de un mismo linaje, que dejaron de estar sometidos al gran patriarca del grupo y pasaron a ser pequeños patriarcas de su flamante familia nuclear. Y este modo de vida en familia ha conducido a una producción específica e histórica de formas de la masculinidad y de la feminidad. Los varones se constituirán en los proveedores económicos y representantes de la familia en el espacio público, y las mujeres, en el privado sentimentalizado (Ana María Fernández, La mujer de la ilusión, Paidós, 1993), dedicarán su vida a la crianza y las tareas de la reproducción social.

A fines del siglo XIX, con este panorama social y afectivo ya consolidado, hace su aparición el psicoanálisis, que tomará este modo familiar como escenario en el que se desarrollarán las tramas que tomará como base para sus contribuciones sobre la constitución de la psicosexualidad humana. Su instauración en el Río de la Plata, entre las décadas de 1940 y 1950, encontró a esta familia con un nuevo ingrediente: la entrada a la misma vía el romance y el amor romántico. Previo a la entrada por amor al matrimonio, esta institución no tenía aspiraciones de consagración de lo amoroso, sino sólo de lo patrimonial y reproductivo.

En una investigación que dirigí (Heridos corazones. Vulnerabilidad coronaria en varones y mujeres, Paidós, 2009), al relevar los modos familiares de origen, encontramos que, para entrevistados de entre 35 y 55 años de clase trabajadora, las familias nucleares eran una experiencia de una sola generación, pero que formaba parte del ideal social desde el cual median sus prácticas reales.

Mucha agua ha pasado bajo el puente de las constituciones familiares, lo cual amerita el compromiso de tomar la obra de Freud como un punto de partida y no de llegada. Como señala Michel Tort en El fin del dogma paterno, el corpus psicoanalítico vinculó sus construcciones más nodales con formas históricas contingentes.

Juliet Mitchell, en Psicoanálisis y feminismo (1982), destaca que se puede tomar al psicoanálisis como lugar de trabajo “para hacer de él un muy buen dispositivo de análisis de la producción de padecimiento subjetivo de la sociedad burguesa y patriarcal y no sólo como reproductor de la misma”. En resonancia con este planteo, el desafío actual se ubicaría en ver si podemos hacer de este corpus un modo de abordaje del sufrimiento humano en una sociedad pospatriarcal y posheteronormativa.

Para todo esto partimos del hecho de que la familia del psicoanálisis, base de la mayoría de los desarrollos teóricos y herramientas prácticas, en la cual todo sucede, es la familia de la modernidad: la familia nuclear. Si nos tomamos el trabajo de abrir la “cajita feliz” de la familia nuclear, encontrarnos que esa familia ha sido (y es) más un ideal social y una construcción imaginaria que una realidad en la experiencia de vida de muchas personas, que, aun en la modernidad, han vivido en familias extensas o en las que hoy denominamos diversas.

Esa familia se ha constituido en el modelo o ideal desde el cual se ha medido la expectativa de felicidad-infelicidad en la modernidad tardía. Y, desde que fue incorporando el amor romántico como base de entrada al matrimonio –desde principios del siglo XX– se ha validado como una institución que, al decir de Judith Butler (“¿El parentesco siempre es de antemano heterosexual?” www.debatefeminista.com), legitima los vínculos amorosos heterosexuales y ha hecho que el parentesco funcione o califique sólo si adopta las formas reconocidas de familia. Llamando la atención acerca de cómo se asiste a los momentos importantes de la vida con relaciones fuertes, pero que no tienen nombre o no están legitimadas por quedar fuera del dispositivo legitimado. La heterosexualidad sobre la cual se basa la familia nuclear es una heterosexualidad de dominio entre varones públicos y mujeres del privado sentimentalizado. Por lo tanto, no es la única heterosexualidad posible.

Respecto de la constitución de los deseos heterosexuales, encontramos un tipo de heterosexualidad, producida en el marco del patriarcado, que implica una producción deseante en relación con la diferencia desigualada (Ana M. Fernández, Las lógicas sexuales: amor, política y violencia, Nueva Visión, 2009). La constitución del deseo heterosexual en mujeres, en el marco de las relaciones patriarcales, implica un amor no sólo al que está del otro lado de la diferencia sexual, sino que incluye, relaciones de género mediante, el amor al amo social y al que tiene más privilegios, de los cuales ella no goza. Emilce Dio Bleichmar (El feminismo espontáneo de la histeria, 1985) señaló que parte de ese desafío se relaciona con el trabajo psíquico que implica investir la condición de “género devaluado”. Desear ser el género devaluado imprime al psiquismo de las mujeres un trabajo específico. Este no es captado por la figura de la resolución edípica tradicional, en la cual el gran trabajo femenino es el abandono del primer objeto de amor, entendido como la madre, en los modos generalizados de crianza que hasta ahora conocemos.

La constitución del deseo heterosexual en varones, en el marco de las relaciones patriarcales, implica un tipo de deseo conformado en torno de ser el amo social. Con algunas tendencias que vale la pena analizar, no como “naturales”, sino como producción histórica de modos deseantes, como la degradación de la vida erótica masculina destacada por Freud (“Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre”, 1910): erótico con la prostituta, tierno con la mujer legítima. Y dos aspectos sobre los que dio luz Silvia Bleichmar (Paradojas de la sexualidad masculina, Paidós, 2006): la erotización por vía de la relación entre varones de diferentes generaciones, y la masculinización por vía de la pasivización al varón más grande, como parte de constitución de la masculinidad “hétero”. Por lo tanto, la necesidad ética de reformular la relación entre edipo y sexualidad masculina de dominio (Bleichmar S., La subjetividad en riesgo, Topía, 2005) mediante la incorporación de la interdicción del acceso a la sexualidad infantil como modo de interdicción del abuso sexual infantil.

Todo esto implica no considerar la organización edípica como garantizada de antemano estructural o psicogenéticamente; sacarla del “relato histórico” de la crianza en la familia nuclear. Y entender de un modo más complejo, no esencialista, la conformación de los deseos heterosexuales en sus formas históricas, pero no por eso menos reales, que derivaran o no en la constitución de las nuevas familias basadas en parejas hétero. Y empezar a pensar la constitución de modalidades deseantes por fuera del modelo hegemónico heteronormativo, hasta ahora necesario socialmente para garantizar la reproducción biológica de la especie humana.

Y aquí debemos ubicar uno de los desafíos que los estudios queer plantean a los estudios de género en el campo de la subjetividad: dejar de pensar lo hétero y lo homoerótico como discontinuos. A esta altura de los acontecimientos, no puede darse como indudable que la sexuación ubique a los sujetos, claramente y para siempre, de uno u otro lado de estas opciones sexuales. Por su parte, los estudios de género deberían insistir en que este viraje no debe conducir a invisibilizar el hecho de que las subjetividades sexuadas actuales aún se constituyen en el marco de las asimetrías de poder entre los géneros.

A modo de síntesis, el desafío principal es pensar, en simultáneo, cómo se constituyen los psiquismos con relación a la diversidad de las prácticas de sexualidad; las todavía asimétricas relaciones de poder entre los géneros; las relaciones entre los géneros que intentan fugar del paradigma patriarcal.

Por Débora Tajer 
Extractado del trabajo “El modelo familiar moderno y sus alternativas actuales. ¿Normalidad o normalización?”, incluido en La crisis del patriarcado, de Mabel Burin, Juan Carlos Volnovich, Irene Meler, Débora Tajer y César Hazaki (comp.), de reciente aparición (ed. Topía).
Imagen: Familia de saltimbanquis, por Pablo Picasso (1905).
Fuente: Página/12

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