abril 28, 2017

Los gobiernos de la región debaten sobre sus avances para lograr la igualdad de género y alcanzar el Desarrollo Sostenible

Del 26 al 28 de abril de 2017 se lleva a cabo la primera reunión del Foro de los países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible en la Ciudad de México organizada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Gobierno de México.



En la reunión participan representantes de gobiernos, del sistema de Naciones Unidas, de instituciones financieras internacionales, de organismos de integración regional y subregional, de la sociedad civil, la academia y el sector privado.

El objetivo es analizar la implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la región. En particular se examinarán los avances en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) sobre igualdad de género y empoderamiento de las mujeres y las niñas (5), pobreza (1), alimentación y agricultura (2), salud (3), infraestructura e industrialización (9), océanos (14) y medios de implementación (17).

El ODS 5 pretende erradicar la discriminación y la violencia contra las mujeres, reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico no remunerado, asegurar la participación plena y efectiva de las mujeres en todos los niveles de decisión, así como el acceso universal a la salud reproductiva y sexual. Para ello deberán implementarse leyes para asegurar los derechos de las mujeres a los recursos económicos y naturales, mejorar el uso de la tecnología, especialmente las TIC para el empoderamiento y aprobar leyes y políticas para la igualdad de género y el empoderamiento a todos los niveles.

El gobierno de Costa Rica en su calidad de Vicepresidente de la Mesa Directiva de la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe informó sobre los avances de los países en el logro del ODS 5 a través de la puesta en marcha de la Estrategia de Montevideo para la Implementación de la Agenda Regional de Género en el Marco del Desarrollo Sostenible hacia 2030. Dicho instrumento político-técnico tiene por objeto guiar la plena implementación de la Agenda Regional de Género y asegurar que sea la hoja de ruta para alcanzar la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible a nivel regional desde la perspectiva de la igualdad de género, la autonomía y los derechos humanos de las mujeres.

La Estrategia de Montevideo ha sido acordada por los Estados miembros de la CEPAL en la XIII Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, en octubre de 2016 y los gobiernos están incorporando y adaptando los compromisos a sus políticas nacionales.

Cabe señalar que en la primera reunión del Foro se realizará un intercambio entre pares sobre los exámenes nacionales voluntarios, se dialogará sobre la dimensión económica, social y ambiental del desarrollo sostenible y los desafíos para la implementación de la Agenda. Sus conclusiones serán remitidas directamente al Foro Político de Alto Nivel (FPAN) sobre el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, mecanismo global de seguimiento de la Agenda 2030 y que sesionará entre el 10 y 19 de julio de 2017 en Nueva York.

Adjuntos

Día Internacional de las Niñas en las TIC. Niñas y jóvenes en carreras del sector TIC disminuye brecha de género


Imagen retomada de www.itu.int

En el Día Internacional de las Niñas en las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) urgió a promover y capacitar a niñas y mujeres en el uso de las TIC, en un contexto en el que las mujeres representan sólo el 15 por ciento de la fuerza de trabajo en la industria tecnológica mexicana.

La UIT, dependiente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pidió a los 193 países y las más de 700 entidades del sector privado e instituciones académicas miembros, a través de su portal digital, continuar promoviendo acciones que motiven a las niñas y jóvenes a considerar la elección de carreras en el sector de las TIC y así disminuir la brecha de género en este ámbito.

Apoyar la educación de las niñas en las TIC, menciona la Unión Internacional, es coherente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, particularmente el destinado a alcanzar la igualdad de género y empoderamiento de las mujeres.

El Día Internacional de las Niñas en las TIC se conmemora el cuarto jueves de abril de cada año desde 2014 y tiene como objetivo crear un entorno mundial que empodere a niñas y mujeres jóvenes a dedicarse profesionalmente al estudio de las TIC.

Contexto mexicano

En México sólo 14 por ciento de las mujeres eligen estudiar licenciaturas relacionadas con las TIC, ciencia, ingeniería y construcción, de acuerdo a datos del Gobierno mexicano proporcionados en el portal de la iniciativa “Código X”, la cual dirige desde 2016 la Coordinación de Estrategia Digital Nacional de la Oficina de la Presidencia de la República, para promover la inclusión de niñas y mujeres en las TIC.

A esta desigualdad se suma que solo una de cada 10 personas en las áreas de programación tecnológica son mujeres, como indica la Cámara Nacional de la Industria Electrónica, de Telecomunicaciones y Tecnologías de la Información (CANIETI).

La falta de acceso de las mujeres a las TIC va más allá de que no las usen porque desconocen su utilización. Si bien las mujeres representan 52 por ciento de las 7.5 millones de personas entre los 12 y 25 años de edad que no utilizan computadoras, el 39.8 por ciento de las jóvenes de 12 a 17 años aseguran no utilizarlas, pese a que saben hacerlo, porque no tienen acceso a equipos de cómputo, indica la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Por: Montserrat Antúnez Estrada
Fuente: Cimacnoticias 

abril 27, 2017

Ngozi Cole. Al encuentro de mi voz y mi identidad como feminista de Sierra Leona

Como parte de nuestra serie de perfiles de afiliadxs de AWID, hoy Ngozi Cole comparte su trayectoria de vida y cómo forjó su identidad como feminista.

Mis recuerdos alegres más tempranos son estar sobre la espalda de mi madre. La calidez acogedora del paño de algodón con el que ella me arropaba era reconfortante. 

Hasta que tuve cinco años, siempre trepaba a su espalda y ella me envolvía con paciencia como un capullo, aunque murmurara que yo ya estaba poniéndome «demasiado grande» para eso. En aquella época, nuestras vidas cambiaron para siempre. En 1997, rebeldes del Frente Revolucionario Unido invadieron Freetown y el hogar que conocía me fue arrancado. 

© Ngozi ColeMi familia en Freetown a principios de la década de los noventa, antes de que la brutal guerra civil de Sierra Leona devastara la ciudad. Yo soy la bebé.

Mi madre huyó conmigo y mi hermana mayor a Gambia, el país vecino, donde iniciaríamos una vida como refugiadas. Tenía apenas cinco años cuando huimos y no entendía bien por qué había tenido que dejar atrás a mis amistades, primas, primos, a mi padre y mis juguetes. Intenté adaptarme a un nuevo hogar y mi madre se aseguró de que sus hijas estuvieran a salvo de las numerosas realidades de marginación y penurias que entraña ser una persona refugiada en un país extranjero. Aprendí a hablar wolof, hice amistades con rapidez y pronto muchas cosas se volvieron familiares: comencé a sentir que había aromas y sonidos que podían ser para mí un trozo de hogar. 

Al año siguiente, nos trasladamos nuevamente a Sierra Leona luego de un breve paréntesis de paz. Parecía que finalmente la paz había llegado, aunque se advertía una tensa calma. Intentamos retomar nuestra antigua vida con la esperanza de que un acuerdo de paz entre las facciones beligerantes resultaría efectivo. La vida parecía estable durante un tiempo y por momentos comencé a olvidar mi vida en Gambia, hasta ese 6 de enero de 1999, cuando los rebeldes reingresaron a Freetown. 

Volver a pasar por la inestabilidad, volver a experimentar el trauma de la guerra fue mucho peor que la última vez que nos había ocurrido. En ese momento tenía más conciencia y era un poco más grande y tenía la sensación de intentar alcanzar algo que flotaba muy lejos de mí. Volvimos a huir a Gambia y durante otros dos años más allí, parecía que había encontrado un hogar. Me apropié de mi identidad como refugiada o como «forastera», como se nos llamaba en Gambia. 
En 2002, decidimos regresar nuevamente a Sierra Leona, con la esperanza de que esta vez sería para siempre. 

Mi identidad volvió a cambiar cuando comencé el colegio secundario en Freetown, en la Escuela Annie Walsh Memorial. Desconocía el himno de mi propia nación, había olvidado algunas de las palabras de la promesa nacional y sabía que mi acento no era «del todo bueno». El primer año de la escuela secundaria, algunos de mis compañeros y compañeras me preguntaban si de verdad yo era de Sierra Leona. Aunque la seguridad del hogar y la familia había sido arrebatada y pendía frente a mis ojos, solo para que me la volvieran a arrebatar, estaba desesperada por perder esa sensación de desplazamiento, de sentirme disminuida, una ciudadana incompleta, una refugiada. 

Estaba en casa, yo era sierraleonesa, esa era mi identidad y luché para reclamarla. 

Luego de la escuela secundaria formal en Sierra Leona, obtuve una beca para asistir a una escuela panafricana, la African Leadership Academy (Academia Africana para el Liderazgo) en Johannesburgo. Posteriormente, fui a Wooster, una pequeña ciudad de Ohio, para asistir a la Universidad de Wooster, una pequeña facultad de humanidades privada, no muy lejos de Cleveland. Tomé algunas clases de filosofía y ciencias políticas que, junto con la Academia, me dieron las herramientas para articular otra parte mía, mi identidad como feminista. 

© Ngozi ColeOradoras y activistas influyentes como Roxanne Gay, autora de Bad Feminist [Mala feminista], tuvieron mucho que ver en la adopción de mi identidad feminista durante los años de formación. Aquí estoy con Roxanne Gay y una de mis mejores amigas y hermana feminista, Ainsleen Robson (izquierda).

Durante mis primeros años de adolescencia, estaba completamente convencida de que las feministas eran mujeres que albergaban ira hacia los hombres, odiadoras de hombres. 

Alrededor de los 16 años, comencé a pensar de manera muy radical sobre mi posición como chica joven, en la que consideraba (y todavía considero) una sociedad predominantemente patriarcal. Me inspiraron las activistas por los derechos de las mujeres, las mujeres que sin cesar luchaban por la igualdad política en Sierra Leona, por la igualdad de derechos económicos y patrimoniales y se manifestaban contra la mutilación genital femenina. Pero todavía pensaba que el «feminismo» era demasiado extremo. En 2013, tuve oportunidad de formar parte de una hermandad en Ghana de jóvenes africanas que vivían en el continente y en la diáspora, muchas de ellas feministas, que estaban consiguiendo cambios en sus respectivas comunidades. 

Durante esa etapa en Ghana, conocí a Leymah Gbowee y a Taiye Selasi, mujeres valientes que también habían luchado con la identidad y que se identificaban firmemente con el feminismo. A mi regreso a los Estados Unidos ese verano, comencé a escribir un blog sobre mi viaje como mujer africana que vive en el medio Oeste y sobre cómo abracé por completo el feminismo. Logré encontrar una voz propia, una voz que ya tenía timidez para debatir y discutir con mis pares sobre las cuestiones que nos afectan a las mujeres, tanto en el campus de la universidad como en el mundo exterior. El feminismo influyó en lo que escribía y participé en una emisión multimedia para hablar sobre la opresión de la sexualidad de las mujeres africanas. Mis blogs (en inglés) sobre la humillación del cuerpo y la cultura de la violación y la vergüenza tuvieron amplia difusión en las redes sociales. 

© Ngozi Cole

Incluso después de la universidad, continué encontrando formas de abrazar esta parte de mí misma y a medida que pasa el tiempo y la abrazo por completo sé que el feminismo no es una «parte» mía, sino que es esencial para mi supervivencia mientras hago este viaje de la vida como joven sierraleonesa. Estos días encuentro medios para escribir sobre aquellos derechos de las mujeres relacionados con la salud mental y los derechos reproductivos en Sierra Leona. 

He encontrado mi voz y finalmente estoy instalada en mi identidad como sierraleonesa y feminista. Una feminista sierraleonesa. 

© Ngozi ColeUna de las tantas bellas playas de Sierra Leona, mi hogar.

Fuente: Awid

Proceso de solicitud de candidaturas para el Premio UNESCO de educación de las niñas y las mujeres


© UN/L. Abassi

¿Quién puede ser designado candidato?

Las personas, instituciones u organizaciones que hayan contribuido eficazmente al fomento de la educación de las niñas y las mujeres. Las candidaturas deben guardar relación con un proyecto cuya realización haya conducido a innovaciones y cumpla con el criterio de elegibilidad (en inglés).

¿Quién puede presentar candidaturas?

Las candidaturas pueden ser presentadas a la Directora General de la UNESCO por los gobiernos de los Estados Miembros de la UNESCO por conducto de sus Delegaciones Permanentes ante la UNESCO, y por organizaciones no gubernamentales (ONG) que colaboran oficialmente (en inglés) con la UNESCO. Cada organismo podrá presentar tres candidaturas como máximo.

¿Cómo presentar las candidaturas?

1. Complete el Formulario de Candidatura en línea

El formulario de candidatura debe ser completado en línea en inglés o francés por conducto de una plataforma accesible mediante el portal electrónico (web) de la UNESCO a partir este enlace solo para las candidaturas de entidades.
Las candidaturas deben ser completadas en línea por la Delegación Permanente ante la Unesco del Estado Miembro o por una ONG que colabore oficialmente con la UNESCO, mediante su cuenta oficial.
Las Comisiones Nacionales para la UNESCO pueden acceder y completar el formulario en línea. Sin embargo, toda candidatura presentada por una Comisión Nacional debe ser presentada por la Delegación Permanente ante la UNESCO del Estado Miembro correspondiente. Un mensaje de notificación automático será enviado a la dirección de correo electrónico oficial de la Delegación.
Si una Comisión Nacional o Delegación Permanente ante la UNESCO desea que el formulario sea completado electrónicamente por los candidatos, la UNESCO puede crear una cuenta UNESTEAMS para cada candidato. Una solicitud debe ser enviada a GWEprize@unesco.org(link sends e-mail) antes del 22 de abril de 2017. Después de que el candidato haya rellenado el formulario, la Comisión Nacional y la Delegación Permanente recibiran un correo electrónico de notificación y la candidatura puede ser revisada antes de presentarla a la Delegación Permanente ante la UNESCO.
Debe prestarse atención a que la presentación de los proyectos o programas del candidato se haga demanera clara y estructurada, siguiendo las instrucciones del formulario.
Todos los materiales de apoyo (por ejemplo, publicaciones, fotografias,vídeos) deben ser enviados por conducto de Internet mediante el sistema en línea.
Al completar el Formulario, se ruega que recuerden que el proyecto/programa será admitido por el Jurado en base a los criterios de selección.

2 . Presentar el formulario de candidatura en línea 

Las candidaturas deben ser presentadas por conducto del sistema en línea por la Delegación Permanente ante la Unesco correspondiente o por la ONG hasta medianoche del 5 de mayo de 2017 (UTC+ 1, hora de París)
Sírvase anotar que cada Delegación Permanente o ONG no podrá presentar más de tres candidaturas.

Para cualquier pregunta relativa al Premio UNESCO para la Educación de las Niñas y las Mujeres o al proceso de presentación de las candidaturas, favor de contactar el Secretariado del Premio en la Sección de Educación para la Inclusión y la Igualdad de Género de la UNESCO: GWEprize@unesco.org

abril 26, 2017

Sororidad vs violencia machista

Fotograma de 'Big Litlle Lies'.

Uno de los grandes méritos de 'Big Little Lies' no es solo el rotundo protagonismo femenino, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres del siglo XXI continúan sufriendo

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.

La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.


Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.

Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.

Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.

Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.

Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.

Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.

Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.

Por Octavio Salazar
Fuente: El País