abril 27, 2015

Los derechos de las trabajadoras textiles no deben ser negociables

Acción del Collectif Ethique sur l'étiquette en París, Francia.
Credito : Laurent Hazgu

El 24 de abril de 2013 se produjo el derrumbe del Rana Plaza, un edificio que albergaba talleres de confección textil en el distrito de Daca en la capital de Bangladesh, provocando la muerte de 1138 personas, principalmente trabajadoras textiles. Después de dos años, feministas de todo el mundo han organizado para el 24 de abril de 2015 las “24 horas de solidaridad feminista internacional” (24 heures de solidarité féministe internationale) en memoria de las víctimas de esta catástrofe.

La organización francesa Collectif Ethique sur l’étiquette, miembro de la red Clean Clothes Campaign, está realizando un importante trabajo para promover la aplicación de normas internacionales en favor de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras, específicamente en el sector textil. En la presente entrevista, la coordinadora de esta organización, Nayla Ajaltouni, aborda algunas de las principales problemáticas que enfrentan las obreras del sector textil, así como también las estrategias por parte de organizaciones de la sociedad civil que permitirían garantizar los derechos económicos y sociales de estas personas. 

La catástrofe en el Rana Plaza que dejó un total de 1.138 víctimas fatales y más de 2.000 heridos, en su mayoría mujeres, ha dado lugar a una movilización ciudadana y mediática a nivel internacional sin precedentes que busca sobre todo llamar la atención sobre las condiciones de trabajo y la seguridad de los obreros-as del sector textil. Desde que ocurrió este desastre hace dos años, una cantidad importante de sindicatos y asociaciones han estado desarrollando actividades de promoción y de movilización para que las 50.000 víctimas y otras personas afectadas reciban algún tipo de indemnización y para que, de una manera más generalizada, las multinacionales occidentales asuman un obligación de vigilancia en lo relativo al respeto de los derechos humanos de los trabajadores y las trabajadoras a través de todas sus cadenas de subcontratación en el extranjero. 

AWID: ¿Cuáles son las consecuencias de la actual globalización sobre los derechos económicos y sociales de los-as trabajadores-as del sector textil?

Nayla Ajaltouni (N.A): La globalización desregulada ha permitido la aparición de actores y actrices mundializados-as, como las multinacionales, que han establecido sistemas de producción basados —según creen— en las ventajas comparativas que ofrecen algunos países. Hay países que ofrecen mano de obra a bajo costo y acceso a recursos naturales que favorecen un modelo económico basado en la minimización de los costos de producción y la maximización de las ganancias. Los países en desarrollo, por lo general pobres, se transforman en una plataforma ideal para que las multinacionales infrinjan gravemente las normas laborales internacionales y los derechos económicos, sociales y culturales. En el sector textil, existe una dinámica generalizada para el proceso de contratación de trabajadores-as, ya no solamente dentro de un mismo país, sino de manera más global en la región e incluso entre las regiones.

AWID: ¿Por qué el género constituye un factor importante en este sector?

N.A.: Gran parte de los trabajadores del sector textil son mujeres. En su mayoría son jóvenes migrantes internas que provienen de medios rurales pobres y con un bajo nivel de escolarización, muchas de las cuales comienzan a trabajar desde los 15 años. Por lo general, las mujeres son víctimas de diversos tipos de discriminación: son discriminadas al momento de ser contratadas, mientras trabajan y también en lo que respecta a sus salarios; y a pesar de que constituyen el 85 % de la mano de obra, muy pocas logran alcanzar un puesto de nivel superior.

También podemos ver discriminación en estos países debido a que casi no existen legislacionesque aborden temas como el permiso de maternidad o incluso las ausencias por enfermedad. Es más, en Camboya muchas mujeres se han visto obligadas a recurrir a pruebas para demostrar que no están embarazadas en el momento de la contratación, lo que claramente es una violación flagrante a sus derechos más fundamentales. No está permitido que las trabajadoras tomen un descanso o que vayan a los servicios, lo que explica la enorme cantidad de enfermedades crónicas como las infecciones urinarias. También hay que considerar las consecuencias que conlleva el hecho de que las más jóvenes siguen los pasos de sus madres para ir a trabajar a las fábricas de productos textiles.

Además, los hombres que están a cargo abusan sexualmente y maltratan a las trabajadoras, lo que explica claramente el acoso sexual y maltrato físico que sufren todas estas mujeres. En Túnez, existen testimonios de mujeres que han quedado embarazadas luego de ser violadas regularmente por sus empleadores en las fábricas. En Camboya también hay testimonios de mujeres que sufren violencia y no solamente en las mismas fábricas, sino que también fuera de estas; en zonas industriales aisladas donde las trabajadoras se ven expuestas al abuso por parte de hombres, ya que sus empleadores no ofrecen ningún tipo de protección necesaria para ellas. 

AWID: ¿Cómo se organiza la movilización de las mujeres dentro de los movimientos sindicales?

N.A.: Según su situación de vulnerabilidad, las mujeres sienten miedo de alzar la voz para pedir mejores condiciones de trabajo y mejores salarios. Ellas no saben que existen derechos y obligaciones por parte de sus empleadores y no tienen noción de que al mismo tiempo son sujetos de derecho y que pueden recurrir a los sindicatos. En los países con producción textil, estos sindicatos están, por lo demás, dirigidos por hombres, lo que dificulta aún más el acceso a este tipo de asociaciones. En términos generales, nuevamente podemos ver que las mujeres están limitadas y que no pueden participar en la estructuración de los principales sindicatos dentro de las fábricas. Asimismo, si hacemos la comparación con las confederaciones sindicales occidentales, podemos observar que los temas de solidaridad Norte-Sur todavía no se han asentado lo suficiente. El sector textil es un sector emblemático que permitiría abordar el tema del género, ya que está compuesto en su mayoría por mujeres y por los testimonios que muestran de manera clara las dificultades que se relacionan con el tema del género. En algunos países, se ha logrado establecer estructuras intermediarias que corresponden por lo general a asociaciones locales entre las trabajadoras y los sindicatos. Estos sindicatos informan a las mujeres sobre sus derechos y la necesidad de contar con organizaciones que defiendan estos derechos, las capacitan para que puedan hacer efectivos estos derechos y las introducen así en el contexto de la sindicalización. Por ejemplo, en Camboya existe la Workers Information Centerque es una asociación que se dedica a fomentar el empoderamiento de las trabajadoras, sobre todo en aquellos sindicatos donde todavía existe una estructura masculina que opera a nivel nacional y que está completamente alejada de la realidad. 

AWID: ¿Cuáles son los instrumentos jurídicos a nivel internacional que permiten garantizar los derechos de las y los trabajadores y cuáles son sus limitaciones?

N.A.: Los Convenios fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo(OIT) relativos a la defensa de los derechos humanos en el lugar de trabajo, a la universalidad de estos derechos y a lo que significa un trabajo decente constituyen un cuerpo normativo sobre este tema. Lamentablemente, estos convenios no son ni vinculantes ni tampoco imponen sanciones cuando no se respetan. También existen los Principios rectores sobre las empresas y los derechos humanos de las Naciones Unidas que consignan la obligación de vigilancia que se debe imponer a las multinacionales y el deber que tienen los Estados de hacer respetar estas obligaciones. Esta obligación atañe a las relaciones comerciales, es decir, no solamente a lo que concierne el vínculo entre dos entidades económicas, sino también a todo el conjunto de la cadena de subcontrataciones. Sin embargo, hoy en día todavía no existen sanciones y las multinacionales siguen ignorando cualquier obligación relacionada con los derechos humanos. 

AWID: ¿De qué manera las empresas multinacionales han asumido sus responsabilidades ante la violación de los derechos humanos luego de la catástrofe de Rana Plaza?

N.A.: Actualmente, no existen mecanismos que normalicen la rendición de cuentas y la responsabilidad jurídica de las multinacionales. Frente a este vacío y en relación con lo acontecido en Rana Plaza, hubo algunas iniciativas locales por parte de los trabajadores y las trabajadoras, junto con el apoyo de organizaciones locales de abogados, para poder obtener algún tipo de indemnización de parte del Estado y de los dueños de la fábrica. En este tipo de casos, los querellantes necesitan mucho dinero o poder contar con abogados-as para instruir la causa y solicitar indemnizaciones ante entidades locales de manera casi voluntaria.

En el contexto internacional, hubo una movilización ciudadana y mediática tan trascendental que generó negociaciones en torno a un Fondo de Compensación de las víctimas y que contó con el respaldo de la OIT. Los procesos de negociación entre las multinacionales, los sindicatos internacionales y la OIT demuestran que el tema de la responsabilidad y de la indemnización no está reglamentado. De igual manera, el Fondo de Compensación está abierto a cualquier tipo de contribuyente y no solamente a las empresas implicadas en el colapso del edificio, es decir, las empresas pueden seguir entregando sus aportes de manera anónima, hecho que nuevamente incide la rendición de sus cuentas. Los fondos recaudados hasta ahora alcanzan el 75 % de los montos necesariosy casi la totalidad de las víctimas ha recibido los primeros pagos. 

Es insólito que tengamos que pasar por un proceso de negociación y que para otros casos menos mediáticos no exista el mismo nivel de presión ante las multinacionales. Es por esta misma razón que es urgente que se pueda normalizar esta responsabilidad a través de las leyes.

AWID: ¿Cuáles son las medidas que ha adoptado el Collectif Ethique sur l’étiquette para enfrentar estos desafíos?

N.A.: Hace dos años que estamos trabajando en Francia en una propuesta legislativa que establezca medidas de prevención y que permita identificar y evitar las violaciones de los derechos humanos por parte de las multinacionales fuera del territorio francés y, cuando sea el caso, poder contar con una sección que establezca indemnizaciones para las víctimas. El 30 de marzo de 2015, la Asamblea Nacional votó un proyecto de ley en relación con los deberes de fiscalización de las sociedades matrices y las empresas contratistas; sin embargo,el contenido de este proyecto apenas refleja nuestra propuesta inicialdebido a las presiones por parte de las organizaciones de empleadores. A pesar de todo, este proyecto representaun paso histórico en lo relativo a la obligación de prevención de las multinacionales. No obstante, esta ley jamás verá la luz si no pasa al Senado y dado que hay falta de consenso debemos seguir presionando para que pase prontamente a la orden del día del Senado y pueda ser aprobado. Otra opción es entablar juicios en contra de las empresas al amparo del Código del Consumidor de Francia cuando se presenten prácticas inapropiadas.

Nuestra organización se apoya enormemente en las movilizaciones ciudadanas para abogar por la promoción y defensa ante las multinacionales, lo que implica ofrecer un soporte de información y de sensibilización que incentive a la ciudadanía a adoptar acciones para solicitar prácticas alternativas. La campaña internacional #Soldées es una iniciativa que surgió tras las movilizaciones de trabajadores-as en Camboya, Sri Lanka, China y Bangladesh y que busca reivindicar un salario vital que satisfaga no solamente las necesidades fundamentales de los trabajadores y las trabajadorasy de las personas que dependan de ellos-ellas, sino que también permita ahorrar una parte de este para el futuro. Esta campaña internacional se basó principalmente en la definición de un indicador de cálculo de salario mínimo que propone la Asia Floor Wage Alliance para instar a las multinacionales a considerar este tipo de indicadores en sus relaciones comerciales, fomentar la adaptación de estos indicadores a los diferentes contextos y entregar también las herramientas prácticas para que la ciudadanía se movilice. Nuestra visión es que existe una alternativa posible y para ello debemos movilizar a la ciudadanía para que cambien las pácticas de las grandes marcas.

Por Mégane Ghorbani
Fuente: Awid

Se integra postura feminista a lucha agraria de mujeres en América Latina


Organizaciones campesinas de América Latina (AL) intentan definir los conceptos de un feminismo “campesino y popular”, que incorpore una cosmovisión rural, no siempre coincidente con la de las mujeres urbanas, o modelos económicos alternativos.

Para Gregoria Chávez, una veterana campesina de la noroccidental provincia argentina de Santiago del Estero, el feminismo incluye “las luchas y el apoyo de los compañeros para defender las tierras”.

Hasta hace poco, para ella el feminismo era un concepto extraño. Pero como otras tantas campesinas latinoamericanas en sus localidades, ahora protagoniza las batallas en su provincia contra el avance del monocultivo de la soya y el desalojo de pequeños productores.

“Yo pienso que la mujer es importante en el campo porque tiene más coraje que el varón. Yo no tengo miedo a nada. Siempre les digo a mis compañeras que sin coraje no vamos a conseguir nada”, relató a IPS/Cimacnoticias.

Definir un feminismo propio no es tarea fácil para la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo-Vía Campesina, que celebró su VI Congreso entre los días 10 y 17 de este mes, en el municipio argentino de Ezeiza, que forma parte del Gran Buenos Aires.

Pero sus integrantes tienen claro que no se limita a una “simple agenda de igualdad de género”.

La profundización del feminismo en el ámbito rural fue parte del debate de la V Asamblea Continental de Mujeres del Campo, un foro en el marco del Congreso que congregó a 400 delegadas de 18 países de AL y caribeños y se clausuró el pasado 14 de abril.

Como ilustró Deolinda Carrizo, del argentino Movimiento Nacional Campesino Indígena, en la Asamblea al menos se intentó “abrir esos surcos cada vez más”.

El término de feminismo asusta a muchas campesinas, según Rilma Román, delegada de la Asociación Nacional Agricultores Pequeños de Cuba. Ella también integra la coordinación de la organización internacional Vía Campesina, donde la mitad de sus líderes son mujeres, según destacó.

“Asusta porque muchas veces se piensa que feminismo es que las mujeres estemos solas luchando contra los hombres, que somos dos bandos”, explicó a IPS/Cimacnoticias. “Es un tema prácticamente nuevo en nuestros debates. Creo que hay que darse un tiempo para poder explicar y llegar a un consenso”, opinó la delegada cubana.

Hay que explicar, por ejemplo, temas como el de la diversidad sexual. “Antes era muy difícil que en una comunidad campesina encontraras travestis que se manifestasen. Había mucha auto represión y represión que existe todavía”, relató Carrizo.

“A los más viejos les cuesta mucho entender que hay compañeros que tienen otra opción sexual. Poco a poco vamos viendo cómo abordar el tema y a animarlos a que lo acepten”, agregó.

La V Asamblea de mujeres rurales reconoce la “contribución histórica” del feminismo, pero parte de un concepto diferente al del “capitalismo” que, interpretó Carrizo, impuso la explotación, inclusive la de género.

Prefieren definirlo bajo la lupa de la reforma agraria, la disputa contra las corporaciones trasnacionales agrícolas, la concentración de tierras y agua, el agro negocio y la mega minería, que excluye y margina a mujeres y hombres.

“Pero las mujeres, especialmente las del medio rural siempre fueron más excluidas”, contextualizó Marina dos Santos, del brasileño Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra. También lo están de las políticas públicas de salud o educación, destacó a IPS/Cimacnoticias.

“En Brasil están cerrando escuelas rurales. Los puestos de salud, cuando los hay, no tienen médicos, enfermeras o medicinas. Muchas mujeres en el campo comienzan su trabajo de parto y por falta de hospitales o transporte terminan muriendo”, subrayó.

También se margina a las mujeres de la titularidad de la tierra o el acceso al crédito rural. “La mujer es la que más trabaja pero es la última que tiene acceso a la tierra y la más explotada como mano de obra barata. El éxodo rural hizo que los hombres salgan cada vez más a trabajar fuera, y las mujeres se quedaron con la parte de subsistencia de sus familias”, ejemplificó Santos.

“Los terrenos se adjudican primero al hombre. Las mujeres que somos cabeza de familia, que no tenemos compañeros, no tenemos posibilidades porque debemos tener como referente a un hombre”, agregó Luzdari Molina, de la Federación Sindical Agropecuaria de Colombia.

“Otra particularidad, como sucede en Colombia, es que las mujeres del campo todavía están muy poco escolarizadas, porque tenemos que ocuparnos del hogar”, detalló a IPS/Cimacnoticias

Las participantes en la V Asamblea destacaron como a las faenas domésticas y el cuidado de la familia, a las mujeres se les suma el peso de la producción de alimentos.

“En Santiago del Estero hay épocas que tienen que ir al corral a atender los cabritos o vacas. Cuando los hombres se van (como trabajadores temporales a otras provincias), la mujer se queda sosteniendo el trabajo del hogar y de la tierra”, añadió Carrizo.

“Las campesinas no somos reconocidas como trabajadoras. En mi región (el departamento colombiano de Boyacá) desde las tres de la madrugada estamos levantadas para ordeñar vacas, cuidar la casa, preparar el desayuno para obreros, atender nuestra propia producción y el día se nos va”, planteó Molina.

Las mujeres rurales, según la argentina Carrizo, son también las que han ejercido históricamente el rol de “guardianas de las semillas”, y por ello viven como “violencia” los intentos de “privatización de las semillas”.

Igualmente sienten como violencia, aseguró la líder campesina argentina, las fumigaciones con pesticidas, porque afectan “la salud de nuestros hijos y nuestra, porque causan abortos espontáneos, malformaciones, y acumulación de estos venenos en la leche materna”.

Además, la brasileña Santos destacó que en aquellos problemas de género que son comunes con las mujeres urbanas, la situación se agrava para quienes viven en el campo. Citó como ejemplo el caso de la violencia doméstica, que empeora porque las comisarías especializadas de la mujer están en las ciudades.

En Colombia, añadió Molina, “no hay nada que les garantice a las mujeres alejarse del territorio donde han sido agredidas”, lo que evita las denuncias. “Los vecinos dicen no me meto, las cosas de pareja se arreglan debajo de las cobijas. Pero cuando se llega a los extremos, la comunidad va al entierro y hace misas para que le salven el alma del pobre marido. Es muy triste pero es real”, lamentó.

La cuestión es cómo abordar esos temas, a veces aceptados como naturales. “En el campo hay mucho machismo y muchas mujeres lo traen incorporado desde que nace”, observó la cubana Román. “Hay compañeras o compañeros que creen que queremos que se separen las familias, o el divorcio”, agregó.

Por eso, planteó Carrizo, debería considerarse la “diferencia de cosmovisión de cada pueblo”. “La mujer campesina en Colombia, por ejemplo, no se siente identificada como feminista. Lo que les choca (de la mujer urbana) es una cuestión de clase, que tienen ciertas comodidades y actividades diferentes a las suyas”, acotó Molina.

“A veces arrastramos esa concepción del feminismo como lo habíamos aprendido, de que para enfrentar al machismo hay que tener una actitud opresora también. Pero aquí no se trata de predicar eso, sino un feminismo con una actitud de solidaridad entre compañeras y compañeros”, argumentó Carrizo.



Por: Fabiana Frayssinet
Fuente: IPS

abril 26, 2015

Armenia: “El mundo nos ha traicionado”

Arsinée Khanjian, actriz nacida en la diáspora, lucha por que se reconozca el genocidio ejecutado por el Imperio otomano contra la población armenia de Anatolia, que Turquía sigue negando.


“La memoria y el activismo fueron parte de mi educación: mi obligación es dar a conocer el genocidio al mundo”, afirma Khanjian./ Giulio Muratori


Arsinée Khanjian (Beirut -Libano-, 1958) es una actriz armenia nacida en la diáspora. Pertenece a la tercera generación de quienes huyeron del genocidio de la Primera Guerra Mundial. Temiendo que, al igual que Armenia del Este, el pueblo armenio de Anatolia se uniera al bando del Zar de Rusia en la guerra, el proyecto político-religioso que soñaba con una Panturquía llevó a deportar y asesinar en 1915 a quienes tuvieran origen armenio cristiano y vivían bajo el Imperio otomano. Un millón y medio de personas fueron asesinadas. Cien años después, Turquía sigue negando tal genocidio.

Khanjian ha participado en el ciclo sobre el centenario del genocidio armenio organizado por el Teatro Gorki de Berlín. El genocidio armenio es conocido como el genocidio “olvidado”, ya que sólo se hace referencia a él indirectamente, cuando en 1939, poco antes de invadir Polonia, Hitler explicó su plan para hacer desaparecer a la población polaca y preguntó: “¿Quién se acuerda ya del pueblo armenio?”. Cien años después de que la población armenia de Anatolia fueran ejecutada mediante una estrategia planificada, Khanjian sigue luchando contra la negación por parte de Turquía.

Pikara es una revista puesta en marcha por periodistas vascas que tiene en cuenta la perspectiva de género. Esta entrevista se publicará en euskara y en castellano.

“El pueblo armenio siempre ha comparado qué tratamiento recibió el holocausto y que el genocidio no tuvo, por qué el nuestro no merece atenciones”

Me parece adecuado, porque en 2002, cuando fuimos allá a presentar la película ‘Ararat’ de Atom Egoyan, nos sorprendió que no se conociera el genocidio. En el resto de países en Europa no era tan necesario explicar los detalles y contextualizarlos. No sé por qué España quedó fuera de la Historia.

¿Crees que se puede deber a que en España no se habla tampoco de la historia propia?

Puede ser. Tal y como has planteado la pregunta, entiendo que no se ha reflexionado sobre las consecuencias que ha traído la existencia de un Estado fascista durante tanto tiempo en España. Las alianzas entre las dictaduras fascistas y el resto de dictaduras como las habidas en Turquía son evidentes. Manipulan la Historia según sus propios intereses. Así puede explicarse el silencio sobre el genocidio al pueblo armenio.

A cien años de la estrategia planificada para asesinar a la población armenia de Anatolia, ¿recuerdas cómo oíste hablar del genocidio por primera vez?

Es imposible ser armenia y no haber oído del genocidio, también del holocausto. Tristemente, resulta que muchas judías y judíos conocen el holocausto, pero no han oído hablar del genocidio armenio, a pesar de que el judío Franz Werfel escribió en 1933 la novela ‘Die vierzig Tage des Musa Dagh’ (‘Los cuarenta días de Musa Dagh’). Se trataba de una novela para la población judía, para despertar a Europa; no la escribió para recordar al pueblo armenio. En Alemania, el libro fue confiscado, porque Hitler se dio cuenta de que estaba circulando demasiado rápido; había gran curiosidad. La población judía ya había sentido el acoso antes de la publicación del libro.

No existe ni una sola persona armenia en todo el mundo que no entienda la tragedia y el dolor del holocausto judío. De hecho, el pueblo armenio se identificó de manera inimaginable con el holocausto, porque sucedió durante la Segunda Guerra Mundial y el genocidio armenio durante la primera. Además, Alemania participó en ambos casos: en el holocausto como autora y en el genocidio como ayudante.

Por lo tanto, ¿crees que el genocidio se ha convertido en parte de la personalidad del pueblo armenio?

Es una pregunta muy importante. ¿Eres judía? Voy a hablar como una ciudadana armenia media. El pueblo armenio siempre ha comparado ambas masacres para encontrar paralelismos: cómo ejecutaron el genocidio, qué tratamiento recibió el holocausto, por qué a uno se le respondió de una manera y el nuestro no merece atenciones. Recordamos no sólo el genocidio, sino también qué tratamiento ha tenido. Yo misma me obsesioné con el holocausto: cada vez que visitaba un país por primera vez, en vez de seguir las huellas armenias, buscaba la presencia judía en el lugar. Cuando se creó el Estado de Israel, el libro ‘Die vierzig Tage des Musa Dagh’ aparecía en los planes de estudios, porque todavía no había literatura sobre el holocausto. Años más tarde, Israel es uno de los pocos países que oficialmente niega el genocidio armenio, junto con Turquía: oficialmente.

Perteneces a la tercera generación de sobrevivientes armenios. ¿Sientes que el genocidio también ha influido en tu vida?

“A los treinta, de repente, comprendí lo que me había contado mi abuela: que durante las marchas se dejó violar para que no tocasen a su hermana pequeña”

Absolutamente, toda mi vida ha sido construida sobre este tema, porque explica cómo veo el mundo: el sentido de la justicia, mi identidad… Tener que incorporar esta cuestión sobre el genocidio a todo lo que hago es una presión constante. ¿Cuándo empezó? Seguramente, cuando nací, mi madre ya me lo transmitió cuando estaba embarazada de mí. Mi madre era la hija de un hombre que sobrevivió al genocidio. La hija de un hombre que tenía un trauma demasiado grande. Tan grande, que mi madre nos lo transmitió a sus hijas e hijos.

¿Lo puedes explicar?

Mi abuelo materno tenía cinco años cuando comenzó la deportación. Le separaron de su gran familia. No sabemos cuántos eran, porque no recuerda a muchos familiares, ya que sólo tenía cinco años. Le puso los nombres que recordaba a sus hijas e hijos. Tenía cinco años y le separaron de su madre y hermanas, le dejaron sólo con su padre en las marchas de la deportación, ya que separaban a hombres y mujeres. Tras llevar muchos días andando, mi bisabuelo se cayó, debido al cansancio emocional y físico. No podía continuar. El gendarme (no les voy a llamar soldados, porque los encargados de guiar durante la deportación del pueblo armenio eran criminales recién sacados de la cárcel –tomaron el nombre francés: gendarmes-) le ordenó que se levantara. Como no podía, le decapitaron delante de mi abuelo (que tenía cinco años). No sólo eso, sino que además le obligaron a mi abuelo a llevar la cabeza de su padre en brazos durante todos los días que debía seguir caminando. Yo no conocía esta historia hasta hace dos años. ¿Cuántas historias más calló aquel hombre?

Mi otro abuelo sí contaba historias. Sin embargo, el padre de mi madre me dejó una mayor impresión, porque nunca hablaba. Se levantaba por la mañana, se sentaba delante de su casa y miraba al infinito. Aunque estuviéramos delante suyo, no nos veía. Cuando iba a visitarle, iba con miedo, porque no entendía por qué el abuelo era así. Era un hombre que contó una historia, pero que nadie sabe cuántas más calló.

La vida de mi madre fue también muy triste: empezó a trabajar a los ocho años en una fábrica de tabaco, para ayudar a la familia y las cuatro últimas criaturas que acababan de nacer. Mi madre estaba obsesionada con la educación. De alguna manera, me convertí en el proyecto de sus sueños: soñó para mí todo lo que no pudo hacer ella. Mi hermana y yo nacimos en Oriente Próximo, donde no se contemplaba que las mujeres accedieran a estudios universitarios, porque se consideraba que se casarían después del instituto. Para mi madre, en cambio, los estudios eran de absoluta prioridad: para poder hacer justicia al genocidio en el mundo. Era una misión. Utilizar la educación como recurso: aprender el lenguaje político para hablarle al mundo y que no se centre sólo en historias pequeñas y particulares. Por lo tanto, la memoria y el activismo fueron parte de mi educación. Mi obligación era dar a conocer este asunto de una manera en la que el mundo lo entendiera.

¿Tus abuelas, supervivientes del genocidio, también contaban lo que padecieron?

“No me duele solo mi historia personal, sino que todavía no se reconoce lo sucedido, que parece que nunca sucedió, que estamos locas”

Mi abuela paterna sí lo hizo. Ella… ¿Sabes? En los últimos diez días me han pedido, constantemente, ejemplos de lo sucedido. Me he dado cuenta que tengo dificultad para contarlo, porque lo que yo sé no es más que una pequeña foto. Es como hablar de violencia pornográfica. Sabemos sus vivencias, porque nos las contaron en confianza: porque les dimos la dignidad de ser creídos. Cuando cuento esos recuerdos, me pregunto qué le pasará a la historia, qué reacción generarán. Puedo hablar con plena autoridad sobre el genocidio armenio políticamente, pero al ir a los detalles no me siento a gusto, porque es un legado trágico, un recuerdo privado. ¿Puedo evocar lo sucedido? No sólo la vivencia, sino el dolor, el sufrimiento, la humillación. ¿Puedo evocar todo eso? No puedo. Puedo hablar de mi dolor, pero no del dolor de mi abuela. No sé lo que significa, sólo lo puedo imaginar.

Mi abuela iba con su hermana pequeña en las marchas, pero no llevaban el mismo ritmo. Estas historias no se cuentan diciendo: “Niñas, venid, os voy a contar algo”. Era un tema que no venía a cuento. Jugando a cartas, un día vi que mi abuela estaba irritada, no sabía por qué. De repente, me dijo: “¿Sabes?, les grité: ‘¿No tenéis vergüenza? ¿No tenéis hermanas, ni madre? ¿Cómo podéis hacer algo así?’”. No entendía de qué hablaba. Le pregunté: “¿A quién le dijiste eso, abuela?”. “Al gendarme”, me contestó. “¿Cuándo fue eso?”, le pregunté. “Cuando caminábamos”, me explicó. Por lo tanto, tuve que entender que se refería a las marchas y a la deportación. Así nos contaban las vivencias del genocidio… ¡jugando a cartas! “Mientras caminábamos, vino un gendarme y quiso llevarse a mi hermana pequeña. Yo le grité”, me dijo. “¿Qué pasó? ¿Conseguiste evitarlo?”, le pregunté. “Sí”, me respondió. “¿Y cómo lo conseguiste?”, le volví a preguntar. “El gendarme se enfadó tanto conmigo, que me empujó fuera de la fila y luego volví”, fue su respuesta. “¿Qué le pasó a tu hermana?”, continué. “Nada, yo le salvé, yo [se golpeaba el pecho]”.

En aquel momento no entendí lo que me estaba contando. Más tarde, yo tendría unos treinta años, caminaba por la calle y, de repente, me paré y lo comprendí: me había contado que la habían violado. Que se había dejado violar, para que no le tocaran a su hermana. No me lo dijo nunca con esas palabras. Tomó el lugar de su hermana, para salvarla. Mi abuela tenía quince años cuando comenzó la deportación y para entonces ya estaba casada. El marido había desaparecido en la guerra, antes de comenzar la deportación y también se murió su primer hijo. Mi abuela no salvó a su hermana de la violación, salvó su honor. Sabía lo que iba a suceder. Eso sólo lo puedo entender como mujer.

¿Cómo puedes explicar tu dolor cuando conociste las vivencias de tus abuelas y abuelos? ¿Por qué crees que todavía te duele?

Porque todavía no se reconoce lo sucedido, porque parece que nunca sucedió, que estamos locas. El dolor no es únicamente mi historia propia, sino ver que sigue sucediendo lo mismo en el mundo. La apatía hacia lo que les sucede a los demás ha acabado con mi esperanza de compasión. He comprobado que somos desconfiados. Nos cuesta mucho tener confianza en la humanidad, porque el mundo nos ha traicionado. Soy la que sigue con la lucha por reconocer el genocidio y compruebo que al mundo no le importa. Es muy doloroso cuando hablo con intelectuales que han influido en mi manera de pensar y me dicen: “Olvídalo, no son recuerdos importantes a los que aferrarse”. Mi memoria es construida, por supuesto, pero mis sentimientos no. Los siento. Siento la humillación, el insulto, que no hay responsables.

¿Cómo valoras que cien años después en Alemania, un país que ayudó al imperio otomano en el genocidio contra el pueblo armenio, se organice un festival de 45 días sobre el tema? Es más, en Berlín, una ciudad donde la comunidad turca tiene una gran presencia.

Al contrario que en Turquía, los archivos de Alemania no han sido destruidos y certifican lo sucedido. El armenio Soghomon Tehlirian asesinó en Berlín en 1921 a Talaat Pasha, el Ministro de Interior del imperio otomano que ordenó la deportación de la población armenia. El juez de Berlín consideró que Tehlirian era culpable. Sin embargo, entendió el trauma que suponía sobrevivir al genocidio y… ¡le dejó en libertad! Entonces, Raphaël Lemkin (quien después acuñó la palabra “genocidio”) era estudiante de Derecho y siguió el juicio a Tehlirian.

Cuando me encontré con Shermin Langhoff (directora artística del Teatro Gorki de Berlin), no podía imaginar que estaría en Berlín para el centenario del genocidio, en un lugar donde nuestras historias se cruzan: Alemania, Turquía y Armenia. Es sorprendente que sea iniciativa de una ciudadana alemana de origen turco y, además, en un teatro público. Seguramente, ha sido la mayor iniciativa fuera de la comunidad armenia. Ha hecho historia.

¿Has ido alguna vez a Turquía?

Nunca imaginé que iría a Turquía, porque tomé una decisión consciente: no quería ir a un lugar donde no tuviera libertad para reclamar mi identidad. Nos han invitado muchas veces a Turquía y siempre pedíamos que nos certificaran por escrito que tendríamos la oportunidad y libertad de hablar sobre nuestra identidad. Por supuesto, durante años no podían hacerlo. Así que nunca fuimos.

Hace seis años, en cambio, participé en un proyecto llamado ‘Escalando el monte’. Para el pueblo armenio resulta muy significativo, porque sólo existe un monte: el Ararat. El proyecto se llevó a cabo en Berlín, Estambul y Armenia del Este. Me prometieron que podría hablar sin censura y sólo fui durante un día. Después, el 24 de abril de 2013, el día en el que recordamos el genocidio, por casualidad, me encontraba en Turquía. Entonces, me prometí que el 24 de abril de 2015 estaría también en Turquía y no como hasta entonces, frente a la embajada turca en algún país extranjero. Iré a Estambul, a la ciudad donde encerraron en campos a los intelectuales armenios, antes de la deportación, antes de asesinar al resto de la población armenia de otros pueblos. Ya que resisto como armenia, necesito volver al lugar donde comenzó todo.

Debo reconocer que, desde que voy a Turquía, mi conciencia de activista se ha consolidado de una manera que sólo podría suceder por haber ido a Turquía. He contactado con la pequeña comunidad armenia que queda en Turquía, la mayor parte en Estambul, quienes se convertieron al Islam o, a pesar de mantener la memoria, sin posibilidad de hablar de ello. En cien años, no sólo hemos perdido el contacto con la tierra, sino que también hemos perdido el trato con quienes sobrevivieron al genocidio y se quedaron allí. Quienes han seguido recordando y sintiendo miedo. De la misma manera, también he establecido amistad con personas turcas, algo antes imposible para mí, y quienes se han disculpado. Tampoco es fácil, ni emocional ni intelectualmente, para quienes tienen que asumir ese suceso, preguntar en casa y darse cuenta de que llevan el crimen en la propia familia.


Por María González Gorosarri
Fuente: Pikara

La perspectiva de género en el análisis de los conflictos armados en El Salvador y Bosnia - Herzegovina: de la conciencia de clase a la injusticia de género


Irantzu Mendia Azkue en su libro ‘La división sexual del trabajo por la paz. Género y rehabilitación posbélica en El Salvador y Bosnia-Herzegovina’ nos lleva a través de un excelente análisis desde la perspectiva feminista a comprender el papel que jugaron las organizaciones feministas y de mujeres en estos dos países.

En la primera parte nos abre las puertas a conocer el escenario geopolítico en el que se desarrollaron los conflictos armados y la consecuente construcción de la paz, destacando el papel que tuvieron los acuerdos de paz en cada uno de los contextos, para después seguir conociendo cuáles han sido las implicaciones que el conflicto ha tenido para las mujeres y cuál ha sido la perspectiva feminista que ha primado en el discurso y en la práctica internacional para la construcción de la paz. La obra desvela a través de un riguroso análisis cómo los discursos internacionales difieren en la construcción práctica de la paz y la rehabilitación posbélica de las formas de acción colectivas propias de las organizaciones feministas y de mujeres; dejando entrever, a la vez, cómo el discurso predominante en las organizaciones internacionales responde más a un modelo de paz liberal que a un proceso de paz que garantice una transformación social.

El libro cuenta con varios testimonios de lideresas e integrantes de movimientos feministas de El Salvador y Bosnia-Herzegovina, que a través de varias entrevistas nos cuentan su percepción del conflicto armado y las implicaciones que ha tenido para las mujeres. Esto le aporta mucho valor a la investigación, ya que además de manifestar la preocupación de la autora por recoger la perspectiva de las propias protagonistas, nos ofrece reflexiones de gran valor que nos acercan de una forma más íntima al conflicto.

Ambos conflictos armados son representaciones de realidades sociales distintas y además están ubicados en diferentes espacios temporales. El caso de El Salvador se enmarca en el contexto de la Guerra Fría (1890-1992) y el de Bosnia-Herzegovina se ha caracterizado como una ‘nueva guerra’ y su marco temporal va desde el año 1992 al 1995. Esta diferenciación supone un enriquecimiento que nos permite conocer, de manera muy rigurosa y didáctica, cuáles han sido las mayores implicaciones de los organismos internacionales en la resolución del conflicto y en la posterior rehabilitación posbélica; lo cual, en cierto modo, influirá en la respuesta que desde las organizaciones feministas analizadas se ha dado a la demanda de una construcción de la paz liderada por las mujeres.

El conflicto armado en El Salvador tiene sus raíces en un enfrentamiento político ideológico entre el Estado salvadoreño y el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional). Entre las causas que lo motivaron destacan problemas estructurales como la represión a diferentes expresiones de reivindicación social, las grandes desigualdades económicas y sociales que conllevaron altos niveles de pobreza económica y el acaparamiento de grandes extensiones de tierra en manos de terratenientes. A simple vista, podemos constatar que muchas de estas problemáticas han sido comunes en diferentes países de América Latina, y que también han desencadenado conflictos armados, como es el caso de Nicaragua, Guatemala o Colombia, y contra las que el mismo Estado también ha respondido con la táctica de ‘tierra arrasada’. El escenario de conflicto armado se da por finalizado con la firma del Acuerdo de Chapultepec el 16 de enero de 1992, aunque para ello se llegaron a firmar siete acuerdos predecesores. De la mano de la autora se nos va descubriendo como la firma del acuerdo no da por alcanzada la paz, ni mucho menos termina con la violencia.

La firma de un acuerdo de paz no es garantía de la no violencia, como demuestra el hecho de que para gran parte de la población de El Salvador la violencia sigue siendo una realidad diaria. La escasa participación de mujeres en la firma de los acuerdos, además de la ausencia de una perspectiva feminista y de género en las políticas orientadas a la reconstrucción posbélica y a la construcción de la paz, fueron factores que, aun actualmente, explican muchas de las luchas que el movimiento feminista salvadoreño sigue desarrollando.

En el caso de las mujeres la violencia, lejos de descender, se ha acrecentado, y resulta evidente cómo la firma del Acuerdo de Chapultepec no conllevó los objetivos de alcanzar la paz, hecho que merece una revisión. Para el feminismo salvadoreño la firma de la paz marcó un hito que poco a poco le llevó a transitar del feminismo marxista/revolucionario al feminismo socialista y radical. La autora del libro evidencia este hecho de manera muy acertada con la afirmación de que en El Salvador las organizaciones feministas “han vivido su propia ‘transición postconflicto’, que no ha consistido en la transición de la guerra a la paz sino de la conciencia de clase a la conciencia de género”. Es decir, las causas estructurales que motivaron el conflicto no se determinaron desde una perspectiva feminista, ni las consecuencia de la firma del acuerdo de paz supusieron un cambio en las relaciones de género ni mucho menos cuestionaron el modelo patriarcal, por lo que la lucha feminista, lejos de acallarse en el tiempo, se ha concienciado de que su empoderamiento pasa por una reivindicación estructural que cuestione el modelo capitalista patriarcal.

El contexto del conflicto armado en Bosnia-Herzegovina se presenta en su génesis como un conflicto cuya definición como fundamentalmente étnico y endógeno es, en cierto modo, artificial. Son varias las autoras y autores que afirman que las condiciones objetivas que desencadenaron el desarrollo de un enfrentamiento armado fueron manipuladas y reforzadas a través de diferentes estímulos externos. Es decir, el reforzamiento de la identidad nacional de las tres principales comunidades (bosnio-musulmana/serbo-bosnia/bosnia-croata) que convivían en lo que se conocía como Bosnia-Herzegovina, y que fue la causa del enfrentamiento, tuvo su mayor expresión inminentemente previa al surgimiento del conflicto, y es lo que ha prevalecido para que en los discursos dominantes internacionales se hable de la ‘etnización’ de la política, centrando las causas en los factores identitarios de etnia y religión.

Si por algo se caracteriza este conflicto es por arrojar grandes cifras de violaciones sexuales cometidas y por el nivel y mantenimiento en el tiempo de la injerencia directa de agentes, organizaciones e instituciones internacionales en el escenario posbélico tras la firma del Acuerdo de Paz de Dayton. Dicha presencia de agentes externos ha influido en el desarrollo de la política interna, generando que de facto Bosnia-Herzegovina se convirtiera en un protectorado internacional condicionado por las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. La injerencia directa de organismos extranjeros fue acompañado de toda una serie de políticas de cooperación, que en primer término se centraron en la dotación de fondos para la reconstrucción de infraestructuras y que con el tiempo fueron desplazándose hacia objetivos más orientados al mantenimiento de la estrategia internacional de seguridad, dirigida sobre todo por la OTAN, para después terminar reduciéndose considerablemente y dejando sin amparo económico a muchas organizaciones sociales y ONG que se sostenían de los fondos de la cooperación.

Este hecho también marcó devenir del movimiento feminista, bastante débil en la región. Las organizaciones y grupos de mujeres creadas tras la firma del acuerdo sobrevivían de los recursos que la cooperación ofrecía, por lo que la dependencia económica marcaba el devenir de su planteamiento estratégico, el cual se centraba en resolver las necesidades urgentes de una sociedad sumida en un proceso posbélico. Bajo la fuerte influencia de una agenda de paz internacional de corte liberal, en este caso las organizaciones de mujeres han transitado más de un feminismo marxista/socialista al tradicional feminismo liberal.

En la comparativa de ambos casos, llama la atención cómo en el contexto salvadoreño el movimiento feminista ha tomado un proceso más activo de concienciación y apuesta por un empoderamiento que avanza hacia la autonomía de las personas y la configuración de un nuevo sistema en el que el patriarcado no tenga cabida. En cambio, en el caso de Bosnia-Herzegovina, país que cuenta con una tradición socialista garante de la igualdad, al menos formal, las relaciones de género asimétricas siguen marcando las pautas de una sociedad artificialmente creada sobre una legislación ‘modernizada’ pero con un retroceso evidente en la autonomía y derechos de las mujeres y con poca presencia del movimiento feminista.

Sin duda, éstas y muchas más reflexiones son las que Irantzu Mendia Azkue nos ofrece en este libro para repensar, abriendo un espacio allá donde el patriarcado no cuestiona, donde el recuerdo casi no llega, donde los datos se borran en la historia no contada, pero desde donde día a día se generan nuevos gérmenes de luchas y se avanza con pasos decididos hacia la búsqueda de la verdad, la reparación y la justicia social. En ese espacio destinado al movimiento feminista donde las miradas se llenan de complicidad, el caminar siempre es comunitario y el avance siempre es colectivo, porque cada día es una lucha y lo personal es político. Muchas gracias por este libro que regala una maravillosa lectura y miles de reflexiones.


Por Beatriz Plaza,
Fuente: Revista de los Pueblos

abril 24, 2015

Cuerpos políticos e identidades performativas: algunas pistas para abordar la noción de cuerpo


Este trabajo tiene como objetivo general analizar la construcción discursiva y material de la noción de cuerpo que hacen los movimientos feministas y de la diversidad sexual en Uruguay, a partir de la ejecución de protestas de calle donde son plasmadas sus demandas tanto en lo argumentativo como en lo práctico. Para ello, se realizó un estudio de seis casos de protestas de calle, con el fin de que los ejemplos nos aportaran insumos para elaborar una discusión teórica que tuviera como foco de atención la categoría cuerpo como 
sujeto/objeto de la acción política de los movimientos. Entender el cuerpo como sujeto de las demandas de estos movimientos significa reposicionar en un lugar privilegiado de la lucha política al cuerpo como construcción social e histórica. Los enunciados de verdad que se constituyen contextualmente sobre el cuerpo determinan la producción y reproducción de significados en torno al mismo; habilitando o limitando algunas corporeidades. Es, justamente, en el espacio de la contingencia donde es posible colocar nuevas 
conceptualizaciones (discursivas y materiales) sobre los cuerpos; este lugar es el de la transformación social. Hablar del cuerpo como sujeto político implica un proceso de revisión y cuestionamiento de las retóricas de exigibilidad de derechos.

  • Texto completo: PDF
Por Lucía Pérez Chabaneau
Conferencias de la Universidad Nacional de Córdoba, III Congreso Genero y Sociedad. "Voces, cuerpos y derechos en disputa"