junio 28, 2017

La fuerza Feminista crece en Argentina, ante los femicidios, las Mujeres encuentran unidad y fuerza en las calles

Cada 18 horas una mujer es asesinada en Argentina a causa de la violencia machista, una estadística que ha ido empeorando pese al alerta, las manifestaciones y las denuncias que se vienen realizando en el país. Los motivos no han sido esclarecidos por nadie, pero, como si se tratara de un efecto dominó, cuanto más se conoce y se repudia un hecho otros tantos aparecen. Algunos de los homicidios muestran un nivel de perversión inimaginable. Los medios de comunicación se nutren del morbo y estigmatizan a la mujer.


La tragedia

Gabriela Parra, María Eugenia Lanzetti, Agustina Salinas, Laura Vázquez Proveste, Daiana García, Elizabeth Angélica Wilson, Abril Wilson, Tamara Micaela López, María Eugenia Villafañe, Lola Chomnalez, Gabriela Fassio, Noelia Akrap, Priscila Hartman, Melina Romero, Rosa del Valle Luna, Paola Acosta, Suhene Carvalhaes Muñoz, Nicole Sessarego Borquez, Serena Rodríguez, Cynthia Filippone y Micaela García.

Ellas son algunas de las más de 130 mujeres[1] asesinadas en el país desde que comenzó 2017. Es una cantidad y es una frecuencia que espantan a esa misma sociedad argentina en la cual prevalece la cultura machista en todos los ámbitos. De hecho, ante cada caso los medios de comunicación suelen indagar en la conducta de la mujer en vez de señalar al victimario.

Y aunque se va avanzando por el camino de la concientización, de la denuncia, del reclamo de justicia, no hay análisis que aborden de manera global, en toda su complejidad, los factores que inciden socialmente en el incremento de la frecuencia de los femicidios.

De acuerdo a la oficina de la mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación[2], el Registro Nacional de Femicidios de 2016 da cuenta de 254 femicidios, mientras que en 2015 fueron asesinadas por razones de género 235 mujeres y en 2014 la cifra fue de 225.

“Si en verdad nos hallamos en un brote femicida, lo cierto es que la pena perpetua (con todo lo justa se sea) no lo contiene, y si bien las marchas y manifestaciones son necesarias, positivas y útiles, su naturaleza de lucha cultural demorará su efecto en el tiempo y, en tanto, clama la razón más elemental que es indispensable hacer algo diferente para evitar nuevas muertes. Ante todas estas dudas, una sociedad en la que predominen actitudes racionales debería preguntarse muy en serio qué es lo que está sucediendo, para encarar con máxima eficacia la prevención de los femicidios”, dice en un artículo de opinión en el diario Página 12[3], en mayo pasado, el ex juez de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Zaffaroni.

Lo que este profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires plantea es la realización de un trabajo de investigación de campo cuyos datos sean analizados por un equipo interdisciplinario que pueda acercar conclusiones sobre todos esos factores que se suman a la cultura machista y desembocan en esta realidad horrorosa. “Y a la realidad de lo que sucede en una sociedad se llega sólo por vías racionales, siguiendo técnicas con material y elementos humanos de los que disponemos en abundancia”, añade.

Esto permitiría elaborar políticas preventivas basadas en datos concretos y no en especulaciones de toda índole. No obstante, es claro que ninguna línea de acción es viable si no existe la decisión política de llevarla a cabo.

3 de junio,
la historia de una lucha que crece

La primera convocatoria del Ni Una Menos se hizo en el Museo del Libro y de la Lengua en marzo de 2015. Se trató de una Maratón de Lectura organizada por su directora, María Pía López, y un conjunto de escritoras que se conocían y tenían contacto a través de Facebook. “Como siguieron ocurriendo asesinatos realmente espantosos, a un grupo de periodistas que habían participado de la maratón, pero también a otras que se movían principalmente en Twitter, se le ocurrió iniciar una campaña llamando a una movilización Ni Una Menos para el 3 de junio de 2015. Nos llaman a nosotras, las que habíamos organizado la Maratón de Lectura, y nos preguntan: ¿Por qué no lo movemos todas juntas? Hasta ahí lo único que teníamos era una convocatoria de Facebook. Así que el primer 3 de junio confluyen dos grupos: el Maratón de Lectura y las periodistas que se movían en Twitter, que eran más bien periodistas de grandes medios”, explicó López.

“Ese primer grupo era muy heterogéneo. Llegamos juntas con muchas discusiones. Al mes hicimos un balance y empezamos a tener posiciones distintas respecto de cómo intervenir en la coyuntura, cómo ir siguiendo los casos. Nosotras teníamos una posición más de que no se puede discutir femicidios sin discutir todas las razones de la violencia, los modos en los que la violencia se entrama con la vida social, económica y política del país. Esas diferencias fueron creciendo hasta que empezamos a funcionar directamente como dos grupos separados. El grupo Ni Una Menos, que es el que yo integro, que convocó a la marcha del 3 de junio del 2016 y después al paro nacional del 19 de octubre y al internacional del 8 de marzo y luego a este 3 de junio; y el grupo Twitter, que llamó a un acto en Tribunales, diferente al nuestro”, contó la escritora.

Fotografía: NiUnaMenos.

Una marcha
que hizo temblar la tierra

Miles de mujeres se movilizaron el último 3 de junio al centro político de la Ciudad de Buenos Aires, en una marcha que transcurrió desde el Parlamento hasta la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada (de gobierno). Al mismo tiempo, otras manifestaciones se sumaban en los distintos puntos del país para unirse en un grito contra el patriarcado y los femicidios.

Pañuelos violetas, pañuelos verdes de la campaña a favor del aborto legal, carteles de diversos tamaños, proyección de videos con las fotos de algunas de las mujeres víctimas de femicidio, cantos contra el patriarcado, performances emocionantes de distintos grupos. Fue una marcha colorida, alegre por la unión y la fuerza de mujeres que luchan con un mensaje claro y una realidad que repudian.

“Ni una menos, vivas nos queremos. El Estado es responsable”, decía la consigna del encuentro marcando una clara posición ante el gobierno de Mauricio Macri y las políticas en términos de femicidios.

“Describimos la violencia patriarcal, sus mecanismos, sus vínculos con la desigualdad económica, la represión política, las lógicas del racismo, del colonialismo y la explotación no como enlace entre términos abstractos, sino encarnados en la vivencia de nuestros propios cuerpos, en las ataduras, en las huellas del dolor, en las sumisiones que nos exigen, en las tristezas del empobrecimiento. Ni Una Menos está escrito en nuestros cuerpos, nuestras demandas pueden leerse en las cicatrices que implican, ahora, en este tiempo, ser mujer, vivir como mujer. Por eso cada vez que salimos a las calles las desbordamos. Nadie habla por nosotras en las marchas, construimos discurso con nuestros cuerpos en la calle”, expresa un texto del Ni Una Menos del 12 de junio.

“Ni antes ni ahora que nuestra fuerza se consolida, aceptamos reconocernos sólo en el lugar de víctimas. Por eso, sobre todo después del último 3 de junio, la reacción machista se expresa en una fuerte operación mediática de demonización y persecución. Denuncian que nos politizamos o que somos agitadoras radicalizadas. Y sí, nos politizamos desde el principio. Pero Ni Una Menos no es una agrupación partidaria. Hace política porque construye un discurso público, una agenda de demandas y acciones callejeras, y apuesta a una fuerza feminista capaz de torcer el rumbo asesino del patriarcado”, agrega.

El documento, publicado en Facebook, afirma que “durante estos dos años, el grito Ni Una Menosprofundizó su sentido de denuncia a la violencia patriarcal y a la complicidad y responsabilidad del Estado por acción y por omisión frente a la amenaza constante a nuestra integridad, a nuestras vidas. Hoy liberaron a Higui, que el Poder Judicial machista detuvo por defenderse de una violación masiva y correctiva. La sacamos entre todas, en esta trama que seguimos construyendo”.

Analía de Jesús, conocida como Higui, obtuvo la libertad extraordinaria a la espera del juicio en el que se la acusa de homicidio. Higui se defendió mientras era víctima de un ataque de diez hombres que querían “corregirla” de su lesbianismo y le dio una puñalada a uno de los agresores, quien luego murió. El hecho sucedió el 16 de octubre de 2016. La metieron presa el 8 de noviembre de 2016 y fue puesta en libertad el 12 de junio de 2017.


El rol
de los medios de comunicación

Más allá de la campaña mediática que denuncia el grupo Ni Una Menos, hay un accionar cotidiano que se expande en los periodistas y en los medios de comunicación: la estigmatización de las mujeres asesinadas.

Hay artículos enteros que indagan en la forma de vestirse, en el comportamiento, en el consumo o no de drogas o alcohol de las víctimas. No se habla de defensa de las mujeres sino de resistencia de la víctima a una violación. Y los victimarios aparecen sindicados, habitualmente, como enfermos y no como asesinos.

En esa misma línea se observaron en los últimos días reportes periodísticos que dan lugar al victimario o a la familia del atacante. Uno de los casos fue el del femicida Fernando Farré, quien fue entrevistado por dos medios después de haber sido condenado a prisión perpetua por asesinar a su esposa, Claudia Schaefer, de 74 puñaladas. En tanto, en el caso de Higui, un medio de comunicación entrevistó a los familiares del agresor muerto el día en el que ella salió en libertad.

Estos comportamientos, que se alejan de la responsabilidad social que debería perseguir el periodismo, van construyendo en el imaginario a una mujer que de alguna manera abrió la posibilidad a ese “destino fatal” o, para citar un argentinismo, “se la buscó”.

Por Rosaura Audi, periodista. Forma parte de la asociación Comunicadores de la Argentina – COMUNA y del consejo de redacción de Pueblos-Revista de Información y Debate.

Artículo elaborado para Pueblos en el marco del proyecto “Tendiendo Puentes desde Extremadura para la construcción de una ciudadanía global en defensa de los DDHH y de las mujeres”, financiado por la Agencia Extremeña de Cooperación para el Desarrollo (AEXCID).
Fuente: Revista de los Pueblos

NOTAS:

[1] Hasta el 2 de junio se habían registrado 133 femicidios.
[3] Zaffaroni, E. Raúl (18/05/2017): “Femicidio”, Página 12. Ver en www.pagina12.com.ar/38399-femicidio.

Entrevista con Luz Patricia Mejía Guerrero “Las feministas venezolanas necesitamos seguir visibilizando logros y una agenda común”


Luz Patricia Mejía Guerrero es feminista, jurista y ha ocupado diversos cargos institucionales en Venezuela y en la región latinoamericana. Hoy estará en La Casa Encendida, invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, para visibilizar los avances y retrocesos en materia de derechos humanos de las mujeres y las niñas en el contexto venezolano. Ponderar las contradicciones existentes y abordar miradas de futuro es un enorme desafío, tal y como ha dejado claro en una entrevista con AmecoPress.

Venezuela tiene una de las legislaciones más avanzadas de Latinoamérica en materia de protección y erradicación de las violencias basadas en el género y el sistema de administración de justicia con mayor especialización de la región. ¿Cuándo surgieron esos avances? ¿Cómo funciona ahora el sistema, en el contexto de conflictividad que vive el país?

El movimiento feminista en Venezuela ha sido siempre muy combativo, con muchas perspectivas ideológicas, pero con agendas comunes muy claras. Y eso ha hecho que, si bien la polarización de la política venezolana haga mucho más difícil el encuentro, los grandes tópicos de las luchas feministas están en la agenda común, en ambas miradas.

Ha sido un proceso. En el 2008 se aprobó la Ley del derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencia y el establecimiento de un sistema de administración de justicia que debe responder a esta ley y que incorpora la perspectiva de género como un eje transversal del acceso a la justicia en general y en particular una legislación específica para los casos de violencia machista. Así, Venezuela logra una ley que reconoce diversos tipos de violencia y además, junto a Guatemala, el desarrollo de esta jurisdicción especial. Después se entendió la necesidad de contar con un Ministerio Público especializado, con fiscales y fiscalas convencidas de aplicar estas normas, porque hubo muchas resistencias.

Sabemos que 60.000 mujeres han solicitado medidas de protección especial y que se han concedido en un 50 por ciento de los casos. Pero hay un gran vacío estadístico que impide saber con certeza la situación que viven las mujeres y la violencia a la que se enfrentan.

Aun contando con esas infraestructuras judiciales para la protección de los derechos de las mujeres y de las niñas, ¿son estos derechos invisibilizados en el marco del conflicto político venezolano?

En todos los conflictos sociales, políticos y económicos las capas más afectadas son las más vulnerables, donde, por supuesto, entran las mujeres. Y dentro de la diversidad de las mujeres, hay situaciones de mayor complejidad. Por ejemplo, las mujeres que están migrando, con más posibilidades de ser captadas por las redes de trata.

También el cuestionamiento de las instituciones que tienen jurisprudencia sobre estos temas, hace que el desafío de denunciar, por ejemplo, tome proporciones enormes. Hablamos de una sociedad profundamente patriarcal, en la que no es fácil reconocer y denunciar la violencia por parte de una mujer. Si además, lo que se está diciendo es que la justicia no funciona, que los tribunales no sirven para nada, la dificultad es mayor.

La situación de violencia, de pobreza. ¿Ha hecho crecer la trata y la explotación de las mujeres?

Sí, a mayor violencia, mayor violencia contra las mujeres, a mayor pobreza, mayor feminización de la pobreza

El aborto criminaliza la pobreza de las mujeres

Usted ha impulsado de cerca campañas por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito desde instituciones como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y ha sostenido que “la penalización del aborto es un problema del que no se habla y que criminaliza la pobreza de las mujeres”. ¿Se ha avanzado en la región? ¿Cómo explica que haya mujeres encarceladas en algunos países por el hecho de haber abortado, incluso de un modo natural?

La situación del aborto en Venezuela y en el resto de la región sigue siendo un desafío en cuanto a los derechos de las mujeres y sobre todo, en cuanto al derecho a la vida de las mujeres y hay una marcada diferencia según el estrato socioeconómico.

Uruguay ha logrado reducir prácticamente a cero la mortalidad materna, mientras otros países con desarrollo medio mantienen tasas de mortalidad maternas muy altas.

Si a las condiciones de pobreza le sumas las normas legales que obstaculizan el aborto, y las normas sociales que, aún habiendo normas legales que lo permitan, también obstaculizan el aborto, estamos en una sociedad discriminatoria respecto a algo que solo afecta a las mujeres.

En la región Americana, en todo lo que tiene que ver con derechos sexuales y de salud reproductiva hay unos abismos donde muchas veces ideologías de izquierda y derecha comulgan a la hora de limitar y obstaculizar los derechos de las mujeres.
Agenda común

También desde el punto de vista internacional, la solidaridad se reduce porque queda subordinada a la conflictividad social y política de un Estado en crisis. Hay tanta violencia generalizada, que quedan invisibilizadas violencias específicas hacia las mujeres. La visión de “bandos” que se ha impuesto como análisis fácil de una realidad compleja, ¿perjudica de manera especial a las mujeres? ¿Qué propuestas ha venido a defender y a difundir?

Creo que en primer lugar es necesario visibilizar cuestiones que no se saben. Invisibilizar los logros del movimiento feminista venezolano es negar una militancia feminista que ha sido muy fuerte de los últimos 40 años. 

Visibilizar lo que existe ahorita en términos positivos es urgente. Reconocer la legislación, jurisdicción y decisiones jurídicas que se han tomado en Venezuela y que son muy avanzadas, son importantes.

Pero también reconocer que, a pesar de ello, existe una brecha amplia que sufren las mujeres y niñas y que el desprestigio enorme de las instituciones hace que las mujeres no acudan a ellas. Es decir, el reconocimiento de estos esfuerzos, pero también el reconocimiento de que no han tenido el impacto deseado en las mujeres que lo necesitan.

Necesitamos también seguir visibilizando una agenda común. A pesar de la polarización, ninguna mujer, en ninguno de los dos bandos, que yo creo que son más, va a olvidar que los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Venezuela siguen siendo un desafío, que el tema de la participación política de las mujeres sigue siendo un desafío, y la necesidad de fortalecer el sistema de justicia para la protección de los derechos de las mujeres.

Además de estos tres elementos. ¿Qué aspectos incluiría en esa agenda común?

Pienso que la situación con el aborto es fundamental. Y otro tema es la violencia sexual y el embarazo infantil. Venezuela es uno de los países con más índice de embarazo infantil de la región. Está prohibido legalmente, pero según las estadísticas, la cifra es muy alta, mientras solo se han juzgado dos casos. Lo que indica que el índice de impunidad es muy alto, del 99 por ciento.

¿El movimiento feminista dialoga con las diferentes posturas políticas para enfatizar en las prioridades de las mujeres y la agenda común?

Yo diría que hay una nueva generación de feministas. Y hay elementos compartidos por los bandos, como la ley de participación política de las mujeres. También se debate abiertamente acerca del aborto. Pero hay posiciones y temas que no se hablan tanto, como la feminización de la pobreza, la precariedad laboral de las mujeres, el acceso a la educación de las mujeres, cómo afecta el contexto conflictivo de manera específica a las mujeres; por ejemplo, cómo se ha cerrado el acceso a los medios anticonceptivos en medio de la crisis de abastecimiento.

Es indudable también que la división y radicalización ha llegado también al movimiento feminista. Pero tengo la esperanza de que podamos dialogar.


Fuente: AmecoPress

junio 27, 2017

Reducir la brecha de género aportaría grandes beneficios para las mujeres, la sociedad y la economía

Un nuevo informe de la OIT muestra que reducir las disparidades entre los sexos de 25 por ciento de aquí a 2025 permitiría sumar 5,8 billones de dólares (millones de millones) a la economía mundial e incrementar los ingresos fiscales.


Las desigualdad de género sigue siendo uno de los desafíos más apremiantes que enfrenta el mundo del trabajo. Las mujeres tienen muchas menos probabilidades de participar en el mercado de trabajo, una vez que se incorporan, ellas tienen mayores dificultades para encontrar un empleo y, cuando lo encuentran, la calidad de su empleo sigue siendo una gran preocupación, dice un nuevo informe de OIT.

La incorporación de las mujeres al mercado de trabajo es un primer paso importante. No obstante, en 2017 la tasa mundial de participación de las mujeres en la fuerza de trabajo – de poco más de 49 por ciento – es casi 27 puntos porcentuales inferior a la tasa de los hombres (cuadro 1), y se prevé que permanezca invariable en 2018.

En 2014, los líderes del G20 asumieron el compromiso de reducir la disparidad entre las tasas de participación de los hombres y las mujeres en 25 por ciento para 2025.

El informe, Perspectivas sociales y del empleo en el Mundo (WESO) – Tendencias del empleo femenino 2017 , estima que si este objetivo se realizara a nivel mundial, tendría el potencial de aportar 5,8 billones de dólares a la economía global. Además podría generar enormes ingresos fiscales.

Por ejemplo, los ingresos fiscales mundiales podrían aumentar en 1,5 billones de dólares, la mayor parte en los países emergentes (990.000 millones) y en los países desarrollados (530.000 millones), señala el informe. África del Norte, los Estados Árabes y Asia Meridional recibirían los mayores beneficios, dado que en estas regiones las disparidades en las tasas de participación entre los hombres y las mujeres superan los 50 puntos porcentuales.

Cuadro 1. Disparidad de género en las tasas de participación en la fuerza de trabajo y el potencial impacto de la reducción de esta brecha


Fuente: Perspectivas sociales y del empleo – Tendencias del empleo femenino 2017. Las tasas de participación y las disparidades para 2017 son proyecciones.

Promover el bienestar de las mujeres

Además de los considerables beneficios económicos, incorporar a más mujeres en el mundo del trabajo tendría un impacto positivo en su bienestar, ya que a la mayoría de las mujeres le gustaría trabajar. “El hecho de que, a escala mundial, la mitad de las mujeres esté fuera del mercado de trabajo, cuando 58 por ciento de ellas preferiría tener un empleo remunerado, indica claramente que existen importantes dificultades que están limitando sus capacidades y su libertad de trabajar”, declaró la Directora General Adjunta de Políticas de la OIT, Deborah Greenfield.

“Por lo tanto, para los encargados de diseñar políticas la preocupación inmediata debería ser aliviar las restricciones que enfrentan las mujeres cuando deciden entrar al mercado de trabajo y eliminar los obstáculos que deben superar una vez que están en el lugar de trabajo”.
Los niveles de desempleo siguen siendo más altos para las mujeres que para los hombres

Cuando las mujeres participan efectivamente en el mercado de trabajo, ellas tienen mayores probabilidades de estar desempleadas que sus colegas hombres.

A nivel mundial, la tasa de desempleo de las mujeres se sitúa en 6,2 por ciento en 2017, lo cual constituye una diferencia de 0,7 puntos porcentuales con la tasa de desempleo de los hombres de 5,5 por ciento. En 2018, se estima que ambas tasas de desempleo permanecerán sin variaciones, manteniendo por lo tanto la brecha en su nivel actual, sin poder anticipar ningún progreso antes de 2021 en base a las tendencias actuales.

Las mujeres tienen limitadas alternativas profesionales

Entre las mujeres empleadas en el mundo, alrededor de 15 por ciento son trabajadoras familiares no remuneradas frente a 5 por ciento entre los hombres. En los países en desarrollo, donde cerca de 36,6 por ciento de las mujeres y sólo 17,2 por ciento de los hombres están empleados como trabajadores familiares no remunerados, la disparidad es mayor, de 19 puntos porcentuales.

“Hay que comenzar por cambiar nuestra actitud con respecto al papel de la mujer en el mundo de trabajo y en la sociedad.”

Steven Tobin, principal autor del informe

La preferencia y la decisión de una mujer de participar en el mercado de trabajo, y el acceso a empleos de calidad, pueden verse afectados por una serie de factores, como la discriminación, la educación, las tareas de cuidado no remuneradas, el equilibro trabajo/vida familiar y la situación matrimonial. El conformismo con los papeles de género también desempeña un papel importante en la limitación de las perspectivas de trabajo decente para las mujeres.

“Hay que comenzar por cambiar nuestra actitud con respecto al papel de la mujer en el mundo de trabajo y en la sociedad. Con demasiada frecuencia, algunos miembros de la sociedad afirman que es ‘inaceptable’ para una mujer tener un empleo remunerado”, señaló Steve Tobin, principal autor del informe. Por ejemplo, 20 por ciento de los hombres y 14 por ciento de las mujeres piensan que no es aceptable que una mujer trabaje fuera de su hogar.

El informe expone la necesidad de estrategias para mejorar la igualdad de las condiciones de trabajo y redefinir los papeles de género. Esto incluye promover la igualdad de remuneración para trabajo de igual valor, abordar las causas profundas de la segregación profesional y sectorial, reconocer, reducir y redistribuir el trabajo de cuidado no remunerado, y transformar las instituciones para prevenir y eliminar la discriminación, la violencia, el acoso contra las mujeres y los hombres en el mundo de trabajo.

“Las políticas deberían abordar los factores socioeconómicos que influyen sobre la participación al introducir medidas que mejoren el equilibrio entre el trabajo y la vida familiar, que generen y protejan empleos de calidad en la economía del cuidado, y medidas dirigidas al contexto macroeconómico y a la economía informal”, concluyó Steve Tobin.

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Activismo visual queer en Sudáfrica

© Sandisiwe Dlamini
«Desnúdame de mi organización, desnúdame de mi título de activista. Desnúdame de mis ideas y opiniones –las que formé por mí misma y las que me han sido impuestas. Enséñame todo lo que he aprendido. Hazme desoír todo lo que he oído, incluso cuando no estaba escuchando. ¿Qué queda? Yo, yo misma, mi cuerpo, mi corazón, mi mente, mi alma, la persona, lo personal.

Cuando me presento y me entrego a la causa, la lucha, la política; todo empieza conmigo. Lo personal es político. Mi cuerpo es un campo de batalla –mi política, mi armadura, mi arma, mis palabras».

Esta reflexión es un extracto de un cortometraje, un ensayo visual, producido por la joven cineasta y artista Sandisiwe Dlamini y presentado en un festival de cine de ONU Mujeres. Mientras que la mayoría de las otras cineastas de la serie eligieron presentar películas sobre hechos externos y otras personas, Sandisiwe apuntó su lente hacia adentro. Produjo una secuencia íntima de tomas en blanco y negro mostrando su propia cara, su cabello y otras partes de su cuerpo, con un relato en off y el sonido de latidos de corazón. Sandisiwe fotografió su propio cuerpo con el mismo sentido de urgencia que podría utilizarse para evaluar un paisaje en disputa. En off, afirma: «Mi cuerpo es un campo de batalla».

Sandisiwe proviene de un linaje de artistas sudafricanas negras queer como Zanele Muholi y Beverlea Palesa Ditsi, quienes han documentado el placer, el dolor y la belleza de sus comunidades a través de, respectivamente, el autorretrato y el cine documental autobiográfico. En un contexto nacional con tendencias preocupantes como el femicidio y la violación correctiva de lesbianas, la autoexploración equivale a resistencia.

Aquí Sandisiwe describe su incursión en el activismo visual, sus aspiraciones y su proyecto de un libro en curso.

Hands off | Sandisiwe Dlamin

AWID: ¿Puedes contarnos más sobre tu último cortometraje, «Hands Off» [No Toques], que se presentó en la última Comisión de la Condición Jurídica y Social de las Mujeres (CSW, por sus siglas en inglés)? Parece uno de los films más íntimos y personales de todos. ¿Qué te llevó a este enfoque?

Sandisiwe Dlamini: Hasta ahora he recibido comentarios positivos sobre mi película. Estaba un poco nerviosa, porque es experimental, pero creo que fue bien recibida.

El mayor desafío que enfrenté al preparar mi película fue acceder a otrxs activistas para entrevistarlxs. No logré entrevistar a un activista que me había confirmado su participación cuando estaba en Sudáfrica, porque él ya había confirmado también con otrx cineasta: no sabía que otrx cineasta y yo misma habíamos planeado entrevistarlo para el mismo proyecto. Tuve dificultades para conseguir otrxs activistas a quienes entrevistar, porque la gente tenía agendas complicadas y algunxs no podían ser contactadxs por corrreo electrónico. Finalmente, el día antes de la entrega, logré reunir activistas para entrevistar. Pero al final no usé ese video, lo volví a filmar porque no me gustaba la calidad del audio.

Pero, como dije, tuve comentarios positivos sobre mi película y eso me alentó e inspiró para hacer más todavía. En lo que respecta a mi trabajo, siempre he utilizado el enfoque educativo tradicional, pero después de que mi película fue vista y comentada, me animé a usar un enfoque artístico como medio para educar a través de mis filmaciones. Siento que crezco cuando puedo tener incidencia sobre los derechos humanos a través de la filmación y el enfoque artístico tiene un mayor impacto sobre lxs espectadorxs.
AWID: Has trabajado como videógrafa para Iranti-org, una organización de medios que defiende los derechos de lxs africanxs LGBTI. ¿Puedes contarnos cómo fue que tu trabajo allí te permitió abordar estos temas?

SD: Iranti-org ha influido tremendamente en mi trabajo. Me hizo dar cuenta de los muchos desafíos y problemas que enfrentan lxs africanxs LGBTI y, en consecuencia, el foco principal de lo que escribo son cuentos sobre ser queer en Sudáfrica y, aunque son ficción, están influidos por sucesos de la vida real.

Mi país también enfrenta el femicidio; un gran número de mujeres han sido violadas y asesinadas desde principios de este año y esto está empeorando. Cada vez que una mujer sale de su casa enfrenta el riesgo de ser acosada, violada y asesinada y entonces decidí apuntar la cámara hacia mí misma, un cuerpo femenino africano queer negro, para decir que esto es belleza y tiene derecho a vivir. Muchxs sudafricanxs jóvenes queer son expulsadxs de sus casas al ser expuestxs como queer y esto hace que abandonen la escuela. El motivo en general es que un gran número de sudafricanxs son cristianxs y, por lo tanto, la homosexualidad está asociada con el satanismo.

Muchas violaciones no se denuncian y los perpetradores no reciben castigo porque las víctimas creen que no decir no es consentir.
AWID: ¿Cómo decidiste que querías contar estas historias y cómo las narraciones contribuyen al cambio en tu contexto?

SD: Siempre amé escribir. Cuando era niña era un ratón de biblioteca y escribía mis propias historias. Al crecer, mi amor por la escritura también creció. En la escuela secundaria decidí que me encantaría convertir mis historias en películas, por lo que resolví estudiar filmación.

Estudiar filmación fue una experiencia a la vez apasionante y estresante. Los desafíos que enfrenté fueron manejar la carga de trabajo y simultáneamente encontrar el modo de pagar mis estudios. Hacíamos 50% de teoría y 50% de trabajos prácticos, lo que significaba que íbamos a clase, hacíamos las tareas, estudiábamos para los exámenes, filmábamos, editábamos las producciones, todo al mismo tiempo. Me llevó un tiempo poder equilibrar toda la carga hasta finalmente encontrar la forma de administrar mi tiempo.

Crecí mucho durante los años en que estudié filmación: aprendí a valerme por mí misma, cómo administrar mi tiempo, cómo priorizar y aprendí la importancia de interactuar con la gente. Era introvertida y las personas me hacían sentir incómoda, pero el cine consiste en trabajo de equipo y me enseñó que no puedo y no debo hacer todo sola. Tuve la oportunidad de trabajar con compañerxs increíbles, porque durante la producción éramos el equipo unxs de otrxs. Aprendí diferentes estilos narrativos gracias al trabajo con diferentes personas en sus propias películas. La experiencia fue asombrosa.

Después de graduarme y hacer la residencia, terminé trabajando para una organización de derechos humanos y, aunque no son mis historias las que se cuentan allí, amo el hecho de que cuento historias que crean visibilidad y consciencia sobre los problemas que enfrenta la comunidad LGBTI. El dar visibilidad a los temas que afectan a la gente LGBTQI influye para el cambio.

Vivo en un país donde la homofobia es un problema grande y las historias que producimos son, en su mayoría, una respuesta a estos crímenes de odio. Dado que trabajo con esto diariamente, siento la necesidad de analizar estos problemas a través de mis películas.Como soy muy nueva en esta industria, todavía no he tenido la oportunidad de colaborar con otrxs artistas. Sin embargo planeo hacerlo y anhelo trabajar con artistas de distintos ámbitos. Por ejemplo, admiro a Beverlea Palesa Ditsi, una cineasta sudafricana defensora de los derechos humanos. Ha participado en el movimiento de incidencia por más de veinte años y, aunque su activismo comenzó en una época en que esto no tenía espacio, encontró el modo y perseveró, sin dejar que los desafíos que enfrentaba la desalentaran. Después de todos estos años y de todo lo que tuvo que atravesar, sigue empujando hacia adelante, luchando por el cambio. Eso me resulta motivante.

Por Valérie Bah
Fuente: Awid