enero 16, 2017

Gran Bretaña celebrará y reconoce a mujeres pioneras con nuevas estatuas

Foto: Archivo/El Telégrafo: Emmeline Pankhurst Goulden, quien fue líder del movimiento sufragista en Gran Bretaña, tendrá una imagen.

Gran Bretaña celebrará a mujeres pioneras en la historia del país con una serie de nuevas estatuas en la vía pública, tras una campaña nacional que busca corregir olvidos históricos. En Manchester, la activista por el voto femenino Emmeline Pankhurst (1858-1928) se convertirá en la primera mujer después de la reina Victoria en contar con una estatua en su honor en esa ciudad del norte inglés.

Esa iniciativa fue creada por el concejal Andrew Simcock, quien espera recaudar al menos 100.000 libras esterlinas ($ 121.000) de fondos privados para instalar la estatua de Pankhurst en el centro de la ciudad. El objetivo es inaugurar ese monumento el Día Internacional de la Mujer, en mayo de 2018, cuando se cumplan 100 años desde que Pankhurst y un grupo de activistas ganaron el derecho al voto femenino en Inglaterra.

Emmeline Pankhurst Goulden fue líder del movimiento sufragista en Gran Bretaña y, según los historiadores, es una de las personas más importantes del siglo XX. “Ella moldeó una idea de mujeres para nuestra época; impulsó a la sociedad hacia una nueva estructura de la cual ya no podía haber vuelta atrás”, declaró Simcock.

También será recordada con una estatua la política laborista Ellen Wilkinson (1891-1947), cuya lucha incansable durante los años 30 y 40 llevó a que sea obligatorio en las escuelas de Gran Bretaña la entrega de un vaso con leche y un almuerzo gratuito a cada alumno. Wilkinson, que en sus comienzos fue sindicalista y que incluso llegó a ser ministra de Educación desde 1945 hasta su muerte, contará con una estatua en su ciudad natal de Middlesborough.

La idea de erigir una escultura de la política inglesa vino de la activista británica Emma Chesworth, quien notó que las siete efigies que hay en Middlesbrough son todas de hombres. “Hay muchas mujeres que han vivido y siguen viviendo en Middlesborough y cuya contribución a la sociedad ha sido enorme. Esta estatua busca destacar los enormes logros conseguidos por Wilkinson”, afirmó Chesworth, quien trabaja como investigadora en la oficina del parlamentario Andy McDonald. “Es muy importante celebrar los logros de mujeres para de esa forma inspirar a las nuevas generaciones”.

Otra mujer que contará con una estatua propia será la popular comediante inglesa Victoria Wood, fallecida en abril pasado a los 62 años. Wood, ganadora de varios premios Bafta, tendrá su imagen en la localidad de Bury, en el Gran Manchester. Chris Foote-Wood, hermano de la comediante, logró recaudar cerca de $ 50.000 para la construcción de la estructura, que será emplazada en pleno centro de esa histórica ciudad.

En total, seis tallistas fueron invitados para presentar sus respectivas maquetas de la escultura de Pankhurst. Entre ellos está Martin Jennings, que había creado una estatua del poeta John Betjeman en la estación de St. Pancras de la capital inglesa, Londres y Sean Hedges-Quinn, quien creó una estatua de la cantante Gracie Fields en la ciudad de Rochdale en Inglaterra. Las maquetas serán presentadas públicamente el 9 de marzo en Manchester, y el ganador del concurso será anunciado una semana más tarde.

De acuerdo con una investigación de la activista feminista Caroline Criado-Perez, quien lleva años haciendo campaña para que se erija una estatua de una mujer fuera del Parlamento de Westminster, en Londres, de los 925 monumentos públicos en Gran Bretaña, solo 158 son de mujeres.

Criado-Perez indicó que de esas 158 estatuas que inmortalizan figuras femeninas, al menos 110 son representaciones alegóricas de mujeres, como Justicia, Arte o Guerra. Otras 14 son de la Virgen María y 29 de la reina Victoria. (I)

Fuente: AmecoPress/ElTelegrafo.- 

La gran marcha de mujeres contra Donald Trump

Convocatoria de la próxima Marcha de Mujeres sobre Washington, el 21 de enero

El colectivo de mujeres norteamericano The Pussyhat Project ha convocado una manifestación en Washington para el próximo 21 de enero, un día después de que Donald Trump tome posesión como nuevo presidente de EEUU.

El motivo de esta Marcha de las Mujeres sobre Washington fueron las ofensivas palabras contra el colectivo femenino pronunciadas por Trump en 2005 y que fueron filtradas por el diario The Washington Post durante la última campaña de las elecciones presidenciales, así como las políticas discriminatorias hacia las mujeres que el presidente republicano ha amenazado con realizar.

Las actrices Katy Perry y Cher encabezarán esta manifestación que cuenta con el apoyo de distintas organizaciones a favor de los derechos civiles como Amnistía Internacional. “Como artistas, mujeres, y lo más importante, dedicadas americanas, es vital que nos mantengamos unidas en solidaridadde la protección, la dignidad y los derechos de las comunidades. Los derechos de inmigrantes, trabajadores, parejas, homosexuales y la justicia racial y medioambiental no son intereses especializados, nos afectan a todos y deberían ser cruciales para todos los americanos”, ha afirmado la actriz America Ferrera, quien también participaré en la marcha. Más de 250.000 personas ya han confirmado su asistencia a través de su página de Facebook.

De forma paralela, se celebrará también otra concentración junto a la embajada de EEUU en Londres. Además de en estas dos ciudades, otras 300 marchas similares recorrerán 55 localidades de EEUU y Puerto Rico, Japón, Australia, Francia, Colombia o Kenia.

La manifestación pretende aglutinar a todas las mujeres que se hubieran sentido ofendidas:mujeres blancas, negras, LGTB, nativas americanas o discapacitadas con la intención de reivindicar los derechos de las mujeres como parte indisoluble de los Derechos Humanos, además de visibilizar la naturaleza transversal de la opresión de la mujer ya sean de color, queer, transgénero o cisgénero




enero 15, 2017

Tejer es Punk


Se conocieron hace once años en el mundillo editorial mexicano y, desde entonces, no han dejado de provocar a los parroquianos de bares y mezcalerías de la capital de ese país, munidas de cigarros y la bolsa con el tejido del día. Pero dejemos que Miriam, una de sus protagonistas, cuente la historia de ese encuentro que daría por resultado El mensaje está en el tejido. Nacida en el extinto Distrito Federal -desde 2016, la metrópolis se llama, oficialmente, Ciudad de México-, Miriam es editora y tejedora y fue en la versión mexicana de Marie Claire donde conoció a su cómplice, Annuska Angulo. Alguien le había contado a esta periodista vasca -desde 2001 vive en México- sobre las agujas y lanas que atiborraban la cartera de Miriam y un día la invitó a tejer. “Empezamos a reunirnos los viernes para matar varios pájaros de un tiro”, recuerda Miriam. “Hablar de trabajo, ver enfoques sobre artículos -Annuska colaboraba con la revista y nos hizo unos artículos increíbles sobre las parteras-, tejer y echarnos unos mezcales. En ese entonces solo había una mezcalería en nuestro barrio y era ideal porque podíamos, además, fumar, llevar a mi perro, los precios eran baratos y teníamos buena luz”. Enseguida, se percataron de que para los habitués de la cantina era “un espectáculo” verlas tejer. “Desde ese momento nos propusimos salir del clóset y expandir el tejido como una acción democrática y creativa, una forma de escritura”, agrega Miriam. Empezaron a escribir sobre tejido en revistas y “a hablar de ello en todos lados”. En 2014, decidieron presentar su primer libro a una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Fonca). Sabían que necesitaban escribirlo, “que hacía falta”. Editado en ese país a mediados de 2016, El mensaje está en el tejido desmitifica estereotipos sobre esta actividad, comúnmente asociada con viejitas o convalecientes, y que, por el contrario, congrega cada vez a más varones que reivindican una masculinidad diferente. También revela conexiones olvidadas por muchos -las palabras “texto” y “tejer” comparten la misma raíz latina, “textere”-, la química y física detrás de un ovillo de lana o los secretos del yarn bombing o bombardeo tejido, que al igual que un grafiti, deja su marca en el espacio urbano. A continuación, un diálogo con sus autoras, que, juran, se han vuelto “más inteligentes y aguerridas” gracias a un par de agujas y un poco de lana.

¿Cómo aprendieron a tejer?

Annuska: -Mi madre es una gran tejedora y me enseñó cuando yo era pequeñita. Pero, en realidad, aprendí ya mayor, en Nueva York, en la universidad. Tomé algunas clases en el Fashion Institute of Technology, y una de ellas era Knitting for Pleasure (“Tejer por placer”) y la daba Arnetta Kenney (¡síganla en Pinterest! es buenísima). En Nueva York, me tocó vivir el auge del tejido a finales de los 90, principios de los 2000. Libros como Stitch ‘n Bitch Crochet: The Happy Hooker, de Debbie Stoller, se vendían como churros. Pero mi gran maestra fue Elizabeth Zimmerman, autora de Knitting without Tears. Sus libros son una maravilla: además de estar muy bien escritos se aprende mucha técnica. Además, siempre me ha interesado mucho la historia -y la prehistoria- del tejido, así que tengo una pequeña biblioteca sobre el tema. 

Miriam: -A mí me enseñó a tejer mi prima, cuando ella estaba en sus veinte y yo tenía siete años. Para mí, el tejido es una tradición manual que se pasa de generación en generación. Un acto amoroso, una forma de acompañarnos, de pasar el conocimiento. Nunca vi revistas porque lo que descubrí que me gustaba era inventar. No sé seguir bien los patrones, y aunque los lea empiezo a tejer y termino haciendo otra cosa. Lo que sí recuerdo de mi infancia y adolescencia es la búsqueda de lana por la ciudad. Las tiendas departamentales más trendy de México, como el Palacio de Hierro y Liverpool, tenían unas mercerías increíbles. En el centro de la ciudad, en la calle República de Uruguay sólo se vendía lana y en la calle Correo Mayor los colores brotaban por todos lados. Lo que me marcó fue la sensación de sentirme acompañada y también la posibilidad de crear y terminar una pieza. Era algo que podía hacer en solitario y sentirme a la vez parte de algo, como cuando se lee. Más que los libros de patrones, que ahora he descubierto, me maravilla toda la literatura teórica que hay alrededor, que incluye semiótica, filosofía, activismo y feminismo y que nos conecta con Deleuze, con las matemáticas, con la revolución industrial, el texto, Gandhi y el arte…

En su libro afirman que, en el pasado, el tejido no conocía barreras de género y que los hombres también tejían. Y mencionan varones que hoy son activistas del tejido.

M.: -Cada vez hay más porque es una forma de cuestionar el machismo e inventar una masculinidad propia. Y porque tejer no tiene género. Conocemos hombres que tejen en solitario y han hecho acciones colectivas, como Alejandro Murillo, cineasta, profesor en la UNAM y tejedor social, o Daniel Ulacia, que también da clases de cine en secundarios de la ciudad. Ambos se han unido a nuestros actos de tejer en público en cantinas. De a poco, ellas y ellos van saliendo del clóset.

A.: -Existe un colectivo chileno, “Hombres tejedores”, que teje en performances artísticas y es muy activo en redes sociales. Sus acciones son muy bonitas, bien orquestadas: todos se visten igual, tejen con lana del mismo color, etcétera.

¿Tienen contacto con tejedoras fuera de México?

A.: -Sí, mientras investigábamos para el libro nos pusimos en contacto con gente en Inglaterra, Estados Unidos, España... Por todos los lados hay colectivos y quienes usan el tejido como soporte para hacer arte. A partir de la publicación del libro, hemos seguido extendiendo las redes. La gente ya nos ubica y nos manda información. 

Han organizado varios yarn bombing. 

M.: -Entendemos el tejido como una forma de escritura. Hemos hecho activismo, nos gusta poner “tags” -firmas-, como a los grafiteros, y hacer acciones. Pero nos llama más la atención el acto performativo: ponernos a tejer en público en espacios “masculinos” o espacios que no son “aptos” para esta actividad, desde bares hasta clases o reuniones de trabajo. Lo hacemos porque nos ayuda a pensar y porque provoca. Al principio, solo éramos Annuska y yo, organizando yarn bombing colectivos y ahí surgió la frase “Tejer es punk”, que se convirtió en un distintivo, un nombre en el mundo de las tejedoras. Así conocimos al colectivo Lana Desastre y luego nos unimos a ellas. Ahora todas somos Lana Desastre: organizamos intervenciones en la ciudad y reuniones -picnics y sesiones de tejido y tequila en bares y cantinas-.

¿Cómo se lleva el bombardeo tejido con las autoridades? 

M.: -Al igual que el grafiti, el yarn bombing es ilegal porque estás “atacando” el espacio público, es un delito. La idea es que todo sea muy rápido [para esquivar a las autoridades]. Previamente escogemos el lugar a “bombardear”: tomamos medidas y nos repartimos las tareas. Cuando ese día llegamos al lugar, solo colocamos el tejido. Lo que hicimos en la Línea 1 del metro de la Ciudad de México, por ejemplo, lo cosimos en un trayecto. Por otro lado, buscamos que nuestras acciones sean visibles y fáciles de colocar. Visibles para el transeúnte, ya que nos cuidamos de que no haya mucha vigilancia. También buscamos sitios donde nuestros bombardeos sean cuidados, por ejemplo, en las estructuras donde se encadenan o estacionan las bicis. La idea es que los tags sean anónimos, aunque en ocasiones se nos acercan personas para pedirnos uno afuera de su negocio o casa. Y también participamos en acciones artísticas como la intervención a la pieza El tendedero, de la artista Mónica Mayer, en el Museo de Arte Contemporáneo Universitario de la Ciudad de México. Durante un taller que dimos en el museo Jumex (pertenece a la productora de jugo más grande de Latinoamérica) hicimos una efímera intervención sobre el balcón de la fachada. 

Da la impresión de que en México el tejido artesanal es aún una práctica bastante común, sobre todo si se lo compara con países como Argentina, donde ha tendido a desaparecer. 

M.: -Los textiles fueron los primeros libros. De hecho, “tejer” y “texto” comparten la misma raíz latina, “textere”, que significa “tejer”. Lo que vemos en México es la continuación de nuestras “escrituras”, que vienen desde nuestras culturas antiguas y que a través del tejido transmitían sus cosmovisiones. En nuestro país, las artesanías son nuestros libros y un acto de resistencia. Venimos de una cultura que resiste y persiste y seguimos tejiendo porque nuestra madre nos enseñó y a ella su madre y así… Además, están los hombres y los niños, que en el norte tejen canastos, y en el sur, alfombras. En Chiapas se tejen muñecos mucho antes de los amigurumis, esos muñequitos de crochet hoy tan populares en todo el mundo. Tejemos sombreros, techos, chales, alfombras, bufandas, biombos… Aunque no tengamos la conciencia de hacerlo, aquí en México tejemos la vida. Es un aprendizaje continuo, una enseñanza que nadie cuestiona. 

A.: -Creo lo mismo, que en México el tejido se mantenido vivo gracias a los indígenas. En Perú y Bolivia, donde los quechuas y los aymaras siguen resistiendo, también hay gran tradición tejedora. Allí donde haya pueblos indígenas, se sigue tejiendo. 

En las mercerías de la Ciudad de México, las mujeres se encuentran a tejer. ¿Es algo habitual o una costumbre en extinción?

A.: -Tenemos la sensación de que no está en extinción, para nada. Ya hasta en las tiendas de lana de Polanco -un barrio caro de la capital mexicana- se reúnen las señoras ricas a tejer.

¿Qué les ha dado el tejido? ¿Qué les ha quitado?

A.: -Para mí, el tejido es una manera de estar en el mundo. Un soporte, una técnica que puede ser utilizada de mil maneras: para hacer arte, para relajarte, para pensar, para construir, para compartir. Me ha dado amigas, experiencias y, creo, me ha hecho más inteligente y aguerrida. Lo que te quita es tiempo: a veces se puede volver algo muy obsesivo y una deja de hacer cosas por tejer -por ejemplo, dejar de lado entregas de textos o no hacer la cena para los niños porque estás clavada en el tejido y solo quieres ver ya la pieza terminada-. Y bueno, también te quita dinero, sobre todo si te gusta tejer con buenas lanas. 

M.: -El tejido ha sido mi entrada a la creatividad. Lo disfruto mucho en solitario porque me ayuda a pensar, a imaginar, y me acompaña. Como si en cada puntada tuviera detrás de mí a todos los tejedores de la historia. También me ha ayudado a conocer mucha gente, de hecho, me ha permitido conocer la verdadera diversidad. Porque tejer es el acto democrático más grandioso: no hay prejuicios sociales, ni intelectuales, de género, ni económicos, ni de edad, ni de nacionalidad. Tejer me ha quitado el prejuicio y el miedo a equivocarme. Se habla mucho de tejer, pero yo he aprendido a destejer, y lo gozo mucho. Si me equivoco o no salió como yo quería, lo desbarato y vuelvo a empezar.
Miriam Martínez y Annuska Angulo
(Imagen: Milagros Belgrano Rawson)

¿En qué momentos o lugares suelen tejer?

A.: -Una de las maravillas del tejido es que lo puedes hacer en cualquier lado, es portátil y, por lo general, no necesitas mucha concentración. Puedes estar concentrada en la conversación o en la peli o en la música, y las manos van solas. De hecho, tengo la sensación de que cuando tejo estoy más presente en la situación que sea, en el “aquí y ahora”, que cuando no estoy tejiendo. ¿Dónde tejo? En casa por la noche, viendo películas con mi marido, y en el coche. En los viajes, los aviones, la playa, donde sea… Aunque no llego al nivel de Miriam. Ella sí teje absolutamente en todos los lados. 

M.: -Sí, en mis reuniones de trabajo, en mi casa, en cafés, en bares, en el auto… Me encanta tejer caminando: es cuando mejor pienso y acomodo mi vida y se me ocurren cosas. Siempre cargo mi tejido, me da seguridad tenerlo cerca y doy unas puntadas cada vez que me bloqueo con algo. Mientras escribo, lo tengo al lado. Si estoy escribiendo y de pronto no sé para dónde ir, tejo tantito. Me ayuda a pensar mejor.

Habrán acumulado anécdotas sobre quienes las ven tejer…

M.: -Uf, muchas, pero lo que no deja de sorprenderme es que tanto los conservadores como los progresistas siguen teniendo prejuicios. Los primeros creen que es cosa de viejitas que tejen chambritas (así se llama a la ropa de bebé, en México). Y los segundos porque piensan que el tejido es algo que una mujer independiente, profesional y liberada no debería hacer. Me gusta mucho ver sus caras cuando ven que no nos da vergüenza. Se ríen nerviosamente, no saben qué decir, confunden términos -no conocen las diferencias entre coser, tejer y bordar, y dicen “Me encanta que borden”-. Hace unos diez años, propuse a una revista muy cool y abierta un artículo sobre el boom del tejido y el editor, que me había buscado porque le gustaban mis textos, solo me dijo “Te perdimos”. Otra anécdota: cuando empezábamos a tejer, nos encontramos con un escritor -muy bueno y exitoso, por cierto-, hoy protagonista de la escena cultural mexicana, y se quedó helado, preguntándome lo evidente: “¿Tú tejes?”. Y luego le dijo a una amiga mía, también escritora, que me acompañaba ese día: “No me vayas a decir que tú también tejes”. Paradójicamente, tejer ha sido para mí el acto más rebelde.

A.: -Mucha gente -hombres y mujeres- se saca de onda cuando tejemos en bares o cantinas. Piensan que estamos un poco locas, se ponen nerviosos, dicen “¿Qué necesidad tienen de tejer en público?”. Nos ven como una curiosidad de circo. Aún existe un prejuicio muy arraigado, que relaciona el tejido con la sujeción y la mujer domesticada, con el ámbito íntimo y hogareño. Al sacarlo de la casa y tejer en grupo y en la cantina, estamos haciendo un acto político. Tejer en público es, sin duda, una forma de rebeldía.

Tejedoras de historias y suéteres, las mexicanas Annuska Angulo y Miriam Martínez, autoras de El mensaje está en el tejido (México, 2016), reivindican una práctica históricamente asociada a la sujeción de la mujer –o a un “hobby de viejitas”– para resignificarla como una trama de complicidad y resistencia, capaz de hablar su propio lenguaje entre hilos y lanas, de apropiarse del tiempo y asirlo como presente continuo, a la vez que crean prendas y piezas que se llevan en el cuerpo o intervienen el espacio público haciendo esta tarea, que se enseña, mientras se hace un acto de rebeldía.

Por Milagros Belgrano Rawson
Fuente: Página/12

Reflexiones sobre la búsqueda de justicia feminista



¿Es pertinente recurrir a las leyes del Estado para resolver violencias patriarcales? ¿Y para dirimir las violencias entre feministas? Apuntamos otros caminos para garantizar la reparación, la no repetición y la sanación.

Estas reflexiones son producto de diálogos realizados con Amandine Fulchirón, de Actoras de Cambio, y Claudia Llanos, de Alí Somos Todas, y de diversas lecturas sobre el tema de Justicia Feminista.

Recientemente, en distintos lugares del Abya Yala, nos hemos conmocionado sobre situaciones de violencia vividas dentro de la comunidad lésbica, algunas referentes a violencia en pareja y otras a violencia física ejercida sin mediar relación sexoafectiva. La condena centrada más que en los actos de violencia de la que no somos ajenas, en la persona que las comete y en la ausencia de perspectiva sobre la reparación y la no repetición, nos lleva a meditar sobre experiencias de mujeres víctimas de violencia que han replanteado el abordaje de la justicia patriarcal.

La experiencia de diversas organizaciones del continente y otros lugares, como Actoras de Cambio, de Guatemala; Humanas, de Colombia; el Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad, de Atenco en México; Mujeres de negro, de Serbia, y la Corte de mujeres, de la India, entre muchas otras, sobre la violencia sexual en situación de conflicto armado perpetrado en contra de mujeres, ha llevado a la conclusión de que, si bien el deseo de justicia de las mujeres es muy grande debido a las atrocidades cometidas en contra de ellas, acudir a las instancias gubernamentales para algunas de ellas tiene grandes límites, para la mayoría ha resultado desafortunado, porque después de diez años o más, de procesos legales, la revictimización y los pactos patriarcales mostrarán bajo sus propios códigos procesales que, aun cuando esté probada la incursión de los grupos armados y la violencia sexual, son las mujeres las que provocaron, desearon o sonrieron a sus agresores.

Esa justicia a la que ellas acudieron no sólo no actuó como esperaban, los culpables en muy reducidos casos fueron condenados, muy pronto liberados, y ellas tuvieron que exiliarse para resguardar su seguridad. Aun cuando el sistema de justicia hubiera cumplido el objetivo de castigar y penalizar a los culpables, el encarcelamiento de un violador no toca el sistema,1 al contrario, ellos dentro de la cárcel encuentran redes y pactos que los fortalecen tanto dentro como fuera. A ellas, el proceso las maltrató, y nunca reparó el daño causado. Es así que en casos que podrían ser paradigmáticos, como denuncias en contra del ejército, de grupos paramilitares o de grupos armados, muchas de las víctimas concluyeron que


Los ejemplos son miles del por qué no creemos en “su” justicia. De todos los países y contextos emergen la misma conclusión: la impunidad, la interpretación patriarcal de la ley, la culpabilización y estigmatización de las mujeres, la protección de los agresores, reinan cuando se trata de hacer justicia para sobrevivientes de violación sexual. Las mujeres no tenemos acceso a justicia. Y aun cuando tenemos acceso a los tribunales, sabemos que nos espera “un teatro de la vergüenza”.2

Ante la constatación siempre renovada de que la ley no funciona, que ni las autoridades comunitarias ni los jueces actúan en situaciones de violación sexual, interpretándola como una relación sexual deseada y consentida por las mujeres, o bien intentan casarlas con su violador, las mujeres en sus comunidades crean sus propias leyes. Se trata de erradicar esta práctica a través de hacerla pública y señalar a los agresores, de encontrar nuevas formas de justicia desde y para nosotras las mujeres.3

Tras la experiencia desafortunada de la justicia patriarcal, las mujeres víctimas de violencia han buscado otros caminos: primero, la necesidad de reparar el daño como trabajo colectivo entre mujeres. En el camino de la reparación, la cárcel pierde sentido y lo que importa es que no se vuelva a repetir; el segundo objetivo es la no repetición lo que lleva a analizar las causas y los contextos. En la necesidad de la no repetición, encontramos las condiciones locales para influir en nuestro entorno como colectivo de mujeres para bajar el nivel de violencia en las comunidades, de lograr redes de defensa y protección contra la violencia dentro de la comunidad.4 Este trabajo también implica trabajar las diversas formas de ejercicio de violencias internas y externas a la propia comunidad.

Cuando la violencia no proviene de agentes externos y es ejercida entre nosotras mismas, al interior de nuestra comunidad ¿a qué tipo de justicia deberíamos aspirar, cuál deberíamos ejercer? ¿Es pertinente recurrir a las leyes del Estado patriarcal? ¿Es cierto que la agresora se convierte en representante del patriarcado a quien la comunidad debe señalar, expulsar y lapidar?

En enero visité una comunidad indígena en Pisac, en Cusco, y fui testiga del tratamiento que la comunidad hacía el caso de reincidencia por robo de un grupo de jóvenes indígenas. Deliberaban sobre la reparación que deberían hacer a los afectados y a la comunidad. Me sorprendió gratamente que no estaba en su horizonte entregar a los jóvenes a manos de la policía, fundamentalmente porque la justicia blanca o blanqueada aspiracionalmente ha usado las leyes occidentales para someter y dominar a nuestros pueblos, y a las mujeres.

Para quien ha sido dañada por un macho o una macha, el efecto es igual, nos dice Amandine Fulchiron. Sin embargo, no se pueden igualar los agentes de la agresión, pues el poder de la agresora no es el mismo que el poder de un macho. La respuesta del Estado hacia un hombre agresor no será igual que hacia una mujer, peor aún si se trata de una lesbiana.5 En el caso de un agresor, el Estado de manera cómplice lo protegerá; mientras que en el caso de una agresora lesbiana, el Estado aplicará el castigo ejemplar: el aislamiento y el desprecio colectivo, es decir, la destrucción.

Para especialistas en el tema de justicia feminista, es muy peligroso pedir las mismas estrategias de procesamiento para compañeras nuestras que para agresores machistas. Eso no quiere decir que el daño infligido sea menor, no significa poner en cuestión el daño para quién recibió la agresión.

La respuesta a este agravio es distinto, y allí es donde debemos de trabajar. Si el enfoque es la venganza, las facturas, destruir la vida de la compañera que infligió el perjuicio, entonces la cárcel y los pronunciamientos de exclusión y lapidación son los adecuados. Sin embargo, si enfocamos el hecho hacia la no repetición, esto es, que las agresiones no vuelvan a suceder, nuestro análisis y sus acciones derivadas deben ser distintos. Por ejemplo, es necesario trabajar dentro de los feminismos y las colectividades de mujeres la misoginia, la violencia entre nosotras, el odio entre nosotras; este trabajo es fundamental para nuestra propia sanación. Detrás de la supuesta unión amorosa entre nosotras, se enmascara mucho resentimiento, mucha misoginia, mucha competencia por ser las portadoras de la verdadera justicia. El odio recibido de fuera, del orden patriarcal, es canalizado equivocadamente sobre nuestras compañeras, nuestras aliadas, y sobre ellas depositamos esa violencia. El enojo, la rabia se desvían del lugar de origen, y lo llevamos a nuestro entorno de mujeres, donde la supuesta igualdad identitaria que nos hace mujeres, lleva a confundir el diálogo entre iguales a la persecución “purista”, por lo que practicamos una violencia exacerbada entre nosotras. De allí que la necesidad de encontrar chivos expiatorios para ser quemados en la hoguera sea una especie de desahogo de las experiencias de violencia que hemos vivido, las que siguen sin ser asumidas, y mucho menos sanadas o reparadas, individual o colectivamente.

Es precisamente esa ausencia de justicia estructural que acumula nuestra rabia y se ubica al interior de nuestra comunidad. La sanción penalizadora que la justicia patriarcal no ejerce contra los hombres, debido a sus pactos patriarcales, a nosotras nos divide y buscamos ejercer esa justicia patriarcal con nuestras propias compañeras. Así, remasterizamos linchamientos, ejecuciones extrajudiciales o juicios inquisitoriales. Muchas mujeres, producto de estos linchamientos; excluidas, lapidadas o estigmatizadas, no han vuelto a las filas del feminismo. Como si el hecho mismo del juicio o la sentencia no fuera en sí un acto de violencia, los juicios prejuiciados ocultan la necesidad de hacernos cargo de las violencias vividas y ejercidas individual o colectivamente.

Colocar un estigma, o señalar a un chivo expiatorio no nos libra de la responsabilidad que tenemos de analizar en qué momentos, y bajo qué contextos y circunstancias, todas hemos tenido o tenemos ejercicios de poder y violencia sobre otras, compañeras, parejas, amantes, el grupo, las otras… Si queremos tener ejercicios de justicia entre nosotras, es necesario reconocer y trabajar colectivamente esas violencias y misoginias internalizadas, no solamente enfocarlo y responsabilizarlo sobre la otra, eso es demasiado fácil.

Las agresoras deben reconocer sus actos, los que son inaceptables e intolerables. Luego, como colectividad feminista, tendríamos que responsabilizamos colectivamente de cada uno de nuestros actos de violencia, para construir ámbitos de libertad que no estén vinculados a posesión o propiedad sobre la otra, ni al ejercicio de la violencia sobre la vecina, o la pareja, de pensar un ejercicio de justicia colectiva por la no repetición, y evitar el destierro o confinamiento de la otra.

Obviamente, las estrategias de la colectividad feminista deben saber diferenciar entre la mujer que infligió el daño de la que fue dañada. La agredida tiene que encontrar condiciones de reparación en la colectividad: escucha, reconocimiento y apoyo; mientras que, quien agredió, tiene que asumir la responsabilidad de sus actos, con el énfasis puesto en la no repetición, y no desde el castigo; por supuesto, la colectividad también puede hacer un soporte de escucha y reflexión con quien infligió el daño para que la no repetición sea consciente y enriquecedora para todas. En este sentido, es importante que la colectividad reconozca públicamente el hecho violento, escuche a su autora, abra un espacio colectivo de sanación de nuestras violencias internalizadas para poder desarticularlas entre todas; sólo de manera colectiva será posible hacer realidad la no repetición de cualquier manifestación de violencia en su seno.

Vale la pena cuestionarnos. ¿Por qué el lugar de enunciación de los pronunciamientos, ejecuciones y tribunales son desde la superioridad o jerarquías etarias, raciales, geopolíticas, etc.? Si consideramos que todas hemos recibido y ejercido violencia, ¿por qué sólo las acusadas deben ser excluidas de la comunidad cuando según las lógicas del ejercicio de la violencia, pública o soterrada, todas tendríamos que estar excluidas? Pero ese no es el objetivo. El asunto es hacernos cargo cada quién y en colectivo, justamente para romper el individualismo capitalista, de nuestras propias carencias, debilidades, rencores, envidias, odios, fobias, misoginias, celos, actos de exclusión, protagonismos, pionerismos y todo tipo de violencias; hacernos cargo de la forma en que este sistema patriarcal nos atraviesa y la forma en que respondemos como vigilantes y castigadoras, es decir, con las mismas herramientas del amo, en contra de nuestra propia comunidad.

El triunfo de la masculinidad a lo largo de la historia ha sido posible justamente, por el enfrentamiento y la división de las propias mujeres. No se trata de un mujerismo, sino de sanar las heridas que la violencia patriarcal ha marcado en nuestras historias y nos hace ver a nuestra igual como enemiga; se trata de buscar la fuerza colectiva para encontrar otras formas de justicia que nos reparen, nos sanen, así como de ser conscientes de nuestras debilidades y diferencias, para potenciar nuestras fortalezas.

Por Norma Mogrovejo
Fuente: Pikara

1 En general, creemos que el sistema carcelario, no modifica el sistema, al contrario, lo refuerza, las cárceles son espacios donde el crimen organizado refuerza sus redes.
2 Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad. II Festival por la Memoria. Hacer de la justicia algo significativo para nuestras vidas. Chimaltenango 2011, Guatemala, Ed. Actoras de Cambio 2013, pg. 108.
3 Ibidem, pg. 114.
4 Amandine Fulchirón.
5 Idem.

enero 14, 2017

Ciudad de México debate el reconocimiento de la prostitución como trabajo en la constitución política

La propuesta del gobierno de la Ciudad de México de incluir la prostitución como “trabajo sexual voluntario y autónomo” en la Constitución Política de la capital ha abierto un debate sobre las consecuencias que tendría el reconocimiento de la explotación sexual en un documento inspirado en los principios de los derechos humanos. Aunque se trata de una discusión aún no resuelta en el interior del movimiento feminista, la polémica ha permitido posicionar en la agenda pública los diferentes argumentos y, sobre todo, visibilizar las situaciones que enfrentan las mujeres que terminan ejerciendo la prostitución.

Juan Fender.
La controversia comenzó con la presentación de la propuesta oficial del proyecto de Constitución Política de la Ciudad de México. En el artículo 15, dedicado a asuntos laborales, se incluía un literal para “reconocer y proteger el trabajo sexual voluntario y autónomo como una actividad lícita”. Fue a partir de la publicación de este borrador que los movimientos de la sociedad civil tuvieron constancia de la intención del gobierno capitalino de elevar a rango constitucional, por primera vez en el mundo, este reconocimiento. La discusión pública del documento ha permitido enfrentar argumentos a favor y en contra que transcienden el debate de la regulación para posicionar otros temas, como la precarización del trabajo en México y el espejismo de la libertad en la toma de decisiones en un contexto neoliberal y patriarcal.

Quienes exigen la retirada del literal advierten de la contradicción que existe en reconocer en un mismo texto la explotación sexual y los derechos humanos en los que se inspira la Constitución Política. Los instrumentos internacionales de los derechos humanos, recuerdan, nombran a esta actividad como prostitución y nunca como trabajo sexual. Además, la Ciudad de México no cuenta con la competencia para la regulación del ámbito laboral, que recae sobre el Estado Federal, de manera que la inclusión del apartado completo sería inconstitucional.

La presentación de la propuesta suscitó la implicación de asociaciones y movimientos sociales, organizaciones profesionales y miembros de la academia, donde existen posiciones divididas. Desde los planteamientos abolicionistas se indica que la propuesta oficial recoge un posicionamiento identificado con quienes denominan como “feministas neoliberales”, aquellas que, reconociendo la existencia del patriarcado en el marco de un sistema neoliberal, apuestan por la regulación como vía para la adquisición de derechos por parte de las mujeres que realizan la actividad sexual de manera voluntaria y autónoma. Para éstas, las posiciones abolicionistas se sostienen en el tabú de la sexualidad y defienden el derecho de las mujeres a obtener ingresos económicos a partir de la utilización de su cuerpo, insistiendo en su desvinculación y diferenciación de las situaciones de trata de personas con fines de explotación sexual. Se trataría, entonces, de aceptar la libertad individual para ejercer de manera voluntaria y libre un trabajo que, bajo esta posición, es equiparable a otro cualquiera.

El argumento que defiende la voluntad individual es rebatido por tratarse de un “espejismo”, ya que en sociedades en las que existen relaciones jerárquicas de dominación, difícilmente pueden evitarse los condicionantes que determinan la toma de decisiones. Jennifer Ann Cooper, economista feminista profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica que no se puede hablar de libertad en un mercado plagado de distorsiones, en el que la oferta es predominantemente femenina y la demanda masculina, y donde no existen condiciones de igualdad en la compra-venta del servicio sexual.

Para esta economista feminista, parte del grupo de académicas que piden la retirada del literal, es necesario relacionar el aumento de la oferta y la demanda de servicios sexuales con las políticas neoliberales que en México han producido altos niveles de desempleo, contención salarial y precarización en la obtención de ingresos que, a su vez, son causa de una crisis de los cuidados y una desintegración de las redes sociales de apoyo a las familias. Desde esta perspectiva también se critica la relación entre trabajo y derechos de la ciudadanía, tal y como plantean desde las posiciones regulacionistas, ya que el reconocimiento de derechos debe ser universal y no dependiente de un estatus como trabajadora. Además, se cuestionan si la obtención de derechos vinculados a la ciudadanía laboral realmente permitiría la mejora de condiciones en un mercado laboral caracterizado por una alta precariedad y donde cada vez menos trabajadores y trabajadoras son dadas de alta en la Seguridad Social.

Desde las posiciones abolicionistas admiten que la actividad sexual es una vía de ingresos para las mujeres que ejercen la prostitución –aunque se preguntan a qué precio-, pero, sobre todo, es la actividad que sostiene a una industria que mueve millones de dólares y que como negocio, principalmente beneficia a las clases económicas que en este momento obtienen sus ganancias de la explotación sexual. La regulación de los servicios sexuales fortalecería a una industria que ya existe, pero que con la normalización de su actividad podría operar abierta y legítimamente.

El mito de la decisión libre

Lucía Lagunes es una periodista feminista que desde hace años investiga las circunstancias que llevan a mujeres con perfiles muy diversos a terminar ejerciendo la prostitución en la Ciudad de México. A partir de los testimonios recogidos, Lagunes llega a una firme conclusión: “La prostitución no es una decisión libre. Las mujeres recurren a ella por las condiciones sociales y económicas que les llevan a ese lugar”. En La Merced, un barrio popular cercano al centro histórico, la vida gira en torno a los cientos de puestos que ofrecen todo tipo de productos y servicios, incluidos los sexuales. Las mujeres que allí ejercen la prostitución no están vinculadas a clubs, lo que no impide la existencia de un gran negocio alrededor de la explotación sexual que cercena la supuesta autonomía que pudieran tener como trabajadoras. Según explica Lagunes, las mujeres deben pagar constantemente para poder realizar su actividad: al vendedor que le cede un espacio en la calle junto a su puesto, al hotelero que le permite dormir en la habitación después de acabar el servicio, al policía que cobra la extorsión semanal… Y, por supuesto, al “padrote” que se lleva el dinero que ellas reúnen después de una jornada en la que pueden llegar a mantener hasta quince o veinte encuentros.

La periodista mexicana cuenta cómo el relato de mujeres que salieron de la prostitución es coincidente respecto a las estrategias del padrote: “Ellos las enamoran con regalos y muestras de cariño. Las embaucan, les dicen que con la prostitución pueden ganar mucho dinero sin tener un jefe… Después, aparece una supuesta enfermedad para la que necesitan dinero, y al final, algunas cuentan que estuvieron en esa situación por amor”. En otros casos, la cadena de deudas que se va creando impide romper con la explotación y, lo que en principio era una solución temporal a una emergencia económica, se acaba convirtiendo en una trampa con difícil salida.
Juan Fender.

Estas experiencias de vida, afirma Lugones, están muy lejos del “trabajo sexual voluntario y autónomo” que pretende reconocer la Constitución. “Ninguna de estas mujeres llegó a la explotación sexual teniendo como elección una carrera profesional o la prostitución. Llegaron por una serie de factores sociales y económicos que las fueron orillando”.

Diagnosticar la situación en Ciudad de México

Uno de los problemas fundamentales en este debate es la ausencia de datos que permitan analizar con rigurosidad la situación de la prostitución en la Ciudad de México. Desde los colectivos contrarios a la regulación, demandan, en primer lugar, la retirada del literal, y después, la elaboración de un diagnóstico que clarifique bajo qué condiciones se realiza la prostitución en la Ciudad de México y, a partir de ahí, proponer las posibles soluciones para un problema de enorme complejidad. Entre ellas, la no criminalización de las mujeres que ejercen la prostitución; la exigencia de que el Estado asuma su función con políticas públicas; crear oportunidades a las mujeres para el ejercicio del derecho, e impulsar investigaciones que visibilicen las demandas de las mujeres para evitar la realización de políticas públicas en las que no se tenga en cuenta la experiencia de quienes han terminado en la prostitución.

En las próximas semanas, la Asamblea Constituyente continuará con las discusiones sobre los puntos que deben ser incluidos en esta Constitución Política. El pasado 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, se aprobó por mayoría que la propuesta de considerar la prostitución como trabajo lícito fuera debatida con mayor profundidad y detenimiento en próximos debates. Las posiciones dentro de la Asamblea también están divididas, aunque solo serían necesarios 57 votos a favor para que la propuesta oficialista se incluyera en el texto constitucional.

De momento, el debate continúa abierto. Lo importante, afirman desde el abolicionismo, es que los argumentos feministas planteados desde la ética y los derechos humanos sean tomados en cuenta y que en la decisión final no terminen imponiéndose los intereses económicos de la industria proxeneta.

Por Mari Cruz Tornay Márquez forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.
Fuente: Revista de los Pueblos