julio 29, 2015

Patriarcado y medios de comunicación de masas


Vivimos en un mundo indiscutiblemente organizado alrededor de, fundamentalmente, dos sistemas de dominación material que son, además, dos dispositivos ideológicos que se retroalimentan y se fortalecen mutuamente: el patriarcado y el capitalismo. Aunque podrían existir por separado (y de hecho, han existido por separado la mayor parte de la historia) en este momento histórico ambos son, prácticamente, una misma cosa, un mismo nodo de significados simbólicos y materiales cuyos hilos se enredan hasta hacerse a veces indistinguibles. Ambos comparten, además, una misma o parecida presencia (muda) en los medios de comunicación. El patriarcado, actualmente, se (re)produce, se enseña, e incluso se introduce ideológicamente en cada resquicio social, y también en nuestros cuerpos, a través fundamentalmente de los medios de comunicación de masas. Pero lo hace en silencio, es el sistema, el hábitat, que no se nombra. Y sin embargo, no solo vivimos en un sistema de dominación patriarcal, sino que los medios de comunicación son también –como no podía ser de otra manera- inequívocamente patriarcales; son de hecho, el espacio cultural de reproducción del patriarcado por excelencia, pero no se reconocen como tales.

Los medios de comunicación son patriarcales en dos sentidos: se inscriben en una forma de organización social que está basada en el dominio de lo masculino sobre lo femenino y, al mismo tiempo y como cualquier otro poder, este también está detentado por los varones que, mayoritariamente, son los dueños, los directores, los accionistas y los periodistas. El poder de estos medios para la reproducción del orden de género es indudable: «[…] su poder de construir creencias y opiniones que se estructuran como reglas sociales. Desde luego, los medios realizan dichas representaciones apegados a las normas y principios de construcción de la realidad del grupo social, sin embargo, tienen el poder de influir en la conciencia social, y por lo tanto, de transformar la propia realidad». Así que los medios de comunicación de masas no solo cuentan, sino que construyen el mundo desde el poder.

Si hubo un momento en el que la construcción social, económica, cultural, se legitimaba desde el relato religioso-mágico y después a través de los distintos relatos culturales transmisibles desde distintas instancias, ya fueran científicas, cultas o populares, escritas u orales, hoy día son los medios de comunicación los que ofrecen una explicación/legitimación totalizadora del mundo que deja pocos resquicios a relatos alternativos. Es ahí, en la construcción de relatos alternativos donde la disidencia política, social, económica, cultural etc. se esfuerza. No obstante, estos relatos alternativos no consiguen arañar siquiera la superficie de una realidad que se introduce literalmente en prácticamente todos los hogares del mundo a través de la televisión o de internet.

Los medios de comunicación construyen la opinión pública y el sentido común y su poder es persuasivo y mediato. Y, en ese sentido son hoy día, el vehículo más eficaz en la educación y el disciplinamiento patriarcal de todas las personas. Los discursos mediáticos que (re)producen y refuerzan los modelos patriarcales aparecen en los medios a través de todos los vehículos posibles: desde las noticias políticas a la publicidad, desde las noticias deportivas a las culturales, y lo hacen, además, sin dar nombre a eso que constantemente (re)construyen o (re)crean. El patriarcado (como el capitalismo) está siempre presente sin estar, sin ser nombrado; está como está el oxígeno que respiramos, pero no vemos. Esta invisibilidad es, precisamente, uno de los mecanismos de aculturación más poderosos: no poner nombre al artefacto que, sin embargo, no deja de representarse y de recrearse. La palabra “patriarcado”, el nombre de este sistema que divide a la humanidad en dos géneros sociales, situados en posición jerárquica, este sistema no existe para los medios, no se nombra y, en consecuencia, no se reconoce «una estructura social jerárquica ni se reconocen, tampoco, la persistencia de los instrumentos simbólicos de conocimiento, de unas categorías conceptuales, de una organización económica / cultural /educativa / institucional, de unas tradiciones, de unos estereotipos, que postulan la dominación masculina y la subordinación de las mujeres».

La manera en que los medios (in)visibilizan la existencia del patriarcado y su reproducción ha contribuido a naturalizarlo de varias maneras. Para empezar, los medios parten de una situación que se presenta como nada problemática y en la que se asume la igualdad entre hombres y mujeres como una situación incuestionable y ya conseguida. Así, lo que en otros momentos históricos pudo ser objeto de controversia, hoy ya no lo es. Ese debate ha desaparecido y se da por superado. La igualdad formal entre mujeres y hombres es socialmente no solo aceptada sino requerida, y los medios participan de ese estado de opinión. Hombres y mujeres son iguales, se asegura. Y en ese sentido, quien niegue o cuestione esta situación es inmediatamente situada fuera del sentido común, una persona hipercrítica o exagerada; se crea así la imagen de la feminista pesada, histérica, protestona. Asumir acríticamente que la igualdad ya está conseguida es una estrategia que busca desactivar una lucha socialmente prestigiada, puesto que aquella es, en las sociedades democráticas, un valor indiscutible. Si ya somos iguales, no vale la pena seguir insistiendo en ello. De esta manera la desigualdad queda invisibilizada, no se ahonda en la lucha por un cambio estructural, ni en la crítica de las múltiples estrategias de desigualdad con las que nos encontramos día a día. Una vez que se da por seguro un suelo de igualdad básico (aunque falso), los medios de comunicación de masas difunden, crean, inventan y constantemente refuerzan los estereotipos sexistas; invisibilizan, naturalizan y justifican los roles y estereotipos de género.

Las representaciones del mundo social, simbólico, cultural, relacional, personal, psicológico… que muestran los medios de comunicación están destinadas a reforzar un universo binario en el que los hombres y las mujeres son entes completamente diferentes. Cada vez de manera más acusada, los medios presentan a hombres y mujeres como antagónicos física, psicológica, intelectual y emocionalmente. Mujeres y hombres son dos reinos separados por un abismo que, sin embargo (y casi diría que de manera misteriosa), se acercan y se necesitan para relacionarse romántica y sexualmente. La lógica binaria que construye dos ámbitos diametralmente opuestos y que se relacionan jerárquicamente, es omnipresente en los medios y apenas existen representaciones alternativas. Las mujeres son presentadas siempre como seres humanos absolutamente diferentes en todos los aspectos a los seres humanos hombres, que son, en todo caso, la norma. Las mujeres son siempre la alteridad y la diferencia. «Las divisiones constitutivas del orden social y, más exactamente, las relaciones sociales de dominación y de explotación instituidas entre los sexos se inscriben en dos clases de ámbitos diferentes, bajo la forma de corporalidad opuesta que conduce a clasificar todas las cosas del mundo según unas distinciones reducibles a la oposición entre lo masculino y lo femenino».

Resumiendo mucho las estrategias que utilizan los medios para (re)construir ese universo binario (y que son de sobra conocidas), podríamos decir que para empezar todos los medios participan, tanto en publicidad, como en ficción o no ficción, de una acusada infrarrepresentación femenina teniendo en cuenta que las mujeres constituimos la mitad de la población. Cuando aparecen mujeres no lo hacen en papeles o situaciones centrales o importantes. Los hombres son los héroes y son lo importante de la noticia o de la historia; las mujeres tienen a ser las ayudantes, novias o esposas de las figuras principales o las protagonistas de noticias secundarias, poco importantes, relacionadas siempre en todo caso con el ámbito de lo considerado femenino. Cuando se trata de personajes femeninos centrales, no comparten nunca las características masculinas o éstas no tienen en ellas el mismo valor que en ellos; ellas son siempre “lo no masculino”, ellas lloran y necesitan ayuda, son emocionales, son mandonas o autoritarias etc. En sus facetas profesionales, los medios presentan a las mujeres siempre como posibles objetos sexuales e incluso aquellas que ocupan roles protagonistas o profesionales necesitan aparecer marcadamente femeninas y demostrando preocupación por su aspecto físico: maquilladas, peinadas y vestidas como la moda femenina impone. La belleza es un aspecto fundamental en aquellas que trabajan a la vista del público: locutoras, periodistas, etc. Los ámbitos, los espacios del mundo que hombres y mujeres ocupan siguen siendo presentados como organizados en torno a la esfera doméstica/esfera pública y poco importan las cifras de ocupación o liderazgo femenino que las mujeres van a seguir siendo representadas a cargo de la esfera doméstica, responsables del buen funcionamiento de la familia, responsables de las relaciones afectivas, del cuidado etc.

Finalmente, quizá lo más importante de todas las representaciones con las que contamos es que éstas aparecen siempre como naturalizadas y no cuestionadas, y no se deja pasar ocasión de alegar un sustento biológico o natural a cualquier teoría que apoye el binarismo sexual, mientras que incluso las pruebas de que los condicionamientos biológicos como tales no existen difícilmente van a encontrar hueco en los medios de masas. Así, estos medios han construido o se han convertido en un baluarte de un supuesto sentido común que se pone siempre de parte de un extremo y radical binarismo sexual.

La publicidad sería un punto y aparte en este capítulo. Medios de comunicación de masas y publicidad son dos cosas diferentes, pero hoy día no se conciben de manera separada. Por una parte, los medios de comunicación dependen de los ingresos publicitarios para subsistir y, por la otra, las marcas necesitan de los medios para insertar su publicidad. Además, ambos se imbrican y en muchas ocasiones no se distinguen. No siempre es fácil distinguir, por ejemplo, un reportaje sobre moda de la publicidad de una marca, y los contenidos de algunos de los suplementos de determinados medios son indistinguibles de la publicidad que los financia. La publicidad ha dejado de ser únicamente una herramienta que pretende incitar al consumo de una marca para convertirse en una poderosísima herramienta de transmisión ideológica, quizá la más poderosa en la actualidad. Los anuncios construyen identidades socioculturales, maneras de entender el mundo, imágenes personales. Pero sobre todo en las últimas décadas, la publicidad se ha convertido en un pilar de la imagen patriarcal de las mujeres. Las mujeres actuales tienen en las imágenes publicitarias el modelo al que parecerse físicamente. El hecho de que las imágenes publicitarias estén falseadas mediante técnicas de Photoshop y muestren a mujeres que en realidad no existen ni puedan existir, no parece ser un freno. Un cuerpo femenino inalcanzable e irreal se ha convertido en el vehículo para excitar el deseo a partir del cual vender cualquier clase de producto. Más allá del impacto sobre el consumo, sobre el producto en cuestión, el impacto sobre la imagen que las mujeres tienen de sí mismas y el que la sociedad exige de ellas es muy potente. Esas fotos trucadas imponen un modelo brutal por inalcanzable y que tiene en esa imposibilidad un potente estímulo para el consumo de todo tipo de productos y de artículos que se venden, precisamente, ofreciendo como señuelo la posibilidad de acercar el cuerpo o el rostro real a ese otro cuerpo en realidad inalcanzable. Además, imponen a la mujer el duro trabajo de estar siempre pendiente de su imagen, minan la autoestima de quien no consigue siquiera ser un reflejo de la modelo que aparece en las fotos falsas y fundamentalmente colocan a todas las mujeres en posición de objeto sexual, posición a partir de la cual se va a dilucidar su valía. El mensaje de la publicidad es que no importa el punto de partida porque, si se gasta lo suficiente y se esfuerza una lo suficiente, será posible para cualquiera acercarse a esa imagen que define el triunfo o el fracaso social y personal. La mujer de la publicidad se ha convertido en la imagen social de las mujeres; pero esa mujer no existe ni puede existir por lo que el aspecto de todas las mujeres reales se convierte en un drama sin solución.

Para concluir, no es exagerado afirmar que la influencia de los medios de comunicación en el patriarcado contemporáneo es tan importante que si el feminismo no consigue introducir discursos y representaciones alternativas con eco social suficiente podemos encontrarnos con que los logros de la igualdad formal conseguidos tras duras batallas terminan convirtiéndose nada más que en pálidos reflejos de la verdadera igualdad.

R. Güereca Torres, Feminismos, tecnología y comunicación: La construcción de una voz propia en las sociedades de la información, UNAM-FCPyS-FES Acatlán, 2012, p. 10.R. Caldas (ed.), «Discurse, Power and Access», en Critical Discourse Analysis, Sage, Beverly Hills, 1992.
P. Mayobre, «Micromachismos invisibles. Los otros rostros del patriarcado», ponencia presentada en el VI Congreso Estatal de Isonomía sobre Igualdad entre Hombres y Mujeres: Miedos, culpas, violencias invisibles y su impacto en la vida de las mujeres. ¡A vueltas con el amor!, Castellón de la Plana, 16-18 de septiembre de 2009.
P. Bourdieau, La Dominación masculina, Bellaterra, Barcelona, 2000, p. 45. P. López Díaz, «Representación, estereotipos y roles de género en la programación infantil», en M. Bengoechea, M. J. Díaz-Aguado, L. Falcón,
P. López Díez y Á. Pérez, Infancia, televisión y género. Guía para la elaboración de contenidos no sexistas en programas infantiles de televisión, IORTVE e Instituto de la Mujer, Madrid, 2005.
A. Walzer, y C. Lomas, «Mujeres y publicidad: del consumo de objetos a objetos del consumo, Pueblos, 15, marzo 2002, pp. 18-19.



Fuente: AmecoPress/Publicado en Boletín ECOS, nº 31, de FUHEM Ecosocial
Fotos: archivo AmecoPress

julio 28, 2015

La ciudadanía cultural de las mujeres.

Al igual que en otros ámbitos de la vida social, política, científica y económica, la presencia de las mujeres en el campo cultural no se corresponde con su dimensión demográfica

Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar del progreso científico y en los beneficios que de él resulten. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

Artículo 27 de la Declaración de los Derechos Humanos.

Al igual que en otros ámbitos de la vida social, política, científica y económica, la presencia de las mujeres en el campo cultural no se corresponde con su dimensión demográfica. Esta cuestión, que en principio revela la misma condición minorizada de la condición femenina que en otros ámbitos de la vida, tiene unas consecuencias que superan notablemente las ya demostradas en esos otros campos de la esfera pública.

El campo de la cultura es, por una parte, aquel en el que se manifiesta la verdadera condición humana de expresarse, comunicarse y sentir y, por tanto, excluir completa o parcialmente a las mujeres en este ámbito significa limitarlas en su propia condición de seres humanos. Por otra parte, el marco de la producción cultural es aquel en el que se manifiesta la capacidad proyectiva de imaginar futuros. El espacio de la producción simbólica es aquel espacio que determina la frontera de posibilidades de porvenires posibles. Las nuevas gramáticas, el crisol de los nuevos valores se gesta en la innovación y la creatividad artística, en los relatos literarios, en las ficciones audiovisuales, en los discursos, en los espacios arquitectónicos, en el diseño de los objetos y en las estéticas musicales y, en consecuencia, quien tiene las capacidades y habilidades para participar en el campo cultural define el marco de los valores compartidos, de los anhelos colectivos y de los objetivos perseguibles. Renunciar a participar en el campo de la cultura, en caso de que se cuenten con las capacidades para ello, significa dejar que sean “los otros” quienes definan el destino y el camino de la humanidad.

La situación de las mujeres en este ámbito, como en otros de la vida social, ha variado notablemente en las últimas décadas y en estos momentos se manifiesta la paradoja de cierta moderada feminización de algunas prácticas y hábitos culturales, lo que significa que cada vez más mujeres consumen producción simbólica que finalmente es creada y producida por hombres. No se defiende aquí la apertura de líneas de producción simbólica cultural denominadas de mujeres o para mujeres, que finalmente se estancan en la etiqueta de géneros creativos menores, sino que reivindicamos el derecho a participar, en términos de igualdad, en los procesos de construcción social de un simbolismo universal.

La participación de las mujeres en la cultura es minoritaria; sin embargo, la percepción que se tiene es la de una supuesta feminización de la cultura. Para Laura Freixas [1], la clave a esto nos la proporcionaría una vez más la ideología patriarcal: “si las mujeres son la parte y los hombres el todo, cualquier incremento de una mínima presencia femenina es visto, no como un avance hacia la normalidad -de la que estamos aún muy lejos, si por tal se entiende el 50%-, sino como una anomalía”.

Como dice Jacqueline Cruz [2]: “si examinamos las listas de clásicos de la literatura, las colecciones de pintura y escultura de los museos y las partituras que interpretan las grandes orquestas, la escasez de creadoras entre ellas podría llevarnos a la conclusión de que, en efecto, el arte ‘es cosa de hombres’”. Sin embargo, continúa diciendo que dicha escasez ha tenido múltiples causas que nada tienen que ver con la genética y que podrían resumirse diciendo que, a lo largo de los siglos, las mujeres se han topado básicamente con tres tipos de obstáculos a la hora de convertirse en artistas: para crear, para difundir lo creado y para perdurar en la historia.

En la esencia de la mayoría de las manifestaciones artísticas pervive aún la ausencia de participación igualitaria de las mujeres. Así, sus recreaciones no se han modificado ni replanteado de acuerdo a los principios de la actual sociedad democrática.

La invisibilidad de las mujeres se produce porque las estructuras de nuestro saber son de hecho androcéntricas

Para la teórica y analista cultural Griselda Pollock [3], la invisibilidad de las mujeres en la historia no sucede porque no existan, ni porque no conozcamos sus nombres. No es tampoco porque ellas no tengan importancia como artistas creadoras de la cultura de la época moderna. Se produce porque las estructuras de nuestro saber son de hecho androcéntricas. Pollock dice haber constatado, por todas partes, que existe una historia de mujeres en el arte justo hasta el comienzo del siglo XX y, de hecho, es precisamente en el momento donde las mujeres han comenzado a luchar por ser reconocidas como ciudadanas, por obtener sus derechos políticos, y en particular del voto, que los discursos culturales oficiales parecen haber ocultado la creación de ayer y de hoy día. Las mujeres se han visto obligadas entonces a denunciar los conceptos de feminidad del siglo XIX consistentes en la idea de una diferencia absoluta entre el hombre y la mujer, de una división sexual rígida fabricada por las ideologías burguesas, a fin de conquistar un reconocimiento como sujetos políticos. Para esta teórica el saber es, de hecho, una cuestión política, de posición, de intereses, de perspectivas y de poder y que la historia del arte, en tanto que discurso e institución, sostiene un orden de poder investido por el deseo masculino. Se debe destruir este orden para hablar de los intereses de las mujeres, para poner en su lugar un discurso por el cual afirmaremos la presencia, la voz y el efecto del deseo de las mujeres. 

Si hiciésemos una lectura feminista de la Hegemonía cultural de Antonio Gramsci [4], en la que una sociedad aparentemente libre y culturalmente diversa es en realidad dominada por una de sus clases sociales, podríamos decir que el sector hegemónico visto como la norma y del que nos llegan las percepciones, los valores y las creencias, sería el de la producción masculina, transformándose en el estándar de validez universal o de referencia y el que se percibe como un beneficio para toda la sociedad cuando solo lo es para una mitad, situando como subalterna la cultura producida por mujeres. Según Gramsci, la hegemonía existe cuando la clase dominante no solo es capaz de obligar a una clase social subordinada o minoritaria a que satisfaga sus intereses, renunciando a su identidad y a su cultura grupal, sino que también la primera ejerce control total en las formas de relación y producción de la segunda y el resto de la sociedad. Además, el autor expresa que este proceso no posee un carácter explícito, sino que más bien se da de manera sutil. En ese sentido, la clase social subordinada o minoritaria adopta las concepciones de la clase dominante y las incorpora a su repertorio ideológico, al igual que sucede con el patriarcado.

Actualmente, podríamos decir que esta hegemonía patriarcal se consigue a través del control de los agentes culturales, entre los que destacan por su impacto social los medios de comunicación, la industria cinematográfica y musical y otros agentes socializadores que se están utilizando desde las entidades de poder como herramientas de hegemonización tales como la religión, la educación (mediante el establecimiento de un currículo que favorece el aprendizaje de aquellas materias más afines a la ideología patriarcal y que omite todas las aportaciones de las mujeres), el arte y los medios de consumo potenciados por la publicidad.

Marshall defiende, en Ciudadanía y clase social [5], que la ciudadanía es un estatus asignado a aquellos que son miembros plenos de una comunidad, y quienes poseen dicho estatus son iguales con respecto a deberes y derechos. En su noción de ciudadanía, Marshall propone dividirla tres elementos: civil, político y social. Los civiles se refieren a los derechos necesarios para la libertad individual. Los políticos se relacionan con el derecho a participar en el ejercicio del poder político. Y los sociales tienen relación con el derecho al bienestar y la seguridad económica, a la herencia social y a vivir en los estándares prevalecientes en la sociedad. La igualdad fundamental, expresada en los derechos formales de la ciudadanía, es compatible con las desigualdades de clase. Y cree que la tendencia moderna hacia la igualdad social es la última fase de una evolución de la ciudadanía que ha estado en marcha continuamente. Más adelante, Bottomore distingue además entre la ciudadanía formal, definida por la membresía de un estado nación, y la ciudadanía sustantiva, que implica tener derechos y capacidad de ejercerlos.

Tal vez, deberíamos plantear una nueva noción de ciudadanía, la de ciudadanía cultural, que se refiriese a los derechos de producción creativa y simbólica y donde las mujeres puedieran ejercer su ciudadanía, no solo de una manera formal sino además sustantiva, que llevase implícita la capacidad para ejercer dichos derechos y así evitar caer en la creencia falaz que cuenta Marcela Lagarde [6], la de la suposición de que la igualdad jurídica es indicativa de una igualdad esencial entre las personas. La propia Lagarde enuncia, entre el conjunto de derechos a ser humanas, individuas, con calidad humana de primera persona y no de sombra, el derecho a tener historia, genealogía de género y una afirmación valorativa de nuestra condición de género y de la condición humana de otras mujeres, y afirma que la ciudadanía de las mujeres es un estado individual y un estado colectivo.

Si, según Carmen Alborch [7], cuando hablamos de ciudadanía hablamos de poder, de responsabilidad, de autonomía y dignidad, de equivalencia y de diversidad, la producción simbólica y creativa debe situarse como un eje estratégico y transversal para que las mujeres participen de una ciudadanía plena y no solo a modo de receptoras o de usuarias, de la que se sabe que ya participan en mayor medida que los hombres.

Teresa Torns [8] introduce una variable relevante para evidenciar la persistencia de las desigualdades de género en el estado del bienestar, que pocas veces es tenida en cuenta, como es la medición del tiempo. Y es que incluso por las políticas que incorporan una perspectiva de transversalidad de género, la mayoría de veces pasan desapercibidos los procesos de reproducción y el trabajo de cuidados que realizan mayoritariamente las mujeres. Por lo tanto, son estas las que continúan proporcionando el bienestar cotidiano a las y los miembros de su familia y al conjunto de la sociedad. A cambio de ello soportan una carga superior del total del trabajo, disponen de menos tiempo libre -según indican las numerosas estadísticas existentes- y, en definitiva, no disfrutan de un pleno reconocimiento de sus derechos de ciudadanía.

La política debe perseguir la satisfacción de los derechos culturales de toda la ciudadanía y no solo de una mitad, lo que consiste en garantizar que la cultura sirva para la construcción de las identidades individuales y colectivas de las ciudadanas a través de la búsqueda de referentes, que la producción simbólica sea una herramienta de participación en la vida común y el acceso a las expresiones artísticas se convierta en un derecho y, finalmente, que los lenguajes creativos y artísticos se conviertan en instrumentos de satisfacción de las necesidades de emocionarse, compartir, sentir y comunicar. En definitiva, que la cultura sea una estrategia clave al servicio de las ciudadanas, para ser y para estar.

Porque, como dice Marcela Lagarde, cuando en la cultura avanzan y prevalecen visiones del mundo que expresan la igualdad entre las mujeres y los hombres, el género se empodera, y las ideologías y las filosofías con perspectiva de género se tornan sentido común y representaciones múltiples y diversas. Los lenguajes ya no cargan la marca del sexismo y nuevas formas lingüísticas expresan la igualdad y la diversidad.

Las políticas culturales y de participación que se lleven a cabo en todas las administraciones públicas deberían adoptar estrategias y medidas que fomenten la participación de las mujeres de una manera directa o indirecta en todas las fases del proceso cultural, y no solo porque exista una legislación vigente [9] de obligado cumplimiento, sino porque es lo socialmente justo, lo económicamente eficiente, lo emocionalmente inteligente y porque únicamente de esa manera se alcanzaría la plena ciudadanía cultural de las mujeres.

Es sabido que quien tiene el poder es quien da nombres a las cosas (y a las personas).

-Celia Amorós-

Notas

[1] Freixas, Laura (2008). “La marginación femenina en la cultura”. El País. 03/05/2008.
[2] Cruz, Jacqueline (2008). “Las mujeres en el ojo de la cámara (de cine)”. Ponencia el 9 de octubre de 2008 en Albacete. Ciclo: La historia no contada.
[3] Pollock, Griselda (1981). “Historia y Política. ¿Puede la Historia del Arte sobrevivir al Feminismo?” Publicado originalmente en Feminisme, art et histoire de l’art. Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts, Paris. Espaces de l’art, Yves Michaud (ed).
[4] Gramsci, A. (1978) El concepto de Hegemonía en Gramsci. México. Ediciones de Cultura Popular.
[5] Marshall, T.H. y Bottomore, T. (1998). Ciudadanía y clase social. Madrid, Alianza (ed).
[6] Lagarde y de los Ríos, Marcela (2012). El feminismo en mi vida. Hitos, claves y topías. Instituto de las Mujeres de la Ciudad de México. Versión electrónica vista en www.mujeresenred.net
[7] Alborch, Carmen. La ciudadanía de las mujeres. Publicación digital en http://e-mujeres.net
[8] Torns, Teresa et al (2006). Las políticas del tiempo: un debate abierto. Ajuntament de Barcelona. Barcelona.
[9] Artículo 26 de la LOIMH: “La igualdad en el ámbito de la creación y la producción artística e intelectual”.

Referencia curricular

Trini Moreno Cobos nació en 1966 en Pizarra (Málaga) y es feminista practicante. Se licenció en Ciencias Biológicas y varios años más tarde realizó el Postgrado en Género y Políticas de Igualdad de la Universitat de València, especializándose en la participación de las mujeres en cultura. Ha ejercido cinco años como Agente de igualdad para un municipio y hace dos años fundó la comunidad virtual Mujeres con habitación propia, de la que ha derivado Viva la Woolf, una empresa con perspectiva de género. Además, es socia de Clásicas y Modernas, asociación por la igualdad de género en la cultura.

Fuente: Revista con la A

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Feminismo, lo personal como arma para la lucha

Artistas que usan su cuerpo de mujer para provocar a las instituciones y combatir la opresión del sistema patriarcal.

Agitación. ‘The Dinner Party’, de Judy Chicago. Foto: wordpress.com


‘Strange Woman’, de Marina Abramovic. Foto: wordpress.com

Lo personal es político es el movimiento de arte feminista con matices radicales que amplifica la tesis de Carol Hanisch y detona un arte político de mujeres, sobre mujeres, relaciones de poder y subordinación social con narrativas que abordan realidades proscritas como la menstruación, la violación, el embarazo, el aborto, el racismo o las desigualdades laborales. En la mayoría de los casos se apela al propio cuerpo expuesto en intervenciones públicas, la performance o la acción artística, acentuando su presencia con apariciones efímeras o márgenes de improvisación. Se trata de un arte vivo y dinámico emparentado con el happening, el movimiento Fluxus o el arte conceptual, entre otras corrientes.

Figuras emblemáticas subvierten desde los 60 las convencionalidades del arte —al grado de ser censuradas o expulsadas de los escenarios museísticos o ser objeto de la agresión policial— y se han convertido en revolucionarias del feminismo, no solo en el arte. Una pionera del Fluxus fue la japonesa Shigeko Kubota, que en 1965 con su obra Vagina Painting, sumergía pinceles en su vagina para pintar con la menstruación y así denunciaba las opresiones y sistemas patriarcales hegemónicos y re-significaba el cuerpo femenino. También hubo insurrectas como Judy Chicago, que inauguró el arte feminista estadounidense con su provocadora instalación The Dinner Party en “un intento de reinterpretar la última cena desde el punto de vista de las personas que han preparado siempre la comida”. Chicago presentaba platos en forma de vagina que convertían la obra en una representación arcaica de la vulva como el génesis del mundo y del universo.

Carolee Schneemann, también de Fluxus, incorporó su propio cuerpo desnudo, matizado por fluidos de pintura, paneles, espejos rotos o serpientes de juguete, para confrontar los impulsos primales de la sexualidad pasiva. Despertó encendidos cuestionamientos por su desvergüenza erótica y por incitar a la liberación sexual, ya que su obra confrontaba el cuerpo femenino como objeto y espejo del deseo masculino.

Marina Abramovic, la serbia bautizada como “la abuela del arte de la performance”, puso en el centro de su propuesta artística su propio cuerpo, como lienzo de experimentación y cambio en el que indagar sobre los límites y resistencia de la mente y los sentimientos. Sus juegos con la desnudez, el aliento o la sangre fluyen como espejos deconstructores, en los que la artista incluso se somete a la tortura física rasgando su propio vientre, dejando brotar la sangre como denuncia de la brutalidad patriarcal.

Lo personal es político encendió también la contracultura, alimentando a los movimientos emancipatorios que convergían en demandas de igualdad y críticas a las relaciones de poder desde la vida cotidiana —sexual, laboral o política— con las “microrrevoluciones de autoconsciencia”. Así, interpelaba al sexismo, al “racismo masculino”, y se manifestó contra la opresión patriarcal, rechazando que la mujer fuera reducida a un cuerpo, objeto de deseo o máquina reproductora por los sistemas educativos, la institucionalidad y los universos mediáticos. Lo personal es político se convirtió desde entonces en el faro de la reivindicación, el norte de la interpelación, la cimiente artística para desestructurar las relaciones de poder y dominación porque, como bien decía Kate Millet, “el patriarcado se asienta sobre la ideología pero también sobre el sexo”.

Por  Patricia Flores - Feminista Queer
Fuente: La Razón (Edición Impresa) 

julio 27, 2015

Marrakech: Ciudad Segura y Amigable para Tod@s

En marzo de 2015, ONU Mujeres en Marruecos firmó un acuerdo de colaboración con la empresa de autobuses ALSA para integrar un módulo de prevención de acoso sexual en el currículo de formación de las y los conductores de la empresa. En el marco de este convenio se formará a conductores de autobús y taxi y se proyectarán videos de sensibilización en las pantallas de televisión de la flota de autobuses para prevenir el acoso y la violencia contra las mujeres en los espacios públicos. Este video ilustra el trabajo del programa “Marrakech, ciudad segura y amigable para todos” y ha sido producido por ONU Mujeres con el apoyo financiero de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). 


Antecedentes*
  • Dos de cada tres mujeres confiesa haber sufrido abuso sexual en espacios públicos
  • El transporte público es particularmente elegido por los acosadores
  • Manoseos, agresiones, lenguaje grosero o intimidaciones, los excesos más comunes
Mujeres marroquíes manifestándose por la igualdad. REBECA HORTIGÜELA


Fuente: Onumujeres
* Datos publicados en Público.es

7 de noviembre, una cita importante y obligada

Esta semana pasada estuve revisando los días de vacaciones para organizarme un poco hasta de final de año. Y ya reservé algunas fechas fuera del período estival. Y, como no podía ser de otro modo, una de las seleccionadas fue el 6 de noviembre. Quiero estar fresca para el día importante.

A iniciativa de la Coordinadora Feminista de Valencia y en concordancia con otras muchas asociaciones, plataformas y mujeres se está organizando para el día 7 de noviembre la que se ha denominado como LA MARCHA CONTRA LAS VIOLENCIAS MACHISTAS.

La necesidad de esta marcha radica en la urgencia de que se tome consciencia de que nos están asesinando por ser mujeres. Que el feminicidio que estamos viviendo se está obviando por parte de quienes nos gobiernan. Que este tema, el del terrorismo machista, ha de estar en primera plana de las agendas políticas de todos los partidos y con medidas claras y concretas para erradicar este terrorismo que se lleva por delante la vida de tantas mujeres y criaturas cada año.

En las últimas semanas he estado observando los informativos convencionales de radio y televisión. Aparte de que se dedica mucho más tiempo a la información deportiva que a los asesinatos de mujeres está surgiendo otro fenómeno que me preocupa. Y es el de la defensa de de los derechos de los animales. 

Me parece fantástico que se avance en la defensa de los derechos animales y es una causa en la que me encontrarán, pero en los medios de comunicación generalistas aparece como más importante, por ejemplo, el seguimiento de la adopción de los cachorros "Chapa" y "Pote" después de haber sido rescatados de una muerte segura por parte de una asociación protectora de animales que les limpió del chapapote del que estaban impregnados, que el seguimiento de los temas resultantes de terrorismo machista.

Con carácter general, no se elaboran noticias con contenidos pedagógicos para prevenir. No se realizan seguimientos de las condenas de los asesinos. No se elaboran contenidos justos para las mujeres asesinadas o agredidas. Se limitan a una cuestión de maquillaje en los términos y ya. Cambian el término violencia de género por violencia machista y ahí se quedan los cambios.

Cada vez que una mujer es asesinada por terrorismo machista, el sistema patriarcal refuerza su papel en el ámbito simbólico. Y esto es mucho más peligroso de lo que pueda parecer en principio. Y si quienes ostentan el poder público a todos los niveles no actúa de inmediato y con contundencia, se alían con el patriarcado más feroz que refuerza su poder y su presencia, llegando a justificar al asesino o maltratador con mensajes claros o subliminales. Y este aspecto conlleva en sí mismo el que todo vale para que el orden establecido, el patriarcado, perviva y se refuerce.

Son muchos los elementos que han permitido que estos asesinatos de mujeres pasen desapercibidos o no se les dé la importancia que realmente tienen. Entre ellos las nefastas por inexistentes políticas de sensibilización y prevención que, desde los Ministerios afectados, no se han llevado a cabo. 

Pero por el contrario acaban de presentar a bombo y platillo sin la presencia del ministro Alonso un informe con una muestra de 40 mujeres víctimas sobre los motivos que las llevan a NO DENUNCIAR A SUS AGRESORES. Tócate las narices!!! ¿Pero cómo es posible que se destine dinero público a este tipo de manipulaciones para incriminar a las mujeres en su propio ciclo de violencia e incluso volverlas a culpabilizar de su propia situación? Es, al menos para mí totalmente inconcebible.

Es tal la estafa, que mediante este tipo de estudios (insisto que pagados con fondos públicos) que llegan a dejarme casi sin aliento. Y que conste que he dicho "casi", porque de inmediato lo recupero para escupirles en la cara lo inconscientes que son al justificar que las mujeres no denuncien para elevar a culpa de ellas mismas el origen de su sufrimiento por no denunciar. Son terriblemente perversos los mensajes de esta gentuza.

No hay dinero para prevenir ni para sensibilizar. Eliminan la asignatura de educación para la ciudadanía del curriculum escolar en la que se podía trabajar este tipo de temas. Imponen la asignatura de religión que predica sumisión de las mujeres y subsidiariedad de las mismas a los hombres. Eliminan recursos para las víctimas dejándolas en situaciones de total desamparo, pero mantienen cursos de reciclaje para reinserción de maltratadores. Eliminan la formación para profesionales implicados por falta de recursos, así como también justifican la falta de recursos para que las mujeres puedan exigir los derechos contemplados en la actual y vigente legislación. Y no actúan con la contundencia necesaria para apartar a quienes no cumplan con sus obligaciones de aplicar correctamente las normas competentes para castigar a los agresores. 

Porque todo eso y mucho más han permitido quienes nos siguen desgobernando, consiguiendo con sus medidas y sus silencios cómplices que los asesinos pierdan el respeto a las normas y el patriarcado se ha envalentonado para imponer su terror contra las mujeres, para, en definitiva domesticarlas a su antojo y volverlas a convertir en siervas y no en compañeras.

Por eso es necesario la marcha del 7 de noviembre, para denunciar todos estos atropellos políticos y sociales, al tiempo de que cada partido político se retrate en la elaboración de medidas concretas para llevar esta situación insostenible a un gran pacto de estado para hacer recular al patriarcado que nos asesina y nos maltrata por haber nacido mujeres.

No es permisible que una de las legislaciones pioneras de prevención y atención a las víctimas de este tipo de terrorismo machista que, aunque no siempre mata, deja centenares de miles de víctimas, sea abandonada en la cuneta permitiendo además que se vuelva a culpar a las mujeres de sus situación por no denunciar.

Tampoco es de recibo que hasta la ONU haya llamado la atención al gobierno actual por la situación generada por el incumplimiento de la legislación y su falta de implementación.

Es necesario que marchemos por Madrid el 7 de noviembre para exigir nuestros derechos a una vida libre de terrorismo machista, a una vida digna y plena. 

Es necesario que marchemos sobre Madrid para redignificar la memoria de las mujeres asesinadas por terrorismo machista y ser sus voces clamando justicia social.

Es necesario que marchemos el 7 de noviembre para exigir que se respeten los derechos de más de la mitad de la población que somos las mujeres. Y exigimos una vida sin violencias de ningún tipo.

Es necesario que marchemos el 7 de noviembre sobre Madrid, porque las caperucitas le enseñarán los dientes al lobo patriarcal. 

Las mujeres queremos, mejor dicho exigimos, que el patriarcado sea combatido también desde las instituciones. Somos muchas y cada día son más los compañeros de viaje que se suman a la denuncia de la situación en la que estamos. 

Porque no sobramos ninguna. Porque nos faltan muchas, demasiadas. Porque exigimos un Pacto de Estado para erradicar este terrorismo silencioso y permanente. Porque nuestras vidas tienen el mismo valor que la de los hombres. Porque tenemos derecho a una vida libre de violencias de todo tipo. 

Y porque queremos defendernos juntas del patriarcado que nos asesina con el silencio cómplice de gentes de la política, de los credos religiosos, de la judicatura, de los medios de comunicación, de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado y demasiada gente más.

Y, sobre todo porque nuestros derecho humanos no se tocan.

Por todo esto y mucho más es necesaria la presencia masiva de gentes que creen que otro tipo de sociedad sin terrorismo machista es posible el próximo día 7 de noviembre en Madrid.

Yo ya pedí mi día de vacaciones para no faltar a una cita de las más importantes de mi vida. La que espero que sea la gran #MarchaContraViolenciasMachistas. Y gritaré alto y claro que el #MachismoMata, que nuestras vidas son #CuestiondeEstado y que exijo un gran #PactodeEstado porque #NosFaltanTodas y exijo que no haya #NiUnaMenos.

Nos vemos el #7Noviembre en #Madrid.

Teresa Mollá Castells
tmolla@telefonica.net
La Ciudad de las Diosas