octubre 22, 2018

Un cómic para explicar lo que significa tener que estar en todo.

La bloguera francesa Emma Clit triunfa con una ácida crítica feminista en viñetas contra el machismo, el acoso o la desigualdad.

Una de las viñetas del libro de Emma Clit.
Hay revoluciones grandes y otras de gestos cotidianos. Emma Clit protagonizó una de las segundas en la última empresa en la que trabajó. Se cruzó con su jefe en la máquina de café y simplemente le dio la mano. Se acabaron los besos de buenos días. Esta ingeniera informática francesa y muchas de sus compañeras de trabajo se plantaron ante una costumbre matutina que consideraban fuera de lugar, ir al despacho del jefe a besarle al llegar a trabajar por las mañanas. “Nos inventamos de todo, hasta entrábamos por la puerta de emergencia para no cruzárnoslo”, recuerda.

Aquel fue su primer acercamiento al feminismo, un toque interior de atención. El siguiente llegó con el nacimiento de su hijo, que ahora tiene seis años: “Cuando tuve a mi hijo con mi compañero -que es feminista, se ha implicado en su paternidad y hace un montón de cosas- me di cuenta de que yo estaba agotada todo el día pero él no. Era como si se me acabaran de caer un montón de ladrillos en la cabeza. Eso me hizo reflexionar: ¿Qué es lo que está pasando?”. La respuesta a esa pregunta ha traído recientemente a España a esta afamada bloguera, con más de 300.000 seguidores en Facebook y medio millón de lectores. Emma Clit es conocida por haber expuesto en viñetas la llamada carga mental.

El concepto, que ha calado en redes y en colectivos feministas, alude a una suerte de omnipresencia de las obligaciones, en la mayoría de los casos para las mujeres. “Es el hecho de estar en todo”, explica uno de los personajes de Clit en el cómic que lleva el mismo nombre (La carga mental, recién editado por Lumen en español y en el que Clit se dibuja a sí misma en debates con personajes ficticios).

Recordar que hay que apuntar bastoncillos en la lista de la compra, que hay que darle el aguinaldo a portero o que hoy es el último día para encargar la cesta de verdura semanal... “Es esa preocupación constante que tiene uno por organizar la vida familiar y gestionarla. No se trata de hacer las cosas sino de anticiparlas y planificarlas. Hacer las labores de la casa tiene un principio y un fin, pero esto no, es una organización constante que siempre conlleva otra serie de problema de los que también hay que ocuparse, de forma tal que estamos siempre liadas”, ahondaba la autora en una visita reciente a Madrid.

Empezó a mandar aquel artículo con el concepto clarificador a sus amigos y colegas.

“El texto no enganchó porque no todo el mundo tiene tiempo para leer”. Así que decidió hacerlo más fácil de entender con personajes de cómic. De ahí nació su tira cómica Habérmelo pedido, incluida en el libro en el que también aborda La mirada masculina: “El caso es que todo nuestro entorno mediático incita a observar y a juzgar el cuerpo femenino”. Y da una clase de educación sexual en instructivos dibujitos para mostrar “esa cosita que todas descubrimos más o menos tarde, porque nadie nos habla de ella en el colegio”: el clítoris. Su apellido es un seudónimo derivado de ese término.

La dibujante, toda una celebridad en Francia, habla con sus viñetas sobre la desigualdad, la conciliación, el acoso, la sexualidad femenina o el exceso de trabajo en una crítica ácida y con la dosis justa de mala leche.

Su pareja le apoya y le agradece la tarea: “Nuestras discusiones son privadas. Lo que cuento en mis viñetas son cosas que me preocupan, anécdotas de mis amigos, conversaciones que he leído... Quiero mostrar que es un problema general del patriarcado, no una queja de mi pareja que no ha sabido estar a la altura”. Otros hombres, la mayoría según cuenta, le escriben para expresar su malestar: “Me dicen que no elegí bien a la persona con la que estoy, que ellos sí son señores como dios manda”.

Por PilarÁlvarez
Fuente: El País

El caso Sepur Zarco: las mujeres guatemaltecas que exigieron justicia en una nación destrozada por la guerra.

Durante la guerra civil que asoló Guatemala durante 36 años, las mujeres indígenas sufrieron violaciones sistemáticas y esclavitud a manos del personal militar en una pequeña comunidad cercana al puesto avanzado de Sepur Zarco. Lo que les ocurrió no es un caso único, pero lo que sucedió a continuación cambió la historia. Desde 2011 hasta 2016, 15 mujeres sobrevivientes lucharon para obtener justicia en el tribunal supremo de Guatemala. Este caso sin precedentes concluyó con la condena de dos ex militares por delitos de lesa humanidad y la concesión de 18 medidas de reparación para las sobrevivientes y su comunidad. Las Abuelas de Sepur Zarco, como se las conoce respetuosamente, esperan hoy vivir la justicia. Para ellas, la justicia incluye educación para las niñas y niños de su comunidad, acceso a la tierra, una clínica sanitaria y un conjunto de medidas que pongan fin a la pobreza extrema que su comunidad ha sufrido durante generaciones. La justicia hay que vivirla.

Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

El día en que los militares llegaron para llevarse a su esposo y su hijo quedó grabado en la memoria de María Ba Caal, aunque ya no recuerda bien algunos detalles. “Cuando se llevaron a mi esposo y a mi hijo de 15 años, ambos trabajaban. El ejército llegó por la tarde y los sacó de casa. No recuerdo la fecha, pero fue la última vez que vi a mi marido y a mi hijo”, señala.

De eso hace 36 años. María Ba Caal tiene ahora 77.

María Ba Caal con miembros de su familia. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Como muchas otras mujeres maya q’eqchi’ de Sepur Zarco, una pequeña comunidad rural ubicada en el valle de Polochic, en el noreste de Guatemala, María continúa buscando los restos de su esposo y su hijo, que desaparecieron por la fuerza y lo más probable es que fueran asesinados por el ejército guatemalteco a principios de la década de 1980.

El conflicto de Guatemala

El conflicto armado interno[1] de Guatemala se remonta a 1954, cuando un golpe militar derrocó al presidente electo democráticamente, Jacobo Arbenz. Seguidamente, el gobierno militar que se instauró eliminó las reformas agrarias que beneficiaban a las/os agricultoras/es pobres (en su mayor parte indígenas), lo que provocó un conflicto armado entre el ejército y diversos grupos de guerrilleros progresistas, que se prolongó 36 años y segó más de 200.000 vidas. La mayoría de las personas que fueron asesinadas en el marco del conflicto (un 83%) eran indígenas mayas.[2]

Cronología del conflicto de Guatemala

1954 
Golpe militar

Un golpe militar liderado por el coronel Carlos Castillo Armas consigue derrocar al presidente electo democráticamente, Jacobo Arbenz. Castillo elimina las reformas agrarias que beneficiaban a las/os agricultoras/es pobres y retira el derecho de voto a las/os ciudadanas/os guatemaltecos analfabetos durante años.

1960 
Estalla la guerra civil

Se desencadena el conflicto armado entre grupos de guerrilleros progresistas y las fuerzas militares. El conflicto se caracteriza por secuestros, violencia sexual, asesinatos y cuerpos arrojados en fosas comunes. El acceso a la tierra es un factor vital en pleno conflicto. La mayoría de las víctimas son personas indígenas.

1970 
Se produce una escalada de violencia contra los pueblos indígenas

Tras una breve restauración del poder civil bajo el mando del presidente César Méndez, Carlos Arana es elegido presidente con el apoyo del ejército. Se intensifica la violencia contra los grupos de guerrilleros y las comunidades indígenas.

1982 
La Constitución queda anulada

El general Efraín Ríos Montt anula la Constitución de 1965, disuelve el Congreso y forma patrullas locales de defensa civil para tratar de ganar terreno a los guerrilleros con la ayuda del ejército.

1985 
Se reanudan las elecciones democráticas

Se elabora una nueva Constitución y vuelven a celebrarse elecciones presidenciales democráticas.

1994 
Comienzan las conversaciones de paz

Arrancan las conversaciones de paz con la mediación de las Naciones Unidas. Una sólida coalición de grupos de mujeres participa en el proceso formal de paz a través de un órgano consultivo formal. Se calcula que 200.000 personas perdieron la vida o desaparecieron durante el conflicto. El 83% de las víctimas eran indígenas, que dejaron cerca de 50.000 viudas y 500.000 huérfanas y huérfanos.

1996 
Se firman los acuerdos de paz

Bajo la presidencia de Álvaro Arzú se firman los acuerdos de paz de Guatemala, poniendo fin así a 36 años de conflicto. Los acuerdos de paz contienen 28 compromisos relacionados con la defensa de los derechos de las mujeres, en particular las indígenas.

¿Qué ocurrió en Sepur Zarco?

En 1982[3], el ejército estableció un puesto avanzado en Sepur Zarco para el descanso del personal militar. En aquel momento, los líderes q’eqchi’ de la zona trataban de obtener derechos legales sobre sus tierras. El ejército respondía con desapariciones forzadas, torturas y asesinatos de hombres indígenas, así como con violaciones y esclavitud de mujeres.

"Nos obligaban a turnarnos…Decían que nos matarían si no hacíamos lo que nos ordenaban”.
— Maria Ba Caal

“Quemaron nuestra casa. No fuimos a la base militar (el puesto avanzado) de Sepur porque quisiéramos... nos obligaron. Nos acusaban de alimentar a los guerrilleros. ¡Pero no los conocíamos! Tuve que dejar a mis hijas e hijos bajo un árbol para ir a cocinar para los militares... y...”. María Ba Caal no puede terminar la frase. El final inconcluso resuena en el aire mientras permanecemos sentadas frente a su chabola de barro. Sus bisnietos juegan cerca de nosotras. Ella llora en silencio.

“Violación” y “esclavitud sexual” son palabras que no tienen una traducción fácil a la lengua q’eqchi’. “Nos obligaban a turnarnos”, prosigue. “Decían que nos matarían si no hacíamos lo que nos ordenaban”.

Posteriormente, María Ba Caal y otras mujeres que habían sido esclavizadas por los militares sufrieron durante años el rechazo de sus propias comunidades, que las llamaban “prostitutas”. La guerra civil de Guatemala no sólo fue la que más muertes causó en la región; también dejó un terrible legado de violencia contra las mujeres.

Hoy en día la comunidad de Sepur Zarco se compone de unas 226 familias. La ciudad más próxima, Panzós, se encuentra a 42 km en coche por una carretera polvorienta y sólo parcialmente pavimentada.

A pocos kilómetros de Sepur Zarco se erigen las ruinas de la granja Tinajas, rodeada de campos de maíz. En mayo de 2012, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala exhumó 51 cuerpos de indígenas en este lugar, que habían sido asesinados y enterrados en fosas comunes por el ejército guatemalteco. Las pruebas obtenidas en Tinajas supusieron uno de los puntos de inflexión en el caso Sepur Zarco.

"Encontraron el primer cuerpo al día siguiente”.

Paula Barrios

Paula Barrios, directora de Mujeres Transformando el Mundo, explicó que las comunidades indígenas que viven en la zona creían que más de 200 hombres habían sido llevados allí y jamás se les había vuelto a ver.

“Esta era la verdad del pueblo q’eqchi’, pero tuvimos que demostrar que aquellas historias eran ciertas. La exhumación continuó durante 22 días y costó 100.000 quetzales (13.500 dólares estadounidenses). Algunas familias tuvieron noticia de ello y acudieron al lugar esperando encontrar a sus parientes desaparecidos. Las mujeres de la comunidad de Sepur Zarco también vinieron y cocinaron para el personal. Cavaron y cavaron durante cuatro días, pero no hallaron ningún cuerpo. Los antropólogos dijeron que el día siguiente sería el último”.

“Encontraron el primer cuerpo al día siguiente”.

Las abuelas de Sepur Zarco



En 2011, 15 mujeres[4] sobrevivientes de Sepur Zarco —a las que hoy se conoce respetuosamente como “abuelas”— llevaron su caso ante el tribunal supremo de Guatemala, con el apoyo de las organizaciones locales defensoras de los derechos de las mujeres, de ONU Mujeres y de otros socios de las Naciones Unidas.

Después de 22 audiencias, el 2 de marzo de 2016, el tribunal condenó a dos ex militares por delitos de lesa humanidad (violación, asesinato y esclavitud) y concedió 18 medidas de reparación para las sobrevivientes y sus comunidades. Fue la primera vez en la historia que un tribunal nacional enjuiciaba un cargo de esclavitud sexual durante un conflicto utilizando la legislación nacional y el derecho penal internacional.

"Para mí es muy importante que nuestro país escuche nuestra voz y conozca nuestra historia, para que lo que hemos vivido no le ocurra a nadie más”.
— Maria Ba Caal

Las abuelas lucharon para obtener justicia y reparación, no sólo para ellas, sino también para lograr un cambio que beneficiara a toda la comunidad. En su sentencia, el tribunal prometió reabrir los expedientes de reclamación de tierras, crear un centro de salud, mejorar la infraestructura de la escuela de enseñanza primaria y abrir una nueva escuela de educación secundaria, además de ofrecer becas para mujeres y niñas/os; medidas que pueden sacar a esas personas de la pobreza extrema que todavía hoy continúan sufriendo.

“Cuando llevamos nuestro caso ante el tribunal, creíamos que ganaríamos, porque decíamos la verdad”, afirma María Ba Caal. “Para mí es muy importante que nuestro país escuche nuestra voz y conozca nuestra historia, para que lo que hemos vivido no le ocurra a nadie más.”

Como parte de las medidas de reparación, las organizaciones de la sociedad civil trabajaron con el Ministerio de Educación guatemalteco en la elaboración de un cómic para niñas/os que narra la historia de Sepur Zarco. El cómic se distribuirá en las escuelas de enseñanza secundaria de la capital del país, la ciudad de Guatemala, así como en los municipios de la zona de Alta Verapaz.

Tan sólo una de las 11 abuelas sobrevivientes que lucharon para ganar este caso sin precedentes posee una casa en Sepur Zarco. La mayoría de las demás viven en las comunidades vecinas de San Marcos, la Esperanza y Pombaac, en viviendas provisionales. Detrás del centro para mujeres que se está construyendo hay una pequeña parcela de terreno; a las abuelas les han prometido que podrán construir sus casas en ella.

María Ba Caal y Felisa Cuc indican el camino a casa de Felisa. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

María Ba Caal y Felisa Cuc nos llevan a visitar la zona. Felisa Cuc tiene 81 años y está esperando su casa. Quiere que sea de ladrillo y estaño.

“Cuando escuché la sentencia, me puse muy contenta. Pensé que mi vida iba a mejorar. Pero en este momento no sé si viviré lo suficiente como para ver los resultados”.

Doña Felisa ha tenido una vida difícil. Los soldados se llevaron a su esposo en 1982 y lo torturaron. Nunca más volvió a verle. “Nos violaron a mí y a mis dos hijas, que se habían casado hacía poco tiempo. Sus esposos habían huido... Tratamos de escapar, buscamos refugio en casas abandonadas, pero los soldados nos encontraron. Violaron a mis hijas delante de mí”.

El puesto avanzado de descanso de Sepur Zarco se clausuró en 1988, y el conflicto terminó formalmente en 1996 con la firma del acuerdo de paz. Sin embargo, las abuelas continuaron luchando por conseguir un mínimo de dignidad, un pedazo de tierra y comida.

Doña Felisa nos lleva a su casa de Pombaac por caminos de tierra a través de campos de maíz. Su casa es la última de la aldea.

“Aquí hay muchas necesidades”, nos dice. “En este momento necesito algo para comer. Nadie sabe cuánto tiempo viviré. Necesito tierra para mis hijas e hijos. Quizá si tienen tierra para cultivar puedan ayudarme, alimentarme”.

De todas las medidas de reparación, puede que la restitución de tierras sea una de las más importantes. Sin embargo, también resulta complicada de ejecutar, puesto que buena parte de la tierra reclamada se encuentra en manos privadas. El presidente debe nombrar una institución y el Ministerio de Hacienda debe dotarla de presupuesto para comprar la tierra a sus propietarios privados y, a continuación, redistribuirla.

"Esperamos muchos años a que se hiciera justicia; ahora tenemos que esperar para obtener reparación”.
Demesia Yat


Una medida de reparación que ha tenido cierto impacto es la clínica móvil gratuita, que atiende a unas 70 u 80 personas cada día. “Antes teníamos que caminar mucho para llegar a una clínica, pero ahora la tenemos más cerca. Las distintas comunidades nos turnamos para recibir atención en la clínica. Muchas mujeres de mi comunidad han recibido medicamentos, pero hay enfermedades que la clínica no puede tratar... Soñamos con un hospital que pueda tratar todas nuestras dolencias”, explica Rosario Xo, una de las abuelas.

Mujeres de la comunidad, muchas con hijas e hijos, esperan en la clínica móvil. La clínica móvil gratuita en Sepur Zarco atiende entre 70 y 80 personas diariamente. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Demesia Yat, una de las abuelas más extrovertidas, reconoce lo lejos que han llegado y también habla sobre lo que está en juego: “Nuestros esfuerzos, primero como mujeres y en segundo lugar como abuelas, es muy importante. Es cierto que se hizo justicia. Ahora pedimos educación para nuestras hijas e hijos y para nuestras nietas y nietos, de modo que la juventud de la comunidad tenga oportunidades y no sea como sus mayores, que no pudieron estudiar. El gobierno ya conoce nuestras reivindicaciones. Esperamos muchos años a que se hiciera justicia; ahora tenemos que esperar para obtener reparación”.

El caso de Sepur Zarco es un caso de búsqueda de justicia; estas mujeres sufrieron un horror y una pérdida inenarrables. Hoy exigen experimentar esa justicia en su vida cotidiana.

Maria Ba Caal. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

“Di todo lo que tenía para obtener justicia”, nos dice María Ba Caal cuando nos despedimos. “Quiero ver los resultados antes de que me muera. No sé cuánto tiempo me queda en este mundo”.

Con el apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Consolidación de la Paz, ONU Mujeres lidera los esfuerzos dirigidos a conseguir que se aplique la sentencia transformadora dictada en el caso Sepur Zarco. Para ello, trabaja en colaboración con las autoridades nacionales, la sociedad civil guatemalteca y otros organismos de las Naciones Unidas.

Fuente: Onumujeres

Notas

[1] Al conflicto en Guatemala se le denomina oficialmente como un “conflicto interno armado”.
[3] Para obtener más información, véase https://www.ghrc-usa.org/our-work/important-cases/sepur-zarco/
[4] El proceso judicial se basó en la violación de 15 mujeres de Sepur Zarco, aunque el tribunal únicamente pudo acreditar 11 de ellas, puesto que tres de las víctimas fallecieron.

octubre 21, 2018

El gran corte.

Dejar de alisarse el pelo, recuperar el cabello afro natural y romper así con los cánones de belleza impuestos por el colonialismo es un proceso profundamente político que millones de mujeres negras están viviendo alrededor del mundo. Hablamos con Desirée Bela-Lobedde Boleche, una de las activistas del movimiento #Gonatural en el Estado español.

El cabello de las mujeres es una cuestión política. ¿Qué nos dice la sociedad que es bello? Si miras las revistas, la televisión, hay un consenso que establece que lo bello es el pelo liso. Y tienes niñas creciendo creyéndose eso. Por eso escribo sobre el pelo, porque es una cuestión que quiero cambiar” (Chimamanda Ngozie Adichie)

Desirée Bela-Lobedde Boleche
Cossío

Una niña de apenas seis años juega bajo el abrasador sol sierraleonés. Como muchas de las mujeres adultas que le rodean, luce una peluca de pelo liso y sedoso. En Barcelona, una mujer española negra imparte un taller sobre el significado de dejar de desrizarse el pelo, recuperar su naturaleza afro, reconstruir su identidad a través de lo que, aparentemente, sólo es una decisión estética. A ambas les separan miles de kilómetros, les une cinco siglos de opresión colonial.

La primera vez que Desirée Bela-Lobedde Boleche acudió a una peluquería para alisarse el cabello tenía 15 años. La llevó su madre que, como su padre, llegaron a Catalunya siendo españoles procedentes de Guinea Ecuatorial -cuando aún era una colonia-. Desde entonces, cada tres meses y durante 20 años, se aplicó los agresivos tratamientos desrizantes que requieren los cabellos afro para deshacerse de su forma y textura naturales. Hasta que fue madre y se cuestionó cómo iba a educar a sus hijas en el orgullo hacia su identidad afrodescendiente si ella misma la borraba. Entonces inició un proceso de transición que hunde sus raíces en los movimientos por los derechos civiles de los años 60 en Estados Unidos y que, desde hace una década, vive un nuevo auge entre la población negra de numerosos países.

La negritud es bella

Las potencias coloniales impusieron sus cánones de belleza a través de sus elites blancas en los países africanos ocupados: la blanquitud, el cabello liso, la delgadez e, incluso, el uso de pelucas, que obligaban a llevar también a sus esclavas en el trabajo doméstico. Con el secuestro y tráfico de personas entre las colonias, esta imposición se importó, obligando incluso a las personas esclavizadas a cubrir sus cabellos en las plantaciones, como ocurrió en Estados Unidos. No fue hasta finales del siglo XIX cuando C. J. Walker, una mujer afrodescendiente liberada, puso en marcha la primera gran empresa de productos de alisado. Una vía para la asimilación que buscaba huir de una serie de prejuicios contra el pelo afro que lo identificaban con lo informal, lo pobre, lo sucio, lo indomable, la otredad. Surgiría así una industria que no ha parado de crecer desde entonces. Según una estimación de la revista Cosmopolitan, en Reino Unido, por ejemplo, el 80 por ciento de los 5,25 billones de libras que gastaba su población en productos capilares en 2013 provenía de las mujeres negras.

Fue con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos en los años 60 y, especialmente, con movimientos como los Panteras Negra, Black is Beautiful, Black Power y el feminismo negro -promovido, entre otras, por Angela Davis–, cuando lucir natural el pelo afro y dejar de aclararse el rostro con cremas blanqueadoras adquirieron una significación política. Una cuestión que cuenta con un nuevo auge en este siglo a través de movimientos como el inicialmente estadounidense #GoNatural, que se ha extendido entre las comunidades afro de todo el mundo.

“Crecí siendo la única niña negra en la mayoría de los espacios de un pueblo a 50 kilómetros de Barcelona donde sólo había cinco familias negras, todas procedentes de Guinea Ecuatorial. Criarte en un entorno de total blanquitud, rodeada de los estereotipos y prejuicios sobre la negritud, conlleva que termines asumiéndolos porque no hay ningún contraargumento con el que puedas contestarlos”, nos explica Desirée, quien maduró teniendo que aguantar las risas con las que acompañaban las canciones del Cola Cao, de los conguitos o del ‘¿Qué será lo que tiene el negro?’; los insultos de “negra de mierda, vete a tu país”: o que muchos extraños le sigan preguntando de dónde es antes que su nombre: “Lo peor es que te oigan hablar como ellos y se empeñen en que tengo que ser de otro sitio: cubana, dominicana…”, lamenta.

Sin embargo, nada de esto le hizo presagiar el camino que iba a recorrer cuando abrió un blog para compartir su proceso de transición al pelo afro. “Yo empecé dando consejos sobre cómo cuidar el cabello, cómo peinarlo, pero según vivía mi transformación y me iban llegando comentarios de otras mujeres agradeciéndome el proceso de empoderamiento que les acarreaba recuperar su cabello natural, cómo ahondaban en sus raíces mientras se iban cortando poco a poco lo alisado mientras les crecía el rizo; o cómo se enfrentaban a las reacciones de la gente cuando se daban el gran corte, es decir, cortar todo lo alisado, cómo terminé haciendo yo y dejarme apenas un centímetro de pelo… Me di cuenta de que estaba haciendo un activismo estético dirigido a descolonizar nuestros cuerpos de mujeres negras, identificar el racismo que subyace en los cánones que nos habían impuesto, y resignificar nuestra identidad”, explica con su desbordante y alegre energía antes de impartir uno de sus talleres organizados en Barcelona por la Xarxa Antirumours.

“ME DI CUENTA DE QUE ESTABA HACIENDO UN ACTIVISMO ESTÉTICO DIRIGIDO A DESCOLONIZAR NUESTROS CUERPOS DE MUJERES NEGRAS, IDENTIFICAR EL RACISMO QUE SUBYACE EN LOS CÁNONES QUE NOS HABÍAN IMPUESTO, Y RESIGNIFICAR NUESTRA IDENTIDAD”

Una de las personas que más se opuso a la decisión de Desirée Bela-Lobedde fue precisamente su madre, por las connotaciones negativas que había interiorizado sobre su propia cabellera. Pero, gracias a que su hija le pedía ayuda para aprender a peinarse, ella también decidió recuperar su cabello natural a las puertas de la tercera edad. En países latinoamericanos como Brasil o Colombia, la lucha de la población afro contra las políticas racistas y clasistas que sigue sufriendo vive un momento de mayor esplendor: si siendo mujer y negra acceder a determinados puestos supone una carrera de obstáculos, hacerlo con el cabello natural supone encontrar una nueva barrera. Como ejemplo, Mabel Lara, famosa presentadora afrodescendiente de las noticias del colombiano Canal Uno, que explica así en su cuenta de Instagram por qué recupera ahora su pelo natural: “Después de casi 15 años de estar en pantalla por fin pude salir con mi pelo crespo o mi afro. Durante toda mi vida he batallado con el estereotipo de la mujer que se alisa; he pasado por planchas y me he expuesto a tratamientos químicos para ‘verme mejor en pantalla’. Para las mujeres en general el pelo es un símbolo de poder y aquellas que tenemos afro, crespos, somos negras o mestizas hemos estado expuestas a escuchar que nuestro pelo es malo, feo, sucio e inmanejable. Quiero tener la libertad de verme como yo quiera, desde mi feminidad y gracias a la complicidad de mi directora, Cecilia Orozco, hoy dimos ese paso, sin prejuicios, libres, poderosas, nosotras. Gracias por motivar el cambio… No sé si sea para siempre, pero hoy me hace sentir segura, fuerte y definitivamente YO. Crespas, lisas, con afro, calvas, con pelucas, rubias, rojizas: dueñas de nosotras”.

En República Dominicana, una de las blogueras en habla hispana más popular, Carolina Contreras –conocida como Miss Rizos-, terminó abriendo su propio salón de belleza porque en muchos ni siquiera atendían a las mujeres con pelo afro. En Sudáfrica, Zulaikha Patel, una niña de 13 años, adquirió notoriedad mundial en 2016 después de iniciar una campaña contra su colegio por la negativa de algunos de sus profesores a admitirle en clase si no se alisaba un cabello que consideraban “desaseado e inapropiado”.

En Cuba, en cambio, “el cabello natural, afro, no es símbolo de un posicionamiento político”, nos explica la psicóloga y periodista Sandra Álvarez, autora del blog ‘Negra cubana tenía que ser’. De hecho, a lo largo de los años ha entendido que en este país existe una tradición muy fuerte de desrizarse el cabello ya que apenas hay personas con el pelo afro: “Ya no establezco una dependencia entre el cabello rizado y la lucha antirracista, porque además me parece una trampa ya que sólo se nos pide a las personas negras. A una blanca, verde o azul no se le va a cuestionar su identidad racial si se riza el cabello”, añado.

En los años 70, recuerda que hubo intelectuales en Cuba que usaron el cabello afro, llamado espendru, siguiendo el movimiento de los Panteras Negras y la reivindicación de los derechos civiles en Estados Unidos. “Pero no sé si lo entendían como un símbolo político como hoy se le conoce”, matiza. En cualquier caso, subraya, que “el cabello afro no hace que una persona sea más o menos activista. Además hoy, también es una moda, un aspecto estético”.

Cualquiera que se dé una vuelta por los institutos de educación secundaria españoles puede comprobar cómo ahora, entre las adolescentes negras, es habitual que lleven el pelo afro, “algo impensable en mi época, yo ni siquiera contemplaba esa posibilidad”, explica Desirée. A lo que sí se siguen enfrentando estas jóvenes es a la hipersexualización y la exotización de sus cuerpos, como explica en primera persona la actriz y dramaturga Silvia Albert en su obra teatral ‘No es país para negras’, y que recuerda con horror Desirée: “A partir de los 18, 20 años, los tíos empezaron a acercárseme en la discoteca para decirme verdaderas burradas como ‘¿es verdad que las negras….?’ o ‘nunca he estado con una chica como tú’, ‘como yo, ¿cómo?’, repondía, ‘ya sabes, morenita, negrita…’”, recuerda.

Amenazas por su activismo

El hecho de que la reivindicación del pelo afro conlleve una lucha política decolonial y antirracista se evidencia también por la virulencia de las respuestas que, a veces, ha suscitado. Desirée lo ha vivido en primera persona. En 2015, empezó a recibir comentarios racistas en su canal de Youtube, que reportaba a la plataforma para que fueran eliminados, siguiendo así con su normativa que prohíbe aquellos que promueven el odio hacia colectivos por cuestiones raciales. Pero la empresa de vídeos considera que comentarios como “qué asco das negra de mierda. Qué coño vas a ser tú de España. Tú eres una puta africana de mierda. De aquí sobras” no incumplen sus códigos. Asqueada por la impunidad, Desirée lo compartió en sus redes sociales y la Red Española de la Inmigración denunció ante el Defensor del Pueblo los hechos.

Sin embargo, no ha sido el peor ataque que ha sufrido por su activismo. En 2017, fue amenazada de muerte dos veces, lo que, sumado a una campaña de desprestigio por parte de ciertas personas que le criticaban cobrar por la asistencia a una de sus conferencias, le generó ataques de ansiedad y decidió apartarse un tiempo de las redes sociales.

Espacios donde hacer amigas

Desirée no tenía apenas amigas negras hasta que comenzó con su blog. Trabajadora de la administración pública en su pueblo, no contaba en su contexto con espacios donde poder coincidir con otras afrodescendientes. Con su conversión en activista y con la expansión que está viviendo el movimiento de población racializada, especialmente en Catalunya, ha tenido la suerte, no sólo de conocer a más mujeres afrodescendientes, sino también, como subraya, a moras o gitanas. “Eso me ha enriquecido muchísimo. Estamos aquí, somos de aquí, tenemos que tener voz y se nos tiene que ver. Ya era hora”, afirma.

Integrantes de estos movimientos, como el Black Barcelona, saben bien por qué muchas mujeres lloran cuando se dan el gran corte: están dejando atrás unos mechones atravesados por siglos de esclavitud, expolio y racismo.

Desirée Bela-Lobedde Boleche acaba de publicar el libro Ser mujer negra en España, con la editorial Plan B.

Fuente: Pikara

El ansia. Vida privada, de Tamara Jenkins, es el viaje infernal por los sistemas médicos y de adopción de una pareja hétero en busca de un hijx.



Como si la vida contemporánea en sus mil variantes estuviera todo el tiempo en la vidriera, no hay decisión, elección, deseo o costumbre que no suscite una marejada de opiniones. La mayoría de las veces a favor y en contra, blanco sobre negro, pero siempre con un factor en común: que la diferencia entre mirarla de afuera y estar, con todo el cuerpo, atravesando determinada experiencia, es abismal. Insalvable. Un abismo al que la ficción, a veces, se puede asomar, y Vida privada, la película de Tamara Jenkins sobre una pareja heterosexual que está tratando de tener un hijx, se funda en esa posibilidad de asistir a un viaje bastante infernal a través de un laberinto de consultas médicas, hormonas, inyecciones, punciones, frustración y anestesia. Rachel (Kathryn Hahn) y Richard (Paul Giamatti) tienen más de cuarenta, son escritores y alquilan un departamento en el East Village. No les sobra la plata pero a pesar de eso, con la sensación de que es ahora o nunca, deciden embarcarse en una serie de tratamientos de fertilidad que funciona como una especie de dominó: cada intento, al fracasar, parece convocar al siguiente, cada vez más caro, más doloroso, más complicado. Pero, ¿por qué parar, si ya invirtieron tanto tiempo, plata y emociones a lo largo de más de dos años? 

Vida privada no es una película fácil de ver, ni siquiera fluida: como les pasa a sus protagonistas, en algún momento se siente el tedio, lo frustrante y sobre todo la confusión de tener que asimilar nuevos diagnósticos, nuevas opciones, de gestionar fracasos y esperanzas, jugarse todo, no saber en qué momento ni cómo salir de esa vorágine. Si no fuera por la calidez infinita de Paul Giamatti y Kathryn Hahn -ese milagro de mujer despeinada con la sonrisa más dulce del mundo, siempre con un toque de amargura, como si asumiera con todo el cuerpo la dificultad de la vida-, Vida privada y sus secuencias casi documentales de quirófanos y consultorios y entrevistas de adopción sería demasiado. Porque además del deseo, se trata de dos seres sometidos al tribunal más duro del mundo, ése para el cual son, en la imposibilidad de reproducirse, “juguetes rotos”, como se dice en una escena bastante efectista a través de una canción. La película logra transmitir la experiencia de estos personajes en toda su densidad y a la vez contraponerle otras voces, otras miradas, como la de Cynthia (Molly Shannon), que será la encargada de personificar a ese coro griego que susurra, con cierta crueldad: qué locura, por qué no se resignan, qué locura. Es a través de la hija de Cynthia, Sadie (Kayli Carter), a la que la pareja considera como posible donante de óvulos, que los dos protagonistas se verán confrontados con una sobrina que es también una especie de hija y en la que se condensa toda la extrañeza de ese intercambio de material biológico por agradecimiento, cuidado, culpa y dinero.

Lo interesante de la película de Tamara Jenkins (que antes hizo Suburbios de Beverly Hills, de 1998, y La familia Savage, 2007, a razón de una película muy buena cada diez años) es que a pesar de estar tan concentrada en una vivencia particularísima que tiene que ver con la reproducción, los personajes de Rachel y Richard trascienden esa historia y se plantean como dos adultxs en la cumbre de su fragilidad. A través de ellos, lo que se pone en escena no es solo esa maraña indescifrable de ser o no ser padres y madres, y a costa de qué, sino otra experiencia que es acaso la parte más dura de la adultez, especialmente en un mundo triunfalista: la de saber hasta cuándo luchar, cuándo tirar la toalla, o cuándo aceptar que ciertas posibilidades ya no están abiertas.

Fuente: Página/12