junio 20, 2018

La guerra sigue para las defensoras de la naturaleza en Colombia


Foto: La lideresa colombiana Francia Márquez ha recibido el premio Goldman por su lucha contra la minería ilegal. Foto: Premio Goldman

Pero hay muchos otros nombres en Colombia que merecen ser recordados. Hace dos meses, se otorgaba el premio Goldman a la defensora de derechos humanos Francia Elena Márquez. Estos premios, conocidos como “Los Nobel del medio ambiente”, se otorgan cada año, coincidiendo con el Día de la Tierra, a personas que destacan por su labor de defensa de la naturaleza. La afrocolombiana Francia E. Márquez se lo ha ganado por la labor que ha venido desempeñando a lo largo de varios años, por poner su vida en juego para preservar el territorio y frenar la desmedida actividad minera. Denuncia que la minería se caracteriza por el uso de mercurio y cianuro, que contaminan los ríos y sus afluentes, afectando gravemente el ecosistema de la región colombiana de Cauca, al suroeste del país. Es este uno de los departamentos y municipios más afectados por el conflicto armado, a pesar de haber firmado los acuerdos de negociación para la construcción de paz estable y duradera, entre el Estado Colombiano y las Farc.


Las transnacionales mineras amenazan la vida 

En casi todos los departamentos de Colombia, cientos, quizás miles de familias viven en zonas rurales y su único medio de supervivencia es la pesca artesanal y el cultivo de alimentos de pan coger (de subsistencia:maíz, plátano y yuca). Sin embargo, esta actividad que se ha realizado de generación en generación, se ha visto afectada por los intereses y la disputa histórica por el territorio. La llegada de las transnacionales, especialmente de las extractivistas de recursos mineros y energéticos, ha incrementado los riesgos no solo para las familias, si no para los líderes sociales y los defensores de derechos humanos. Francia Elena Márquez, por ejemplo, tuvo que abandonar su pueblo de origen en el año 2014, debido a su denuncia de la minería. ¿Cómo va a enfrentar el nuevo gobierno el poder de las transnacionales?

La llegada de las transnacionales se vincula, en los últimos dos años, a un aumento sustancial de los homicidios selectivos y sistemáticos de las lideresas y los líderes sociales y de defensores de los derechos humanos en Colombia. Estos líderes y defensores han venido realizando procesos de resistencia por permanecer en el territorio en que nacieron o en el que han cimentado sus historias de vida en torno a sus familias y la comunidad.

Los violentos le apuestan a condenar al país a la guerra, y sumen Colombia en el miedo, en el odio y la falta de oportunidades. Son quienes han cometido una serie de actos atroces, con el único objetivo de sabotear la respectiva implementación y los pertinentes avances de los acuerdos de paz. A la fecha no se tiene precisión del número de homicidios ocurridos en este primer semestre del 2018. Algunos informes hablan de más de cincuenta y siete; otros, de sesenta y tres. ¿Cuál es la cifra exacta de homicidios perpetrados? No se tiene la respuesta concreta, pero son demasiados. Lo cierto es que sus nombres, Hector Janen Latin, María Magdalena Cruz,Belisario Benavides Ortiz, María del Carmen Moreno, Luis Alberto Torres Montoya, Hugo Albeiro George, Iber Angulo Zamora, que sigue “desaparecido” … casi nadie los conoce, y mucho menos fuera de Colombia. Se caracterizaron por ser personas que trabajaban por preservar el medio ambiente en sus comunidades, oponiéndose a los macroproyectos. Sus rostros valientes y su incansable labor en pro de la defensa de los derechos humanos, nos han sido arrebatados. Los rostros que deberían conocerse también en Europa.

Un Estado cómplice: la impunidad 

Las autoridades competentes, especialmente la Fiscalía, no realizan de manera eficaz y ágil las investigaciones que conlleven a la captura de los responsables de estos deplorables hechos, con lo cual se puede afirmar que más de un ochenta por ciento de los casos actualmente se encuentran en total impunidad. Mientras se escriben estas líneas, mientras se leen, un líder o lideresa, un defensor o defensora de derechos humanos está siendo asesinado o está en alto riesgo en Colombia. El Estado se mantiene incapaz de efectuar una política pública contundente y eficaz, que permita preservar la vida e integridad física de esta vulnerable franja de la población. La reforma judicial, para acabar con la impunidad, es una tarea pendiente para la nueva presidencia.

Se necesitan con urgencia verdaderas garantías estatales de que no volverán a ocurrir amenazas, asesinatos. Para no privar a la sociedad en general de compartir, reír y aprender de las personas que dan verdadero ejemplo: Erlendy Cuero Bravo, defensora que por culpa de las balas ha perdido a tres seres queridos (su padres y dos hermanos) en los últimos dos años y, sin embargo, actualmente ella lidera el trabajo que segó la vida de sus familiares, y quien ha sido revictimizada en diferentes oportunidades y por diferentes sectores armados.

Se busca realmente la capacidad de tejer los lazos de una verdadera convivencia y reconciliación. Queremos caminar por calles y senderos donde se pueda respirar un aire limpio, cálido y liviano, que inunde de manera tan profunda la esencia del ser, que no permita lastimar al otro o la otra. Pretendemos tener la capacidad de reconocer en los ojos y en la sonrisa del similar la belleza de la vida, que la tibieza de la piel no tenga que soportar los horrores de la guerra. Que se permita disfrutar el susurro de los ríos y la montaña.

Se necesitan con urgencia más reconocimientos y menos señalamientos, Por ello, la gran sonrisa de Francia al recibir tan honorable reconocimiento a tan sublime labor nos reconfortaba, y es esa misma sonrisa la que se capta frente a los gigantes defensores y defensoras de derechos humanos que han hecho aportes , contagiando de alegría y esperanza de pensarse en un país y en un mundo diferente. Aportaciones mucho más grandes que ganar una presidencia. Esto son los retos para el próximo gobierno de Iván Duque: una paz basada en la justicia y la defensa de la vida y el territorio. Reconocer la defensa de los derechos humanos. Ponerse a la altura de estos hombres y mujeres de corazones gigantes.

Dedicado a los más de trescientos cinco líderes y lideresas, defensores y defensoras de derechos humanos vilmente silenciados, asesinados, pero no olvidados, a los gigantes que nos han sido arrebatados. De igual manera, a aquellos hombres y mujeres que decidieron dejar las armas por construir un nuevo país y quienes también les cegaron su existencia en pleno proceso de reincorporación a nuevos caminos.

Saltamontes es un espacio ecofeminista para la difusión y el diálogo en torno al buen vivir. Que vivamos bien todas y todos y en cualquier lugar del mundo, se entiende. También es un espacio para reflexionar acerca de la naturaleza, sus límites y el modo en que nos relacionamos con nuestro entorno. Aquí encontrarás textos sobre economía, extractivismo, consumo, ciencia y hasta cine. Artículos sobre lugares desde donde se fortalece cada día el capitalismo, que son muchos, y sobre lugares desde donde se construyen alternativas, que cada vez son más. Queremos dialogar desde el ecofeminismo, porque pensamos que es necesario anteponer el cuidado de lo vivo a la lógica ecocida que nos coloniza cada día.

Por Erika Gómez Ardila
Fuente: desinformemonos.org/

junio 19, 2018

Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos Armados "Me violaron porque era Jineth Bedoya, porque era una mujer y periodista"

De víctima a superviviente de la violencia sexual en un conflicto armado. Es el relato de Jineth Bedoya, periodista secuestrada y violada en Colombia en el año 2000. Tras 18 años de impunidad, comparte su historia con su campaña #NoEsHoraDeCallar para dar voz a otras víctimas de agresiones sexuales.

Jineth Bedoya publicitando su campaña 'No es hora de callar'. / Cortesía EL TIEMPO

Escuchar a Jineth Bedoya es quedarse con el cuerpo roto y la garganta seca. Escuchar a esta periodista, ahora subdirectora de El Tiempo, secuestrada y violada en el año 2000 en Colombia, es un ejercicio de denuncia y de reconocimiento del cuerpo de la mujer como campo de batalla. Es la historia de una víctima que quedó en el año 2000 y el relato de una superviviente a día de hoy. De cómo reconstruirse durante 18 años para superar a las cicatrices físicas y emocionales. Con su campaña #NoEsHoraDeCallar da a conocer su caso y el de otras víctimas de violencia sexual de diferentes países en conflicto. Su fin, que estas agresiones no queden en silencio. No hay cifras oficiales, pero Naciones Unidas calcula que por cada violación denunciada en relación con un conflicto hay entre 10 y 20 que quedan sin documentar. En su caso, tras más de 20 implicados, sólo dos autores materiales tienen sentencia por el secuestro. La violación y tortura perviven en la impunidad y no se ha vinculado a ningún autor intelectual pese a estar mencionados en el proceso.

Esto es lo que vive una víctima. Las fases de una superviviente para reconstruirse. Los meses y días con la necesidad de normalizar, de volver a la rutina, de regresar a trabajar, de curarse, de dejar de ser revictimizada y la misión de que sus historias salgan a la luz. Esto es un relato en primera persona. Las palabras y la voz de una mujer que narra 18 años de duro trabajo personal, diario, para seguir viviendo. Las palabras y la voz de Jineth Bedoya.

“Me inicié muy joven a hacer periodismo, muy ligada a los acontecimientos del país. En mi adolescencia me tocó afrontar toda la guerra del narcotráfico cerca de mi casa. Escuchar y ver tres carros bombas de los que puso Pablo Escobar o vivir muy cerca la toma del palacio de Justicia en 1985, de la guerrilla del M-19. Había circunstancias que me acercaron a la realidad de Colombia. En la universidad tuve la opción de hacer un curso de corresponsal militar y creo que eso me acabó de acercar a lo que ocurría en el país. Era una periodista joven que quería tragarse el mundo, que vibraba con los reportajes, que se metía en una y otra historia, que intentaba hacer algo diferente, y creo que eso me acercó a todo lo que terminé haciendo de investigación de secuestro, tráfico de armas y de corrupción, dentro de las fuerzas militares en alianza con los grupos al margen de la ley.

La violencia sexual prácticamente no existía para mí. Era algo que estaba tan normalizado, y más en el contexto de la guerra, que lo veía muy lejano. Era como como cuando tú ves una película en el cine y se queda allá, detrás de la pantalla. Crees que no tienes que sufrirlo en algún momento. Era un mundo lejano, desconocido, algo que no estaba dentro de mi interés periodístico en ese momento”.
Hacer periodismo en Colombia 

"No hemos sabido transmitir al mundo lo devastadora que es la violencia sexual"

“Me acerqué mucho al conflicto armado, de la guerra interna del país entre guerrilleros paramilitares y fuerzas del orden estatales. Yo entraba e investigaba en muchas cárceles y empecé a tener muchas fuentes que me hablaban de ese otro país, que se manejaba precisamente desde la cárcel. En ese mundo paralelo que había desde las prisiones en Colombia encontré una gran industria nacional de manejo de secuestrados, pero también de tráfico de armamento. Grandes transacciones para que muchas de las armas del Estado pasaran a manos de los paramilitares, obviamente, todo ilegalmente. Algo que me asombró mucho, y aún me duele después de haber terminado esa guerra, es ver cómo se hacía alianza por debajo de la mesa entre Ejército y guerrilla, para poderle llevar munición y armamento. Públicamente eran enemigos y debajo de la mesa negociaban ilícitamente para mantener el control de muchas zonas. Obviamente, quienes estaban detrás de toda esa red eran policías y militares corruptos que se financiaban de eso”.

El 25 de mayo de 2000: el secuestro y la violación 

“Inicié una investigación sobre una gran red de tráfico de armas y de secuestrados. Los militares sacaban armamento de las guarniciones militares y se la vendían a las FARC por sumas astronómicas. Cuando yo estaba en un punto de la investigación y sabía que había alguien muy poderoso detrás de la red, pero desconocía quién era, es cuando ordenan mi secuestro. Hoy, 18 años después de impunidad, sé que quien ordena mi secuestro lo hace teniendo la certeza de que yo, supuestamente, sabía que él era quien manejaba esa red de tráfico de armas y que había gente muy poderosa. Para ser sinceros, en ese momento, yo no tenía ese contexto. Sabía que había unos grupos delincuenciales detrás pero no tenía la magnitud en mi cabeza de quiénes realmente manejaban esa red”.
Aquella mañana

Prepararse para morir, no para vivir 

“Yo era consciente de que no iba a sobrevivir cuando empezaron a violarme. Hice toda la resistencia que pude pero yo era una mujer que estaba amarrada, disminuida, que tiene una pistola en la cabeza, que fue humillada de la peor manera que te puedas imaginar. Sabía que no iba a vivir y mientras ellos me violaban yo empecé a hacer como un recuento de lo que había sido mi vida hasta ese momento, e intente tratar de saldar mis deudas pendientes con la gente que yo amaba. Me despedí de mi madre, de mis amigos, de la gente de mi redacción en el periódico El Espectador, y empecé a hacer un proceso para encontrarme con la muerte”.


“Si mis circunstancias hubieran sido diferentes, si yo hubiera sido un hombre, efectivamente, no hubieran violado. Me violaron porque era Jineth Bedoya, porque era una mujer, periodista, porque tenía una vagina. Si yo hubiera sido Luis Pérez, hombre redactor del periódico El Espectador, me hubieran pegado un tiro y ya. Pero mi circunstancia de mujer era muy diferente y fue una de las mayores motivaciones para hicieran conmigo todo lo que hicieron. Me cortaron mi cabello. Y muchas cosas más… que prefiero no contar”.

Odiar su cuerpo 

“Odié mi cuerpo no solamente en ese momento. También después de ese día, después de un momento en el que me encuentran, y después de que regreso, y después de que me vuelven a hacer todos los exámenes, después de que decido suicidarme, después de que regreso a la redacción... Muchísimos años después de seguir haciendo periodismo odié mi cuerpo”.

El cuerpo de la mujer como arma de guerra

“Más allá de lo que pasa físicamente, mi caso me llevó a encontrarme con decenas de casos más. Tomé por decisión propia buscar historias de otras mujeres violentadas sexualmente. Por primera vez, me interese por qué ocurría con la violencia sexual en medio de esa guerra que estamos afrontando y encontré historias muy difíciles, dramáticas.

Un caso me duele hoy todavía, porque la chica tiempo después desapareció. Sus victimarios marcaron su cara con un cuchillo, y en la frente le escribieron AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Ella no podía salir a la calle porque tenía esa cicatriz en su cara. Luego desapareció y yo creo que la asesinaron. También los casos de las guerrilleras que eran obligadas a abortar en los campamentos, y las mujeres violentadas por los paramilitares, y las guerrilleras violentadas por militares cuando eran detenidas, y mujeres civiles también como yo, violadas por los paramilitares”.

La metamorfosis: de víctima a sobreviviente 

Creo que después de 15 días, mientras estuve en la clínica y antes de regresar al periódico, supe que había pasado algo muy grave y que yo era una víctima, pero también en ese proceso de reencontrarme con la vida, de volver a vivir, y de volver a la redacción, yo misma me metí en la cabeza que no podía ser víctima. Que si yo quería volver al periodismo, y que si quería retomar reportajes y escribir, tenía que borrar la palabra víctima de mi cabeza. Decidí ser periodista, así que borré la circunstancia de víctima de mi cabeza y me olvidé de lo que había ocurrido de cara al mundo pero en mi interior, en mi casa y en la intimidad de mi cuarto, todos los días, seguía siendo una víctima. Pero públicamente decidí no hacerlo. Ese proceso tardó nueve años. Supuestamente había pasado la página y había logrado perdonar, pero realmente me estaba consumiendo. Entonces descubro que era necesario hablar y que tenía que sacar fuerzas para reconocerme como víctima. Eso ocurre en septiembre del 2009, cuando hablo por primera vez en España, en Madrid, en una reunión de Oxfam. Es cuando yo me descubro y me reencuentro conmigo misma.

Jineth Bedoya, recibiendo el Premio de Democracia y Paz de la Universidad de Georgetown en Washington (2017). / Cortesía EL TIEMPO

¿Por qué no hablar hasta entonces? 

No era por temor al rechazo de la gente, porque ya me habían rechazado. Algunos colegas me condenaron en la picota pública y dijeron que me merecía el secuestro, sin saber que había sido violada. Decían que merecía el secuestro por haberme metido donde no me importaba, porque una mujer no tenía que ir a una cárcel. Mis colegas hombres fueron crueles conmigo y dijeron que yo era amante de un guerrillero. Luego dijeron que yo estaba buscando a los paramilitares porque está enamorada de un paramilitar. Pero luego dijeron que era la amante de un general del Ejército...
La revictimización

El caso se hace público 

Vino un momento muy difícil, pero muy difícil, y es que se conoce mi caso públicamente. La gente me ve con un poco de tristeza, pero también con un poco de valentía y eso despierta muchas cosas. Se reanuda mi proceso judicial. Empiezan a aparecer testigos, aparece uno de los violadores, se empieza hablar de quiénes ordenaron el crimen, lo presentamos ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero...

18 años después, voz contra la violencia sexual

Ha sido una bendición para mí hacer tantos viajes y encontrarme con tantas mujeres de diferentes conflictos, como yo, sobrevivientes de violencia sexual, en circunstancias diferentes. Al final hay una cosa que nos une profundamente, que no cambia en ningún lugar del mundo: la dignidad. Siempre he dicho que cuando nos violan nos quitan la fuerza, nos quitan la vida, nos quitan el sueño, la esperanza, la ilusión… pero algo que nunca, nunca, nunca nos van arrebatar es la dignidad y esa dignidad que yo logré preservar en mí, la he visto en mujeres de Ruanda, del Congo, de Bosnia, las mujeres sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial en los campos de concentración, campesinas sobrevivientes de las guerras de Centroamérica, de Guatemala, Salvador, Nicaragua, Perú, también en Birmania; y lo he visto con mucho dolor en mujeres iraquíes.

¿Se supera?

No me interesa que la gente entienda si lo superé o no. No me importa porque creo que lo determinante aquí ha sido lo que yo he logrado hacer por otras mujeres, a través de transformar el dolor. Cada cosa que yo hago todos los días en #NoEsHoraDeCallar, que es mi campaña, es desde el dolor.

Creo que la gente aún no ha comprendido la dimensión de lo que causa la violencia sexual. Los periodistas no lo hemos visibilizado y no hemos entendido la responsabilidad histórica frente a este delito. De lo contrario, seguiremos siendo cómplices de los peores crímenes que se cometen contra la humanidad. Nos falta todo por contar. No hemos sabido transmitir al mundo lo devastadora que es la violencia sexual y esa es una de nuestras grandes responsabilidades. En Colombia, el día de mi secuestro, el 25 de mayo, es el Día Nacional para honrar a las víctimas de violencia sexual.
Por Ana I, Bernal Triviño
Fuente: Público.es

Declaración de ONU Mujeres para el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos (19 de junio)

Este año, en el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos, celebramos los diez años de la adopción de la histórica resolución 1820 (2008) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que clasifica al uso de la violencia sexual relacionada con los conflictos como un impedimento para la restauración de la paz y la seguridad internacionales.

Durante esta década, hemos sido testigos de avances innovadores en la lucha contra la violencia sexual relacionada con el conflicto, que incluyen los enjuiciamientos exitosos por parte de los tribunales nacionales e internacionales a los agresores que parecían intocables; las reformas legales y legislativas para mejorar la protección y garantizar el acceso a la justicia a las sobrevivientes y testigos; conjuntos integrales de servicios especializados para las sobrevivientes, que incluyen iniciativas de rehabilitación socioeconómica y reparaciones; códigos de conducta para las fuerzas de seguridad con el fin de garantizar la sensibilización y la capacitación sobre la violencia sexual relacionada con el conflicto; y una mentalidad global general que rechace firmemente estos delitos y apoye los esfuerzos de las mujeres y sus organizaciones para eliminarlos.

Sin embargo, en todo el mundo la violencia sexual continúa siendo una estrategia táctica, efectiva y gratuita para aterrorizar a las comunidades y facilitar las ventajas territoriales, políticas y económicas en el campo de batalla. En la República Democrática del Congo, la violencia sexual se ha extendido a las provincias que alguna vez no estuvieron afectadas por el conflicto; en Myanmar, las comunidades se han visto obligadas a huir debido a graves violaciones de los derechos humanos, que incluyen la violencia sexual generalizada.

La respuesta de la comunidad internacional debe ser clara, integral, rápida y sostenible. Evitar estos delitos debería ser nuestra prioridad número uno.

En ONU Mujeres, continuamos implementando estrategias en contra de la violencia sexual en el conflicto. Esto incluye apoyar los Planes de acción nacionales sobre paz y seguridad de las mujeres como herramientas para promover la participación, el liderazgo y la protección de las mujeres contra la violencia de género y la violencia sexual relacionada con el conflicto y actuar como Secretariado de la Red de Puntos Focales sobre Mujeres, Paz y Seguridad, un foro informal e interregional en que más de 80 estados miembros y organizaciones regionales comparten mejores prácticas. También colaboramos estrechamente con organizaciones de mujeres, por ejemplo, a través del Fondo Mujeres para la Paz y la Acción Humanitaria (WPHF), un mecanismo global de financiación conjunta que en 2017 brindó apoyo a más de 30 organizaciones de la sociedad civil en cuatro áreas prioritarias: Burundi, Colombia, Jordania e Islas del Pacífico.

Junto con la prevención, se necesita urgentemente una mayor rendición de cuentas por la violencia sexual en los conflictos. Debemos hacer más para convertir una cultura de impunidad en una cultura de disuasión, garantizando que los esfuerzos para documentar e investigar los delitos internacionales den prioridad a la violencia sexual. Desde 2012, ONU Mujeres se ha asociado con Justice Rapid Response (Respuesta rápida de la justicia) en la "Lista de expertas y expertos en justicia sobre violencia sexual y violencia de género de JRR-ONU Mujeres", una herramienta para movilizar rápidamente a expertas y expertos para que investiguen la violencia sexual en un conflicto. En 2017, las personas que figuran en la lista ayudaron a documentar pruebas en países como la República Popular Democrática de Corea, Iraq, Kosovo, Sudán del Sur, Siria y Yemen.

También es esencial garantizar que las mujeres desempeñen un papel clave en los procesos de paz y seguridad. Se ha reconocido que la participación de las mujeres en los componentes militares de las operaciones de paz es un factor crítico que contribuye al éxito de la misión, tanto en los marcos normativos de las Naciones Unidas, como por los propios comandantes sobre el terreno. Aun así, un número extremadamente bajo de personal militar femenino se moviliza en las actuales misiones para el mantenimiento de la paz. A través del Curso para mujeres oficiales del ejército (FMOC), ONU Mujeres tiene como objetivo alentar a las oficiales militares a que participen en las misiones de paz de la ONU. En 2017, 123 oficiales mujeres recibieron capacitación.

Ningún país puede poner fin al flagelo de la violencia sexual solo. Pero al priorizar la prevención, forjar alianzas estratégicas y desarrollar buenas prácticas, juntos podemos brindar soluciones sostenibles y efectivas para las mujeres, las niñas y las sociedades.

junio 18, 2018

Ni fresas, ni presas

“Me dijo que no hablase de mis derechos porque ninguna de nosotras los teníamos aquí”. Lucía Muñoz habla con algunas de las trabajadoras temporeras marroquíes que han denunciado la explotación laboral y el acoso sexual que sufren durante la campaña de la recogida de frutos rojos en Huelva.

Las fresas de Huelva son recogidas principalmente por mujeres migrantes. / Foto: Lucía Muñoz.

“En nombre de Alá, el Misericordioso, soy una trabajadora marroquí de los campos de fresas de Huelva. No quiero decir mi nombre, ni enseñar mi cara, porque tengo miedo y estoy amenazada”, aclara mientras se pone el hiyab con mesura y con cuidado de que no se vea nada ante la cámara, rodeada de nueve mujeres más que, como ella, han huido de la finca Doñana 1998, situada en el municipio de Almonte, en la que trabajaban.

Es su primer año en la recogida de los frutos rojos. La primera vez que sale de su país. No sabe nada de español y mucho menos de legislaciones laborales. Sólo sabe buscarse la vida y confiar en que lo prometido en Marruecos se cumpliría al llegar a España. Como ella, han sido contratadas en origen cerca de 17.000 mujeres para la campaña. “Llegué el 27 de abril con el acuerdo para trabajar tres meses, seis días a la semana por 40 euros. La empresa se comprometía a darnos casa, ducha, todo. Solo teníamos que pagar la comida. Esto ha sido todo mentira”. Al igual que ella, el resto de mujeres asienten, como un torbellino de impotencia.

Son ellas mismas las que muestran un folleto informativo del colectivo de agricultores de Marruecos, que también se gestiona desde el propio Ministerio de Agricultura, ANEPEC, con las condiciones para poder venir: “Mujeres de entre 18 y 45 años, rurales, casadas, a poder ser con hijos menores de 14 años, con buena salud”. Los límites ya están marcados por unos intereses que, más éticos o menos, son legales ante los ojos de España. El objetivo es que estas mujeres no tengan ni la más mínima intención de quedarse en el país, sino que sean explotadas y devueltas, como si de un número más se tratase. Una publicidad laboral a la que sólo le ha faltado poner “cuanto más sumisa mejor”.

Pero eso de ser, estar o parecer sumisas se ha acabado. Y es que esto no es nuevo, ni la primera vez que ocurre. Las denuncias vienen de años atrás, pero de repente estalla el escándalo y, ¡cómo no!, el morbo. La especulación que se ha generado en torno a las declaraciones de historias reales de mujeres reales con situaciones reales ha envuelto a todas ellas en una ola de criminalización y victimización. Se les ha acusado de contar mentiras para aprovechar el momento y conseguir una situación administrativa regular, algo que ya está hecho con el visado con el que viajan. Victimización bajo una, aún potente y anclada, mirada colonial, porque, parece que como son migrantes y han vivido en situaciones de vulnerabilidad, damos por hecho que hay que tomar decisiones por ellas y no con ellas.

En la recogida de los frutos rojos se requiere la mano de obra de las mujeres porque son consideradas más delicadas a la hora de trabajar. / Foto: Lucía Muñoz.

Son diez las mujeres que cuentan cómo, literalmente, escaparon de esta finca y ahora se esconden en una casa, mientras denuncian, junto al Sindicato Andaluz de Trabajadoras y Trabajadores (SAT). Todas ellas, de Marruecos, provienen de zonas muy empobrecidas económicamente, y también en libertades, según cuentan, porque aseguran que “no pueden trabajar en sus pueblos porque son mujeres”. Son muchas las multinacionales extranjeras se han apropiado de los recursos del país y del capital humano, precarizado con sueldos bajos, “todo permitido por el rey Mohamed VI que echa la vista a occidente y no a su pueblo”, afirman. Por eso, migrar para encontrar un trabajo aunque sea durante un tiempo es una de las pocas opciones que le quedan a estas mujeres. Mujeres con particularidades diferentes, en lo personal y en lo familiar.

Y de las fresas sólo han podido sacar una cosa buena: la sororidad que fluye entra ellas cuando se movilizan para que esto no vuelva a ocurrir. “Sólo quiero saber una cosa: dicen que España es un país de derechos y justicia, pues nosotras queremos justicia y derechos para las mujeres que vienen a trabajar. Que nuestra voz llegue a las autoridades responsables y que se enteren todas mujeres de Marruecos que esto no es un sueño, es una pesadilla”, suelta con tanto ímpetu Amira (seudónimo de una de ellas), a la que las demás miran mientras callan embobadas. Además, Amira canta como los ángeles, pero le da vergüenza hacerlo, así que recita en una habitación sin mucho público. Es su forma de desahogarse.

A la explotación y precariedad laboral también se unen las denuncias de acoso y abusos sexuales. “Friki friki, yo no sabía qué es eso de friki friki cuando venía el encargado a decirme eso”. Algunas denuncian proposiciones sexuales, y otras, violaciones. Son muchas las jornaleras, migrantes y autóctonas, que están sacando a la luz las agresiones sexuales, no solo en esta finca, sino en toda la provincia, incluso en otros campos de Andalucía. En el caso de las mujeres musulmanas, el hecho de que un hombre llegue a tocarlas tiene también un significado que mancha su religión, ya que en estos momentos se encuentran en Ramadán y, siguiendo con el Islam, durante el ayuno ningún varón puede tener contacto con ellas. Hasta el momento, la impunidad ha estado del lado de los “señoritos” (como se llama en Andalucía a las personas que tienen extensiones de tierra) de las fincas y de los encargados. Y es que, cuando el río suena, agua lleva. La cosificación de la mujer está presente en una sociedad heteropatriarcal que también se mantiene en la rutina laboral. Es una forma más de violencia que las hacer sentir vulnerables ante un patrón hombre blanco europeo y más rico que ellas, del que depende su empleo y la vida de las que las rodean.

Las mujeres no son dueñas de la tierras, las trabajan y cuidan para otros. El trabajo en el campo suele ser el que normalmente nadie quiere hacer y, por tanto, queda relegado a mujeres y/o personas migrantes. Con la crisis económica (y de valores) que ahogó y empobreció a la clase trabajadora, los hombres volvieron al cultivo y fueron ellas las que perdieron sus empleos, aumentando así una feminización de la pobreza. El trabajo en la tierra es corto e intenso, por lo muchas mujeres se ven en la necesidad de agachar la cabeza mientras desean que pase lo más rápido posible. Sin embargo, para los trabajos más laboriosos y duros, las empresas sólo requieren a mujeres, como ocurre en la recogida de los frutos rojos. Aquí, se habla de la flexibilidad y aguante de las mujeres a pasar horas y horas con los riñones flexionados. Así como del cuidado a la hora de recolectar, porque, según los empresarios y asociaciones como ASAJA (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores), “son frutos delicados que tienen que ser cogidos por manos delicadas”. Otra vez igual, se identifican a las mujeres temporeras como “sumisas, frágiles y delicadas”.

Las mujeres que han sido capaces de gritar “no bien, no bien” frente a la finca Doñana 1998 son las que más perjudicadas han salido. Directamente, perdieron su empleo, su salario y hasta han tratado de arrebatarles su dignidad. Han tenido que encararse con los jefes y hasta con las propias compañeras que buscan el visto bueno de la finca para volver al año siguiente sin importarles los hechos. Los dueños han llegado a amenazarlas con mostrar a sus familias que venían a ejercer la prostitución, lo que conlleva a una violación a la intimidad y una ruptura del honor de estas mujeres en su país, ya que son repudiadas sólo por la duda.

Al principio, cuando al encargado no les gustaba algo de lo que hacían, sin explicación alguna, las “castigaba” sin ir a trabajar y, por tanto, sin cobrar. “Decían que no sabíamos trabajar, pero nadie nos explicaba cómo. Entonces nos dejaban paradas. Si no sabías colocar una sola fresa te mandaba a casa, da igual lo que hayas trabajado ese día. Así uno tras otro y esos días no teníamos salario, ni nada para comer”. Sin embargo, las mujeres han sorteado los castigos y ahora se manifiestan reivindicando sus derechos, algo que llevó a la finca a tomar medidas más contundentes. “El domingo, mi día de descanso, vino el jefe, las mujeres responsables, sus hijos y Omar (uno de los encargados) a mi container y me pidieron el pasaporte, mis papeles y mi documento de identidad porque me iban a llevar a Marruecos porque yo era la que hablaba en nombre de todas. Entonces le hablé de mis derechos y me dijo que no hablase de mis derechos porque ninguna de nosotras los teníamos aquí”.

Las jornaleras trabajan de sol a sol con contratos de origen que no cumplen las condiciones con las que vinieron, según denuncian. / Foto: Lucía Muñoz

El relato no queda aquí: “Insistió en que me iba a Marruecos y yo dije que no iba a ningún lado, así que me encerraron con llave con más compañeras y fue otra trabajadora la que me abrió para que pudiese escapar”, explica. “Yo no puedo irme a Marruecos sin que me paguen de verdad mi salario y me dijeron que me pagarían en el puerto de Algeciras porque nos llevan en autobuses hasta allí, ¿cómo voy a saber yo que lo que me pagan está bien?”.

Para obtener un trabajo en Huelva las mujeres han tenido que hacer grandes inversiones, tanto es así, que muchas de ellas se han endeudado con familias, vecinas, y por tanto, ahora no pueden volver. “Para venir hasta aquí hemos tenido que gastar unos 700 euros entre viajes, pasaportes, visados, certificados médicos. Se me cae la cara antes de volver a mi país. Mis hijos están allí. Estoy endeudada y si vuelvo puedo ir hasta la cárcel. Nos hemos dejado la piel”, relata Jadiya (otro seudónimo, porque no quieren que se las pueda identificar). “Si llego a saber que esto es así no hubiese venido por nada del mundo. Que no vengan más mujeres, por favor, que no vengan”, concluye.

Las fronteras políticas de 14 kilómetros que separan al norte de Marruecos y al sur de España solo se pueden destruir si acabamos con un sistema capitalista, colonial y de explotación. El modelo de consumo y de bienestar que se construye en occidente se sostiene a través del empobrecimiento y el sudor del sur. Echar la vista a un lado es ser cómplice de fincas como Doñana 1998, es ser cómplice del Ministerio de Agricultura y de la Junta de Andalucía.

“Española o extranjera, la misma clase obrera”, es un grito habitual en las manifestaciones feministas.

Poner en duda su palabra es poner en duda la lucha feminista que busca derrotar a un sistema patriarcal que trata de confrontarnos.

“Odiamos las fresas, el olor de las fresas y no volveremos a comer fresas”, concluyen las temporeras.

Por Lucía Muñoz
Fuente: Pikara