noviembre 14, 2018

El secuestro de novias en Kirguistán: una práctica ilegal e impune. Cada año miles de mujeres son raptadas para obligarlas a casarse.

Familiares de Burulai Turdaaly Kyzy, estudiante de medicina de 20 años, celebran una ceremonia tradicional de 40 días, desde que fue asesinada en una estación de policía, el 28 de junio, en el asentamiento de Sokuluk, Kirguistán.
Foto: Vyacheslav Oseledko

Burulai Turdaaly Kyzy tenía 20 años y vivía en Sosnovka, un pequeño pueblo en las afueras de Biskek, la capital de Kirguistán. La joven estaba en pareja y tenía planeado casarse en agosto de este año. Sin embargo, su destino cambió en abril, cuando un conductor de ómnibus se obsesionó con ella y la secuestró para obligarla a contraer matrimonio. Esa vez, su familia pudo encontrarla e impidió un casamiento forzado. Ella, por miedo, se mudó a otra ciudad con una tía. El 27 de mayo volvió al barrio para pasar unos días con sus padres antes de que terminara Ramadán. De camino al supermercado, el chofer la volvió a raptar, y, tras la alerta de los familiares de la joven, los dos fueron detenidos por la Policía. En un episodio que nadie pudo aclarar, fueron encerrados solos en la misma celda. Unos minutos después, Turdaaly Kyzy fue asesinada a puñaladas. En el cuerpo tenía talladas las iniciales de ella y de su asesino.

Este caso tuvo difusión en los medios locales por la brutal violencia explícita del caso, pero es apenas uno de los miles de secuestros que sufren las mujeres kirguisas año a año para ser forzadas a casarse. La práctica es conocida en el país como ala kachuu, que significa “agarrar y huir”. Tiene diferentes modalidades, aunque en general consiste en que un hombre –solo o con la ayuda de amigos o familiares varones– secuestra a una mujer y la lleva a su casa para, una vez allí, obligarla a contraer matrimonio. Ella debe escribir una carta a su familia explicando su consentimiento y luego colocarse en la cabeza el jooluk, un pañuelo que simboliza su aceptación del matrimonio.

Muchas veces, las mujeres secuestradas son violadas para que después se vean obligadas a aceptar el matrimonio para no deshonrar a su familia por haber mantenido relaciones sexuales extramaritales, en una sociedad sumamente patriarcal, conservadora y machista. Esto sucede incluso si la mujer es forzada a pasar la noche en la casa del secuestrador pero no es abusada sexualmente. “Después del secuestro, se asume que estas mujeres ya no son más vírgenes. Además, si se resisten al matrimonio, podrían ser percibidas como tercas y beligerantes, y volverse así menos atractivas para otros potenciales pretendientes”, dice un informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus sigla en inglés).

Las más afectadas por esta práctica son las adolescentes y las jóvenes: el estudio de UNFPA descubrió que el promedio de edad de las novias secuestradas en Kirguistán es de 19 años.

Aunque el país asiático prohibió el secuestro de novias en 2013 y el matrimonio infantil en 2016, alrededor de 12.000 niñas y adolescentes son secuestradas para casarse todos los años, según el estudio “Secuestro de novias en Kirguistán” publicado el año pasado por investigadores de la Universidad Duke de Estados Unidos. Esto representa a una de cada diez niñas y adolescentes, de acuerdo con la organización internacional Girls not Brides. En el mismo sentido, en un informe publicado en junio la Organización de las Naciones Unidas concluyó que 13,8% de las mujeres kirguisas menores de 24 años se casaron por alguna forma de coerción.

A pesar de que es ilegal, los hombres que secuestran novias en raras ocasiones son perseguidos por la Justicia. Incluso, organizaciones de defensa de los derechos humanos han denunciado que la Policía y los fiscales no sólo ignoran este tipo de denuncias, sino que a veces exigen que el asunto sea resuelto entre las familias, dentro del ámbito doméstico.

“En Kirguistán, un hombre tiene más posibilidades de ir a prisión si roba una oveja que si rapta a una mujer. El riesgo de ser procesado es muy bajo, mientras el castigo por robar ganado es de 11 años de cárcel”, contó a modo de ejemplo Altyngul Kozhogeldieva, miembro de la Federación Nacional de Comunidades Femeninas de Kirguistán, que lucha contra la violencia de género en el país. Una vez más, la tradición supera a cualquier legislación vigente.

Uno de los autores de la investigación de la Universidad Duke, Charles Becker, dijo después de publicar el estudio que en la sociedad kirguisa hay cierta “tolerancia” al secuestro de novias, a pesar de que es ilegal. “El estigma de haber sido secuestrada no parece ser grande entre los kirguisos y la gente está dispuesta a discutirlo abiertamente, incluso con extraños”, consideró Becker. “Nuestro siguiente paso es explorar por qué la práctica de secuestro es aceptada extraoficialmente en un país que recientemente tuvo una mujer presidenta”, agregó, en referencia a Roza Otunbáyeva (2010-2011).

Las mujeres que se casan después de haber sido raptadas sufren graves consecuencias físicas, emocionales y sociales. La mayoría de ellas todavía están en el liceo cuando son raptadas y abandonan los estudios al casarse, por lo que tienen menos chances de conseguir trabajo y ninguna de tener independencia económica.

Por otra parte, el estudio liderado por Becker mostró que los bebés nacidos de estos matrimonios suelen pesar entre 80 y 190 gramos menos que los demás. Los investigadores no pudieron descifrar por qué nacieron más pequeños, pero plantean la posibilidad de que tenga que ver con el trauma psicológico que sufrió la madre víctima de un matrimonio forzado, según explicó Becker.
Un fenómeno extendido

El matrimonio por secuestro es una práctica que no se da solamente en Kirguistán, sino que se repite hace siglos en muchos rincones del mundo. Se reproduce con más frecuencia en zonas rurales, en el seno de sociedades de fuerte carácter patriarcal. Una larga serie de denuncias, testimonios y documentos prueban que es una práctica que sigue teniendo lugar en otros países de Asia Central, así como en el Caúcaso y en África, en pueblos tan diversos como el gitano en Europa, el hmong en Asia, el tzeltal en México y el yanomami en la selva amazónica.

La esencia es la misma en todos lados: un varón agarra a la fuerza a una mujer, la lleva a su casa y la obliga a contraer matrimonio. Sin embargo, las modalidades de secuestro varían según la región. En Kazajistán, por ejemplo, el rapto de la novia se divide entre secuestros no consensuados y consensuados. En los primeros, el secuestrador obliga a la mujer a irse con él, ya sea a través del engaño (por ejemplo, la intercepta en la calle y le ofrece llevarla a su casa) o a la fuerza. Una vez en la casa del hombre, una de sus familiares femeninas ofrece a la mujer el pañuelo del consentimiento y pide que escriba la carta a su familia explicando que no fue llevada en contra de su voluntad.

Lo que sucede en los secuestros “consensuados” es que la mujer tiene la opción de rechazar estos dos pasos. En estos casos la familia del hombre, por lo general, emite una disculpa oficial a la familia de la mujer. Se han registrado casos en los que, después de la disculpa, el hombre de todas formas propone comprar a la novia y la familia acepta.

En Karakalpakistán, una región autónoma en Uzbekistán, casi una quinta parte de todos los matrimonios se llevan a cabo mediante el secuestro de novias. Organizaciones civiles locales asocian el aumento de los secuestros a la inestabilidad económica: los secuestros evitan tanto el alto costo de la ceremonia como cualquier precio que imponga la familia sobre la mujer. Otros afirman que los hombres más propensos a raptar mujeres para casarse son aquellos con estudios inferiores o problemas de consumo problemático de sustancias.

En el Cáucaso, los matrimonios por secuestro son una tendencia creciente en países como Georgia y Azerbaiyán, al sur de la región, así como en Daguestán, Chechenia e Ingusetia, al norte. Acá también, como en Kirguistán, la cuestión de la vergüenza que puede generar la supuesta “consumación” del matrimonio juega un papel clave: si las mujeres no aceptan, a menudo sus familiares intentan convencerlas.

En algunas culturas, como en la azerí, algunas de las mujeres secuestradas pueden convertirse en esclavas de la familia del hombre. Esto sucede pese a que una ley promulgada en 2005 criminaliza el rapto de novias. La situación es complicada, en un país en el que los índices de violencia doméstica son muy altos y la Policía suele dejar en manos de las familias todo lo que pase dentro de una casa.

También en el vecino Georgia prevalece la impunidad. La organización Human Rights Watch denunció el año pasado la reacción de las fuerzas de seguridad ante estos casos en los que, lejos de impedir que tenga lugar el matrimonio forzado o arrestar al captor, terminan instando a las mujeres a que se casen.

El bride kidnapping también tiene lugar en algunos países africanos, especialmente en zonas rurales. En Ruanda, al secuestro le sigue sí o sí la violación. De esta manera, el hombre se asegura de que la mujer no se negará al matrimonio.

A diferencia de lo que puede pasar en otros países, muchos de estos casamientos en Ruanda tienen fecha de vencimiento. Organizaciones defensoras de los derechos humanos han advertido que aproximadamente uno de cada tres hombres que secuestra a una mujer para convertirla en su esposa termina dejándola un tiempo después. Este abandono deja a la mujer en un lugar de mayor vulnerabilidad, porque queda sin ningún apoyo económico y generalmente sin chances de volver a casarse, debido al estigma social y cultural que hay en torno a una mujer divorciada.

En regiones de Etiopía, los secuestradores esconden a las mujeres y las violan hasta que quedan embarazadas. Una vez que lo logran, intentan negociar un precio con la familia de la mujer para terminar de legitimar el matrimonio. En este país del este de África, los hombres secuestran incluso a niñas en edad escolar. Todo esto sucede, una vez más, pese a que en 2004 se aprobó una ley que criminaliza estos raptos y aumenta la edad legal para contraer matrimonio a los 18 años.

En Kenia, el secuestro de mujeres fue hasta los años 60 una de las formas más habituales de contraer matrimonio para la etnia gusii y sigue teniendo lugar en la actualidad, aunque en menor medida. En algunas comunidades de Somalia y Sudán del Sur también se secuestra a niñas, adolescentes y mujeres para forzarlas a casarse. El modus operandi de los secuestradores es muy similar al elegido en el resto de los casos.

Sea de la manera que sea, y dentro de la comunidad que sea, estos matrimonios forzados tienen una característica común y es que constituyen una forma de violencia de género fuertemente enraizada en sociedades conservadoras y patriarcales, que coarta los derechos y libertades de las mujeres desde muy temprana edad.

Fuente: La Diaria

Vivir bajo amenazas: Christine Blasey Ford. Denunció por acoso al ahora juez de la Suprema Corte de Justicia de EU.

Imagen retomada del portal Gofundme.com

Christine Blasey Ford, la profesora de psicología que acusó al entonces candidato a la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, Brett Kavanaugh, de haber intentado de violarla, sigue viviendo bajo amenazas.

Mientras que Kavanaugh negó las acusaciones y finalmente fue elegido como juez por parte del Senado con la mayoría de los votos republicanos, la profesora sigue viviendo bajo amenazas. Eso lo confirmaron sus abogadas y abogados, Debra Katz, Lisa Banks and Michael Bromwich, en entrevista con la radio estadounidense NPR.

Dijeron que ella todavía está luchando para volver a su vida normal. Pero, bajo amenazas hasta de muerte, como Ford misma contó en la audiencia pública del comité judicial del Senado, el 27 de septiembre 2018, fue obligada a cambiar su casa cuatro veces.

El alojamiento y la contratación de servicios privados de seguridad que protegen a Ford, su esposo y sus dos hijos, han llevado a costos tan elevados que amigas y amigos lanzaron una campaña para recaudar fondos en internet. Hasta ahora, las donaciones suman 800 mil dólares, en dos campañas, según NPR.

En un mensaje para la campaña, Ford escribió “todavía creo que fue mi obligación cívica dar mi testimonio, pero esto es la cosa más dura que he tenido que hacer en mi vida, hasta peor de lo que pensaba. No solamente para mí, sino también para mi familia.”

Relató que los movimientos de los integrantes de su familia son “limitados”, aún con escoltas, y que siguen recibiendo amenazas. Pero gracias a las donaciones, sus hijos podrían seguir yendo a la escuela.

El testimonio de Ford generó muchas polémicas entre corrientes liberales y conservadoras en Estados Unidos, especialmente por la cercanía a las elecciones del pasado 6 de noviembre.

Kavanaugh, el conservador y antiaborto, era el candidato de los republicanos para la Corte Suprema de Justicia. Un puesto que se otorga por vida y puede influir las políticas públicas del país a través de décadas con sus fallos.

Ford relató que Kavanaugh intentó violarla, ebrio, y en presencia de un amigo, en una fiesta estudiantil, cuando ella tenía 15 años, a inicios de los años 80. La joven logró escaparse y encerrarse en el baño hasta que se fueron. Kavanaugh negó la acusación y dijo que no se acordaba.

Dos otras mujeres también dieron su testimonio de manera pública y dijeron que el juez las había acosado en la preparatoria y la universidad, pero no fueron escuchadas ante el comité judicial. Algunos hombres principalmente, criticaron que las mujeres no hubieran dado a conocer las agresiones durante décadas, por lo que consideraron que ellas seguían una agenda política al hacer las acusaciones contra Kavanaugh.

El y las abogadas de Ford, dijeron en entrevista con NPR que ella no quería lucrar con la situación y que no planeaba publicar un libro. Únicamente se concentraría en volver a la normalidad sin embargo hasta ahora, no le ha sido posible retomar su trabajo como profesora de psicología en la Universidad de Palo Alto, California.

Por Sonia Gerth
Fuente: Cimacnoticias

noviembre 13, 2018

Analizando “El punto de vista (standpoint) de las mujeres: conocimiento encarnado versus relaciones de dominación” de Dorothy Edith Smith.


Aquí se presenta el desarrollo de la epistemología desde el punto de vista de las mujeres y la importancia de la categoría de la experiencia, dentro de lo que Smith conjuga en su investigación sociológica bajo las reglas de dominación[1]

Women through history (and into the future) climb a metaphorical staircase into the clouds. As the future women follow in their footsteps, each woman in turn, carries the their own stair step and places it at the top to build the staircase -- then turns and descends into the past. Imagen cliohistory.org 

Desde un inicio la lucha del movimiento de mujeres ha tenido como fuerza movilizadora el malestar del deber ser impuesto y las experiencias de mujeres, en un sistema que no las reconoce en su cotidiano y en lo discursivo las instala como sujeto pasivo sin transcendencia en el quehacer público de un sistema diseñado por y para otros en masculino. 

Las experiencias son clave al momento de conversar con otras mujeres sobre lo que son las propias y las comunes, surgiendo algunos términos como “opresión, violencia sexual, violencia”, etc., que dieron una connotación política a las experiencias compartidas y que por el solo hecho de hablar entre mujeres conllevaba una transformación movilizadora para hacerlas públicas. Este enfoque contiene lo que se denominó el punto de vista (standpoint) y fue muy importante en una primera etapa del movimiento de mujeres, por la adaptabilidad del conocimiento de la experiencia común, a través de los descubrimientos y en la organización activa como pensamiento se conceptualizó como punto de vista feminista. 

Es importante señalar, que la filósofa feminista Sandra Harding (1998) adoptó esta noción y “sostenía que las empiristas feministas que demandaban tanto un privilegio especial para el conocimiento de las mujeres como objetividad, se hallaban atrapadas en una paradoja irresoluble” por lo que para ella la valorización de la experiencia de las mujeres confrontaba las realidades racionales y objetivas del conocimiento construidas en torno un sujeto universal masculino. 

Con posterioridad, esta noción fue criticada por otras teóricas feministas, debido a que solo se basaba en la experiencia de las mujeres y no tomar en cuenta las variables de clase, raza y otras diversidades. Aunque si consideramos el contexto de la época, esto fue porque las mujeres blancas, heterosexuales y clase media fueron quienes lideraron el movimiento de las mujeres en los años 60 y 70. Esta situación significó un cuestionamiento teórico en términos de un supuesto esencialismo que excluye bases de opresión y inequidades que conforman la intersección de la categoría de las mujeres o la mujer en la caracterización de atributos específicos y compartidos. 

Sin embargo, lo importante de esta noción es que se reconoce una práctica política que movilizó y articuló las luchas del movimiento de mujeres, para enfrentar las formas masculinas de opresión contra las mujeres, donde se toma un lugar como “sujeto” frente al espacio público y una posición en la vida política, intelectual y cultural en la sociedad. La idea de una posición de sujeto en nombre de mujer fue el foco del movimiento de mujeres de los años 70 y 80, que se consideraban excluidas y protagonizaron sus propias demandas, al contrario de las movilizaciones anteriores. 

El punto de vista de las mujeres y las relaciones de dominación. 

El término punto de vista (standpoint) es instalado en gran parte cruzando el pensamiento y la crítica de Harding (1998), en cuanto al posicionamiento social sobre el sujeto de conocimiento y lo discursivo. Al contrario según se señala del punto de vista feminista de Nancy Harstock (1998), que no reconoce ni una forma de posición social o económica política. Aunque para Smith será un punto de vista de mujeres y no feminista, que es fundamental para lo que denominó como sociología para mujeres y que con posterioridad pasó a ser de personas, que no reconoce una posición o una categoría de posición de género, clase o raza, pero si toma la idea de un sujeto de la etnografía institucional, como un método de investigación alternativo al conocimiento del discurso establecido y que se enmarca en lo que llama “relaciones de dominación”, donde las mujeres invisibilizadas como sujeto y subordinadas para hacer el trabajo de ser madres, reproducíamos las mismas relaciones de género que sostenían el sistema hasta incluso en las últimas décadas del siglo XX. 

El punto de vista desestructura la posición de sujeto en la etnografía institucional, porque no subordina a las formas de conocimiento en sociedad o en la economía política. Asimismo, como método de investigación se orienta en las realidades cotidianas y las experiencias de las personas para comprender lo social como organización, en que cualquiera puede ser sujeto con posición de discurso. 

Examen de la sociología desde el punto de vista de las mujeres. 

Smith para desarrollar su proyecto de una sociología que no fuera objetiva, implicó explorar su historia personal desde su posición de mujer, tal como, el movimiento de mujeres lo había realizado. Lo que le sirvió para cuestionar todo lo aprendido durante años de carrera académica y revisar las contradicciones que entendía en su trabajo de Socióloga, puesto que no sólo se dedicaba a la academia, sino que también tenía que realizar las labores domésticas en su rol de madre y todo lo que implicaba hacer estos quehaceres, pero la sociología que había estudiado no tenía interés en incursionar en este mundo como parte del análisis de estudios. Así comenzó a analizar su experiencia como mujer desde la sociología, y por supuesto, las responsabilidades de las actividades dentro del hogar y que siempre estaban presentes cuando iba a trabajar a la Universidad y en contradicción en la subjetividad de su práctica de lo doméstico. Por otra parte, el vinculo con el movimiento de mujeres la llevo a conjugar ambos espacios y analizar desde su posición de mujer lo que denomino el punto de vista de “la subjetividad del hogar” y todo lo que era parte de su organización, que también abre paso a las relaciones de dominación entre las relaciones de la vida y el trabajo visible. 

La trayectoria histórica del género y las relaciones de dominación. 

Smith cuando se refiere al concepto de las relaciones de poder, lo hace desde la postura de experiencia de sus diversos cotidianos, como un modo de organización de sociedad compuesta por una trayectoria histórica de género y las relaciones de dominación, cuya preocupación se origina en Europa y Norteamérica a fines del siglo XIX. 

Al enlazar las relaciones de dominación destacó que estas eran formas de conciencia y organización objetivadas, porque son construidas externamente a las personas y lugares particulares por medio de la ideología, como formas propias de teorización social y política. Así tenemos que cuando Marx se refirió al capital fue en términos de propiedad individual como concepción de conciencia. Al contrario, de las relaciones sociales de dominación que se desarrollaron más adelante y que objetivan la conciencia como (i) diferenciadas y especializadas y; (ii) objetivadas porque son producidas independientemente de individuos o relaciones particulares. 

De igual forma, Smith recorre una serie de autorías comenzando con Leonor Davidoff y Catherine Hall (1987) para ver la separación de la ocupación de la conciencia de las clases medias y particularmente las formas de dominación durante los siglos XVII y XVIII, que ubicaban a las mujeres en lo privado parte de lo doméstico y los atributos del cuidado, y el mundo público para los varones en lo social parte de los negocios, la política y la ciencia. No obstante, sólo Joan Landes (1996) identifica la exclusión de las mujeres del discurso público en la Ilustración y el capitalismo a través de lo que llamó “la farsa universalidad” y que impidió la organización de las mujeres, como en la Revolución Francesa (1789) porque ya se les había designado su rol en lo doméstico. 

En el siglo XX, las formas capitalistas cambian el desplazamiento de la propiedad privada y la empresa, a la propiedad corporativa y el control, lo que Alfred Sloan (1964) denomina la organización “objetiva” en base a los resultados de los procedimientos aplicados para el rendimiento a grandes escalas de producción y abandonando las prácticas de confianza del personal que devenían de las relaciones familiares propias del siglo XIX. 

Asimismo la producción se apoyó en la mejora de las herramientas de producción, otros medios de transporte, nuevas formas de comunicaciones, diferentes tipos de empleos, formación de centros financieros y otra forma de hacer negocios, que en definitiva demarcaron otras formas de vivir la realidad objetiva de la organización sobre la propiedad y el control de la conciencia. Por lo que no es casualidad pasar al tutelaje de las instituciones, como cuando se instala la organización del sistema de educación. 

La concepción del discurso de Foucault (1970) cobra relevancia en las relaciones de dominación, cuando trata de separar la historia para ubicar a los sistemas de conocimiento y la adquisición de este conocimiento independientemente de cada individuo, con lo cual centra la preocupación en los eventos discursivos “las declaraciones reales, escritas o habladas” que ocurren y las características de poder que tienen estos discursos, incluso en un orden previo de su declaración, que viene a responder a una regulación que impone y coacciona las subjetividades de las personas. Tal como, es vinculado por el movimiento de mujeres en las experiencias que no son de interés para el discurso “las mujeres”. 

Sin lugar a dudas las tecnologías y los medios de comunicación transformaron el discurso público para pasar a una industria de cultura masiva y sus organizadores al difundirla por sus distintos canales, articulan el orden de nuestras relaciones para enmarcarlas en el sistema y es lo que Smith llamó dominación (ruling). 

A medida que avanzaba el progreso se hacía cada vez más presente la dominación en nuestro quehacer cotidiano y se produjeron contradicciones en las situaciones de las mujeres, particularmente las de clase media en el contexto social y económico frente a la organización masculina, porque como lo destaca Betty Friedman (1963) y otras autoras, en el modo de vida de las mujeres suburbanas y su acceso a los medios como a nuevas oportunidades, estuvo la metamorfosis de la conciencia y el abandono de lo doméstico. 

En las primeras décadas del siglo XX, el acceso al sistema educativo y la especialización fueron factores decisivos en la movilización de esfuerzos de la posición de las mujeres y la formulación de otro tipo de familia, pero lo más importante es que se comenzó a traspasar fronteras étnicas y raciales, puesto que en esa época quienes lideraban el pensamiento eran mujeres blancas de clase media. Asimismo, en el período de la Segunda Guerra Mundial las mujeres tuvieron la oportunidad de salir a trabajar y después de su termino, se aprecia un cambio en las orientaciones de formación, que con anterioridad se habían centrado en los oficios domésticos pasando al campo de las humanidades. Aunque esta situación no modifico la posición de subordinación que las sujetaban a lo doméstico. 

La ubicación del punto de vista de las mujeres en la trayectoria. 

En el período de los años 60 a los 80, la vida de las mujeres coexistió en las relaciones de subjetividad entre el hogar y su participación en lo público, condicionalmente implicaba una carga de la conciencia de lo personal/familiar y el sostén de una vida pública. 

Smith explica que esta encrucijada fue crucial para el movimiento de mujeres, en la toma de conciencia de su cotidiano como madre/académica/ama de casa y las implicancias de esta subjetividad en su trayectoria personal de vida, como una fórmula de desconstrucción de su experiencia y que en sus palabras “debía evitar el consentir o recrear la división entre el intelecto y mi ser como mujer, un ser materno y sexual, anclado en mi ser corporal, en su vida cotidiana y dentro de una sociedad que buscaba explorar” dando origen al “punto de vista de las mujeres”. Este concepto fue evolucionando a medida que lo fue articulando con otras mujeres dentro de los mandatos domésticos y el contexto de la época que las llevaba a participar en otros ámbitos de la vida, porque aun así no eran parte del discurso como sujeto y es a través de este punto de vista que se logra situar a las mujeres, para sacarlas de los atributos de su dominación y desafiar las formas objetivadas del conocimiento en un sujeto masculino. 

De esta forma, es que el movimiento de mujeres enfrenta a la universalidad del sujeto y rechaza la división de cuerpo y mente, porque hablar de las experiencias de las mujeres era siempre desde una posición corporal y la teorización desde un punto de vista feminista trae consigo la estrategia de comenzar en el cotidiano, que es “la propia experiencia” y que se coordinan en las relaciones sociales en el tiempo para convertirse en realidades. 

Por Daniela Andrade Zubia 
La Ciudad de las Diosas

[1] Este es un ensayo, a partir de la traducción Ana María Bach del primer capítulo del libro de Dorothy E. Smith, Institutional Ethnography. A Sociology for People, 2005, publicado por AltaMira Press.

La lucha por la igualdad de las trabajadoras del hogar y los cuidados en España.

La Ley de Extranjería garantiza al sistema capitalista una mano de obra barata y sin derechos, que invisibiliza los trabajos que sostienen la vida.

Limpiadora de hogar. MARÍA ROMERO GARCÍA

El empleo del hogar y los cuidados en España, que desde siempre fue precario, ha recaído en los últimos años sobre los hombros de mujeres que hemos nacido fuera de estas fronteras, siendo mayoritariamente latinoamericanas.

Un buen porcentaje de empleador@s nos prefieren, porque consideran que las latinoamericanas somos cariñosas, sumisas, educadas y obedientes. En términos generales nos toman como ignorantes. Pero entendemos que lo que hay detrás es fobia hacia otras personas con idioma, color y religión distinto. 

Nosotras desde nuestros países de origen hemos sido víctimas de la misoginia, del machismo, del patriarcado y del neoliberalismo feroz, que ha impuesto un modelo social y económico que deja a las mujeres empobrecidas en completa vulnerabilidad. Este modelo se sostiene debido, entre otras cosas, a la expoliación de los países del Sur desde donde, “casualmente”, salimos a trabajar al Norte como mano de obra barata, y las mujeres concretamente en el servicio doméstico.

Cuando llegamos a esta España, bastante más desarrollada que nuestras tierras, pero no menos emproblemada socialmente, nos encontramos con un modelo social y excluyente similar al de nuestros países de origen, donde se agregan dos problemas bastante más complejos: la xenofobia y el racismo, sobre todo el institucional.

La infame Ley de Extranjería que entró en vigor en enero de 2010 solo nos permite conseguir un permiso de trabajo (NIE) si demostramos haber permanecido de forma continua más de tres años, tener un contrato de trabajo de un empleador que demuestre tener ingresos de entre 18.000 y 35.000 euros anuales, (dependiendo del número de personas empadronadas en el domicilio) y que no tengan deudas con Hacienda.

Dicha Ley te obliga a estar un año atada a un empleo idéntico para renovarte la primera tarjeta, y así sucesivamente por dos años más, de lo contrario te quedas sin papeles. Desde que pisamos tierra en España hasta que podamos optar a un permiso de trabajo que no nos obligue a estar dadas de alta habrán transcurrido tranquilamente unos 7 años. 

La Ley de Extranjería garantiza al sistema capitalista una mano de obra barata y sin derechos, que invisibiliza los trabajos que sostienen la vida.

Casi la mitad de las trabajadoras del hogar y los cuidados no aparecemos en las listas del Ministerio de Trabajo porque no estamos dadas de alta en la Seguridad Social, y por ende, no cotizamos ni declaramos a Hacienda. En la mayoría de casos se da por culpa del empleador que no quiere hacer un contrato, porque implica pagar más, y en otros porque la empleada no ha podido obtener el NIE. Los salarios que normalmente devengamos están por debajo del SMI, y con horarios que la misma ley permite que lleguen a 60 horas semanales.

Muchas trabajan de internas y sin horarios de descansos suficientes. Y cuando somos despedidas, aun teniendo permiso de residencia, no tenemos derecho al paro, ni a ninguna prestación por desempleo.

Los cuidados son la columna vertebral de esta sociedad. Los seres humanos, desde que nacemos hasta que morimos, necesitamos ser cuidados. Las mujeres españolas, para salir a trabajar la fábrica o la oficina, necesitan dejar al cuidado de otras mujeres a su familia: no obstante, el trabajo de cuidar, para ser el eje central de la vida, está totalmente precarizado, invisibilizado y menospreciado. Conocemos muchos casos de trabajadoras del hogar que han sufrido racismo y abusos sexuales.

Cuando nos atrevemos a denunciar un abuso, cosa que es muy difícil de demostrar, somos despedidas inmediatamente, y como no tenemos un Convenio Colectivo sindical, pues tampoco tenemos a un sindicato que nos defienda. 

Ante tal situación los colectivos de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados estamos luchando en varias partes del Estado Español en principio: 

-Para que se creen políticas públicas que pongan en el centro de sus actuaciones el cuidado de la vida y que empujen también a las empresas a asumir su responsabilidad en este terreno. 

-Para que se apruebe cuanto antes el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo y el Estatuto de los Trabajadores, que ya ha sido aprobado por otros países europeos como Alemania, Bélgica o Portugal, que nos igualaría al resto de trabajadores con plenos derechos.

-También para que se emprendan cambios legislativos en materia de inmigración para que se proteja la vida de las personas.

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Por Carolina García, pertenece Colectivo Trabajador*s del hogar y los cuidados de Zaragoza.
Fuente: Público.es