marzo 29, 2015

Billie Holiday: cosecha amarga

Nadie cantó las palabras “hambre” y “amor” como Billie Holiday. Y todas sus canciones eran la misma canción: fragmentos del pecado original de haber nacido mujer, negra y pobre en una sociedad despiadada y racista. Más de medio siglo después de su muerte, el legado de la vocalista de jazz más importante del siglo XX permanece inmarchitable, esperando nuevos desafíos.

William P. Gottlieb Collection

A mediados de febrero de 1958, Billie Holiday entró en un estudio de grabación, por penúltima vez en su vida, para registrar el álbum ‘Lady In Satin’. Tras años de adicciones y penurias, su voz se había convertido en un instrumento de viento oxidado: apenas un pausado lamento, sin amplitud ni hondura, moviéndose lentamente a través de una orquestación dirigida por un arreglista sin experiencia. Tras dos únicas sesiones, Holiday acabaría firmando el mejor disco de toda su carrera; un documento crudo y estremecedor que destilaba, como ningún otro, el tema esencial de su arte: la experiencia de ser una mujer negra, largamente humillada por sus semejantes, en una sociedad racista y despiadada.

Cuarenta años antes, Billie Holiday era tan solo Eleanora Fagan, una niña pobre que estaba creciendo muy deprisa. Tal y como recordaría años después en su autobiografía, Lady Sings The Blues (Tusquets, 1998), en su propio nacimiento parecía estar inscrito el signo de la servidumbre: “Fue un milagro que mamá, Sadie Fagan, no fuera a parar al correccional y yo al reformatorio. Pero ella me quiso desde el mismo instante en que notó en su vientre un suave puntapié mientras fregaba suelos. Se presentó en el hospital e hizo un trato con la directora: para pagar su estancia y la mía se ofreció a fregar los suelos y a atender a las demás mujeres que esperaban tener a sus hijos. Trato hecho: mamá tenía trece años ese miércoles siete de abril de 1915, cuando yo nací en Baltimore”.

En sus primeras grabaciones ya destacaba por su fraseo elástico y una dicción precisa, como si cada sílaba incluyese información relevante en los dramas que estaba representando

Antes de cumplir los dieciséis, sin embargo, el reformatorio no había sido para la propia Eleanora el peor de los males: sometida a abusos sexuales desde muy joven, acuciada por crecientes problemas económicos, no tardaría en convertirse en “una fulana de veinte dólares el polvo”, como ella misma llegó a definirse en sus memorias. Fue precisamente en un prostíbulo de Baltimore donde, en los numerosos días en los que ni siquiera llegaba a ver un centavo, halló un cierto consuelo en la máquina de discos del local.

Aferrada a aquella jukebox, descubrió que las canciones de sus ídolos le ayudaban a fertilizar su propio talento para la música. Sólo admiraba a dos personas en el mundo. Una era Bessie Smith, la emperatriz del blues que cantaba la canción más triste posible: “Nadie te quiere cuando no tienes donde caerte muerta”. Otro era Louis Armstrong, el trompetista de Nueva Orleans cuya voz sonaba como un motor a punto de quemarse. A lo largo del día, Eleanora ponía sus discos una y otra vez, cantando por encima, construyendo poco a poco el estilo que la haría famosa. Fue una búsqueda relativamente fácil: aunque poseía un rango vocal limitado y estaba desprovista de cualquier tipo de técnica, disfrutaba tanto cantando que sólo tuvo que aprender a desbravar sus emociones, trabajándolas como si fuesen la única materia prima a su alcance.

Cuando reunió el valor suficiente, y tras una primera entrada en la cárcel por agredir a una trabajadora del prostíbulo, decidió probar fortuna en el mundo del espectáculo. Poco tiempo después estaba llamando a las puertas del Pod’s And Jerry’s, un club de prestigio situado en la calle 133: el centro neurálgico del swing neoyorquino. Primero lo intentó como bailarina, siendo rechazada de inmediato por el dueño del local. Después redobló fuerzas en la audición como vocalista, interpretando ‘Travellin’ All Alone’, con la que detuvo el tiempo durante tres minutos: “Si a alguien se le hubiera caído un alfiler, habría sonado como una bomba. Cuando finalicé, todos aullaban y levantaban sus vasos de cerveza”. Eleanora Fagan se convertía así en Billie Holiday, un nombre artístico que encerraba la gran paradoja de su vida. Billie evocaba explícitamente a Billie Dove, la gran estrella femenina (y blanca) del cine mudo, una encarnación del éxito y relumbrón de Hollywood. Holiday era su apellido paterno: una línea directa con el padre ausente, con sus ascendientes esclavos, con el estigma de la negritud y la pobreza.

Noche tras noche, la audiencia se rendía ante sus poderes escénicos, pero al bajarse del escenario la realidad volvía a arrojarla al foso de los leones

Esa tensión perviviría en ella para siempre. Descubierta en 1933 por el productor y cazatalentos John Hammond (una figura clave en las carreras de Bob Dylan, Aretha Franklin o Leonard Cohen), Billie se convirtió en la voz de las mejores orquestas del momento, incluyendo la de Benny Goodman, el rey del swing de Chicago. Había aprendido rápido: en sus primeras grabaciones con Goodman, se presentaba ya como una artista completamente formada, poseedora de un fraseo elástico, de una dicción precisa con la que apuntalaba cada sílaba, como si cada una incluyese información relevante en los dramas que estaba representando.

Pero, fuera de los focos, Billie no era ya la vocalista que estaba empezando a deslumbrar al público. En las trastiendas de los clubes, fuera del estudio de grabación, era sólo una mujer tragando combustible para sus canciones. Se lo proporcionaban los dueños de los locales cuando la obligaban a entrar por la puerta trasera, escatimando sus honorarios, prohibiéndole mezclarse con el público blanco. Y también sus parejas, maltratadores sistemáticos a los que después retrataba en canciones como ‘My Man’ o ‘Ain’t Nobody’s Business If I Do’.


Entre 1935 y 1942, Billie extirpó sus blues en más de cien grabaciones. A menudo junto al saxofonista Lester Young, el gran amor de su vida, quien la coronó para siempre con el apelativo de Lady Day. Siempre construidas con poco presupuesto, con el apoyo de pequeños grupos de jazz y despachadas en sesiones rápidas, como si Billie no fuese consciente de estar obrando el canon en el que se inscribirían todas las vocalistas de jazz posteriores. Ni siquiera se seleccionaba el mejor material posible: junto a estándares jazz de gran belleza, la vocalista deslizaba composiciones mediocres, melodías discretas que sublimaba con su característica hondura emocional, insuflándoles emociones nuevas.

Con su evocación de los negros y negras ahorcados en el sur de los Estados Unidos, acababa de estrenar una de las composiciones capitales del siglo XX, fundando de paso la canción protesta moderna.
Con este repertorio, y junto a la gran big band del pianista Count Basie, Billie comenzó su vida en la carretera. El tour por Estados Unidos junto a Basie, que se alargaría durante dos años, arrancó con la vocalista convertida en estrella principal: el conjunto, pasaba por un momento bajo, encallecido en auditorios desiertos, y confiaba en que el magnetismo de Billie atrapase de nuevo al público. Pero la decisión tuvo efectos agridulces: noche tras noche, la audiencia se rendía ante sus poderes escénicos, pero al bajarse del escenario la realidad volvía a arrojarla al foso de los leones. Los descansos entre función y función discurrían en los callejones traseros de los clubes, a años luz del público blanco. En ocasiones, la humillación la perseguía incluso sobre las tablas, donde se veía obligada a teñirse la cara con betún, pues no resultaba “lo suficientemente negra” en comparación con el resto de los músicos.

Las cosas no cambiaron mucho cuando decidió abandonar a Basie para unirse al conjunto de Artie Shaw: junto a él, se convirtió en una de las primeras vocalistas negras en unirse a un grupo formado por hombres blancos, desatando el rechazo de los promotores. Durante meses, las canciones de Billie Holiday desaparecieron de las emisoras radiofónicas casi por completo.

Lejos de darse por vencida, en 1939, la artista decidió desbrozar un nuevo camino en su carrera, presentándose en solitario ante audiencias que no habían sucumbido ante la lacra del segregacionismo. La primera parada tuvo como marco el Cafe Society, en el Greenwich Village neoyorquino: un pequeño oasis de vientos progresistas, frecuentado por las clases altas de la ciudad.


Aquella noche, Billie salió al escenario y se metió al público en el bolsillo. Tanto que, tras finalizar el show, volvió a salir para brindar a la clientela la última interpretación de la velada. Y entonces comenzó a cantar: “De los árboles del sur cuelga una fruta extraña / sangre en las hojas y sangre en la raíz / cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña”. Billie con la cabeza inclinada hacia atrás, una gata con las uñas metidas, con los ojos medio cerrados, como un día la describió el escritor Boris Vian. Y siguió cantando: “Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos / Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles la dejen caer/ Es una extraña y amarga cosecha”. Y de repente, la canción cesó. Cuando las luces se encendieron, indicando el fin del concierto, no se escuchó ni un solo aplauso en la platea. Para entonces, Billie ya estaba vomitando en el camerino, extenuada por el voltaje de su interpretación. Con su evocación de los negros y negras ahorcados en el sur de los Estados Unidos, acababa de estrenar una de las composiciones capitales del siglo XX, fundando de paso la canción protesta moderna.

“Puedes ir vestida de raso, con gardenias en el pelo, y no ver una sola caña de azúcar en varios kilómetros a la redonda, y aun así seguir trabajando en una plantación”

El mito estaba pidiendo paso, pero su construcción se demoraba. Por un lado, Holiday podía codearse en Hollywood con Lana Turner o Bette Davis, o presentarse con gran éxito en el Royal Albert Hall londinense. Sin embargo, en cuestión de meses, Nueva York le devolvía a lo más bajo del escalafón: a los pequeños clubes dominados por la segregación, y a una soledad que había comenzado a mitigar con heroína. Ella misma se volvió refractaria al éxito, cargando contra el público acomodado que vampirizaba canciones como ‘God Bless The Child’: duras instantáneas sobre el ansia de emancipación y el dolor por la madre perdida, en cuyas interpretaciones Billie se dejaba la piel en vano.

En su nefasta triple condición de mujer, negra y drogadicta, no tardaría en convertirse en la cabeza de turco perfecta para el Departamento Federal de Estupefacientes. Las consecuencias de la cacería no son difíciles de imaginar: aun con triunfales reapariciones que prometían una estabilidad ilusoria, Billie fue expulsada reiteradamente del circuito de clubes, y amordazada de todas las formas posibles. El calvario no excluyó la cárcel, ni las falsas acusaciones por posesión de drogas, y dejó cifras significativas: tras su muerte en 1959, Lady Day congregó a tres mil personas en su funeral, pero en su cuenta bancaria apenas había un dólar. En su autobiografía dejó escrito un aviso para navegantes: “Puedes ir vestida de raso, con gardenias en el pelo, y no ver una sola caña de azúcar en varios kilómetros a la redonda, y aun así seguir trabajando en una plantación”.


Por Carlos Bouza
Fuente: Pikara Magazine

Las otras Letras. Librería de Mujeres en Buenos Aires.

Imagen: Constanza Niscovolos

Hay cerca de sesenta librerías de mujeres en el mundo, y la única que existe en Latinoamérica está en Buenos Aires. La Librería de Mujeres es, desde 1995, un espacio donde se respira feminismo, gracias a sus textos, traducciones, revistas y actividades, que van desde la militancia pura y dura a los encuentros y amistades. Hoy, en su local de Pasaje Rivarola, combinan una editorial, una sala de charlas, debates y exposiciones, y un centro de documentación, y levantan la copa para seguir defendiendo las letras de y para mujeres.

La librería de Mujeres, que hoy aloja casi veinte mil volúmenes, nació de una amistad: la de Piera Oria y Carola Caride. Amigas y socias fundadoras en 1988 de la Asociación Civil Taller Permanente de la Mujer, fueron quienes pensaron este espacio. “Eramos una dupla inseparable. Piera fue una mujer muy lúcida. Crecimos juntas. Cuando murió se llevó un pedazo mío y yo me quedé con un pedazo de ella”, recuerda Carola. Piera escribió De la casa a la Plaza, junto con Alicia Moscardi, el primer libro sobre Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. “A los once años –cuenta su amiga Magui Belloti– vino a Argentina como inmigrante con su madre y su hermano. Su padre ya estaba aquí. Ese fue su primer exilio, el exilio económico de su familia, con todas las marcas en la identidad que eso significa: otro país, otras costumbres, otra lengua.” Luego se recibió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1974, enseñó en la Universidad del Nordeste en Chaco, fue militante de izquierda y la represión y la dictadura le impusieron su segundo exilio, esta vez político. “Tuvo un breve paso por Brasil y luego Venezuela y México, donde se quedó hasta su vuelta a Argentina –retoma Belloti–. Ese exilio supuso un cambio más radical: su identidad. Cambió su nombre para poder sobrevivir, y pasó a llamarse Emilia Soares. Al regresar a Argentina en el año 1984 recuperó su nombre, pero perdió parte de aquella identidad con la que había vivido, estudiado y trabajado en México.” Las tres –Carola, Magui y Piera– se conocieron en alguna reunión y empezaron una relación que se construyó a los largo de los años. “Piera murió en mayo del 2008 y fue velada en la sede de la Librería de la calle Hipólito Yrigoyen –rememora Magui–. Ahí estuvieron amigas, muchas feministas y lesbianas feministas y hubo conversaciones, música y cantos, ubicadas en ronda como solemos hacer las feministas nuestras reuniones. Tuvimos e hicimos muchas cosas en común en el feminismo; también nos separaron algunas diferencias, pero no por mucho tiempo.”

Todo un legado para seguir adelante, Librería de Mujeres cumple veinte años y el número redondo trae consigo el deseo de “seguir estando presente en el movimiento de mujeres”, revela Carola. En estos veinte años, atravesaron siete mudanzas y dos veces estuvieron a punto de cerrar sus puertas. Sin embargo, lograron reinventarse. La Librería tuvo su rincón de gatos, llamado La gatería, en el que se vendían libros de gatos y artesanías gatunas. Piera era una apasionada de gatas y gatos, tenía entre ocho y diez en su casa, que entraban y salían. (Algo así sucedía también en la Librería entre quienes preferían reunirse en festejos callejeros y aullidos para desbaratar estructuras patriarcales con la certeza de las siete vidas). La vida de la Librería se fue transformando como todo proyecto que quiere seguir vivo. Por eso, desde siempre, van con una mesa a los Encuentros de Mujeres, mantienen el club de lectoras más nutrido del país y crearon Librería de Mujeres Editoras que, entre otras publicaciones, tiene la colección infantil Mi sexualidad (de Liliana Pauluzzi) para niños y niñas de nueve a doce años, literatura no sexista como Yo soy igual, a partir de siete años, y No quiero ser princesa, quiero ser..., cuentos de María Victoria Pereyra Rozas –una de las hijas de Carola– orientados a la defensa de la diversidad y a la reivindicación del rol de las mujeres en la sociedad.

Un espacio militante

Los grupos de estudio y reflexión, los talleres, los debates y la producción intelectual colaboraron con la formación de feministas cuyo espíritu militante venía de los ‘70. Pero, ¿cómo era la militancia cuando no existía Internet? ¿Cómo se conseguían apuntes o textos feministas? “Como no había material impreso, tomábamos a autoras latinoamericanas, españolas, francesas, norteamericanas o inglesas, las traducíamos si hacía falta y preparábamos cuadernillos”, cuenta Marta. Por ejemplo, Josefina Quesada tradujo textos como El racismo en la pornografía y el movimiento de mujeres, de Tracy Gardner, La teoría lesbiana feminista, de Charlotte Bunch y Pornografía infantil, de Florence Rush. Para esas publicaciones, una tipeaba, otra armaba los cuadernillos, otra abrochaba las tapas, otra hacía las fotocopias. La que volvía del exilio o la que viajaba traía autoras, artículos y libros como los de Celia Amorós y Katherine Barry (La política de dominación sexual). Se formaban grupos de estudio con esos materiales y se hacían traducciones para que pudieran ser leídos por todas. Piera y Carola también editaban unos cuadernillos que se llamaban Prensa Mujer. Tenían suscriptoras y ofrecían el servicio de enviar por correo los artículos recopilados relacionados con noticias de mujeres. “La Librería nace de esas vertientes. No es hongo que aparece solito”, ilustra Carola. Mientras vivió en Jujuy, donde fue a trabajar junto a su marido a la Quebrada de Humahuaca, parió nueve veces. Tiene cinco hijas mujeres y cuatro varones. A su regreso, conoció a Piera y juntas organizaron un Centro de Salud para Mujeres que funcionó en la calle Luis Saénz Peña 1089, entre 1991 y 1995. Daban atención y trabajaban temas de anticoncepción y violencia. Luego fundaron la Librería, una idea que ambas tenían en la cabeza y que se inauguró el 8 de marzo de 1995 en un local del Paseo La Plaza.

¿Qué se puede encontrar en el centro de documentación?

Carola: –Tenemos más de setecientos libros que están agotados. Por ejemplo, Trilogía de la trata de blancas, de Julio Alsogaray, Ciencia y feminismo, de Sandra Harding, Nacemos de mujer, de Adrienne Rich, Reflexiones sobre género y ciencia, de Evelyn Fox Keller, Alicia ya no, de Teresa de Lauretis, y la colección completa de la revista Brujas.
¿Qué desafíos se vienen?

Carola: –Un proyecto que no crece y se transforma, se muere. Estamos estudiando la posibilidad del e-book para incorporarlo el año que viene. Sería muy interesante poder digitalizar todo el material invalorable del fondo documental que hoy está en cajas y armarios. También queremos conseguir licencias para obtener los derechos y poder editar algunos libros acá.
¿Te emocionan estos veinte si pensás en retrospectiva?

Carola: –Lamento que Piera no pueda ver hoy la Librería estabilizada, porque fue un proyecto muy querido y donde pusimos mucho esfuerzo. Me emociona que podamos pensar en proyectos nuevos, no estamos detenidas, esto es algo dinámico, viene mucha gente joven que empieza a entender el feminismo desde la academia y se va incorporando, y eso es nuevo.

Se agranda el círculo, ¿no?

Carola: –Encontré muy fuerte la corriente del feminismo comunitario en Perú, con Julieta Paredes, que propone un feminismo que reconozca a los pueblos originarios. Las categorías que se van incorporando son feminismo y teoría queer, transfeminismos, prostitución y trata, educación sexual, descolonización, teoría del cuidado y nuevos feminismos. Sí, se van abriendo nuevos escenarios.

De las librerías de mujeres que hay repartidas en el mundo, algunas siguen abiertas y otras no, como la Toronto Womens Bookstore. una cooperativa que nació en 1973, convivió con una editorial feminista y cerró sus puertas en 2012. Era la única librería feminista de Toronto atendida por mujeres negras, que vendía ficción y narrativa, y se especializaba en movimientos sociales, feministas y teoría poscolonial. Entre las que continúan abiertas está la Librería delle Donne en Milán –desde 1975–, la Librerie des Femmes, en París, la Librería Relatoras, de Sevilla. Hay una única librería en el continente australiano, The Feminist Bookstore, en Sydney, y varias en Estados Unidos como Queer Division en Nueva York, People Called Women, en Ohio, y Women & Children First, en Chicago.

Llegaron los primeros veinte años de la Librería de Mujeres, y sin duda el deseo de seguir adelante queda anudado a tantos otros por los que militan los movimientos de mujeres. Pero hay algo compartido en esa experiencia de buscar y encontrar libros: sentir que ese espacio nos pertenece.

Voces amigas

Nora Domínguez, directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras: “Si en las sociedades de mercado en las que vivimos los libros son bienes de consumo y mercancías, ir en busca de uno de ellos a la Librería de Mujeres del Pasaje Rivarola implica algo más. Porque al recorrer esa característica única cuadra con cierto abolengo intelectual sabemos que vamos a ser protagonistas de una transacción especial. Allí el acto de comprar adquiere un valor afectivo, hay descuentos, modos de colaborar con sus dueñas mientras una se va haciendo un ahorrito propio, a veces regalitos, historias de viajes, relatos y anécdotas familiares y de amigas. Carola se ocupa siempre de que el acto frío y anónimo de compra y venta desborde hacia zonas más personales. Tengo la suerte de poder hacer casi una vez al año compras más grandes gracias a los recursos que como institución universitaria recibimos del Estado y que nos ocupamos de traducir en ideas, en investigaciones. La mayor parte de las compras del Instituto de Género provienen de la Librería. Nuestro Instituto está atado a su historia. Cuando me voy con las bolsas llenas de libros, de kilos que vencen la corrección de mis posturas, siento que me llevo un tesoro inmenso para las futuras lectoras y becarias que se van formando en las redes del saber feminista con esos libros que ofrecen Carola y su equipo. Son momentos de felicidad para ella y para mí; para ellas y para nosotras. Pasar por la Librería de Mujeres significa abandonar el momento individual de ese intercambio para convertirlo en un encuentro colectivo siempre presente y en sintonía con el futuro.”

María Lourdes Molina, licenciada en Psicología, doctora en Ciencias Penales y coautora del libro Explotación Sexual. Evaluación y Tratamiento, editado por segunda vez en el 2010 por Librería de Mujeres: “Me acerqué a la Librería allá por el 2005, en la búsqueda de esos materiales que aparecen citados en algún libro y que no se encuentran en muchas bibliotecas. Materiales que en las facultades de Psicología y Derecho de Argentina no se citan mucho, porque los temas de prostitución y explotación no eran por esos años ni nombrados. Y lo que el cruce de ese encuentro abrió no lo hubiera imaginado nunca. A partir del camino por la restitución de los derechos de las mujeres en situación de explotación sexual, el conocer la lucha de un grupo de mujeres en el marco del movimiento feminista y la Campaña Abolicionista ‘Ni una mujer más victima de las redes de prostitución’, la Librería se me presentó como un lugar de encuentro y crecimiento personal. Año tras año, el privilegio de asistir a debates con mujeres comprometidas y estudiosas y la actualización de materiales para iluminar el camino ha sido un regalo en mi vida. Es un lugar abierto al debate, crecimiento y cuidado de las personas que se animan a confrontar sus creencias y representaciones. Por muchos años más y que quienes las queremos, sepamos cuidarlas.”

Mónica Tarducci, colectiva de Antropólogas Feministas: “La Librería de Mujeres es parte del movimiento feminista y como tal evoca muchos recuerdos: es la Peatonal Feminista que armábamos los 8 de marzo en las dos sedes de la calle Montevideo; es Piera y los gatos que tanto amaba... Son también las reuniones y las ásperas discusiones para lograr un documento consensuado; la espera ansiosa de las novedades bibliográficas y la alegría de presentar algún libro. A propósito de las peatonales, es decir cuando cortábamos la calle Montevideo y armábamos un escenario desde donde hablar, cantar y bailar para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, recuerdo que se daba también el reparto gratis de champagne, porque un hijo de Carola trabajaba en una famosa bodega que nos lo proporcionaba gratis. Siempre fue un espacio abierto y acogedor para todas las mujeres que lo necesitaran. El tiempo pasa y todo se transforma, algunas mujeres indispensables ya no están. Pero la Librería perdura como lugar de encuentro. Mas ahora, que María Moreno me ha nombrado ‘salonera’ del lugar y yo organizo actividades creyéndome una Mariquita Sánchez...”

Por Laura Rosso
Fuente: Página/12

marzo 28, 2015

CLACSO TV. Perspectivas #Feminismos


Los feminismos son una de las aproximaciones teórico-políticas más enérgicas y tenaces en la lucha por transformar la realidad en América Latina. #Feminismos, un documental de www.clacso.tv dirigido por Martín Granovsky, narra a través de las voces de 12 mujeres de distintos países de la región -algunas funcionarias, otras académicas, todas militantes- la actualidad de esta fuerza con el vigor de su pasado y el debate de sus desafíos futuros. ¿Qué son los feminismos? ¿Cuál es su agenda en América Latina? ¿Cuándo aparece el feminismo en cada historia de vida? 

Participan en el documental Katia Uriona (Bolivia), Gabriela Arguedas (Costa Rica), Alicia Esquivel (Uruguay), Mónica Tarducci (Argentina), Diana Gómez Correal (Colombia), Guadalupe Valdéz (República Dominicana), Nivaria Ortega Moche (El Salvador), Carmen Beramendi (Uruguay), Ana Laura Rodríguez Gustá (Argentina), Zaira Reverón (Venezuela) , Nilcea Freire (Brasil) y Constanza Tabbush (Argentina).

#Feminismos fue filmado en la Argentina durante las jornadas “Feminismo, el Estado y los desafíos de la praxis política”, realizadas en Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) el 5 y 6 de octubre de 2014.

CLACSO.TV es una iniciativa del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) en asociación con la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

El sexo más allá de la genética

Se supone que si tienes una combinación de cromosomas XX eres una mujer y si el cariotipo es XY eres un varón estándar. Ahora bien, puede que tu cuerpo haya vivido variaciones del azar durante el desarrollo celular embrionario de tu aparato genital y no entres en el binomio. Precisamos: los aparatos genitales se definen como el conjunto de órganos internos y externos relacionados con la reproducción sexual, la síntesis de hormonas sexuales, las prácticas sexuales y la micción.

Una parte de tu cuerpo puede ser cromosómicamente distinta a tu anatomía sexual y no lo sabes. Tus cromosomas sexuales pueden decir una cosa y tus gónadas (ovarios o testículos) otra. Algunas de estas formas han sido clasificadas desde la biomedicina como Diferencias del De­sarrollo Sexual (DSD).

A lo largo de la historia, la biomedicina ha utilizado estándares (celulares, cromosomales, hormonales, anatómicos) para “verificar” el sexo que han cambiado e incluso se han contradicho.

Para Nuria Gregori, antropóloga e investigadora en el proyecto Visio­nes y Versiones de las Tecnolo­gías Biomédicas, de la Universidad Rey Juan Carlos y el CSIC, cada momento histórico y cada institución han priorizado un paso del proceso de diferenciación sexual frente a otros: “Hoy el elemento al que se le da mayor relevancia para determinar la ‘verdad’ sobre el sexo son las hormonas, en concreto la testosterona. Unos niveles elevados o disminuidos de andrógenos en relación con unos valores consensuados para cada sexo limitarán o permitirán el acceso de mujeres a deportes de competición. Unos niveles elevados de andrógenos durante el periodo fetal harán pensar a los médicos que una persona asignada como mujer pueda sentirse hombre en la edad adulta”."

Lola "La medicina está al servicio de la sociedad, que quiere hombres y mujeres normativos"

Los últimos estándares de atención en DSD plantean la duda en la asignación de sexoante condiciones como el síndrome de insensibilidad a los andrógenos parcial o ante el déficit de 5 alfa reductasa. “Esta duda no se planteaba hace unos años”, explica Gregori. Y es que, más allá del componente biológico de verificación del sexo, “lo que ha preocupado a la medicina es la transgresión, el tránsito y las ambigüedades sexuales, los comportamientos de género fuera de las expectativas de género o la homosexualidad”.

Lola Vaticón, fisióloga y docente en la Facultad de Medicina de la UCM, experta en diformismo sexual en animales, lo explica así: “La medicina está al servicio de la sociedad, que quiere hombres y mujeres normativos. Muchas veces se demonizan las prácticas médicas cuando el problema viene del imaginario colectivo. Todo está relacionado y cambian las tendencias. Ahora los médicos esperan a que un niño exprese su identidad (sexual y de género) para intervenir”, en referencia a las mutilaciones genitales en bebés ambiguos y las terapias hormonales.

Madres y padres de niños con formas intersexuales suelen ocultar la situación y tienen problemas para elegir entre chico o chica. “Al hijo de R.C. le operaron cuando era adolescente porque le crecían pechos, pero no dijeron nada a nadie. Lo llevaron en silencio, aunque todas lo sabíamos. Ahora es un chico normal”, cuenta una vecina de Buitrago del Lozoya que prefiere no dar su nombre. “¿Y qué más da si no hay un problema de salud?”, se pregunta.

Un equipo de investigadores demostró en 2014 que al menos una de cada cien personas tiene alguna forma de DSD. El porcentaje más divulgado de personas intersex es de 1,8 por millar, pero “el secretismo, la atención sanitaria descentralizada, la falta de seguimiento y control de los pacientes por equipos expertos, además de todas las personas con una diferenciación sexual atípica que no han sido diagnosticadas ni han pasado por consulta médica, hacen imposible hablar de estadísticas fiables”, afirma Nuria Gregori.

Un cambio filosófico

Uno de los retos actuales es entender el múltiple e irreductible universo del sexo desde sistemas biológicos no esencialistas. La investigadora Anne Fausto-Sterling lo explicó en 2006 a través de una visión dinámica de estos sistemas. Frente a los clásicos reconocimientos anatómicos y los test hormonales o por genes aislados, ahora se trabaja desde líneas multidisciplinares que superan la obsesión genetista y el modelo sexológico imperante desde los 80.

La periodista Claire Ainsworth lo ha vuelto a repetir en la revista Na­ture: “Si los biólogos siguen demostrando que el sexo es un espectro, la sociedad y los Estados tendrán que lidiar con las consecuencias, y averiguar dónde y cómo dibujar la línea”.

Un equipo de investigadores demostró en 2014 que al menos una de cada cien personas tiene alguna forma de DSD

Nomenclaturas y diagnósticos llenan la literatura médica, y el mundo del deporte es un ejemplo de ello. “Estamos siendo testigos de un esfuerzo masivo por negociar socialmente el sexo”, decía la experta en género Judith Butler en SINC en referencia a la polémica de la atleta sudafricana Caster Semenya, medalla de oro en 800 metros lisos y sometida durante meses a un proceso de verificación de sexo (un caso parecido al de la vallista española Ma­­r­ía José Patiño).

Según Butler, “la institución deportiva mundial se apoya en un cierto rechazo de la intersexualidad como una dimensión persistente de la morfología, la genética y la endocrinología humanas (…). ¿Por qué no pensamos en unos estándares de participación (deportiva) bajo las categorías de género que tengan por objetivo ser igualitarios e integradores? Sólo así es posible poner fin a las tonterías de esta caza de brujas sensacionalista que es el averiguar el sexo “verdadero” de alguien, y que abramos los deportes a la compleja especie de animales humanos humanos a la que pertenecemos”.

Sin evidencia científica

“No existe evidencia científica de que algún ingrediente concreto del sexo biológico tenga una relación directa con la identidad de género o con la opción sexual”, insiste Gre­gori. La vivencia de la identidad sexual y de género no es algo universal. De hecho es algo bastante personal. Por ello, es fundamental una educación en las escuelas (a estudiantes y profesores) que informe de las múltiples formas del sexo en la especie humana, y que explique la intersexualidad y la transexualidad desde el respeto a la diferencia. Esto ayudaría a aniquilar las fobias, agresiones, insultos, rechazo, soledad y miedo que sufre cotidianamente una parte de la población.

Los estudios en DSD demuestran que el sexo no es una dicotomía y que el cuerpo humano es una especie de mosaico en evolución. Algo que entronca con el derecho a la integridad de nuestros cuerpos y el derecho a reproducirnos. “Aunque el ideal del dimorfismo sexual se está desmontado, todavía se sigue problematizando, clasificando –en términos de normalidad o anormalidad– y corrigiendo los sexos, los cuerpos, los comportamientos y los deseos cuando no se ajustan a convenciones y expectativas dicotómicas”, concluye Gregori.

El sexo puede ser ambiguo. Y mucho más si tenemos en cuenta los factores psicológicos y sociales.

X Congreso sobre Tecnología y Género


Las personas interesadas en este tema tienen una cita entre el 23 y 25 de marzo en el Medialab Prado de Madrid. El X Congreso Internacional sobre Tecnología y Género, que organiza el grupo de investigación del CSIC y la URJC, abordará distintos modelos de gobernanza y participación pública en las ciencias y tecnologías, y sus implicaciones biomédicas. Una atención destacada tendrán las categorías sociomédicas de la intersexualidad y la transexualidad, así como las tecnologías que se aplican para “mejorar” los cuerpos, como las tecnologías bioalimentarias, farmacológicas o deportivas. 


Por Laura Corcuera
Fuente: Periodico Diagonal

marzo 27, 2015

Mujeres en el arte: Marga Gil Roësset


Marga Gil Roësset nació en las Rozas (Madrid) en 1908, descendiente de una familia ilustre, sobrina de la pintora María (MaRo) e hija de Margot. Perteneció a un entorno acomodado de gustos refinados y de gran inquietud cultural y artística. La esmerada educación de Margot le sirvió para volcarse en Marga, que nació muy enferma, hasta el extremo de ser desahuciada por los médicos. Pero el tesón de su madre consiguió sacarla adelante.

Marga Gil Roësset obtuvo muy pronto sus primeros contactos con el arte. Junto a su hermana Consuelo, acudió, cuando todavía era una niña, a las clases de dibujo del estudio de López-Mezquita. Artista muy precoz, a los siete años escribió e ilustró un cuento para su madre. Un relato que es la primera prueba de un talento extraordinario que quedó patente cuando a los doce años ilustró y editó el cuento de su hermana, El niño de oro.
Adán y Eva (1930)

En 1923, en París, ambas hermanas publicaron otro cuento, Rose des Bois, cuyos dibujos llevaron a Marga, que los había realizado a los 13 años, a un barroquismo de diseño, trazo y elaboración que naturalmente ya no podía seguir evolucionando, por lo que como consecuencia decidió dar un giro absoluto y se dedicó a la escultura. Su madre, entonces y continuando con su deseo de rodear a Marga de lo mejor, la llevó al estudio de Victorio Macho, que se negó a darle clase por no estropear su talento creativo innato.

Pronto destacó también como una gran e incansable escultora utilizando fundamentalmente el tallado en piedra de forma intuitiva. También en esta técnica su formación fue autodidacta, si bien parece comprobado que pudo recibir asesoramiento del pintor López Mezquita. En 1930 presentó su Adán y Eva en la Exposición Nacional con gran éxito de crítica, máxime teniendo en cuenta su juventud. Su obra puede calificarse como satírica dentro del estilo modernista e incluso situarla en el simbolista.

Busto de Zenobia Camprubí (1932)

Dos años después de suAdán y Eva conoció a Juan Ramón Jiménez y a Zenobia Camprubí, a la que admiraba profundamente, ambos quedaron deslumbrados por el talento y la personalidad de la joven, más aun cuando conocieron su obra. Sorprendidos por su talento decidieron encargar a Marga la realizar sus bustos. Precisamente el busto de Zenobia es, según algunas opiniones, una de las piezas más apreciadas de su producción escultórica.

La escultora,profundamente enamorada de Juan Ramón, se sintió protagonista de una historia de amor imposible entre una joven de fuertes convicciones religiosas y un hombre felizmente casado.

Marga se llevó a la tumba lo que pudiera ocurrir entre ellos, aunque leyendo su diario, podemos interpretar que fue un amor no correspondido. Para terminar con esta desgraciada historia de desamor, a sus veinticuatro años decidió suicidarse con un disparo en la cabeza. Antes destruyó a martillazos gran parte de su obra, incluso las fotografías de sus esculturas. Dejó cartas a su hermana, a sus padres, a Zenobia y un diario a Juan Ramón Jiménez. En 1933 se publicó un libro póstumo de canciones con tres ilustraciones. Once años después una de sus ilustraciones fue claramente imitada en la obra de Antoine de Saint-Exupéry El principito.

En el setenta aniversario de la muerte de la artista, Ana Serrano comisarió una exposición antológica en el Círculo de Bellas Artes (Madrid) que abarcó cerca de cien dibujos y acuarelas, veinte esculturas y cuatro cuentos ilustrados por ella. 



En la última página del diario que legó a Juan Ramón Jiménez puede leerse:

“En la muerte, ya nada me separa de ti,

sólo la muerte, sólo la muerte sola”


Por: Concha Mayordomo 
Fuente: El País

Racismo cotidiano e interiorizado




Seguramente todas las personas hemos tenido alguna vez un apodo, sobrenombre o chapa, como le dicen en Perú a la utilización de una forma de referirse a una persona, que no es su nombre, pero que la intenta definir o mediante la cual se la reconoce. Esta chapa muchas veces es asumida por la persona y forma parte de su identificación, sobre todo cuando la denominación tiene tras de sí la impronta del afecto de quienes la utilizan. No constituye un insulto, no es peyorativa, no genera ofensa, es parte de un acuerdo común entre quien la dice y quien la recibe. Incluso palabras que en determinados contextos tienen un contenido racista, discriminador o insultante, en los círculos íntimos pierden este sentido, y pasan a denotar cariño, confianza y empatía. De esta forma, “negro”, “cholo”, “gorda”, “chato”, “pancha”, “china”, e incluso “mona”, como me dicen a mí algunas amigas, son apelativos con los que muchas veces se nos nombra o renombra, sin que signifique ofensa alguna.

No es que las palabras dejen de ser insultantes per se, sino que en las relaciones sociales se pueden resignificar. Esto parece ser lo que reclama Natalia Málaga, la entrenadora del Regatas, equipo de vóley femenino, frente a las acusaciones de racista y maltratadora que se le hicieron, a raíz de lo que dijo en un partido y se filtró a la prensa. Al dar instrucciones a Alexandra Muñoz, una de sus pupilas, cuando su equipo iba perdiendo frente al de la Universidad César Vallejo, en un encuentro de la Liga Nacional de Vóley, dijo, refiriéndose a Angélica Aquino, jugadora huanuqueña: “La llama pega todo diagonal, tú ya sabes cómo juega. ¿Cuántos años más tienes que jugar con ella para conocerla?”.

Decirle “llama” a otra persona, si es un acuerdo entre quien lo hace y quien lo recibe, en un espacio íntimo, no tendría por qué tener la connotación racista que, creemos, tuvo el comentario de la entrenadora. Así lo sugiere también Angélica Aquino, cuando señala que: “Sólo hay una persona que me dice así. No voy a decir su nombre, pero lo hace de cariño”.Sin embargo, “llama” se les dice peyorativamente a los habitantes de las serranías, animalizándolos para expresar su inferioridad. “Hay un olor a llama”, he escuchado decir, en un avión en el que viajaban a Lima hombres y mujeres de comunidades de Cusco y Puno.


Muchas personas han reaccionado calificando de racista a la entrenadora, dando cuenta de la poca disposición que hay en la sociedad a dejar pasar acciones como ésta, que ofenden y degradan a otras personas por su diferencia, lo cual es saludable y esperamos que sea un aliciente para el cambio. Sin embargo, no deja de llamar la atención que, para muchas otras, el asunto no era para tanto y era mucho escándalo para algo tan pequeño, sin considerar la carga que tiene el apelativo y todas sus implicancias. Tampoco deja de llamar la atención la agresividad con la que se ha tratado a la entrenadora, en el afán de denunciar su actitud discriminatoria, hecho que da cuenta de que la intolerancia cunde también entre quienes se dicen no racistas. 

Si bien es saludable la discusión sobre estos casos, que posibilitan el debate y algo de reflexión sobre las implicancias del racismo y la discriminación, que persisten y evidencian cómo están enraizadas en nuestra sociedad, es lamentable que sólo saltan a la palestra cuando las involucradas son personas famosas, como el caso de la entrenadora, o de los jugadores que han sido agredidos en el estadio o de la cantante Dina Páucarque en las redes fue calificada de “serrana piojosa”, “asquerosa”, “creída”.

Suele suceder que a pocos días del episodio, éste desaparezca de los medios, sin que se aproveche para dar paso a otros procesos que sostengan en el tiempo la puesta en cuestión de la discriminación, el racismo y el sexismo, que se muestran cotidiana y sutilmente, y que se han interiorizado de tal forma, que son parte de nuestras estructuras mentales, y que, sin querer queriendo, como decía el Chavo del Ocho, ponemos en práctica casi inconscientemente. ¿Cuántas veces no hemos dicho a una persona amiga “no seas chuncha” cuando se muestra tímida? Para luego sostener que no hay ninguna connotación racista en eso, ya que no se hace la relación de que chunchos se les dice a los indígenas amazónicos y de que “chuncho” es definido en el diccionario como “rustico, huraño, escasamente incorporado a la civilización occidental”. Por lo tanto, es así cómo se percibe a los pueblos indígenas amazónicos; imagen equivocada, por cierto. ¿Cuántas veces no hemos sentido aprehensión o cruzado la calle con miedo si un hombre afroperuano se cruza en el camino? ¿No es esa también, acaso, una manifestación del racismo interiorizado? Es en las prácticas cotidianas en donde se expresa, de manera descarnada, el racismo cargado de connotaciones étnicas. Está presente en lo que decimos un domingo cualquiera, cuando nos molesta el chofer que se cruza en el paso de la bicicleta. “Serrano tenías que ser”, como le gritó a un automovilista, una ciclista defensora del medio ambiente, o “cholas de mierda”, como dijo a una periodista, una abogada capturada en estado de ebriedad. Y, a propósito, ¿se han dado cuenta de cuántas mujeres que hacen escándalos en estado de ebriedad aparecen en televisión? Parece que siempre hay una cámara ahí cuando se trata de una mujer haciendo estupideces.

El racismo y el sexismo sustentan la idea de que hay personas superiores, que tienen el derecho de ostentar el poder, el control frente a grupos humanos que, por su supuesta inferioridad, no tienen las mismas posibilidades de ejercerlo. Son las prácticas cotidianas sutiles, a veces indirectas pero con una fuerte carga simbólica, las que legitiman el sistema y son base fundamental del mismo. El racismo, dice Nelson Manrique, “cumple una función decisiva en la legitimación de las exclusiones, pues ‘naturaliza’ las desigualdades sociales, consagrando un orden en el cual cada uno tiene un lugar inmutable”.[1]

Así se justifican políticas de inversión que priorizan el uso de los territorios indígenas para las industrias extractivas, y se explica que buena parte de la ciudadanía piense que si es en beneficio de la mayoría, no importan los destinos de las personas que habitan esos territorios. Se les acusa de “perros del hortelano” o se deja de lado un proyecto como el de Río Verde en Lima, que incluía el traslado de las familias shipibas de Cantagallo a un lugar con mejores condiciones, con el argumento de que se va a hacer una obra de gran envergadura, “en vez de beneficiar a unas cuantas familias que están ocupando un relleno sanitario”, como lo dijo Jaime Villafuerte, gerente de Promoción de Inversión Privada de la municipalidad.

En este racismo cotidiano también se inscribe el reciente episodio protagonizado por el programa “El último pasajero”, en el cual, un reto para una adolescente de un colegio era comer cucarachas en la final del juego, lo que le permitiría ganarse pasajes para su promoción. Ya podemos imaginar de qué sector social proviene alguien que va a un concurso para aportar al viaje de promoción aún a costa de un acto degradante, y el mensaje que esto envía a la gente, como se puede ver en un foro en Internet, en el que se pone como titular “Chica cholita come cucarachas”.[8]

Sí, el racismo está vivito y coleando, cotidianamente, está en cada uno de nosotros y nosotras, en expresiones y prácticas inconscientes, rutinarias, en hechos insignificantes y absurdos, como que no podamos encontrar fácilmente una base de maquillaje para piel morena y la vendedora te diga que es mejor la otra porque te blanquea. No basta, entonces, con la indignación que nos genera cuando se produce un escándalo televisivo. Es un reto cotidiano el combatir estas prácticas, denunciarlas cuando somos testigos de ellas, confrontarlas y, sobre todo, hacerlas conscientes y cambiarlas.

Por Rosa Montalvo Reinoso


[1]Nelson Manrique. “Algunas reflexiones sobre colonialismo el racismo y la cuestión nacional”. Introducción al libro La piel y la pluma. Lima, Casa Sur, 1999.

marzo 26, 2015

La igualdad, las mujeres y la Unión Europea centran la tercera sesión del ciclo 'Diálogos Europeos'

La tercera sesión del ciclo 'Diálogos Europeos', que se celebra este viernes en el Museo San Telmo de San Sebastián, tiene como objetivo realizar un diagnóstico y aportar propuestas sobre la igualdad y las mujeres en la Unión Europea.

El debate contará con la participación de la profesora de la Universidad de Filosofía Social y Política de la Universidad de Milán Marina Calloni, la directora de Emakunde, Izakun Landaida, la asesora del partido político sueco Feminist Initiative en el Parlamento Europeo, Kristin Tan, y la política sueca y activista de derechos humanos que trabaja con ONGs feministas Alexandra Byröd.

El Instituto Globernance, San Sebastián 2016 y el Museo San Telmo organizan la iniciativa 'Diálogos Europeos', proyecto que forma parte del programa cultural de DSS2016EU, en colaboración con el área de Desafíos del Museo San Telmo, donde se inició en 2014.

La jornada profundizará en la igualdad y el feminismo, con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer el pasado 8 de marzo, con la participación de expertas en la materia, que "aportarán una visión multidisciplinar así como internacional al respecto".

La jornada, abierta y gratuita, se podrá seguir por streaming a través de la página web www.europeandialogues.eu . Además, se ofrecerá a los ciudadanos la posibilidad de que hagan llegar previamente sus preguntas para los ponentes a través de Twitter [@EUdialogues] o Facebook [European Dialogues].

Fuente: El Día.es