mayo 12, 2026

Rita Segato, el feminismo y el poder. Entre la crítica al Estado y la renuncia a disputarlo


Rita Segato, el feminismo y el poder. Entre la crítica al Estado y la  renuncia a disputarlo

Resulta insuficiente un feminismo que diagnostica las violencias patriarcales del poder, pero al mismo tiempo parece incapaz de pensar estratégicamente qué hacer con el poder institucional cuando las propias mujeres subalternizadas logran acceder a él.

La reciente conferencia de Rita Segato en la Biblioteca Luis Ángel Arango volvió a poner en circulación varias de las discusiones que han atravesado su obra durante décadas, la relación entre violencia, patriarcado, Estado y poder. Sin embargo, más que un debate detenido sobre sus tesis, lo que terminó predominando en redes sociales y algunos espacios académicos fue una polarización rápida entre defensas cerradas y descalificaciones igualmente simplificadoras.

Por un lado, aparecieron críticas que cuestionaban sus referencias al “mandato de masculinidad” como explicación parcial del ingreso de niños y jóvenes a organizaciones armadas, argumentando que ese enfoque invisibiliza problemas estructurales como la pobreza, el abandono estatal y el reclutamiento forzado. También surgieron reparos frente a su insistencia en diferenciar “la política” de “lo político”, especialmente en un momento electoral y político particularmente sensible para Colombia.
El género frente a las condiciones materiales

Sostener que muchos jóvenes ingresan a organizaciones armadas en medio de un “mandato de masculinidad” no implica necesariamente negar la pobreza, el abandono estatal o el reclutamiento forzado. El problema es que parecería que, para algunos sectores, toda explicación sobre género automáticamente cancela las dimensiones materiales de la violencia. Como si hablar de masculinidad implicara olvidar el hambre, la guerra o la ausencia del Estado.

Pero justamente una de las apuestas más importantes del feminismo latinoamericano contemporáneo ha sido mostrar que las violencias no son solo económicas, sino también culturales, afectivas y simbólicas. Las guerras producen subjetividades, así como producen formas de masculinidad atravesadas por la demostración de poder, dominio y soberanía sobre otros cuerpos. Reducir eso a “todo es culpa de los hombres” es una simplificación tan pobre como afirmar que el feminismo desconoce las condiciones materiales de existencia.

Por otro lado, las respuestas a esas críticas denunciaron la reducción caricaturesca de una obra compleja a unos pocos minutos de entrevistas o una hora de conferencia, señalando la facilidad con la que incluso sectores progresistas abandonan cualquier lectura rigurosa cuando ciertos planteamientos feministas incomodan sus propios marcos de comprensión del poder.
La sospecha frente a lo institucional

Reconocer la pobreza del debate público no implica suspender la crítica política a ciertos límites de su propuesta. Sin embargo, más allá de las caricaturas y simplificaciones que circularon en redes, hay un punto de fondo que sí merece ser discutido críticamente, como es el lugar profundamente ambiguo que ocupa el poder institucional en la propuesta política de Segato.

Uno de los problemas de su perspectiva es que, en nombre de una crítica legítima a las formas patriarcales del Estado moderno, termina construyendo una sospecha casi estructural frente a cualquier experiencia de llegada al poder institucional. Y esa sospecha tiene efectos políticos concretos.

En Colombia, por ejemplo, figuras como Francia Márquez y Aída Quilcué representan algo históricamente excepcional; son mujeres afrodescendientes e indígenas, provenientes de luchas comunitarias y territoriales, disputando espacios de decisión estatal que durante siglos estuvieron monopolizados por élites masculinas, blancas y oligárquicas.

Desde las posturas autonomistas de Segato, parecería que esas experiencias solo pudieran ser interpretadas bajo el signo de la cooptación, la captura institucional o la pérdida de autenticidad política. Como si el ingreso al Estado fuera necesariamente una derrota ética.

Y ahí emerge un problema serio, porque esta lectura, desde el feminismo, termina infantilizando a las propias mujeres que dice defender, porque presupone que el contacto con el poder institucional necesariamente las corrompe o les arrebata autonomía política y en vez de reconocerlas como mujeres capaces de negociar, disputar, equivocarse, ejercer poder y transformar instituciones desde dentro, las coloca en una posición donde solo conservan legitimidad política mientras permanecen afuera del poder.
El riesgo del purismo antipolítico

El problema no es criticar las limitaciones del Estado. El problema aparece cuando esa crítica deriva en una especie de purismo antipolítico donde toda institucionalidad es sospechosa y toda aspiración de poder parece una traición. En contextos como el colombiano, eso tiene consecuencias, al dejar a los feminismos en un lugar ético-discursivo, pero debilitados frente a las disputas concretas por redistribución, representación y transformación institucional.

Porque las derechas sí disputan el Estado. Los poderes económicos sí disputan el Estado. Los proyectos autoritarios sí disputan el Estado. Renunciar anticipadamente a esa arena en nombre de una política puramente comunitaria o ética puede terminar produciendo la paradoja de feminismos con enorme capacidad crítica, pero sin herramientas reales para transformar las estructuras de poder que denuncian. Parecería que las mujeres pueden resistir, denunciar, cuidar o representar simbólicamente lo “comunitario”, pero no gobernar.

Detrás de esto hay una concepción problemática del Estado. Este autonomismo antiestatal tiende a imaginar las transformaciones reales únicamente desde la exterioridad comunitaria, y territorial, mientras el Estado aparece casi exclusivamente como maquinaria masculina de captura y dominación.

Por eso resulta insuficiente un feminismo que diagnostica con agudeza las violencias patriarcales del poder, pero que al mismo tiempo parece incapaz de pensar estratégicamente qué hacer con el poder institucional cuando las propias mujeres subalternizadas logran acceder a él. Hay una diferencia importante entre criticar las lógicas patriarcales del Estado y renunciar a la disputa democrática por transformarlo. Y a veces, en Segato, esa diferencia se vuelve difusa.

Sin embargo, tomar distancia crítica de esas posiciones no implica sumarse automáticamente a las reacciones defensivas y caricaturescas que circularon estos días. Porque muchas de las críticas dirigidas contra Segato también revelan una incomodidad persistente frente a cualquier análisis feminista del poder, la violencia o la masculinidad. Reducir décadas de reflexión teórica a una frase descontextualizada o responder con ironías simplistas sobre el “mandato de masculinidad” tampoco produce una discusión políticamente seria.

De hecho, esto es parte de la imposibilidad de sostener desacuerdos complejos sin convertirlos inmediatamente en operaciones de demolición moral o en defensas doctrinarias cerradas. Ni Segato es una figura intocable cuya obra no pueda ser discutida políticamente, ni toda crítica a sus planteamientos constituye automáticamente misoginia o ignorancia teórica. Pero tampoco las respuestas apresuradas que ridiculizan el feminismo ofrecen herramientas suficientes para pensar las formas contemporáneas de la violencia y el poder.

Una tarea urgente es salir de esa falsa elección. Poder reconocer simultáneamente la potencia crítica del feminismo latinoamericano para comprender las violencias patriarcales y, al mismo tiempo, señalar los límites políticos de ciertos autonomismos que terminan dejando intacta la disputa por el Estado.

Porque si algo demuestra el momento colombiano y regional actual es que las transformaciones profundas no ocurren únicamente fuera de las instituciones, pero tampoco exclusivamente dentro de ellas. Y pensar esa tensión, sin purismos, sin caricaturas y sin renuncias anticipadas, sigue siendo uno de los desafíos políticos centrales de nuestro tiempo.

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*Filósofa y consultora. Profesora en la Universidad del Rosario.
Fuente: Razón Pública

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