abril 28, 2026

“El feminismo que no incomoda es marketing”: Júlia Salander contra el machismo

En la FILBo, Júlia Salander no vino a suavizar la conversación: vino a nombrar el machismo, medirlo y confrontarlo con datos, palabras y respuestas que incomodan.

Créditos: Ana Moya - KienyKe

En medio del ruido de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, donde las voces se cruzan y las ideas se exhiben, Júlia Salander toma la palabra para hacer lo contrario a lo cómodo: incomodar. Politóloga, analista de datos y activista digital, llega con un libro que no busca consenso sino reflexión. Fuego al machismo moderno no es solo un compendio de frases cotidianas; es un ejercicio de memoria, de respuesta y de confrontación.

¿Quién es Júlia Salander en sus propias palabras? ¿En qué momento las convicciones resultaron en un trabajo diario?

Es difícil describirse a una misma. Pero, en esencia, mi trabajo en redes consiste en señalar el machismo, especialmente la violencia que sufrimos las mujeres. Mi objetivo es visibilizar lo que ocurre e invitar a la reflexión.

Hay muchas cosas del machismo que tenemos completamente interiorizadas. Por eso nace también la idea del libro: Fuego al machismo moderno. Es un recopilatorio de frases machistas que hemos escuchado a lo largo de la vida —incluso frases que yo misma he dicho—. Algunas son muy evidentes, otras mucho más sutiles. Lo que hago es recogerlas y responderlas. No para que la gente repita mis respuestas, sino para que las entienda y analice qué hay detrás. Mi objetivo es fomentar el pensamiento crítico, cuestionar aquello que repetimos por inercia y entender qué violencias hemos normalizado.

¿Cómo surge la idea de construir respuestas frente a esas afirmaciones?

Surge de la vida cotidiana y también del trabajo en redes. Muchas seguidoras me escriben diciendo: “Me han dicho esto, sé que está mal, pero no supe qué responder”. A todas nos ha pasado: en medio de un debate te quedas en blanco, y luego, en casa, piensas en lo que hubieras querido decir. El libro nace de ahí, de años escuchando frases, investigando, leyendo y analizando datos. Hay ideas tan arraigadas que requieren profundizar mucho para desmontarlas. Entonces decidí recopilar todo eso y ofrecer herramientas que inviten a reflexionar.

¿El libro puede entenderse también como una respuesta a esa idea de que “callada se ve más bonita”? ¿Qué significa hoy recuperar la palabra?

Totalmente. Hay una frase que me gusta mucho: “Lo que no se nombra no existe”. Por eso es tan importante la palabra. Nombrar, visibilizar, explicar. También reivindico mucho el uso de datos. Los datos aportan una realidad tangible. No es lo mismo decir “los hombres cobran más que las mujeres” que decir “en España los hombres cobran un 23% más”. Ahí ya no estamos en el terreno de la opinión, sino de la evidencia.

Nombrar las cosas con datos permite dimensionar el problema, pero también ayuda a no sentirnos solas. Cuando hablamos, especialmente de violencias como la sexual, entendemos que no es algo individual, sino colectivo. Y eso da fuerza.

¿Qué le han revelado los datos sobre el machismo que no podría verse de otra forma?

Sobre todo en violencia sexual. Hay datos muy impactantes, como que el 60% de las mujeres que han sufrido agresiones sexuales nunca se lo han contado a nadie. También está la cifra de denuncias: en España solo se denuncia alrededor del 8%. Eso significa que el 92% de los casos no llegan nunca a registrarse. Entonces, la magnitud real del problema es difícil de dimensionar. Y hay otros ámbitos, como la prostitución, donde directamente faltan datos. Yo, por ejemplo, soy abolicionista de la prostitución, y cuando intento acercarme a este tema desde esa perspectiva, me encuentro con que no hay cifras claras. No sabemos cuántos hombres consumen prostitución ni cuántas mujeres o niñas están en esa situación. Sin datos, no podemos entender ni combatir el problema. Para poder atajarlo, primero necesitamos dimensionarlo.

¿Cómo evalúa la disposición de los Estados para registrar la violencia machista?

Terrible. Casi no se registran datos. Y no solo eso, muchas veces se registran mal. Por ejemplo, con el feminicidio: dependiendo de cómo lo definas, lo cuentas o no lo cuentas, y hay muchos casos que nunca llegan a las estadísticas oficiales. Entonces es un problema muy grande, porque si no hay datos, no podemos entender la magnitud del problema. Y muchas veces tampoco hay interés en recogerlos, porque dimensionar el problema implica asumir que tienes que buscar soluciones. Y cuando no hay voluntad política real, ¿para qué lo vas a medir?
Hablemos del título: Fuego al machismo moderno. ¿Cómo se manifiesta hoy ese machismo?

Muy turbio. Yo pensaba que las generaciones anteriores eran machistas porque les educaron así. Nadie nace feminista, yo tampoco. Yo me he convertido en feminista leyendo, estudiando, reflexionando, desaprendiendo lo que me habían enseñado. Pero ahora veo a chicos de 16, 17, 18 años con discursos profundamente machistas, incluso más que los de sus abuelos. Y eso me impacta muchísimo, porque ahora tenemos más información que nunca. Creo que las redes sociales tienen mucho que ver. Premian la hostilidad y el odio. Si un chico publica un mensaje insultando a las mujeres y recibe miles de “likes”, eso genera validación social. Aprende que cuanto más odio expresa, más reconocimiento obtiene.

¿Qué papel juegan las redes sociales en este fenómeno?

Es complejo, porque no solo es el algoritmo, también somos nosotros como consumidores. El contenido negativo conecta más, genera más reacción, más compartidos. Si explicas una injusticia, una agresión, eso remueve emocionalmente y se viraliza más que una noticia positiva. Entonces, también hay una responsabilidad colectiva en qué consumimos. En el caso de los incel, por ejemplo, hay mucha frustración y una necesidad de validación grupal. Y en esas comunidades se refuerzan discursos de odio.

Se dice que el machismo actual se esconde en el humor, que es más sútil ¿Cuál es su postura frente a esto?

El humor puede ser una herramienta, incluso para el activismo, pero hay que tener cuidado. Para mí, el humor debe ser horizontal o de abajo hacia arriba. Cuando es de arriba hacia abajo, es violencia. Muchos chistes se hacen sobre mujeres o colectivos vulnerables. Bajo la excusa de “es una broma”, se perpetúan desigualdades. Entonces hay que cuestionar qué hay detrás de ese humor.

¿Cómo ha sido para Julia convivir con el hecho de que sus ideas pueden incomodar?

Hay una frase que me gusta mucho: “El feminismo que no incomoda es marketing”. Yo sé que mis ideas incomodan, pero eso significa que estoy señalando algo que no funciona. Si no incomodas al sistema, es porque no lo estás cuestionando. Entonces, para mí, incomodar forma parte del proceso. Muchas veces intentan invalidar el mensaje criticando el tono, diciendo que somos exageradas o que estamos enfadadas. Pero es una forma de desviar la conversación.

Este libro no solo es para los lectores o lectoras, es también para usted, Escribir es un regalo íntimo y personal… ¿Qué le dejó a Julia Sallenders el proceso de escribir este libro?

Al principio tuve mucho síndrome de la impostora. Me daba respeto dejar mis ideas por escrito, pensar que en unos años podría cambiar de opinión. Pero también pensé: hay muchísima gente publicando sin cuestionárselo tanto. Así que decidí hacerlo. Fue un proceso muy terapéutico, porque muchas de esas frases las recibo en comentarios de odio y nunca respondo por salud mental. El libro me permitió responderlas desde otro lugar. Fue una forma de transformar todo eso en algo útil.

Link de la entrevista:

Fuente: https://www.kienyke.com/las-kienes/el-feminismo-que-no-incomoda-es-marketing-julia-salander-contra-el-machismo

Por 
Samuel Sosa
Fuente: Kienyke

abril 27, 2026

México. Desaparición de niñas y adolescentes, una realidad que no se quiere ver

Desaparición de niñas y adolescentes, una realidad que no se quiere ver |  SemMéxico
Hay abandono de las políticas públicas, señala Omaira de Jesús Ochoa Mercado

Niñas y adolescentes constituyen poco más de la mitad de las personas desaparecidas de ese grupo etario

La desaparición de niñas y adolescentes en México -del que se maneja una cifra diaria de 19 niñas desaparecidas-, es un fenómeno que no se quiere ver, abandonado por las políticas públicas y por el gobierno, por lo cual no existe diálogo y cuando se da es muy selectivo, es espacios limitados de participación, cuestionan el trabajo que hacen las organizaciones de la sociedad civil acompañantes de las familias, señala Omaira de Jesús Ochoa Mercado.

En charla con Sara Lovera López para el podcast Feminismo desde Cero, que realiza la periodista y es producida por la Organización Editorial Mexicana, con el tema “Niñas desaparecidas: la crisis que nadie está frenando”, la defensora de los derechos humanos de las mujeres advierte que hay que ser muy cautelosos con las cifras, pues son apenas un acercamiento, porque la desaparición de niñas y adolescentes está conectado con algo más grande a escala nacional e internacional, como la trata de personas que maneja diversas formas de explotación.

De la gravedad del fenómeno da cuenta la desagregación por sexo en grupos etarios. Cuando se trata de personas adultas, 70 por ciento son hombres y 30 por ciento son mujeres. Pero cuando se habla de niñas, niños y adolescentes desaparecidos la proporción cambia, las niñas y adolescentes ocupan el 51 o 52 por ciento en contraste con el 48 o 49 por ciento de hombres lo que da una pista de cómo ocurren las desapariciones asociadas a redes criminales con la diversificación de fines.

Las personas adultas que privan de la libertad a hombres y mujeres son los mismas que cometen delitos contra la salud, como el narcotráfico. Pero en el caso de las niñas y adolescentes existe una diversificación en negocios ilícitos de trata con fines de explotación sexual, prostitución, matrimonios forzados.

Las niñas y adolescentes son principalmente desaparecidas para ser vendidas para la explotación sexual, mientras las niñas y niños para matrimonios forzados.

Sin respuesta institucional

Omaira de Jesús Ochoa Mercado es integrante de Justicia Pro Persona y del equipo técnico de Nuestros Desaparecidos en México, señala con “desilusión, dolor y enojo” que en la presente administración no hay respuesta institucional a la gravedad del problema.

“No lo quieren ver”, afirma y sostiene que las instituciones tienen una actitud muy crítica con el trabajo que hacen las organizaciones acompañantes de las familias, cuando éstas tienen más de dos décadas de experiencia y promovieron la primera Ley General para Prevenir, Sancionar y Erradicar los delitos en Matera de Trata de Personas.

Las familias lo han señalado en los diversos foros y espacios, pero ha sido un diálogo muy selectivo, muy limitado los espacios de participación.

Duelo que no termina

La feminista especialista en este tema sostuvo que la desaparición de una persona es un duelo que no se cierra, la prolongación del daño, la vulneración de derechos en la desaparición es cotidiana en tanto la persona desaparecida no es restituida.

A diferencia de otras violaciones a los derechos humanos, la desaparición está actualizando el daño, no se limita a la salud emocional de las personas, a la incertidumbre de no saber qué paso, en las condiciones en qué está o pudo estar, lo que merma la salud física de las mujeres que son las que mayoritariamente sostienen la búsqueda.

Madres que suplen al Estado 

Además del interminable duelo, estas familias, principalmente madres se ven en la necesidad de suplir al Estado en la búsqueda de sus familiares y por eso pierden las posibilidades de sostén, de ahí que la desaparición de una niña o adolescente trastoca a toda la familia.

Es común que renuncien al trabajo o al estudio para volcarse en la búsqueda de sus hijas e hijos y por otra parte hay una afectación a esas infancias y adolescencias que son separadas de sus familias, hay orfandad de su entorno familiar.

Ochoa Mercado señala que las redes de trata funcionan de manera internacional. Así México es considerado un país de expulsión, tránsito y destino de estas infancias y adolescencias y existe la posibilidad de que estas niñas sean sustraídas del país con diversos fines, como la explotación sexual, explotación laboral, prostitución y matrimonios forzados.

Denunció que ante el contexto internacional de este fenómeno delincuencial, las acciones que se emprenden no han sido pensadas seriamente, la respuesta es temporal, no se busca que las acciones tengan resultado a largo plazo, lo que deriva en una “mínima respuesta institucional”.

Aunado a que la prevención no existe y no tiene ningún resultado trasladar la prevención a la ciudadanía con carteles dirigidos a las adolescentes de “no hables con extraños en internet”.

Ante el contexto de violencia en todo el país, de conflicto interno considera que se requiere una estrategia integral de paz que primero restituya el tejido social. Apuntó que el Estado de México es peligroso para las niñas y adolescentes siendo los municipios de Ecatepec y Nezahualcóyotl los que se han mantenido como los más riesgosos para las infancias y adolescencias.

Por Elda Montiel
Fuente: SemMéxico

abril 26, 2026

Ana Correa: Tecnología, poder y sesgos. ¿Quién produce sentido en la era de la IA?






No es la inteligencia artificial lo que preocupa, sino cómo reproduce lo que ya existe.
Errores, sesgos, silencios.

En ese punto de tensión aparece OlivIA: una herramienta que no viene a reemplazar decisiones, sino a incomodarlas.

Ana Correa —abogada, comunicadora y activista por los derechos de las mujeres, con formación en relaciones internacionales y comunicación— no habla de tecnología en abstracto: habla de poder, de quién produce sentido y de qué pasa cuando las mujeres no están en ese proceso.

En esta conversación, el punto no es lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino lo que decide no ver.

¿Cómo surge OlivIA y qué problema concreto buscaba resolver dentro del acceso a la justicia?
OlivIA nace de una preocupación concreta: al usar ChatGPT, detecté que los errores se intensificaban en temas de género. La herramienta desconocía autoras mujeres en distintas disciplinas, reproducía estereotipos de hace décadas y omitía sistemáticamente las experiencias de las mujeres. A partir de esa inquietud, hice la especialización en Inteligencia Artificial y Derecho en la Universidad de Buenos Aires, junto con otros cursos, para entender mejor el origen de estos sesgos y cómo mitigarlos. Como trabajo final del posgrado, y con la guía de Mariana Sánchez Caparrós, diseñé esta herramienta dentro del ecosistema de ChatGPT, con el objetivo de cuestionar las respuestas iniciales de la IA generativa y reducir sus errores. Con las limitaciones actuales, OlivIA ya está ayudando a disminuirlos.Ana Correa: 
Tecnología, poder y sesgos.

¿Qué cuidados tuvieron para que OlivIA no reproduzca los sesgos que ya existen en el sistema judicial?
OlivIA fue diseñada incorporando herramientas del feminismo jurídico, en particular la “pregunta de la mujer” desarrollada por Katharine T. Bartlett. Esta consiste, en términos simples, en preguntarse: ¿dónde están las mujeres en este análisis?, ¿sus experiencias están siendo consideradas o ignoradas? Aunque parece una pregunta básica, cuando Bartlett la formuló en 1989 en Feminist Legal Methods, permitió repensar el derecho. Hoy, muchas plataformas digitales no integran esta perspectiva. OlivIA, en cambio, la incorpora como parte de su lógica. Eso genera diferencias concretas: me pasó de buscar información sobre casos de violencia contra las mujeres que han sido públicos y se pueden encontrar en la web, en los que ChatGPT puede omite información relevante ¡le echa la culpa a la víctima y desconoce la agresión!, mientras que OlivIA logra recuperar esa información; y en tareas como la generación de imágenes, cuando varias mujeres le pidieron a Chat GPT que las representara con una ilustración, las hacía varones y con características inventadas. OlivIA, en cambio las hacía como mujeres y sus gustos y características eran mucho más acorde a la realidad. Es muy llamativo realmente porque ChatGPT hace rato que sabe de estos errores, e incluso permite que OlivIA esté instalada dentro de su ecosistema para mitigarlos, se ve que mucho no le importa este nivel de error.

“No es la herramienta la que garantiza el acceso a la justicia, sino cómo se la usa.”

¿Qué limitaciones del sistema judicial intentaron abordar con esta herramienta?
OlivIA surge como una iniciativa individual frente a una preocupación más amplia: la forma en que hoy usamos la inteligencia artificial, de manera masiva, muchas veces sin preparación ni advertencias. No fue pensada exclusivamente para el sistema judicial, pero puede servir para detectar la falta de perspectiva de género en sentencias, escritos y resoluciones. En su diseño incorporé jurisprudencia nacional, del sistema interamericano y de otras regiones, además de estándares internacionales de derechos humanos. Para la construcción de argumentación jurídica, recomiendo también explorar Arvage, la herramienta desarrollada por la jueza Rita Custet, del Tribunal de Impugnación Penal de Río Negro. Y para resguardar datos personales en documentos judiciales, es clave usar antes herramientas como AyMuraY, de Data Género, ya que ChatGPT no ofrece garantías suficientes en ese aspecto.Ana Correa: Tecnología, poder y sesgos.

¿Puede una herramienta tecnológica mejorar el acceso a la justicia o eso sigue dependiendo de decisiones políticas e institucionales?

Una herramienta tecnológica puede mejorar el acceso a la justicia solo si es utilizada por personas y en marcos que tengan ese objetivo como prioridad. No es la herramienta en sí la que lo garantiza, sino su uso. Mal utilizada, incluso puede empeorarlo. En cualquier caso judicial, lo central sigue siendo comprender la trayectoria de vida de las personas involucradas, algo que la IA generativa hoy no puede reemplazar. Por eso, su mejor rol es el de asistente. OlivIA está pensada para hacer preguntas, advertir omisiones y ayudar a ampliar la mirada. Si se usa como apoyo, puede ser útil; si se usa para evitar procesos fundamentales, puede generar más problemas.

¿Qué riesgos ves en que decisiones judiciales empiecen a apoyarse en datos o sistemas automatizados?
El principal riesgo es perder de vista lo esencial: que detrás de cada decisión judicial hay vidas concretas. La idea de “ganar tiempo” debería revisarse: ¿para qué? Estas herramientas tienen que mejorar el servicio de justicia, no deteriorarlo. Son asistentes que pueden ayudar a acelerar procesos y a hacer mejores preguntas, pero nunca deben reemplazar la decisión humana. El margen de error puede ser grave. Además, hay una preocupación clave sobre la protección de datos personales: no está claro qué hacen las plataformas con la información que reciben.

¿Dónde ves el límite entre usar tecnología para ampliar derechos y usarla para administrar desigualdades?
El límite aparece cuando miramos la brecha digital y de conocimiento. Hoy, la tecnología tiende a ampliar desigualdades porque no está al alcance de todos, y en contextos de crisis esto se profundiza. También hay un problema de representación: hay mujeres con aportes fundamentales en inteligencia artificial, pero muchas veces quedan fuera de los espacios de decisión. Esto no solo es injusto, también implica perder perspectivas clave. Además, se da una apropiación del trabajo de mujeres —muchas veces mal remunerado o invisibilizado— sin mantener la perspectiva de derechos. Es como tomar herramientas pensadas para la equidad y usarlas al revés. Frente a esto, muchas mujeres en el campo siguen señalando estas tensiones, aunque no siempre es fácil que sean escuchadas.

La discusión no es tecnológica, es política.

Y, como toda disputa de sentido, también se juega en quiénes quedan dentro —y quiénes siguen siendo omitidas.

Periodista feminista abolicionista, directora/editora de Diario Digital Femenino. Titular de la web de Asesoramiento y Capacitación https://lennycaceres.com.ar/
Fuente: Diario Digital Femenino

abril 25, 2026

La ugandesa Jennifer Nansubuga Makumbi defiende el feminismo indígena en su novela ‘La primera mujer’


Jennifer Nansubuga Makumbi es una escritora ugandesa que ofrece una visión distinta del feminismo más allá de los eslóganes hegemónicos. Su libro The First Woman (2021) acaba de ser traducido al castellano con el nombre de La primera mujer.

La novela propone una revisión de los parámetros patriarcales para demostrar que la desigualdad de género se ha encontrado siempre con formas de resistencia, incluso mucho antes de que el feminismo occidental tuviese presencia en África.

Marta Sofía López (izquierda) y Jennifer N. Makumbi (derecha) en la presentación de Madrid. Lara Tortosa Signes, Author provided (no reuse)

La autora presentó el libro junto a Marta Sofía López, su traductora, en varias ciudades españolas durante el mes de marzo. Ambas consideran que, pese a ser una historia contextualizada en la Uganda de finales del siglo XX que visibiliza las mujeres rurales, trata temas que pueden apelar al público universal.
La importancia de las historias ancestrales

Las autoras africanas han subrayado siempre la influencia de las antepasadas en su visión del mundo. Muchas de ellas, como la nigeriana Buchi Emecheta o la ghanesa Ama Ata Aidoo, contaban cómo las historias que escucharon de sus abuelas y tías les ayudaron a entender su realidad y construir sus propias narrativas.

En La primera mujer, la joven protagonista, Kirabo, experimenta incomodidad al tener que obedecer los mandatos patriarcales. Kirabo se siente atrapada en su cuerpo y cada vez que es obligada a arrodillarse delante de un hombre –una práctica tradicional–, se tensa y siente dolor. Esta situación la lleva a desdoblarse: mientras su cuerpo sigue las normas, su “otra yo” vuela hacia el exterior para escapar de la realidad.

Como consecuencia, Kirabo decide hablar con la bruja de la aldea, Nsuuta, para entender qué le ocurre. Nsuuta, una anciana ciega que ha vivido una vida fuera de los rígidos estándares de la sociedad, le revela el mito de “la primera mujer”. Este afirma que las mujeres eran en realidad tan poderosas que los hombres tuvieron que encontrar la forma de minimizarlas y anularlas. Para poder hacerlo, inventaron que ellas eran seres acuáticos que no pertenecían a la tierra (y, por tanto, no podían poseerla). De esta manera, ellos se adueñaron de los espacios físicos, relegándolas a un segundo plano y considerándolas inestables, como el agua.

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Aunque la novela describe mayoritariamente la situación de las habitantes de una región de Uganda, se pueden encontrar muchas similitudes con la vida de una mujer en cualquier parte del planeta. Se tratan cuestiones como el alargamiento de los labios menores, la disparidad social y económica, el abandono y la idealización de las figuras masculinas.

Al hacerlo la autora muestra cómo las historias y los conocimientos ancestrales pueden explicar nuestra condición y enseñarnos a combatir las desigualdades.
‘Mwenkanonkano’ o el feminismo indígena

A pesar de que la lucha contra la violencia patriarcal forma parte de la vida de las africanas desde tiempos inmemoriales, el término “feminismo” no ha sido muy popular. En Uganda especialmente, la palabra sonaba demasiado extranjera y no acababa de ser aceptada por las escritoras

.


En el caso de la novela, su feminismo se asemeja al propuesto por la académica Obioma Nnameka, quien defendía que la teoría feminista debía edificarse sobre lo indígena y ser lo suficientemente flexible como para adaptarse a diferentes cosmovisiones.

En La primera mujer, Makumbi utiliza la palabra “mwenkanonkano”, una forma de resistencia indígena encabezada por Nsuuta. De hecho, Nsuuta rechaza los discursos occidentales porque siente que no representan a todas las mujeres. La autora ofrece la perspectiva de estas mujeres criadas en el entorno rural de una nación poscolonial. También hace referencia a las luchas diarias y las formas en las que éstas tienen que resistir a la opresión masculina en su propio contexto. La elección del término “mwenkanonkano” no es casual; Makumbi ha afirmado que ninguna de sus antepasadas se hubiese llamado a sí misma “feminista”.

Además, La primera mujer denuncia marcados casos de violencia simbólica cuando otros personajes de la novela se oponen a la rigidez patriarcal. Este es el caso de la tía paterna de Kirabo, quien le habla de la sexualidad y la anima a encontrar un hombre que le proporcione placer. Otra de sus tías se ve obligada a dejar el hogar porque la gente del pueblo la acosa y su abuelo la relega a las habitaciones de los sirvientes tras enterarse de que está viéndose con un chico.

Por otro lado, cuando Kirabo asiste a una escuela privada, se da cuenta de que los chicos no sufren repercusiones si tienen relaciones sexuales, mientras que las chicas son expulsadas sin posibilidad de volver si quedan embarazadas. De esta manera, Makumbi subraya las desigualdades y la falta de autonomía de las adolescentes.

Aunque Nsuuta no ha recibido una educación feminista, recurre a los cuentos orales para demostrar la importancia de la sororidad, la resilencia y la independencia. A través de ese personaje, Makumbi refleja cómo el conocimiento puede venir de las madres y abuelas y reivindica la importancia de las voces femeninas. Así, la narración se convierte no solo en una forma de arte y belleza sino en un ejercicio de supervivencia.

  • Link original: https://theconversation.com/la-ugandesa-jennifer-nansubuga-makumbi-defiende-el-feminismo-indigena-en-su-novela-la-primera-mujer-277111



Doctoranda en Lenguas, Culturas y Literaturas, Universitat de València


Profesora Titular Departamento de Filología Inglesa y Alemana (Literatura Norteamericana y Decolonial), Universitat de València, Universitat de València

Fuente: The Conversation

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in