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abril 12, 2026

Hallazgo científico, muchas décadas después. El clítoris ya se puede apreciar y conocer como se merece


Se realizó el primer mapeo completo en 3D de los nervios del clítoris. Una investigación que llega 30 años después del mismo estudio realizado para el pene.


El clítoris es un órgano eréctil femenino, encargado del placer. Está conformado por músculos, ligamentos, nervios y tejido nervioso. (Gentileza -)


Posar la lupa sobre la red nerviosa clitoriana reveló que es mucho más compleja y extensa de lo que se creía. El clìtoris es el órgano sexual del aparato genital femenino y su función es brindar placer sexual, sin embargo es uno de los órganos menos estudiados del cuerpo humano, entonces si no conocemos sus partes, sus tejidos, su forma, ¿cómo podemos entender su funcionamiento? Este órgano está ubicado en el piso pélvico y, muchas de sus partes, están rodeadas por el hueso pélvico y órganos de la zona pélvica. “Desde el inicio, la concepción del órgano fue denostada por una visión machista y patriarcal de la misma anatomía del cuerpo humano”, señala Luciana Kaczewer, médica especialista en psiquiatría, psicoterapeuta y ex residente del Hospital Laura Bonaparte, y agrega que “esto no es casualidad porque la medicina no escapa al patriarcado y al machismo”.


La investigación liderada por Ju Young Lee, del Centro Médico de la Universidad de Amsterdam, construyó el primer mapa de la red completa de nervios del clítoris. Esta imagen 3D permite visualizar y estudiar las distintas partes de este órgano, sus nervios y su tejido eréctil, por ejemplo. Luciana suma: “Estudios histológicos revelaron que la densidad de inervación del clítoris es varias veces mayor que la del pene, entre 6 a 15 veces más. Esto quiere decir que un mapa 3D nos permite ver el órgano en su totalidad, su relación con los órganos de la zona pélvica y su composición parte por parte como nunca antes. El mapa en 3D fue creado utilizando imágenes de alta resolución para superar las limitaciones metodológicas previas”.

¿Qué significa “mayor densidad de inervación”?

-Que hay más inervación en una porción más chica de tejido, esto quiere decir que hay mayor excitabilidad sexual, mayor sensibilidad, por lo tanto, una forma de producir placer superior. Funcionalmente tiene una acción única: ¡producir placer!

Este estudio aparece 30 años después del mismo estudio para el pene, ¿por qué?

-Por dónde empezar, ¿no? Sin dudas el tabú cultural en torno a la sexualidad femenina ha obstaculizado su investigación científica durante siglos, en el siglo XVI ,un anatomista francés describió el clítoris como el “miembro vergonzoso” [Estienne , C. Le dissection des Parties de corps humain divisée en trois livres (Simón de Colines, 1546 )]. También es evidente que los libros de texto de anatomía estándar no incluyeron el clítoris hasta el siglo XX. Y la literatura científica muestra que cuando se introdujo en la 38º edición de Grey’s Anatomy, se le denominó erróneamente “una versión pequeña del pene”. Por otra parte, diferentes estudios mencionan dificultades técnicas por el tamaño del clítoris en relación al tamaño del pene.

¿Dificultades técnicas para estudiarlo?

-Claro. Tanto por el tamaño como por la posición anatómica dentro de la pelvis, no tenían material adecuado para poder estudiarlo. Se mencionan dificultades en la resección (separar) de los tejidos y así dificultades para poder explorar la zona.
Preguntas por el placer

Esto nos debe habilitar hacernos preguntas, dice Luciana, y enumera: “¿Al servicio de qué se han estudiado saberes sobre el cuerpo humano? ¿Por qué se preponderan los conocimientos sobre la anatomía genital masculina, en relación a la anatomía genital femenina? ¿Qué no sabemos sobre nuestro cuerpo? ¿Qué nos falta saber sobre el clítoris? Si no sabemos sobre nuestro cuerpo, tampoco sabemos qué métodos fueron los establecidos culturalmente para pensar la sexualidad femenina y cómo esto se vincula con la posibilidad de pensar y ejercer nuestro placer”.

“Este trabajo establece una base anatómica importante que facilita futuras investigaciones sobre las características funcionales y moleculares de la inervación”. Cuando Luciana dice “inervación” se refiere a la acción de los nervios en los tejidos: por ejemplo, generar impulsos motores y enviar información al cerebro para la excitación del clítoris.

¿Qué fue posible identificar?

-Su profunda ubicación dentro de la pelvis y relación con los órganos de la zona. Fue posible observar la trayectoria de la inervación del clítoris de forma tridimensional y, como nunca antes, la trayectoria completa del nervio dorsal del clítoris hasta el glande e identificar una extensa inervación al capuchón del clítoris y al monte de Venus, que es todo el tejido blando y tejido graso que se encuentra sobre el hueso púbico. ¿Qué quiere decir esto? Que se empieza a ver y entender como está inervado nuestro clítoris y parte de nuestra vulva también.

¿Qué características tiene el clítoris?

-El clítoris es un órgano eréctil femenino, encargado del placer. Está conformado por músculos, ligamentos, nervios, tejido nervioso. Tiene una cabeza sexualmente sensitiva en su punta (el glande), justo igual que la cabeza de un pene. Viene equipada con un prepucio y, durante la excitación sexual, el prepucio se retrae, exponiendo el glande del clítoris, el pequeño botón que la mayoría de las personas cree que es el órgano completo.

¿Qué implicancias socioculturales trae aparejadas este mapa 3D?

-Vamos a poder entender -y por qué no- relacionarnos mejor con este órgano del placer femenino. Entender cómo funciona nuestro proceso de excitación y cómo está todo nuestro aparato genital implicado. También preguntarnos cuánto sabemos sobre nuestra anatomía. Esto está ligado a pensar nuestro placer. Abrir nuevas preguntas sobre nuestra sexualidad y nuestro placer. Si conocemos, si podemos preguntarnos, podemos pensar también en formas de cuidarnos y en formas de vincularnos con nuestra sexualidad y placer.

¿Y a nivel médico?

-A nivel médico va a permitir tener una forma de intervención quirúrgica distinta de la zona vulvar, tanto en la cirugía de afirmación de género como en la cirugia reconstructiva tras una mutilación genital, que recordemos que aun existen. Pienso también en que el pene es un órgano expuesto, con sus tejidos sensibles también expuestos y visibles, y el clítoris no, se ubica hacia dentro en la zona pélvica. Eso también influyó a la hora de estudiarlo.

Hay una herencia sexista alrededor del clítoris, desde la frase freudiana “envidia del pene” hasta el mito de la “vagina dentada” como espacio hostil, o que es una “pequeña versión del pene”.

-Podemos pensar en la biopolítica del clítoris, en las prácticas jurídicas a la protección del placer de la mujer. Como te decía antes, recordemos que en el mundo aún hoy en día hay prácticas de mutilación genital femenina. La invisibilización conlleva no tener que pensar políticas públicas de salud y sexuales, políticas jurídicas de protección, a no pensar cómo educamos a nuestras niñas y niños, o pensar cómo se escriben los manuales educativos. ¿Cuánto saben niños y niñas de la anatomía femenina, qué cambiaría en nuestras prácticas y vínculos sexuales si supiéramos más sobre nuestros cuerpos? Estamos frente a la paradoja de que mientras el cuerpo femenino es utilizado como objeto, frente a lo estético y frente a la moda, el clítoris, como gran centro de placer femenino, es desconocido. Pienso en el adoctrinamiento femenino, en el escaso acceso al conocimiento sobre nuestra propia anatomía, sobre cómo vivimos y entendemos nuestro placer y si eso nos lleva a perpetuar roles de género.

¿Como trabajadora de la salud mental, te preguntás cuáles son los alcances de estos descubrimientos?

-Sí, y espero que no estén al servicio de seguir patologizando nuestros cuerpos y creando métodos médicos capitalistas sobre la anatomía femenina. Con esto me refiero a crear más dispositivos con fines frívolos sobre nuestro cuerpo. Lo pienso en relación a una práctica en ascenso entre las esferas de mayores recursos económicos, que son las cirugías genitales estéticas, que tienen el objetivo de retirar partes de los labios menores o tejido sobrante para ponderar un aspecto estético. Si sabemos los efectos adversos sobre dichas cirugías podríamos informar mejor a las usuarias que eligen esos métodos quirúrgicos estéticos y ponderar el caso de forma subjetiva.

¿De qué maneras esas teorías y mitos permearon la sexualidad femenina a lo largo de los años?

-Me parece importante pensar cómo la falta de información sobre nuestro cuerpo puede generar la perpetuación de nuestro rol social y cultural. Crecer pensando que tu cuerpo fue hecho para tener hijos e hijas, es muy distinto a entender que podemos tener placer y además decidir si queremos maternar o no. Las teorías y mitos generan y mantienen lugares de poder establecidos donde no hay cuestionamientos posibles.

Fuente: Página/12

agosto 29, 2025

Luisa Posada: «La sexualidad ha sido uno de los lugares más claros de opresión de las mujeres»



La filósofa Luisa Posada Kubissa acaba de publicar un ensayo riguroso, de lectura fluida y con un carácter marcadamente político: Feminismo: lugares y ecos. ‘Los lugares’ son una síntesis de la agenda feminista, en la que la sexualidad y la pobreza y falta de recursos de las mujeres se convierten en los dos ejes en torno a los cuales debe estar articulada la agenda feminista. Y en los ecos mira al pasado, a nuestra genealogía, para pensar y transformar el presente.

– Luisa, ¿puedes explicarnos a qué aludes en el título de tu libro cuando hablas de lugares y de ecos?

– He comenzado este libro afirmando que no hay lugares sin ecos. Y esta afirmación apunta a las dos primeras partes en las que lo he dividido: en la primera parte me he propuesto recorrer algunos lugares por los que transita y ha transitado el discurso feminista, un discurso que en realidad es una agenda de compromiso político y de praxis militante. O, si no es esto, no es nada. Pero esa agenda, como he querido recoger en la segunda parte de este libro, va de la mano de aquellos ecos que la pueblan. Son ecos a veces familiares y cercanos, y otras veces son ecos más lejanos y débiles. Pero siempre están ahí y reconocerlos dota al terreno que pisamos como feministas de memoria y significado.

Este libro vuelve en sus últimas páginas sobre sí mismo y queda en pie más de una pregunta. Por ejemplo: ¿es posible deconstruir el sujeto “mujeres”, cuando apenas se ha constituido en nuestro mundo? ¿A quién puede beneficiar que se disuelva un sujeto de los que con más fuerza han encarnado un proyecto emancipatorio y crítico? ¿Cómo pensar de nuevo el sujeto “mujeres” en un justo medio que no lo entiende como una esencia, pero tampoco como una mera ficción de la que prescindir? Responder a estas preguntas es también transitar por los lugares del pensamiento y la crítica feministas.

– ¿Podrías sintetizar lo que nos ha dejado para el presente las obras de Pizan, Goldman y Astell? ¿Por qué es importante la genealogía feminista?

– Las feministas hemos aprendido a pensar con una larga tradición de señas feministas compartidas, como son las figuras emblemáticas de Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft, ya desde finales del siglo XVIII; con el sufragismo y su dilatada batalla de casi cien años; o con la fuerza del discurso y la praxis del feminismo en los años 60 y 70 de nuestro siglo precedente, con nombres como Betty Friedan, Kate Millett o Shulamith Firestone, todas ellas herederas de una forma o de otra de la gran Simone de Beauvoir.

Pero hay otras voces, que apenas son ecos, que también habitan los lugares que componen la agenda feminista. Aquí, en una segunda parte del libro, me he propuesto recuperar precisamente algunos de esos ecos, que hoy resultan más lejanos y, con ello, quizá menos conocidos: es el caso de Christine de Pizan o de Mary Astell, cuyas voces parecen perderse en la distancia de los siglos, o de Emma Goldman, cuyo discurso feminista se entrelaza con una posición anarquista que colabora a difuminarlo.

Cuando Pizan se dirige a todas las mujeres en los albores del Renacimiento, concretamente en 1405, inaugura sin duda una interlocución que después nunca ha sido abandonada por el feminismo. El eco de su reclamación del acceso de las mujeres a la educación y al conocimiento resuena en las propuestas de Mary Astell en el siglo XVII en Gran Bretaña ya antes de la famosa Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft. Y no otro es el espíritu que, tres siglos después, está detrás del discurso con el que Goldman transita por las reivindicaciones feministas y las ajusta a sus particulares análisis políticos anarquistas.

«Me he propuesto recuperar precisamente algunos de esos ecos, que hoy resultan más lejanos y, con ello, quizá menos conocidos: es el caso de Christine de Pizan o de Mary Astell, cuyas voces parecen perderse en la distancia de los siglos, o de Emma Goldman»

He querido reencontrar estas tres voces que habitan en los lugares del pensamiento, la memoria y la agenda feministas, como ecos que en ocasiones puede resultar difícil escuchar, pero que están ahí. Traerlos a escena quiere revelarlos como parte también de esa trama que compone la trayectoria genealógica e histórica en la que las feministas podemos reconocernos. Porque es necesaria la genealogía feminista para no perder nuestra memoria y nuestras señas de identidad a la hora de seguir pensando un proyecto de emancipación como el feminismo es.

– ¿Se podría decir que esos seis lugares de los que hablas son el núcleo de la agenda feminista?

– El discurso y la agenda feministas se comprometen con aquellos lugares donde su voz se hace imprescindible. En una primera parte este libro quiere dar cuenta de esos compromisos feministas, que no solo no se desentienden de la realidad de las mujeres, sino que asumen su tarea crítica a la hora de hablar de cosas como la feminización de la pobreza, la agresión y la violencia contra las mujeres, la violencia sexual, la trata de mujeres con fines de explotación sexual, la práctica del alquiler de vientres o la reivindicación del sujeto político. Todos estos son lugares por los que hoy transitan la praxis y la teoría crítica feministas, armando su discurso a partir de sus propias señas de identidad como proyecto de emancipación.

No se trata de abordar “temas de mujeres”, sino de apelar a gran parte de esas situaciones en las que hoy todavía la humanidad sigue sin salir de su vergonzosa “minoría de edad racional”, por usar términos kantianos. Y aquí se quiere recorrer esos lugares precisamente con la mirada puesta en su revisión. Una revisión que permita aportar las claves y las propuestas para transformarlos.

«La feminización de la pobreza, la agresión y la violencia contra las mujeres, la violencia sexual, la trata de mujeres con fines de explotación sexual, la práctica del alquiler de vientres o la reivindicación del sujeto político. Todos estos son lugares por los que hoy transitan la praxis y la teoría crítica feministas»

Esos seis lugares que recorre la primera parte del libro forman parte del núcleo de la agenda feminista. Una agenda de la que también forman parte algunos lugares que este libro no transita, porque de estos ya hay una rica bibliografía especializada, como son la prostitución y la pornografía. Todos estos lugares componen una agenda de compromiso político, intelectual y militante, frente a la cual el feminismo no puede esconder la cabeza en la tierra ni nunca lo ha hecho. Antes bien siempre ha dado voz a su propio discurso crítico embarcado en una praxis política sin la cual ese discurso carecería de sentido. No se ha pretendido aquí que el feminismo pueda dar recetas o soluciones mágicas a esos problemas estructurales que se abordan en la primera parte de este libro. Pero sí se ha querido dar cuenta de cómo el feminismo los ha pensado ampliamente, ha transitado por esa agenda urgente y ha ofrecido sus propios discursos y elaboraciones para afrontarlos

– ¿Podrías explicar qué lugar ocupa la sexualidad en la agenda feminista?

– Ya la gran Kate Millett, en su obra Política sexual de 1970, analizaba cómo las relaciones sexuales, hasta las que se pretenden más íntimas y privadas como el coito, son en realidad relaciones políticas y, por tanto, de poder. Millett resignifica para el feminismo la dicotomía sexo-género, entendiendo que lo primero es la diferencia puramente biológica sobre la que se construye culturalmente el género: las relaciones de jerarquía de lo masculino sobre lo femenino, que implican los roles sociales, los estereotipos masculino-femenino, la división sexual del trabajo y también las posiciones asimétricas en el ámbito de la sexualidad. En este ámbito, la cultura patriarcal siempre ha asociado la sexualidad femenina a la reproducción y ha establecido las relaciones afectivo-sexuales por el patrón masculino.

La prohibición del aborto, de los métodos anticonceptivos y de la educación sexual no es aún una política poco común a escala planetaria. La falta de igualdad real, y no solo formal, entre los sexos perpetúa una sexualidad femenina que se mueve entre la represión y la hipersexualización. Y esa sexualidad se expresa en formas cada vez más crecientes de violencia sexual en nuestras sociedades. Es una violencia que se traduce como explotación sexual de las mujeres en la prostitución y la trata, como mercantilización de sus cuerpos en la pornografía, como mercado del alquiler de sus vientres para la llamada maternidad subrogada, etcétera.

Se habla hoy de la necesidad del consentimiento femenino en las relaciones sexuales. Pero ¿de qué hablamos al hablar de consentimiento femenino? La pensadora estadounidense Catharine MacKinnon cuestiona el libre consentimiento sexual femenino, ya que entiende que tal cosa es imposible en un marco de relaciones en el que la sexualidad femenina es siempre heterodesignada y no es fruto, por tanto, de la autodeterminación. La fuerza física, el poder político y la supremacía económica en nuestras sociedades siempre son de los hombres, sostiene MacKinnon, con lo que no hay posibilidad alguna para hablar de relaciones de igualdad en el campo de la sexualidad. Y sin esas relaciones en igualdad la sexualidad femenina nunca podrá considerarse una sexualidad libremente elegida y libremente ejercida. Por todo ello, la sexualidad ha sido un tema central que se ha colocado en la agenda feminista, en particular con el feminismo contemporáneo de los años 60-70 del siglo precedente. Porque la sexualidad ha sido uno de los lugares más claros de la opresión de las mujeres, ya que siempre se ha construido desde las señas de identidad patriarcales que han negado a estas el control sobre su propio cuerpo, su deseo y, en definitiva, su sexualidad.

«¿De qué hablamos al hablar de consentimiento femenino? La pensadora estadounidense Catharine MacKinnon cuestiona el libre consentimiento sexual femenino, ya que entiende que tal cosa es imposible en un marco de relaciones en el que la sexualidad femenina es siempre heterodesignada»

– Escribes sobre feminización de la pobreza: ¿cómo puedes traducir eso en términos de la agenda feminista?

– Decidí de manera muy consciente dedicar el primer capítulo de este libro a la feminización de la pobreza. Y lo decidí, porque creo que es un lugar urgente que la agenda feminista tiene que recuperar como prioritario. Las mujeres que sufren pobreza en nuestro planeta son las más pobres de los pobres. Y que son las más pobres se evidencia si tomamos en cuenta su calidad de vida como un todo: las mujeres son más pobres no solo porque hablemos de una mayor escasez de recursos, sino porque en un gran número viven expuestas a condiciones materiales que incluyen la violencia, la explotación e incluso la muerte.

Frente a esto el feminismo ha dado voz a su propio discurso crítico embarcado en su propia praxis política. No se pretende aquí que el feminismo pueda dar recetas o soluciones mágicas a un problema que es estructural, como lo es la feminización de la pobreza que, como sabemos, tienen mucho o todo que ver también con el orden mundial del neocapitalismo galopante. Pero, como digo, creo que debe volverse a esa realidad como uno de los puntos prioritarios de su agenda.

«Las mujeres son más pobres no solo porque hablemos de una mayor escasez de recursos, sino porque en un gran número viven expuestas a condiciones materiales que incluyen la violencia, la explotación e incluso la muerte»

No se trata obviamente de hablar solo de que hay mujeres que son pobres, de manera absoluta o de manera relativa. De lo que se trata con esta conceptualización es de asumir una perspectiva feminista que debe incorporar tres claves analíticas: a) que las causas estructurales de la desigualdad de las mujeres en el planeta las hace más susceptibles de sufrir pobreza y que ello explica que, de las personas cuantificadas como pobres en el mundo, el 70% sean mujeres; b) que la pobreza entendida como falta de libertad para desarrollar las capacidades impacta en particular en las mujeres, precisamente por su desigualdad estructural y, por tanto, por una mayor posición de sometimiento que impide ese desarrollo de las capacidades; y c) que la noción misma de “feminización de la pobreza” no tiene solo un sentido descriptivo, sino que hay que asumirla en su carga política fundamentalmente reivindicativa.


– ¿Por qué te preguntas, aunque sea retóricamente, qué son las mujeres: un emblema o una ficción?

– El libro vuelve en su tercera y última parte a una cuestión que ya estaba presente en su primera parte: cómo pensar hoy el sujeto político feminista. Porque, con el vendaval postmoderno de pensamiento el sujeto, no solo el feminista, ha sido herido de muerte. Se entiende: lo que queda herido de muerte es la idea moderna del sujeto que se abrió paso a partir del siglo XVIII, como un sujeto capaz de llevar adelante sus proyectos emancipatorios, porque era pensado como un sujeto fuerte y constituyente del poder y del discurso. El giro de la postmodernidad va a consistir, entre otras cosas, en entender que el sujeto no es constituyente del poder y el discurso, sino que está constituido por el poder y el discurso.

Esta defunción filosófica y cultural del sujeto de la modernidad afecta también al feminismo, que asiste a cómo se ha defendido desde posiciones postmodernas la deconstrucción o la defunción del sujeto “mujeres”, que es el sujeto político que ha servido de fundamento a la lucha política y al proyecto mismo de la emancipación feminista. Pero esa lucha y ese proyecto feministas resultarían impensables “sin un principio regulativo de acción, autonomía e identidad”, como ha definido la filósofa Seyla Benhabib al sujeto. Lo que esta pensadora se pregunta, frente al afán de desdibujar el sujeto “mujeres”, es ¿cómo sería posible un proyecto de emancipación, en este caso el proyecto feminista, sin un sujeto que lo asuma como propio?

Este libro vuelve, como digo, en sus últimas páginas sobre sí mismo y sobre estos debates. Porque, como ya he dicho, queda en pie más de una pregunta. Por ejemplo, queda en pie la pregunta de cómo pensar hoy el sujeto “mujeres”.

Proponer respuestas a esta cuestión ha significado pensar en este libro el sujeto “mujeres” desde una perspectiva que, sin “esencializarlo”, no lo niegue. Y que, por lo tanto, como el último apartado ha tratado de analizar, no se mueva en la dirección de volver a hacer de las mujeres algo esencial, algo así como un “emblema de la comunidad” como lo quiere por ejemplo la pensadora Rita Laura Segato. Pero que tampoco quiera borrar su significado material convirtiéndolo en un mero nombre vacío, al estilo de las propuestas de Paul B. Preciado. En esta tercera parte del libro he ido críticamente sobre estas dos propuestas actuales que se mueven en dos extremos que resultan inconciliables.

Y, más allá de esos extremos, he querido en el cierre de mi libro argumentar por qué el feminismo sigue necesitando, también estratégicamente, de ese sujeto “mujeres” para llevar a cabo su propio proyecto. Un proyecto que, utilizando aquí la expresión del filósofo Habermas cuando se refiere a la Ilustración, sería un “proyecto inacabado”. Ese proyecto tiene, como aquí se ha tratado de mostrar, sus lugares de lucha. Tiene también ecos de su propio legado. Llevar adelante ese “proyecto inacabado” no es un mero “asunto de mujeres”, sino un compromiso común de la humanidad por su propio futuro.

«He querido argumentar por qué el feminismo sigue necesitando, también estratégicamente, de ese sujeto “mujeres” para llevar a cabo su propio proyecto»

– ¿Podrías explicar por qué las mujeres somos el sujeto del feminismo y no lo son también algunos grupos sociales discriminados?

– Esta pregunta enlaza, en gran medida, con la anterior. Teniendo en cuenta lo que en ella he señalado sobre el sujeto “mujeres”, puedo añadir que el feminismo, en tanto que, como lo decía la filósofa Celia Amorós, es el proyecto de un mundo más justo por más igualitario, siempre ha ido e irá de la mano de todas las reclamaciones para acabar con todo tipo de discriminación injusta. Pero que el feminismo vaya de la mano de esas posiciones no significa que tenga que disolverse en ellas, o que no tenga su propio sujeto específico, las mujeres. Porque las mujeres no somos un grupo discriminado más, sino que componemos la mitad de todos los grupos, discriminados y no discriminados. Y nuestra opresión es una opresión estructural, basada en la desigualdad estructural entre los sexos, y no una discriminación que se pueda resolver sin erradicar el sistema patriarcal.

En otras palabras, ¿por qué pienso que las mujeres somos el sujeto del feminismo y tenemos que seguirlo siendo? Porque la realidad material de las condiciones de vida de muchas, de muchísimas mujeres en nuestro planeta -este planeta en proceso de globalización neoliberal galopante – exige todavía hoy pensar desde el feminismo un proyecto de emancipación sexual, económico, social, político, cultural e incluso personal. Y para ese proyecto a gran escala yo creo que todavía se necesita un sujeto fuerte, un sujeto “mujeres” que, a pesar de sus diferencias que nadie niega, tenga objetivos políticos comunes (que es lo que define a un sujeto político). Y las mujeres tenemos objetivos políticos comunes porque las mujeres padecemos dominaciones comunes por el hecho mismo de ser mujeres, aun con todas nuestras diferencias culturales, locales, de “raza”, de clase, de preferencia sexual, etc.

En definitiva, y por decirlo muy brevemente como ya lo he repetido en otras ocasiones, yo tengo muy clara una cosa: que defender que se deconstruya hoy el sujeto “mujeres”, que prescindamos de él como sujeto político del feminismo, no puede venirle bien si no es a los propios intereses del patriarcado.

«Defender que se deconstruya hoy el sujeto “mujeres”, que prescindamos de él como sujeto político del feminismo, no puede venirle bien si no es a los propios intereses del patriarcado.

Por Rosa Cobo Bedia
Fuente: Geoviolenciasexual

mayo 13, 2025

La falta de conciliación perjudica seriamente la salud (sexual)

Tras el bulo (machista) que dice que los hombres siempre quieren sexo y las mujeres casi nunca, especialmente después de tener hijos, hay una razón que poco tiene que ver con genes, hormonas o rasgos 'naturales': la falta de corresponsabilidad y la tremenda saturación de las madres

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 Ilustración de Juárez Casanova

“A veces, cuando llega a la cama, me hago la dormida”. Elena confiesa su estrategia para evitar el sexo con su pareja (hombre) en un grupo de chat que comparte con otras madres más o menos recientes. Y Laura le responde: “Yo cuando veo que se pone cariñoso y yo estoy agotada tiro del típico 'me duele la cabeza' o algo parecido. ¡Ya sé que un tópico, pero es que no puedo entender que no sé dé cuenta de que las cosas no funcionan así!”. Que la vida sexual de una pareja no es igual el primer día que el cuarto año de relación es algo que suele costar aceptar. Que la vida sexual en pareja cambia cuando tienes hijos es algo que descubres... cuando tienes un hijo. Y que también cuesta aceptar. Tras el bulo (machista) que dice que los hombres siempre quieren sexo y las mujeres casi nunca, especialmente después de tener hijos, hay una razón que poco tiene que ver con genes, hormonas o rasgos 'naturales': la falta de conciliación y la tremenda saturación de las madres.

La sexóloga Sonia Encinas lo ha resumido con una frase que preside la contraportada de su último libro, El sexo de las madres (Roca): “No es que las mujeres deseen menos, es que están hasta el coño”. En el libro, Encinas subraya que en el sexo, el contexto lo es (casi) todo. “La vida sexual se da en un contexto concreto, para que el deseo se dé, para que haya disposición a tener un encuentro sexual, tiene que haber cierto excedente de energía y de bienestar. Si el contexto hace que las mujeres vayan agotadas, sobrecargadas y hasta arriba de estrés y de ansiedad eso es incompatible con que haya deseo. La sobrecarga que arrastran muchas madres influye directamente en su deseo”, explica.

Es algo que la sexóloga comprueba continuamente en la consulta: parejas heterosexuales en las que la falta de corresponsabilidad inhibe la libido, no solo por la escasa energía que queda para el sexo, sino porque ese reparto desigual hace que a ellas se les acumule la desazón, la rabia y la desconexión con su pareja, al que dejan de ver como un adulto con el que relacionarse de igual a igual.

"Cuando una carga con tareas de más, le queda menos energía disponible para dedicarla al placer en general, entre otras cosas, al sexo. También influye en cómo colocas a tu pareja, en que dejes de verle como un adulto funcional con el que tienes una relación horizontal para empezar a verle como una tarea más, porque parece que tienes que decirle lo que tiene que hacer. La corresponsabilidad marca si te ves como un equipo o no. Como dicen muchas: si soy tu madre, no me apetece follar contigo.

“Cuando una carga con tareas de más, le queda menos energía disponible para dedicarla al placer en general, entre otras cosas, al sexo. Asumimos más responsabilidades y eso nos hace vivir más rígidas”, afirma Sonia Encinas, que invita a que nos preguntemos cuánto tiempo dedican, de media, mujeres y hombres al ocio y el disfrute. Si una mujer dedica más tiempo, energía y esfuerzo las tareas de cuidado de todo tipo que un hombre con el que tiene una relación, se sobrecarga. “Y eso influye en cómo colocas a tu pareja, en que dejes de verle como un adulto funcional con el que tienes una relación horizontal para empezar a verle como una tarea más, porque parece que tienes que decirle lo que tiene que hacer. La corresponsabilidad marca cómo te relacionas, si te ves como un equipo o no. Como dicen muchas: si soy tu madre, no me apetece follar contigo”.

Ellos no lo entienden

Si en el chat de Laura y Elena las mujeres se desahogan, hombres como Javi o Luis lo hacen en una comida con amigos. No entienden qué pasa en sus relaciones ni qué hacer para que sus parejas quieran más sexo. “Me gustaría que ella me buscara alguna vez”, dice uno. “La mía nunca quiere”, se queja otro. En sus diagnósticos hay frustración, rabia, resignación –como en los de ellas–, pero no aparecen tanto los cuidados, la conciliación, la carga mental o la corresponsabilidad como factores a tener en cuenta.

El psicólogo Iñaki Lajud, que trabaja tanto en clínica como con grupos de hombres, constata que la carga de unos y otras sigue siendo muy desigual y que eso puede crear en ellas resentimiento, “aunque sea sutil o inconsciente”, algo que influye en las posibilidades de abrirse al sexo. “Hay que sumar las expectativas y los roles de género: las mujeres ya tienen mucha presión para cumplir, complacer y minimizar su deseo, para centrarse más en el deseo de los hombres y en que él esté contento, eso se ve mucho. En la maternidad termina por explotar todo”, diagnostica.

Si una pareja con hijos ya tiene de por sí falta de tiempo libre -“que es necesario para generar conexión, intimidad, risas, que es lo que puede permitir la apertura al sexo”-, la falta de corresponsabilidad agrava la situación de las mujeres. “Ellos no suelen tener conciencia de que esto influye, es algo que tengo que explicar mucho cuando trabajo con hombres”, apunta Lajud.

¿Un dulce o sexo?

Laura Baena es quien creó hace doce años Malasmadres, una de las comunidades alrededor de la maternidad que más influencia ha tenido en los últimos tiempos. Utiliza su perfil de Instagram para hablar con las 'malasmadres', como ellas las llama. A veces, cuenta, los fines de semana les lanza preguntas a través de sus stories: “Les pregunto: ¿qué preferirías ahora, un dulcecito o una noche de fuego? Y la respuesta es abrumadora: un porcentaje muy alto elige el dulcecito”.

Detectamos muchísimo que a muchas mujeres la falta de corresponsabilidad les lleva a separarse, porque para estar diciéndole al otro lo que tiene que hacer pues prefieren no estar en pareja, tener su espacio, custodia compartida y tiempo para ellas

El resultado le da que pensar pero no le sorprende. “En la asociación hemos detectado muchísimo que a muchas mujeres la falta de corresponsabilidad les lleva a separarse, porque para estar diciéndole al otro lo que tiene que hacer pues prefieren no estar en pareja, tener su espacio, custodia compartida y tiempo para ellas”, explica. Es en ese tiempo propio, prosigue, cuando priorizan el autocuidado, bien sea amigas, deporte, libros, paseos o sexo. El 29% de las mujeres a las que Malasmadres preguntó no esperaba que su relación de pareja empeorara después de tener hijos.

“La carga mental es una losa, impacta tremendamente en la salud de las madres. Es muy difícil que te nazca el deseo sexual si estás aplastada por esa losa”, prosigue Laura Baena. Ese trabajo mental son todas las tareas no tangibles pero que requieren de intención, planificación, y acción, desde darse cuenta de que hay algo que limpiar o arreglar, recordar citas médicas y cumpleaños, preparar listas de la compra, estar pendiente de las emociones de los demás, reconfortar, animar, consolar, pensar regalos o planear viajes.

En una cuesta elaborada por Malasmadres, el 73% de las mujeres que respondieron declararon estar agotadas por la carga mental. “Eso, unido a todas las demás tareas, hace que tengas la batería bajísima cuando llega la noche, que es cuando, siendo realistas, se generan los espacios más viables para tener sexo, al menos durante los primeros años de crianza. Es muy complicado tener una vida sexual satisfactoria si estás agotada, si no tienes tiempo, si tienes que estar pendiente del otro todo el rato”, afirma Baena, que cree muy importante que los hombres comprendan que la falta de corresponsabilidad impacta de manera directa en la salud de las mujeres y de las parejas. “Y que el sexo no solo va de un acto sexual, va de cuidarse, de quererse, de hacer equipo, de adelantarse a veces al otro, de cariño, de mimo...”.

Cómo entendemos el sexo

Ese factor, la manera en la que entendemos el sexo, está también en el meollo del problema. La sexóloga Sonia Encinas explica que, muchas veces, cuando se habla de cómo hacer que el deseo de las mujeres 'funcione' se está queriendo decir, en realidad, “cómo hacer para complacer a los hombres y que ellos se queden tranquilos”. Esa idea reproduce la premisa falsa de que el deseo de las mujeres parece estar siempre en entredicho y pone sobre ellas el mandato patriarcal de que el sexo es algo que se hace, sobre todo, para el otro.

“Lo veo cada día en consulta: no es que las mujeres tengan menos deseo, es que están hasta el coño. Las mujeres tienen mucho deseo, muchos deseos, muchas ilusiones, y cuando les preguntas por aquellas cosas que les dan placer y que les apetecen y necesitan, la mayoría lo tiene claro, pero no tienen espacio ni tiempo”, enfatiza la autora de El sexo de las madres.

"Lo veo cada día en consulta: no es que las mujeres tengan menos deseo, es que están hasta el coño. Las mujeres tienen mucho deseo, muchos deseos, muchas ilusiones, y cuando les preguntas por aquellas cosas que les dan placer y que les apetecen y necesitan, la mayoría lo tiene claro, pero no tienen espacio ni tiempo

El psicólogo Iñaki Lajud añade que el modelo lineal de la respuesta sexual humana que aún se considera 'la norma' ignora el contexto para dar por hecho que, primero, se sienten ganas y, después, se actúa: “Es un modelo muy coitocéntrico y que los hombres solemos reforzar cuando hablamos con otros, pero el deseo es también responsivo, funciona cuando te sientes vista, bien, cuidada, conectada... entonces, se activan las ganas”. Encinas subraya que, por otro lado, añade, los roles de género, prejuicios, y la distinta socialización hacen que el sexo suela ocupar distintas posiciones en la vida de mujeres y hombres.

“Nosotras hemos aprendido que es un lugar del que protegernos, del que nos cuesta disfrutar o en el que tenemos que tener cuidado, así que en lo último que pensamos para regularnos o cargar pilas es en lo sexual porque lo hemos integrado más como una tarea. En los hombres es al contrario: ellos han tenido permiso para integrar el sexo en su vida como algo que les nutre y potencia y al mismo tiempo no se les ha inhibido la gestión emocional, así que el sexo se convierte para ellos en una herramienta emocional muy potente, en un lugar en el que se sienten vistos, reconocidos, un lugar en el que ganan autoestima”, explica la sexóloga, que tiene claro que la falta de corresponsabilidad y sus consecuencias “es uno de los mayores inhibidores de libido que hay”. Al menos, para muchas mujeres.

Fuente: El Diario.es

enero 26, 2025

Miriam Al Adib Mendiri, ginecóloga: “No es que las mujeres vivamos a merced de nuestras hormonas, es que no entendemos cómo funcionan”


La también autora lamenta que la medicina todavía siga viendo la salud desde una perspectiva masculina y lineal y en su último libro, ‘Cuando las hormonas se desmadran’, reconcilia a las mujeres con sus perfiles hormonales

Miriam Al Adib en una imagen cedida.LAURA LEÓN


Un día alguien llamó rebelde a Miriam Al Adib (48 años, Almendralejo, Badajoz) y ella pensó que era un buen adjetivo para su profesión. Por eso ahora se apoda la ginecóloga rebelde. “Para mí, la rebelión implica cuestionar las prácticas y enfoques que no consideran la perspectiva integral de la salud de la mujer, que abarca aspectos biológicos, psicológicos y sociales”, cuenta esta extremeña, hija de padre sirio y madre española; que, además de pasar consulta, escribe libros, da charlas, es profesora en el Máster de Sexología de la Universidad de Extremadura y estrella de las redes sociales. Desde TikTok e Instagram —en cada una de ellas acumula más de 190.000 seguidores— habla de salud sexual a un auditorio joven, y no tan joven, que todavía se sigue haciendo muchas preguntas.

Hablemos de vaginas (Anaya Multimedia, 2019), Hablemos de adolescencia (Anaya Multimedia, 2022), Hablemos de nosotras (Anaya Multimedia, 2022), Hablemos de menopausia (Anaya Multimedia, 2023), son los títulos de sus libros más divulgativos. Con el poemario Mosaico rojo, negro, blanco (Anaya Multimedia, 2022) expresa los procesos sexuales y reproductivos de las mujeres a través de la poesía. En su nuevo libro, Cuando las hormonas se desmadran (Alienta Editorial), la ganadora durante tres años consecutivos del premio a la mejor ginecóloga de España, concedido por la plataforma de medicina online Doctoralia, reconcilia a las mujeres con sus perfiles hormonales.

Al Adib cree que la medicina todavía sigue viendo la salud desde una perspectiva masculina y lineal y está convencida de que las mujeres han pasado de ser objetos reproductivos a objetos hipersexualizados, en un mundo donde el sexo se ha banalizado y desprovisto de su parte afectiva y emocional.

Pregunta. Leyendo su libro, una se da cuenta de que las hormonas intervienen en muchos procesos del organismo. Además de en el sistema endocrino, tienen un importante papel en el sistema nervioso y en el inmunológico. Y son muy versátiles. Algunas se comportan también como neurotransmisores y pueden actuar sobre distintos receptores, dando lugar a distintas respuestas. ¿Hasta dónde llega el poder de las hormonas?

Respuesta. Cuando decimos hormonas sexuales, pensamos en todo lo que tiene que ver con nuestro aparato reproductor, pero estas hormonas influyen en casi todos los sistemas del organismo: el nervioso, el cardiovascular, el metabolismo del hueso, el inmunológico. Es decir, que las hormonas sexuales tienen una función en todo el cuerpo y la mente. Hombres y mujeres tienen sistemas hormonales diferentes. En las mujeres, las hormonas sexuales que predominan son los estrógenos y la progesterona, en esa ciclicidad durante la edad fértil; mientras que en los hombres son los andrógenos, aunque de una manera más lineal. Esto implica que las máximas diferencias entre los dos sexos vienen de la comprensión del sistema hormonal; y que debido a esto, hombres y mujeres no tienen el mismo cerebro, ni sistema inmunológico, ni nervioso, ni cardiovascular. Sin embargo, la medicina y la ciencia han estudiado el modelo de salud y enfermedad en el patrón masculino, extrapolando las conclusiones a las mujeres. Sin tener en cuenta que nuestro metabolismo va de otra manera, debido al sistema hormonal. Socialmente pasa lo mismo. Hay una manera de entender la salud como algo lineal, siempre igual, y de ahí salen todas estas ideas de que las mujeres están locas, son unas histéricas y no hay quien las entienda.

P. Si hay un campo donde la perspectiva de género es imprescindible, hasta el punto de que puede salvar vidas, o todo lo contrario, ese es el de la medicina y la investigación científica; porque es bastante frecuente que los ensayos clínicos no tengan muy en cuenta la diferenciación por sexos. Especialmente, en el campo de la inmunología, ya que las mujeres reportan más efectos secundarios en las vacunaciones, porque tienen un sistema inmunitario diferente al del hombre: mucho más potente, pero que desata más reacciones autoinmunes. ¿Es la ciencia misógina?

R. Estoy haciendo una tesis doctoral del tema de las vacunas covid. Hicimos un estudio en Extremadura sobre 17.000 mujeres vacunadas y la mitad había tenido alteraciones de la menstruación, aunque los expertos mantenían que no tenían nada que ver con las vacunas. Por otro lado, la primera causa de muerte en las mujeres son los trastornos cardiovasculares, que no siempre se diagnostican bien porque los síntomas son diferentes a los de los hombres y entonces se les llama atípicos en los libros. A todo esto hay que sumar el hecho de que, socialmente, a las mujeres se nos ve como unas quejicas, unas locas, y esto ha derivado en una normalización de nuestros problemas. Si la regla te duele es normal, son cosas de las hormonas. O con el adjetivo psicosomático, se explica todo. Esto pasa con la endometriosis, el hipotiroidismo, la anemia. Todo lo que refiera dolor, cansancio, síntomas de tristeza es muy fácil que, antes de descartar alguna enfermedad orgánica, se le derive al campo de la psicología o se le ponga remedio con un antidepresivo.

P. Existe la creencia popular de que las hormonas afectan más a las mujeres, a las que se nos retrata como víctimas irremediables de las fluctuaciones hormonales. ¿Hay algo de cierto en esta creencia?

R. No se trata de si afecta más o menos. Se trata de que no entendemos el orden hormonal femenino. Si yo tengo un síndrome premenstrual o un trastorno disfórico premenstrual, como no lo estudiamos ni lo entendemos, ni hablamos de esto, la que lo sufre se queda con la etiqueta de rara o hipersensible. Lo más importante es no patologizar las cosas que son normales y no normalizar lo que es patológico. Es perfectamente normal que, en determinamos momentos del ciclo, la mujer se sienta más activa, creativa, con más energía, y en otros esté más cansada. Lo que pasa es que el modelo de mujer que se nos impone es la mujer lineal e hipersexualizada, muy patente en los anuncios de compresas o tampones, donde pareciera que las mujeres con la regla solo quieren hacer el pino y ponerse la ropa más ajustada, y las que necesitan un descanso extra, o no tienen esa actitud, parece que están enfermas. Claro que esto no puede ser una excusa para no hacer caso a la mujer cuando se siente mal, tiene dolor, mala calidad de vida y puede haber sospecha de que tenga un trastorno.

P. Imagino que el hombre también sentirá el influjo de las hormonas en ciertos momentos de su vida: adolescencia o madurez. Sin embargo no se habla de este tema. ¿Por qué? ¿El mito del hombre fuerte y duro en oposición a la mujer débil y enfermiza?

R. Sí, el modelo ideal de salud es una persona joven y lineal. Es cierto que en la madurez masculina hay también un descenso de andrógenos, aunque de manera más tardía que en las mujeres, pero esto también implica cambios en el organismo. Les puede bajar la libido, la fuerza muscular. Aunque todo dependerá de cada uno, de cómo se cuida, de su alimentación, de si hace ejercicio físico o no. Hay envejecimientos más saludables y activos que otros.

P. En su libro habla de la endometriosis, un trastorno que produce mucho dolor y resta mucha calidad de vida a las mujeres que la sufren. Dice también que el 50% de las mujeres que la padecen han tardado una media de ocho años en saber lo que tenían. ¿Es este el trastorno femenino más infradisagnosticado?

R. La endometriosis es una enfermedad paradigmática, en el sentido de que aquí se ve como en la medicina estamos siendo muy tecnocientíficos. Es decir, el diagnóstico se basa en lo que se ve en una ecografía y, si no se ve nada, el dolor se lo está inventando la paciente. De hecho, si se escucha a la paciente y se ven los síntomas, ya se puede sospechar la enfermedad, aunque sea más difícil diagnosticarla. Si hago una ecografía a una mujer con sospecha de endometriosis, voy a hacer una ecografía más específica para buscar eso. Me fijaré en la forma del útero, o si ese útero tiene alrededor algún tejido cicatricial, para buscar signos indirectos de la endometriosis. En cuanto a si es la más infradiagnosticada, pues no es la única. Tenemos también el liquen vulvar, una patología que da mucho prurito y quemazón en la vulva, donde también pueden salir grietas, y puede hacer que las relaciones sexuales sean dolorosas. Está también muy infradiagnosticada y se confunde con hongos, por lo que se recetan antifúngicos sin ninguna mejora. Y está el llamado hipotiroidismo subclínico, que de subclínico no tiene nada, cuyo diagnóstico se basa en un número que da un análisis hormonal. Pero hay mujeres que fuera de ese rango hormonal sí que tienen síntomas de hipotiriodismo y no se las está tratando. Y como entre sus síntomas están la sensación de tristeza y cansancio extremo, acaban tomando psicofármacos en vez de ponerles el tratamiento para la tiroides. A las mujeres se las psiquiatriza muy alegremente. De esto no se habla. Se dan pocas alternativas a los problemas femeninos y todo se quiere resolver con anticonceptivos, analgésicos y psicofármacos. Por eso yo defiendo un tratamiento integral y multidisciplinar, siempre que sea necesario.

P. ¿Son las hormonas las que rigen nuestra vida sexual o es nuestra vida sexual la que afecta a la producción de hormonas? Me refiero a temas como el deseo, que se relaciona mucho con estas sustancias.

R. Cuando estudias a fondo el organismo, te das cuenta de que nada es lineal. Es muy difícil decir que esto es la causa de aquello, de un solo factor. Y cuando te metes en el tema del deseo sexual, mucho más, porque el deseo es algo multifactorial. En el deseo influyen las hormonas, la pareja, la personalidad, el cerebro, el estrés. Por eso cuando muchas mujeres llegan a la menopausia le echan la culpa a las hormonas de su falta de deseo. Pero si empiezas a preguntar, resulta que quizás tienen una vida sexual monótona o inexistente con la pareja; o tienen molestias con las relaciones (sequedad) y no hacen ningún tratamiento de hidratación de la vagina; o, tal vez, tienen mucho estrés porque tienen que cuidar de un familiar mayor. Y ya solo eso te quita el deseo. Pecamos de meter todas las piezas en el mismo saco. Las hormonas pueden favorecer el deseo y uno puede favorecer la producción de hormonas, más allá de las sexuales. Me refiero a la oxitocina, dopamina o serotonina, que tiene mucho que ver con el placer. Por ejemplo, si tengo una pareja nueva en la menopausia, aunque tenga menos estrógenos, mi deseo aumentará, porque nada le gusta más al cerebro que la novedad.

P. Hablemos de las hormonas del enamoramiento. Oxitocina, dopamina, feniletilamina (la droga del amor, con efectos similares a las anfetaminas) o la norepinefrina. ¿Cuál es la más importante?¿Puede uno pensar con claridad cuando está en la fase de enamoramiento?

R. ¡Jajajaja! Esa no es la mejor época para tomar decisiones importantes. Pero, dependiendo de la edad y la experiencia, el enamoramiento se vive de distintas maneras. En consulta veo a mujeres mayores que se enamoran; pero, al mismo tiempo, saben que están en esa fase un poco loca y, desde esa comprensión, lo disfrutan. Es decir, son capaces de dejarse llevar por la parte más impulsiva y visceral sin perder la parte racional. Lo que yo llamo, en el libro, enamoramiento nivel diva. No tienen miedo de perder a esa persona, no hay esa sensación de inseguridad que puede tener alguien más joven. Por eso yo digo que hay mujeres que, en su menopausia, tienen un verdadero despertar sexual, que ya quisieran muchas jóvenes. Sin perder la perspectiva de la integración, yo diría que la hormona más potente es la feniletilamina. Esa es la responsable del enganche, del amor ciego. La oxitocina es la hormonal del amor, pero de todos los tipos de amor (no solo el sexual); y la norepinefrina es la de las mariposas en el estómago, la que te quita el hambre. Y, por supuesto, el deseo está muy conectado con la testosterona.

Por Rita Abundancia
Fuente: El País

octubre 13, 2024

«La sexualidad es el núcleo fundamental sobre el que se sostiene el sistema patriarcal»

Fuentes: ttps://geoviolenciasexual.com


La ficción del consentimiento sexual (Catarata, 2024) el último libro de Rosa Cobo Bedia, socióloga, escritora, profesora e investigadora, arroja luz sobre las trampas en el debate sobre la prostitución o los límites de lo que se reconoce como violencia sexual. También analiza la importancia que ha tenido hasta ahora en las sociedades patriarcales el consentimiento como sometimiento o que no puede haber consentimiento sin libertad ni igualdad.

La autora está en permanente movimiento, ocupa un lugar destacado en el pensamiento feminista español y alterna la escritura de ensayos con la investigación académica, la docencia y las conferencias que imparte en distintos ámbitos (no sólo el feminista). Ahora tiene un entusiasmo especial por un nuevo proyecto que comenzará a materializarse el 30 de septiembre próximo, el Máster en violencia sexual de la Universidad Ramon Llull.

Rosa Cobo en las primeras páginas de su libro advierte: “Hoy, la discusión sobre el consentimiento sexual es un espacio de disputa entre aquellos sectores que proponen este mecanismo político para legitimar sus espacios de poder y aquellos otros, los sectores feministas, que argumentan que este concepto debe ser politizado y resignificado para dotar de autonomía y credibilidad a las mujeres”.

– ¿De qué manera podemos resignificar el consentimiento sexual desde el marco feminista?

– El consentimiento sexual nos remite de una forma inmediata al universo de la sexualidad: el debate sobre la prostitución y pornografía no se pueden dejar de analizar sin tener en cuenta el consentimiento sexual. Estas cuestiones nos remiten a la sexualidad y la sexualidad es el núcleo fundamental sobre el que se sostiene y asienta el sistema patriarcal. Desde la teoría feminista, hablar de consentimiento sexual es hablar de sexualidad y hablar de sexualidad es hablar del corazón del sistema patriarcal.

– En tu libro haces referencia a la importancia que tuvo la revolución sexual en la cuestión del consentimiento sexual.

– La sexualidad se coloca en el debate público fundamentalmente a comienzos del siglo XX, con el psicoanálisis. Luego, la sexualidad se va a introducir en la agenda cultural y en la agenda política con la revolución sexual y Mayo del 68. Al principio, dice Eva Illouz(socióloga y escritora francesa), que la revolución sexual no tiene sexo. Es decir, la revolución sexual fue reivindicada por los hombres y por las mujeres; la prueba es la influencia enorme que tuvo en el feminismo radical. Pero poco a poco, a medida que la revolución sexual se va desarrollando, es reapropiada por los varones; traducido en clave feminista: la revolución sexual se convierte en la disponibilidad sexual de las mujeres para el acceso de los varones. Cuando la revolución sexual comienza a desarrollarse, muy poco tiempo después aparecen las políticas económicas neoliberales que serán un extraordinario filón en esa sexualidad volcada a construir un mercado de consumo.


“A medida que la revolución sexual se va desarrollando, es reapropiada por los varones”

– ¿Entonces ahora estaríamos en ese estatus en el que la sexualidad es una mercancía más del capitalismo?

– Ahora mismo, el mercado de consumo no hace más que ensancharse y ha aparecido una categoría nueva dentro de ese imaginario de la sexualidad, la del consentimiento sexual, transformada en una instancia fundamental de legitimación de todos los procesos de articulación de las mujeres como mercancías. El consentimiento sexual aparecerá estrechamente vinculado a la exaltación de un individualismo extremo y, en ese proceso de mercantilización que representan la prostitución y la pornografía, las propias mujeres se van a poner al servicio de la aceptación del dominio patriarcal.

– El contrato sexual al que se refiere Carole Pateman, un pacto entre hombres para distribuirse el acceso a las mujeres a través del matrimonio y de la prostitución: ¿consideras que sigue vigente en el siglo XXI?

– El matrimonio se sigue manteniendo como el eje de la vida entre hombres y mujeres y la prostitución lo único que hace es ampliarse cada vez más. De modo que yo creo que el contrato sexual sigue articulando el sistema patriarcal en el siglo XXI. Ahora bien, también creo que hay intentos por romper el contrato sexual y esos intentos vienen, por una parte, del feminismo; el feminismo no acepta esa política de reparto de mujeres que significa el contrato sexual, ni acepta que las mujeres seamos objetos sexuales. O sea que, para el feminismo las mujeres no somos objetos sexuales ni mercancías. El feminismo quiere desactivar el contrato sexual; por otra parte, hay otros grupos que también están interesados en desactivar el contrato sexual.

– ¿A qué grupos te refieres? 

– Según Celia Amorós, a todos aquellos que se sitúan en el paradigma del imaginario libertino. Es decir, aquellos que sostienen que todas las mujeres son para todos. Dentro de ese imaginario entran los puteros y los proxenetas, entra toda esa cadena de mercenarios que sostienen el sistema patriarcal. Entran los feminicidas de Ciudad Juárez y de todos los sitios.


“El feminismo no acepta esa política de reparto de mujeres que significa el contrato sexual”

– Con esto que dices, se me viene a la cabeza el reciente caso de Gisèle Pelicot, en Francia, la mujer a la que su marido drogaba para que fuera violada por decenas de hombres.

– Efectivamente, el caso de Francia es muy extremo, pero al mismo tiempo muy paradigmático, en el que vemos los pequeñísimos límites que pone el sistema patriarcal al poder masculino y que se concretan en el contrato sexual.

– Enlazando a Carole Pateman con Catharine MacKinnon, ¿el consentimiento en el contrato sexual es una trampa para las mujeres?

– MacKinnon publicó el año pasado un libro en Francia, que traducido al castellano se llamaría “La violación redefinida: contra el consentimiento sexual. A favor de la igualdad”. Sostiene que el consentimiento sexual es inviable entre redes patriarcales y también que llevar el consentimiento sexual al código penal es una operación que se volverá contra nosotras. Yo no sé si eso va a ser así y quiero pensar que no.

– Una jurista te diría que hay que matizar esa idea de MacKinnon.

– Ya me lo han dicho, pero como yo no soy jurista, no quiero entrar en esto sino en la otra parte. Después de tres siglos de luchas políticas feministas, no creo que se pueda seguir manteniendo la absoluta y radical inviabilidad del consentimiento sexual. Primero: las mujeres están reclamando tener intercambios sexuales que sean gratificantes y consentidos por su parte; ellos consienten, claro, el consentimiento está de parte de los varones. En segundo lugar, estos tres siglos de historia de lucha feminista han modificado la vida de las mujeres, de todas, pero de algunas más que de otras y hay mujeres que tienen la posibilidad de consentir mucho más que otras. Y esto está relacionado con que han aparecido espacios de igualdad para las mujeres y se han concretado políticamente derechos. Yo creo que esto hace que no podamos seguir afirmando de una forma rotunda que el consentimiento sexual es inviable para todas las mujeres. En el consentimiento sexual hay grados, hay mujeres que no pueden consentir cuando son adolescentes, pero sí cuando son maduras; hay sociedades con unos niveles mucho más significativos de igualdad, donde el consentimiento sexual tiene una densidad mayor que en otras sociedades, en las que simplemente es inexistente. Entonces, el consentimiento sexual es una ficción para la mayoría de las mujeres del mundo, sin embargo, hay pequeños grupos de mujeres que se acercan a grados mucho mayores de consentimiento sexual. Esto está relacionado con el título del libro, al que he llamado La ficción del consentimiento sexualporque es una ficción política como lo es la democracia, o la categoría de ciudadanía. El consentimiento sexual es esa categoría, ese valor ético-político al que las mujeres queremos llegar.

– Entonces, ¿podemos concluir que hay un lugar para el consentimiento sexual en la evolución de los derechos de las mujeres?

– ¡Tiene que haber un lugar para el consentimiento sexual! Ese es el asunto. Las mujeres estamos reclamando intercambios sexuales gratificantes y consentidos, y eso es algo de lo que la agenda feminista se está haciendo cargo, ¿no? Las mujeres queremos relaciones sexuales que sean consentidas y que nos gusten, sobre eso no hay ninguna duda, porque eso ha sido lo que ha hecho que salgan millones de mujeres a la calle en el 2017 y en el 2018 con la cuarta ola feminista, articulada alrededor de la lucha contra la violencia sexual y a favor del consentimiento sexual. Esto no excluye que el consentimiento sexual sea un camino extraordinariamente difícil de recorrer para las mujeres.


“Tiene que haber un lugar para el consentimiento sexual”

– También explicas con claridad en qué se diferencia el feminismo de otros movimientos que se consideran feministas y no lo son.

– Hay sectores de la izquierda entre los que está la nueva izquierda (aunque también sectores de la vieja izquierda), que han reeditado aquella famosísima tesis de que la contradicción principal es la contradicción de clase y la contradicción secundaria es la contradicción patriarcal. Es el caso de Nancy Fraser y los postulados que defiende el feminismo para el 99%. Cuando esta izquierda contempla el mundo, lo que ve es que el capitalismo neoliberal es el monstruo principal, todos los movimientos sociales tienen que colaborar en la destrucción de este monstruo y someterse a esa lucha de clases. En cambio el feminismo sostiene que el capitalismo neoliberal es una fuente inagotable de desigualdad y violencia contra las mujeres, pero que ese capitalismo neoliberal -utilizando la terminología o el concepto de Kate Millett– tiene una política sexual, y la obligación y la tarea histórica del feminismo es luchar contra la política sexual del capitalismo neoliberal. Mientras que la izquierda tiene la obligación de luchar contra el capitalismo neoliberal, nosotras tenemos que centrarnos y focalizar la lucha política en los efectos y el impacto que el capitalismo neoliberal tiene sobre las mujeres. Esto es lo que no está presente en el feminismo para el 99%, profundamente impregnado a su pesar, por toda la ideología del individualismo y capitalismo neoliberal. Consideran que la prostitución, los vientres de alquiler o la pornografía son aceptables porque salen de la decisión de las mujeres. Entonces, en primer lugar, ese análisis es confuso; y en segundo lugar, no es feminista.


El feminismo tiene que “focalizar la lucha política en los efectos y el impacto que el capitalismo neoliberal tiene sobre las mujeres”

– Este análisis que haces incluye al movimiento queer y al libertarismo sexual, ¿verdad?

– A ver: me gustaría que se entendieran dos matices que expongo en mi libro sobre esta cuestión. Primero, el marxismo no es feminista porque su sujeto político es la clase trabajadora. La teoría queer no es una teoría feminista porque su sujeto político no son las mujeres, sino todos aquellos individuos, hombres y mujeres, que están sometidos a procesos de persecución sexual.

Con respecto al segundo matiz, la teoría queer persigue un objetivo y es debilitar los códigos que tienen que ver con la sexualidad. La sexualidad también es un objeto de lucha política para las feministas, sin embargo, el feminismo no puede centrar su agenda política en la libertad sexual. El feminismo tiene que articular su agenda política contra la violencia sexual porque las feministas estimamos que la reducción y la desactivación de la violencia sexual va a tener como consecuencia y como efecto el aumento de la libertad sexual. El libertarismo sexual se mueve en el ámbito de la libertad sexual y el feminismo se mueve en el ámbito de la lucha contra la violencia sexual, que es la gran epidemia del siglo XXI.

– ¿Qué importancia tiene el consentimiento sexual en la agenda política feminista?

– El consentimiento sexual está en el propio corazón de la agenda política del feminismo. Para el libertarismo sexual el consentimiento se concreta en la voluntad, mientras que para el feminismo el consentimiento se concreta en el deseo y en la igualdad, es en este punto donde se diferencian. ¿Por qué el libertarismo sexual dice que cuando una mujer dice “sí” o asiente de cualquier manera, hay consentimiento? Por una razón estratégica: para el libertarismo sexual la definición de violencia sexual está restringida, de modo que el impacto en el derecho penal es menor (representado en el antipunitivismo). La visión que tiene el libertarismo sexual sobre el consentimiento sexual es muy limitada. La lucha por el consentimiento sexual que reivindica el feminismo es la lucha contra la violencia sexual y a favor de la igualdad entre hombres y mujeres.


“El feminismo se mueve en el ámbito de la lucha contra la violencia sexual, que es la gran epidemia del siglo XXI”
Libro: «La ficcion del consentimiento sexual». Autora : Rosa Cobo

– En el capítulo 4, De “las otras” al “nosotras”, profundizas sobre las mujeres como sexo, el “nosotras” es un genérico para la emancipación de las mujeres. Señalas a Mary Wollstonecraft como una de las autoras feministas que puso la primera piedra sobre este concepto. ¿Puedes ampliar esta idea? 

– Mary Wollstonecraft en Vindicación de los derechos de la mujer explica que no habla en su nombre sino en nombre de su sexo. ¿Por qué habla de las mujeres como un genérico? Las mujeres estamos sometidas a opresión, discriminación y procesos intensísimos de desigualdad. También ella habla de cómo los hombres han construido una segunda naturaleza para las mujeres que el feminismo ha categorizado como gender (género). Esto significa que el sistema patriarcal ha construido unas estructuras materiales y simbólicas, y un conjunto de valores para que las mujeres nos construyamos -como diría Simone de Beauvoir-, como el segundo sexo. La opresión y la explotación de las mujeres se origina, a juicio del feminismo radical, en nuestras capacidades sexuales y reproductivas. Por lo tanto, no se pueden entender la prostitución y la pornografía sin el sexo. Tampoco se pueden entender el trabajo doméstico y la feminización de la pobreza sin la categoría sexo. El feminismo tiene que recuperar la categoría de sexo y también la categoría de género, entendido este último como esa segunda naturaleza de la que hablaba Mary Wollstonecraft, un conjunto de estereotipos que nos colocan en una posición de subordinación.

– ¿Qué pasa con los hombres, Rosa? ¿Por qué el genérico masculino calla ante la cultura de la violación y no debate sobre estos temas ni problematiza el consentimiento sexual?

– Creo varias cosas. La primera es que la línea de investigación académica feminista es una línea de investigación de segunda categoría y los varones no quieren trabajar líneas de investigación que no sean hegemónicas ni dominantes. Desde un punto de vista más explícitamente político, tenemos que pensar que existen dos cuestiones: por una parte, existe el sistema patriarcal y por otra parte existen los varones individuales. En el sistema patriarcal, los varones tienen una relación con ese sistema de dominación de la que no pueden abdicar, independientemente de que algunos de ellos quieran hacerlo. Los movimientos sociales y políticos se crean para luchar por derechos y los varones tienen que crear movimientos para abdicar de los derechos que el sistema patriarcal les ha otorgado. Es una situación compleja. Por eso es más fácil ver a los varones que se organizan para defender sus privilegios que para abolirlos.

– Eres una militante del movimiento abolicionista global. ¿Cómo ves el futuro del abolicionismo? ¿Crees que conseguiremos en España pronto la ley abolicionista del sistema prostitucional?

– El abolicionismo español es un movimiento fuerte y ha impregnado mucho a la sociedad, ya que ha disminuido el porcentaje de la opinión pública a favor de la prostitución y creo que eso lo podemos verificar en todos los sondeos de opinión que se hacen. El abolicionismo se ha colocado en el corazón del feminismo y de su agenda política. A mí me parece que esto es un elemento constitutivo del feminismo español. Ahora: ¿cómo debemos luchar las abolicionistas? En tres niveles: es necesario seguir construyendo en el espacio académico un marco de análisis que desenmascare la ficción del consentimiento sexual y el significado de la sexualidad de las mujeres en el sistema patriarcal. Después, en las organizaciones feministas tenemos que seguir situando el abolicionismo en un lugar de fortaleza, llevar nuestra lucha política a la calle y dirigir nuestras acciones políticas a la sociedad civil. En tercer lugar, tenemos que trabajar en el plano institucional: hacer alianzas con otros movimientos sociales, establecer afinidades con otros grupos que sin ser feministas son abolicionistas; y presionar al poder político para que lo introduzca en su agenda y aplique políticas abolicionistas.

Fuente: Geoviolenciasexual

julio 28, 2024

Mitos de la menopausia: La vida sexual se termina



La menopausia no significa el fin de la vida sexual. Aunque los cambios hormonales pueden afectar la libido y la lubricación vaginal, se puede mantener una vida sexual activa y satisfactoria durante y después de la menopausia siempre que eso sea lo que la mujer quiere.

Ni la menopausia ni la perimenopausia ni la posmenopausia ni el climaterio significan el fin de la vida sexual. Pero sin duda este es un mito muy asentado, y hay razones para que así sea.

Sucede que los cambios hormonales que afectan a un cuerpo en climaterio en la mayoría de las mujeres van a provocar una multiplicidad de síntomas, y al menos tres de ellos afectan directamente la práctica sexual. Una es la falta de lubricación. Aunque te esfuerces, aunque inviertas un montón de energía en el juego previo (y tu pareja se sume a la iniciativa), la falta de estrógeno afectará tus tejidos de la zona genital y eso evitará una adecuada lubricación.

Ya sabemos que la penetración en un escenario así puede resultar difícil y dolorosa. Y lo normal es que con una mala experiencia, para la siguiente estemos a la defensiva y la evitemos. Lo que hemos escuchado de especialistas -y hemos vivido también- es que no basta con lubricantes artificiales, porque la sequedad no solamente se da durante el sexo, sino en la vida diaria, causando ardor, sensación de incomodidad e incluso picor.

Agreguemos otro síntoma de la perimenopausia: la sensación de fatiga. ¿Quién quiere tener sexo cuando la única fantasía en tu cabeza es llegar a la casa a echarte y no mover un músculo hasta el día siguiente? Hay que “hacerse el ánimo”. Pero ¿y si de verdad prefieres no moverte y las últimas veces el intento terminó en un gran dolor físico y frustración emocional?

Luego está un síntoma crucial: la falta de libido o impulso sexual. No dan ganas. El sexo te parece simplemente algo en lo que no quieres participar, y si sumas las dos condiciones anteriores, será una actividad que se empieza a retirar de tu agenda semanal.

Suena a desastre, estamos conscientes, pero intentemos juntas otra mirada, porque hay una manera distinta de abordarlo: En vez de centrarnos en quienes ya no somos, descubramos quiénes somos y qué queremos hoy.


La menopausia es solo el nombre de la última menstruación, de modo que lo que se acaba verdaderamente son los óvulos con los que naciste y que fueron “madurando” y saliendo de tus ovarios una vez al mes en las últimas décadas. Ese sí es un hecho irrevocable. También lo es que ya no volverás a menstruar ni podrás embarazarte (aquí inserta la emoción que te produce eso, porque mientras para unas es una fiesta, para otras puede ser triste y está bien). Eso es lo único rotundo y definitivo, lo demás, si quieres, se puede revertir.

La terapia hormonal recetada por un especialista es segura y resolverá el problema de la falta de lubricación, la fatiga y la falta de libido cuando están relacionadas con la falta de estrógenos. Si usas hidratantes vaginales para el día a día y lubricantes previo a la penetración, no habrá dolor ni molestias incluso si tu elección fue no llevar adelante una terapia con hormonas. Pero vamos a hechos que no tienen que ver con la menopausia. Puede que tu falta de sexo también esté vinculada a una crisis más antigua, a una falta de comunicación que no es nueva. Pregúntate cómo era el sexo entre ustedes antes de la menopausia. Tal vez descubras que había conversaciones pendientes y quieres ponerlas en la mesa.

En el sexo siempre será un aporte hablar abiertamente de lo que te gusta y de lo que no, de lo que te acomoda a tu edad, de lo que quisieras agregar o quitar. Puede que en el proceso descubras, por ejemplo, que la penetración era un ingrediente del que ahora quieres prescindir. Y bien podrías buscar alternativas que a ambas personas les acomoden y consientan.

También podrá pasar que por diferentes razones sí quieras disminuir o terminar con tu vida sexual en pareja y seguir tu camino con autoplacer. O abandonar todo lo que tenga que ver con sexo y ¡está bien! Es tu camino y es personal. Y no todo tiene que ver con el baile de las hormonas.

Por Menos es + y Collage: Sofía Valenzuela
Fuente: La Tercera, Paula

julio 21, 2024

El placer es un derecho. Sexo de las señoras mayores, nada que ocultar

Después de los 65 años solo una de cuatro mujeres sigue obteniendo orgasmos, mientras en los varones el porcentaje es casi el doble. Inspirada por la película Mamacruz de Patricia Ortega, nuestra filósofa punk reflexiona sobre la des-sexualización de las viejas y afirma que la misma es puramente política. Por una nueva erotización de la vejez sin prejuicios ni máscaras que deje a la abuelidad de donde nunca debió haberse ido: del vínculo familiar. 


Mamacruz de Patricia Ortega, un film sobre el re-descubrimiento de la sexualidad en la adultez mayor.


La mano de mujer se acerca al mechón varonil que termina en un esbozo enrulado. Tiembla de deseo, jadea. Los labios se humedecen. Los dedos se elevan y comban como acariciando el mechón rebelde. La mirada recorre el torso masculino. Se eleva en puntas de pie y estira el cuello hacia los labios carnosos que tienen el color de las cerezas, como los del galán de la telenovela venezolana de anoche, esa que le alborotó el avispero de las imprevisibles hormonas. Jadea, se estremece, se calienta. Suave y lascivamente el cuello y la boca entreabierta palpitan el beso. “Señora Cruz -la despabiló un inesperado monaguillo- la misa ya comienza”.

Cruz es una sesentona de aburrido matrimonio y mucha iglesia. Modista de pueblo chico. Viste también santos y angelotes de arrebolada porcelana. Su vida transcurre monótona y rutinaria hasta que un día, accidentalmente, su tablet le muestra una escena de porno fuerte que la atraviesa como un cuchillo. ¿Y el caparazón auto represivo? Quebrado.

Decenios sin desear ni disfrutar de un orgasmo y -de pronto- el mundo se torna mágico. Conviven el placer y la culpa. La pone cachonda también cuando una voz de mujer lee el Cantar de los cantares, del rey Salomón. “Me he desnudado de mi ropa, ¡oh!, si él me besara con los besos de sus labios”. En la sacristía, vistiendo a Cristo, a la mujer el deseo le renació de sus cenizas.

Mamacruz, de la directora Patricia Ortega, trata un tema de candente actualidad, molesto, tabú: la sexualidad de la mujer madura. Los prejuicios que el viejismo desata en casi todos los ámbitos sociales inhibe los deseos y vitalidades de las personas mayores, las domestica. ¿Y el marido de Cruz? Ronca, en la sala, en la cama, en la mesa, ronca. Él se entregó a la vejez vegetativa, aunque no es inválido, aunque no está enfermo, aunque tiene la misma edad que ella. Pero solo come y duerme roncando su anodina vejez.

La gente -antes de llegar a la vejez- percibe esa etapa de la vida como algo que solo le ocurre a les demás. Las personas de menos de sesenta años, en general, se niegan a ver a viejos y viejas como sus semejantes. La sociedad es viejista. Por ejemplo, la película citada no se centra en el papel de abuela de Cruz (aunque lo cumple con esmero y cariño), sino sobre el deseo en un cuerpo de vieja. No obstante, la mayoría de las críticas cinematográficas hablan de “la abuela” de la película.

El periodismo patriarcal reduce a las mujeres mayores a ser únicamente abuelas. Médicos prestigiosos y mozos de bares suelen decirles “abuelas”, “muchachas” o “nenas”. ¿Qué les pasa? A ninguna persona desconocida nos referimos asignándole un rol familiar (prima, cuñado, sobrina) excepto a las vejeces. Les endilgamos abuela, abuelo y desaparece el nombre propio o la categoría correcta: señora, señor. Se les cuelga a les viejes el sambenito de la abuelidad obligatoria y universal. Un gesto negativo y hasta sobrador. “No soy su abuela”, les suelo decir a quienes no saben ubicarse y se permiten llamarme abuela (¿quiénes sos?, ¿quiénes son?). Si me dicen “joven” o “mamita”, descartándome simbólicamente desde sus apelativos confianzudos y fuera de lugar (por lo general provienen de varones), les digo que no se burlen de mi edad. ¡Más respeto que no soy su abuela!, y tampoco chica, nena ni muchacha. Soy lo que soy. 

Andá decirle abuela a la tuya

Ser vieja o viejo es obligatorio (si se llega), pero ser abuela o abuelo es contingente (se puede ser geronte sin cursar la abuelidad). Ser abuela/o no define a un ser humano, lo relega más bien a un apéndice familiar. Demasiado machismo y viejismo atraviesan una cultura para que a algunas personas -por el solo hecho de tener cierte edad y sobre todo si son mujeres- se les niegue su completitud humana, se ignore su particularidad identitaria y se les meta en la bolsa de consorcio de una abuelidad abstracta. Decirle abuela o abuelo a les viejes -a esta-altura- ya resulta retrógrado y -a cualquier altura -, descalificante. A no ser que provenga de nietos propios. Fuera del ámbito estrictamente familiar no se es abuela/o de nadie. Abuela de la nada prefiero ser.

Además -sobre todo las mujeres- hemos sido tan colonizadas por la cultura viejista que, cuando le preguntan su nombre a la protagonista de la película, contesta “Mamacruz”. Las nuevas y desinhibidas amigas la miran asombradas. Entonces rectifica: “bueno así me llama mi nieta, soy Cruz”.

Obediente al mandato despersonalizador comete auto viejismo: se identifica a partir de la abuelidad solamente, mutila su plenitud. Se reduce. Pero el contacto con mujeres joviales le produce una transformación en su cuerpo, en sus sentimientos, en su alma. No hay techo existencial para seguir reafirmando la vida. Entre la monotonía aburrida y enriquecerla con goces profundos, elige lo segundo. Y, sin cruzar ciertos límites familiares, se entrega al disfrute.

Desde una supuesta superioridad moral, suele decirse que hay que aceptar la edad, que no sirve negarla y que rellenarse arrugas es indigno. ¿¡Qué!? ¿Por qué? No hay argumento que valide que la piel arrugada es más digna que la retocada e hidratada, ni que quien acude a la medicina estética es para negar la edad (estos son prejuicios que huelen a podrido por no analizarlos sin pre conceptos viejistas). Acaso. ¿es indigno que los viejos se afeiten?, ¿o ponerse dientes postizos es negar la edad? Lo “natural” sería que los hombres se dejasen la barba, que “envejecieran dignamente”. ¡Por favor! ¿Desde qué lugar se juzga la apariencia de las personas? Indigno es inventarles apelativos domésticos a quienes no son de la familia y descartarles en su plenitud de personas.

Cruz es una mujer pueblerina, católica, trabajadora y vital, acepta sin pensar el rol que la cultura le impuso a la vejez, como si el único destino de las personas mayores fuera cambiar pañales. No, así no es. Aun quienes sienten satisfacción de ser y ejercer la abuelidad, son degradados en su humanidad si se les quita su identidad personal.

No por rechazar ese rol familiar, sino porque solo somos abuelas para nuestros nietas y nietos, algunas incluso ni siquiera son abuelas en la realidad. Pero hay que cargar esa “cruz”, esa desubicación cultural. Gran parte de les periodistas de espectáculos, que abordan la crítica de este film, caen en viejismos diciéndole abuela al personaje principal o hablando de una película sobre “la sexualidad de los abuelos”.

Sí, Cruz es abuela, pero antes que abuela es mujer. Y esa mujer tiene nombre y pertenece a una franja etaria llamada senectud, vejez, ancianidad, adultez mayor. ¿Por qué ese reduccionismo de la vejez al abuelismo?

Esto no va en detrimento de la función abuelar. Hay personas que disfrutan de esa condición y es una opción valiosa. Pero ejercer la abuelidad con satisfacción, tampoco autoriza a nadie a jibarizar la vejez acotándola a cumplir únicamente ese rol. ¿Por qué des-sexualizar a las personas únicamente porque traspasaron cierta edad?

Las estadísticas coinciden en que después de los sesenta y cinco años aproximadamente, solo una de cuatro mujeres sigue obteniendo orgasmos, mientras en los varones el porcentaje es casi el doble. La des-sexualización de las viejas es política.

Cruz, después de ser zamarreada por imágenes de besos televisivos y por el estímulo del pantallazo digital de un coito, busca ayuda por internet. Se entrega a mirar tutoriales de seducción y hasta pornográficos. Hace un curso presencial de masturbación y -por primera vez en su larga vida- se relaciona y disfruta con amigas diferentes a las señoras prejuiciosas de la parroquia. Aunque enciende una vela culposa a la Virgen cada vez que disfruta un orgasmo, aunque nunca abandona sus obligaciones familiares, pero sí las parroquiales.

Fuente: Página/12, Las 12
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Sabido es que, si las vejeces manifiestan los mismos goces, reivindicaciones y deseos que las juventudes, causan rechazo, escándalo, asco. Sin embargo, la sexualidad es para toda la vida (aunque a veces duerma el sueño de los justos). Cruz, ante la inacción del marido, al que intenta vanamente seducir), se relacionó con amigas alegres que -sin tener relaciones sexuales explícitas- la inician en el uso recreativo de dildos y estimulantes. Aprende así a acariciar su piel, regala sus ojos y oídos, autosatisface sus urgencias sexuales. Aprendió a sacarle el jugo a su cuerpo. Aunque el marido ni la toque, aunque las vecinas moralinosas chimenten porque se arregla el cabello, aunque el cura le pase factura sobre sus faltazos a misa, Cruz reafirma la vida estimulando el deseo, reivindicando el goce y abriendo las puertas a las líneas de fuga de las amistades alegres y de edades y gustos diversos. La transformación placentera del cuerpo y la fantasía de Cruz derraman serenidad. En la última escena, su cuerpo -desnudo y acostado- bailotea imaginariamente entre el fuego entregándose a los misterios del sexo, de la música oriental, de los tornasoles de las volutas de los sahumerios, mientras una luz se desprende de sus entrañas surgiendo rauda desde su vagina e iluminando las piernas semiabiertas mientras se apagan -lentamente- todas las velas de la culpa.

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in