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marzo 31, 2026

Mujeres invisibles en los campos: el paradigma de las inmigrantes temporeras en España




La agricultura española se sustenta en gran medida en el trabajo estacional. Detrás de los frutos que llegan a las mesas se esconde la realidad de miles de mujeres migrantes temporeras que enfrentan una compleja red de desigualdades en su salud y condiciones laborales.

Un trabajo feminizado y segregado

La segregación de tareas por sexo es una realidad palpable en el campo español. Mientras los hombres se dedican a labores mecanizadas o de mayor carga física, las mujeres se concentran en la recolección y el manipulado.

Esta división no es neutral: ellas se enfrentan a riesgos laborales específicos derivados de la repetición de movimientos y posturas forzadas y agravados por la falta de equipos de protección individual (EPI) que se adapten a su fisonomía.

Además, la contratación en origen, ejemplificada por el programa GECCO del Gobierno español, crea una fuerte dependencia de intermediarios y de los empleadores, acentuando la precariedad y vulnerabilidad de mujeres migrantes en la agricultura.

Este modelo de migración circular, aplicado mayoritariamente a mujeres para la cosecha de frutos rojos, ha sido objeto de críticas por sus condiciones de vulnerabilidad.
Más allá del campo: vivienda y acoso

Las desigualdades no terminan en la jornada laboral. El alojamiento, provisto por el empleador, se convierte en un espacio de control social donde las mujeres están expuestas al acoso sexual y otras formas de violencia de género. A diferencia de los hombres, que suelen habitar en asentamientos informales de extrema precariedad pero con mayor autonomía, las mujeres afrontan una “liminalidad íntima” donde su vida privada queda supeditada al entorno laboral.

A pesar de que el Convenio 190 de la Organizacíón Internacional del Trabajo (OIT) sobre la violencia y el acoso entró en vigor en España en 2023, su implementación en el sector agrario sigue siendo insuficiente. La falta de protocolos efectivos y canales de denuncia protegidos deja a muchas trabajadoras en una situación de desprotección frente a abusos.
El derecho teórico a la salud

España reconoce legalmente el acceso universal al Sistema Nacional de Salud, pero la realidad para las temporeras migrantes es muy distinta. Las barreras idiomáticas, la falta de mediación cultural y el desconocimiento de sus derechos dificultan el acceso a servicios básicos, especialmente en lo que se refiere a salud sexual y reproductiva.

Mientras los hombres hacen frente a obstáculos relacionados con la irregularidad documental o el temor a represalias, las mujeres suman barreras estructurales en la atención ginecológica y el seguimiento del embarazo.

La ausencia de dispositivos de salud sensibles al género en las zonas de campaña agrava esta brecha asistencial.
Discriminación en la selección: el estatus familiar

Un hallazgo particularmente preocupante es la discriminación en los procesos de selección en origen. Se han documentado prácticas que priorizan a mujeres con hijos menores y un estado civil específico, bajo la supuesta finalidad de “garantizar el retorno”. La exigencia del Libro de Familia para acceder a un empleo es discriminatoria por sexo y situación familiar, y vulnera la Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva y la Ley 15/2022 integral para la igualdad de trato, además de las directivas europeas y el Convenio 111 de la OIT sobre la discriminación.

Esta selección condicionada refuerza la segregación laboral y la dependencia, limitando la capacidad de las mujeres para denunciar abusos por miedo a no ser contratadas en futuras campañas.
Hacia una acción coordinada

La situación de las temporeras no es un efecto colateral, sino el resultado de un modelo que prioriza la eficiencia económica sobre los derechos humanos. Es urgente implementar políticas públicas efectivas entre las que destacan:Salud: implementar equipos móviles con mediación intercultural y atención específica en salud sexual y reproductiva, como se propone en distintos documentos.
Vivienda: desvincular el alojamiento del contrato de trabajo para garantizar la autonomía y seguridad de las trabajadoras y la Directiva (UE) 2024/1760.
Gobernanza: aplicar la Directiva (UE) 2024/1760 en las cadenas de suministro y asegurar la transparencia retributiva, conforme a la Directiva (UE) 2023/970 y al Real Decreto 902/2020.

Visibilizar esta doble carga es el primer paso para garantizar que los derechos laborales y de salud sean una realidad para todas las personas que sostienen nuestra agricultura.

Artículo escrito con el asesoramiento de la Sociedad Española de Epidemiología.
Sobre las autoras y los autores

Blanca Obón Azuara, Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y en Medicina Intensiva, Departamento de Sanidad de Aragón; Carmen Vives Cases, Catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública. Directora de la Unidad de Igualdad. Universidad de Alicante, Universidad de Alicante; Christian Gil-Borrelli, Physician, Preventive Medicine and Public Health Specialist, Osakidetza – Servicio Vasco de Salud; Daniel La Parra Casado, Catedrático de Universidad. Sociología., Universidad de Alicante; Erica Briones-Vozmediano, Profesora Agregada en Ciencias de la Salud, Universitat de Lleida; Isabel Gutiérrez Cía, Servicio de Medicina Intensiva Hospital Clínico Universitario «Lozano Blesa» de Zaragoza. SALUD, Aragón, Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud y María del Mar Jiménez Lasserrotte, Profesora Ayudante Doctor. Departamento de Enfermería, Fisioterapia y Medicina. Facultad Ciencias de la Salud, Universidad de Almería

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

marzo 10, 2026

El derecho a la tierra, una deuda con las mujeres rurales y campesinas

Sus manos, invisibilizadas por el sistema patriarcal son las que mantienen vivos los pueblos; son la columna vertebral de la producción agrícola y ganadera.


David Segarra Una mujer campesina de palestina.

Las mujeres rurales y las agricultoras, de norte a sur, mantienen la voz alzada para reclamar nuestra mirada. Sus manos, invisibilizadas por el sistema patriarcal son las que mantienen vivos los pueblos; son la columna vertebral de la producción agrícola y ganadera. Y, aún así, sus demandas no reciben la atención necesaria para que se hagan efectivas. Algunas de estas son: tener mejor acceso a la tierra y a la financiación, contar con más oportunidades reales que favorezcan el relevo generacional de jóvenes en el campo, y un reconocimiento fundamental: si ellas se paran, la soberanía alimentaria colapsaría a nivel global.

Esta semana llega el 8M con miles, cientos de reivindicaciones: todas necesarias, todas urgentes. Además, 2026 ha sido declarado por las Naciones Unidas el Año Internacional de la Agricultora. Los objetivos principales son: destacar el rol imprescindible de las mujeres para la seguridad alimentaria, la nutrición y la viabilidad económica; sensibilizar y promover medidas para subsanar la brecha de género; y mejorar los medios de vida de las mujeres en todo el mundo.
Mujeres que no solo cultivan alimentos, sino que también cultivan el desarrollo y la sostenibilidad de las comunidades de acá y de allá.

Por todo ello, nos toca, más que nunca, acompañar y amplificar el mensaje de las mujeres que son “guardianas de semillas, memoria viva de la tierra”, que diría María Sánchez. Mujeres que no solo cultivan alimentos, sino que también cultivan el desarrollo y la sostenibilidad de las comunidades de acá y de allá.

La situación de las mujeres agricultoras, en pleno siglo XXI, avanza, pero de forma lenta y con muchas dificultades. Con un simple vistazo, es fácil identificar que su papel continúa siendo, desde el principio, inestable y vulnerable. En el Estado español, en 2021, elDiagnóstico de la Igualdad de Género en el Medio Rural del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación advertía de una brecha clara en el acceso al empleo. Entonces la tasa de empleo femenina se situaba en el 51,6% frente al 60,6% de los hombres, una diferencia que subrayaba un menor acceso de las mujeres al empleo en igualdad de condiciones.

Cuatro años después, en 2025, según el estudio Mujer Rural 2025. Situación sociolaboral de las trabajadoras en el sector agropecuario español, publicado por el sindicato de Comisiones Obreras (CCOO), la desigualdad persiste. Las mujeres representan el 29,1% de las personas ocupadas en el sector agrario, pero concentran el 41,4% del desempleo, lo que evidencia una mayor dificultad para acceder y mantenerse en el sector.

En los sistemas agroalimentarios de todo el mundo, las mujeres, como mano de obra, son un porcentaje muy similar al de los hombres. No obstante, su contribución continúa siendo infravalorada y cuentan con condiciones laborales más precarias: empleos irregulares, a tiempo parcial, con salarios bajos, condiciones de mano de obra intensiva...

¿Dónde está la tierra de las mujeres?

Las mujeres rurales representan un tercio de la población del planeta y el 43% de mano de obra agrícola, según ONU Mujeres. Además, producen hasta el 80% de los alimentos en los países en desarrollo afectados por la desertificación, la degradación del suelo y las sequías, según recoge este organismo internacional. Sin embargo, menos del 15% son propietarias de tierras. Una desigualdad que se repite en el sector primario español: la mayor parte de los productores rurales son hombres, un 68% frente a un 32% de mujeres, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

En relación a esto, en diciembre de 2025 se produjo un pequeño paso que puede significar un gran avance. Por primera vez, se incluyó una asamblea de género en la agenda oficial de la Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación. Una acción que más que simbólica, puede servir para romper las dinámicas patriarcales del sistema. Una acción que ha recordado que sin derechos sobre la tierra para quienes la trabajan, cualquier política ambiental estará siempre desequilibrada.

La falta de acceso a las tierras no es un accidente histórico, se debe a leyes discriminatorias, tradiciones excluyentes, herencias y prácticas culturales que marginan… Y en muchas ocasiones, cuando las mujeres acceden a las tierras, lo hacen a suelos degradados, menos fértiles, o en territorios más vulnerables al cambio climático. De nuevo, avanzan, pero más lentamente y con más dificultad que los hombres.

Desde CERAI continuamos llamando la atención sobre esta realidad injusta y trabajando para apoyar a las mujeres en comunidades de norte a sur; para posibilitar su reconocimiento y la protección de sus derechos a la tierra. Necesitamos que las mujeres tengan acceso a las tierras, que tengan acceso a tierras de calidad aquí y allá. Es esencial para garantizar la soberanía alimentaria, la justicia económica y la igualdad de género. ¡La tierra para quien la cuida, para quien la trabaja!


presidenta de Cerai
Fuente: El Salto

enero 11, 2026

Mujeres de Filipinas, Indonesia y Taiwán toman el mando en la lucha por la agroecología

Líderes campesinas fomentan métodos de cultivo sostenibles mientras introducen en su discurso distintas nociones de feminismo

La agricultora taiwanesa Li-Chin Kuo, Rowena Gonnay, líder campesina de la tribu kalinga, y la agricultora indonesia Sayu Komang, fotografiadas en noviembre de 2025 durante la feria Terra Madre, organizada por Slow Food en Bacolod, Filipinas.RODRIGO SANTODOMINGO

En un país tan patriarcal como Indonesia, Sayu Komang vende su cóctel de feminismo y agroecología puerta a puerta, adentrándose con sutileza en los hogares de las campesinas. “Si organizara talleres comunitarios, es probable que solo acudieran hombres”, sostiene esta líder rural que lleva 25 años convenciendo a las agricultoras de Bali sobre la importancia de preservar sus semillas y formas de cultivo indígenas. “Me meto en sus casas, me enseñan su pequeña parcela de tierra, hablamos de recetas saludables, de remedios caseros, de ceremonias”. En la famosa isla, de mayoría hinduista, se utiliza lo que da el suelo para un sinfín de rituales politeístas: “Honramos a Brahma, a Shiva, a otros dioses conectados con el agua, las plantas, los animales… ¡No sabe usted la cantidad de ofrendas que hacemos!”, dice, riendo.
La estrategia de Komang no enfrenta el machismo cara a cara. Más bien lo asume como algo, por ahora, inevitable. Pero surte efecto. Cuenta que los recelosos maridos bajan la guardia al comprobar que solo se trata de mujeres departiendo sobre fe, salud o alimentación. “Me resulta mucho más fácil acercarme a ellas a través de la idea de familia y de su capacidad de decisión en ese ámbito, que es casi total. Con ese gancho, los hombres se muestran mucho más dispuestos a dejar que su esposa adquiera nuevos conocimientos”, prosigue Komang.

En charlas informales va calando un mensaje que aúna nutrición y cultura. Y que, confía, contribuye a ir resquebrajando barreras de género que, por el momento, ella prefiere limitarse a sortear. “Mediante la conversación sobre su realidad, sus pequeños o grandes problemas domésticos, surge el potencial para poner en valor ese legado que nos interesa conservar mientras empoderamos a las campesinas”, añade.

Komang estuvo a finales de noviembre en la feria sobre sistemas de alimentación sostenible Terra Madre, organizada por la organización Slow Food en Bacolod, la capital de la isla de Negros (Filipinas). Uno de los focos del evento fue el liderazgo femenino en el fomento de la agroecología en la región Asia-Pacífico. Y, más concretamente, entre los pueblos de Austronesia, noción de raíz lingüística —agrupa a los hablantes de idiomas originados en Taiwán y esparcidos por tierra y mar hacia las actuales Filipinas, Indonesia o Malasia— que también atesora otras manifestaciones culturales conjuntas, como la predilección por los tatuajes, los palafitos (viviendas construidas sobre el agua) o la talla en jade.

Si en Indonesia deben apañárselas para colar su relato en una atmósfera de machismo asfixiante, en Filipinas gozan de unos niveles de igualdad de género que son la envidia de toda Asia. Según un reciente informe del Foro Económico Mundial, Filipinas es el país con menor brecha entre hombres y mujeres de todo el continente. Ocupa el puesto 20 a nivel global, mientras que Indonesia cae al 97.

Desde las montañas que rodean a Pasil, un pequeño municipio en la isla de Luzón (Filipinas), Rowena Gonnay ha acudido a Terra Madre junto a otros miembros (casi todos mujeres) del pueblo indígena kalinga. Su activismo es similar al de Sayu Komang: luchar para que las semillas tradicionales no sucumban ante el empuje de lo transgénico y abogar por métodos orgánicos que frenen el deterioro medioambiental. Todo ello otorgando a las agricultoras un papel protagonista. Gonnay y Komang comparten fines, pero su contexto de lucha es bien diferente.

Siento que los hombres me miran con desconfianza y no están muy dispuestos a escucharme. Su actitud es ‘qué va a venir a enseñarnos esta chica joven que no soportaría el trabajo duro que nosotros realizamos cada día’Li-Chin Kuo, agricultora taiwanesa

Gonnay explica que las principales autoridades agrícolas de su localidad, su provincia y su región son mujeres. En su comunidad, la fuerza física determina la labor a realizar: los hombres aran (con ayuda o no de bueyes) y las mujeres siembran. Todos participan en la cosecha y, explica Gonnay, prima un ambiente de respeto mutuo. Cuando enseña sobre abonos orgánicos o resiliencia climática, todos atienden sin miramientos. Pacita Juan, asesora de Slow Food para el sudeste asiático, coincide en que Filipinas “es un país poco machista en el que, en general, los hombres no piensan que el hecho de que las mujeres ocupen posiciones de liderazgo menoscaba su masculinidad”.

Parte también, como Gonnay, de una delegación con preponderancia femenina, la taiwanesa Li-Chin Kuo, que sí afirma sufrir discriminación cuando difunde las bases de la agroecología entre los arrozales de la región de Hualien, cuna de los amis, uno de los pueblos originarios de Taiwán. “Siento que los hombres me miran con desconfianza y no están muy dispuestos a escucharme. Su actitud es ‘qué va a venir a enseñarnos esta chica joven que no soportaría el trabajo duro que nosotros realizamos cada día”. Aunque Kuo destaca que el ambiente en el campo taiwanés sigue siendo “muy tradicional”, ha observado que, en los círculos agroecológicos, suele haber un predominio de liderazgo femenino.

¿Existe, como presuponen algunas autoras ecofeministas, un vínculo inherente entre sostenibilidad de los cultivos y feminidad? Gonnay piensa que sí: “Los procesos de la agricultura orgánica son más lentos, y nosotras somos más… ¿pacientes quizá?”, se pregunta entre risas. Lo que sí sabe seguro es que a sus formaciones siempre acude una mayoría de mujeres. “Somos más porque la agroecología requiere mucha atención a los detalles, y creo que esto es una característica más femenina”, opina, por su parte, Juan.
En realidad, no hay que enseñar nada nuevo: nuestro sistema tradicional de alimentación es puramente agroecológico. Quizá las campesinas puedan aprender, por ejemplo, nuevas formas de preparar fertilizantes orgánicos que desconocían, pero la esencia ya está en nuestro acervo culturalRowena Gonnay, agroactivista

Pasado, futuro y un presente variopinto se entremezclan en la lucha de estas líderes agrícolas. “En realidad, no hay que enseñar nada nuevo: nuestro sistema tradicional de alimentación es puramente agroecológico. Quizá las campesinas puedan aprender, por ejemplo, nuevas formas de preparar fertilizantes orgánicos que desconocían, pero la esencia ya está en nuestro acervo cultural”, subraya Gonnay.

Sayu Komang abunda en esta idea de vuelta a costumbres más saludables para el planeta y los seres que lo habitan. “El conocimiento sobre agroecología está ahí, aunque ellas no lo llamen así. No hace falta que hablemos de permacultura o biodinámica; se trata más bien de encontrar las palabras en su propio idioma para, mediante la acción, integrar en su imaginario conceptos regenerativos: servirse de los recursos locales y de la enorme biodiversidad que tienen ante sí”.

Si como feminista Komang ha de nadar a contracorriente, su fomento de la agroecología tampoco ocurre en un contexto ideal. Indonesia es uno de esos países que, como Argentina con la soja, se han volcado durante las últimas décadas en promover monocultivos especialmente nocivos. Hoy produce el 58% del aceite de palma que se consume en el mundo. Pero Komang no se rinde. Se levanta cada mañana y acude puerta a puerta con su voz segura para transmitir un mensaje en el que caben la emancipación, los dioses hinduistas y las dietas sanas. Todo ello enmarcado en un principio bien simple: tratar con mimo a la madre tierra.


Por Rodrigo Santodomingo
Fuente: El País

enero 27, 2025

Las agricultoras de sal de Tanzania forjan su sustento entre adversidades climáticas

Para las agricultoras artesanales de sal en la isla tanzana de Pemba, la producción es tanto su sustento como su lucha. En esta comunidad musulmana profundamente patriarcal, los relucientes montones de sal blanca representan la supervivencia y son fruto de una labor que exige paciencia, precisión y fortaleza. Sin embargo, el aumento del nivel del mar pone en riesgo su actividad.

Salma Mahmoud Ali camina por sus estanques de sal, en la costa de la isla de Pemba, en el noreste de Tanzania. Imagen: Kizito Shigela / IPS


PEMBA, Tanzania – Mientras la fresca brisa matutina recorre todavía la playa de la isla de Pemba, en el océano Índico, en la costa del noreste de Tanzania y parte del archipiélago de Zanzibar, Salma Mahmoud Ali comienza su día.

Con su colorido kikoi (envoltura, en swaili, una tela tradicional de África oriental usada mayormente como larga falda), ceñido firmemente a la cintura y un pañuelo azul oscuro enmarcando su rostro, camina descalza hacia sus estanques de sal. El aire húmedo pesa, pero Ali avanza con valentía entre el agua que le llega hasta los tobillos.

Armada con una pala, un rastrillo y un pico, arrastra metódicamente los cristales brillantes bajo el sol naciente. Cada movimiento extrae sal de la salmuera, un proceso arduo nacido de la necesidad.

“Es un trabajo duro”, dice Ali, una madre de 31 años y de tres hijos. “El calor es insoportable, no importa cuánta agua bebas, la sed no desaparece. Pero de esta manera mantengo a mi familia y envío a mis hijos a la escuela”, reconoce.

Para Ali y decenas de mujeres agricultoras artesanales en Pemba, la producción de sal es tanto su sustento como su lucha. En esta comunidad musulmana profundamente patriarcal, los relucientes montones de sal blanca representan la supervivencia, en una labor que exige paciencia, precisión y fortaleza.

Hamida Mohamed prepara un proyector para capacitar a las agricultoras y los agricultores de sal en resiliencia climática. Imagen: Kizito Shigela / IPS

Hamida Mohamed habla con las agricultoras de sal. Imagen: Kizito Shigela / IPS

En la isla de Pemba, que forma parte del archipiélago de Zanzibar, una región semiautónoma de Tanzania, las granjas producen 2000 toneladas de sal anualmente, pero entre la mayoría de sus pobladores la prosperidad parece un espejismo.

Los expertos creen que la producción podría triplicarse con mejores herramientas, pero los recursos siguen siendo escasos. Las familias y cooperativas dedicadas a la agricultura salina dividen la tierra, con un promedio de cuatro propietarios por parcela, lo que deja la riqueza distribuida de manera desigual.

Los propietarios de las granjas se llevan la mayor parte de las ganancias, mientras que las trabajadoras —que cargan con el peso de cada cosecha— apenas sobreviven, con salarios que difícilmente les alcanzan para cada la temporada productiva.

La mayoría de las familias dependen de sal gruesa sin tratar y solo una de cada cuatro agricultoras puede permitirse variedades yodada. “Es nuestra vida”, dice Halima Hamoud Heri, una de las trabajadoras, arrodillada bajo un sol abrasador. “Es difícil, pero nos mantiene”, precisa.
Una labor agotadora

Las granjas de sal siempre ponen a prueba la resistencia, pero el cambio climático conspira contra las mujeres que dependen de ella. Las temperaturas en aumento aceleran la evaporación, causando a menudo que la sal se desmorone antes de ser cosechada.

Las lluvias impredecibles, antes una certeza estacional, ahora llegan sin aviso alguno, inundando los estanques y devolviendo semanas de trabajo al mar.

“Antes sabíamos cuando empezaba y terminaba la temporada seca”, dice Khadija Rashid, quien trabaja en los estanques de sal desde hace 10 años. “Ahora la lluvia nos sorprende. A veces hace demasiado calor y la sal se seca demasiado rápido. Otras veces, la lluvia arruina todo antes de que podamos recogerla”, añade.Salma Mahmoud Ali y otros agricultores inspeccionan la sal cosechada. 

Familias como la de Ali tienen sustentos alternativos como la pesca y la agricultura, que también han sido golpeados por el clima impredecible, por lo que la producción de sal es un salvavidas para ellas. Es un trabajo que exige precisión y perseverancia, dejando huellas en quienes lo realizan. El sol agrieta la piel y la sal corta las manos.

“Cuando terminas de cargar el agua de mar, limpiar el lodo y cosechar la sal, estás tan cansada que apenas puedes mantenerte de pie”, dice Ali. “Pero tienes que volver a hacerlo mañana”, añade.

Un ecosistema frágil

Al borde de una granja de sal en Pemba, Batuli Yahya, una científica marina del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad de Dar es-Salam, señala la plateada extensión.

“La producción de sal depende de condiciones ambientales delicadas”, explica. “Pero esas condiciones están cambiando más rápido que nunca debido a las presiones climáticas”, detalla.

Los estanques de sal eran antes fuentes confiables de sustento para las comunidades costeras, pero ahora están cada vez más en peligro debido al aumento del nivel del mar, las lluvias erráticas y el calor creciente que desequilibran su frágil balance.

“El aumento del nivel del mar hace que el agua salada se desborde en áreas donde los niveles de salinidad son meticulosamente controlados”, explica Yahya. “Es una amenaza creciente que convierte granjas productivas en charcas inutilizables”, dice.

Los desafíos no terminan ahí. Los patrones de lluvia se han vuelto más impredecibles, con aguaceros repentinos que diluyen la salmuera o destruyen por completo los estanques de sal.

“Demasiada lluvia en el momento equivocado puede arruinar meses de preparación”, señala Yahya. “Y cuando se combina con períodos más largos de sequía, crea un ciclo difícil de manejar”, añade.

Las temperaturas más altas también agravan la situación.Hombres y mujeres dedicados a la agricultura de sal en la isla de Pemba se reúnen en una improvisada cabaña. 

“La evaporación es crucial para el proceso de producción de sal, pero el calor extremo eleva los niveles de salinidad más allá de lo que el ecosistema puede manejar”, dice Yahya. “Los microorganismos que desempeñan un papel clave en la cristalización de la sal luchan por sobrevivir en estas condiciones”, añade.

Para muchas comunidades costeras, las implicaciones son severas. “Esto no es solo un problema ambiental”, afirma Ali.

Los desafíos van más allá del clima. La dependencia de la mano de obra manual para transportar agua de mar, limpiar el lodo y cosechar la sal deja a muchas mujeres exhaustas y propensas a lesiones. El desgaste físico se suma a la presión económica de producir suficiente sal para mantener a sus familias.
Buscando soluciones

En medio de los desafíos, las agricultoras de sal de Pemba encuentran fuerza en la unidad. A través de asociaciones locales de mujeres, adoptan innovaciones para proteger su trabajo y mejorar la producción.

Una de estas innovaciones ha sido la introducción de cubiertas de secado solar, láminas transparentes que protegen los estanques de las lluvias repentinas mientras concentran el calor para acelerar la evaporación.

“Antes si llovía, lo perdíamos todo”, dice Heri, demostrando cómo extiende las cubiertas sobre su estanque. “Ahora podemos salvar nuestra sal, incluso durante la temporada de lluvias”, cuenta.

La asociación también promueve el intercambio de conocimientos entre las mujeres. De forma colectiva, se enseñan técnicas para endurecer el suelo, distribuir eficientemente el agua de mar y empacar sal para el mercado.

“Trabajando sola, habría renunciado. Pero juntas encontramos soluciones. Si una de nosotras aprende algo nuevo, se lo enseña al resto”, dice Ali.
Empoderamiento a través del emprendimiento

Los esfuerzos colectivos de las mujeres mejoran su sustento de vida. La sal, que antes se vendía en bolsas sin marcar en los mercados locales, ahora llega a compradores en tiendas alrededor de toda Tanzania.

“Antes vendía solo lo suficiente para comprar arroz para el día. Ahora vendo por mayor y he ahorrado 455 000 chelines tanzanos (187 dólares)”, comenta Ali.

Con los ingresos adicionales, Ali ha podido alimentar a su familia y enviar a sus hijos a la escuela. “Mi hija me dice que quiere ser como yo. Pero quizá con un poco menos de quemaduras de sol”, comenta.

El éxito ha comenzado a cambiar las percepciones en su comunidad. Los hombres, que antes consideraban la agricultura de sal como un “trabajo aburrido,” ahora reconocen su valor e incluso algunos ayudan con las tareas más pesadas.

“Ya no somos solo agricultoras de sal. Somos empresarias”, dice Rashid.

Esperanza entre los desafíos

A pesar de sus avances, persisten las barreras. El acceso a financiamiento es limitado y herramientas como las cubiertas solares y las bombas siguen siendo demasiado caras para muchas mujeres. El cambio climático las obliga a innovar cada vez más rápido.

“Necesitamos más apoyo: mejores herramientas, más capacitación y acceso a préstamos”, dice Ali.

Aun así, las mujeres siguen adelante y no paran jornada tras jornada. Ali arrastra la cosecha del día en montones mientras se detiene a secarse el sudor.

“Espero que la situación mejore y tengamos aún más éxito”, dice esperanzada y con un deje de orgullo.

Fuente: IPS

enero 22, 2025

El Estatuto de la Mujer Rural: igualdad y desarrollo


No sólo es una herramienta de justicia social, sino también un motor de desarrollo para Aragón

Un momento de la sesión plenaria en las Cortes de Aragón el pasado mes de diciembre. Cortes de Aragón


Una de las últimas tramitaciones que se aprobaron en las Cortes de Aragón antes de concluir 2024 fue la proposición de Ley para la regulación del Estatuto de la Mujer Rural, una propuesta pionera que ya ha visto la luz en otras regiones, como Castilla la Mancha, con importantes resultados. En el caso de Aragón, una región marcada por una preocupante despoblación y un envejecimiento poblacional acentuado, este marco legal ofrece una oportunidad única para afrontar los retos estructurales que amenazan el desarrollo territorial.

Aragón, con su vasto territorio y baja densidad poblacional, enfrenta una de las tasas de despoblación más altas del país. Según los datos del Instituto Aragonés de Estadística, más del 80% de sus municipios tienen menos de 1.000 habitantes, lo que pone en riesgo la sostenibilidad de servicios esenciales como la educación, la sanidad y el transporte. Además, la brecha de género en el ámbito laboral y el acceso desigual a los recursos agrava la situación de las mujeres rurales, quienes son clave para la dinamización de estas zonas.

Tradicionalmente, las mujeres han desempeñado un papel crucial en el mantenimiento de la economía y la cohesión social en las zonas rurales, pero con frecuencia sus contribuciones han sido invisibilizadas. Aún persisten obstáculos para su empoderamiento, como la falta de acceso a la titularidad compartida de las explotaciones agrarias, la precariedad laboral y la escasez de redes de apoyo que favorezcan la conciliación corresponsable. Estas dificultades también limitan su capacidad de influir en las decisiones comunitarias, perpetuando modelos de desarrollo que no siempre contemplan sus necesidades específicas.

El Estatuto de la Mujer Rural se erige como una herramienta normativa para corregir estas desigualdades y promover el desarrollo rural igualitario. Entre sus objetivos destacan: el fomento de la titularidad compartida de las explotaciones agrarias, el impulso a la formación y el acceso a las nuevas tecnologías, el establecimiento de redes de apoyo para la conciliación y la corresponsabilidad, el fomento de la participación de las mujeres en la toma de decisiones o la promoción de la sostenibilidad medioambiental y la innovación en las actividades rurales. Además, reconoce la pluralidad y diversidad, tanto del medio rural, como de las mujeres que en él realizan su proyecto vital, dotándolas de autonomía y empoderamiento, y alejando los estereotipos tradicionales que tanto daño han hecho.

El Estatuto ofrece también a Aragón un marco único para abordar problemas que hasta ahora parecían inabordables. Primero, la titularidad compartida puede catalizar un cambio estructural en el sector primario, donde las mujeres han sido, tradicionalmente, trabajadoras no remuneradas. Este reconocimiento fortalecerá su posición económica, aumentará su acceso a financiación y fomentará la autonomía en la gestión de las explotaciones.


En segundo lugar, la promoción de la formación digital puede hacer de Aragón un modelo de innovación rural. Las tecnologías permiten la creación de empleo y emprendimientos que no dependen exclusivamente de los recursos tradicionales, abriendo nuevas vías para el desarrollo económico.

Además, el fortalecimiento de redes de apoyo para la conciliación corresponsable no sólo beneficia a las mujeres, sino a las familias rurales en su conjunto, generando comunidades más resilientes y cohesionadas. Este enfoque permite que más personas vean el medio rural como una opción de vida viable y atractiva.

Por último, un mayor liderazgo femenino en los órganos de decisión local garantizaría que las necesidades específicas del territorio se gestionen desde una perspectiva inclusiva y diversa. Este enfoque no sólo es más justo, sino también más eficaz en términos de políticas públicas. Además, podría inspirar a otras regiones a seguir un camino similar, posicionando a Aragón como líder en políticas rurales igualitarias.

El Estatuto de la Mujer Rural no sólo es una herramienta de justicia social, sino también un motor de desarrollo para Aragón. Su aplicación rigurosa puede transformar los desafíos estructurales en oportunidades de innovación, igualdad y sostenibilidad. Pero esto sólo será posible si se acompaña de un compromiso político firme y una implicación activa del medio rural. Aprovechar esta oportunidad es crucial para garantizar un futuro digno y próspero para las mujeres rurales de Aragón y, con ellas, para toda la región. Con el apoyo adecuado, Aragón podría convertirse en un ejemplo de cómo la igualdad de género y el desarrollo rural sostenible pueden ir de la mano, construyendo comunidades más fuertes, igualitarias y resilientes.

Fuente: El Diario.es

diciembre 16, 2024

Semillas nativas para la biodiversidad al cuidado de mujeres andinas



Sonia Pinto, agricultora de la comunidad campesinas de Quehuar, en la región peruana de Cusco, produce semillas nativas y criollas a partir de los conocimientos que le transmitieron sus abuelas y abuelos. Ella exhibió un conjunto variado de muestras en un encuentro de mujeres agricultoras de países andinos, en la ciudad de Cusco, antigua ciudad imperial peruana. Imagen: Mariela Jara / IPS


CUSCO, Perú – Frente a las inclemencias climáticas por el calentamiento global, la pobreza y la inseguridad alimentaria, las mujeres agricultoras de la región andina de Sudamérica están recuperando y fortaleciendo sus saberes ancestrales sobre el manejo de semillas nativas.

“Para nosotras la semilla, el agua y la tierra es lo más importante, sin eso no se puede sembrar ni tener alimentos. Las semillas son la base de la diversidad, pero se han ido perdiendo”, declaró a IPS la agricultora quechua Sonia Pinto.

Ella vive en la comunidad campesina de Quehuar, donde viven 20 familias quechuahablantes a 3100 metros sobre el nivel del mar, en el municipio de Andahuaylillas en el departamento de Cusco, cuya ciudad del mismo nombre se considera la capital histórica del Perú.

Con 33 millones de habitantes, el país andino es uno de los 17 megadiversos del planeta. Según el Ministerio del Ambiente, su patrimonio genético incluye 184 variedades de plantas nativas domesticadas por los pueblos originarios.

Por ejemplo, los tubérculos (papa, maíz mote, ulluco o papa lisa), granos y frutos diversos entre los que destacan el frijol, los pallares o frijoles anchos, el zapallo, la lúcuma. Todos han sido un aporte a la alimentación de la humanidad.

Pese a esta riqueza 30 % de su población está en pobreza, promedio que sube 10 puntos en las zonas rurales de acuerdo a cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística e Informática.

La gestión de esta crisis por parte del gobierno es fuertemente criticada por gremios y organizaciones de la sociedad civil, entre otras razones por incrementar la desigualdad y descuidar el desarrollo de comunidades rurales.

La desaprobación de la gestión de la presidenta Dina Boluarte supera 90 % al cumplir dos años como jefa de Estado, cargo que asumió tras la destitución del expresidente Pedro Castillo el 7 de diciembre del 2022, un profesor de origen rural actualmente detenido, procesado por un presunto intento de golpe.

La producción y conservación de las semillas nativas y criollas es una práctica ancestral que contribuye a preservar la agrobiodiversidad, amenazada por factores climáticos, políticos y económicos. En la imagen, un conjunto de frascos de semillas de granos andinos en la ciudad de Cusco, Perú. Imagen: Mariela Jara / IPS
Revalorar a la madre tierra

Mujeres que se dedican a la agricultura familiar en el sur andino peruano participaron en la ciudad de Cusco en un diálogo de saberes sobre sus prácticas agroecológicas, en un contexto de crecientes riesgos derivados del cambio climático, la falta de atención del Estado, y la inseguridad alimentaria.

El encuentro anual lo organizaron las no gubernamentales Centro Flora Tristán y Bartolomé de las Casas. Además de campesinas del departamento de Cusco estuvieron agricultoras de Bolivia y de Colombia.

Las experiencias de las casi 60 participantes coincidieron en las desigualdades que viven por su condición de género, la sobrecarga de trabajo por el incremento de labores productivas y de cuidado de las familias, y la necesidad de intercambiar sus saberes para fortalecer su actividad agroecológica.

Coincidieron en la necesidad de revalorar la madre tierra, a la que llaman Pachamama, pues es la que les brinda los alimentos para poder vivir. Y para ello consideraron sostener buenas prácticas agrícolas, así como fortalecer el manejo de las semillas nativas para poder producirlas, almacenarlas y conservarlas.

“Cuando empecé a sembrar hortalizas tenía que comprar las semillas de las agroveterinarias, eran semillas curadas, que le dicen mejoradas. Como en mi chacra (parcela productiva) trabajamos todo naturalmente, decidí transformar desde la base para que no haya rastros químicos”, explicó Pinto, quien hace 10 años incursionó en la agroecología.

En la Casa Campesina de Cusco, en esa ciudad peruana, cerca de 60 mujeres agricultoras andinas participaron en un diálogo de saberes sobre sus prácticas agroecológicas. Durante el encuentro hubo exposiciones, intercambio de experiencias y exhibición de sus productos. Imagen: Mariela Jara / IPS

Ese trabajo de base que menciona consiste en nutrir la tierra con abonos naturales elaborados con insumos propios como excremento de animales, cáscara de huevo, ceniza, entre otros, y solo entonces colocar las semillas, la gran parte producidas por ella misma. Y no solo de granos y tubérculos, sino también de hortalizas como cebolla, zanahoria, remolacha y acelga.

“Después de cosechar las semillas y limpiarlas, las envuelvo en la ceniza que queda de la leña donde cocinamos, mezclo, cierno y luego las guardo en botellas oscuras de vidrio y las dejo en un cuarto con poca luz. Cada botellita tiene su nombre. Así me enseñó mi abuelita y de esa forma yo también le enseño a mi hija, tiene 13 años y ha aprendido bastante y me sigue los pasos”, refirió orgullosa.

En Quehuar sus 20 familias se dedican a la agricultura a pequeña escala, pero varias mantienen todavía prácticas convencionales, emplean insumos químicos para abonar y combatir las plagas y enfermedades. Pinto les comparte sus experiencias sobre los beneficios de transitar a una forma de producción natural.

“Yo les he mostrado las variedades de semillas nativas y criollas que tengo, 10 de frijolitos, tres de quinua, tres de beterraga (remolacha roja), de maíz, de zanahoria, de perejil…. Les enseño cómo se produce, y también cómo se limpian las que son híbridas. Algunas se convencen y vienen a mi chacra (parcela productiva) a aprender”, explicó.

Ella vive con su esposo, que tras resistencias iniciales la apoya en su trabajo, con su hija y su hijo de 10 años, y con su madre. “La pachamama nos da alimentos para comer sano y nutrirnos, y nos queda para vender y tener ingresos para la familia”, remarcó

Un saber ancestral

Rita Galarza vive en la comunidad de Caranota, en el municipio de Anzaldo, a 65 kilómetros de la ciudad boliviana de Cochabamba. Es una mujer quechua que desde hace 13 años, cuando se separó de su esposo por su violencia, ha sido como ella resalta, madre y padre para sus seis hijos, tres mujeres y tres hombres, la mayor de 23 y el último de 12.

Capacitada por el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), ha logrado ser una emprendedora agroecológica.

Su comunidad está a 3200 metros sobre el nivel del mar y ha logrado ampliar su producción de tubérculos y maíz a una gran diversidad de hortalizas, y, sobre todo, hacerlo empleando prácticas sostenibles que, como ella reitera, “cuidan a la Pachamama que tanto nos da”.

En diálogo con IPS durante el encuentro, recordó las enseñanzas de su padre: “Cuando era pequeño él sembraba papa y elegía la semilla, era una semilla interminable y lo seguimos teniendo porque es original de nuestra tierra”.

Ella cuenta con semillas nativas de maíz: blanco, amarillo, rojo y uno que llama chichillanco por su color jaspeado. Y de papa tiene cinco variedades.

“Me gusta elegir la semilla de papa, las miro a todas una por una, y selecciono las que tienen el ojo más grande (hendiduras). Yo cosecho unos 15 o 20 sacos y de allí selecciono tres para semilla, y eso es sagrado, lo guardo en lugar seco y aunque no haya comida no lo tocamos”, detalló.

Antes de almacenar la papa para la semilla, elabora un preparado para prevenir que le entren gusanos.

“En mi pueblo hay una planta que se llama chuluchulu que la machuco bien y la mezclo con la ceniza de otra plantita que le decimos caralú. Es un biocida natural que preserva la semilla los tres o cuatro meses hasta la próxima siembra”, agregó.

Galarza está orgullosa de haber educado a sus seis hijos, todos son quechuahablantes y viven con ella a excepción de uno que emigró a Estados Unidos. El último es el único que falta culminar sus estudios.

“Les he enseñado a estar orgullosos de lo que son, la madre tierra nos ha hecho aparecer hablando quechua y así sean ingenieros diplomados no deben tener vergüenza. Yo no estudié nada, mi mamá me dejo al cuidado de los animales, yo a mis hijos les dado por igual sus estudios y los conocimientos para vivir de la tierra, en respeto con ella”, puntualizó.
Articulación para ser más fuertes

Katherine Pozo, residente en la ciudad de Cusco y perteneciente al Centro Flora Tristán, sostuvo que la agroecología conducida por las mujeres rurales es una alternativa de modelo de desarrollo frente al que privilegia el monocultivo para la exportación.

“Se trata de cuidar la tierra, el suelo y las semillas, y el eje no es solamente buscar un rédito económico, sino promover la soberanía alimentaria de los pueblos”, enfatizó.

Mencionó los crecientes desafíos a la agricultura familiar que precariza aún más las vidas ya en situación de pobreza de las familias y mujeres campesinas.

“Las sequías, las nevadas, granizadas y otros eventos naturales agravados por el cambio climático requieren respuestas articuladas de las propias mujeres no solo de Perú sino de toda la región andina”, manifestó.

Fuente: IPS

octubre 21, 2024

En zonas rurales de Zimbabue, las bicicletas mantienen a las niñas en la escuela



Faith Machavi llega en bicicleta a la escuela secundaria Mwenje Dumisani, en la localidad rural de Chiredzi, en el sudeste de Zimbabue. Imagen: Farai Shawn Matiashe / IPS


CHIREDZI, Zimbabue – Rejoice Muzamani estudia para preparar su próximo trabajo durante los exámenes de fin de curso en la escuela primaria Mwenje de Chiredzi, un pueblo del sudeste de Zimbabue.

A esta niña de 13 años, que cursa el séptimo y último curso de primaria, no le preocupa salir temprano de la escuela para hacer el trayecto de siete kilómetros de vuelta a casa antes del anochecer, arriesgándose a sufrir ataques de animales salvajes.

Muzamani, que se queda con su abuela porque sus padres viven en la vecina Sudáfrica, llegará igualmente a tiempo porque pedalea por la estrecha carretera de tierra sin asfaltar de esta parte de la provincia de Masvingo.

«Llego a la escuela a tiempo y no tengo que perder ninguna clase», dice a IPS, añadiendo que, aunque era la primera vez que tenía una bicicleta, aprender a montarla fue más fácil con la ayuda de sus amigos. «También vuelvo a casa a la hora prevista, dejando tiempo suficiente para hacer los deberes», detalla.

Construidas para largas distancias y terrenos accidentados, las bicicletas Buffalo ayudan a mantener a las niñas vulnerables en las escuelas de las zonas rurales.

Muzamani, que recibió la suya a mediados de 2021, es una de los más de 62 248 estudiantes de Zimbabue que han recibido bicicletas desde 2009 gracias a una organización benéfica con sede en Estados Unidos, World Bicycle Relief.

Alrededor de 70 % de ellos son niñas.

Nacida en una familia de cinco miembros, Muzamani vive en una de las regiones más remotas y pobres de Zimbabue, donde la escasez de escuelas obliga a muchos a caminar hasta 20 kilómetros para llegar a la escuela más cercana.

En las zonas rurales de Zimbabue, las niñas se enfrentan a un sinfín de dificultades a la hora de proseguir su educación.

De niña, Muzamani, como parte de la tradición, debe realizar las tareas domésticas: cocinar para la familia y limpiar la casa.

Esto le roba la mayor parte de su tiempo y no puede permitirse perderlo caminando largas distancias hasta la escuela.

Los ataques de las hienas también son una amenaza para estas niñas en zonas rurales rodeadas de reservas de caza.

«Solía llegar tarde y perder clases. Me sentía deprimida. A pesar de levantarme temprano por la mañana, era difícil llegar a tiempo a la escuela debido a las tareas domésticas», cuenta Muzamani.

«Recuerdo un día de invierno, estaba tan oscuro que tenía miedo de ir a la escuela. Empecé a caminar junto con los demás. Tampoco podía hacer los deberes porque no teníamos electricidad. Tengo que llegar pronto a casa y aprovechar la luz del día», rememora.

Rejoice Muzamani al lado de algunas bicicletas con que las niñas van a la escuela primaria Mwenje, en la localidad rural de Chiredzi, en Zimbabue. Imagen: Farai Shawn Matiashe /IPS

Faith Machavi, alumna de la escuela secundaria de Mwenje Dumisani, cuenta que algunas de sus amigas abandonaron los estudios y otras se casaron pronto debido a las largas distancias que había que recorrer para ir a la escuela.

«Recuerdo que cuando aún estaba en primaria estuve a punto de abandonar. Le dije a mi madre que estaba cansada y que no podía seguir así. Caminar todos los días a la escuela con el trasfondo de ser una niña de la que se espera que haga todas las tareas domésticas es desmoralizador», dice, y añade que su deseo de ser abogada la mantuvo en pie.

«En algún momento, me quedé en el monte hasta que salían los demás y me unía a ellos para volver a casa», cuenta.

Machavi, que se prepara para presentarse a los exámenes finales de nivel secundario a fines de este mes de octubre, recibió una bicicleta en 2022 tras pagar una pequeña cuota de menos de cinco dólares.

«Me puse muy contenta. Fue un alivio», dice, y añade que había aprendido a montar en bicicleta unos años antes gracias a otros niños privilegiados del pueblo que sí las tenían.

Nacida en una familia de cinco miembros, Machavi ya no tiene que caminar más de cinco kilómetros para llegar a la escuela. Ya no falta a clase ni tiene calambres.

Los activistas por los derechos de la infancia afirman que la educación es un refugio para las niñas.

Maxim Murungweni, experto zimbabuense en derechos de la infancia, afirma que las bicicletas ayudan a las niñas a acceder a la educación.

«La iniciativa de las bicicletas para las niñas no sólo mejora su movilidad, sino que también las empodera psicológicamente, dándoles la capacidad de gestionar sus actividades cotidianas, ya que ahora pueden planificar sabiendo que tienen movilidad para desplazarse», asegura.

Aunque Zimbabue ilegalizó los matrimonios infantiles en 2016 en una sentencia histórica del Tribunal Constitucional, algunas de las leyes vigentes aún no se habían adaptado a la Constitución del país.

Pero en mayo de 2022, el presidente Emmerson Mnangagwa promulgó la Ley de Matrimonios, que prohíbe el matrimonio de menores de 18 años.

En este país del sur de África, una de cada tres mujeres se casa antes de llegar a la edad adulta, y más de una de cada cinco adolescentes da a luz, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Los matrimonios infantiles tienen efectos devastadores en las niñas, como el abandono escolar y los embarazos precoces.

Sean Granville-Ross, director ejecutivo de programas de World Bicycle Relief, afirma que esta iniciativa centrada en la educación es crucial para las niñas de Zimbabue, donde muchas deben recorrer diariamente entre tres y 10 kilómetros para llegar a la escuela.

«Esta distancia provoca importantes tasas de abandono escolar, especialmente entre las niñas, debido a problemas de seguridad, agotamiento y riesgo de matrimonio infantil, explica Granville-Ross a IPS.

Destaca que «las bicicletas ayudan a reducir el tiempo de viaje, aumentar la asistencia y mejorar la sensación de seguridad, con una reducción de 35 % en los días de retraso a la escuela y un aumento de 35 % en los estudiantes que se sienten más seguros mientras viajan».

«Para las niñas, esto significa más oportunidades de permanecer en la escuela, cursar estudios superiores y evitar el matrimonio precoz y el embarazo», asegura Granville-Ross.

«Al empoderar a las niñas con bicicletas, no sólo estamos mejorando su acceso a la educación, sino también proporcionando una herramienta para el desarrollo comunitario más amplio, ya que las bicicletas son a menudo utilizadas por sus familias para actividades económicas y domésticas», afirma.

Machavi, que es concejal subalterna en esta comunidad, dice que muchas de sus amigas se casaron antes de alcanzar la edad legal para contraer matrimonio.

«La mayoría de mis compañeras que se casaron pronto sufren ahora malos tratos. Yo educo a los demás sobre el impacto de los matrimonios infantiles. Las bicicletas garantizan la permanencia de las niñas en la escuela», asegura.

Añade que «hay una política que prohíbe sacar las bicicletas durante las horas de trabajo sin autorización. Esto significa no merodear con chicos de la comunidad durante el horario escolar».

Murungweni afirma que siguen animando al gobierno y a otros socios para el desarrollo a ampliar este tipo de iniciativas que ayudan a las niñas marginadas a acceder fácilmente a la educación mejorando su movilidad.

Granville-Ross adelanta que su organización tiene previsto ampliar la iniciativa para llegar a más niñas de todo Zimbabue en los próximos tres años.

Muzamani, cuya bicicleta se mantiene gratuitamente en la escuela, dice que cuando termine la secundaria quiere estudiar contabilidad en la universidad.

«Ser contable es uno de mis sueños», confía.

Fuente: IPSNews

junio 28, 2024

Feminismo Campesino Popular: Acción y pensamiento de lucha de las mujeres del campo, indígenas y afrodescendientes de la CLOC/L



Nuevo libro de la Articulación de Mujeres de la CLOC-Vía Campesina

Este libro es el resultado del sueño y del esfuerzo por sistematizar más de tres décadas de organización, lucha y acumulación del pensamiento político de las mujeres campesinas, negras, indígenas y pescadoras de América Latina y el Caribe. Es una propuesta que nace de la Articulación Continental de Mujeres de la CLOC/LVC. Allí se encuentran mujeres de organizaciones autónomas de mujeres y otras de organizaciones mixtas, y entre ellas elaboran la estrategia de acción de las luchas campesinas, indígenas y negras del continente. En este libro reivindicamos la Campaña de los 500 años de resistencia indígena, negra y popular como un momento clave en la construcción de la CLOC/Vía Campesina y de nuestro Feminismo Campesino Popular.

Fueron necesarios muchos años, diversas manos de mujeres, innumerables reuniones y encuentros, mucho estudio y debate colectivo. Las primeras ideas surgieron y se pusieron en debate en la Articulación de Mujeres de la CLOC/LVC en el año 2007, y desde entonces, fueron compilados textos de estudio interno y declaraciones de las asambleas de mujeres continentales. En el año 2015 se retoma esta idea y la necesidad de que las mujeres campesinas, negras e indígenas escribiéramos nuestra historia y nuestra síntesis política: el Feminismo Campesino Popular.

En una reunión de la Articulación Continental de Mujeres, en las tierras fértiles y revolucionarias de La Habana, Cuba, empezamos a plantear los temas a abordar y desarrollar en el libro, y nos dividimos para la escritura de las ideas, experiencias y temas para componer el libro. Fueron muchas lecturas y revisiones colectivas hasta llegar a la versión actual. Sin embargo, eso no significa que nuevos elementos y lecturas no puedan ser incluidas en la construcción del Feminismo Campesino Popular. Por el contrario, nuevas demandas sociales de las mujeres van diseñando y dando forma a este concepto en permanente construcción en los rincones de este continente de resistencias y luchas de las mujeres.

El libro fue elaborado por mujeres campesinas, indígenas, pescadoras y negras de las diferentes organizaciones que conforman la Articulación Continental de Mujeres de la CLOC/LVC, en la cual hay movimientos autoorganizados de mujeres negras, indígenas y campesinas y organizaciones mixtas. Además, fueron invitadas compañeras de otras organizaciones para escribir textos sobre temas de lucha de las mujeres de la CLOC/LVC a partir de sus vivencias en sus territorios y organizaciones. Todas estas mujeres, poseen un amplio recorrido en el trabajo organizativo de base y hoy ocupan cargos como dirigentes nacionales, regionales e internacionales en la CLOC/LVC.

La Articulación de Mujeres de la CLOC/LVC impulsó esta tarea y la construyó con gran responsabilidad política y debate colectivo. Llevó mucho tiempo, pero creemos que el resultado dará un paso importante en la sistematización de este proceso. Es un libro de nosotras para nosotras y para todos los miembros de las organizaciones de base de la CLOC/LVC, y ha sido soñado, discutido y escrito por nosotras. Pero también es un documento abierto a toda la sociedad, para conocimiento y comprensión de la construcción de un pensamiento político y de lucha de las mujeres del campo, como las demás organizaciones populares, sindicales, estudiantiles, partidos políticos y organizaciones feministas. No contamos toda la historia de las luchas de resistencia de las mujeres del campo, daría para innumerables libros, pero traemos una parte de esta construcción de más de 30 años que hacen las campesinas, indígenas, pescadoras, negras en una perspectiva revolucionaria, feminista, antiracista, antiimperialista y socialista.

Son objetivos de la Articulación de mujeres al elaborar este libro:

Poder rescatar y sistematizar la historia de lucha, resistencia y organización de las mujeres y de la constitución de la articulación continental; dar visibilidad y reconocimiento del aporte de las mujeres a las luchas indígenas, campesinas y negras del continente; viabilizar los avances del trabajo organizativo de las mujeres de la CLOC/LVC; y, por fin, sistematizar el pensamiento y el entendimiento de las propias mujeres de la CLOC/LVC sobre el Feminismo Campesino Popular.

Libro Escrito y Editado por la Articulación de mujeres de la CLOC/LVC

Para descargar el libro completo haga clic en el siguiente enlace:


Fotografía: Biodiversidad la
Fuente: Por: CLOC – Vía Campesina

mayo 23, 2024

Más de cuarenta mujeres Fademur emprenden una gira europea para difundir las propuestas del feminismo rural español



Procedentes de Maluenda (con 902 habitantes, en Zaragoza), A Carballeira (aldea con 20 habitantes, en A Estrada, Pontevedra) o Silla Baja (pueblo con 64 habitantes ubicado en Diezma, Granada), entre otros lugares rurales diseminados por todo el territorio, más de cuarenta mujeres rurales formarán una comitiva que va a viajar a partir de mañana por Europa para difundir las propuestas del feminismo rural español por Europa.

Se trata de un grupo de mujeres socias y representantes de Fademur (Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales) que recorrerán Austria, Italia y Francia hasta el próximo día 31 de mayo. El motivo: lograr un triple objetivo que extenderá un impacto positivo a sus comunidades.

Por un lado, Fademur quiere estrechar la red tejida por las mujeres rurales europeas, cohesionándolas en el contexto actual, crucial para el futuro de los valores que el feminismo rural siempre ha defendido para la construcción de comunidades justas, iguales y libres.

Por otro, la organización recabará apoyos en su lucha contra la violencia contra las mujeres rurales. Concretamente, Fademur pretende llevar fuera de nuestras fronteras los espacios seguros que extiende contra la violencia machista en los pueblos de nuestro país. Desde 2014, la organización ha conseguido incluir 556 ubicaciones en esta red

En último lugar, las mujeres rurales de Fademur también pretenden intercambiar experiencias con compañeras del sector agrario austriaco, italiano y francés. Buscarán conocer las claves de la excelencia de proyectos destacados en estos países y replicarlas en el nuestro por medio del feminismo rural.

Para todo ello, el grupo de Fademur mantendrá reuniones con representantes de organizaciones de mujeres rurales de estos países: ARGE Rind en Austria, Donne Coldiretti en Italia y la Commision Nationale des Agricultrices (CNEA) en Francia. Asimismo, las mujeres de Fademur visitarán negocios agroalimentarios, así como otros relacionados con el agroturismo, en todas las áreas rurales por las que van a viajar.

DECÁLOGO DE PROPUESTAS DEL FEMINISMO RURAL

Fademur ha explicado que adoptar este decálogo contribuiría no solo a avanzar en igualdad en las zonas rurales de Europa sino también a fortalecer el músculo social y económico de estas áreas, cuyas consecuencias se extenderían más allá de estas comunidades y redundaría en la sostenibilidad de la sociedad europea en su conjunto

1. Crear un foro que aborde la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres en el medio rural europeo. Las mujeres rurales piden establecer un grupo de diálogo civil de Igualdad de la CE enfocadas en su ámbito

2. Medir el impacto de género y de ruralidad (más allá de la PAC) de los presupuestos de la UE. Conocer el impacto de las acciones de la UE ayudará a tomar mejores decisiones para reducirlas estas brechas en el futuro.

3. Desarrollar bases de datos y redes de información. Que abarquen las cuestiones económicas y sociales relacionadas con las mujeres rurales para abordar de manera más precisa la lucha por la igualdad de oportunidades.

4. Fortalecer a las mujeres rurales desde la PAC:

– Priorizar los proyectos de mujeres rurales en el segundo pilar de la PAC (para el desarrollo rural). En España, actualmente es optativo y son las Comunidades Autónomas las que deciden sobre esto.

– Seguir incrementado las ayudas directas a mujeres productoras del primer pilar de la PAC. De esta forma, reducir la brecha que existe entre las explotaciones agrarias de hombres y de mujeres, puesto que ellas tienen menos explotaciones y las suyas son más pequeñas, lo que también provoca que sean más débiles en un contexto de crisis económica.

5. Fomentar la digitalización entre las mujeres rurales. La digitalización puede ser una oportunidad para reducir las brechas de género y ámbito. Por ello, se pide un esfuerzo de formación en digitalización de las mujeres rurales y mejorar su acceso, tanto en el aspecto de la conectividad como en el del precio.

6. Profesionalizar los trabajos de cuidados en los pueblos. Aprovechar el potencial de los trabajos de cuidados para atajar dos problemas estructurales del medio rural: el despoblamiento de los pueblos y la falta de oportunidades laborales, especialmente sufrida por las mujeres. De esta manera, crear empleos a la vez que se garantiza el bienestar de la población mayor y dependiente en el medio rural, detener la sangría demográfica que sufren las zonas rurales y mejorar el nivel general de estas comunidades.

7. Fortalecer la lucha contra la violencia machista en los pueblos. Tras el reciente acuerdo entre el Parlamento y el Consejo sobre la futura Directiva sobre la lucha contra la violencia contra las mujeres, incluir la perspectiva rural para que la norma aborde la realidad en los pueblos y proteja a sus mujeres:

– Recabar información estadística sobre esta cuestión en los territorios rurales.

– Formar a agentes comprometidos en esta lucha en los pueblos. entendiendo que en ellos estas violencias tienen mecanismos particulares.

– Mejorar el acceso en los pueblos a los recursos públicos de atención a víctimas.

8. Hacer efectivo el acceso a la salud con perspectiva de género en los pueblos, haciendo un especial énfasis en todas las cuestiones relacionadas con la salud sexual y reproductiva.

9. Incluir los territorios rurales como destinatarios de todas las manifestaciones culturales. La cultura genera identidad y desarrollo. El acceso a las actividades culturales (más allá de la audiovisual), que está en manos de la autogestión de los territorios, tiene que ser menos heroica y más apoyada por las Administraciones.

10. Fortalecer el apoyo a las organizaciones de mujeres rurales. En un medio diverso y disperso como es el rural, las organizaciones de la sociedad civil juegan un papel fundamental en su diversificación y dinamización a todos los niveles. Por ello, facilitar su trabajo supondrá un impacto positivo directo en sus comunidades.


EXPEDICIÓN DEL PLAN ALLEN RURAL

Gracias a este viaje, las mujeres rurales emprendedoras del sector agroalimentario conocerán de primera mano a compañeras europeas con quienes establecer sinergias e intercambiar experiencias. De esta forma, en Fademur esperan poder extraer conclusiones y ejemplos que llevar a la práctica en el campo español.

Por ello, Fademur enmarca esta gira en Plan Allen Rural, el programa con el que la organización mejora la situación de las mujeres del sector agroalimentario de España gracias al apoyo de IKEA.

A través de formación y asesoramiento, y haciendo especial hincapié en digitalización, diversificación y transición ecológica, Plan Allen Rural ya ha impulsado a más de 700 mujeres rurales. La organización se ha marcado por objetivo extender esta ayuda a 1.000 beneficiarias durante los dos años de duración del programa, que terminará en 2025, y certificará la primera promoción de quinientas mujeres pilotas de drones.

Fuente: Agroinformación

mayo 03, 2024

Cuidar la tierra, curar con plantas: crónicas del feminismo comunitario en Jujuy

Mujeres indígenas de Jujuy usan hierbas medicinales para tratar enfermedades y trabajan con fibras de bambú que disputan al Ingenio Ledesma. Mientras comparten recetas y memorias de sus abuelas, van trazando caminos alternativos a un mal mayor: la fiebre extractivista que afecta sus territorios. Relatos de experiencias de feminismo comunitario en el norte argentino.

Foto: Ana Domínguez.

Llegar a Tilcara es pisar tierra quemada. Los kilómetros de las rutas nacionales 66 y 9 que llevan a la ciudad están regados por cenizas. Solo en los dos últimos años, Jujuy tuvo más de 380 incendios forestales registrados, en los que se perdieron 40.000 hectáreas, según el Ministerio de Ambiente de la provincia.

Cuando quedan atrás los restos del fuego y la ruta se sumerge en los colores de la montaña, pareciera no existir otra cosa. Tan altas como el cielo mismo, con cactus que parecen pequeñas pecas, los ojos las observan. Ven también los graffitis, pintados sobre los cerros: “Cuidemos la pacha, que solo hay una”. “Pueblos indígenas unidos por el agua”. “Morales represor”. En esa provincia, las comunidades indígenas llevan años denunciando y reclamando por la protección de sus tierras.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el cambio climático agrava la violencia contra las mujeres y las niñas. En la medida en que aumenta la regularidad con la que ocurren las sequías, migran los animales que pastorean o se desgasta el suelo, aumenta el tiempo y energía requerida por cada una de ellas para proveer a sus familias de alimentos. Además, las mujeres tienen hasta 14 veces más posibilidades de morir durante desastres ambientales. Por otro lado, han sido relegadas a llevar a cabo las tareas domésticas, como el cuidado de niños y mayores, la alimentación, la reproducción de la cultura y el suministro de agua.

Ante de la deforestación y las disputas por la tierra, en Jujuy el feminismo comunitario de mujeres indígenas unifica las luchas de recuperación de los territorios y de defensa de sus cuerpos.

El feminismo comunitario se construye como un pensamiento cosmogónico que reinterpreta las realidades de las mujeres indígenas dentro de sus comunidades, estableciendo nuevas relaciones de equilibrio que las fortalezcan frente a una sociedad patriarcal y machista. Las mujeres cuestionan con su práctica al feminismo urbano y blanco, que no las representa. "Mi cuerpo, primer territorio de conquista" es una consigna regional. La violencia que sufre la tierra, la sufren también ellas. Desde el Observatorio Mumalá se registró, en 2023, un aumento de 35 por ciento de los feminicidios a mujeres de pueblos originarios desde 2015.

Foto: Ana Domínguez


Una laboratorio de medicina ancestral en Tilcara

Las piedras se mezclan con el asfalto hasta convertirse en lo único que tocan las ruedas. La chofer se detiene frente a una casa, afuera se lee: "Estrella Azul". Una vivienda, en el barrio Villa Florida de Tilcara, fue convertida en laboratorio para mujeres indígenas.

Mónica Bertuzzi llegó a esa ciudad jujeña en 1983 desde Buenos Aires, cuando todavía era un pueblo habitado por muy poca gente y una infinidad de estrellas. En esa época llegaban pocos turistas, quizás en verano a casas de estilo colonial. Hoy es tierra de aventureros. “Estrella Azul comenzó como mi casa, después fue una quinta comunal y hoy es un espacio para disfrutar de la naturaleza. Las personas que hacemos uso del lugar cultivamos nuestras verduras, las compartimos con los huéspedes, reciclamos los desechos. Estamos en armonía con nuestra madre tierra”, relata.

Con el tiempo, la tecnología convirtió a este lugar en un laboratorio. Actualmente, se allí hacen actividades holísticas; desde la preparación de tinturas madre o mieles infusionadas hasta cremas.En esta pequeña casa de piedra, 40 mujeres indígenas y no indígenas forman parte de un proyecto de medicina ancestral. La propuesta, ganadora de la primera convocatoria de proyectos socioambientales de la red Banco de Proyectos Comunitarios Rurales, es un intercambio de saberes en salud comunitaria con plantas nativas propuesto por la Asociación Civil Coejhú y la Red de Mujeres Rurales de Argentina. Las invitadas llegan de otras partes de Jujuy —La Quebrada, El Bananal, San Pedro— y de otras partes del país —Formosa, Chaco y Buenos Aires—.

Las mujeres que hoy participan del laboratorio se presentan. Algunas lloran recordando a sus abuelas, hablan de sus conocimientos ancestrales y de la importancia de mantener el aprendizaje. Mencionan la dureza de la soledad en el campo y el desconocimiento que reciben por parte del mundo.

“Doy las gracias al creador por permitir que nos estemos viendo las caras. Esto tiene que ser una sola energía positiva hacia la tierra. Este es un trabajo sin fin para recuperarnos como mujeres y como naturaleza”. Esas son las primeras palabras en español de la ronda, las pronuncia Claudia Farías. Los mburruvicha (autoridades de las comunidades guaraníes) la eligieron, en 2018, por unanimidad como la nueva mburruvicha guasú del Pueblo Guaraní en Argentina. Ahora ella es la máxima autoridad.

Colgados en la pared, detrás de ella, acompañan su figura ramos secos; un halo de flores y hojas que brotan desde sus hombros. Los ojos de las mujeres que la rodean se posan sobre ella mientras habla.


“La tierra está enferma, nosotros la enfermamos. Somos tierra y ahora estamos enfermos: a veces espiritualmente, a veces nuestra sangre, nuestra vista. Para el gran creador la esperanza es la medicina ancestral que existe desde que existe el mundo mismo. Las abuelas que nos han criado nos han dado arandú, la sabiduría misma. Nuestros secretos se despiertan a medida que nos transformamos, la tierra está muriendo y necesitamos transformarnos ahora para salvarla a ella y salvarnos a nosotras. Porque también somos tierra”, afirma.

La sabiduría ancestral de la que hablan estas mujeres son conocimientos de las poblaciones indígenas, que resultan de sus experiencias con el entorno natural durante largos periodos de tiempo. Han aprendido no solo a administrar sus recursos —agua, animales, plantas, frutos— para que las generaciones que les siguen puedan cuidarlos de igual manera y aprovecharlos, sino también a adaptar sus actividades a los cambios del ambiente.

Muchas comunidades, nómades antes de la conquista española, aprendieron a asentarse en el territorio y a trabajar la tierra para cosechar. Pero hoy, al virus de la influenza, sarampión y viruela que ha exterminado sus formas antiguas de vida, se le suma una enfermedad gestionada por el hombre: la fiebre del extractivismo. Ante este calor y presión agobiante, surge el brillo de guerreras ambientales.

“Mi cuerpo es el primer territorio”, son las palabras finales de la exposición de Claudia.

"Nos enseñaron nuestras abuelas"

Las mujeres están paradas en los extremos de mesas de madera, situadas en el medio de la habitación. Un viento frío entra por las ventanas. Dos perros marrones y un gato blanco zigzaguean entre las piernas y se acercan a su dueña, Mónica. “Son todas hembras, esto es un matriarcado”, dice ella mientras sonríe.

Sobre la mesa se extienden pétalos amarillos de flora nativa como el Sumalagua o Aguaribay, acariciados por los rayos de sol. A un costado de la mesa se encuentran los tallos, partidos en pequeños pedazos. Todos los elementos son puestos en filtros de café y luego metidos a presión en alambiques. La Sumalagua crece en todo el norte, particularmente en La Quebrada, donde se encuentra Tilcara. La planta debe medir más de un metro, con tallos verdes intensos cuyas hojas filosas cortan la piel mientras se camina entre ellas. Sus flores son amarillas, pequeñas y parecen hechas de papel.

Mientras el alambique hierve y se filtra el líquido, se comentan los usos de la planta: cómo preparar tés con ella, cómo moler las flores o utilizar los tallos más verdes para hacer un baño de pies. Hacen pequeñas rondas para hablar. Las más calladas toman nota, algunas graban a la persona que habla. “Toda la planta sirve”, se comenta.

Cuando traen nuevamente el alambique a la mesa, la pócima ya está lista. No serán más de 200 mililitros, suficiente para los frascos de vidrio que cada una llevará a sus casas. El sol ya no pica tanto sobre la piel, la gata y las perras duermen, la tensión del día se empieza a quitar de los músculos. Por algún motivo nadie habla.

“¿Qué pasa si no consiguen las cosas que necesitan para curar? ¿Hoy tienen las mismas cosas que antes?”, le pregunto a Claudia. Ella responde: “Tenemos menos territorio y en lo que nos queda a veces no crecen las cosas. Tenemos que buscar más lejos nuestras plantas. La tierra está muerta acá y nadie nos brinda ayuda. Pero nuestros hijos se siguen enfermando, nuestros compañeros siguen volviendo con heridas y nosotras necesitamos fortalecernos solas”.


A la salida del laboratorio, sentadas en las piedras del jardín, esperan Griselda Puca y su hija Trini. Griselda es mburuvicha de la comunidad guaraní en El Bananal, al norte de Tilcara. Así recuerda a su abuela Matilde: “Ella luchó mucho por defender la cultura y por permitir que las mujeres pudieran liderar. Vivió toda su vida en una plantación de cítricos en El Bananal e iba casa por casa para organizar a los hermanos, se relacionaba con la iglesia, iba a congresos, peleaba por la educación bilingüe. Era ella sola contra el mundo. Yo crecí viéndola, tomando sus tés y aprendiendo de toda esta cultura, mis derechos como mujer y mi obligación de defender este suelo que estoy pisando”.

Para ellas, la desaparición de la naturaleza significa sentir de cerca la pérdida de una maestra. “¿Pensaste alguna vez en tener que dejar tu casa por la crisis climática?”, le pregunto a Griselda. Ella responde: “No queremos. Es nuestra casa. Aquí tenemos nuestras plantas, nuestras casas, nuestros animales. No estamos pensando en irnos, pensamos en resistir a todo esto. Tenemos esta lucha porque nos enseñaron nuestras abuelas, porque somos mamás. Y ya no tenemos miedo, nos han tenido tanto tiempo escondidas aquí debajo de la tierra que nuestra piel se ha convertido en un cuero. Estamos preparadas”.
Piedra, cal y memoria

El Pucará de Tilcara es la voz de la tradición indígena, uno de los asentamientos prehispánicos más importantes de la Quebrada de Humahuaca. Las ruinas tienen la peculiaridad de ser una reconstrucción del camino original, un trabajo hecho por arqueólogos de la Universidad de Buenos Aires entre 1911 y 1928. Las mujeres se reúnen aquí para conmemorar a sus ancestros.

Aún se puede imaginar un niño tocando el erke mientras pasea por estas mismas calles, a una familia preparando chicha en un patio comunitario, mientras en otro algunas mujeres fabrican vasijas de barro para enterrar junto a sus difuntos.

La zona del Pucará es una de las que más sufre las sequías. A pocos kilómetros de distancia se encuentran las empresas que extraen cal en las bases de las montañas. El polvo, la sequedad del suelo y las condiciones nocivas del aire los fuerzan a dejar sus hogares.

La guía se acerca lento y una vez que todas están formadas en ronda, pide con voz dulce:

—Cierren los ojos e imaginen conmigo. Recuerden todos los afiches que leyeron en este lugar, fíjense que es lo que quieren que conecte nuestras historias, quieren nuestro olvido. Nosotros no somos un pueblo muerto, incluso cuando así quieren que parezcamos. Yo quiero imaginar y recordar este lugar no como una reconstrucción, sino como una comunidad donde hay vida, donde detrás de cada una de nosotras hay un ancestro, el sonido de la música, el olor de la chicha, la risa de mi tierra. Nadie va a poder nunca exhumar a las culturas aborígenes mientras nosotros, mientras nosotras, estemos vivas.

Sobre el Río Grande

Al día siguiente las mujeres de Estrella Azul viajan a San Pedro de Jujuy, al sur de la provincia, en las puertas del Ingenio La Esperanza. Allí buscarán plantas y piedras. La ciudad las recibe con una infestación de moscas. Allí recolectan plantas y piedras autóctonas y llevan adelante una ceremonia de agradecimiento a la Pachamama. “Todo esto es del bagazo. Se pudre lo que deja el ingenio y se llena de moscas. Hay toda una peste en el aire donde tiran la caña”, dice Claudia, y estira su mano sobre la bolsa de pan para espantar a los bichos. La humedad no ayuda.

Los ríos y los bambusales —las tierras cubiertas de caña— del Ingenio Ledesma, al igual que el balneario de San Pedro donde las moscas se golpean entre ellas, pertenecieron por siglos a comunidades guaraníes. Hoy, el bambusal está en manos del ingenio. “Todo esto antes era nuestro, lo privatizaron todo y nos dejaron esta franja. De acá sacamos muchas veces plantas para hacer nuestras medicinas y venderlas”, dice Claudia.

Las mujeres caminan por el camping municipal Jaque. Algunas prenden sahumerios con yuyos y agarran pasto del suelo para evitar que el fuego se apague. Mientras andan, van tocando los árboles, flores, arbustos y comentando sus propiedades. Y recuerdan cómo de pequeñas hacían las mismas caminatas con sus abuelas.

Una de ellas, Victoria, prefiere no dar su apellido, se para frente a un Jacarandá y lo observa: “Mi papá lo usaba para lavarse el pelo. Agarraba ramas, las partía al medio y con el pelo mojado las refregaba. Sirve un montón para dejar el pelo fuerte y crecen en cualquier lado. Como son árboles tan comunes, la gente los desprecia”.

En el camping existen alrededor de 100 especies vegetales. La mayoría fueron plantadas en los últimos 30 años, luego de que el terreno se tuviera que talar para urbanizarlo. Las tierras que quedan sin urbanizar ya no tienen mantenimiento: los yuyos crecen, los árboles se llenan de claveles del aire y las botellas de plástico quedan tiradas al costado de la ruta.

Las mujeres continúan su camino, esta vez sobre el Río Grande en el Nuevo Puente San Pedro. Casi llegando al final del puente, los autos comienzan a tocar la bocina mientras miran al grupo de mujeres. Anita, hija de Victoria, sostiene una bandera del pueblo guaraní y su mamá la mira.

—Piensan que vamos a hacer un corte de ruta. Ya lo hemos hecho antes y nos deben estar mirando raro—, dice.

Victoria no es ajena a las rutas, ni a los cortes, ni a los empujones. A mediados del año pasado las mujeres de la comunidad guaraní de San Pedro acompañaron a las comunidades convocadas por el Tercer Malón de la Paz cortando la ruta que cruza el Río Grande. Lo hicieron en solidaridad a los cortes en la entrada al pueblo de Purmamarca.

El aire es tenso mientras Victoria, sus hijas y algunas mujeres se sientan sobre piedras al costado del puente. Esperan que la campinta (líder) les marque el camino más seguro para bajar al río.

—Éramos todas mujeres las que cortamos aquí, vinimos con nuestras niñas también —comenta bajito Victoria—. Venían algunos policías conocidos y nos decían: “señora Victoria, por favor, váyase”. Otros directamente nos pateaban con las botas y las chicas que estaban atrás mío gritaban para que no lo hicieran. A nadie le importaba si nos pasaba algo. ¿Vos te pensás que nos consultaron para la reforma?

Luego comienza el descenso: la llegada al río no es menos agraciada a los ojos, se extiende ante la vista como una antigua cicatriz del paisaje. La tierra está agrietada y aún contiene algunos murmullos del agua producto de las lluvias de días anteriores. El viento levanta un amargo olor a barro seco.

Las mujeres empiezan a juntar piedras. Algunas niñas se meten aún más profundo dentro del lecho del río para mojarse con los hilos de agua que aún corren. Trazos de violeta, blanco y celeste se amontonan cerca de los pies. Las piedras formadas de arcilla moldeada por el agua yacen completamente expuestas.

“Con estas piedras pintamos las máscaras del arete guasú”, susurra Claudia.

El arete guasú es la celebración sagrada del Pueblo Guaraní y tiene lugar todos los años en el Chaco Sudamericano. En el noroeste argentino es un encuentro donde se agradece por la prosperidad de la tierra a los antepasados. No es un carnaval, incluso aunque ocurra en febrero, es una celebración agraria con sentido mítico. Las máscaras son parte esencial de la festividad; hechas de palo borracho al cual llaman yuchán: el árbol que contiene los espíritus de los ancestros.

Construcciones con bambú en Calilegua

A 55 kilómetros de San Pedro, vive Rosario González presidenta de la comunidad Kolla-Guaraní de Calilegua. Las mujeres que la integran también trabajan con lo que da la tierra: específicamente, con el bambú. La comunidad vive a doce cuadras de la Intendencia del Parque Nacional homónimo, que cubre 76.306 hectáreas de bosque de yunga y considerado patrimonio de la humanidad por la Unesco por su biodiversidad. Alberga más de 270 especies diferentes de pájaros, jaguares y flora nativa.

Desde 2015 hubo siete intentos de aprobar concesiones hidrocarburíferas dentro de este área. La más recordada en el pueblo es la que se intentó otorgar a la empresa JHP International Petroleum Engineering y que fue anulada por la Legislatura jujeña, luego de un amparo presentado por guardaparques, el Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa) y Mujeres Indígenas de Calilegua.

Rosario llega casi veinte minutos más tarde del horario pactado para el encuentro. Se toma su tiempo para saludar a los muchachos que ocultan sus cabezas del sol rabioso con sombreros de paja. Están construyendo una nueva habitación para el centro comunitario. El quincho está hecho con cañas de bambú.

“Estamos escribiendo una nota a la empresa Ledesma para poder utilizar las cañas”, cuenta Rosario. “Ellos tienen el bambusal, con la caña hacen una barrera al costado del río que usan para regar, así no se desborda y no pierde agua. Nosotros le pedimos autorización para poder seleccionar y sacar el material para poder tener nuestras cañas para la construcción”, agrega.

Las mujeres trabajan con las cañas. Lo hacen usando un malacate, que es una herramienta para poder trepar los bambusales y cortar la fibra. Luego la dejan reposar casi un mes para drenar la savia y las tratan en unos piletones de cemento construidos por la comunidad.

Rosario relata: “Este territorio lo ganamos por posicionamiento, antes éramos una comunidad sin viviendas; teníamos quinchos, gallineros y chanchos sueltos. Con el tiempo la población creció, se hicieron viviendas pero el lugar nos quedaba chico. Ya son veinte años que somos dueños de nuestro territorio. El intendente, a finales de los años noventa, nos dio este lugar por el canal de riego que pasaba, así podíamos poner nuestras huertas comunitarias. Hoy ya está tapado por la urbanización; no podemos tener más animales, sólo huerta cuando conseguimos agua”.

La comunidad se llama Hermanos Unidos de Calilegua y agrupa a indígenas de las etnias colla y guaraní en el departamento Ledesma. Son 30 familias que cultivan hortalizas de forma agroecológica. También plantan sus propias hierbas medicinales, las mismas que Rosario pone en el mate. La mburuvincha (líder) comenta: “Acá no llueve hace casi un año. Tenemos sistemas de captación de aguas de lluvia para regar la huerta, pero todavía estamos esperando que caiga un poco más de agua. Alrededor a veces vemos que llueve un montón, y acá nos saltea… Estaremos malditos”, asegura. El fuego de los incendios forestales también avanzó sobre el Parque Nacional, en 2022, consumiendo alrededor de 7000 hectáreas.

“Todo lo que hacemos es para vivir mejor, ahora que pasa lo que pasa con la tierra. Nosotras lo estamos haciendo a pesar de que somos pocas. Muchos hombres acá ya no se encargan de las cosas, hace años que en la presidencia somos mujeres. Y prefiero hacerme cargo yo a que no se haga nada”, afirma Rosario.

Cuando ella se despide, el cielo está morado y el centro de la comunidad queda vacío. A excepción de una gata que alimenta a sus crías. Los coyuyos cantan despacito. La tierra de estas mujeres es una tierra gentil no por la violencia que las ataca, sino a pesar de ella. Ellas lo saben. Sus luchas son por las que van a venir y por lo que va quedar en el territorio.

Por Ana Domínguez
Edición: Mariángeles Guerrero.
Fuente: Agencia Tierra

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