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agosto 29, 2021

Manipulación emocional: Del «amor romántico» al «poliamor»


Según sus partidarios, el poliamor es una relación establecida entre un grupo de personas que mantienen una relación de carácter afectivo y sexual entre ellas de forma duradera y simultánea. En estas relaciones, todas las personas involucradas son conscientes de la existencia de las otras personas y de las relaciones que existen entre las demás. La estructura de estas relaciones no es siempre idéntica: Alguien puede tener dos amantes estables que no estén con nadie más, o tres amantes que a su vez tengan otros amantes, o dos amantes como relación principal y otro como relación secundaria, o ser bisexual y tener amantes de dos sexos, o estar en un trío (o grupos de más personas) en el que todos sean amantes de todos y a la vez tengan relaciones esporádicas con personas que no pertenecen al grupo original. Hay personas poliamorosas que viven con uno o varios de sus amantes, en la misma o distintas viviendas; hay otros grupos poliamorosos que prefieren vivir en casas separadas; otras que están criando un hijo con dos madres y un padre, etc. (Fuente: poliamormadrid.org).

Lo habitual es que entre las personas que tienen una relación poliamorosa existan una serie de reglas (algunas veces, formalizadas en un contrato o acuerdo escrito) en las que se consensuan las condiciones en las que debe producirse y desarrollarse la relación entre todas las personas que forman el grupo poliamoroso, de modo que todas conozcan el tipo de vínculos que mantienen, ellas mismas con el resto y el resto de personas entre sí. Estos acuerdos explicitan, generalmente, el número de personas implicadas, quién puede relacionarse con quién, a qué nivel –“afectivo”, sexual o ambos– qué tipo de prácticas sexuales están permitidas y entre qué miembros del grupo, con qué tipo de protección contra las ETS, dónde se pueden llevar a cabo los encuentros, cada cuánto se ve a cada pareja, si las relaciones sexuales pueden practicarse por separado entre algunos componentes del grupo o siempre en grupo, etc. Precisamente, que este tipo de condiciones sean conocidas y “consensuadas” por todos/as los componentes del grupo es lo que aducen sus defensores y practicantes para legitimar su modelo de relación “afectivo”-sexual como un modelo entre personas libres e iguales que eligen por voluntad cómo quieren que se desarrolle su relación.

Sus defensores y practicantes aseguran que las relaciones poliamorosas son libres e igualitarias, al contrario de lo que sucede en las relaciones afectivo-sexuales de parejas cerradas y estables, sean estas heterosexuales u homosexuales. Consideran opresor la exclusividad amorosa y sexual que se exigen mutuamente los/las componentes de una pareja cerrada, asegurando que demandar de alguien esa exclusividad compromete su libertad como persona de relacionarse con otras del modo que considere oportuno con otras, cercenando su libertad y sus experiencias afectivas y sexuales. En este sentido, impugnan el amor monógamo, por represor, que se profesen dos personas entre sí y advierten del componente de dominio que implica privar a alguien de otras experiencias amorosas y sexuales y además exigirle fidelidad exclusiva para toda la vida.

El feminismo ha impugnado, y a mi juicio con total acierto, el amor romántico en tanto que instrumento patriarcal para alienar a las mujeres y hacerlas dependientes de los hombres. Se ha denunciado así que el amor haya servido para camuflar las relaciones de poder entre los sexos, poniendo a las mujeres al servicio sexual, doméstico, económico, reproductivo, etc. de los hombres. Ahora bien, ¿el amor es impugnable en sí mismo o lo es solamente la utilización patriarcal del mismo para asentar el poder de los hombres sobre las mujeres? Aún más, ¿acaso es legítimo considerar amorosa una relación patriarcal de dominio? ¿No convendría dejar de llamar “amor” a la instrumentalización patriarcal del mismo? Aceptemos, por un momento, que todo amor monógamo es opresor. Si así fuera, ¿extenderlo y ejercerlo sobre más personas –al convertirlo en poliamor– lo haría menos represor? En definitiva: ¿Qué nos asegura que las relaciones poliamorosas no se rijan por las mismas lógicas patriarcales? 

Como decía, el feminismo y la izquierda han hecho una crítica al “amor romántico” por ser patriarcal y por asentar una forma de familia funcional al Estado burgués. Ahora bien, ¿acaso el poliamor no es un modelo relacional perfectamente funcional al patriarcado actual con su componente individualista y depredador propio del neoliberalismo?

El poliamor normaliza el consumo constante de personas. Bajo la parafernalia contractualista de negociaciones, acuerdos y consensos no se esconde sino un elaboradísimo ejercicio de dominio y sumisión que recaerá principalmente, y me atrevería a decir que necesaria y exclusivamente, sobre las mujeres. El poliamor se sustenta, por más que lo disimule con la noción de “consenso”, en una base de dominio y poder aderezada con una dosis significativa de manipulación emocional (bastante agresiva, por cierto, sólo hay que debatir un rato con sus defensores para comprobarlo). Al tiempo que se predica las relaciones libres, sin opresión monógama, se firman contratos en los que se decide quién tiene derecho a relacionarse con quién y de qué manera. Del mismo modo, en el poliamor, bajo la noción de “gestionar los celos”, se criminalizan las inseguridades y malestares emocionales obvios de constatar lo que evidentemente sucede en una relación poliamorosa: saberse utilizable, reemplazable, sustituible y no amada. Dichos malestares no se atienden en absoluto, al contrario, se demonizan en tanto que supuesta herencia de la educación monógama patriarcal, como si consumir compulsivamente a otras personas (léase mujeres) no fuese propio patriarcado del más rancio y rígido. Porque ¿acaso no es humillante estar en una relación afectiva en la que la persona no es considerada por su compañero/a un fin en sí misma sino un medio con el que satisfacer el propio ego y el propio deseo, sin vínculo emocional o si acaso, con una ficción utilitaria y desleída del mismo? Sostengo que el poliamor no es sino el modo relacional producto de esta etapa neoliberal y postmoderna del patriarcado, tan opresor como el contractualismo matrimonial o prostitucional interpelado por Carole Pateman. 

No veo una sola ventaja del poliamor frente a la monogamia. No advierto en qué se es más libre siendo poliamorosa que monógama. Al contrario, considero profundamente inadecuado denominar “amor” a relaciones de sujetos individualistas en pugna por satisfacer su ego, llegando a acuerdos contractuales en los que las partes intentan asegurarse el mayor beneficio afectivo y sexual a cambio del mínimo compromiso personal con el resto. Pero lo que encuentro más intolerable es que esta despiadada competición individualista y egocéntrica se recubra de una retórica dulzona y vacía disfrazando el puro dominio e interés individual de “consenso, libertad, respeto, igualdad, liberación sexual, comunicación, impugnación de la opresión monógama,…” en fin: mismas cadenas, pero barnizadas con purpurina progre.

Igualmente, considero que el feminismo debe elaborar una propuesta teórica firme y sólida sobre el amor de pareja. La despiadada crítica al amor romántico era imprescindible en tanto que máscara de una alienación sobre las mujeres indudablemente inaceptable. Ahora bien, tan necesario como detonar un modelo injusto, como el amor romántico entendido en su versión patriarcal, es proponer una alternativa apropiada. El poliamor no puede ser la alternativa a la monogamia patriarcal en tanto que es tan opresora o más que esta misma. En román paladino: la solución a no ser sometida por uno no parece que sea ser sometida por varios.

Por ello, a mi juicio, sostengo que el feminismo no debe conformarse con decir que el amor ha sido el opio de las mujeres. Creo que, en primer lugar, ha de precisar que lo que ha sido el opio de las mujeres es la construcción patriarcal del amor (en su versión monógama o poliamorosa) y no el amor en sí mismo. De hecho, no debería considerarse amorosa ninguna relación donde impere el desequilibrio de poder. Y, en segundo lugar, creo que el feminismo ha de proponer un modelo relacional amoroso sólido que sustituya tanto al matrimonio patriarcal o el amor romántico en su peor versión, como al “amor” depredador y consumista del poliamor. Negar que el amor sea una experiencia humana profunda que tenga significativa relevancia en nuestras vidas no parece justo ni necesario ni la solución a nada. Criminalizar un sentimiento bueno en sí mismo porque un sistema lo haya retorcido hasta volverlo irreconocible y un instrumento de sometimiento tampoco parece lo oportuno: reestablecer el amor como sentimiento digno, de profunda unión entre dos personas y bienestar para las mismas, exento de toda manipulación y subordinación patriarcal sí parece lo más adecuado, y no creo que sea imposible ni, mucho menos, conservador.

Lo afectivo está siendo reducido a lo sexual y, a su vez, lo sexual está siendo reducido, simplificado y condicionado a la sexualidad masculina más patriarcal. Es esto y no el amor lo que oprime a las mujeres. Y es esa lógica, y no el amor en sí mismo, la que parece digna de interpelación. De hecho, el amor nos hace ver en la persona amada eso, una persona que merece ser tomada en consideración, con el mayor respeto a su dignidad y libertad, y por tanto, nos imposibilita desear su cosificación y su supeditación a nuestros deseos. Esto es: justo lo contrario a la noción patriarcal del “amor” y de la “sexualidad”, que precisamente es la que valida modelos relacionales donde el compromiso, el afecto, la lealtad, la complicidad y la reciprocidad amorosa y sexual sean denostados y sustituidos por relaciones esporádicas, fortuitas, sin afectividad ni complicidad, reducidas a la obtención de gratificación sexual individual (del hombre), acumulando experiencias tomadas como trofeo (por los hombres) y como medio de satisfacción del propio ego (de los hombres).

Por ello, poner en valor las relaciones monógamas sustentadas en los valores de libertad, igualdad, solidaridad, complicidad y atención equilibrada y recíproca me parece lo verdaderamente revolucionario en tiempos ultraindividualistas. Por supuesto que deben defenderse aspectos como la independencia y la libertad individual, el derecho a perseguir el proyecto vital que cada persona considere y mantener siempre una autonomía personal, económica y emocional (especialmente de las mujeres, en tanto que somos quienes hemos carecido de ella). De modo que para las mujeres (especialmente las mujeres heterosexuales), tener pareja deje de significar supeditarse a los deseos y prioridades de su compañero. Pero una cosa es velar por relaciones en pie de igualdad y otra denostar la monogamia –en bloque y sin matices– tachándola de necesariamente patriarcal, al tiempo que se elevan e idealizan relaciones más desequilibradas y patriarcales que la monogamia misma.

Denostar y despreciar el amor me parece muy desafortunado, especialmente en una sociedad neoliberal y patriarcal donde el debilitamiento de los vínculos humanos profundos (y el amor me parece el vínculo humano por excelencia) es tremendamente funcional a un sistema económico depredador. Dicho de otro modo: sin vínculos sólidos igualitarios y sanos (no sólo de amor, también amistosos y familiares e incluso militantes) se es más vulnerable, especialmente a los sistemas de poder. Por ello, el feminismo debe proponer una educación afectiva (no sólo sexual) donde el amor no sea negado cínicamente y se defienda (siempre como opción) como vínculo positivo y enriquecedor, señalando que cuando es verdadero y libre no implica sacrificio, renuncia ni, por supuesto, el más mínimo desequilibrio.

Por último, matizo que me parece igualmente consumista, utilitarista en el peor sentido y depredador si el “poliamor” se produce exclusivamente entre personas del mismo sexo, pero que a nadie se le escape que el poliamor responde, fundamentalmente a intereses masculinos patriarcales principal y casi exclusivamente.

Por ello, considero que despreciar una relación profunda de compromiso y lealtad, de apoyo y ayuda mutua, de camaradería, de estabilidad en un mundo donde todo caduca y las relaciones humanas se devalúan a excepción de las rentables económicamente no parece lo más revolucionario, mucho menos si se substituye por una tiranía ególatra donde “yo soy yo y el resto las intercambiables que me complacen cuando yo quiero”, pues esa parece la regla del patriarcado. Y del neoliberalismo. Y del poliamor.

Graduada en Filosofía por la UVA. Máster en Filosofía Teórica y Práctica por la UNED. Feminista abolicionista, republicana y defensora de la educación pública. Anticapitalista.
Fuente: Tribuna Feminista

febrero 26, 2019

Marie Bergström, del Instituto Nacional de Estudios Demográficos francés investiga las relaciones 2.0


Marie Bergström en el Instituto Francés de Madrid / Lucía Torres

Los sitios y aplicaciones de citas como Meetic, Tinder o Happn se han establecido como una alternativa a la manera tradicional de ligar. ¿Quién las usa y por qué? ¿El futuro del amor está en nuestros móviles? ¿Cambian las tecnologías nuestra manera de vivir las relaciones?

Si alguien puede dar respuestas a estas preguntas, esa persona es Marie Bergström (1982, Örnsköldsvik, Suecia), experta en sociología de la pareja y la sexualidad –especialmente en relaciones heterosexuales– del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (Francia). La pasada semana visitó Madrid para participar en una conferencia sobre amor 2.0 en el Instituto Francés.

Bergström y su equipo han realizado 75 entrevistas a usuarios y estudiado encuestas nacionales (algunas con más de 7.000 encuestados); y han analizado 400.000 perfiles y 25 millones de emails a través del big data de Meetic gracias a datos anónimos, agregados y parcialmente censurados, respetando la confidencialidad de los usuarios, según asegura a SINC.


“Los principales lugares en los que las nuevas parejas se conocen siguen siendo las fiestas entre amigos, el trabajo o la universidad”

Ahora, en su primer libro Les nouvelles lois de l’amour (Las nuevas leyes del amor), recoge sus principales hallazgos después de más de diez años de estudios sobre estas aplicaciones y sus usuarios.

¿Cuál ha sido la razón del éxito de estos sitios y aplicaciones?

Creo que hay dos razones. La más evidente es la digitalización. Casi todo el mundo puede acceder fácilmente a ellas. Sin embargo, creo que la razón fundamental ha sido el cambio que estamos experimentando en nuestra vida íntima. Ahora hay una mayor complejidad en las relaciones amorosas y sexuales. Los jóvenes aplazan el compromiso y les resulta más interesante tener encuentros ocasionales, mientras que en edades más avanzadas, las parejas se separan con mayor frecuencia. En este nuevo contexto, los sitios online han hallado una tierra fértil en la que proliferar.

¿Cree que la forma en la que se conocieron nuestros padres está desapareciendo?

Para nada. Existe todavía. Es más, los principales lugares en los que las nuevas parejas se conocen siguen siendo los sitios convencionales, como las fiestas entre amigos, el trabajo o la universidad. Se cree que más de la mitad de la población actual utiliza aplicaciones de citas. En cambio, nuestros resultados revelan que en realidad solo alrededor del 20 % de las personas de 18 a 65 años ya han utilizado un sitio de citas, lo que representa aproximadamente una de cada tres personas solteras.

Solo un tercio de los solteros es usuario de las apps de citas / Pexels

¿Qué tipo de usuarios forman ese 20 %?

Estas aplicaciones tienen ahora un público diverso: las mujeres y los hombres son usuarios, y hay pocas diferencias sociales. Suelen ser personas jóvenes, de clase media o alta y principalmente hombres. Me gusta aclarar que en la población de jóvenes solteros hay más hombres que mujeres porque ellas tienden a comprometerse con una pareja antes, que además suele ser un hombre de mayor edad. Pero esto son generalidades y existe bastante variedad en estos sitios. Por ejemplo, constatamos que los usuarios de más de 50 años en Meetic suelen ser mayoritariamente mujeres.


“Los usuarios de más de 50 años en Meetic suelen ser mayoritariamente mujeres”

Si solo un tercio de los solteros es usuario, ¿por qué nos da la sensación de que cada vez hay más parejas que se forman por internet?

Durante la investigación observamos cómo se ha producido una desestigmatización de estas aplicaciones y cómo el tabú de su uso se ha ido desmoronando con el paso de los años. Existe aún cierto recelo, pero ya se puede confesar abiertamente que se están utilizando estos sitios.

En un lapso de diez años, una práctica tabú ha pasado a ser considerada como un hábito corriente. Esta sorprendente evolución ha provocado una rápida difusión entre la población y los medios que, a su vez, ha amplificado la verdadera repercusión de estos sitios.

¿Y por qué cree que existe o ha existido este tabú?

Existe una creencia popular de que el amor es un fenómeno que se produce por un encuentro casual. Es una idea ligada al azar y al amor ciego, como si fuese algo que aparece en nuestras vidas y que no debemos buscar. Sin embargo, encontrar pareja suele ser cuestión de probabilidad. Cuando una pareja cuenta su propia historia, a menudo la narra como si hubiese sido producto de un encuentro fortuito pero en realidad ocurrió, por ejemplo, mientras trabajaban en el mismo lugar. Sin duda, esta fuerte idealización ha provocado que exista un tabú alrededor de la búsqueda activa del amor.

“Con las aplicaciones para ligar estamos separando nuestra vida íntima de la esfera social”

¿Es también objeto de su libro desmontar este mito?

No. Yo ofrezco un punto de vista científico y empírico de cómo hemos creado un lugar de encuentro específico y de lo que esto implica en términos de sociabilidad e intimidad. En internet, el encuentro se convierte en un asunto muy privado. Antes esto no ocurría porque las nuevas relaciones surgían en lugares a los que se acudía en nuestro día a día, expuestos al público. Ahora, gracias a estos sitios online, ya no es obligatorio. Esto tiene consecuencias sobre las relaciones.

¿Cuáles son estas consecuencias?

La existencia de un lugar privado dedicado únicamente al encuentro provoca una separación entre la esfera social y la vida íntima. Las nuevas generaciones empiezan a descubrir que conocer a alguien en la universidad o el trabajo no es lo ideal, porque interfiere en la intimidad y las relaciones profesionales. Pensar que ligar en estos lugares no es apropiado es una nueva tendencia que antes no existía.

Al separar estas dos vidas, ¿qué novedades encontramos en estas relaciones virtuales?

Estos sitios son solo una primera toma de contacto y se trata de desvirtualizar cuanto antes la relación para pasar a conocerse fuera de la red. En los resultados observamos que muchas de las relaciones que surgen se vuelven sexuales rápidamente y solo una minoría acaba convirtiéndose en una pareja de larga duración.

Otra cosa que también está muy clara es que hay una aceleración en la formación de la pareja. Estas variaciones se observan sobre todo al comienzo, pues una vez que la relación se establece, las diferencias con las parejas convencionales son mínimas.

“Una vez que la relación de pareja se establece, las diferencias con las parejas más convencionales son mínimas”

¿No cree que existen estas tendencias porque se ha popularizado una imagen sexual de estas aplicaciones?

Totalmente. Es un efecto de refuerzo automático. Durante las encuestas que realizamos en 2013, la mayoría de las personas estaban de acuerdo con que estas aplicaciones llevan a encuentros ocasionales. Si piensas que en Tinder solo hay aventuras, esto crea cierta expectativa y te prepara para lo que puedas encontrar.

¿Y qué es probable que encontremos?

Creo que en estos sitios es más fácil desconectar y romper la relación de la noche a la mañana sin tener que dar explicaciones. Puedes ser más grosero porque es bastante probable que no vuelvas a ver a esa persona. Hay otro contexto donde aparece este fenómeno: los lugares de vacaciones. En estos casos, los encuentros también son a menudo relaciones cortas en las que no damos señales de vida después. Si está preestablecido que una relación nunca llegará a ser seria, se convierte en una profecía autodirigida.

¿Hay lugar para el malentendido en las aplicaciones para ligar?

Este es un fenómeno que observamos tanto fuera como dentro de las conversaciones que se tienen en estas aplicaciones. Si analizamos los códigos actuales de seducción heterosexuales, encontramos dos tendencias que pueden ser fruto de malentendidos. En primer lugar, rara vez decimos lo que queremos porque si eres explícito esto se considera vulgar. A esto se suma el hecho de que hombres y mujeres experimentamos de manera muy diferente la sexualidad en la crianza.

Teniendo en cuenta estos factores, es más fácil entender por qué es complicado que dos personas con visiones diferentes y que no pueden comunicar sus expectativas establezcan una cierta afinidad. Aunque en las aplicaciones la intención está más clara, persisten estos malentendidos que son fruto de esta desigualdad entre los sexos.


“Para las mujeres, las apps de citas permiten guardar una imagen social intacta y explotar su sexualidad en secreto”

¿Cuánta gente accede a estos sitios para encontrar pareja y cuánta busca relaciones ocasionales?

Planteamos también esta pregunta en las encuestas, pero hallamos diferencias muy variadas en función del género que no supimos decir si se debían a que los hombres y las mujeres buscan cosas diferentes o si a las mujeres les resultaba más difícil confesar al encuestador que buscaban sexo. Algo que sí podemos decir es que las personas acceden a estos servicios con intenciones diversas. Hay quienes están para formar una pareja, otros que buscan una aventura y muchos que no saben realmente qué es lo que quieren.

¿Hallaron más diferencias en función del género?

Ambos géneros, sobre todo las mujeres, viven la sexualidad con mayor honestidad en estos sitios porque la privacidad evita que sean juzgadas por su entorno. Para ellas es una manera de guardar una imagen social intacta y explotar su sexualidad en secreto. Los hombres, sin embargo, no tienen tanto reparo en hablar de sus aventuras. También observamos en las conversaciones que las mujeres tienden menos a establecer el primer contacto.

“Creo que la seducción desaparecerá de ciertos lugares”

¿Cómo será el futuro de las relaciones?

No creo que alcancemos nunca un 100 % de usuarios de las apps de citas. Creo que la seducción desaparecerá de ciertos lugares, pero siempre se tendrán encuentros en otros sitios aparte de internet. Lo que queda por ver son las consecuencias, si tenderemos cada vez más a separar las esferas y hasta qué punto esto se traducirá en un estándar.

¿Cuál cree que puede ser el mayor handicap?

La gente se mezcla menos y hay menos sociabilidad colectiva. Esta es una consecuencia inesperada, porque al principio pensábamos que internet nos iba a acercar a una mayor diversidad social. Pasa en las aplicaciones de citas, donde tenemos relaciones más homogéneas y que permanecen dentro de nuestro círculo predefinido, pero ocurre lo mismo con Facebook y otras redes sociales. La gente no es consciente de que está ante una visión sesgada y no global del mundo.

De cara a San Valentín, ¿qué recomendaría a una persona que busca pareja?

De una manera muy poco romántica le diría que encontrar pareja es cuestión de probabilidad. Cuantas más ocasiones de conocer a gente nueva emprenda, más oportunidades tendrá de dar con una persona afín.

Fuente: Tribuna Feminista

noviembre 29, 2018

Brigitte Vasallo "Hay que proponer un movimiento terrorista del amor que ponga en riesgo el sistema"

La feminista y escritora Brigitte Vasallo publica su nuevo libro ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’, donde analiza el sistema monógamo y cómo la alternativa planteada, el poliamor, puede ser más de lo mismo si solo cambiamos el número de personas involucradas en la ecuación.

La escritora Brigitte Vasallo.- Pol Galofre

Brigitte Vasallo es de esas voces tan necesarias como incómodas dentro del feminismo. Clara, directa y crítica con un movimiento que para ella es casa, defiende la necesidad de dinamitar todo lo construido hasta ahora en materia de amor. También en lo que respecta al poliamor o la idea neoliberal que nos han vendido como la alternativa guay y progre a las relaciones monógamas.

Su nuevo libro, Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (ed. La oveja roja), analiza este difícil entramado y pone sobre la mesa conceptos como jerarquía relacional, cadáver emocional o amor Disney.

Brigitte nos recibe una mañana lluviosa de domingo para conversar sobre un tema al que no se ha prestado atención por ser eminentemente “femenino”, pero que vertebra nuestro día a día y articula muchas de las violencias machistas que vivimos actualmente: el amor.

Una de las principales críticas que se leen en el libro es la concepción neoliberal del poliamor basada en el consumo de cuerpos y relaciones. Parece que nos la han colado. 

El sistema nos la ha colado por dos lados: a través del amor romántico, identitario, cerrado, confrontacional; pero también en la manera de desmontarlo a través del poliamor porque hay una corriente que es neoliberal.

Realmente lo que ha conseguido el sistema es que las resistencias a algo que hemos detectado que es violencia sean: O quedarte en eso y disimular y hacer ver que eso no es violencia, etc. o irnos a otra cosa que es no sé si peor, pero desde luego no es mejor.

El libro no pretende ir contra las no monogamias en absoluto ni contra la monogamia. Es un libro que intenta poner sobre la mesa en qué se basa cada cosa y qué estructuras están cruzadas, de forma que cuando decidamos tener un tipo de relación u otra lo hagamos de manera consciente y sabiendo qué partes de todo esto contribuyen a la violencia.

Habla de los cadáveres emocionales que deja este consumo de relaciones y personas. Nos cuesta mucho salir de ahí, cuidarnos, escucharnos y hablar… por qué es tan difícil.

No creo que sea difícil, creo que no nos da la gana. No creo que sea difícil cuidar a tus exparejas sin que eso te lleve a extremos de aceptar violencias. Creo que hay espacios muy sencillitos de cuidados. Solamente hay que comerse un poco el ego y no dejarse llevar por dinámicas del “amor Disney” en las que todo explota.

Las experiencias que yo considero bonitas y que han sido un éxito, hayan durado lo que hayan durado, siempre han sido experiencias fáciles. Lo complicado es lo otro, cuando te metes en la confrontación, te pones a hacer triquiñuelas extrañas para ver cómo ganas terreno a la otra. Todo eso es complicado. Cuando las rupturas se han dado bien hay una sensación de que realmente es muy sencillo hacerlo lo más fácil posible. Una ruptura siempre es dolorosa, pero se puede no añadir sufrimiento.

Sin embargo, en las formas de amor que tenemos actualmente, donde en nuestras vidas emocionales hay muchas parejas, la solución es cargarte tus relaciones anteriores, hacer un campo de minas y un destrozo emocional muy bestia. Es lo que pasa fuera de los ambientes feministas y que lleva en muchos casos a los feminicidios; y con esta idea neoliberal del poliamor estamos en la misma dinámica, lo que pasa es que un poco más disimuladita.

Cuenta que estas críticas al poliamor le han costado ataques y vetos en determinados círculos. ¿No estamos preparadas para la autocrítica?

La autocrítica está mal llevada siempre. Es muy fácil cuando te critican desde fuera porque entonces es el enemigo externo y lo tienes identificado como tal. Esto forma parte del pensamiento monógamo: los otros te critican, pero para eso son los otros.

Pero cuando desde dentro se intenta hacer una autocrítica siempre es muy mal recibida. Para mí esta crítica es una forma de cuidados. Cuando yo miro con lupa dinámicas feministas es porque para mí el feminismo es casa. A mí no me interesa criticar a los otros. A mí lo que me interesa es que para cuidar los espacios que entendemos como casa hay que poner una mirada crítica, radical, política dentro de ese movimiento.

En el libro mantiene que la jerarquía relacional es el eje principal de la monogamia, no la exclusividad. ¿A qué se refiere con esta nueva definición?

La monogamia ha estado mal definida. Para mí es un sistema organizador de nuestros afectos y vínculos sociales que sitúa en la cumbre al núcleo reproductor de manera identitaria. Ese núcleo es el más importante a nivel afectivo. Esto es peligroso porque es un núcleo que nos aísla, y cuando se dan violencias (y es fácil que se den por la propia dinámica de construcción de ese núcleo) te has quedado con pocos recursos en el entorno por esa dinámica de aislar, de jerarquizar, de priorizar, etc. Ese núcleo lo que hace es que las amistades, el vecinaje, etc. no se tenga en cuenta en tanto que relaciones.

Cuando queremos romper la monogamia pensamos que es suficiente con tener dos relaciones paralelas, que a menudo son dos relaciones casi monógamas en paralelo. A mí me parece más radical estar pendiente de si tu vecina, que hace varios días que no la ves, está bien, si se ha caído, si está atendida. Eso me parece romper la monogamia, porque de repente quiebras esa jerarquía y la idea de que tu pareja es lo más importante, luego vienen las amigas y la vecina ni siquiera forma parte de tu red cuando necesariamente forma parte de ella, pero no lo queremos ver.

¿Esta jerarquía es la que nos hace competir, la que determina nuestra valía en función de las parejas que tengamos?

El coche que tienes define un poco qué lugar social ocupas. Esto, que es algo súper patriarcal, se nos ha colado también en los amores. En función de la pareja que tienes vales más o menos en el mercado y dependiendo de cuántas parejas tienes vales más o menos en el mercado. Al final estamos construyendo un hipermercado de los afectos y, desde luego, este no es el camino si creemos que esto tiene un potencial revolucionario.

Habla de esa amiga que viene a recogerte cuando estás mal y la que se queda contigo en casa llorando. ¿Es la amistad un ejemplo de cómo podríamos hacer las cosas mejor en las relaciones sexo afectivas? 

Sí, pero tenemos el sistema tan sumamente metido que a veces ni siquiera vemos nuestra red. A veces nos sentimos solas porque no hay una pareja o porque hay un proyecto de pareja que se ha roto y, en realidad, es el momento en el que estás más acompañada porque está todo tu entorno pendiente de ti, están preocupados y te están haciendo un acompañamiento muy bonito. Es un núcleo que está ahí a las duras y a las maduras sin hacer esos cálculos tan extraños que el pensamiento monógamo nos ha metido: cuánto tiempo vamos a estar juntos, cuánto cuidado vas a invertir ahí… Cosas que tienen que ver más con el lenguaje bancario que con nuestras vidas.

Dice que no pretende buscar atajos ni dar soluciones, pero siempre nos queda esa pregunta de qué podemos hacer, cómo cambiamos nuestra forma de desear y relacionarnos. 

Igual que no se nos ocurre acabar con el capitalismo de un día para otro porque sabemos que eso no va a pasar y porque los atajos no sirven, con los amores pasa lo mismo. No vamos a encontrar soluciones de un día para otro ni vamos a tomar decisiones personales e individuales que acaben con el sistema, pero sí creo que hay muchas cosas que se pueden hacer en nuestras vidas desde la cotidianeidad. 

La pareja es un refugio porque vivimos en un mundo en el que si te pasa algo y te quedas en casa nadie se va a acordar de ti, quien se acuerda de ti es tu familia sanguínea o tu pareja. Tenemos que desmontar eso, pero tenemos que ir creando las condiciones sociales para que eso se pueda ir desmontando. Lo que están consiguiendo estos movimientos neoliberales es romper las comunidades ya de por sí hiperreducidas. Somos individuos que vamos a nuestra bola y ese es el triunfo último del neoliberalismo. Hay que revertir esas dinámicas desde los gestos pequeños y desde los gestos comunitarios. Hay que construir todas esas redes para poder desmontar todo esto.
Ed.- La Oveja Roja

A las mujeres nos va la vida en ello, además…

Literalmente. Uno de los problemas de todo este sistema y de los amores Disney es cuando llega la violencia. El enganche emocional y tóxico es tan rápido que cuando llega la violencia ya no nos podemos ir. Y nos quedamos todas, yo también me quedo atrapada. Seguimos creyendo que a través de los cuidados, del amor, todo se puede y todo se resolverá. Colectivamente tenemos que ponernos las pilas mucho con esto, no solamente educando en temas de maltrato, tenemos que montar una autodefensa feminista que consiste en ver cómo hacemos realmente para poder huir, cuáles son los mecanismos para tener la capacidad emocional para apartarnos cuando llega el momento y para pedir ayuda y dejarnos ayudar, acompañar y proteger por la red afectiva.

Hay en el libro un paralelismo entre el concepto de monogamia y el de patria y pone el ejemplo del conflicto catalán.

El pensamiento monógamo lo intento sacar de las relaciones sexo afectivas para ver de qué manera condiciona la manera de construir cualquier identidad. La idea de estado – nación está construida bajo este concepto. Son identidades confrontacionales, excluyentes y jerárquicas. Mi bandera es mejor por x motivos.

Lo que ha pasado entre España y Catalunya es la construcción de dos identidades bajo una bandera, como si fueran una pareja: con identidades monolíticas cerradas donde unos son una cosa y los otros la opuesta, directamente confrontados.Pues nosotros construimos la pareja de la misma forma: para llegar a ese núcleo superior, el resto de gente son enemigos o amores desechables y nuestra relación hay que protegerla de una manera identitaria y guerrera.

La suerte, y la desgracia, de ser charnega como yo es que en realidad no tienes lugar. Recibimos charnegofobia en Catalunya y catalanofobia en España, por lo que te das cuenta de cómo va cambiando la identidad que te atribuyen según te vayas moviendo unos kilómetros.

Termina el libro con lo que podría considerarse un manifiesto sobre el terror poliamoroso. ¿Qué es exactamente?

Va en varias direcciones: una es el terror que tenemos a hablar de esto, el terror que se genera cuando pones la palabra no monogamia o poliamor sobre la mesa. Y es un terror que yo entiendo, sobre todo en el mundo heterosexual donde los hombres están educados en dos líneas contradictorias: por un lado, tienen que ser fieles porque las relaciones exclusivas así nos lo piden, pero por otro tienen que ganar los chupipuntos de ser conquistadores. No sé cómo combinan eso, pero mi visión no va por ahí.

Yo propongo que esto sea un movimiento terrorista, no en el sentido patriarcal de poner bombas por ningún sitio, eso no soluciona nada. Sino que sea un movimiento o una forma de vivir que ponga en riesgo el sistema. Cuando ves que en cualquier periódico de derechas o programa inofensivo pueden hablar de poliamor te das cuenta de que esto no pone en riesgo a nadie. Es una broma casi del sistema. Hay que llevar esto a la raíz: cómo construimos relaciones, cómo hacemos la exclusión, cómo hacemos la confrontación entre mujeres… Esto sí es problemático para el sistema. Las experiencias que van a la raíz son las que no vamos a leer porque ahí sí se pone en riesgo la mirada capitalista, patriarcal, racista, colonial, etc de construir el mundo.

Por Sara Plaza Serna @SaraPSerna
Fuente: Público.es

septiembre 24, 2018

Entrevista a Coral Herrera, investigadora feminista. "El poliamor no es la panacea porque el patriarcado se adapta a todo"

  • La investigadora feminista Coral Herrera ha publicado Mujeres que ya no sufren por amor, un libro con el que pretende construir nuevas formas de relacionarnos para liberar "al amor del machismo"
  • "A los hombres les cuesta mucho el amor compañero en las parejas heterosexuales porque están acostumbrados a ganar todas las batallas y se les hace difícil relacionarse en horizontal con nosotras"
  • Apuesta por construir redes de afecto más allá de la pareja: "Es terrible la mitificación que hacemos del amor como la quintaesencia de la felicidad"

Coral Herrera / Foto cedida

Entre el convencimiento que le provoca el poder transformador del feminismo y la crítica frontal a un sistema "patriarcal y capitalista" que jerarquiza el amor de pareja, lanza sus reflexiones la escritora feminista Coral Herrera. Esta investigadora del amorradicada en Costa Rica intenta desentrañar lo que se esconde detrás de un fenómeno al que, asegura, las mujeres "nos hemos vuelto adictas". Creadora de la Escuela del Amor, en la que imparte talleres y coordina una red social, Herrera asegura que "cada vez somos más". Se refiere a las Mujeres que ya no sufren por amor. Transformando el mito romántico(Catarata), su nuevo libro.

¿En qué nota que cada vez hay más mujeres que rompen con la alianza entre el amor y el sufrimiento?

Cuando me decidí a hacer una tesis sobre el amor romántico mi director se sorprendió tanto que tuve que replantearme si este tema era de verdad una construcción socio-cultural susceptible de ser analizada. El caso es que cuando la terminé, lo primero que pensé es que no quería que se quedara ahí, así que abrí un blog y empecé a ser activa en redes sociales. Era el año 2007 y con el paso del tiempo fui notando que cada vez más gente se interesaba por el tema, surgieron foros, se escribía más. Ahora cuando doy una conferencia, las salas se llenan. Cada vez somos más las que disociamos el amor y el sufrimiento y es un acto profundamente político y feminista.

¿En qué consiste esa ruptura?

La clave es romper con la idea de que estamos condenadas a sufrir por amor, de que inevitablemente tenemos que pasarlo mal. Es esa noción del aguante, de la entrega eterna, del sacrificio, de la renuncia... Debemos dejarlo atrás, rescatar el amor de pareja y reinventarlo. El patriarcado también está en las tripas y en el corazón, por eso tenemos que ir ahí, a las emociones y sentimientos, para cambiarlo.

¿Cómo se logra?

Para empezar hay que partir de la idea de que amar es un aprendizaje. Aprendemos a amar en el entorno, la escuela, los medios de comunicación... Y lo hacemos según las normas, los tabúes, las creencias y los prejuicios de cada cultura amorosa. Hay que tener muy presente que nuestros sentimientos y emociones no son algo individual que nos pasa a cada una. Por eso debemos trabajar el amor de forma colectiva, porque es un asunto social y no es un tema de que cada cual se apañe como quiera, sino que entre todas debemos construir las herramientas para empezar a querer mejor.

Se trata de liberar al amor del machismo y comunicarnos con amor y respeto, aprender a resolver los conflictos sin violencia y poner en el centro los cuidados. Hay que replantearse esa entrega que se les exige a las mujeres, el sufrimiento como prueba de amor eterno... Al fin y al cabo, cuestionar esa estructura de dominación y sumisión en la que nos movemos para relacionarnos. Hay que desaprender la forma en que amamos.

¿Los mismos elementos se dan también en las parejas no heterosexuales?

Las parejas no heterosexuales también están bajo estas estructuras porque la mayoría de nuestras emociones están construidas desde ahí. Ocurre en todas nuestras parejas, incluso las relaciones más libres y transgresoras reproducen el romanticismo patriarcal. 

Cada vez se habla más de formas de amar no monógamas o alternativas, que en muchos casos se venden como fórmulas mágicas...

No hay fórmula mágica. No la hemos encontrado y no la vamos a encontrar. El modelo de relación depende mucho de cada persona, cada una tenemos que encontrar nuestro camino a la hora de construir nuestras relaciones. En este sentido, yo creo que cada cual debe encontrar la fórmula que mejor le encaje, sin poner tantas etiquetas. El poliamor no es la panacea porque el patriarcado se adapta a todo, a cualquier formato. Ningún modelo resuelve por sí mismo los problemas principales. Por eso, el trabajo es desalojar el patriarcado que nos habita a todas.

¿Qué consecuencias tiene esta forma de amar?

La consecuencia es que sufrimos mucho, nos cuesta disfrutar del amor, nos cuesta querer bien. Mitificamos el amor e idealizamos a los demás y luego es difícil que eso encaje con la persona real que tenemos delante. Esta idea nos mete a las mujeres en un círculo de ilusión-decepción constante y mucha gente piensa que es mala suerte y que no ha encontrado su media naranja, pero no es un tema personal si no que la estructura no está bien construida. Nos merecemos relaciones basadas en el disfrute, la ternura, la solidaridad, en el amor compañero. En las parejas heterosexuales a los hombres les cuesta mucho relacionarse como un amor compañero porque están acostumbrados a ganar todas sus batallas, así que se les hace difícil relacionarse en horizontal y tratarnos de igual a igual a las mujeres. Nosotras ya llevamos mucho trabajo hecho, a ellos les queda mucho.

Precisamente el feminismo pretende construir nuevos marcos afectivos a la hora de relacionarnos, pero ¿qué ocurre cuando la teoría no se corresponde con la práctica? ¿Qué hacer con las contradicciones que surgen?

Es difícil llevar la teoría a la práctica y trasladar el feminismo al terreno de lo personal, de lo íntimo y lo emocional. Pero yo creo que un paso muy importante es tomar conciencia. De alguna manera, el ver que tenemos problemas comunes y que a todas nos pasan cosas, nos debe llevar a construir herramientas colectivas que nos permitan construir otro tipo de relaciones. Tenemos muy naturalizada la violencia y el maltrato... No nos damos cuenta cómo tratamos a los niños, a las personas mayores, a nuestras propias familias. Precisamente llevar la teoría feminista a la práctica sería eso, practicar el autocuidado y el cuidado de los demás. 

Socialmente suele concebirse el amor de pareja de una forma jerárquica como si fuera el tipo de amor esencial, con el que nos aseguramos el cuidado. ¿Qué consecuencias tiene esto?

Tiene mucho que ver con el patriarcado y el capitalismo. La estructura basada en el clan, en el grupo o en la familia extensa ha ido desapareciendo y la consecuencia de esto es que fundamentalmente nos organizamos en parejas heterosexuales para formar una familia feliz y generar ingresos. Todo a la vez. Lo que promueve es que los hombres carguen con el peso económico y nosotras, además de eso, con el resto. En esencia, es una estructura de explotación que se aprovecha, sobre todo, de las mujeres. Yo creo que tenemos que pensar cómo romper con la sacralidad del dúo porque, de alguna manera, el mito de la monogamia y la exclusividad está construido sobre todo para nosotras.

Es terrible la mitificación que hacemos del amor de pareja como la quintaesencia de la felicidad porque el mundo está lleno de afectos. Seríamos mucho más felices si pudiéramos tener tiempo de construir esas redes horizontales basadas en la solidaridad. El mundo sería otro, desde luego.

¿Por qué nos cuesta tanto construir este tipo de redes?

Además de esta estructura del dúo que le conviene tanto al capitalismo, está la concepción del amor de pareja como si fuera el más puro, eterno y maravilloso. Toda esta jerarquía de afectos va encaminada a que demos menos valor a la amistad y a las redes que nos unen con la comunidad más próxima. Algo que se consigue también promoviendo el clasismo y el racismo que nos hace buscar un enemigo y, de alguna manera, nos hacer querer la media naranja para aislarnos del resto. 

Sin duda esto es una estructura capitalista y patriarcal que nos quiere a las mujeres emparejadas y aisladas y nunca unidas porque podría resquebrajarse el sistema.

Fuente: Eldiario.es

agosto 06, 2017

“Nadie puede hacerse experta en amor; es un logro colectivo”



Laura Latorre Hernando./ Foto de su archivo personal

Después de haber dinamizado talleres para repensar el amor en distintos países de Latinoamérica, Laura Latorre Hernando entrevistó a 55 personas que estaban explorando cómo relacionarse de una manera más consciente y libre de creencias y mandatos. Partiendo de ese material preciado, construyó 30 relatos escritos de formas dispares -monólogos, cartas, diarios- y los publicó con la editorial Bellaterra.

Las entrevistas tuvieron valor en sí mismas y ocurre lo mismo con las presentaciones del libro, que se convierten en foros en los que seguir compartiendo inquietudes y experiencias. Esta entrevista se realizó con público, en Louis Michel Liburuak de Bilbao. Una de las participantes condensó la esencia del libro: “Más que imponer una idea, invita a la reflexión, a replantearte cosas que tenías muy claras o, en lo que pensabas que te tenías que replantear, decir: “mira, pues no”. No hay una panacea. Estar bien contigo misma y compartirlo: eso es el amor”.

Cuéntanos cómo ha sido el proceso: ¿cómo planteaste las entrevistas y cómo las convertiste en historias de realidad ficcionada?

“LA ENTREVISTA ERA UN ESPACIO PARA HABLAR DEL AMOR CON PROFUNDIDAD Y TIEMPO. TENÍA UN EFECTO TERAPÉUTICO”

El previo fue muy importante. Dediqué mucho tiempo a pensar qué quería preguntar. Me ayudó un amigo experto en terapia narrativa, una corriente que parte de que la identidad de las personas se construye a través de las historias que contamos. Insistí mucho en que me contasen lo que de verdad sucedía en sus relaciones, detallando escenas concretas, y no tanto lo que les gustaría que sucediera, porque lo que yo quería era mostrar los dolores, deseos, emociones y contradicciones en lo cotidiano. Transcribir las 55 entrevistas ha sido un trabajo muy arduo pero también una experiencia de escucha muy profunda e inspiradora. De ahí escribí 30 historias de realidad ficcionada; de todas las entrevistas saqué algo, aunque fuera una anécdota o una frase. Mis intereses y vivencias me llevaron a narrar las historias tomándome ciertas licencias literarias, mezclando sus historias y las mías.

En el prólogo hablas de la importancia de cuidar a las personas entrevistadas para que se sientan reforzadas y no vulnerables o utilizadas. ¿Cómo has hecho ese acompañamiento?

La entrevista tenía un sentido en sí misma: era un espacio para hablar del amor con profundidad y tiempo. Aunque no era mi intención, tenía un efecto terapéutico, suponía hablar de cosas que nunca habían nombrado. Muchas entrevistadas eran amigas o conocidas, pero también hubo gente que escuchó hablar del proyecto y que me buscó. Cada persona ha tenido la oportunidad de validar los textos relacionados con su entrevista, corregirlos, decir “esto me da vergüenza y no quiero que salga”. De hecho ha habido una chica que no ha querido que saliera su entrevista y no ha salido. Para mí era muy importante respetar eso. Lo de ficcionar a veces despertaba inseguridades. Alguna amiga me decía agobiada: “Huy, eso es lo que piensas de mí, ¿no?”. Fue un proceso largo, que exigía paciencia. Una vez publicado el libro, ha habido gente a la que le ha dado pudor y gente que se siente muy orgullosa y lo cuenta a todo el mundo. ¡Algunas quieren organizar un encuentro!

En el prólogo reconoces sesgos en la selección de las personas entrevistadas: por el nivel académico y de politización entre otros. ¿Hay cierto riesgo de que plantee una conversación sobre el amor muy endogámica?

El libro no tiene una pretensión sociológica, no quiere universalizar. Toda la gente que entrevisté es cercana a mí, aunque no la conociera. No todo el mundo se definía como feminista pero tenía unos valores, unos planteamientos determinados. A mucha gente no le va a resonar nada, pero tengo la esperanza de que para algunas personas abra puertas a la reflexión y el entendimiento de realidades que no conocían.

En la primera historia nos colamos en una cena entre tres amigas que hablan sobre sus relaciones de pareja en contraposición con los amores de película. Dice una: “Pienso en que mi amor es sereno y sólido y me siento una viejecita”.

Para esa historia mezclé tres entrevistas de mujeres que no se conocen entre sí pero que estaban cuestionándose por qué una relación sólida se ve como aburrida. Hay mitos del amor romántico que tenemos más superados, pero este sigue calando también en los modelos modernos: que el amor debería ser divertido, fascinante, una montaña rusa siempre de subida. El mito de la perfección también se nos cuela en nuestras supuestas relaciones libres.

“EL MITO DE LA PERFECCIÓN TAMBIÉN SE NOS CUELA EN NUESTRAS SUPUESTAS RELACIONES LIBRES”

En distintos capítulos las personas expresan que, por muchos discurso político que tengan, por mucho que se hayan formado en terapia Gestalt, siguen sin desprenderse de esas creencias. ¿Esto de repensarse sirve realmente para algo?

Los modelos teóricos pueden servir para hacer algo creativo, pero en otras ocasiones pueden llegar a suplantar a la propia realidad y hacer de barrera simbólica. Yo me creo un discurso, una máxima -“en el amor hay que hacer acuerdos y dejarse fluir”-, pero ¿y si luego no me sé dejar fluir y el acuerdo no sirve? Yo me he frustrado muchas veces por aferrarme incluso a una de mis identidades preferidas, la feminista, porque sus deberes y normas sutiles sobre cómo vivir el amor me cierran a vivir la contradicción. Este libro no da recetas pero sí posibilidades, grietas para decir: “Esto no se me había ocurrido” o “a mí también me pasa esto y no me atrevía a decirlo porque queda mal en un determinado contexto”.

Uno de los capítulos nos introduce en el monólogo interno de un chico que se siente en la encrucijada entre el amor romántico, el amor libre y la promiscuidad marica. ¿Rompemos con un modelo para atarnos a otro?

Hay otra historia interesante en la que se ve esto: una triareja, tres mujeres que viven juntas en una relación desde hace 20 años. Desde algunos contextos se les reprocha que no tienen una relación realmente abierta, que son como monógamas a tres. Ellas decían: “Nos ha ocurrido esto y lo estamos viviendo pero no pensamos que esto es el modelo a imitar por todo el mundo, ni nosotras queremos imitar el modelo más alternativo o transgresor. Nos va bien hasta el momento, no sabemos qué pasará en el futuro”. Yo contaba a la gente que la premisa era entrevistar a personas que estuvieran explorando prácticas más libres en sus relaciones y en seguida lo convertían en un significante cerrado: “Entonces no me puedes entrevistar, porque no tengo una relación libre”. Como si la libertad tuviera sólo que ver con la monogamia, como si todo el mundo entendiéramos la libertad de la misma manera y la viviéramos de la misma manera. En mi experiencia, no todas las relaciones llamadas libres rompen con la idea capitalista y patriarcal del amor, ni todas las relaciones monógamas carecen de libertad.

En la historia de la triareja se ve la necesidad de que la sociedad reconozca otros modelos afectivos. Igual estamos empeñadas en abrirnos todas al poliamor y la anarquía relacional, en vez de romper el estigma hacia las personas que ya viven en esos modelos.

Sí, intentamos subirnos a un carro que está de moda, y creo que es interesante escuchar a gente que lleva mucho tiempo explorando por ahí. También expresan sus contradicciones, por ejemplo les cuesta reconocer que tienen celos.

Varias de las protagonistas expresan su hartazgo hacia un estilo de seducción en el que tienen que demostrar lo interesantes, guapas y modernas que son.

Quería reflejar ese cansancio. Parece que nos enamoramos de la misma manera, que dura el mismo tiempo en todas las personas (se hacen hasta estudios que dan una media). Quería hablar de otras posibilidades, como la de erotizar la amistad. No es natural que el deseo se dirija hacia unos cuerpos y actitudes determinadas que tienen mucho que ver con el capitalismo y el patriarcado.

Otro tema recurrente es la ruptura. En una de las historias, dos chicas que han sido pareja se plantean cómo reciclar ese amor en un amor nuevo…

…frente al mandato fuerte de que cuando el amor se termina es un fracaso. Encontré a varias personas que habían conseguido elaborar una relación muy amorosa o lo estaban intentando.

“ME INTERESABA MOSTRAR ESA BÚSQUEDA DE APRENDER A RELACIONARNOS INCLUSO CUANDO ES DIFÍCIL”

Acompañamos a una de las protagonistas decidiendo durante años si deja a su pareja o sigue luchando por esa relación. Mi impulso era querer acelerar el proceso: “Déjale, no te hace feliz, te trata fatal”; pero en el relato no hay juicios. ¿Cuál es el límite entre una relación difícil que merece la pena y una tóxica?

Yo no creo en este otro mito de que hay que aguantar y que el amor lo puede todo, pero me interesaba mostrar esa búsqueda de aprender a relacionarnos incluso cuando es difícil. Decir “se acabó” en cuanto la relación se pone difícil es una tendencia un poco capitalista y desconectada de la propia vida. Se basa en el mito de que si no es divertida, no merece la pena. El patriarcado promueve una idea del amor como algo etéreo y que está separado de lo que pasa en la relación, incluso es vivido como algo obligatorio, por ejemplo en la familia: el mandato de que a un padre hay que quererlo, aunque te viole. O al menos perdonarlo. Esto en el amor romántico es brutal y genera mucha violencia. Es interesante hacerse la pregunta: ¿Qué elementos hay en esta relación que te digan que hay amor, a pesar de todo?

¿Has identificado que alguna de las entrevistadas estuviera en una relación de violencia machista?

No, porque no quería incluir en el libro el maltrato físico y psicológico puro y duro, pero las invitaciones a la violencia son muchas y no siempre sabemos o podemos declinarlas. Me refiero a las luchas de poder, a la manipulación, al miedo… Violencias que tienen que ver con esa dificultad para relacionarnos y se nos cuelan. La gente dice: “En todas las relaciones hay relaciones de poder, contra eso no se puede luchar”. Una cosa es aceptar que operan relaciones de poder y otra es celebrarlo. ¿Qué hacemos con ellas?

Cuando narras relaciones heterosexuales, se ve la huella que deja una educación sentimental tan distinta. Hombres que no saben expresar sus emociones, mujeres que exigen hablar sobre un conflicto en el momento…

Esa socialización distinta resulta muy evidente. Las mujeres hemos sido educadas para ser sostenedoras del amor y tener una empatía desmedida. Parece que somos las responsables de abrir los conflictos y de mediar en ellos. Y los hombres han sido abocados al analfabetismo emocional, a la falta de compasión, a saberse merecedores del amor así porque sí… Esto abre las puertas a que la violencia campe a sus anchas. Quería abordarlo con gente que tiene ganas de hacer las cosas de otra manera y que aún así cae en roles como los de madre cuidadora-protectora y padre aventurero. La idea de libertad capitalista individualista, de hacer lo que quieres y cumplir tus deseos, está mucho más legitimada en los hombres que en las mujeres. Me parece fundamental repensar la libertad más allá del patriarcado, como una experiencia de relación y con sentido de lo común, de lo que beneficia a ambas personas.

Sin embargo, no retratas a los hombres como los malos de la película ni eres complaciente con las mujeres: observamos las limitaciones y errores de las dos partes.

Que no quisiera juzgar no es porque yo sea neutral o quiera promover el conformismo, sino que quería tratar de profundizar en cómo es ese juego entre la realidad y el deseo. Me ha servido más conocer una experiencia y ver si me resuena que leerme “la Biblia del poliamor”, que puede llevar a la frustración. Igual algún día cuando sea mayor llego a eso, pero mientras tanto ¿qué hago?



[A partir de aquí recojo las preguntas y aportaciones del público]

Siempre se habla del amor desde la premisa de que tienes que tener una pareja, o una triareja. Si no tienes una relación, la gente te mira raro y te interroga. ¿Es que no ligas? ¡Si eres un buen partido! Todo está dirigido a que las personas estemos juntas: las viviendas, los viajes…

Tener pareja es parte del éxito social, pero para mí lo más problemático es que es un configurador de autoestima. Parece que estás mal, que nadie te quiere. Y hay momentos en los que te lo crees: “¿Será que no sé relacionarme?” Aunque tengas cientos de amigas y te lleves bien con tu familia. Hay que romper el peso de lo erótico afectivo. No tener pareja no significa que estés carente de amor.

¿Cuál ha sido la experiencia más significativa para ti de todas las entrevistas?

“TENER PAREJA ES PARTE DEL ÉXITO SOCIAL, PERO LO MÁS PROBLEMÁTICO ES QUE ES UN CONFIGURADOR DE AUTOESTIMA”

La de una mujer de Colombia que tiene 65 años y habla de toda su trayectoria amorosa, una vida muy intensa desde la adolescencia hasta ahora. Ha vivido una guerra. Es una experiencia muy distinta a la mía.

Siendo tú europea, madrileña, ¿has tenido alguna dificultad a la hora de ficcionar historias de otras culturas?

Quería respetar la lengua de las personas: si hablan en colombiano, ponerlo en colombiano. Yo he vivido cuatro años en México, unos meses en El Salvador, dos años y medio en Argentina, y había historias en las que ya no sabía en qué escribía [risas], pero la gente lo corregía. En el ámbito cultural no siento que haya tenido dificultades.

Pero en alguna historia sí que se ven choques culturales en las relaciones. ¿O es que un conflicto de pareja entre personas de distintos orígenes se lee como choque cultural?

Sí que hay distintas culturas afectivas, por ejemplo a la hora de mostrar la afectividad, pero hay cosas muy comunes respecto a los mitos del amor o las invitaciones a la violencia. No he encontrado grandes diferencias respecto a lo que yo quería contar.

¿Algún aprendizaje que te lleves después de escuchar a tantas personas?

Ahora hay mucha gente que me dice: “Como experta en el amor, danos tus conclusiones”. Yo estoy convencida de que nadie puede ser experta en el amor en solitario. Quiero romper con esta idea de que alguien puede decirte como experta lo que te conviene en tus relaciones. Si alguna vez nos convertimos en expertas y expertos, será un logro colectivo.

Fuente: Pikara

mayo 28, 2017

Permiso para la aventura


El problema es tan viejo como el mundo, sólo que ahora la tecnología –además de múltiples discursos sociales y mediáticos que lo avalan– pone al alcance de la mano de cualquiera un inmenso jardín de tentaciones para quienes entienden que el deseo erótico no puede estar atado a la misma persona por demasiado tiempo. Lo cierto es que las parejas monógamas resistiendo al tiempo cada vez son menos y más las que creen que lejos de ocultar la aventura de otros cuerpos es mejor compartirla. Tomándose de la mano para emprenderla, compartiendo relatos, dándose permiso, cambiando los pactos. La pareja ya no es lo que era y tal vez esta definición bien pueda hacerse sin nostalgia.

Virajes sobre la idea de pareja, redefinición de “infidelidad” y nuevos arreglos

Pareciera que cuando se trata de hablar de pareja y sexualidad una cosa son las estadísticas “oficiales”, y otra lo que la gente hace “extraoficialmente”. Por ejemplo según una encuesta de Gallup el 90% de los norteamericanos desaprueba las aventuras por fuera del matrimonio. Sin embargo, al menos un 21% de las personas casadas tienen aventuras con terceros -y probablemente estén subrepresentados. El 95% de las personas dirá que está mal mentir respecto sobre un affaire, pero casi la misma cantidad admitirá que eso es lo que ellos harían en caso de tener una aventura. Asimismo y según estimaciones generales un matrimonio monógamo tiene menos del 20 ó 10% de probabilidades de ser atravesado sin ninguna infidelidad.

No se tata de que las encuestas estén mal hechas o de que seamos mentirosos compulsivos, sino más bien de la ambivalencia a la hora de hablar los deseos y búsquedas personales, y cómo esto suele colisionar contra las ideas que han prevalecido durante buena parte de la historia sobre amor, pareja y sexualidad. En este contexto y gracias por un lado a desplazamientos culturales de la última década que aceleraron el replanteo en torno a la pareja como nunca antes (caída estrepitosa de la nupcialidad, retraso de hitos tradicionales y nuevas adultez, matrimonio gay y nuevas formas de familia), y a las nuevas tecnologías que habilitan -al menos en términos prácticos- una mayor flexibilidad sexoafectiva por otro, cabe preguntarse: ¿qué viene después de la monogamia? Y, si la definición de pareja está cambiando, ¿qué pasa entonces con la de infidelidad? ¿Cómo lo piensan las nuevas generaciones? ¿Acaso la infidelidad sea uno de los últimos tabúes a derribar?

Lo cierto es que hablar del fin de la monogamia no es nada nuevo. Ya en los 70s y 80s se sentaron las bases de lo que luego muchos movimientos de experimentación sexual y relacional tomarían como referencia, incluyendo a Gay Talese y su libro “La esposa de tu vecino” que exploraba el amor libre en plena era Reagan y con el SIDA de trasfondo, o el icónico y muy citado libro del matrimonio Dossie Easton y Janet Hardy “La zorra ética: una guía práctica al poliamor, relaciones abiertas y otras aventuras”. Ni siquiera podríamos decir que es algo que recién ahora arriba al mainstream, con cada vez más productos de cultura pop (desde ”Vecinos con beneficios” a “Yo, tu, ella”(1) el nuevo serial de Netflix) a notas preguntándose sobre el tema (el año pasado la revista TIME lanzó una tapa que decía “¿Se terminó la monogamia?”)(2). Lo que es más, existe un desarrollo conceptual y teórico bastante extenso para quien quiera oír sobre las falacias del modelo actual y los nuevos tipos de vínculos y arreglos alternativos que surgen; incluyendo la “normatividad amatoria” o en inglés amatonormativity (la asunción que privilegia las relaciones románticas monógamas como lo normal y sano)(3) o la idea de la “compersión”, una especie de contracara de los celos aplicada en las relaciones poliamorosas.

Contrario a lo que se plantea en ciertos círculos intelectuales y académicos de que los nuevos arreglos siguen siendo marginales o poco visibles, la prensa de estos supuestos márgenes es cada vez mayor, y su popularidad, aunque habría que distinguir si hablamos de verdaderas innovaciones o “tuneos” de lo previo, se encuentra en alza sobre todo entre las nuevas generaciones. En este sentido como plantea un extenso estudio del New York Times(4) de este mismo mes -no se consigue más mainstream que eso- sobre los matrimonios abiertos y nuevas formas de familia (casados con intervención de terceros por ejemplo), puede que la “nueva monogamia” o “no monogamia” sea una adaptación de esquemas viejos con alguna vuelta de tuerca aquí y allá (después de todo puede incluir matrimonio y convivencia) pero sin dudas está habiendo un replanteo de las bases de la pareja tal cual la conocemos. Y esto, figure o no en las estadísticas que a los especialistas les gusta tanto considerar, es señal de que contra todo prejuicio o pereza mental el tópico se está visibilizando e instalando.

“Es como todo lo que viene surgiendo en este último siglo: no es que antes no existía, sino que no se divulgaba, por falta de herramientas tecnológicas, por tabúes, por falta de información, por presión social, por falta de introspección”, explican desde ALA (Amor Libre Argentino)(5), una ONG que toma por objetivo informar y difundir distintas formas de relacionarse, y cuyo grupo de Facebook tiene casi 15.000 miembros.
Lo que viene después de la monogamia

Gracias a una mayor libertad sexual y afectiva muchas parejas se están animando a explorar de qué se tratan otros tipos de relaciones y nuevos “arreglos”, y qué beneficios a largo plazo puede traer para sus vidas, aunque no siempre se haga público.

Mark A. Michaels y Patricia Johnson son una pareja peculiar, autores del libro Relaciones de diseño: una guía a la monogamia feliz, el poliamor positivo y relaciones abiertas optimistas (2015), se dedican a escribir y enseñar sobre relaciones, sexualidad y tantra. Para ellos la monogamia no es algo monolítico sino más bien facetado, que incorpora componentes prácticos, sociales, emocionales y sexuales que pueden ensamblarse a gusto, como una ensalada o el tour de tus vacaciones. Al fin y al cabo, vivimos en la era de la customización, ¿por qué deberían las relaciones ser la excepción? En este mismo espíritu de conformación ad hoc de los vínculos, la filósofa, ensayista y millennial Courtney E. Martin, escribe en “Reinventando el sueño americano” (2016) sobre cómo las nuevas generaciones están reconfigurado la forma de pensar los hogares(6), las familias, los trabajos y hasta la seguridad social. En lo relacional Martin que viven una comunidad cerrada en donde el trabajo cotidiano y el cuidado de los niños se hace de forma conjunta mientras que cada vivienda/familia mantiene su independencia, enfatiza la noción de que hemos tomado de nuestros abuelos inmigrantes la organización cuasi tribal, en grupo, que hoy reconfigurada para la modernidad plantea nuevas variantes socioafectivas.

“Lo que se plantea desde el amor libre va mucho más allá de la pareja: lo fundamental en un vínculo, sea cual sea, es la capacidad de diálogo y de reformular los contratos existentes por el bien de todos, sean conflictos de celos, inseguridades, dependencia. Por otro lado, la idea que prevalece dentro del amor libre es de desapropiación del otro: nuestros padres, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros compañeros de trabajo, no son nuestra propiedad sino que son personas independientes, autónomas y libres que eligen tener un vínculo particular con nosotros mismos y viceversa”, explican desde el colectivo ALA. 

Por tanto, hablar de amor libre o poliamor implica ante todo una renuncia a ciertos conceptos enraizados en la cultura, entre ellos el de propiedad en los vínculos, y también otras estetizaciones perniciosas como que los celos son un reflejo del compromiso o testimonio de intensidad. Otras normas implícitas son el conocimiento y consentimiento de todas las partes involucradas, y por ende, una honestidad y comunicación directa. Contrario a lo que se cree, el concepto del poliamor tiene que ver con mucho más que el aspecto sexual, y por eso los practicantes se apresuran a explicar que la decisión de abrir una pareja o empezar una abierta no tiene que ver solamente con la liberación sexual, sino también emocional y psicológica.



A su vez, cabe distinguir los distintos tipos de relaciones que entran dentro del amor libre, que es un término paraguas que abarca el poliamor jerárquico (priorización de las distintas relaciones en base a la dedicación sobre cada una), el poliamor autónomo (con énfasis en la persona y su autonomía), la anarquía relacional (con reglas formales sobre distinción entre relaciones), la polifidelidad (relaciones sexoafectivas múltiples dentro de un grupo puntual), el unicornio (persona que sale con parejas), la relación abierta (toda relación sexual no monógama), y muchos otros. No se contempla la poligamia por no concebir la libertad de todos los miembros involucrados.
Repensando la infidelidad

La frase engaño ético pareciera un oxímoron. Sin embargo, cada vez más gente se pregunta qué pasaría si se buscaran otras alternativas en las que el engaño no fuera algo reprobable sino parte de lo cotidiano. El creador del sitio OpenMinded.com(7), Brandon Wade, explica que “existe un número creciente de personas que son capaces de ser honestas con su pareja acerca de que este modelo tradicional no está funcionando. El engaño ético implica decirle a tu esposa que vas a ser infiel o incluirla en nuevas relaciones extramatrimoniales”, y busca diferenciarse de otros servicios orientados a los “piratas” como AshleyMadison.com o Second Love, manifestando un compromiso al operar un negocio ético, es decir, previo blanqueamiento sobre las relaciones con terceros. La tecnología por su parte, ha llevado la flexibilidad y dinamismo relacional propio de la escena gay al ámbito hetero (recordemos que Tinder fue copiado a imagen y semejanza de servicios del estilo Grindr que ya existían antes para la comunidad LGBT). Y hoy es posible encontrar tanto las categorías como “no monógamos”, “pansexuales" o "heteroflexibles" en sitios tradicionales como OK Cupid(8) o match.com., o utilizar apps masivos como Happn para búsquedas sexuales en pareja. Hasta aquí, las volteretas del lenguaje y algunos intentos en lo contemporáneo por reapropiarse y reconnotar los términos del contrato. Son estas categorías y nuevos léxicos, y su institucionalización al figurar como opciones, lo que marca el ritmo de los nuevos tiempos.

Pero no son sólo los jóvenes quiénes están aprovechando las virtudes del lenguaje para nuevas configuraciones, según OK Cupid en la franja etaria de los 40 a los 50 que se identifican como “no monógamos” un 16% son casados. En los últimos años el viraje de esquemas tradicionales a otros modelos (matrimonios abiertos, sabáticos matrimoniales, vivir en casas separadas) ha producido algunos libros al respecto: la mayoría están escritos por mujeres en sus cuarenta, replanteándose sus propios matrimonios y bagajes, desde “Abierto: amor, sexo y vida en un matrimonio abierto” de Jenny Block, a “El proyecto Wild Oats: la búsqueda de una mujer por pasión a cualquier costo” de la escritora Robin Rinaldi(9), quien ante la imposibilidad de ser madre se dedicó a explorar su sexualidad, abrió su matrimonio durante un año y registró sus experiencias (“Menos dependés de alguien, más podés quererlos y desearlos, en vez de necesitarlos”).

Es sabido que las elementos que fortalecen el amor (la reciprocidad, la cercanía, la sensación de seguridad) son las mismas cosas que pueden, irónicamente, bajar la libido. La psicoterapeuta Esther Perel, autora de “Inteligencia erótica” (2006) y a punto de sacar uno titulado sugestivamente “El estado de los affairs: repensando la infidelidad”, da cuenta de este proceso en viralizadas charlasTED (10). Gran parte de la tesis de Perel pasa por preguntarse cómo se sostiene el deseo en el tiempo, ahora que por primera vez en la historia de la humanidad elegimos tener sexo por mero placer. ¿Por qué la seguridad y la intimidad en una pareja anulan la pasión, y cómo se reconcilia el erotismo con la domesticidad? “Los seres humanos tenemos dos necesidades opuestas: la necesidad de la seguridad y la estabilidad, y por otro lado, la búsqueda de la aventura, el riesgo, la novedad. Nunca hemos tratado de encontrar en la misma relación esas dos necesidades”.

Quizás no se trata de “pedirle demasiado al amor o la pareja”, como algunos analistas proclaman mientras otros hablan de “falta de compromiso” en las nuevas generaciones, sino de esperar demasiado de un modelo que nunca estuvo pensado para durar mucho, con esperanzas de vida menores y otras posibilidades a disposición de ambos sexos. Esto no significa que la inclusión de terceros sea siempre la solución para una relación en crisis. Después de todo, no se trata de que las parejas abiertas en cualquier de sus variantes no experimenten ningún tipo de celos o inseguridad, sino cómo las trabajan. Gracie X, la autora de “Al descubierto: mis aventuras en el poliamor, el matrimonios abierto y amar en mis propios términos” explica que la noción de compersión (11) -tan nueva que ni figura en los diccionarios- consiste en disfrutar en vez de padecer la posibilidad de que el otro obtenga placer por fuera de la pareja. Adultos que entienden que como individuos podemos tener necesidades sexuales y emocionales divergentes que no deben ser saciadas por la misma persona, y que esto cual combustible avive la llama en vez de apagar el fuego.
El doble estándar y la lucha feminista

“¿Millones de años de evolución, y para los hombres se trata de sexo, pero para las mujeres se trata de seguridad y compromiso? Si uds los hombres supieran…”, reflexiona irritada el personaje de Nicole Kidman ante la mirada impávida de su marido en el transgresor film “Ojos bien cerrados” de Kubrick. Y es que mientras las ideas en torno a qué es la monogamia o a las relaciones pueden estar en plena transformación, ciertas concepciones estereotipadas sobre el deseo y los géneros prevalecen.

Aunque muchas mujeres no tienen problema en liberar su sexualidad y actuar por fuera de cierta expectativa cultural sobre el género, a otras les cuesta más o lo padecen incapaces de superar siglos de opresión conceptual; a su vez el hombre, se acomoda como puede ante el avance de la mujer, el corrimiento de roles y una nueva ética femenina que pone el placer propio a la cabeza. ¿Otro lugar común? Que la iniciativa de abrir una pareja suele venir del lado masculino.

Los humanos están entre el 3 y el 5% de los mamíferos que practican la monogamia. Ante la pregunta formulada incansablemente respecto de si nuestra tendencia a tener múltiples compañeros sexuales no está codificada en la especie, lo que hay para corregir es que se pensaba que para el hombre el impulso “natural” era engañar, rebajando la posibilidad de concebir a la mujer como un ser sexual con peso propio. Nuevos descubrimientos en torno a la sexualidad femenina están obligando a actualizar inclusive este tipo de explicaciones cientificistas: las mujeres también pueden estar “biológicamente inclinadas” a buscar compañeros por fuera de un vínculo central.

En cuanto al feminismo, la observación y el análisis en este ámbito parece un poco quedada, si bien se está desplazando de planteos históricos como pensar la monogamia como forma de explotación capitalista y patriarcal y mecanismo de control de la mujer (sobre todo el marxismo feminista), para abrir el juego a otras temáticas actuales: la lucha por el matrimonio gay, los propios replanteos desde la militancia LGBT de estas posturas por considerar que abonan a un régimen opresor y desigual(12), las nuevas formas de familia y distribución del trabajo(13), y hasta la idea más radical de suprimir el estatus especial que confiere el matrimonio y dar entidad y derechos a todos por igual(14); esto incluye a los solteros, una fuerza con cada día más peso político, o como dice la ensayista Vicky Larson (“El nuevo ‘sí, quiero’: reformulando el matrimonio para escépticos, realistas y rebeldes”, 2014), “una nueva especie recientemente descubierta, los singles”.

En el bestseller “El arte de dormir sola”, Sophie Fontanel(15), la novelista y editora de Elle de cincuenta y pico cuenta su experiencia de celibato durante gran parte de su vida adulta, y afirma que saber cómo vivir solos y felices es algo muy importante. Tal vez éste sea el denominador común entre los planteos millennial y boomer, que el aprendizaje no se realiza sólo en plano de lo sexual, sino también en relación a nuestra propia individualidad, preconceptos y deseos. O como dice la propia Robin Rinaldi, “la pasión no es algo que sucede sólo en el marco de la pareja o el matrimonio, pero en una persona: hay que encontrar pasión por la vida. Cuánto más sentido y pasión tenés por tu propia vida, menos esperás que alguien te provea de eso”. No somos una isla, pero todo sin dudas empieza por nosotros mismos.

Por Laura Marajofsky
Fuente: Página/12

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