julio 20, 2026

(Auto)censura y redes feministas chinas desde una perspectiva global

La larga experiencia personal de una académica y activista transnacional –entre una prestigiosa universidad estadounidense y China– permite identificar las dificultades de las feministas chinas para escapar al control político del Estado dirigido por el Partido Comunista chino, que se ha intensificado en los últimos años. En ese marco, temas como la situación del movimiento obrero y de los derechos humanos son tabúes que deben sortearse en la discusión pública.


Imagen: AP/Ng Han Guan.


En este ensayo, examinaré la relación entre el movimiento feminista chino y la autocensura en sus dimensiones de tiempo y espacio. Mi análisis abarcará el periodo comprendido entre 1989 y julio de 2020, momento en que se escribió. Este marco temporal abarca las vicisitudes políticas chinas desde las protestas de la Plaza de Tiananmén de 19891 hasta la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional de Hong Kong en 2020, tres décadas que también han sido testigos de mi participación consciente en actividades feministas en China y otros países.

Independientemente de que las feministas, como individuos, hayan prestado o no atención a la política, cada paso dado por el movimiento feminista chino contemporáneo se ha insertado en esta ecología política y, por una u otra razón, todas las personas involucradas han experimentado algún grado de autocensura. Aquí, presento un breve resumen del control político y la autocensura en este particular periodo de la historia china.

Aunque todas las mujeres vivimos en el mismo lapso temporal, nos encontramos en espacios distintos. Hay diferencias entre vivir en China y vivir en el extranjero; diferencias regionales dentro de China; diferencias entre estar dentro del sistema oficial y fuera de él; y diferencias entre las diversas posiciones sociales. Las diferencias en la ubicación geográfica y social condicionan nuestras experiencias, inquietudes, y acciones y estrategias feministas en el mismo proceso histórico. Por lo tanto, mi resumen necesariamente expresa solo mis experiencias e inquietudes derivadas de mi ubicación espacial específica a lo largo de los años.

Una breve reseña de la autocensura en mi experiencia personal

La Asociación de Mujeres Chinas en el Extranjero (海外中华妇女学会, csws, por sus siglas en inglés) se creó en el verano de 1989, justo después de que el Partido Comunista de China (pcch) reprimiera brutalmente al movimiento estudiantil en el país. En aquel entonces, yo cursaba un doctorado en la Universidad de California en Davis, y había regresado a Beijing para participar en la movilización debido a mi interés por las reformas políticas en el país. Precisamente gracias a esa experiencia, vi con claridad que el espacio para promover la reforma política en China había quedado completamente bloqueado después del 4 de junio, y que los estudiantes chinos en el extranjero teníamos la obligación de organizar actividades políticas relevantes para continuar la lucha que había sido violentamente reprimida. En particular, a través de mi estrecha interacción con activistas varones por la democracia en 1989, me di cuenta de que en realidad estaban impregnados de ideas patriarcales y de las relaciones jerárquicas de poder propias de China, y eran incapaces de reflexionar sobre sí mismos.

Desde mi perspectiva como estudiante de doctorado que investigaba la historia de la China moderna, no veía que las mentalidades masculinas de los jóvenes intelectuales varones hubieran progresado respecto de las de los varones en los inicios del pcch. Tenía claro que, a finales del siglo xx, las feministas chinas ya no debían considerarlos líderes naturales, sino que debían iniciar un movimiento independiente que articulara las voces feministas críticas como una vía de participación en las transformaciones políticas, sociales y culturales de China. En aquel momento, aún no había leído las filosas críticas de la feminista He Yin Zhen (ca. 1884-ca. 1920), en los últimos años de la dinastía Qing, a las elites masculinas de su tiempo, pero a partir de la investigación histórica y la experiencia personal, me di cuenta de que erradicar las estructuras patriarcales de China sería crucial para el desarrollo de la democracia política en el país. En ese sentido, la creación de la csws representó para mí una oportunidad de aprovechar mi ventajosa posición geográfica para romper las restricciones políticas internas en China, así como para materializar mi visión feminista de transformación política en el país.

Sin embargo, este rechazo consciente del control político cambió cuando se modificó el contexto local. En 1993, la csws organizó un taller feminista de dos semanas en colaboración con académicas de la Universidad Normal de Tianjin. Allí nos impusimos una severa autocensura porque no teníamos una idea clara de la gravedad de los tabúes políticos en China después del 4 de junio. No me atreví a hacer comentarios directos sobre asuntos internos, sino que me limité a presentar la historia del movimiento feminista estadounidense y los conceptos fundamentales del feminismo y el género de forma muy circunspecta. Sin embargo, en nuestros intercambios con académicas y funcionarias de la Federación Nacional de Mujeres de China (acwf, por sus siglas en inglés), descubrimos que había en realidad mucho espacio para el debate, especialmente en conversaciones informales. Quienes estudiábamos en Estados Unidos éramos las que estábamos limitadas por nuestras identidades extranjeras. Temíamos que nos etiquetaran de «feministas burguesas occidentales». De hecho, las investigadoras chinas que participaron en el taller no compartían nuestros temores. Más bien, expresaron un gran interés en el desarrollo de diversas teorías y conceptos feministas en el mundo. Esto me hizo ver que podíamos traducir libros feministas como una forma de ampliar el espacio para el discurso feminista en China. Al mismo tiempo, también comencé a reflexionar sobre mi autocensura y a prestar atención consciente a la viabilidad de romper tabúes políticos en diferentes espacios sociales y distintos frentes.

En mis acciones personales, he desafiado conscientemente los tabúes en dos aspectos. Primero, me he etiquetado con orgullo como «feminista» (女权主义) en diversos escenarios públicos de China, presentando performances individuales para contrarrestar el discurso dominante que estigmatiza y demoniza el feminismo. Probablemente yo haya sido la primera persona en asumirse públicamente como feminista en una época en la que las feministas en China generalmente se llamaban a sí mismas «mujeres investigadoras» (妇女研究者) o «responsables de asuntos de la mujer» (妇女工作干部)2. En segundo lugar, colaboré con académicas de China para impulsar el desarrollo de los estudios de la mujer y de género en la educación superior. Desde mi punto de vista, las universidades podrían ser espacios institucionales en los que se puedan lograr avances, es decir, donde podamos crear campos académicos y construir un discurso feminista, así como transformar las relaciones de poder patriarcales mediante la producción de conocimiento feminista.

El grado de control político ha fluctuado en las últimas tres décadas. Las sanciones internacionales tras la brutal represión del movimiento estudiantil en 1989 hicieron que el gobierno chino buscara desesperadamente retornar a la comunidad internacional. La Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, organizada en 1995 en Beijing, le dio esa oportunidad. Esta conferencia, patrocinada por la Organización de las Naciones Unidas (onu), también dio origen a un foro para organizaciones no gubernamentales (ong), abierto a las mujeres de todo el mundo. La conferencia de la onu y el foro de ong fueron el resultado de décadas de trabajo de feministas globales. Las feministas del sistema oficial chino aprovecharon rápidamente esta oportunidad histórica para movilizar a la opinión pública en favor de que las ong de mujeres chinas participaran en el foro, y de esta manera ganaron legitimidad política después de 1989. El espacio social legítimo para las ong de mujeres se expandió rápidamente gracias a otros movimientos sociales en la década posterior a la Conferencia sobre la Mujer. Solo en este contexto histórico –mientras lemas tales como «Integrarse al mundo» (与世界接轨) e «Integrarse al movimiento internacional de mujeres» (与国际妇女运动接轨) circulaban ampliamente en los medios oficiales–, la csws pudo llevar a cabo actividades feministas en China. Y mi trabajo para promover el desarrollo de los estudios de la mujer y de género también fue posible gracias al espacio político para el activismo de las ong que existió durante un tiempo después de la Conferencia sobre la Mujer.

La autocensura dentro del movimiento feminista

Sin embargo, el espacio político en la primera década posterior a la Conferencia tenía límites. Aprendí rápidamente de mis colegas en China qué áreas o temas eran tabú. No había necesidad de intervención policial; quienes organizaban actividades feministas dentro del sistema conocían perfectamente dónde estaban los límites y tomaron la iniciativa de autocensurarse y asegurarse de que ninguna actividad los traspasara. Tras ganar espacio para las actividades de las ong de mujeres, toda activista feminista china sabía que los temas relacionados con el movimiento obrero y los derechos humanos eran tabúes. Para proteger el espacio para las actividades feministas, las activistas de ong feministas se mantenían conscientemente dentro de los límites políticos y no tocaban «temas sensibles». En la etapa inicial de mis colaboraciones con académicas en China, acepté este tipo de autocensura por consideraciones estratégicas, pues comprendía plenamente la dificultad de abrir un espacio para las actividades feministas, así como las diversas consideraciones prácticas necesarias para sobrevivir dentro del sistema. Sin embargo, tras un periodo de observación, vi las limitaciones de esas estrategias y sus efectos negativos en el movimiento feminista. El siguiente pasaje es un extracto de un artículo que escribí en 2006, en el que reflexionaba sobre las ong feministas chinas en los diez años posteriores a la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer:

Para examinar críticamente el activismo de las ong feministas chinas, es necesario preguntarse no solo qué han logrado las activistas feministas, sino también qué se ha descuidado u omitido. En marcado contraste con el énfasis que pone el feminismo transnacional en los múltiples sistemas de opresión y la interseccionalidad de género, clase, raza, etnia, sexualidad, etc., resulta evidente la ausencia de la categoría «clase» en la articulación feminista china. El rápido ascenso del «género» como categoría analítica ha sido, en cierto sentido, a costa de haber borrado la categoría de «clase». En China, las feministas han abrazado con entusiasmo el género precisamente en el momento en que el término «clase» se ha convertido en un nuevo tabú político. En la economía de mercado posterior a Mao, el Estado, con la complicidad de la elite intelectual, ha abandonado convenientemente el análisis de clase marxista tras haber criticado la definición maoísta de clase. También desaparecieron los principios previos de justicia e igualdad socialistas. En su lugar, hemos presenciado el ascenso del neoliberalismo y una marcada polarización de clases en las últimas dos décadas. Además, el Estado ha ejercido una estricta vigilancia sobre las actividades organizativas espontáneas en defensa de la clase trabajadora. Sin embargo, la clase y el género a menudo se entrecruzan, lo que resulta en grandes poblaciones femeninas de escasos recursos, tanto en las sociedades urbanas como las rurales. En este contexto, el ascenso y la centralidad del «género» en la última década ha funcionado como una táctica feminista para promover el valor de la justicia social contra una ideología de darwinismo social dominante en medio de un capitalismo desenfrenado, y a la vez como una evasión feminista de cuestiones delicadas como la clase. (...)
Un enfoque de género podría, teóricamente, incluir también cuestiones de clase. Y los proyectos feministas ya están en general conceptualmente orientados hacia las personas desfavorecidas y marginadas, entre las que se incluyen las trabajadoras despedidas, las trabajadoras migrantes y las trabajadoras domésticas. Sin embargo, sin la libertad de articular un marco crítico claro que aborde las múltiples jerarquías y desigualdades, las feministas chinas corren el riesgo de ser cooptadas por el Estado. Su éxito en involucrar al Estado a través de la [Federación de Mujeres] oficial y su legitimidad discursiva para buscar la igualdad de género como parte de la modernidad plena han sido posibles, en gran medida, porque la mayoría de las feministas operan conscientemente dentro de los parámetros de la cultura política actual (...) A veces es difícil separar la cautela diplomática del deseo de ser aceptadas por el sistema oficial.3

Ahora que ha transcurrido otra década, tengo claro que la gama de actividades reguladas que la generación anterior de feministas llevó adelante con la debida cautela se ha convertido gradualmente en la percepción de lo que significa el feminismo para muchas jóvenes chinas. Parece que las actividades feministas solo pueden centrarse en la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, mientras que el cuestionamiento y la crítica a la estructura política, la ideología y los sistemas económicos dominados por los varones no tienen nada que ver con el feminismo. Este fenómeno es precisamente el resultado de los tabúes políticos y la consecuencia a largo plazo de la autocensura feminista china. Me preocupa que la subyugación política de décadas pueda llevar a quienes la sufren a aceptar los tabúes como norma y a confinar su pensamiento a los límites permitidos por el Estado y perder la capacidad de cuestionar prohibiciones y el coraje para desafiar los mecanismos disciplinarios. Es absolutamente necesario que toda feminista china analice conscientemente los efectos del control político en el plano conceptual y reflexione sobre las manifestaciones de autocensura, para así adquirir la capacidad de rechazar el «vendado de pies»4 mental del dictador, que se practica a diario. Entre generaciones de feministas chinas siempre ha habido guerreras sabias y valientes que rechazaron con seriedad la esclavitud espiritual e intelectual. Siento un profundo respeto por ellas y, gracias a su existencia, siempre confío en el futuro del feminismo chino.

Las ventajas y desventajas de ser una activista en la diáspora

Mi cargo de docente en la Universidad de Michigan me permite no depender económicamente del sistema oficial chino. Al ejercer el activismo feminista en China, a mí me preocupa mucho menos el posible castigo por romper tabúes políticos que a mis colegas, que se preocupan por poder seguir ganándose la vida. Me inquieta más el impacto que puedan tener mis acciones sobre ellas. En las dos décadas previas a la asunción de Xi Jinping y con el subsiguiente deterioro del clima político, las universidades chinas habían fomentado el intercambio con instituciones académicas extranjeras, y mi puesto en la Universidad de Michigan fue una ventaja para mi activismo feminista académico. Antes del auge del discurso de las «fuerzas extranjeras hostiles» (境外敌对势力), y cuando el lema oficial «Integrarse al mundo» aún estaba vigente, se daba la bienvenida a una académica de una prestigiosa universidad estadounidense con becas, aun si a los administradores de las universidades chinas no les interesaban los estudios feministas. Desafiando deliberadamente los vetos políticos dentro del ámbito académico, relativamente «libre», impartí numerosos seminarios y talleres para presentar a jóvenes docentes y estudiantes de posgrado de universidades chinas algunos textos feministas críticos hacia el capitalismo global y el neoliberalismo, destacando los análisis feministas de múltiples sistemas opresivos y la intersección de género, clase, raza, etnia, orientación sexual y otras relaciones de poder. Presentar y traducir textos feministas se convirtió en mi forma de «contrabandear» conceptos críticos como «clase» en la academia china, donde toda una generación de jóvenes académicas no había conocido el concepto marxista de «clase» (阶级), ya que se les enseña únicamente el concepto weberiano de «estratificación» (阶层). Cuando revisaba textos feministas en inglés traducidos por académicas en China, tenía que corregir repetidamente el uso de «estratificación» donde los textos originales decían «clase». El borramiento de la «clase» como concepto crítico era una realidad material en un Estado donde los intelectuales eran en gran medida cómplices del sistema estatista. Preparé a las participantes de mis seminarios y talleres para mis perspectivas críticas, subrayando que mi objetivo era ofrecerles lo que normalmente no podían obtener en China. Abogué por la creación de un espacio académico sin autocensura donde abordar un pensamiento crítico y adquirir las herramientas analíticas del feminismo, y debatir libremente temas relacionados con la política y la sociedad chinas. Mi objetivo ha sido construir un discurso crítico feminista que cuestione el discurso neoliberal y darwinista social dominante en China y que, con suerte, moldee el surgimiento de un nuevo tipo de subjetividad feminista.

Además de mi trabajo en el sistema de educación superior de China para promover una transformación curricular feminista, mi investigación académica también forma parte de mi acción feminista. Mis dos obras de investigación en inglés exploran la rica herencia del feminismo chino. El propósito de producir estos libros de historia fue construir una genealogía del feminismo en el país para que las generaciones más jóvenes se inspiren en sus valientes e inteligentes predecesoras feministas, aprendan de sus perspectivas y lecciones, y prosigan sus luchas inconclusas. La producción de conocimiento histórico feminista también desafía la historia y los discursos dominantes.

Algunas jóvenes feministas en China pretenden trazar una línea divisoria entre los grupos académicos y las activistas; no sé en qué categoría me ubicarían. Siempre he estado en universidades de eeuu y China, y es en las instituciones de educación superior donde desarrollo mi acción feminista. Quienes intentan usar el término «académico» para menoscabar a las personas involucradas en la producción y la difusión de conocimiento feminista deberían leer algo de las exposiciones de Michel Foucault sobre la relación entre saber y poder para entender la estrecha relación entre la producción de conocimiento feminista y las transformaciones sociales, culturales y políticas feministas. Las jóvenes feministas chinas necesitan con urgencia incorporar marcos analíticos críticos para comprender los diversos mitos creados por el discurso dominante y así no ser controladas por el poder gobernante.

Por supuesto, también hay académicas de elite que utilizan las teorías académicas feministas como herramienta para ascender en la escala social. Para ellas, predicar con el ejemplo no es su problema. Hay personas así en todos los países, por no hablar de los intelectuales chinos que caen en la doble trampa del palo y la zanahoria. Pero estas personas no deberían ser vistas como representativas de las académicas que han trabajado incansablemente en espacios feministas y en las aulas. Es precisamente gracias al duro trabajo de las académicas feministas que las teorías y los conceptos críticos se han incorporado poco a poco en las universidades y los círculos académicos chinos. En comparación con mi generación, muchas jóvenes estudiantes chinas poseen hoy cierto conocimiento de los conceptos feministas críticos, mucho más de lo que teníamos cuando iniciamos nuestro camino.

También me gustaría subrayar que las feministas no deberían adoptar perspectivas de «alteridad» que menosprecien a otros grupos. Los movimientos feministas en todo el mundo involucran siempre a grupos diversos de personas, sin un centro ni un liderazgo unificado bajo una figura autoritaria. El desarrollo de un movimiento desde los márgenes de la sociedad depende de que cada participante respete a otras personas en diferentes posiciones sociales y se involucre en diversas prácticas al máximo de sus capacidades y condicionado por su entorno. Es la suma de la iniciativa y la práctica creativa individual de cada participante lo que promete convertir al movimiento en un motor de cambio social. Las feministas chinas, sometidas a un férreo control y vigilancia política, carecen de canales abiertos de comunicación y de espacios libres para la discusión y el debate, y suelen comprender poco los esfuerzos de otras feministas. Por lo tanto, es crucial actuar sobre la base de hechos y no de suposiciones, para no generar fracturas en las comunidades feministas en un entorno político ya intenso. Mi identidad transcultural también me pone en una posición adversa. En la segunda década tras la Conferencia sobre la Mujer, la tendencia política del Estado de partido único chino cambió del eslogan de «Integrarse al mundo» al que pone el acento en la «Advertencia contra fuerzas extranjeras hostiles». Los movimientos sociales fueron reprimidos uno tras otro bajo la acusación de colusión con este enemigo externo. En 2017, este garrote político golpeó oficialmente al feminismo. El siguiente pasaje es un extracto de un discurso oficial de Song Xiuyan, la líder máxima de la mencionada federación de mujeres, la acwf, de ese año:

Actualmente, nuestro Partido se mantiene unido y está liderando al pueblo hacia una victoria decisiva en la construcción integral de una sociedad moderadamente próspera. Las fuerzas hostiles occidentales están intensificando su estrategia de occidentalización y división contra China. Atacan la teoría marxista sobre la mujer y nuestra política estatal fundamental de igualdad entre hombres y mujeres, y promueven activamente el «feminismo» y la «supremacía feminista» occidental. Algunas, bajo la bandera de la «protección de derechos», el «alivio de la pobreza» y la «caridad», intervienen directamente en los asuntos de las mujeres de China en un intento de encontrar y abrir brechas en el campo de las mujeres.

En mi opinión, en tanto historiadora de la China moderna, la denuncia de las «fuerzas hostiles occidentales» como justificación de la represión no es diferente de la de la «lucha de clases» de la era de Mao. Mientras la lucha por el poder político lo requiera, el oponente puede ser etiquetado como «seguidor de la vía capitalista», «traidor al Partido», «autoridad académica burguesa», «revisionista», «colaborador con países extranjeros», etc. Se puede incriminar al oponente de diversas maneras con el fin de aniquilarlo por temor a la amenaza que representa para el poder. Todos estos esquemas no tienen nada que ver con el bienestar de la gente. Hoy, dado que trabajo en una universidad estadounidense y mis actividades de producción de conocimiento y transformación cultural feminista se llevan a cabo en China, se me clasificará como parte de una «fuerza extranjera hostil». En 2018, en un discurso público en China, en el marco de una revisión de los errores cometidos por el pcch a lo largo de la historia, hice específicamente una asociación crítica entre el esquema de la lucha de clases de Mao Zedong y el discurso actual de invocar la expresión «fuerzas extranjeras hostiles». Policías vestidos de civil presentes en mi conferencia me denunciaron ante el administrador principal de la universidad. Una colega feminista comentó: «Justo cuando querían incriminarte como una fuerza extranjera hostil, los criticaste públicamente. Por supuesto que están enojados». Situaciones tan ridículas y tristes como estas son una realidad que las académicas feministas que viven en el extranjero deben hoy afrontar.

De hecho, una versión similar de esta frase se utilizó por primera vez contra las feministas después de la represión de las Cinco Feministas en 20155. En ese momento, escribí un artículo breve titulado «¿Qué son las fuerzas políticas extranjeras?» con el fin de exponer las implicaciones maliciosas de este discurso político6. El lugar en el espacio que ocupo y el conocimiento histórico que poseo me permiten rechazar abiertamente la represión política del feminismo. También insto a todas las lectoras preocupadas por el desarrollo del feminismo en China a exponer y rechazar cualquier estigma político e incriminación en la medida en que su situación lo permita. Debemos evitar convertirnos en víctimas de persecución política y estar alertas ante cualquiera que pueda convertirse en cómplice en el proceso de incriminación política. Con los rápidos cambios que se producen en el panorama geopolítico actual, mi identidad diaspórica complicará aún más mis prácticas feministas transnacionales, pero esto hace aún más urgente continuar la lucha.

Creación de un ciberespacio para el surgimiento de redes feministas transnacionales chinas

Para hacer frente a un espacio político drásticamente comprimido y a una mayor vigilancia en China, un grupo de académicas feministas que viven tanto en el país como en el extranjero ha creado un nuevo sitio web, chinesefeminism.org, que ofrece un foro digital y un repositorio. Las personas interesadas pueden consultar actualizaciones sobre actividades feministas en el país, análisis feministas recientes de hechos políticos, sociales y culturales en curso, y recursos académicos útiles tanto para académicas feministas como para el público general interesado en la investigación e historia feministas. El sitio web también ofrece un espacio para que las feministas articulen voces críticas sin autocensura. Las autoras pueden mantener el anonimato utilizando seudónimos. Mediante la organización de diversas secciones, las feministas chinas, situadas en distintos espacios transnacionales, pueden formar una red virtual para actuar y apoyarse mutuamente en un momento político difícil. Las activistas están considerando añadir versiones en inglés de los principales textos chinos para informar al mundo anglófono sobre las difíciles batallas que libran las valientes feministas chinas en esta coyuntura histórica crítica. El sitio web ilustra vívidamente que no sucumben ante la adversidad, sino que exploran activamente diversos espacios y crean otros nuevos para promover la causa feminista.

Fuente: Nueva Sociedad
NUSO
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Made in China, 9/6/2021. Traducción: Carlos Díaz Rocca.

1. En 1989, estudiantes y ciudadanos en general se concentraron en la Plaza de Tiananmén para exigir reformas políticas, libertad de expresión y el fin de la corrupción. El 4 de junio, el gobierno envió al Ejército para desalojar las protestas por la fuerza, causando centenares de muertes y detenciones [N. del E.].
2.En el caso del PCCh [N. del E.].
3.Wang Zeng: «Feminist Networks» en You-tien Hsing y Ching Kwan Lee (eds.): Reclaiming Chinese Society: The New Social Activism, Routledge, Londres, 2010.
4.La expresión «vendado de pies» alude a la antigua y cruel práctica china en la que se envolvían con vendas los pies de las niñas para moldear su cuerpo según los ideales de belleza de la época; aquí se utiliza en sentido metafórico [N. del T.].
5.En marzo de 2015, Li Maizi, Wu Rongrong, Zheng Churan, Wei Tingting y Wang Man, conocidas como las «Cinco feministas», fueron detenidas por organizar una campaña contra el acoso sexual en el transporte público. Estuvieron 37 días bajo custodia policial y fueron liberadas bajo fianza, en un caso que evidenció la creciente represión estatal contra el activismo feminista en China [N. del E.].
6.Wang Zheng 王政: 何为国外政治势力 [¿Qué son las fuerzas políticas extranjeras?] en 女权论坛 [Feminismo chino], 2/4/2015, disponible en chinesefeminism.org/2020/07/10/何为国外政治势力.

julio 19, 2026

Electoras, votadas y no elegidas en Brasil

Las brasileñas son clave para decidir el próximo gobierno, pero continúan excluidas de los principales espacios de poder político.


En octubre Brasil vivirá una elección presidencial que se perfila como una de las más disputadas de su historia, tras dos comicios que ya dividieron al país, en 2018 y 2022. Lula, cuenta hoy con ventaja en las encuestas, sobre todo en las últimas semanas tras el más reciente escándalo de corrupción que salpicó al candidato de la familia Bolsonaro. Sin embargo, la campaña aún no está y a pesar de indicadores económicos muy positivos, el presidente Lula sigue enfrentando una baja popularidad. Jair Bolsonaro, el expresidente, está inhabilitado para competir y cumple arresto domiciliario; por lo que designó a su hijo como candidato. En medio de una disputa presidencial protagonizada exclusivamente por hombres, hay un actor político visiblemente ausente: por primera vez en veinte años, ninguna mujer disputará la presidencia.

Las mujeres son consideradas un electorado decisivo en estas elecciones. Conviene recordar que, el mismo día en que Brasil elija a su nuevo presidente, también se renovarán las cámaras de diputados/as estaduales y federales, se elegirán gobernadores/as y dos tercios del Senado.

Como en la mayoría de los países, las mujeres son mayoría en el electorado y, no por casualidad, en una disputa tan reñida sus votos son especialmente codiciados. Brasil, sin embargo, carga con una particularidad bastante vergonzosa: es el segundo peor país de América Latina en materia de representación política de las mujeres.

La importancia del voto femenino quedó especialmente en evidencia en las últimas elecciones presidenciales. En 2022, con la pandemia todavía fresca y el temor a que Bolsonaro continuara en el poder tras haber desalentado el uso y la producción de vacunas, las mujeres votaron mayoritariamente por Lula. Así lo sugieren la mayoría de las encuestas, que apuntan a una lectura pragmática vinculada con la protección de la salud. Lo que ya se sabe, en todo caso, es que las mujeres tienden a votar desde una perspectiva del cuidado, lo que incluye la preocupación por la calidad de la educación y la inflación de los alimentos.

Ahora, sin la pandemia como marco de urgencia y con un gobierno que no ha logrado entusiasmar plenamente a ese electorado, la disputa por el voto femenino vuelve a abrirse. En ambos lados existe una preocupación por conquistar ese voto que se refleja en los esfuerzos para endurecer las penas por feminicidio, una acción apoyada por ambos grupos políticos. Aunque son actos que llaman la atención, es curioso notar que, detrás de esas estrategias persiste una lectura bastante simplista: la de que las mujeres tienen preferencias políticas similares por el solo hecho de ser mujeres.

Sin embargo, si la disputa por el voto femenino ocupa buena parte del debate, en estas elecciones del 2026 mucho menos se discute, dentro de los grandes partidos, el lugar de las mujeres como representantes. Así quedó en evidencia el 24 de junio, cuando Michelle Bolsonaro, precandidata a algun puesto, publicó un video en el que denunciaba a su hijastro y compañero de partido, Flávio Bolsonaro.

Actualmente, Brasil ocupa el puesto 135 en el ranking de la Unión Interparlamentaria sobre presencia femenina en los parlamentos: la segunda peor marca entre los países latinoamericanos, superado únicamente por Belice. Solo el 13% de los municipios tiene una alcaldesa; 18% de las diputadas federales son mujeres (la mayoría de ellas blancas y de partidos de derecha) y en casi 20% de las ciudades brasileñas no hay una sola concejala. Treinta años después de la ley de cuotas de género, el porcentaje de mujeres electas sigue siendo escaso y los avances han llegado a paso de tortuga.

En gran medida, esto se debe al sistema electoral brasileño, combinado con prácticas partidarias profundamente masculinizadas, que operan como un filtro y reducen sistemáticamente las posibilidades de las candidatas antes de que el electorado llegue siquiera a ver sus nombres en la urna.

Las cuotas que obligan a los partidos a incluir al menos un 30% de mujeres en las listas existen desde fines de los años noventa. Sin embargo, en un sistema de lista abierta, garantizan solamente la candidatura, no que esta mujer tenga visibilidad. En un sistema como tal, donde cada candidata compite individualmente por hacerse conocer, el acceso al financiamiento resulta determinante. Y los recursos públicos de campaña siguen fluyendo de manera desproporcionada hacia los hombres, sobre todo hacia quienes ya ocupan cargos y controlan las estructuras partidarias.

Pero el problema va más allá. Como aumentar la presencia de mujeres implica necesariamente reducir el espacio de algunos hombres, lo que predomina es la preservación del status quo. A ello se suman las barreras informales. En una investigación reciente, publicada en la revista Electoral Studies y desarrollada junto a Thiago Fonseca y João Victor Guedes Neto, identificamos que, tras los cambios legales destinados a promover candidaturas de mujeres y de personas negras, los partidos incrementaron el número de candidatas, pero principalmente de aquellas con escasas posibilidades de ser electas, garantizando apenas que aportaran más votos a sus respectivas siglas.

Muchas veces, aun cuando existen mujeres dispuestas a competir, aquellas que podrían ser candidatas potencialmente competitivas no llegan a serlo porque el partido no las financia, no las apoya y no las proyecta. Y cuando el electorado no las conoce, simplemente no puede votarlas. A estas barreras se suma, además, la persistente violencia política de género, que en estas elecciones se ha vuelto visible, alejando a muchas mujeres de la disputa electoral.

El resultado es un sistema que necesita el voto de las mujeres, pero que sigue dificultando su acceso al poder. Las reglas que estructuran el juego político en Brasil fueron hechas, históricamente, por hombres y para hombres, y continúan reproduciendo una representación profundamente desigual.

En 2026, mientras Lula y el hijo de Bolsonaro – o quien finalmente dispute la presidencia – compiten por el voto del grupo mayoritario del electorado, las mujeres, que siguen siendo indispensables para decidir quién gobierna, continúan lejos de ocupar, en la misma proporción, los espacios donde se ejerce el poder.


Por Débora Thomé
Fuente: Latinoamérica 21


Investigadora asociada en el LabGen de la Univ. Federal Fluminense - UFF (Brasil) Doctora en Ciencia Política por la UFF. Fue investigadora visitante en la Universidad de Columbia. Co-autora de "Mujeres y Poder" (con Hildete Pereira de Melo, Editora FGV, 2018).

julio 18, 2026

Fútbol, feminismo y burocracia sindical: cuando la igualdad se disfraza para mandar




El debate actual sobre cómo transformar las estructuras oligárquicas mediante la participación de las bases suele pasar por alto una dimensión decisiva: las dinámicas de género. Por lo general, se analiza la burocracia sindical como un problema puramente político o de clase, ignorando cómo el patriarcado cimienta esas jerarquías. Nuestra investigación, publicada recientemente en Gender, Work & Organization, parte de este vacío para destapar una realidad incómoda: las políticas de igualdad, lejos de democratizar las organizaciones, pueden utilizarse como perfectos mecanismos de control para blindar la oligarquía y legitimar sus mecanismos de control organizacional. 

El estudio disecciona un caso concreto en el comercio minorista del Conurbano bonaerense (esa inmensa periferia industrial y urbana de Buenos Aires donde se concentran miles de trabajadoras en supermercados, shoppings y cadenas de retail) con un hallazgo central y perturbador: la creación de un equipo de fútbol femenino oficial no fue la culminación de una lucha feminista, sino una estrategia diseñada para neutralizarla. El caso actualiza lo que Antonio Gramsci definió como “revolución pasiva”, es decir, un mecanismo de restauración política mediante el cual la élite o dirección política copta e institucionaliza parte de las iniciativas autónomas para someterlas bajo su orden. El objetivo es claro: integrar la novedad para disolver su potencial antagonista y asegurar así el orden vigente y reproducirlo en el futuro.

Descubrimos que, mientras las trabajadoras jugaban al fútbol sin apoyo del sindicato –autogestionando el alquiler de las canchas, los calendarios y la logística–, construían algo más que un equipo: generaban un espacio político propio e, inesperadamente, potencialmente antagonista. Aquí, el tercer tiempo emergió como el momento decisivo que, lejos de ser una simple charla post-partido, funcionaba como una red de solidaridad crítica fuera del radar de la estructura sindical. Esto contrastaba con la realidad de sus compañeros varones, quienes históricamente disfrutaron de un ocio financiado y promovido por el gremio, con alquiler de canchas, uso de predios sindicales y organización de torneos intersindicales. Al oficializar la práctica de las mujeres, dándoles camisetas, entrenadores y recursos, la burocracia no las estaba empoderando, muy al contrario, las estaba desactivando. Estaba convirtiendo una amenaza política en una actividad recreativa inofensiva y vigilada. 

El artículo retoma la Ley de Hierro de la Oligarquía de Robert Michels para exponer una conclusión teórica. A día de hoy, la perpetuación de la élite sindical puede sostenerse sobre una articulación indivisible entre dominación de clase y género. La burocracia sindical puede utilizar el patriarcado como pilar material para blindar sus privilegios políticos de clase, en el sentido Weberiano. Por ello, identificar este tipo de procesos no es un mero ejercicio académico, sino una necesidad política; solo desnudando las revoluciones pasivas podremos construir los marcos necesarios para que los sindicatos rompan con dinámicas y relaciones de dominación, recuperando su potencial de lucha como forma organizativa de la clase trabajadora.

La oligarquía patriarcal: anatomía de un poder desigual

Para comprender por qué la organización de un equipo de fútbol femenino puede convertirse en una cuestión crucial en la reproducción de relaciones de género y de clase es necesario diseccionar primero la materialidad del poder sindical en Argentina. El país ofrece un laboratorio privilegiado para este análisis porque combina dos fuerzas aparentemente contradictorias. Por un lado, cuenta con un Modelo Sindical de una fortaleza institucional única en la región: el monopolio de la representación gremial por rama (el unicato), la administración de obras sociales multimillonarias (como centros deportivos y hoteles), y la capacidad de paralizar la economía mediante huelgas o negociar salarios para todo un sector. Por otro lado, esta potencia institucional convive –y a menudo choca– con luchas feministas que, desde el Ni Una Menos y la lucha por el aborto legal, han desbordado las calles y presionado a las instituciones para que éstas se modernicen. Sin embargo, puertas adentro, esa modernización se enfrenta a un muro de contención estructural.

El caso del comercio minorista ilustra genuinamente esta tensión. Hablamos de una de las ramas más grandes y dinámicas de la economía, donde la fuerza de trabajo está fuertemente feminizada. No obstante, nuestra investigación revela que la estructura de mando opera como una pirámide invertida de exclusión. Si bien los sindicatos han incorporado formalmente el cupo femenino del 30 % en sus listas, el poder real no se ha democratizado para toda la plantilla. Al analizar la composición de las secretarías, nos encontramos con una segregación de manual: las mujeres son sistemáticamente relegadas a áreas blandas (e.g., Acción Social, Turismo, Actas), mientras que el núcleo duro de la organización (i.e., las secretarías General, Gremial, de Organización y de Finanzas, allí donde se decide el dinero y la estrategia política) permanece blindado entre un 80 % y 90 % en manos de varones. 

Desde una perspectiva de clase, esta distribución no es accidental ni fruto de simples prejuicios machistas. La burocracia sindical se ha construido históricamente a imagen y semejanza del varón proveedor: un militante de tiempo completo, capaz de asistir a reuniones interminables, participar y organizar en las comidas y cenas del sindicato, congresos lejanos, etc., donde una retaguardia doméstica invisible garantiza la reproducción de sus hogares. Por lo tanto, la Ley de Hierro de la Oligarquía no es neutra, sino que está atravesada por el género. La exclusión de las mujeres de los espacios de decisión real es un requisito material para la estabilidad de los dirigentes: al restringir el acceso a quienes cargan con la doble jornada (trabajo asalariado más cuidados), la dirección reduce drásticamente la competencia política y asegura su propia perpetuación en el poder. 

Pero el filtro no es solo de cómo se organizan los horarios dentro y fuera del centro de trabajo; la forma en la que se reparten las tareas también expresa relaciones de carácter profundamente políticas. Nuestra investigación retoma la idea de que la cúpula sindical actúa como una clase para sí: un estamento diferenciado de la base, con intereses propios y privilegios materiales que busca proteger a toda costa a través de la promoción de una cultura masculina que garantiza su cohesión interna y hegemonía. La lealtad y la confianza política de esta élite no se tejen en las asambleas abiertas, sino en espacios de informalidad excluyente regidos por dinámicas de complicidad masculina. El género funciona como el pegamento de la oligarquía asegurando que el círculo de decisión permanezca estrecho, cerrado y protegido de cualquier competencia externa.

La disputa por el tiempo: autonomía y clase

Frente a este panorama de exclusión sistemática, la organización de los partidos por parte de las trabajadoras funcionó como una herramienta para romper la fragmentación impuesta por la empresa. Es importante aclarar que el caso analizado no era una excepción, sino la expresión local de un fenómeno de autoorganización que comenzaba a extenderse por distintos centros de trabajo del sector. En este contexto, el desafío real no era alquilar una cancha de fútbol –algo sencillo en sí mismo–, sino la compleja tarea de coordinar a las compañeras de trabajo que sufrían no solo la fragmentación dentro de los centros de trabajo, sino también fuera de él. 

Por un lado, las trabajadoras habitualmente separadas por secciones y diferentes turnos, tuvieron que tejer una red de comunicación interna para poder coincidir a la hora de establecer un día y lugar para jugar a fútbol. Esa gestión subterránea para coordinarse implicó, en la práctica, cuestionar la atomización de la plantilla y construir un vínculo horizontal allí donde la empresa solo fomentaban la separación. Además, para poder jugar, las trabajadoras debieron negociar cambios de turno y permisos con encargados y jefes, enfrentando muchas veces resistencias que sus compañeros varones no padecían. Esta experiencia de negociación colectiva funcionó como un punto de inflexión, ya que al perder el miedo a plantear exigencias ante la jerarquía para algo propio, también ganaron seguridad para otros conflictos. El proceso generó tal empoderamiento que, según reconoció el propio representante sindical de la empresa, se evidenció poco después en una participación mucho más activa de las trabajadoras en las asambleas generales. 

Por otro lado, ganar el tiempo en el comercio no bastaba, había que disputarlo también en casa. Aquí se libraba un segundo combate, más silencioso, pero no menos complejo: la lucha contra la asignación patriarcal de los cuidados y el disfrute del ocio. Para estas mujeres, ir a la cancha implicaba romper con el mandato de disponibilidad permanente para el hogar. Los testimonios recogidos dan cuenta de tensiones familiares agudas: parejas que recriminaban el abandono de los hijos, discusiones por llegar tarde a cocinar y la culpa inducida por ejercer el derecho al ocio, especialmente uno que era practicado especialmente por hombres. Poder ir a jugar a fútbol requirió, entonces, desarrollar una ingeniería de cuidados alternativa, es decir, la de tejer redes de apoyo con abuelas, tías o vecinas para cubrir su ausencia durante los partidos. En otros casos, también lograron que fueran los propios hombres los que realizaran las tareas reproductivas. 

En cualquier caso, al conseguir ir a jugar al fútbol, politizaron lo doméstico. Demostraron que su tiempo libre no era un derecho garantizado, sino un territorio que debían arrebatarle, hora a hora, a la estructura de la familia tradicional. A su vez, también evidenciaron que, aún saliendo victoriosas en algunas de estas disputas, la ausencia de una mujer en el hogar seguía cubriéndose con el trabajo de otra. 

Tras librar estas batallas en la empresa y en el hogar por el derecho al ocio, la amenaza real para la dirección patriarcal del sindicato se materializó, paradójicamente, una vez terminados los partidos. Durante el tercer tiempo. Aquí, la interacción informal entre las compañeras emergió como un factor clave en la subversión de las estructuras de poder; espacios de encuentro ganados a pulso, libres de la vigilancia de delegados y dirigentes sindicales. Allí, mientras compartían una cerveza en el borde de la cancha, la conversación derivaba inevitablemente hacia problemas comunes a todas ellas: desde conflictos salariales y abusos por parte de sus jefes, hasta las tensiones familiares o las dificultades que suponía la vida en el conurbano. Lejos de ser un simple momento de relax, el tercer tiempo funcionaba como una asamblea invisible donde se socializaba el malestar, se compartían estrategias de supervivencia y se gestaba una identidad colectiva propia. Sin la institucionalidad que suponía normalmente la acción sindical, ellas mismas habían creado lo que la oligarquía más teme: un espacio de deliberación política no controlado.

La revolución pasiva: inclusión como forma de sumisión

Frente a esta vieja, pero para estas personas nueva, dinámica de autoorganización, la respuesta de la burocracia sindical no fue la censura, sino una operación de manual para su desmovilización, estrategia que Gramsci en su día calificara como “revolución pasiva”. Conscientes de que la represión directa era inviable, incluso contraproducente si tenemos en cuenta el contexto de auge del movimiento feminista (contexto muy disputado en estos momentos por el gobierno de Milei), los dirigentes del sindicato activaron una maniobra para desactivarlas políticamente bajo la apariencia de una acción para el beneficio colectivo. Al organizar un equipo oficial de mujeres, el sindicato no solo aportó recursos materiales para que las mujeres jugaran, sino que capturó el proceso de toma de decisiones. Lo que antes era una construcción colectiva y horizontal, donde las trabajadoras definían sus propias reglas, pasó a ser una actividad reglamentada y administrada verticalmente por el sindicato. Se consumó así una transferencia de poder decisiva: las trabajadoras dejaron de ser organizadoras activas para convertirse en usuarias pasivas de un servicio institucional. 

Esta oficialización no implicó reconocer al grupo existente, sino reconfigurarlo bajo una lógica opuesta, la de la meritocracia deportiva. El sindicato impuso un proceso de selección a cargo de un director técnico, desplazando el criterio participativo (juegan todas) por uno competitivo (juegan las mejores), donde precisamente eran hombres los que poseían el conocimiento específico. La instauración de pruebas y listas de convocadas introdujo jerarquías inmediatas, creando rivalidades allí donde antes había cooperación. Las jugadoras seleccionadas accedieron a permisos para ausentarse del trabajo y viajes para competir, creando una brecha inmediata con quienes quedaron fuera. Pero la división más sutil operó sobre la gestión del tiempo. Aquel ocio que las trabajadoras habían construido a pulso, disputando cada hora contra la empresa y el mandato doméstico, fue reemplazado por la tutela burocrática y, aparentemente, aséptica de los entrenadores de fútbol. Ya no era necesario tejer redes de apoyo ni confrontar con la empresa por los turnos de trabajo, ahora el sindicato administraba los cronogramas y otorgaba las licencias. La capacidad de autoorganización se volvió innecesaria ya que el derecho a jugar dejó de ser una conquista de base para transformarse en una concesión administrada. 

Finalmente, el aparato sindical avanzó sobre el espacio que había probado ser el más subversivo de todos: el tercer tiempo. Al institucionalizarse y hacerse oficial el equipo de fútbol, los espacios de socialización, de protesta y de formación de nuevas solidaridades pasaron a ser cenas formales o eventos institucionales, donde solían contar con la participación de la propia comisión directiva del sindicato, de nuevo, predominantemente masculina. La presencia física de la autoridad sindical en estos espacios inhibió la crítica y reorientó las conversaciones hacia temas inocuos o puramente deportivos: ya no se charlaba sobre los problemas familiares o del barrio, y mucho menos de los laborales. Así, y con cierta elegancia vestida de morado, se consumó la revolución pasiva: el sindicato integró a las mujeres en su foto oficial, pero vació de política su palabra.

Conclusiones

El análisis de este caso nos obliga a reformular la teoría de Robert Michels: la burocracia sindical no es un bloque estático, sino una organización.

patriarcal-oligárquica dinámica, que muta para defenderse y perpetuarse a través de diferentes procesos de resistencia. Lo que observamos es que el acto de organizar partidos de fútbol sin supervisión, así como los lazos solidarios del tercer tiempo, funcionaron como espacios de disenso que, por limitados que parecieran, subvertían el orden establecido, dentro y fuera del trabajo. En este proceso, la doble condición de ser mujer y trabajadora dejó de ser un impedimento para convertirse en la condición estructural de una posible renovación política y sindical. Las trabajadoras demostraron que la autonomía es posible allí donde la estructura solo ve y busca obediencia. 

Sin embargo, la respuesta de la dirección sindical revela la sofisticación de sus mecanismos de defensa. Para neutralizar esta amenaza, la élite desplegó un abanico de tácticas de control que operaron simultáneamente, expandiendo su dominio sobre el tiempo de ocio, desmantelando los espacios informales de participación y, fundamentalmente, dividiendo los intereses colectivos a través de la introducción de relaciones de competencia mediadas por expertos. Al sustituir la lógica participativa por una administración vertical y selectiva, la burocracia logró expropiarles el control real de su actividad y solidaridad emergente. Fue una maniobra de manual de contrainsurgencia, donde se utilizaron estrategias feministas para socavar las redes de solidaridad emergentes mediante la fragmentación y la tutela institucional. 

La lección final es una advertencia para el futuro. Nuestro examen crítico demuestra que las lógicas opresivas son altamente adaptables e inventivas; se remodelan constantemente para mantener la hegemonía ante nuevos desafíos. Esto nos exige una profunda autocrítica y creatividad, apuntando a que las estrategias feministas y socialistas no pueden limitarse a pedir mayor inclusión en las viejas estructuras, ya que corren el riesgo de reforzar las desigualdades que buscan combatir. Al contrario, democratizar sindicatos u otras organizaciones políticas requiere, entonces, abandonar las fórmulas convencionales y atreverse a construir nuevas formas organizativas donde la solidaridad de clase y género no sea una consigna retórica, sino una práctica que subvierta la Ley de Hierro y su gran capacidad de adaptación.

* Este artículo es una síntesis del texto “Gendering the Iron Law of Oligarchy. Or how organizing an official football team became a strategy of passive revolution”, publicado en la revista académica Gender, Work & Organization.

Por Jon Las Heras es Profesor de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsistatea @jonlhc 

Ignacio Messina es Profesor en la Universidad de Zaragoza.

julio 17, 2026

Ciudad de las mujeres: la planificación ignora aspectos cruciales para ciudades equitativas

Foto de David Marcu, vía Unsplash

Al monitorear los resultados de la construcción de una plaza en Porto Alegre, un dato llama la atención: después de los niños y niñas que juegan, son las mujeres que cuidan a la infancia las principales usuarias del espacio. La historia ocurrió en una región vulnerable de la ciudad y evidencia una actividad muchas veces ignorada por la planificación urbana: el cuidado.

El objetivo del monitoreo en el Loteamento Santa Terezinha era verificar el perfil de las personas usuarias y su percepción sobre el espacio y su equipamiento, recientemente mejorados por una serie de organizaciones, así como de las rutas escolares en su entorno. Realizada por WRI Brasil en alianza con la Fundación Grupo Volkswagen, la investigación mostró que los niños y niñas representan el 89% de quienes frecuentan la plaza, y que la cantidad de mujeres adultas que asisten al lugar supera en 4,5 veces a la de los hombres, en su mayoría acompañando a los más pequeños. 

¿Y por qué es esto importante? Porque el cuidado es un aspecto de la vida urbana frecuentemente ignorado. Si bien resulta reduccionista y violento encasillar a las mujeres únicamente en el ámbito doméstico, es cierto que su vida cotidiana en las ciudades se topa con obstáculos que parecen fruto de una planificación que pasa por alto sus necesidades. En promedio, las mujeres dedican más tempo a las actividades de cuidado, una acumulación de tareas que genera sobrecarga y afecta en especial a las mujeres más desasistidas y vulnerables.
La movilidad del cuidado

En Madrid, la investigadora y profesora de planificación urbana Inés Sánchez de Madariaga demostrócómo las actividades de cuidado parecían irrelevantes y fragmentadas en las encuestas de origen y destino. Ir al mercado, a la farmacia, llevar a los hijos e hijas al médico, a la escuela o a la plaza: estas actividades no remuneradas, denominadas "reproductivas", representan el 40% de los motivos de viaje de las mujeres en Madrid, frente a solo el 8% de los de los hombres.




Las investigaciones en movilidad y género demuestran que una gran parte de las mujeres tiende a realizar viajes encadenados: salen de casa, llevan a sus hijos e hijas a la escuela, van al trabajo, pasan por el supermercado y finalmente regresan a casa. A este patrón de desplazamiento, invisible debido a su fragmentación, Madariaga lo denominó "movilidad del cuidado", un concepto que invita a reflexionar sobre cómo la planificación urbana y de movilidad —al privilegiar, por ejemplo, la infraestructura para automóviles o la oferta de autobuses en los horarios de trayecto casa-trabajo— deja al margen a una amplia porción de la población.

Resulta necesario, entonces, pensar las ciudades para las mujeres. Pero ¿para qué mujeres?

Los enfoques interseccionales sobre el tema muestran que las precariedades en la vida cotidiana se agudizan cuando se suman marcadores socioeconómicos como el género y la raza. Un estudio de la Secretaría Municipal de Desarrollo Urbano de São Paulo advierte sobre esta situación. A partir de los datos de la encuesta de origen y destino, el organismo mostró cómo los modos de transporte y el comportamiento de viaje varían entre mujeres y hombres, y según el nivel educativo, los ingresos y la presencia de hijos e hijas de 5 a 9 años. Cuanto menores son los ingresos, más se desplazan las mujeres por motivos de educación (llevando a sus hijos e hijas a la escuela) y más caminan o viajan en autobús.
Ciudades que privilegian a los hombres

Planificar las ciudades para las mujeres, en especial para aquellas que residem en zonas periféricas, significa mejorar la calidad del transporte público y de la movilidad activa, así como también de las calles, áreas verdes, parques y plazas. Al fin y al cabo, la movilidad urbana no se refiere únicamente al transporte, sino que está vinculada de manera directa al espacio público y a la experiencia de quienes se desplazan. Esto evidencia que problemáticas como el acoso y la seguridad pública deben tomarse en cuenta, por ejemplo mediante una iluminación pública adecuada, para que el entorno urbano actúe previniendo y frenando las violencias cotidianas a las que están expuestas las mujeres.


Sin embargo, esto no es lo que ocurre. Datos de la ANTP muestran que las inversiones y otros costos asociados a la infraestructura para automóviles, por ejemplo, superan en más de cinco veces la inversión en transporte público. En São Paulo, datos del Instituto Cordial revelan que el 40% de las aceras no cumplen con el ancho mínimo exigido por ley, una situación que se agrava en las zonas más alejadas del centro. Por regla general, los barrios periféricos también tienen menor acceso a áreas verdes, como parques y plazas, y peores condiciones de alumbrado. En todos estos casos, las mujeres resultan ser las más perjudicadas.

Por ciudades más equitativas y justas

El cuidado es una relación. Al centrarnos en las mujeres, miramos también a quienes ellas cuidan. Planificar la ciudad para las mujeres y el cuidado equivale a planificar para sus dependientes: niños, niñas, personas mayores y otras mujeres que se apoyan en redes comunitarias. Más allá de esto, se trata de una dimensión fundamental para el funcionamiento de las ciudades y de sus propias economías. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo sería la economía si todo el trabajo reproductivo acumulado por las mujeres fuera remunerado?

La necesaria atención a las cuestiones de género requiere promover la equidad de representación en la planificación y la toma de decisiones en alcaldías y secretarías. Asimismo, exige formular propuestas y soluciones surgidas de debates colectivos que consideren los diversos usos que las personas hacen de la ciudad. Al fin y al cabo, si las ciudades pueden detenerse sin el trabajo de cuidado, esta es una responsabilidad colectiva —del Estado, la sociedad y las familias— y no solo de las mujeres.


Este artículo fue escrito por Andressa Ribeiro, Ariadne Samios e Paula Manoela dos Santos. La traducción fue realizada mediante IA.

Lee la versión original en portugués aquí.


Fuente: ArchDaily

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in