Esta es una ciudad, conformada por quienes queramos expresar, sentir y nombrar un mundo en femenino.
Te invito a que nos cuentes tus vivencias de lo que recibes de las otras ciudades y comencemos a contar la historia de la mujer como parte de la sociedad y el día a día.
Préambulo de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana
"Las madres, las hijas, las hermanas, representantes de la nación, piden ser consitutuidas en asamblea nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos...
Fotografía cedida por el International Puppet Fringe Festival de Nueva York (IPFFNYC) que muestra una marioneta de la obra 'La Naissance' del Grupo The Flying Group Theater de Taiwán.
La cuarta edición del International Puppet Fringe Festival de Nueva York, el único festival alternativo dedicado exclusivamente al teatro de marionetas, comienza con la participación de más de una docena de países y dedicado a las mujeres titiriteras, que han dado forma, expandido y reinventado el arte de los títeres y las marionetas en todo el mundo.
El Fringe rinde homenaje a dos artistas estadounidenses visionarias que han llevado el arte de las marionetas a su máxima expresión, como medio para contar historias, expresar cultura y generar innovación: Theodora Skipitares (California, 1947) y Nancy Lohman Staub (Wisconsin, 1933).
El festival "es una celebración de extraordinarias voces artísticas de todo el mundo, con un enfoque particular en artistas mujeres e historias que ponen de relieve las experiencias, la resiliencia, la imaginación y el liderazgo de las mujeres", indicó el actor Manuel A. Morán, fundador y productor.
Afirmó que en momentos en que la inclusión, la diversidad y la colaboración internacional se ven cada vez más presionadas, este festival representa "una alegre afirmación de los valores que hacen que la ciudad de Nueva York y su comunidad artística sean tan vibrantes".
Películas, exposiciones, talleres y Theodora Skipitares
El festival se celebra en el Centro Cultural y Educativo Clemente Soto Vélez, que abre sus puertas tras una amplia remodelación.
Contará además con 50 producciones, películas, exposiciones, talleres, mesas redondas y eventos especiales a cargo de artistas de los países participantes.
Una pieza central es la exhibición Theodora Skipitares: Ingenio abundante-Cuatro décadas de objetos escénicos, una retrospectiva de una de las artistas teatrales interdisciplinarias más influyentes de EE.UU., e incluye producciones desde Micropolis (1982) hasta Footnotes, presentada este año.
Fotografía cedida por el International Puppet Fringe Festival de Nueva York (IPFFNYC) que muestra a una marioneta de la obra 'Mujeres a cuatro manos' del Grupo Teatro Naku Mx de México.
Una exposición de la pionera Nancy Lohman Staub
El festival también celebrará a Nancy Lohman Staub a través de la exposición fotográfica Recuerdos felices dispersos de amigos títeres por una mujer de 93 años que documenta títeres, artistas y amistades dentro de la comunidad internacional del arte de los títeres.
Staub, pionera en este campo, drigió el Puppet Playhouse de Nueva Orleans, organizó el histórico Festival Mundial de Títeres de 1980 en el Kennedy Center, cofundó el Museo del Centro de Artes de Títeres de Atlanta y contribuyó al lanzamiento de la Fundación Jim Henson y el Festival Internacional de Teatro de Títeres Henson.
A sus 93 años, su exposición ofrece una perspectiva profundamente personal e histórica sobre las personas e instituciones que han dado forma al arte de los títeres en todo el mundo.
Producciones adicionales de Puerto Rico, Grecia, Armenia, Cuba, Argentina, Bélgica, Canadá, Taiwán, México y Estados Unidos son una muestra de la diversidad y vitalidad del teatro de marionetas contemporáneo en todo el mundo, destacó además Morán.
Fotografía cedida por el International Puppet Fringe Festival de Nueva York (IPFFNYC) que muestra a una marioneta de la obra 'One for Sorrow, Two for Joy' del Grupo Long Grass Studio de Canadá.
Una cita fundamental de la segunda ola de feminismo que sigue recordándonos algo muy importante
Cuando Betty Friedan publicó 'La mística de la feminidad' en 1963, cuestionar que una mujer pudiera querer algo más que ser esposa y madre todavía resultaba revolucionario. Por eso, en sus páginas, había una cita que ha pasado a la historia:
"La única forma de que una mujer se encuentre a sí misma como ser humano es a través del trabajo creativo e independiente".
No obstante, más de seis décadas después, sus palabras siguen invitando a hacerse preguntas. En pleno ague de las tradwives y el antifeminismo, hoy se puede leer casi como una reivindicación de la independencia económica y profesional de las mujeres. Eso sí, cuando Friedan la escribió en 1963 estaba hablando de algo mucho más profundo: de la posibilidad de construir una identidad propia.
El problema que señalaba no era que las mujeres fueran amas de casa, ni que cuidar de los hijos o de una familia careciera de valor. El problema era que, para muchas mujeres de la sociedad estadounidense de posguerra, esas funciones se habían convertido en prácticamente la única definición de lo que significaba ser mujer.
Es en este punto donde aparece una de las ideas centrales de 'La mística de la feminidad': una mujer necesitaba algo que fuera suyo. Algo que le permitiera utilizar sus capacidades, tomar decisiones, relacionarse con el mundo exterior y reconocerse como una persona más allá de su papel dentro de la familia.
¿Qué quería decir Betty Friedan con "trabajo creativo e independiente"?
La palabra importante de la frase no es tanto "trabajo" como "propio", porque Friedan no estaba hablando únicamente de tener un sueldo. En el capítulo final de 'La mística de la feminidad', plantea la necesidad de que las mujeres encuentren una actividad significativa que les permita desarrollar sus capacidades y participar plenamente en la sociedad.
El trabajo aparece como una de las vías para alcanzar esa realización personal. No obstamte, no se trata de que baste con estar ocupada. Una mujer podía pasar el día entero haciendo cosas y, sin embargo, sentir que ninguna de ellas construía una identidad propia.
La distinción es importante porque Friedan estaba criticando precisamente que las tareas domésticas se convirtieran en la única profesión de una mujer. Su propuesta pasaba por dejar de considerar el matrimonio y la maternidad como opciones suficientes y buscar también una educación y una ocupación donde poder utilizar plenamente sus capacidades intelectuales.
La frase completa en su idioma original, además, resulta todavía más reveladora porque Friedan habla de que una mujer, tal y como hace un hombre, debe poder "encontrarse a sí misma" y "conocerse a sí misma" mediante ese trabajo creativo propio.
No se trata, por tanto, de trabajar por trabajar. Se trata de tener la oportunidad de descubrir quién eres cuando no estás desempeñando el papel que otros han decidido por ti.
Dominio público
Betty Friedan y "el problema que no tenía nombre"
Para entender por qué aquella afirmación fue tan importante hay que viajar hasta la Estados Unidos de los años cincuenta. Después de la Segunda Guerra Mundial se consolidó un ideal femenino muy concreto: matrimonio, hijos, casa en las afueras, los últimos electrodomésticos, compras y una vida familiar presentada como la sumum de la felicidad. La cultura popular convirtió aquella imagen en una especie de manual de instrucciones simbólico sobre cómo debía ser una mujer.
Friedan conocía bien ese universo. Había estudiado Psicología en el Smith College, donde se graduó summa cum laude en 1942, y después pasó por la Universidad de California en Berkeley. Trabajó como periodista y escritora antes de casarse, tuvo tres hijos y, mientras continuaba escribiendo, vivió también la experiencia de convertirse en ama de casa en los suburbios.
A finales de los años cincuenta comenzó a investigar aquello que terminaría convirtiéndose en 'La mística de la feminidad'. Una encuesta entre antiguas compañeras del Smith College reveló que muchas compartían la misma sensación de insatisfacción pese a haber alcanzado aquello que, sobre el papel, debía hacerlas felices.
Friedan pasó después años entrevistando a mujeres de todo Estados Unidos al respecto. En el libro bautizó aquella sensación como "el problema que no tiene nombre" y era la sensación de vacío, aburrimiento o falta de propósito que podía aparecer incluso cuando, aparentemente, no les faltaba de nada. Tenían todo aquello que se suponía que debían desear: el marido, los hijos, la casa, una vida cómoda... Entonces, ¿por qué no eran felices?
El libro que puso nombre a una insatisfacción femenina
'La mística de la feminidad' se convirtió rápidamente en un superventas, dando visibilidad a la frustración de muchas mujeres estadounidenses, que sentían que sus posibilidades vitales estaban limitadas por los roles de género. Con ello, contribuyó a impulsar la movilización feminista de las décadas de 1960 y 1970. O lo que es lo mismo, la conocida como "la segunda ola", de la que Friedan se convirtió en una de sus figuras fundamentales.
Tres años después de la publicación del libro, en 1966, participó en la fundación de la National Organization for Women (NOW) y se convirtió en su primera presidenta. Durante su mandato, la organización presionó para que se aplicaran las leyes contra la discriminación sexual en el trabajo y luchó, entre otras cuestiones, contra la segregación de los anuncios de trabajo por sexo.
Es importante recordarlo porque Friedan no se quedó en el terreno de las ideas. La reivindicación de que las mujeres pudieran tener una vida profesional propia estaba vinculada a una lucha política por conseguir que pudieran acceder realmente a esos empleos en condiciones de igualdad.
Pero Betty Friedan no tenía todas las respuestas. Leer hoy 'La mística de la feminidad' exige hacerlo teniendo presente a quiénes estaba describiendo Friedan y a quiénes dejó fuera de su relato. Su análisis se centraba principalmente en mujeres blancas, educadas y de clase media, especialmente aquellas que vivían el modelo doméstico de los suburbios estadounidenses.
Las experiencias de las mujeres negras, las mujeres de clase trabajadora y otros grupos quedaron mucho menos representadas. Esta es una de las principales críticas que se le ha hecho posteriormente a su libro. También tuvo una relación problemática con las mujeres lesbianas dentro del movimiento feminista. Su posición fue criticada por activistas lesbianas, que se sentían excluidas.
Esto no hace que 'La mística de la feminidad' deje de ser un libro fundamental, pero sí obliga a leerlo como lo que es: un texto decisivo de la segunda ola feminista y, al mismo tiempo, un producto de su contexto histórico, con sus propias limitaciones y puntos ciegos. Pero que nos puede recordar que la independencia no consiste únicamente en tener una nómina sino en encontrar aquello que te permita reconocerte como una persona completa, no únicamente como esposa, madre, hija, cuidadora, pareja o profesional.
Un estudio reconstruye por primera vez cuatro décadas de producción de datos impulsada por colectivos feministas y muestra cómo esos registros fueron decisivos para visibilizar violencias e impulsar cambios legislativos.
Mucho antes de que el Estado uruguayo produjera estadísticas sistemáticas sobre violencia de género, fueron organizaciones feministas y de la diversidad sexual las que comenzaron a recopilar, ordenar y difundir información sobre una problemática prácticamente ausente de los registros oficiales.
Esa es la principal conclusión de un estudio del Centro Interdisciplinario en Ciencia de Datos y Aprendizaje Automático (Cicada) –un centro de la Universidad de la República dedicado a aplicar métodos de ciencia de datos para resolver problemas científicos y sociales– que reconstruye por primera vez la historia de la producción feminista de cifras sobre violencia de género en Uruguay entre 1984 y 2025.
Aunque la ciencia de datos suele asociarse a la inteligencia artificial (IA), también permite estudiar cómo se producen, organizan e interpretan los datos. En este caso, las investigadoras recurrieron al análisis de publicaciones históricas, archivos y registros elaborados por organizaciones feministas para reconstruir el origen de la información que luego sirvió de base para las estadísticas oficiales y las políticas públicas.
La investigación busca “desnaturalizar” la percepción de que el Estado siempre relevó las distintas manifestaciones de la violencia de género y rescatar la “memoria histórica” de que las “pioneras” en producir esos datos fueron las feministas en un momento en el que el tema ni siquiera estaba problematizado, explicó, en diálogo con la diaria, Noelia Beltramelli, investigadora de Cicada y una de las autoras del estudio.
Beltramelli señaló que el objetivo de la investigación fue rescatar un aspecto poco conocido del movimiento feminista uruguayo: el trabajo de recolectar, sistematizar y difundir información sobre violencias invisibilizadas.
“Buscamos rescatar el trabajo de las activistas y de las organizaciones de la sociedad civil en todo el trabajo que implica recolectar, sistematizar y difundir, y después accionar políticamente para la transformación social con datos”, afirmó Beltramelli, quien además es socióloga y cuenta con un máster en sociedad digital.
Entre sus principales conclusiones, el estudio sostiene que la producción feminista de datos fue decisiva para visibilizar desigualdades y distintas formas de violencia de género que durante años permanecieron fuera de los registros oficiales. Además, contribuyó a mejorar los sistemas de información y generó evidencia que sirvió de base para impulsar cambios legislativos, políticas públicas y transformaciones sociales.
De publicaciones feministas a políticas públicas
Para reconstruir esa historia, las investigadoras revisaron publicaciones históricas, boletines, revistas, archivos documentales y, en el caso de los proyectos más recientes, también páginas web y redes sociales. El criterio fue identificar iniciativas impulsadas desde la sociedad civil que generaran información allí donde existían vacíos en los registros oficiales y que transformaran esos datos en insumos para el debate público.
El estudio muestra que durante la década de 1980 organizaciones como el Grupo de Estudios sobre la Condición de la Mujer en el Uruguay (Grecmu) y Cotidiano Mujer comenzaron a producir datos sobre desigualdad y violencia de género cuando prácticamente no existían estadísticas oficiales. También destaca el papel de publicaciones como La República de las Mujeres, que contabilizaba casos de violencia a partir de fuentes policiales y periodísticas.
Asimismo, en esta década surgieron organizaciones centradas principalmente en atender la violencia doméstica (el Plenario de Mujeres del Uruguay, la Casa de la Mujer de la Unión, Cooperativa Mujer Ahora, entre otras), en 1987 se creó el Instituto Nacional de la Mujer y en 1988 la primera comisaría de la Mujer.
Según Beltramelli, esos primeros registros fueron fundamentales para que el problema comenzara a instalarse en la agenda pública. “La discusión pública sobre violencia doméstica surge a partir de fines de los años 80”, sostuvo.
La investigadora explicó que recién a partir de los años 2000 el Estado comenzó a incorporar de forma sistemática la perspectiva de género en la producción de información, un proceso que se consolidó con la creación de observatorios y nuevos mecanismos de registro. Sin embargo, subrayó que las organizaciones sociales continuaron desempeñando un papel central para complementar y cuestionar la información oficial.
Un hilo conductor durante cuatro décadas
Uno de los principales hallazgos del estudio es que, pese a los cambios tecnológicos, existe una continuidad entre las iniciativas pioneras de los años 80 y los proyectos actuales.
Beltramelli destacó que pudieron rastrear “prácticas similares” entre publicaciones históricas y proyectos contemporáneos como Feminicidios Uruguay, ¿Dónde Están Nuestras Gurisas? o Proyecto Ikove.Apoyá nuestro periodismo.
“Lo que está bueno rescatar es que la acción de sistematizar, a partir de fuentes dispersas, y problematizar datos [...] es algo que se mantiene en el movimiento feminista y de la diversidad desde la reapertura democrática hasta ahora”, afirmó. “Se puede trazar ese hilo conductor entre las diferentes iniciativas a lo largo de los años”.
La investigadora señaló que buena parte de ese patrimonio documental continúa fragmentado entre bibliotecas, archivos digitales y organizaciones sociales, mientras que otros registros incluso desaparecieron con el paso del tiempo.
“No es que haya un archivo de la memoria del colectivo feminista centralizado [...]. Si uno no habla con las personas del movimiento o no busca en documentos, eso queda perdido”, agregó.
En otras palabras, además de reconstruir quiénes produjeron los primeros datos, el estudio recupera una parte de la memoria documental del movimiento feminista que permanece dispersa y, en algunos casos, corre riesgo de perderse.
Persisten vacíos en los registros oficiales
Aunque reconoció los avances alcanzados por el Estado, la investigadora sostuvo que aún existen áreas donde la información oficial presenta limitaciones.
Entre ellas mencionó diferencias de criterios entre organismos públicos, falta de interoperabilidad entre bases de datos y registros insuficientes sobre feminicidios, desapariciones vinculadas a redes de trata y violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes.
“En el Estado hay una falta de interoperabilidad entre los datos o discordancias entre las cifras [...]. Eso hace que los informes finales puedan no reflejar la realidad de la mejor forma. Pensemos que la información disponible está desperdigada en diferentes ministerios u oficinas”, agregó.
Por eso, señaló que los proyectos impulsados desde la sociedad civil continúan siendo relevantes para complementar la información estatal y visibilizar problemáticas que todavía permanecen parcialmente ocultas.
Según explicó, proyectos como Feminicidios Uruguay, ¿Dónde Están Nuestras Gurisas? y Proyecto Ikove continúan siendo necesarios porque identifican subregistros, reúnen información dispersa y documentan fenómenos que no aparecen adecuadamente reflejados en las estadísticas estatales.
Ciencia de datos con supervisión humana
Consultada sobre el aporte que pueden hacer las nuevas tecnologías, Beltramelli sostuvo que la automatización puede contribuir a mejorar los sistemas de información, aunque advirtió que primero es necesario fortalecer la calidad de los datos disponibles.
“No utilizamos IA, fue todo trabajo muy humano”, aclaró respecto de la metodología utilizada para esta investigación.
La investigadora explicó que la ciencia de datos no implica necesariamente utilizar IA. También comprende herramientas para organizar, sistematizar y analizar grandes volúmenes de información, detectar patrones y mejorar la calidad de los registros.
Consultada sobre el aporte que podrían hacer las herramientas de ciencia de datos para mejorar los registros, Beltrami consideró que puede encontrar patrones y automatizar algunos relevamientos teniendo como “base el vínculo con la sociedad civil que tiene el conocimiento adquirido sobre este tema”.
“Con la ciencia de datos se puede desarrollar mejores formas de registrar la información, siempre que exista un control humano sobre los procesos. Las tareas repetitivas, sin dudas, pueden automatizarse”, indicó.
La investigadora aclaró además que el equipo no está desarrollando actualmente un proyecto basado en IA para automatizar estos relevamientos y que, deliberadamente, prefiere hablar de herramientas específicas de automatización antes que de IA.
Asimismo, advirtió que si se automatizan datos oficiales que no tienen toda la información, se reproducirían “los mismos vacíos que hay en los registros actuales”. “Primero hay que mejorar lo que hay, porque los datos son la materia prima que se va a usar después para generar procesos de automatización”.
Para Beltrami, el principal aporte de la investigación es reconocer el trabajo realizado durante décadas por activistas y organizaciones sociales en la construcción de información sobre violencia de género.
“Quisimos poner el foco en preguntarnos quiénes relevan los datos sobre estas temáticas en la historia de Uruguay, visibilizar eso y ponerlo en valor, algo que en la memoria colectiva no está tan visible”, finalizó.
Muchas mujeres continúan definiéndose como 'ayuda familiar' cuando son auténticas agricultoras o ganaderas, una invisibilidad que no solo afecta a su reconocimiento social sino también al acceso a prestaciones, pensiones, ayudas o indemnizaciones
Ganadera en una explotación de ganado vacuno de leche.
Durante décadas, el trabajo de miles de mujeres en el medio rural ha permanecido oculto tras una realidad tan cotidiana como injusta: trabajar de sol a sol en una explotación agraria sin aparecer como titular de ella. Han participado en la gestión, el cuidado de los cultivos, la atención al ganado, la administración e incluso en la toma de decisiones, pero su labor rara vez se ha traducido en reconocimiento legal, independencia económica o derechos propios. La creación de la figura de la titularidad compartida pretendía corregir esta situación. Sin embargo, más de diez años después de su implantación, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿ha conseguido realmente transformar la realidad de las mujeres rurales?
La Ley 35/2011 de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias fue recibida como un importante avance en materia de igualdad. Su objetivo era sencillo y, al mismo tiempo, profundamente necesario: reconocer que, cuando ambos miembros de la pareja trabajan en una explotación familiar, ambos deben compartir la titularidad, los beneficios, las ayudas públicas, las responsabilidades y los derechos derivados de esa actividad. Era una forma de hacer visible un trabajo que durante generaciones había sido ignorado por las estadísticas y, en muchas ocasiones, también por las propias instituciones.
Sobre el papel, la ley parecía una solución acertada. Sin embargo, la experiencia demuestra que aprobar una norma no garantiza su éxito. El número de explotaciones acogidas a este régimen continúa siendo muy reducido si se compara con el total de explotaciones familiares existentes en España. Esta escasa implantación no puede interpretarse como un fracaso de la idea, sino como el reflejo de problemas mucho más profundos que afectan al medio rural.
Las cifras muestran que la implantación de la titularidad compartida sigue siendo reducida. Según el Registro de Explotaciones Agrarias de Titularidad Compartida (Reticom), gestionado por el Ministerio de Agricultura, hay 1.654 explotaciones inscritas en toda España. Un análisis reciente señala que solo el 3,6 % de las mujeres que trabajan junto a sus parejas en explotaciones agrarias figuran como cotitulares. Aunque la cifra ha aumentado de forma progresiva en los últimos años, continúa siendo modesta si se compara con el volumen total de explotaciones agrarias existentes en el país.
Si el objetivo es fomentar la igualdad en el medio rural, las administraciones deberían reforzar las ayudas específicas para quienes opten por la titularidad compartida
En mi opinión, el principal obstáculo no es jurídico, sino cultural. Durante generaciones se ha considerado normal que el hombre aparezca como titular de la explotación mientras la mujer desempeña un papel secundario, aunque en la práctica ambos trabajen las mismas horas e incluso ella asuma gran parte de la gestión administrativa. Muchas mujeres continúan definiéndose como “ayuda familiar” cuando, en realidad, son auténticas agricultoras o ganaderas. Esa invisibilidad no solo afecta a su reconocimiento social, sino también a cuestiones tan importantes como el acceso a prestaciones, pensiones, ayudas o indemnizaciones.
A esta realidad se suma la complejidad administrativa. Aunque las administraciones han simplificado algunos procedimientos, todavía existen agricultores que desconocen la existencia de esta figura jurídica o consideran que los beneficios no compensan el esfuerzo burocrático. En muchas ocasiones falta asesoramiento especializado, campañas informativas eficaces y un acompañamiento cercano que facilite el proceso de inscripción. No basta con crear un derecho; también es necesario garantizar que las personas puedan ejercerlo de forma sencilla.
Otro aspecto que merece reflexión es el insuficiente incentivo económico. Si el objetivo es fomentar la igualdad en el medio rural, las administraciones deberían reforzar las ayudas específicas para quienes opten por la titularidad compartida. No se trata únicamente de conceder subvenciones, sino de premiar un modelo de gestión que favorece la corresponsabilidad, la transparencia y la igualdad efectiva dentro de las explotaciones familiares. Cuando las políticas públicas no ofrecen ventajas claras, resulta difícil que los cambios legales se traduzcan en cambios sociales.
La titularidad compartida adquiere aún más importancia en el contexto actual. El campo español atraviesa una etapa de profundas transformaciones: envejecimiento de la población agraria, falta de relevo generacional, despoblación de numerosas comarcas y crecientes exigencias medioambientales y tecnológicas. En este escenario, desaprovechar el talento y la capacidad de las mujeres rurales constituye un error estratégico. No puede hablarse de modernización del sector agrario mientras una parte esencial de quienes sostienen las explotaciones continúa sin el reconocimiento que merece.
Reconocer plenamente el trabajo de las mujeres significa aprovechar mejor el capital humano disponible y favorecer un desarrollo rural más sostenible
Además, la igualdad en el medio rural no debe entenderse únicamente como una cuestión de justicia social. También representa una oportunidad para fortalecer la economía agraria. Numerosos estudios muestran que las explotaciones donde existe una participación equilibrada en la gestión suelen ser más resilientes, innovadoras y capaces de adaptarse a los cambios del mercado. Reconocer plenamente el trabajo de las mujeres significa aprovechar mejor el capital humano disponible y favorecer un desarrollo rural más sostenible.
Tampoco puede olvidarse el impacto que esta figura tiene sobre las nuevas generaciones. Las jóvenes que desean incorporarse al sector necesitan referentes y modelos que demuestren que la agricultura y la ganadería no son actividades reservadas a los hombres. La visibilidad de mujeres titulares de explotaciones contribuye a romper estereotipos y a fomentar una participación más igualitaria en el futuro del campo.
Sin embargo, sería injusto responsabilizar únicamente a las administraciones. El cambio también depende de la sociedad, de las organizaciones agrarias, de las cooperativas y de las propias familias rurales. La igualdad no se alcanza solo mediante leyes; requiere modificar costumbres, superar prejuicios y reconocer que el trabajo tiene el mismo valor independientemente de quién lo realice. Mientras continúe considerándose normal que una mujer trabaje sin figurar oficialmente como titular de la explotación, la igualdad seguirá siendo incompleta.
En definitiva, la titularidad compartida constituye una de las herramientas más valiosas para avanzar hacia un medio rural más justo, moderno e igualitario. Sin embargo, su escasa implantación demuestra que aún queda un largo camino por recorrer. Las leyes pueden abrir puertas, pero son las personas y las instituciones quienes deben atravesarlas. Si realmente queremos un campo con futuro, competitivo y socialmente sostenible, resulta imprescindible dejar de invisibilizar a quienes llevan décadas sosteniéndolo en silencio. La igualdad no puede quedarse en un texto legal; debe convertirse en una realidad cotidiana en cada explotación agraria de nuestro país.