julio 10, 2026

Cuando lo personal es político (y cuando no)

La máxima feminista de que lo personal es político entra en conflicto con el neoliberalismo, un orden que redefine los problemas estructurales como meras cuestiones de virtud personal. Esta moralización del comportamiento individual corre el riesgo de asfixiar la acción colectiva indispensable para transformar la sociedad.

Manifestantes en la marcha por el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo de 2025 en Nueva York. (Robert Nickelsberg / Getty Images)

Una de las contribuciones más duraderas del feminismo al pensamiento político ha sido su insistencia en que la vida privada tiene una indudable densidad política. Mucho antes de que los debates sobre la identidad, la subjetividad y la vida cotidiana se pusieran de moda en las disciplinas humanísticas y las ciencias sociales, las corrientes feministas ya argumentaban que la dominación se reproducía a través de las relaciones íntimas, las estructuras familiares, las normas sociales y las vivencias personales. La máxima «lo personal es político» sintetizó una tesis central: la transformación social exige mucho más que una reforma institucional; demanda también una transformación de nuestros propios modos de vida.

Este compromiso por articular lo subjetivo con lo estructural ha modelado la teoría y la praxis feministas durante décadas. Históricamente, el feminismo ha sabido combinar el análisis macroeconómico y estructural de la opresión con una atención rigurosa a la conducta ética, la experiencia encarnada y la autotransformación. La emancipación no se pensó únicamente como un proyecto colectivo, sino también como una interpelación subjetiva. En este sentido, el feminismo nunca se limitó a transformar el mundo exterior; siempre buscó, al mismo tiempo, transformar el sujeto.

Hoy, sin embargo, esta articulación entre ética y política se ha vuelto cada vez más pantanosa. Durante las últimas cuatro décadas, el neoliberalismo no solo reconfiguró las economías y los aparatos estatales, sino también las formas en que las personas se perciben a sí mismas y procesan sus responsabilidades. Como han señalado diversas perspectivas críticas, el sentido común neoliberal nos empuja a concebirnos como sujetos absolutamente autónomos y autogestionados, cuyos éxitos y fracasos serían el resultado exclusivo de elecciones individuales. Así, los antagonismos sociales se clausuran bajo la lógica del rendimiento y la responsabilidad individual, desplazando los horizontes de la organización colectiva.

El neoliberalismo plantea una paradoja singular. Suele describirse como un sistema amoral en el que la racionalidad mercantil coloniza y desplaza cualquier otro valor. Al mismo tiempo, las sociedades contemporáneas están saturadas de lenguaje moral. Se exhorta permanentemente a los individuos a ser responsables, a tomar las decisiones correctas, a emprender procesos de superación personal y a rendir cuentas de sus actos.

El orden neoliberal, por lo tanto, se presenta simultáneamente como un desierto ético y como un dispositivo intensamente moralizador. Esta contradicción abre un interrogante político fundamental: ¿qué ocurre con las prácticas éticas del feminismo bajo el laboratorio neoliberal? ¿Ofrecen herramientas para resistir al individualismo imperante o corren el riesgo de reproducir sus mismos presupuestos subyacentes?

La disciplina de la corrección hipercrítica

Estas preguntas adquieren una urgencia particular debido a que el feminismo ha albergado históricamente una tensión productiva entre el plano ético y el político. Por un lado, las movilizaciones feministas han puesto el foco en la responsabilidad individual, la interpelación ética y la denuncia de las exclusiones cotidianas. Por el otro, el feminismo se ha configurado como una apuesta por la transformación política de masas. La convivencia entre ambos impulsos nunca ha estado libre de fricciones, pero bajo el neoliberalismo la cuerda se ha tensado al límite.

En una serie de investigaciones y entrevistas que realicé con activistas de la izquierda sueca, esta tensión surgió en repetidas ocasiones. Las militantes no describían al feminismo meramente como un programa político, sino como un modo de relacionarse consigo mismas y con su entorno. El feminismo aparecía como una praxis ética, un ejercicio de autorreflexión constante y un esfuerzo por actuar correctamente frente a las dinámicas de poder y opresión.

En estos relatos, la labor de la crítica ocupaba un lugar central. Muchas de las entrevistadas la definían como la práctica feminista por excelencia, enfatizando la necesidad de desmenuzar las normas, cuestionar los privilegios y examinar con lupa los comportamientos propios. El feminismo se configuraba así como un proceso de toma de conciencia orientado a identificar la complicidad individual en las estructuras opresivas y a asumir las consecuencias de las propias acciones.

Hay motivos de sobra para valorar esta veta reflexiva. Los movimientos políticos incapaces de mirarse a sí mismos suelen reproducir las mismísimas lógicas de dominación que pretenden combatir. Las críticas feministas a las relaciones de poder en el terreno de lo cotidiano ampliaron nuestras coordenadas de lo político de manera invaluable.

Sin embargo, las entrevistas también dejaron al descubierto los escollos que emergen cuando los antagonismos políticos se traducen fundamentalmente en dilemas éticos personales. Varias militantes se describían como actoras políticas bajo una constante hipervigilancia interna, evaluando de manera obsesiva si sus intervenciones eran lo suficientemente legítimas, inclusivas o políticamente correctas. A menudo, la idea de libertad se reducía a la capacidad de tomar decisiones conscientes de forma individual, en lugar de orientarse a subvertir las condiciones materiales que restringen esas decisiones.

Este repliegue sobre la responsabilidad individual copia las formas de subjetivación del capitalismo tardío. En lugar de impugnar las estructuras que delimitan el campo de lo posible, se empuja a los sujetos a concentrarse en sus elecciones individuales dentro de los márgenes existentes. El resultado de esta dinámica no es la emancipación, sino una profunda ansiedad.

El pánico a actuar de manera incorrecta, a infligir algún daño o a recibir la desaprobación de la propia comunidad puede terminar provocando una parálisis política total. Una de las entrevistadas sintetizó esta deriva con claridad al confesar que prefería abstenerse de intervenir antes que arriesgarse a cometer un error. Testimonios como este revelan un cortocircuito alarmante: la exigencia ética de una conducta responsable puede, bajo ciertas condiciones, neutralizar la acción política misma. El problema no radica en que las preocupaciones éticas sean intrínsecamente conservadoras, ni en que la crítica carezca de valor transformador. El nudo del asunto es que la responsabilidad individualizada constituye una respuesta impotente ante problemas que son de raíz colectiva.

La república neoliberal de los sujetos soberanos

Al sujeto contemporáneo se le repite como un mantra que tiene la obligación de cambiar el mundo, mientras se lo despoja de las herramientas políticas para hacerlo. Bajo este escenario, la autocrítica feminista se degrada fácilmente en autovigilancia punitiva.

Una tensión idéntica se observa en los debates actuales sobre la inclusión y la exclusión. Durante décadas, la teoría feminista ha impugnado a los movimientos políticos tradicionales por construir sujetos universales abstractos a partir de experiencias particulares y privilegiadas. Las críticas provenientes del feminismo antirracista, popular y queer demostraron cómo los proyectos emancipatorios suelen marginar a quienes no encajan en la norma hegemónica. Estas intervenciones siguen siendo indispensables; toda organización transformadora debe mantener las alertas encendidas ante sus propias derivas excluyentes. Sin embargo, el ecosistema político donde operan estas críticas ha cambiado de raíz.

La era neoliberal no se ha caracterizado precisamente por un exceso de colectivismo. Al contrario, su triunfo histórico se basó en el desmantelamiento de las identidades políticas colectivas y sus instituciones de protección: los sindicatos han sido atomizados, los partidos políticos tradicionales sufren una sangría de afiliaciones y la vida social se ha individualizado por completo. En este panorama, un enfoque abocado exclusivamente a la deconstrucción y fragmentación de las identidades políticas corre el riesgo de convalidar la atomización en lugar de subvertirla.

Las entrevistas evidenciaron la enorme centralidad que las militantes le otorgan a la impugnación de las normas y a la resistencia contra cualquier intento de homogeneización. Aunque estos compromisos poseen un indudable valor ético, abren una pregunta ineludible: ¿es posible hacer política prescindiendo de demandas universales? ¿Pueden construirse movimientos transformadores sin la configuración de sujetos colectivos?

Cualquier proyecto que pretenda disputar el poder requiere de un piso común; necesita articular demandas, horizontes y subjetividades que trasciendan la suma de las vivencias individuales. Si bien la crítica puede desnudar los límites de las organizaciones existentes, por sí sola es incapaz de fundar una alternativa. Una política limitada a la pura deconstrucción corre el riesgo de la impotencia. Esto no implica desatender los reclamos contra la exclusión, sino comprender que el desafío histórico de nuestra época no pasa por desestabilizar las identidades colectivas, sino por construirlas. El obstáculo principal de las izquierdas contemporáneas no es un exceso de unidad dogmática, sino su dificultad para articular proyectos históricos compartidos que sean capaces de interpelar y movilizar a las grandes mayorías trabajadoras.

Esta misma tensión entre ética y política reaparece en las discusiones actuales sobre la vulnerabilidad. En los últimos años, la vulnerabilidad se ha consolidado como un concepto clave para la teoría y el activismo feminista. Frente a las ficciones neoliberales de autonomía, autosuficiencia y meritocracia, esta categoría pone de relieve nuestra interdependencia originaria, la necesidad del sostenimiento mutuo y la exposición al sufrimiento. Su potencia política es innegable: nos recuerda que los individuos jamás somos plenamente independientes y que la responsabilidad hacia el Otro constituye un vector político fundamental.

Sin embargo, la vulnerabilidad por sí misma no logra estructurar una perspectiva política de transformación. El hecho ontológico de que los seres humanos seamos seres vulnerables nos dice muy poco sobre por qué determinados sectores sociales están más expuestos que otros a la intemperie, o cómo se distribuye esa fragilidad en el mapa de clases. Sin un análisis político de las instituciones, de las relaciones de poder y de las condiciones materiales de existencia, la vulnerabilidad corre el riesgo de naturalizarse como una condición metafísica inaccesible, en lugar de abordarse como una categoría de la economía política.

El desafío, por lo tanto, no consiste meramente en certificar nuestra fragilidad, sino en explicar sus causas históricas. ¿Quiénes son los sujetos precarizados? ¿Bajo qué condiciones laborales y habitacionales se produce esa precariedad? ¿Cuáles son las estructuras económicas que la garantizan? Responder a esto requiere de la política y de la lucha de clases, no de la ética a secas.

En su conjunto, estas derivas advierten que ciertas corrientes éticas del feminismo contemporáneo han terminado por volverse peligrosamente funcionales a las formas de subjetivación neoliberal. El foco obsesivo en la responsabilidad individual refuerza la atomización social de los monopolios de Silicon Valley y las finanzas. La sospecha permanente hacia la construcción de frentes colectivos profundiza la fragmentación política. Y el refugio en la vulnerabilidad abstracta suele sustituir el análisis materialista por la contemplación ontológica. Esto no significa, bajo ningún punto de vista, que el feminismo deba tirar la ética por la ventana; una conclusión así sería un suicidio político y moral.

De la reprimenda a la libertad

Los compromisos éticos son el motor de la vida política. La acción colectiva casi siempre se enciende a partir de un impulso moral: la empatía ante el dolor ajeno, la indignación frente a la injusticia y la urgencia de mitigar el sufrimiento. Descartar estas pasiones militantes equivaldría a abrazar un cinismo político que las izquierdas no pueden permitirse. Además, claudicar en el terreno de la ética implicaría entregar sin pelear uno de los campos de batalla ideológicos centrales de nuestro tiempo.

El neoliberalismo no solo individualiza las responsabilidades materiales; también reduce drásticamente el horizonte de valores desde los cuales evaluar la vida en común. Frente a la premisa de que la racionalidad económica y el mercado deben gobernar cada rincón de la existencia, las izquierdas deben plantar bandera en defensa de la solidaridad, los cuidados colectivos y la reciprocidad social.

En este escenario histórico, tal vez no necesitemos menos ética, sino más. Pero se trata de una ética radicalmente distinta. La tarea no consiste en perfeccionar la fiscalización moral de los comportamientos individuales ni en profundizar la cultura de la cancelación o el reproche interno. El reto pasa por forjar compromisos éticos que actúen como la infraestructura afectiva de la acción colectiva, en lugar de funcionar como su reemplazo. Una ética capaz de desafiar al capital debe desviar la mirada del ombligo individual para dirigirla hacia las condiciones materiales en las que los sujetos producen su vida. No debe preguntarse únicamente cómo debe comportarse un individuo aislado, sino qué transformaciones estructurales e institucionales son necesarias para hacer posible una vida ética y comunitaria. En última instancia, la emancipación política consiste en subvertir esas condiciones de origen.

La encrucijada, por lo tanto, no se reduce a elegir entre un feminismo ético o un feminismo político. El verdadero desafío radica en cómo articular nuestra ética de modo que aglutine, fortalezca y potencie los proyectos políticos de las mayorías colectivas.

Por Evelina Johansson Wilén

Profesora asociada de estudios de género en la Universidad de Örebro, en Suecia, forma parte del consejo editorial de la revista de teoría marxista Röda Rummet.
Fuente: Jacobin

julio 09, 2026

¿Son útiles las políticas de acción positiva para impulsar a las mujeres en la ciencia?

En Europa, casi la mitad de quienes obtienen un doctorado son mujeres. Sin embargo, esta presencia no se refleja en los puestos de mayor responsabilidad científica. Las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en la dirección de grupos de investigación, en las cátedras universitarias y en otros cargos de liderazgo académico.
Imagen: Pixabay.

Esta desigualdad no solo plantea un problema de justicia, sino que puede afectar a la calidad y diversidad de la investigación. Existe el riesgo de que ciertas perspectivas, preguntas o necesidades sociales queden insuficientemente representadas en la agenda científica.

Con el objetivo de corregir esta situación, la Generalitat de Catalunya introdujo en 2021 una medida de acción positiva dentro del programa de financiación de grupos de investigación. La iniciativa es sencilla ya que otorga 0,25 puntos adicionales (sobre 10) a los grupos liderados por una investigadora principal, es decir, la persona responsable del grupo (IP) y otros 0,25 puntos a aquellos con al menos un 40 % de mujeres investigadoras.

En el documento de trabajo “Promoting Female Talent in Science: Evidence from an Affirmative Action Policy”, Lídia Farré y Judit Vall-Castelló analizan qué ha ocurrido tras la puesta en marcha de esta política. Para ello, comparan las convocatorias de 2014 y 2017, anteriores a la reforma, con la convocatoria de 2021, en la que se introdujo la medida.

Los resultados del trabajo son llamativos. Antes de la reforma, menos de tres de cada diez grupos que solicitaban financiación estaban liderados por mujeres. Después de la introducción de la medida, la proporción aumentó hasta superar el 40 %. El cambio fue especialmente intenso en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde la presencia femenina en puestos de liderazgo es tradicionalmente mucho menor. En esas áreas, la proporción de mujeres líderes pasó del 25,4 % al 39,6 %, un incremento de más del 14 %.

El estudio muestra que una parte importante del aumento en el número de mujeres líderes se produjo porque grupos consolidados y de alta calidad pasaron a estar dirigidos por investigadoras: entre los grupos que participaron tanto en 2017 como en 2021, un 19 % cambió de un investigador principal a una investigadora principal. Además, el porcentaje de grupos de nueva creación cuya propuesta fue liderada por investigadoras también aumentó respecto a lo que ocurrió en la convocatoria de 2017.

La introducción de la medida por parte de la Generalitat llevó también a cambios en las características de los grupos de investigación. Antes de la acción positiva, las investigadoras principales eran, en promedio, más jóvenes y dirigían grupos más pequeños, con menor número de publicaciones y proyectos competitivos. Además, la proporción de catedráticas era menor. Tras la reforma, los grupos con una mujer al frente aumentaron su tamaño y mejoraron varios indicadores de calidad científica.
Financiación obtenida

Antes de la reforma, los grupos dirigidos por mujeres recibían puntuaciones inferiores a las de grupos comparables en términos de calidad liderados por hombres. Las mujeres lideraban casi el 30 % de los grupos solicitantes, pero solo poco más del 24 % de los grupos financiados. Existían diferencias en el éxito de obtención de financiación de los grupos que no podían explicarse por la calidad científica observable.

La política de acción positiva cambió esta situación. Tras su aplicación, las probabilidades de obtener financiación se igualaron entre hombres y mujeres: las mujeres pasaron a dirigir el 41,3 % de las solicitudes y el 43,6 % de los grupos financiados. Esto sugiere que la medida no solo aumentó la representación femenina, sino que también contribuyó a compensar posibles sesgos presentes en el proceso de evaluación.

Las autoras del trabajo también muestran que los grupos liderados por mujeres desarrollaron con mayor frecuencia investigaciones que incorporan la perspectiva de género. Además, las nuevas reglas podrían haber provocado un efecto indirecto sobre la orientación de la investigación científica ya que llevaron también a la incorporación de la perspectiva de género en grupos dirigidos por hombres.
Conclusión

La experiencia catalana aporta una evidencia valiosa para el debate internacional sobre cómo reducir las desigualdades de género en la ciencia. Los resultados sugieren que intervenciones bien diseñadas pueden aumentar el liderazgo femenino, corregir desequilibrios históricos y mejorar la equidad en el acceso a la financiación sin sacrificar la excelencia científica. El análisis también sugiere que este tipo de incentivos puede ser más eficaz y menos costoso que otras políticas utilizadas para promover la igualdad de género en la ciencia. Por ejemplo, estudios previos han mostrado que aumentar la presencia femenina en los paneles de evaluación no siempre produce los efectos esperados y puede generar costes adicionales para las investigadoras que participan en ellos.
Referencia

Farré, L. y Vall-Castelló, J. (2025). Promoting Female Talent in Science: Evidence from an Affirmative Action Policy. Barcelona School of Economics Working Paper 1478
Sobre el autor

Doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

Fuente: Mujeres con Ciencia

julio 08, 2026

La crisis oculta de mortalidad materna en plena propagación del ébola en la República Democrática del Congo



La partera Esther Ileli le toma la temperatura a una mujer embarazada en el campamento de desplazados de Kigonze, cerca de Bunia, en la provincia de Ituri. Sin una vacuna disponible para la cepa Bundibugyo, la prevención y la sensibilización comunitarias figuran entre las principales medidas de defensa contra la propagación del brote. © UNFPA RDC/Junior Mayindu


 “Perdí el miedo cuando vi a personas morir en ese campamento", explica Francine Evhe, quien trabaja en un centro de salud en el campamento de desplazados de Kigonze, en Bunia, en la República Democrática del Congo. "Si yo no actuaba, las mujeres embarazadas morirían también".

El último brote de la cepa Bundibugyo del ébola fue declarado emergencia de salud pública en mayo de 2026, con su epicentro en Bunia (un centro de comercio y transporte) y en toda la provincia de Ituri. 

Las epidemias del pasado han demostrado que la presión sobre la infraestructura de salud puede desencadenar una ola de muertes maternas prevenibles debido a la interrupción de los servicios médicos. El UNFPA, el Fondo de Población de las Naciones Unidas, la agencia de la ONU para la salud sexual y reproductiva, trabaja actualmente en 29 zonas de salud en la parte oriental del país para mantener en funcionamiento los servicios de salud materna y otros servicios de salud esenciales durante el brote. 

"A pesar de la gravedad del ébola, tengo el deber como partera de apoyar a mujeres y niñas y salvar vidas", declaró la Sra. Evhe. "Eso es lo que nos motiva cada día".

Francine Evhe, una partera del centro de salud de Kigonze apoyado por el UNFPA en Bunia, provincia de Ituri, asiste un parto sin complicaciones en un campamento de desplazados. © UNFPA RDC/Junior Mayindu 



"Perdí el miedo cuando vi a personas morir en ese campamento" - Francine Evhe

En la provincia de Ituri, los datos nacionales muestran que las tasas de mortalidad materna se han duplicado desde el 25 de mayo, con un promedio de más de seis muertes registradas a la semana. La infección por el virus del ébola durante el embarazo conlleva una tasa de pérdida fetal cercana al 100 % y, en algunos brotes, más del 90 % de las mujeres embarazadas han fallecido tras contraer el virus. 

"Las mujeres no dejan de dar a luz, no dejan de traer vida al mundo ni en medio de una epidemia de ébola", afirmó Pacifique Kigongwe, especialista en asuntos humanitarios del UNFPA en la República Democrática del Congo.

"Cuando los servicios de salud están desbordados y el miedo impide que las personas acudan a recibir atención sanitaria, son las mujeres, las niñas y los niños quienes pagan el precio más alto".
Las mujeres y los recién nacidos enfrentan riesgos cada vez mayores

Trabajadoras de la salud llevan kits de dignidad del UNFPA para mujeres embarazadas a un centro de tratamiento del ébola en Bunia. Las mujeres embarazadas corren riesgos especialmente graves ante el ébola. Estos kits les proporcionan artículos esenciales de higiene y de uso personal durante el aislamiento y la atención médica. © UNFPA RDC/Junior Mayindu 

Las consecuencias del ébola han sido catastróficas en una región que ya se encuentra asolada por la inseguridad, los conflictos y los desplazamientos constantes, lo que dificulta mucho más el seguimiento de los casos. La propagación ha sido alarmantemente rápida, sobre todo en campamentos remotos pero densamente poblados y zonas en las que los viajes transfronterizos son frecuentes. 

"Es una situación muy estresante y con una gran carga de trabajo", afirmó la partera Esther Ileli, quien también trabaja en el centro de salud de Kigonze. "Tenemos que pensar en cómo brindar asistencia durante los partos, además de garantizar la protección y la prevención contra el ébola".

"Estamos sensibilizando a las mujeres embarazadas sobre la importancia de cumplir con las medidas preventivas, [...] animándolas a que reconozcan rápidamente los signos de peligro relacionados con el embarazo y busquen atención médica de inmediato". 

El UNFPA ha desplegado más de 150 parteras para que atiendan partos seguros y destaquen la importancia de una atención cualificada. Muchas mujeres embarazadas evitan acudir a los centros de salud por miedo, desinformación y el estigma asociado al ébola, lo que puede provocar complicaciones en el parto potencialmente mortales cuando intentan dar a luz en casa y sin asistencia. 


"Las mujeres no dejan de dar a luz, no dejan de traer vida al mundo ni en medio de una epidemia de ébola" - Pacifique Kigongwe

Para mitigar los riesgos que enfrentan las aproximadamente 63.700 mujeres embarazadas de las zonas afectadas, el UNFPA colabora con grupos locales de mujeres, redes de jóvenes y asociaciones de parteras para brindar apoyo y asesoramiento precisos.

"Informar, escuchar y apoyar a las mujeres es esencial para transformar el miedo en medidas de protección y fortalecer la resiliencia de las comunidades frente al ébola", explicó la Sra. Ileli. 

En general, las mujeres corren un alto riesgo de contraer el virus debido a su papel como principales cuidadoras en el hogar de familiares enfermos, así como por su labor como trabajadoras de la salud en primera línea, entre ellas las parteras y enfermeras. No existe una vacuna disponible para esta cepa, por lo que su contención depende de la prevención de infecciones, la continuidad de los servicios de salud esenciales y la confianza de la comunidad. 
Los recortes de financiación socavan la respuesta humanitaria 

Los puntos de lavado de manos y control de temperatura a la entrada de una clínica móvil en el campamento de desplazados de Kigonze ayudan a mantener en funcionamiento los servicios de salud y a limitar la propagación del ébola © UNFPA RDC/Junior Mayindu 




Esta crisis, que ya se ha convertido en el tercer mayor brote de ébola que se haya registrado jamás, se ve agravada por los recientes recortes drásticos en la financiación de las operaciones de ayuda humanitaria, y el impacto de la escasez de trabajadores de la salud y la falta de una infraestructura segura de higiene y saneamiento se está volviendo devastadoramente evidente. 

Para contribuir a la seguridad de las y los trabajadores y garantizar el funcionamiento de un sistema de salud que se encuentra al límite, el UNFPA proporciona a las parteras equipos de protección personal diseñados específicamente para salas de parto y capacitación sobre protocolos de prevención y control de infecciones, además de ayudar a instalar puntos de lavado de manos y sistemas seguros de gestión de residuos. También se están llevando a cabo campañas de participación comunitaria para sensibilizar sobre las medidas para prevenir la transmisión sexual del ébola.


"Escuchar y apoyar a las mujeres es esencial para transformar el miedo en medidas de protección" – Ester Ileli

Parte de las iniciativas de respuesta del UNFPA consiste en distribuir kits de dignidad y salud reproductiva a clínicas y hospitales. "Este equipo es esencial para poner fin a la epidemia", afirmó el Dr. Type Ukurfwa, director médico de la zona de salud de Bunia. "No se trata solo de apoyo logístico: encierra un mensaje de esperanza y resiliencia que nos recuerda que cada vida cuenta y que la dignidad de las mujeres y niñas debe protegerse en cualquier circunstancia".

La respuesta del UNFPA frente al ébola en la República Democrática del Congo cuenta con el apoyo de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Unión Europea, el Gobierno del Reino Unido y el Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF) de la ONU. Gracias a la financiación de Japón, una nueva ambulancia garantiza que las derivaciones de emergencia por complicaciones obstétricas puedan seguir realizándose en los cinco territorios de la provincia.

El UNFPA ha solicitado 17,1 millones de dólares estadounidenses para poder hacer frente a la emergencia del ébola en colaboración con asociados locales e internacionales sobre el terreno. Sin embargo, dado que se ha recibido menos del 10 % de los fondos necesarios, es fundamental contar con apoyo urgente para evitar más muertes, fortalecer la resiliencia de las comunidades y contener el brote antes de que se agrave aún más.

Fuente:  UNFPA

julio 07, 2026

El capital contra la vida: dos voces feministas denuncian el despojo, la deuda y la guerra


La inauguración de las Jornadas de Economía Crítica 2026 arrancó en Bilbao con una silla vacía. La mexicana Raquel Gutiérrez intervino por videollamada después de ser detenida en un viaje y volver a figurar en una lista de personas de interés de seguridad. Acompañada por la argentina Flora Partenio, Gutierrez sostuvo que el extractivismo, la financiarización y la militarización forman hoy un “triángulo maldito” contra la trama de la vida.

Raquel Gutiérrez interviene junto a Flora Partenio en la inauguración de las Jornadas de Economía Crítica (JEC2026), titulada «El capital contra la vida. La reproducción social en la encrucijada».

El día antes, el movimiento feminista de Euskal Herria se había reunido en el Hika Ateneo de Bilbao para discutir la potencia política de los cuidados y el riesgo de que ese concepto se vacíe, cooptado tanto por lo privado como por lo público. La conversación llegó el día siguiente al Aula Magna de la Facultad de Economía y Empresa como la mesa que abrió las Jornadas de Economía Crítica (JEC2026), titulada «El capital contra la vida. La reproducción social en la encrucijada». Y arrancó con una ausencia que terminó funcionando como tesis.

Raquel Gutiérrez Aguilar, feminista, internacionalista, integrante del grupo de investigación Entramados Comunitarios y Formas de lo Político y autora este mismo año de Apostar por lo común en un mundo dañado (Bajo Tierra), no pudo viajar. Lo explicó conectada desde México: “Volví a aparecer en una lista de personas de interés de seguridad”, relató, después de una detención en la ciudad de Panamá al regresar de una Bolivia “tremendamente movilizada”. Decidió no moverse “para no volver a exponerme a otro momento tremendo”.

A su lado, en la sala, intervino Flora Partenio, profesora de la Universidad Nacional de San Martín, coordinadora de la Escuela de Economía Feminista de la red DAWN (Mujeres por un Desarrollo Alternativo para una Nueva Era, por sus siglas en inglés) y presidenta de la Asociación Argentina de Investigación en Estudios de Género e Historia de las Mujeres. 

La propia Gutiérrez, cofundadora del Ejército Guerrillero Tupac Katari, encuadró su ausencia en lo que venían a discutir. “Esto es parte de lo que estamos hablando”, advirtió, antes de anunciar que la mesa abordaría “la creciente militarización de este continente” y “cómo eso juega en contra de las luchas por la vida”.
De Nairobi 1985 a las “seis M”

Partenio eligió empezar por la “memoria”, una palabra que recorrería toda su intervención. Reconstruyó la Tercera Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Nairobi en 1985, cuando los feminismos del Sur Global denunciaron los efectos de los programas de ajuste estructural sobre la vida cotidiana. Recuperó la frase con la que una economista resumió aquel rechazo –“no queremos una porción mayor de un pastel envenenado”– y un documento de la red DAWN de aquel mismo año cuya vigencia subrayó: “La supuesta escasez de recursos no ha impedido unos gastos militares disparados, en espiral”, citó, “tanto en los países avanzados como en los llamados del Tercer Mundo”.

En opinión de la economista argentina, los tres conflictos que dividieron aquella conferencia fueron Palestina, el apartheid y la deuda latinoamericana, y reivindicó esa genealogía como herramienta de trabajo: “Nosotras creemos profundamente en reconstruir esas genealogías feministas, y dentro de la economía esto es clave”.
Raquel Gutiérrez atiende a las JEC 2026 por videollamada tras su detención y Flora Partenio desde el Aula Magna dea Facultad de Economía de la EHU.

De ahí saltó al presente para mapear lo que llamó el “autoritarismo electoral”, el que “no solo utiliza distintas formas de violencia, sino que ha combinado eso con la llegada a través de las urnas”. La activista feminista ordenó ese avance en seis palancas, las “seis M” que dijo trabajar con la economista Gita Sen: el dinero, los mensajes, las instituciones –con un poder judicial cada vez más central para “sancionar” y “criminalizar la protesta”–, la mano dura, el militarismo y la “manósfera”. Partenio cargó especialmente contra la primera, el “insoportable capitalismo cripto-bro y bro-ligarca” que, sostuvo, no solo profundiza el extractivismo sino que “ha dinamitado cualquier narrativa que pueda amarrar lo digital a la materialidad”. Y reactivó una pregunta de raíz antimilitarista que atravesaría toda la mañana: “¿Por qué sigue habiendo más plata para balas para la guerra que para la educación?”.

“Desarrollo es destrucción“Raquel Gutiérrez tomó el relevo para profundizar un poco más en el diagnóstico del problema. Describió cómo, desde 1985 hasta comienzos de este siglo, los planes de modernización procedentes de Estados Unidos se impusieron “a rajatabla” en América Latina de la mano del neoliberalismo y de una democracia liberal que llegó “acotada y monopolizada por partidos”, impugnada una y otra vez tanto por las luchas feministas como por los pueblos indígenas. Frente a ese modelo, contrapuso una consigna acuñada en las luchas de defensa territorial mexicanas: “Desarrollo es destrucción”. La glosó sin rodeos: “Desarrollo del capital es ataque sistemático a las condiciones de sostenimiento de la trama de la vida”.

Gutiérrez sostuvo que la criminalización de la protesta “se está quedando corta” frente a un “control armado de los territorios” que se expande “de manera dramática” por México, Guatemala, Ecuador y el Cono Sur, articulado en torno a la guerra contra el narcotráfico y el control migratorioSobre esa base, la matemática y socióloga mexicana nombró lo que considera el núcleo del problema contemporáneo, un “triángulo maldito” de “militarismo, extractivismo y financiarización de la vida” que, planteó, “arma las condiciones contemporáneas de guerra contra la reproducción social”. Su alerta más insistente fue la militarización. Gutiérrez sostuvo que la categoría de criminalización de la protesta “se está quedando corta” frente a un “control armado de los territorios” que se expande “de una manera muy dramática” por México, Guatemala, Ecuador y el Cono Sur, articulado en torno a la guerra contra el narcotráfico y el control migratorio, fenómenos que atribuyó a la desarticulación de los Estados provocada por el neoliberalismo. “Si no paramos esa cantidad inmensa de capital que se va a financiar las armas, los ejércitos, los equipos de vigilancia, estamos en peligro todos”, remató, recurriendo a la idea de “patrones de arruinación” de la antropóloga Anna Tsing: mover el agua, cambiar sus usos, acumular energía “para reforzar esos términos de control y de saqueo”.

Una deuda para vivir y para comerSi Gutiérrez puso el marco continental, Partenio bajó el diagnóstico al presupuesto de los hogares con el concepto que vertebró su segunda intervención: la “gestión monetaria de los cuidados”. Explicó que, conforme el Estado se retira también de los servicios públicos y recorta las prestaciones sociales, esa carga “se retira a los hogares”, donde recae sobre las mujeres y se traduce en endeudamiento. No el del manual del Banco Central, matizó –“no estamos hablando de la deuda para la vivienda ni para el emprendimiento que las va a empoderar”–, sino otro tipo de deuda: “Estamos hablando de una deuda para vivir y para comer”, comprar en el súper con la tarjeta o pedir un préstamo por el móvil para los medicamentos que ese mes no se pueden pagar.

En los barrios populares, denunció, ese vacío lo ocupa ya el narcotráfico. “Hoy los prestamistas en los barrios son los narcos”, afirmó, y lo ilustró con un caso límite: una organización que no tenía cómo pagar el sepelio de una compañera y recurrió a los 500.000 pesos que aportó “el narco del barrio”. “Ya no es ni dejar morir”, concluyó, “ya es gestionar la deuda para morirse, para poder enterrar a una persona”. Apuntó además a las fintech y a las billeteras virtuales, que “prestan más fácil que un banco y con unos intereses inalcanzables”.

Marina Reig Partenio enlazó esa financiarización con el ataque al mundo del trabajo. Repasó las reformas laborales regresivas que recorren la región –sintetizadas, dijo, en la disyuntiva con la que Bolsonaro resumió el chantaje: “Ustedes qué quieren, ¿más derechos o más trabajo?”– y recordó que “tener trabajo ya no garantiza salir de la pobreza”: en Argentina hay “trabajadoras y trabajadores formales que son pobres”. Señaló el lobby de las tecnológicas en Ginebra contra una norma internacional que regule el trabajo de plataformas, y subrayó que en esa batalla, dentro de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), van “a la cabeza” las trabajadoras remuneradas del hogar y las cuidadoras domiciliarias, porque “los cuidados se transformaron en un lugar de negocios” –lo mismo que denunciaban, recordó, las compañeras que impulsan la huelga de cuidados prevista para el año que viene en Bilbao.

Finalmente, la destacada economista y activista feminista argentina advirtió de que la última reforma laboral en su país, votada en febrero, obliga a “pedirle permiso al jefe para hacer una asamblea” y amplía la categoría de “trabajo esencial” a unas 47 actividades en las que ya no cabe el derecho de huelga: “Es un ataque a la organización colectiva futura”.

El ahorro de los trabajadores, vuelto contra ellosRaquel Gutiérrez añadió un cuarto frente: el saqueo financiero del ahorro de la clase trabajadora. Reconoció avances en el México actual –pensiones a personas mayores, becas estudiantiles, “cosas meritorias, cosas a valorar”–, pero marcó su techo. Los sistemas de pensiones individuales, las Afores mexicanas o las AFP de otros países, acumulan “montos inmensos de dinero” que, una vez bursatilizados, “van a los megaproyectos, a ampliar estas condiciones de destrucción de las estructuras de sostenimiento”. De ahí que hiciera una pregunta central para salir del atolladero: “¿Cómo armar una postura feminista para que el ahorro de generaciones anteriores se vuelva estructura de sostenimiento de lo nuevo y no estructura de saqueo?”.

Susana Albarrán MéndezSituó ahí “uno de los límites más duros de los gobiernos progresistas”, incapaces de tocar esos fondos de reserva con los que antes se construyó “lo que tenemos de moderno”: un sistema universitario amplio, un sistema de salud público. Y lo conectó con la calle: mientras México vivía “un delirio de fútbol” en vísperas del Mundial, una “gigantesca movilización” de las maestras del sector estatal peleaba contra ese sistema de Afores. “Cómo recuperar la riqueza producida y reapropiarnos de ella”, planteó, “es una de las discusiones centrales si queremos recuperar base material para sostener otra forma de producir vida”.

Epistemología, alianzas y cuerpos en la calle

La tercera ronda, dedicada a las estrategias, devolvió a Partenio al terreno de las alianzas. Reivindicó la economía feminista como “una apuesta epistémica” –“pregúntense de dónde viene la plata”, repitió, citando a Cristina Carrasco– y como “una invitación a pensar un programa político” frente a una conversación pública secuestrada por “la economía con sus aspectos financieros, no la economía real, la de la vida concreta de las personas”. Alertó de que el desfinanciamiento de universidades y organizaciones “nos está llevando a competir entre nosotras y nosotros mismos”. Y avisó contra la fragmentación de las agendas: el ataque a los derechos sexuales y reproductivos, dijo, “es un ataque al cuerpo, a las libertades, a la soberanía sobre el propio cuerpo”, pero también un “gran negocio para la extrema derecha”, con “muy buena financiación” y capacidad de “explotar la división entre Norte y Sur”.

Sobre la violencia machista, Flora Partenio recuperó a Rita Segato –“hay una guerra contra las mujeres”– y, en sintonía con Gutiérrez, advirtió: “Esa militarización nos va a impactar a todas y a todos”.

Como contrapeso, enumeró ejemplos de resistencia. Citó el movimiento brasileño Pensar la vida más allá del trabajo, impulsado por colectivos trans, lésbicos y gais al calor del debate por la reducción de la jornada laboral, y desgranó cinco movilizaciones masivas en apenas cuatro meses en Argentina como “hilos fundamentales de la trama de la vida”: los 50 años del golpe cívico-militar –“en Argentina la dictadura no fue solo responsabilidad de los militares, también del poder empresario”–, la defensa de la universidad pública, la sanidad, el 11º aniversario de Ni Una Menos –“en Argentina se mata a una mujer, una trans o una lesbiana cada 30 horas”– y el velorio multitudinario del músico Indio Solari, un millón de personas bailando en la calle. “La gente decía: necesitábamos esto, necesitábamos salir a la calle”, relató, para reivindicar el reencuentro y la cultura como cuidado colectivo. Sobre la violencia machista, recuperó a Rita Segato –“hay una guerra contra las mujeres”– y, en sintonía con Gutiérrez, advirtió: “Esa militarización nos va a impactar a todas y a todos”.

Gutiérrez cerró con dos hilos sobre los modos de organización. Reivindicó las formas feministas reactualizadas “masivamente” en el continente en la última década, basadas en “la convergencia y la sintonía” y no en “estructuras de articulación formales, sistemáticas, permanentes”, y defendió, frente a “la ansiedad de síntesis” y “las mismas voces que dan las mismas soluciones”, la potencia de los “pensamientos no plenamente sintéticos” y del “mapeo sistemático” de las economistas feministas. Y planteó una urgencia material: construir autonomía financiera desde abajo. 

¿Cómo vamos a cuidar nuestra autonomía política en una economía que no dependa tanto de los asuntos brutales que se nos vienen en contra?“, preguntó Raquel Gutiérrez: “una estrategia de refugio”, para “pasar esta tormenta y empezar a reconstruir entre estas ruinas que vemos”

En su intervención final documentó la “ofensiva brutal” contra las cajas de ahorro y resistencia de los pueblos indígenas de Mesoamérica, que servían para “financiar los entierros” o para esquivar “intereses usurarios”, y celebró que esas “estructuras financieras bajo control social, más pequeño, manejado por mujeres” empiecen a reaparecer. “¿Cómo vamos a cuidar nuestra autonomía política en una economía que no dependa tanto de los asuntos brutales que se nos vienen en contra?”, preguntó, antes de proponer la imagen con la que se despidió: “una estrategia de refugio, los varios refugios”, para “pasar esta tormenta y empezar a reconstruir entre estas ruinas que vemos”.

En el turno abierto, una investigadora de la UNAM interpeló a ambas sobre en qué ha fallado el feminismo ante el giro conservador y por qué la teoría económica crítica sigue siendo minoritaria en la academia. Gutiérrez reivindicó “dar la lucha dentro de la universidad” contra su “neoliberalización gigante” y cuestionó un modelo que se limita a “producir rápidamente un joven o una joven profesional desempleada”.

Partenio, en la misma línea, llamó a “encender un faro de alerta” ante el recorte de becas en ciencias sociales, la censura sobre los estudios de género, trans y queer –“no es muy lejano de lo que pasa en la nueva era Trump”– y la presión para “raspar” los conceptos nacidos al calor de las luchas cuando llegan a las aulas. Su propuesta fue tejer “alianzas impensadas”.

Como dijo antes de sumirse entre los cientos de aplausos del público: “El espanto está muy grande en todos lados del mundo. Por ahí es momento de que, frente a ese horror, nos unamos más”.

Link: original: https://www.elsaltodiario.com/economia-feminista/capital-vida-dos-voces-feministas-denuncian-bilbao-despojo-deuda-guerra

Fuente:El Salto

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