diciembre 04, 2023

Encuentro entre actores que operan contra la trata de personas en Colombia, Venezuela y España #12DeDiciembre

La trata como problema global. Alianzas estratégicas para combatirla



La trata de seres humanos con fines de explotación sexual es un crimen de alcance internacional multifacético que está impactado por cuestiones relacionadas con la desigualdad entre mujeres y hombres, la migración, los derechos humanos y la criminalidad.

El fenómeno de la trata de personas, incluye la explotación la explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos” y no diferencia por Estados, condición social o raza o sexo.

En el caso especifico de la trata con fines de explotación sexual, el 95% de las víctimas detectadas son mujeres y niñas. 

Si se analizan los datos de trata desde una perspectiva de infancia, un tercio de las víctimas de trata detectadas son niñas, niños y adolescentes.

El 76,67% de las victimas de trata identificadas por la Unidad Móvil de APRAMP son de América Latina siendo Colombia y Venezuela las nacionalidades de procedencia de la mayoría.

El poder del movimiento feminista y de la sociedad vasca

La huelga feminista de Euskadi, poco seguimiento pero manifestaciones multitudinarias. /EFE

No hay muchos pueblos en el mundo en los que un movimiento social tenga la capacidad, a través de una alianza con sindicatos y con el apoyo de algunas fuerzas políticas y medios de comunicación, de colocar un tema en el centro del debate público. El feminismo en Euskal Herria lo ha logrado a través de una huelga feminista general que rompe esquemas, que ha cosechado logros relevantes, que tiene algunas debilidades evidentes y que dejará un poso sociopolítico a medio plazo. Todo ello, por supuesto, pese a la resistencia del establishment.

Ese poder social debe ser razón de orgullo y un ejemplo para todas las personas que creen en la igualdad y que luchan por la emancipación.

La reacción de los interpelados

La demanda de un sistema de cuidados público y comunitario es concreta, resume a la perfección cómo funciona el sistema heteropatriarcal, afecta a toda la sociedad y establece responsabilidades a diferentes niveles, desde el personal hasta el institucional. Interpela a todo el mundo, sin excepción. Es un tema que puede ayudar a desbloquear otros mecanismos de perpetuación del sistema, especialmente los asociados a los mandatos de género.

Lógicamente, el primer destinatario de las demandas de la huelga del 30N eran las administraciones públicas vascas. La denuncia de la mercantilización de los cuidados y la precariedad que sufren muchas de sus trabajadoras, principalmente mujeres y migrantes, ha sentado mal a PNV y PSE-PSN, mentores de un modelo insostenible pero rentable para sus amigos y cómodo para ellos. Las delegaciones del PSOE se han evadido del tema, en parte porque los sindicatos estatales también lo han hecho. En el caso de los jeltzales, como ocurre habitualmente, sus dirigentes no asumen su responsabilidad y han puesto en duda las vivencias cotidianas de la ciudadanía. 

En el modelo actual, la gente ve claramente cómo la colaboración público-privada supone un traspaso de rentas de lo público a lo privado, constata que la única rentabilidad es la de las empresas privadas que gestionan esos servicios y le parece innegable que se refuerzan el clasismo y la explotación. La gente padece el empeoramiento de los servicios en todas sus relaciones con las administraciones. Y lo paga, caro. 

La patronal también ha sido cuestionada por sus prácticas oligopólicas. Se ha señalado la red clientelar que hace negocio con los cuidados, explotando a las trabajadoras y dando un servicio pésimo. Son empresas de amigos o nuevas ramas de empresas de otros sectores asociados a la administración. La entrada de fondos buitre en este sector es otra señal de alarma. 

La mesa intersectorial es el instrumento que ha propuesto el movimiento feminista a los gobiernos de Gasteiz e Iruñea. Admitir a ese movimiento como interlocutor y responderle sería un avance. Por otro lado, si de verdad se abre un nuevo ciclo político, habrá que desarrollar alternativas cuanto antes, diseñando una transición hacia ese nuevo modelo.


Otros retos, más allá de marcar la agenda

Los hombres han sido los otros interpelados, porque son los beneficiarios de este sistema, porque la sobrecarga que pesa sobre las mujeres es la que ellos no asumen, y porque en general no se responsabilizan de los cuidados en pie de igualdad. Todo ello aumenta la brecha de género a pesar de los avances logrados en el terreno de la igualdad formal. No obstante, se han experimentado espacios mixtos que se deberán evaluar y modular. Como decía bell hooks, el feminismo es para todo el mundo, pero no es una definición, es sobre todo una práctica política.

Algunos de los límites que se han visto en la huelga tienen más que ver con los debates socioeconómicos pendientes del país. Entre otros, los desequilibrios en las condiciones de trabajo entre lo público y lo privado o la brecha de ciudadanía entre migrantes y autóctonos. También está la despolitización, el rearme de culturas reaccionarias que supuran machismo. 

El debate sobre los problemas de la huelga como instrumento idóneo quizás siga vigente teóricamente, pero incluso dejando de lado su difícil resignificación, cuestiones simbólicas y sobre nuevas formas políticas, en la práctica se ha demostrado algo: más allá del proselitismo y de la experiencia particular de los cuidados, seguramente esta era la única forma en la que una gran parte de la sociedad vasca podía tomar conciencia de esta prioridad política común.

Fuente: Naiz

diciembre 03, 2023

TerritoriAS: “El espacio está segregado y es violento para las mujeres migrantes”

La asociación feminista TerritoriAS presenta ‘Re-interpretar la violencia de género en mujeres migrantes desde la experiencia del cuerpo-territorio’, un estudio que muestra distintas formas de discriminaciones simbólicas que sufren en Andalucía.

Integrantes de TerritoriAS | Foto cedida por TerritoriAS

Inspiradas en los feminismos comunitarios, descoloniales y escogiendo el enfoque conceptual y metodológico del cuerpo-territorio que surge de la geografía crítica latinoamericana, el estudio nos ayudará a comprender las conexiones entre los cuerpos, las emociones, los espacios y los lugares. TerritoriAS, a través de esta perspectiva, situará y analizará las experiencias de vida de las mujeres migrantes en el contexto de la violencia de género en Andalucía. 

TerritoriAS es un espacio interdisciplinar construido para producir conocimientos y experiencias situadas de mujeres migrantes en Andalucía. Articula una investigación-acción con enfoque espacial, es decir, cómo sufren distintas formas de discriminación en los lugares por los que transitan. Estas violencias tienen consecuencias emocionales, por lo que exigen una necesidad de politizar esta dimensión, carente en otros estudios sobre violencia de género: miedo, soledad, tristeza, rabia o estancamiento.

Desde Sevilla, ponen énfasis en el acompañamiento a procesos existentes desde lo más íntimo a lo común, de lo personal a lo colectivo, con una actitud de escucha, respeto y cuidado.

Para conocer mejor el trabajo realizado, hablamos con Daniela Ramos Pasquel, arquitecta de origen ecuatoriano, nacionalizada en España. La acompaña Zareli Gamarra Rivera, antropóloga. Ambas, residentes en Sevilla, han diseñado junto a Alicia Pérez García el estudio “Re-interpretar la violencia de género en mujeres migrantes desde la experiencia del cuerpo-territorio". Esta investigación ha sido posible gracias a la red y el conocimiento colectivo de mujeres que han sufrido diferentes formas de violencias. El patriarcado, el colonialismo y el capitalismo han quebrantado una forma de habitar los cuerpos y el territorio. Como arquitectas y antropólogas deciden aplicar esta dimensión a la mirada de la migración, que ya tenían incorporadas en sus prácticas profesionales. 

De los feminismos comunitarios y descoloniales realizáis este estudio de re-interpretar la violencia de género en mujeres migrantes desde la experiencia del cuerpo-territorio. ¿Cómo lo habéis abordado?
En Latinoamérica se está abordando este enfoque para hablar de violencia desde las luchas territoriales. Propusimos acercar este concepto y metodología que parte de nuestras propias experiencias de vida y nos dimos cuenta de que existían cuestiones que nos afectan como mujeres migrantes. Estas pasan a un plano subjetivo, que no tiene un valor tan importante, pero no se puede separar la mente, el cuerpo y los sentires. Estamos acostumbradas a una homogeneización del sujeto mujer y pensamos que todas estas interseccionalidades no juegan un punto decisivo a la hora de afrontar la violencia de género. 

Estudios anteriores evidencian la sobrerrepresentación de la violencia de género en mujeres migrantes que viven en España. Estos nos motivaron a formular este proyecto que presentamos a la Consejería de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad de la Junta de Andalucía. Quisimos hacer una re-interpretación de las violencias que se dan en las mujeres migrantes porque faltaban otros enfoques, como el espacial, y otras metodologías, como el cuerpo- territorio, que son el corazón de este estudio de investigación.

Habláis del cuerpo-territorio como lugar de experiencia emocional. ¿Qué implicaciones tiene este concepto?
Todo el mundo está estructurado desde ese sujeto de la modernidad donde se priman ciertas categorías como la mente sobre el cuerpo, lo productivo sobre lo reproductivo. Esto se despliega sobre todas las formas en las que habitamos la ciudad. 
Nos centramos en los sentires dentro de la migración con los espacios. Esta dimensión emocional se expresa en la tristeza, en la soledad, en la incertidumbre constante


Nos centramos en los sentires dentro de la migración con los espacios. Esta dimensión emocional se expresa en la tristeza, en la soledad, en la incertidumbre constante. Es una mochila tan grande que todo el tiempo te está oprimiendo. Esto es violencia de género, porque nos pasa por ser mujeres, pero también por ser mujeres migrantes. 

TerritoriAs ha gestado un conocimiento colectivo con mujeres migrantes de Andalucía durante 10 meses procedentes de distintos lugares. Habéis trabajado en cómo surgen los malestares que producen violencia de género.
La soledad que se da por tener la familia lejos, dejar a tus hijas e hijos o incluso esta presión cultural de sentirte en un lugar en el que vuelves a nacer a la edad en la que hayas llegado. Es empezar a aprender desde cero. Con lo que viniste, no sirve, no tiene valor aquí. Quisimos trabajar poniendo las experiencias de las mujeres migrantes en el centro de la investigación. Creemos que todo el mundo tiene un sitio para aprender y para enseñar. Cómo habitan en los territorios de Sevilla, Cádiz y Huelva. ¿Qué es lo que pasa en su día a día? ¿Por qué hay dimensiones que, a pesar de que nosotras somos mujeres migrantes, no conocemos porque tenemos una realidad que a veces es diferente de las personas con las que trabajamos?

Nos dimos cuenta de que esta dimensión emocional se intensifica en ciertos lugares, principalmente en los espacios institucionales. No se sienten bien ni cómodas. Hay una barrera que produce miedo, incertidumbre que me hace súper pequeñita y no me hace reclamar los derechos que merezco. Se le suma el desconocimiento de todos los derechos que tenemos por la propia forma en la que se estructura el discurso. Si para la gente autóctona es difícil acceder a un trámite porque el lenguaje burocrático es imposible, cuando vienes de fuera, se suma el desconocimiento de los derechos, todo el tiempo te hace sentir que eres de fuera.

¿Cómo habéis re-interpretado estas formas de violencia a partir de la feminización de la migración?
Como país de llegada de muchas personas migrantes, el género es determinante. Conocer estudios previos nos ha permitido comprender el origen de las mujeres, la pluralidad del contexto migratorio, las relaciones geopolíticas que tiene cada país y que también determinan cómo vamos a ser tratadas aquí. Todo esto nos lleva a entender por qué se da este fenómeno migratorio, por qué de mujeres. ¿Por qué tiene que ver con el género este problema, que es global? Aquí vamos entendiendo las relaciones Norte-Sur, las migraciones que se están dando del sur hacia el norte, las relaciones centro periferia, las que todavía existen en formas de neocolonialismo. Curiosamente, esto que vemos como una estructura global macro va impactando de manera puntual en el cuerpo de cada una de las mujeres migrantes. 

Estas formas de violencias las vinculáis con los espacios y lugares donde se dan y tienen consecuencias emocionales y psicológicas.
La violencia deja de ser física, son violencias invisibles, psicológicas. Toma otras dimensiones y tiene que ver mucho con los espacios, ambientes sociales e infraestructuras. A partir del cuerpo-territorio reinterpretamos las emociones del bienestar y malestar. Estas van a estar vinculadas con cuestiones que son estructurales. 

Trabajamos desde las emociones porque existe una complementariedad con lo físico. Esto tiene una repercusión en la parte emocional que se ha olvidado y es que las emociones no son subjetividades individuales. Son producidas por un sistema y por las relaciones de poder. 

Tienen un gran componente social y no se pueden ver de manera aislada. Estas emociones conforman relatos comunes. Un ejemplo de ello es el miedo a caminar por la calle. Ese miedo que se siente, no es cosa de una, sino que nos está pasando a muchas. En este caso, el miedo también está producido por la violencia institucional, simbólica, la violencia laboral, la maternidad y la familia transnacional. 

Cuando migras, el hecho de ser mujer y siendo o no madre, tienes esta responsabilidad emocional con tu familia, con tus amistades y con la gente con que te relacionas en el país de origen. Son relaciones que no se pueden cortar y se llevan a la distancia como una mejor lo puede. 
Por mucho que haya un montón de gente a tu alrededor, te sientes sola porque las relaciones culturales [...] se rompen y tienes que volver a re-territorializar para construir una nueva identidad en el país de destino


Además del miedo constante, la emoción que más se intensifica es la soledad. Y esto es una cuestión también de género. Por mucho que haya un montón de gente a tu alrededor, te sientes sola porque las relaciones culturales que se dan desde el lenguaje, la comida, las formas de ser de lo cotidiano, se rompen y tienes que volver a re-territorializar para construir una nueva identidad en el país de destino. 

La dimensión emocional se cruza con otras como la social, institucional, laboral. ¿Cómo se manifiesta en lo cotidiano de las mujeres migrantes?
El reconocimiento académico y profesional que tenías en tu país de origen, lo pierdes. Es como volver a nacer a los 30, 40, 50 años sin experiencia, sin formación, pero con todo un saber que tienes y con el cual estás aportando al territorio porque la cultura se enriquece con las aportaciones de distintos lugares. Pero no tiene lugar en el destino. Estas emociones de rechazo provocan impotencia. 

El espacio es una producción social. Si somos una sociedad desigual, jerarquizada, racista, machista, el espacio va a producir esos mismos valores. Vemos como el espacio está segregado, como el espacio es violento nuevamente para las mujeres, más cuando las mujeres son migrantes. 

Resulta imposible solo hablar de la violencia institucional, si no la cruzamos con la violencia simbólica, si no vemos los efectos que tiene con estas relaciones, con los vínculos familiares o con los de la maternidad a la distancia. Tenemos que ver el problema de manera holística. 

Además, la dimensión emocional conforma nuestra manera de relacionarnos. Tener unas emociones que son producidas por la violencia, obstaculizan la integración en la sociedad, el sentido de pertenencia, el crear vínculos. Esta dimensión se ha abordado poco o se ha hecho desde perspectivas eurocéntricas, donde lo comunal no es el hacer, ni el ser. 

Habéis reflejado resultados en el estudio de mujeres con distintos perfiles en Sevilla, Cádiz y Huelva. ¿Cuáles son los relatos más comunes?
Trabajamos con dos técnicas de producción de conocimiento: los grupos focales y talleres de reconocimiento de las violencias en el cuerpo. 38 mujeres participaron de forma activa, donde hubo reflexiones y diálogos entre ellas. Escribieron ficcionando su realidad, cómo se ven desde fuera, cómo se ven a ellas mismas. 

Gracias al tejido asociativo existente, que ya trabajaba solucionando problemas de las mujeres migrantes, les propusimos trabajar con ellas, la mayoría de América Latina (26), otras provenientes de distintos países de África. Estos diferentes orígenes de la migración, producían diferentes narrativas. Deshomogeneizan esta cartografía de la migración, poniendo en juego otros lugares. 

Algo revelador del estudio es que estas violencias, al cruzarlas con los espacios como la oficina de extranjería y otros lugares donde las mujeres tienen que recurrir cotidianamente, son violentadas. Nos permitió identificar qué espacios generan malestar. También hay emociones de bienestar que son mínimas, pero interesantes a destacar. Identifican a las asociaciones, pequeños grupos y colectivos de mujeres migrantes como soportes que generan alivio, tranquilidad y seguridad. 

Hay una desprotección a preservar los derechos fundamentales de las personas migrantes ¿El Estado hace aguas en cuanto a garantizar esos bienestares?
¿Qué pasa cuando una mujer decide estudiar?, ¿qué pasa con los títulos?, ¿qué pasa con cada una de las cosas? Las estructuras garantizan los derechos solo a determinadas personas y las mujeres migrantes no hemos disfrutado de vidas libres, sin violencias y en condiciones de igualdad y justicia social. Está operando un tipo de violencia que es transversal, la violencia simbólica. Escuchamos un testimonio que aludía a que un parque ni siquiera puede ser un lugar de esparcimiento, porque no deja de ser vista, de ser leída con una mirada estereotipada, poniendo en cuestión sus costumbres, el cómo hace uso de un espacio público. 

Lo mismo sucede en los buses. Cada espacio que se transita está incrustada una violencia simbólica, la carga de cuándo hay que hacer el recorrido de trámites para acceder a tus derechos, la violencia institucional que está presente, etc. 
La estructura patriarcal permea en todos los espacios, incluso en las instituciones. La violencia institucional es un tipo de violencia que se ejerce contra las mujeres migrantes


Todas estas violencias funcionan como un entramado. Mientras no se resuelvan todas en su conjunto, no habrá solución. La estructura patriarcal permea en todos los espacios, incluso en las instituciones. La violencia institucional es un tipo de violencia que se ejerce contra las mujeres migrantes y está arraigada en la Ley de Extranjería.

Uno de los factores que más generan violencia es la Ley de Extranjería
La Ley de Extranjería hace que todas estas situaciones que identificamos se profundicen aún más. Si estás en un contexto de irregularidad, se prolonga durante años la violencia. 

No tener a tu familia cerca, no poder regresar a tu país o ser víctima continuamente de la violencia laboral. La mayor parte de las mujeres participantes de este estudio se dedican a trabajos del hogar y los relacionados con los cuidados. Aquí observamos que la Ley de Extranjería tiene un papel matriz dentro de todo esto. La incertidumbre constante, la tristeza que deriva por no saber qué va a pasar con los papeles, cómo lo van a conseguir, cuándo…

Las condiciones laborales se vuelven precarias y aún más los trabajos menos valorados como son los cuidados. ¿Cómo afecta emocionalmente a las mujeres, mientras esperan a una reagrupación familiar, en muchos casos?
Esto se tiene que entender desde una dimensión global. El trabajo del hogar, de la vida y los cuidados es un trabajo que, por ser realizado por mujeres históricamente, nunca ha sido una prioridad para el sistema. 

Las condiciones de trabajo que tienen las mujeres migrantes cuando llegan a España son muy precarias. Existen estudios que demuestran que, cuando el salario interprofesional era de 950€, el 60% de las mujeres migrantes cobraba muy por debajo del mínimo. 

Cuando hablamos de la familia y de la maternidad transnacional es importante rescatar el lado desde donde lo ven ellas. Migrar es brindarles la oportunidad a su familia y a sus hijos que ellas no tuvieron. Es cierto que es un sacrificio que realizas porque lo dejas todo y te metes en un trabajo para el cual no estás cualificada porque no es lo que hacías en tu país de origen. La mayoría con las que trabajamos tenían un título profesional, algunas eran universitarias y ejercían su profesión en sus países de origen, pero por diversos motivos tuvieron que migrar. 

Al llegar, les aconsejan borrar del curriculum toda la experiencia profesional porque el primer acceso al mercado laboral, es el trabajo del hogar y los cuidados que se ejerce en condiciones muy precarias. Motiva hacerlo porque estás creando un bienestar económico para tu familia y está reconstruyendo los lazos desde otro lado, pero a su vez, tienes esa imposibilidad de crear redes y de encontrar sistemas de apoyo. 
Las mujeres migrantes son las que están sosteniendo la vida de las personas aquí en España porque realizan el trabajo en precarias condiciones


El tema de los cuidados es una cuestión pendiente para todo el mundo. Y es el único trabajo que sostiene una vida digna. Las mujeres migrantes son las que están sosteniendo la vida de las personas aquí en España porque realizan el trabajo en precarias condiciones. Emocionalmente les afecta la pérdida de identidad, además de las vivencias de abusos laborales, no solo por el salario, sino también por las situaciones de violencia que se generan por los propios empleadores. 

Otra de las formas de violencia que exponéis en el estudio es el del acceso a la vivienda.
El problema de la vivienda en España nos afecta a todas las personas. Además, existe una feminización y sobre todo, una racialización en el acceso a la vivienda y lo hemos vivido en carne propia. No es una cuestión de tener una economía que se pueda probar, es una cuestión que te atraviesa porque no eres de aquí, porque no hablas de aquí y porque siempre vas a ser visto como el otro. 

¿Es el sostén de los bienestares frente a tanta violencia relacionarse de forma comunitaria? ¿Es posible hacerlo donde la configuración espacial urbana está pensada para la individualidad?
En el contexto europeo, la individualidad es mucho más profunda, pero también hay espacios donde la colectividad existe, y un ejemplo de ello son los pueblos y Andalucía donde hay movimiento de mujeres y mucha colectividad. 

El otro día hablábamos del acompañamiento a mujeres migrantes. Todo el mundo va a Extranjería sola, pero había mujeres que pensaban que extranjería, como es un lugar tan horrible, deberían de ir acompañadas para apoyarse emocionalmente. Toda la estructura que tenemos aquí en occidente reproduce la individualidad, no reproduce sujetos colectivos. 
Los grupos de mujeres actúan como contrapoder porque entre ellas se están salvando de forma estratégica de situaciones violentas


Sin embargo, existen espacios residuales donde las mujeres se autoorganizan y gestionan la colectividad. Muchos grupitos, feministas o no, están ahí para lo que haga falta. Es muy importante el papel que realizan las asociaciones frente a este poder aplastante que es individualista, machista, racista y colonial. Los grupos de mujeres actúan como contrapoder porque entre ellas se están salvando de forma estratégica de situaciones violentas. 

No se sienten seguras en una comisaría, pero sí en una asociación de mujeres migrantes. Son esos los espacios de bienestar. Aquí no son cuestionadas constantemente. 

Para acabar, ¿cuáles son los aspectos que destacarías de lo aprendido en este proceso de trabajo con las mujeres?
Este trabajo ha sido un repensarse a sí misma, de escucha activa. Saber que existen mujeres maravillosas que tienen experiencias de resiliencia en una sociedad en la que continuamente te está vulnerando. Y a pesar de ello, tienen la predisposición de seguir adelante y, además, de construir conocimientos. 

Este estudio nos atraviesa porque también somos mujeres migrantes racializadas. A lo largo de la práctica hemos ido aprendiendo cómo desdibujar esa línea de investigadora - investigada. Al principio, ellas no se veían como productoras de conocimiento, porque siempre habían sido tratadas como objeto de investigación. Son ellas las que han puesto de frente, desde el dolor, esas experiencias de vida, para que el resto aprendamos.

Se ha transformado en una investigación colectiva donde ellas aportan, tienen un papel y nosotras acompañamos. La reflexión que han tenido ha sido muy profunda, de cómo nombrar, porque no hay vocabulario posible para conceptualizar todo lo que se vive y se siente.

Fuente: La Poderío. El Salto

Noelia Adánez: “No concibo el feminismo al margen de la cultura de los derechos humanos” La escritora acaba de publicar 'Parentesco animal. Los feminismos incómodos de Doris Lessing y Kate Millett'

La escritora Noelia Adánez. Por Álvaro Minguito

Noelia Adánez (Madrid, 1973) es escritora, politóloga y una de las voces de referencia en la cultura política y feminista española que podemos escuchar habitualmente en el Gabinete de Julia en la Onda (Onda Cero) y leer en varios medios de comunicación, como La Marea o el diario Público. Quedamos por zoom después de no habernos visto desde junio y, antes de comenzar oficialmente la entrevista, me cuenta el calvario que ha vivido recientemente con las protestas de ultraderecha en Madrid, tan cerca de su casa. Ella piensa que forman parte de una suerte de ciclo político pandémico, y yo le doy la razón tras haber pasado por una situación similar en Estados Unidos, cuando las calles del país se llenaron de manifestaciones y actos vandálicos en torno a las elecciones de 2020. 

Poco a poco, vamos redirigiendo la conversación hacia lo más importante: su libro Parentesco animal. Los feminismos incómodos de Doris Lessing y Kate Millett (Galaxia Gutenberg, 2023), recién publicado, que a mí me ha resultado revelador en muchos aspectos, además de placentera la lectura. Esta obra, prologada por Edurne Portela, aparece después de una amplia trayectoria intelectual recuperando el trabajo de mujeres y pensando con ellas, como en su ensayo Vivir el tiempo (Bellaterra, 2019), centrado en las figuras de Dolores Medio y Concha Alós, o en su labor como dramaturga. Nos contamos, nos reímos, reflexionamos juntas.

Hablas de dos etapas en tu vida, una caracterizada por el (des)amparo de la academia, y otra a partir de 2015. ¿Dónde te sitúas en relación a este libro y cómo te definirías? Como trabajadora cultural, intelectual… Teniendo en cuenta que escribes sin respaldo institucional, algo que consideras “difícil”.

Yo intento comprender que mi trabajo está vinculado a esas dos etapas profesionales de mi vida. Probablemente no me habría dedicado a esto que me dedico desde 2015 si antes no hubiera pasado por la universidad diecisiete años. Lo que pasa es que hay un gap muy grande entre una cosa y otra, y en realidad mi aterrizaje en el mundo de la producción cultural es un poco fortuito –como suelen ser casi todas las cosas, sobre todo en lo laboral–. Es verdad que, cuando escribía el libro, me daba cuenta de que mi cabeza sigue funcionando en un registro académico, y creo que eso es bueno, también porque ha pasado el suficiente tiempo como para que yo no tenga modismos del ámbito académico; he podido renunciar a convenciones que, para un libro de ensayo que quiere ser leído por un público amplio, a lo mejor no serían buenas. 

A su vez, desde 2015 ha pasado tiempo suficiente como para que yo conozca el mundo de la comunicación y el editorial, y sepa qué tipo de libro quería hacer. Siendo fiel a mi identidad intelectual, quería hacer un libro que mucha gente pudiera leer, de un acceso razonablemente sencillo. Entonces, no sabría decir cómo me defino. Sí que creo que he empezado a poderme ver a mí misma como escritora, y a no sentirme incómoda cuando me preguntan (…) Porque siempre me presentan como “eres tan polifacética”, claro, como alguien con un doctorado, con un MBA en gestión cultural, pero llevo muchos años trabajando en radios comerciales, escribo en medios independientes digitales con una identidad política claramente de izquierdas, he hecho teatro… Son muchas cosas y siempre me dicen: “¿Cómo quieres que te presentemos?”. Antes no me sentía capaz de decir “como escritora”, porque al final ése es el sustento y el denominador común de todo lo que hago, incluso cuando pongo la voz en radio, mi voz dice que lo escribo, o sea que soy escritora, pero me ha costado mucho llegar ahí. 

Cuentas que la profesora Ramona, cuando te vio disfrazada de Cyndi Lauper en el colegio, te llamó puta, con lo que te diste cuenta muy pequeña de que ser “una estudiante ejemplar” no te libraba de insultos machistas. Imagina que quedas con tu profesora Ramona mañana para tomar café y ha leído el libro. ¿Qué le dirías? 

¡Que la puta eres tú! [risas]

¿Qué crees que te respondería?

No entendería nada. Fue una irresponsabilidad por su parte. A ver… no me acercaría nunca a hablar con ella, pero si me pides que tenga una fantasía, le diría: la puta eres tú. Para que se desquite la niña, no yo. Para mí, como adulta, decirle ahora puta no me sirve de nada, pero a la niña seguramente le hubiera gustado [risas]. 


Hay una cuestión metodológica que me llama la atención. Lessing y Millett, en principio, son dos autoras con poco en común: una es británica y la otra estadounidense, sus feminismos divergen en varios puntos; sin embargo, tú insistes en hablar de ambas en conjunto porque coinciden en cierta “incomodidad”. ¿Cómo llegas a esa conclusión y qué es esa incomodidad que también comparten otras autoras?

Al principio había una nómina más amplia de autoras, y me quedé con estas dos porque para mí era instrumental para lograr que el libro fuera corto, y que yo no me enredara demasiado con los argumentos. O sea, ahí hay algo mío, para no hacer el libro excesivamente complejo y garantizarme lo que yo quería que saliera, un libro cercano y accesible. ¿Por qué estas dos en particular? Yo quería partir del estigma no como un argumento central del libro, ni como una tesis sociológica, sino como un leitmotiv, casi un punto de partida, por eso empiezo contando mi historia con esto [la profesora Ramona]. 


«Doris carga con el estigma de la mala madre, y Kate Millett con el estigma de la loca. Cuando hablamos de mujeres escritoras, la lista de estigmas es corta, no hay tantos, y esos dos son clave. También lo es el de la puta»


Yo he sido estigmatizada muchas otras veces en mi vida, pero ése era un recuerdo infantil que me daba pie a elaborar ese leitmotiv. Y ellas dos porque Doris carga con el estigma de la mala madre, y Kate Millett con el estigma de la loca. Cuando hablamos de mujeres escritoras, la lista de estigmas es corta, no hay tantos, y esos dos son clave. También lo es el de la puta, y cargaron con él, porque en realidad el de la puta ocurre casi con todas las mujeres, sobre todo si hay un mínimo de libertad y de libertad sexual. Pero los otros dos estigmas los encarnaban muy bien, y habían atravesado sus experiencias vitales, como escritoras, y sus feminismos. La incomodidad deriva de cómo ellas elaboraron ese estigma.

Citas a Gregory Corso (en Beat Attitude, Bartleby, 2015): “Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se las sometía a tratamientos por electrochoque. En los años cincuenta si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba”. Es demoledor este testimonio sobre las mujeres de la generación beat. Creo que, en este aspecto, la psiquiatría no ha dejado de estigmatizar a la mujer, pero ha ampliado mercado medicalizando también a los hombres. ¿El feminismo puede beneficiar a los hombres?

¡Qué pregunta más difícil! Yo creo que la relación entre feminismo y psiquiatría es complicada. Ha habido, por un lado, un aprovechamiento de la narrativa terapéutica por parte del feminismo. El feminismo exigió que se emocionalizaran las relaciones humanas en el ámbito familiar y del trabajo. De hecho, hay un feminismo muy terapéutico, incluso ahora. El eslogan “amiga, date cuenta” es para mí la manifestación más clara de esto. Es un feminismo que tiene el riesgo de ser desmovilizador porque está muy centrado en el ámbito de lo individual, de lo privado. Por otro lado, el feminismo, al aliarse con la psiquiatría, presenta un alcance emancipador limitado. Porque es verdad que hay algunas conductas femeninas que, a partir de cierto momento, se toleran, siempre y cuando se puedan categorizar. Entonces, no es que se prohíban, pero son categorizadas, y a veces eso comporta un diagnóstico. Eso es lo que le pasa a Kate Millett, que hoy sería una persona neurodivergente, pero que hace 30 años era una persona loca y, por tanto, institucionalizada, psiquiatrizada y tratada en parte contra su voluntad.

Entonces, la alianza feminismo y psiquiatría es compleja. Con relación a los hombres… Personalmente, estoy en un momento muy anti-narrativa terapéutica. No sé si me ha influido leer a Millett, su historia, pero estoy un poco anti-psiquiatría. Además, últimamente me pasa que escucho a hombres excusar determinadas actitudes en el hecho de estar “tratándose”. Como “se están tratando”, hay que ser permisiva con ciertos comportamientos. Como decía Eva Illouz, no sé hasta qué punto la psiquiatría se ha convertido en una especie de iglesia a la que tú vas, te estás confesando… y, “como te han diagnosticado”, pues eres un hijo de puta, porque eres un poquito sociópata. Creo que Illouz me ha podido convencer: ella es una socióloga con un sistema sociológico, y yo la he leído prácticamente completa; me ha seducido intelectualmente y estoy en ese momento de desconfianza. Además, empezábamos hablando de la situación política en este ciclo pandémico… Pues yo no sé si hay terapia para, por ejemplo, la gente que se adhiere al populismo de ultraderecha. La solución vendrá de la política.


«Creo que hay un feminismo muy centrado en temas de identidad sexual y que desatiende otras cuestiones, como los modelos de familia»


Hace poco salió una noticia: “España registra por primera vez más nacimientos de bebés de madres solteras que de casadas”. La familia “se ha redefinido” (Illouz), y ya no pasa por el matrimonio. Al mismo tiempo, el 50% de las familias monoparentales están en riesgo de pobreza. ¿Hemos avanzado? ¿Cómo esta redefinición de la familia beneficia o perjudica al feminismo?

Yo creo que esta redefinición de la familia representa un avance con relación a lo que había en la época de Lessing y Millett, en la medida en que hay más modelos disponibles. La cuestión es: ¿se dan las condiciones materiales para que tú puedas optar por un modelo u otro de familia? La respuesta evidentemente es no. Las familias monomarentales, que son más habituales que las monoparentales, lo tienen dificilísimo. Por otra parte, cada vez estoy más preocupada con un feminismo que sea consciente de cuáles son las dificultades que nos afectan por razones de clase y de reparto de la riqueza. Es el feminismo que me interesa más. Creo que hay cuestiones que se han desatendido en detrimento de otras muy importantes. Ha generado debates muy hinchados, y no lo digo por la confrontación, que forma parte de la vida pública y de los movimientos sociales, sino porque restan la atención de otros asuntos que son muy relevantes también y no están siendo objeto de tanto interés. Creo que hay un feminismo muy centrado en temas de identidad sexual y que desatiende otras cuestiones, como ésta: modelos de familia, sí, pero hablemos del modelo de familia que la gente puede pagar.

¿Qué es “el malestar que no tiene nombre”, concepto de Betty Friedan? ¿Se cura llevando una vida feminista, una de las reivindicaciones de tu libro?

Ella hablaba de una sensación muy extendida en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial entre muchas mujeres, sobre todo de clase media y alta, pero el nombre que le da es tan acertado que es extrapolable, y todavía hoy resuena, aunque no sepamos su significado preciso. Pero creo que todas nos entendemos cuando hablamos de “esa cosa” que nos carcome y que tiene que ver con una conciencia más o menos clara de que estás haciendo las cosas en contra de tu voluntad, es decir, de que estás siguiendo un mandato y, al hacerlo, estás incurriendo en renuncias importantes, renuncias que afectan a lo que querrías hacer, o a quien tú querrías de verdad ser. Muchas veces ese malestar que no tiene nombre se concreta en forma de depresión; pasaba muchísimo en la época y sigue ocurriendo hoy en día. Muchas mujeres son diagnosticadas de depresión, cuando lo que están experimentando quizá es una tremenda soledad. Les sigue pasando a las mujeres jóvenes con la maternidad. La maternidad a veces comporta aislamiento, y el aislamiento comporta depresión. Y ese malestar que no tiene nombre, pero que cuando vas al médico te dice que es depresión, es un malestar conectado con una experiencia colectiva. El feminismo ha ayudado mucho a colectivizar ese tipo de experiencias. 

¿Y cómo llevamos una vida feminista?

Yo creo que siendo consciente. La conciencia de los conflictos, las contradicciones, los dilemas. Me parece que llevar una vida feminista consiste en eso, no en seguir un decálogo de conductas o de buenas prácticas, sino en tener conciencia de cuáles son los conflictos vinculados a la existencia de las relaciones de género, y saber qué posición ocupas tú en esos conflictos y, no necesariamente actuar en consecuencia, pero actuar siendo consciente de que el lugar en el que estás depende en cierta medida de ti, pero en una medida mucho mayor de las relaciones sociales. 

Hablas del problema del feminismo cuando “se postula en nombre de una idea de la mujer que desprecia la diversidad de subjetividades e identidades que la atraviesan”. Me imagino que aquí se englobaría el rechazo que sufrió la propia Millett entre las feministas por ser lesbiana, pero ¿puedes profundizar en esta idea?

A mí me parece que estamos o venimos de una época de debates muy nominalistas, y de mucha presencia de los feminismos en el debate público. A su vez, todo esto vino acompañado de una gran confrontación en torno a temas diversos que tienen que ver con la agenda feminista: violencia de género, derechos de las personas trans, etc. Esto ha pasado con mucha intensidad en poco tiempo, y durante esto que yo llamo “ciclo político pandémico”, porque de verdad creo que la pandemia debería estar en el centro de los análisis políticos que hacemos de los últimos cinco años y no sé por qué la ignoramos, como si fuera una plaga divina que vino y se fue, y no es verdad. Generó un montón de cambios y hubo quien pudo instrumentalizar esa situación en beneficio propio: la ultraderecha ha salido ganando, dio la batalla cultural en ese contexto. 


«Espero que vayamos por esa senda; que, una vez que haya pasado esta tormenta, empecemos a dejar que el feminismo vuelva a ser esa especie de lluvia fina, ¿sabes? Que vaya calándolo todo»


Probablemente, si el contexto hubiera sido otro, no habría obtenido la victoria pírrica que ha obtenido, en una situación de demolición de consensos, etc. Esto tan heavy que ha ido pasando nos ha tenido queriendo reducir todos los debates a uno que tenía que ver con las esencias: qué era ser mujer; estaba o no la identidad “mujer” amenazada por lo que sucedía dentro de los feminismos; qué es ser feminista; quién es feminista. Eso es otra cosa que se nos ha ocultado: decir quién es feminista quiere decir quién maneja [dinero], quién tiene el poder, quién está en las instituciones, quién tiene presupuestos, o sea, ese afán de patrimonializar el feminismo es puro poder.

Entonces, hemos estado debatiendo de cuestiones muy nominalistas, y yo creo que ha llegado el momento de que nos desinteresemos de eso y veamos que los feminismos no son necesariamente una agenda, no se reducen a la capacidad de acción de una institución, están en los movimientos sociales, se expresan de maneras distintas… y de que volvamos a abrir en ese sentido la mirada. Por mi parte, yo no concibo el feminismo al margen de la cultura de los derechos humanos; no he entendido el feminismo trans-excluyente; no creo que el feminismo tenga que ver con definir un sujeto político, sino con trabajar en favor de la transformación social, y esto ha de hacerse bajo el prisma y la lógica de los derechos humanos. Espero que vayamos por esa senda; que, una vez que haya pasado esta tormenta, empecemos a dejar que el feminismo vuelva a ser esa especie de lluvia fina, ¿sabes? Que vaya calándolo todo, que aliente movimientos sociales, que aliente reivindicaciones que tienen que ver con derechos para todas, todos, y todes, y ya está. Aunque siempre va a haber una disidencia, un feminismo muy conservador, de clase media o media-alta, blanquísimo, burgués, y preocupado de cuestiones que no van a ser las de todas…

Fuente: La Marea

Sí a la Diversidad Familiar!
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