febrero 22, 2026

El bordado colectivo como herramienta política en América Latina

Durante siglos, el bordado fue relegado al ámbito doméstico y asociado al silencio y la sumisión. Sin embargo, en América Latina, la aguja y el hilo han sido históricamente herramientas de denuncia, memoria y resistencia y, lejos de ser un gesto pasivo, el bordado colectivo y el arpillerismo -surgido en los años setenta en Chile como forma de resistencia frente a la dictadura militar- ha permitido a mujeres y disidencias narrar violencias y construir comunidad frente a las negligencias del Estado.

En Ecuador, esta práctica ha cobrado fuerza en los últimos años como forma de activismo feminista que recupera la memoria y colectiviza a las experiencias de mujeres atravesadas por distintas formas de violencia.

En entrevistas a Efeminista, varias organizaciones del país describen el bordado como un espacio de sanación colectiva, donde lo importante no es la perfección de la puntada, sino generar dinámicas políticas horizontales de cuidado y escucha.


"Sentíamos que necesitábamos un espacio donde las mujeres pudiéramos sentirnos seguras y resistir juntas", indica María Mercedes Ojeda, integrante de Bordadoras Autoconvocadas, un colectivo surgido en 2022 en la ciudad de Cuenca.

En este contexto, diversas organizaciones ecuatorianas impulsan encuentros de bordado colectivo, como el reciente organizado por Bordar la Ternura en memoria de las personas desaparecidas durante la dictadura argentina, una jornada en la que que también se han denunciado feminicidios y otras violencias persistentes en Ecuador, enlazando así las luchas del continente.
Bordar como acto político y de memoria

La actividad, titulada 'No me olviden' y bajo el lema "30 mil agujas por los desaparecidos", se ha realizado en coordinación con el colectivo argentino Bordando Luchas y ha consistido en el bordado colectivo de imágenes textiles y nombres de personas desaparecidas, en el marco de las conmemoraciones por los 50 años del golpe de Estado militar en Argentina.

El encuentro, con amplia participación de estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Universidad Central del Ecuador, ha incluido un acto en el que se han leído nombres de personas desaparecidas tanto en Argentina como en Ecuador.


Personas que participan en una actividad de bordado denominada 'No me olviden', en conmemoración por los 50 años del golpe de Estado en Argentina, en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador, en Quito (Ecuador). EFE/ José Jácome

La integrante de Bordar la Ternura, Erandi Villavicencio, ha explicado en una entrevista con Efeminista que el bordado ha sido considerado durante mucho tiempo una práctica menor, asociada a la domesticación de las mujeres, pero ha recordado que en América Latina se ha utilizado también como una herramienta política y de memoria.


"En el arpillerismo y el bordado latinoamericano encontramos relatos de mujeres que contaban lo que estaba sucediendo durante las dictaduras a través de una gráfica textil", señala.
Origen del arpillerismo latinoamericano

Villavicencio ha aclarado que el arpillerismo es "un formato que cuenta historias", capaz de narrar distintas coyunturas políticas y sociales, y ha recordado que surge en Chile, en contextos de fuerte represión.

"Es una técnica que desarrollaron sobre todo las mujeres en condiciones de dictadura, cuando no podían enviar mensajes escritos. Entonces narraban lo que estaba sucediendo en sus comunidades e incluso en las cárceles", relata.

Esa memoria histórica es retomada hoy por distintos colectivos de bordado en la región, como Bordadoras Autoconvocadas, un colectivo radicado en la provincia de Azuay, al sur de Ecuador. Desde allí, María Mercedes Ojeda ha recordado en una entrevista con Efeminista que conocieron a Bordar la Ternura en 2024, durante un encuentro plural de sanación en Quito.

"Ahora seguimos conectadas como una red activa, compartiendo convocatorias y acciones", añade Ojeda, que también destaca que el trabajo actual de los colectivos se nutre de la experiencia de las arpilleras chilenas, que utilizaron el bordado como forma de resistencia durante la dictadura de Augusto Pinochet.


"Conocíamos esa experiencia y sentíamos que también era una forma de ocupar el espacio público, de sostenernos y de resistir desde otro lugar", afirma.

Para la integrante de Bordadoras Autoconvocadas, estos encuentros de bordado generan dinámicas horizontales y abiertas, en las que no se requieren conocimientos previos ni resultados específicos.

"No necesitas experiencia, no necesitas saber bordar, no tiene que salir perfecto. Es un espacio de denuncia, pero también de cuidado colectivo", concluye.

 
Personas participan en una actividad de bordado denominada 'No me olviden', en conmemoración por los 50 años del golpe de Estado en Argentina, en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador, en Quito (Ecuador). EFE/ José Jácome

El bordado colectivo como espacio de reencuentro

Villavicencio subraya que el bordado colectivo no busca únicamente la creación de una obra artística, sino la reconstrucción de vínculos y la organización comunitaria.


"Es muy importante reconocer que lo político no está buscando solo una obra de arte, sino el reencuentro de los vínculos, la organización entre mujeres y entre diferentes participantes", aclara.

Añade que estos espacios permiten conectar la creación artística con lo emocional y lo colectivo, y abrir lugares seguros para la conversación frente a contextos de violencia, discursos conservadores y agendas antiderechos.

Desde Bordadoras Autoconvocadas, Ojeda hace énfasis en que uno de los principales objetivos del colectivo es la creación de "espacios feministas y transfeministas horizontales".


Una mujer participa en una actividad de bordado denominada 'No me olviden', en conmemoración por los 50 años del golpe de Estado en Argentina, en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador, en Quito (Ecuador). EFE/ José Jácome

"Queríamos crear un espacio donde no te pregunten cuántos libros has leído ni cómo defines el feminismo, sino donde puedas estar, aprender y sentirte acompañada", señala.

Según explica, el propio nombre del colectivo responde a una apuesta política por la autogestión y la ausencia de jerarquías: "Nos llamamos Bordadoras Autoconvocadas porque creemos en una organización sin jerarquías, autónoma y autogestionada", defiende.

Ojeda subraya además el carácter "intergeneracional e interseccional" de estos encuentros, en los que "el bordado se vincula con la defensa del territorio y del agua".


Foto de una arpillera bordada por el colectivo Bordadoras Autoconvocadas. Imagen cedida por Bordadoras Autoconvocadas

Denunciar la violencia feminicida

Durante el acto celebrado en la Facultad de Comunicación Social, Villavicencio ha enfatizado que, en los últimos años, el bordado también se ha convertido en un espacio para nombrar a personas asesinadas y sobrevivientes de violencia.

En ese sentido, ha hecho referencia a una manta colectiva en la que bordan los nombres de mujeres víctimas de feminicidio en Ecuador, un trabajo que recoge cerca de diez años de violencia registrada y que el colectivo elabora desde hace aproximadamente cuatro años, sin haber logrado aún completar todos los nombres.

"Es muy interesante cómo muchas mujeres del movimiento feminista en Ecuador han bordado en esta manta. Todas se unen para cargarla y la llevamos en las marchas. Siempre hay manos para sostenerla, porque es larguísima", explica.


Mujeres bordando una manta colectiva de feminicidios en Ecuador, en el Centro Histórico de Quito (Ecuador). Imagen cedida por el colectivo Bordar la Ternura

Durante el acto ha tomado la palabra Ruth Montenegro, madre de Sofía Valentina Cosíos Montenegro, niña de 11 años víctima de feminicidio en 2016, quien ha recordado que su hija fue reportada como desaparecida sin que se activaran protocolos de búsqueda.


"Nos negamos a silenciarnos, nos negamos a olvidar y mantenemos viva la memoria de nuestras hijas y la exigencia de justicia", defiende.

Montenegro ha subrayado que la memoria es una herramienta política frente a la impunidad y que, en el caso de Valentina, esa lucha impulsó en 2016 el primer grito de 'Ni una menos' en Ecuador.
Reparación emocional y empoderamiento

En distintos territorios del sur global, el bordado colectivo se ha consolidado como una herramienta de reparación emocional para sobrevivientes de violencia.

Así lo explica Tami Tocagón Pijal, psicóloga de la Fundación Adelante Comunitario Ecuatoriano, una organización con más de veinte años de trabajo social en el país que, desde 2022, acompaña de manera integral a víctimas de violencia machista en la ciudad de Cayambe, al norte de Ecuador.

Según Tocagón, uno de los principales factores que perpetúan los ciclos de violencia es la dependencia económica: "La mayoría de personas que viven o conviven en ciclos de violencia lo hacen por la situación económica, porque son dependientes de sus parejas sentimentales", indica.


Una mujer participa en una actividad de bordado denominada 'No me olviden', en conmemoración por los 50 años del golpe de Estado en Argentina, en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador, en Quito (Ecuador). EFE/ José Jácome

Por ello, el trabajo que realizan combina el acompañamiento emocional con el fortalecimiento de habilidades que permitan a las mujeres generar ingresos de forma autónoma, y en ese proceso, el bordado se ha convertido en una herramienta central.


"Sentimos que el bordado es una forma de empoderamiento", afirma.

En 2023 iniciaron el proceso 'Bordando nuestra memoria', un espacio de bordado colectivo orientado hacia la sanación de historias personales y colectivas, que reúne a mujeres de distintas procedencias.

Finalmente, Tocagón subraya que la reparación no puede limitarse únicamente a lo emocional: "Para nosotras es importante no quedarnos solo en las reuniones, sino garantizar una reparación de los derechos vulnerados", afirma, y destaca que el trabajo de la fundación abarca áreas sociales, legales y comunitarias.

 

Foto de mujeres que participan en el bordado colectivo de una manta de feminicidios en Cayambe, al norte de Ecuador. Imagen cedida por Tami Tocagón Pijal, psicóloga de la Fundación Adelante Comunitario Ecuatoriano.
Link de la nota: https://efeminista.com/bordado-colectivo-herramienta-politica-america-latina/


Por Lucía Rubio Marcos 
Fuente: Efeminista

febrero 21, 2026

La nutricionista Emilia Gómez explica los pequeños cambios en la dieta que pueden ayudar con los síntomas de la menopausia

La experta apuesta por la alimentación y el ejercicio para combatir los síntomas: “Pensar que se puede solventar con suplementos es un error”


Gómez Pardo anima a incorporar cuanto antes buenos hábitos de alimentación y ejercicio físico. Centre for Ageing Better / Unsplash


La menopausia es un reto a nivel metabólico y aunque cada mujer la vive de forma distinta, porque los síntomas son diversos y no siempre fáciles de detectar, la mayoría coincide en que introducir ciertos cambios en la dieta es fundamental. 

“Todos los síntomas de la menopausia tienen un abordaje nutricional”, asegura Emilia Gómez Pardo, nutricionista de la plataforma de salud especializada Olira. “La alimentación es el mejor instrumento que tenemos para el cuidado de la salud, para afrontar los retos que nos toca vivir y la menopausia es un superreto”, defiende. 


No hacerse daño

“Hay una nutrición que minimiza los síntomas y una nutrición que los maximiza”, expone la experta. Por eso, antes de añadir alimentos nuevos o buscar soluciones mágicas, para ella lo más importante es aplicar el principio primum non nocere, que resalta la importancia de no hacer daño, y evitar aquellos alimentos que son inflamatorios, oxidantes y poco nutritivos, para reducir el impacto de los síntomas. 

“Estamos hablando de ultraprocesados, de carne roja, bebidas azucaradas y alcohol. Todo eso hace que nos inflamemos, nos oxidemos, que no le demos al cuerpo todos los nutrientes que necesita”, afirma Gómez Pardo, que aconseja vigilar el consumo de sustancias estimulantes. Con respecto a la cafeína, opta por un consumo moderado. 

“El alcohol es mejor evitarlo, desde luego, sobre todo en las últimas horas de la noche, porque directamente provoca sudoración nocturna, sofocos e insomnio, que son algunos de los grandes problemas de las mujeres en esta etapa”, apunta la nutricionista. “Los picantes también serían evitables, lo que pasa es que tienen una respuesta muy subjetiva y cada persona responde de una manera u otra, pero tampoco es lo ideal, desde luego, como tampoco lo es el consumo de azúcar ni los productos ultraprocesados”, aclara.

¿Qué alimentos priorizar?

La dieta recomendada por sus beneficios, especialmente en esta etapa para minimizar y contrarrestar los síntomas, es mayoritariamente vegetal y poco procesada. “Con poca presencia de carne roja, sí puede haber presencia de carne blanca, pescado, frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, semillas y hierbas”, especifica la nutricionista, que apuesta por la variedad vegetal. 

A pesar de que los problemas digestivos no tienen por qué ser frecuentes en esta etapa, Gómez Pardo anima a poner el foco en la salud intestinal. “En la menopausia se deteriora, un poquito más porque ya está deteriorada por nuestra manera de vivir, la microbiota”, señala la nutricionista. “La microbiota tiene mucho que ver con la salud intestinal y con la salud mental, con problemas de cognición y puede producir inflamación, es muy importante porque es la puerta a un montón de patologías”, explica.

Respecto a los suplementos o probióticos, la recomendación de la experta es priorizar los nutrientes a través de la comida. “Si hay algún déficit de nutrientes diagnosticado, como ocurre frecuentemente con la vitamina D, por supuesto que hay que suplementar, pero pensar que una situación tan compleja como la menopausia se puede solventar con uno o varios suplementos es un error”, valora Gómez Pardo.

El periodismo valiente solo es posible cuando detrás hay personas comprometidas como tú que lo sostienen.

El control del peso

Aunque es muy común que las mujeres aumenten de peso en esta etapa sin haber cambiado sus hábitos, la experta defiende que son muchas las razones por las que sucede: “Cambia el apetito porque el hipotálamo, responsable de sentir o no hambre, está muy influenciado por los estrógenos, que en esta etapa bajan; además el insomnio está directamente relacionado con la toma de malas decisiones, después de una mala noche se suele apostar por una alimentación menos sana; y se pierde masa muscular, cada año vamos perdiendo progresivamente, y el músculo es el tejido que más energías consume”. 

“Es muy típico que muchas mujeres digan que no entienden por qué engordan si hacen lo mismo y la respuesta sería que no hay que hacer lo mismo, porque tu cuerpo no responde igual”, explica Gómez Pardo, que anima a incorporar cuanto antes buenos hábitos de alimentación y ejercicio físico. “Nunca es tarde para empezar, cualquier cambio positivo hoy tendrá su reflejo en tu bienestar mañana”, concluye.


Fuente: El Diario.es

febrero 20, 2026

El Reina Sofía reescribe su colección con mirada feminista y más artistas mujeres

La nueva presentación “Colección. Arte Contemporáneo: 1975-Presente” ocupa la cuarta planta del Sabatini con 403 obras y sitúa el pensamiento feminista, los afectos y las disidencias sexuales en el centro del relato

 
El Reina Sofía reescribe su colección con mirada feminista y más artistas mujeres Museo Reina Sofía

El Museo Reina Sofía ha abierto el 18 de febrero la primera fase de una reordenación de su colección permanente que quiere contar medio siglo de arte desde España —de la Transición a la actualidad— con un giro de enfoque: menos linealidad cronológica, más lectura política del presente y una presencia femenina mayor que la habitual en el museo. La nueva presentación, titulada “Colección. Arte Contemporáneo: 1975-Presente”, ocupa por completo la cuarta planta del edificio Sabatini y despliega 403 obras de 224 artistas a lo largo de 21 capítulos. El director del museo, Manuel Segade, ha explicado que el objetivo no es “cerrar” una historia, sino abrir un relato móvil, con anacronismos y retornos que permitan mirar el pasado desde las preguntas actuales.

Los números funcionan aquí como declaración de intenciones. De esas 403 obras, 258 (64%) no se habían mostrado antes en este formato de colección permanente, un dato que el museo utiliza para subrayar que no se trata de un simple “cambio de colgado”, sino de una relectura con vocación de canon alternativo. La selección refuerza, además, el peso de la escena española: 173 artistas (77%) son de nacionalidad española, frente a 51 (23%) internacionales, con presencia destacada de creadores latinoamericanos, un eje que el Reina Sofía viene consolidando en los últimos años.NOTICIAS RELACIONADAS

El punto más sensible —y el que el museo reconoce como aún insuficiente— es el de género. En esta cuarta planta, las mujeres representan aproximadamente el 35% de los artistas incluidos, el porcentaje más alto alcanzado hasta ahora por el Reina Sofía en una presentación estable de sus fondos, aunque muy lejos de una paridad real. La cifra cobra relieve cuando se confronta con un dato estructural: históricamente, las colecciones del museo han tenido menos del 15% de artistas mujeres, lo que ayuda a entender por qué la “reordenación” no es solo narrativa, también es correctiva.

La subdirectora artística, Amanda de la Garza, ha defendido que el giro no consiste únicamente en “sumar nombres” sino en hacer visible el pensamiento artístico feminista como motor de transformación de lenguajes y de políticas de representación. En ese marco, el recorrido arranca poniendo en primer plano el lema histórico de la segunda ola —“lo personal es político”— y lo lee como una caja de herramientas estética: performance, body art, vídeo y prácticas conceptuales aparecen como territorios donde el cuerpo deja de ser objeto para convertirse en sujeto político. Esta apertura, además, dialoga con un presente en el que los debates sobre violencia sexual, enfermedad, consentimiento, deseo y control del cuerpo se han desplazado al centro de la conversación pública.

‘Picnic on the Esplanade, Boston’ (Picnic en el muelle, Boston), de Nan Goldin

La elección de la obra que abre el itinerario es significativa: Judy Chicago, una de las pioneras del arte feminista, aparece con el vídeo Women and Smoke (1971-1972), adquirido por el museo recientemente. El gesto no es inocente: Chicago funciona como genealogía internacional y como recordatorio de que el feminismo en el arte no es un “tema” añadido a posteriori, sino una tradición intelectual y formal que ha reconfigurado el modo de mirar. En paralelo, el museo sitúa esta perspectiva junto a otras luchas por la visibilidad: la historia de las disidencias sexuales, la emergencia de nuevos sujetos políticos y los repertorios LGTBIQ+ atraviesan varias salas como parte del tejido cultural de la democracia española.

La reordenación también pone el foco en el cuerpo como campo de conflicto, y ahí la perspectiva feminista deja de ser marco teórico para volverse material. De la Garza ha señalado explícitamente cómo ciertas obras abordan la violencia sexual y la cultura de la violación, o la experiencia de la enfermedad y los cuerpos no normativos en un contexto patriarcal. Esa línea conecta con una idea clave: la historia del arte contemporáneo no puede contarse sin las condiciones de vida que lo atraviesan, y en el caso de las mujeres —y de quienes han quedado fuera del centro— esas condiciones han implicado, durante décadas, desigualdad de acceso, precariedad de recursos y censuras visibles e invisibles.

En esa misma lógica de condiciones materiales, el museo articula un capítulo dedicado a los “nuevos materialismos” y a la escultura, donde la presencia de creadoras adquiere un sentido específico: no solo porque haya más escultoras, sino porque la institución reconoce que durante buena parte del siglo XX el gran formato estuvo ligado a infraestructuras y economías de taller de las que muchas mujeres quedaron excluidas. La relectura, entonces, no solo exhibe obras: también sugiere una historia de obstáculos —estudios, materiales, financiación, legitimación crítica— y de cómo ciertas generaciones abrieron una brecha para que otras pudieran producir con ambición y escala.

El cambio de relato se acompaña de un cambio de dispositivo. La nueva presentación renuncia a una estructura puramente documental y apuesta por una museografía más legible, con un recorrido que busca aliviar el “efecto laberinto” históricamente asociado al museo, y con decisiones de sostenibilidad como la implantación de iluminación LED. El marco institucional también se hace visible: junto al museo, participaron en la presentación el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, y la presidenta del Real Patronato, Ángeles González-Sinde, en una puesta en escena que subraya que la colección permanente no es neutra, sino un instrumento público de memoria cultural.

Esta cuarta planta es solo el primer movimiento. El Reina Sofía prevé completar la reorganización global de sus colecciones en 2028, cuando las plantas superiores del Sabatini articulen los distintos relatos de la institución. De aquí a entonces, el museo se juega algo más que una nueva narrativa: se juega la coherencia entre discurso y política de adquisiciones. En 2025, el Reina Sofía y el Ministerio de Cultura ya habían anunciado una inversión relevante con un peso mayoritario de obras de mujeres dentro del gasto en compras, un dato que se lee como continuidad de este giro. La pregunta, ahora, es si el porcentaje del 35% será un techo provisional o el suelo de una corrección sostenida del canon.


Fuente: Artículo14

febrero 19, 2026

Antárticas: científicas del fin del mundo



Ubicada en torno al Polo Sur y rodeada de fríos océanos, se estima que la Antártida tiene una superficie de 14 millones de km2 cubiertos de nieve y un clima tempestuoso que puede alcanzar vientos mayores a 200 km por hora. Fue descubierta oficialmente a comienzos del siglo XIX, aunque existen pruebas de que algunos cazadores de focas ya frecuentaban el continente en silencio. Desde la firma del Tratado Antártico de 1959 el área quedó reservada para investigaciones científicas de interés mundial y con fines pacíficos. Dentro del sector argentino, encontramos 13 bases, algunas permanentes y todas a cargo del Comando Conjunto Antártico responsable de la logística, traslados, mantenimiento y provisiones en la zona.

En un contexto de cambio climático y problemas ambientales nunca antes visto, estas tierras adquieren hoy un valor incalculable como espacio de investigación. Para comprender e interiorizarnos de lo que ocurre en el continente, Feminacida habló con tres ambientólogas de la Universidad de Buenos Aires elegidas para viajar al sexto continente y aportar su granito de arena en la búsqueda de soluciones para los problemas actuales y futuros.

Natalia tiene 29 años, es docente de la UBA y trabaja en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, donde comenzó como guía y continuó como investigadora. Actualmente está terminando su doctorado en Biología, investiga la remediación del ambiente utilizando plantas que absorben y retienen contaminantes. Desde muy chica supo que le gustaba el "mundo verde", como lo llama, y fue así que terminó estudiando la carrera por la promesa de aprender un poco de todo: biología y soluciones a problemas ambientales. Tenía claro que no le alcanzaba con repetir información, ella quería crearla. Durante su paso como estudiante de la licenciatura descubrió la investigación y soñó por primera vez con publicar un paper con su nombre. 

Mariana (39), también investigadora y docente, estudia poblaciones de lobo marino antártico y los efectos del cambio climático en la dinámica de estos grupos. Como becaria del Conicet, la enseñanza es la única actividad profesional permitida por contrato, algo que limita sus posibilidades de desarrollo económico. 

Ambas viajaron dos veces a la Antártida, por un total de 100 días aproximadamente con diferentes temas de estudio pero el mismo foco: vivir la aventura de investigar en el continente blanco. Mientras Mariana supo desde su postulación a la beca que tarde o temprano le tocaría viajar a recolectar muestras, Natalia fue invitada durante un Congreso en Puerto Madryn, donde en una breve charla, su calidez, energía y entusiasmo habrán oficiado de anzuelo. El caso más llamativo es el de Maya, que con 23 años y sin experiencia laboral en el área, ya cumplió su sueño y logró viajar mediante una convocatoria de la universidad a la que se postuló como quien juega a la lotería. 

Las tres "antárticas" iniciaron el camino científico desde su amor por la naturaleza y los animales, ya sean mamíferos marinos o insectos de jardín. Mariana de chica soñaba con trabajar en contacto con este mundo y logró desempeñarse siete años en un centro de rescate de fauna silvestre, otro tanto como cuidadora en el antiguo zoológico de la Ciudad de Buenos Aires e incluso trabajar con pingüinos de magallanes en Chubut.

Natalia siempre supo que quería ayudar a los seres vivos que estaban en problemas, como en aquella publicidad de detergente donde limpiaban pingüinos empetrolados y que, recuerda, la dejó marcada.

Maya, por su parte, quiere dedicarse a la investigación de nuevas tecnologías para remediación del ambiente. Su lema: "problemas modernos, soluciones modernas". A su corta edad es muy clara en su discurso y sus objetivos. 

Para lograr viajar, se debe pasar un extenso proceso de chequeos sanitarios previos: clínicos, cardiológicos, ginecológicos y psicológicos. Además de recibir indumentaria técnica como botas, pantalones de nieve y camperas. Dependiendo el caso, también alguna capacitación sobre las condiciones en las bases, como ser sobre la separación de residuos o las poblaciones de animales y sus comportamientos. Y es que en la Antártida se está completamente vulnerable a la naturaleza, sin chances de controlar nada. 

A lo largo de las entrevistas, todas coinciden en algo: nunca sabés bien ni cuándo ni cómo llegás. Maya, por ejemplo, tenía fecha de viaje para el mes de febrero y terminó volando el 11 de marzo en un periplo que incluyó un vuelo en un Hércules, un tipo de avión de la fuerza aérea utilizado para logística, una noche en un refugio militar, un segundo vuelo, una semana en el rompehielos Irizar, un cambio inesperado de barco en medio de la noche, un viaje en gomón y finalmente el arribo a la base Esperanza. 

El día a día en las bases, sin embargo, es bastante rutinario aunque también sorprendente. Algunas veces el trabajo consiste en emprender un viaje a pie a través de 5 km de nieve, rodeado de animales salvajes, para llegar a las zonas de muestreo. Otras, hacer una cadena humana para descargar las provisiones desde un barco anclado en la costa, donde pasan mano a mano las proteínas de origen animal, protagonista en la dieta antártica.

Por otro lado, el trabajo ocurre en un entramado de conocimientos que se traspasan de unos a otros, como por ejemplo en la búsqueda de suelo firme para las largas caminatas que suele representar todo un desafío. Natalia recuerda cómo sus compañeros le explicaban lo que necesitaba aprender, por ejemplo, maniobrar una jeringa para sacar muestras de sangre. Ahí aprendió todo el expertise necesario, desde cómo funciona el lugar donde viven hasta a agarrar un pingüino. El conocimiento proviene del grupo de trabajo, algo que genera fuertes vínculos entre colegas, que antes de subirse al avión para comenzar la travesía son completos desconocidos. 

Dentro de las complicaciones se destacan la escasez de recursos, la hostilidad del clima y la falta de confort. Cuestiones que parecieran obvias, pero en caso de emergencia, de riesgo de congelamiento o falta de insumos de higiene básicos como el papel higiénico, la supervivencia se vuelve difícil. Una de ellas exige: "Deberían mandar más recursos a un lugar donde hay gente haciendo patria en circunstancias tan hostiles, personas que dejan su vida para quedarse todo el año trabajando”. Sin embargo, el lado B es que estar en la Antártida puede ser de mucho crecimiento personal. Es así que algunas veces, cuando sale el sol y la temperatura alcanza unos tímidos 2 grados, todo parece cambiar de color. Otras veces, cuando las ganas de irse abundan en la mente, un atardecer fascinante hace recordar el privilegio de estar ahí. 

Según las entrevistadas, en las bases antárticas hay entre un 10 y 35 por ciento de mujeres, en su mayoría civiles. Maya, además de ser la más chica, sentía que ser mujer era algo fuera de la norma y recuerda a sus compañeras de estancia por sus profesiones: periodista, ingeniera, bioquímica, odontóloga, doctora y meteoróloga. Todas las entrevistadas, además, coinciden en que la presencia masculina se hace sentir y puede volverse más intimidante aún considerando que es una base militar aislada en el medio del fin del mundo. Pensada con un foco racionalista, la distribución de espacios deja poco lugar a las emociones y a la privacidad. Y en paralelo, como reza el refrán, pueblo chico infierno grande. Todos parecen saber todo de todos y ante la falta de buena conexión a internet, el chisme consigue volverse un pasatiempo. 

El ambiente antártico solía ser un espacio machista, según nos comparte una de las científicas. Pero ella, que trabajó con lobos y elefantes marinos, focas, ballenas y delfines, quiere desterrar la idea de que este ambiente inhóspito, de tareas duras, no es apto para mujeres. Por eso, cree que debe haber un cambio de conciencia y comenzar a valorar más a las mujeres en la ciencia y sobre todo en la Antártida. Este espacio, ocupado tradicionalmente por hombres, también puede ser un lugar de crecimiento profesional. Como fue en su caso, que se encontró no solo con muchas amigas, sino también amigos, incluso de generaciones anteriores, con otra cabeza, que se abrieron a compartir su conocimiento. Y si bien reconoce que la primera vez llegó con cierto prejuicio, se sorprendió al encontrar que además de machismo, hay otras formas de pensar más colaborativas. Por eso, insiste que es importante no dejarse llevar por los comentarios y prejuicios, y que las pibas deben seguir involucrándose, en este y otros espacios aún vedados. Pero reconoce que la paciencia y el entendimiento son la clave para sortear las diferencias que podrían aparecer

Cuando hablamos sobre el futuro, todas ellas tienen un gran interrogante. Como es propio de la realidad de la Argentina, dedicarse a la investigación implica inestabilidad laboral. El anhelo de mayor financiamiento y mejoras de condiciones está latente. Los sueldos de los becarios son bajos y las condiciones hacen que algunas profesionales como Natalia se sientan forzadas a irse del país si no consiguen renovar sus becas con el panorama actual de recortes. Por eso, aclara con dolor, que las personas que hacen ciencia en Argentina tienen como motivación principal el amor por lo que hacen. Como Maya, que ya está planeando su próxima campaña y supo hacerse de todos los contactos necesarios para volver y continuar estudiando el pasto antártico. 

Natalia está convencida que quiere ser científica en nuestro país, así tenga que trabajar un tiempo afuera mientras sigue publicando. Por su parte, sabe bien que tiene mejores posibilidades en el sector privado, pero no es su camino. Por eso, insiste en no permitir que la situación actual “nos saque las ganas”.


Fuente: Feminacida

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in