junio 10, 2026

Jule Goikoetxea: “hay que romper el triángulo liberal de las Bermudas: Estado, mercado y familia”.

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Filósofa y escritora, profesora en la EHU/UPV, Jule Goikoetxea es una conocida militante del movimiento feminista. Es autora de varios libros, entre ellos, Privatizar la democracia: Capitalismo global, política europea y Estado español (2019) y Politeísmo Bastardo. Cuatro días con Angela Davis (2025).

Begoña Zabala. ¿Qué me dirías con respecto al movimiento feminista de Euskal Herria, ahora mismo, pensando desde el 2017-2018, grandes huelgas feministas, las IV Jornadas feministas de Durango en el 2019, covid y empujón al tema de cuidados, huelga feminista general del 30N del 2023? ¿Crees que estamos ante un cambio de época o una nueva ola?

Jule Goikoetxea. Obviamente estamos en un cambio de época y de ciclo. Cada una con su temporalidad. Por un lado, el eje que se abrió de cuidados con la covid y la huelga hay que intentar mantenerlo porque el tema de los cuidados hace, avisa, indica, una cosa estructural del funcionamiento del patriarcado capitalista colonial, que es el trabajo no remunerado que hacen las mujeres en todo el mundo, por ser mujeres. Pero hay que dar un paso más ¿en qué términos vamos a hablar de cuidado y reproducción? Porque decir que el cuidado es imprescindible para reproducir la vida es no decir nada, ya que el estibador que mueve contenedores llenos de material sanitario de un buque a otro o el camionero que transporta las verduras son igual de importantes para reproducir la vida y a su trabajo no lo llamamos trabajo de reproducción o trabajo de cuidados. Veo un poco de lío con el tema del cuidado y la reproducción. Ambos están relacionados con el concepto de trabajo que ha sido definido como al sistema le conviene, porque todo el esquema de producción vs. reproducción está sustentando en teorías del valor no precisamente feministas. 

B. Z.: Yo creo que el feminismo ha trabajado bastante el concepto de trabajo y ha debatido desde esquemas conceptuales muy rupturistas. 

J. G.: Sí, claro, si no, no hubiésemos llegado así a la cuarta ola. Ni tendríamos esos discursos. Ni hubiésemos hecho la huelga de la forma en la que la hicimos. ¿Pero qué pasa con las organizaciones de izquierdas mixtas? ¿Están trabajando en serio el concepto de trabajo? ¿Están integrando el aporte del feminismo materialista en los sindicatos y los partidos? Yo tengo la sensación de que añaden muchas reflexiones como petacho.

Hay muchos sindicatos afirmando que el trabajo reproductivo es el que no se paga; pero al mismo tiempo llaman trabajo reproductivo al trabajo de cuidado de las residencias, que sí se paga; ahora bien, si se paga, entonces es productivo, según su propia definición de productivo. Entonces, pregunto de nuevo: cuál es la diferencia entre el trabajo reproductivo y el productivo, si no es el valor de cambio o de uso. ¿Por qué la comida hecha en la casa familiar es cuidado o trabajo reproductivo, pero la misma comida hecha en el restaurante es hostelería y trabajo productivo? Porque cambian las relaciones de producción. Porque ese trabajo reproductivo de cuidado se da dentro de unas relaciones de producción específicas, las relaciones de producción familiares. Y esa misma tarea, al cambiar las relaciones de producción, se vuelve productiva y no se le llama cuidado. Porque cuidado o trabajo reproductivo es en realidad todo el trabajo que las mujeres hacen sin cobrar en los sistemas patriarcales, independientemente de la tarea en concreto. Y esto indica que muchos sindicatos y partidos han dejado de analizar la sociedad en términos de relaciones de producción, y van añadiendo los análisis feministas como petachos culturales, como adornos. Y al final, si te lees los programas de los sindicatos y partidos de izquierdas tanto del Estado español como de Europa, son similares, un pegote colosal de fragmentos con dudoso sentido emancipatorio. 

B. Z. Parece, entonces, que las organizaciones mixtas hacían caso a lo que el movimiento decía en las huelgas, pero luego la inercia las lleva a reproducir las mismas ideas ¿no?

J. G. Las huelgas feministas lo que ponen encima de la mesa es, precisamente, que no es suficiente con repartir las tareas en casa; primero, porque no estamos hablando de tareas sino de trabajo y, además, el concepto de trabajo implica unas relaciones de producción, que son las que hay que cambiar y para cambiarlas hay que romper el triángulo liberal de las Bermudas: Estado, mercado y familia. 

Creo que la lucha antifascista debe tener como objetivo romper ese triángulo, no reformarlo. Y lo que veo es que la mayoría, también en la izquierda, es reformista de la familia, no rupturista.

B. Z. Para romper el triángulo ¿hay que ser militante o activista?

J. G. Creo que falta militancia, pero tampoco quiero repetir la militancia que se creó para hacer frente al capitalismo industrial de hace un siglo, cuando las mujeres apenas podían acceder al mercado como sujetos de contrato y eran casi totalmente dependientes de los hombres para sobrevivir. Ha pasado un siglo y las lógicas de explotación han cambiado, no solo porque el capitalismo se ha financiarizado y digitalizado, sino porque está aplicando las lógicas de desposesión tradicionalmente ejercidas contra las mujeres y las poblaciones colonizadas y racializadas, a toda la clase trabajadora dentro del imperio. 

Hay muchos tipos de militancia, pero cuando en Euskal Herria hablamos de militancia nos referimos normalmente a la militancia fordista donde una gran mayoría de hombres trabajaban en el mercado con un horario determinado o fijo y luego podían reunirse en asambleas para planificar su lucha porque a esa misma hora había otra persona, normalmente mujeres, que seguían trabajando sin cobrar para mantener las condiciones de posibilidad de esa misma militancia a la que no podían acudir en masa. Triángulo liberal de las Bermudas otra vez: tienes el mercado donde trabajas, la sociedad civil donde militas y el Estado que protege tus derechos de asociación y protesta y bla, bla, bla. Pero solo algunos han accedido a esto. Quienes no tienen horarios de curro fijos, casi todas las mujeres que son madres para empezar, quedan fuera, pero también las personas migrantes que no tienen derechos y no son protegidas sino perseguidas por el Estado, hagan lo que hagan. Entonces, hay que crear tipos de militancia diversos y relacionar la militancia con la organización constante y disciplinada, pero no necesariamente vinculada al lugar de creación de plusvalía, sino de vida, lo que en términos marxistas implica incluir la lucha en el circuito de realización del valor, como es la militancia en los sindicatos de vivienda o en las asambleas antinucleares, aquellas que militan en contra de la familia nuclear y a favor de crear otra unidad de gobierno social que no sea la familia hetero-burguesa. 

Si solo militas en lo que tradicionalmente llamamos lugar de producción, es decir, la lucha sindical para la mejora salarial y, pongamos, que consigues una subida de 100 euros al mes, ¿qué pasa si luego el casero te sube 200 euros el alquiler en la llamada esfera de consumo o realización del valor? Pues que tu lucha en la producción del valor no es suficiente.

B. Z. ¿Crees que el activismo se presenta muchas veces como más compatible con la vida personal actual? 

J. G. El activismo a veces se presenta como una cooptación de la militancia, como una militancia light, liviana, fresca, que puedes hacer sola y en todos los sitios, libre de disciplinas y de representación. Creer que la lucha contra la dominación se puede hacer sola, de forma liviana, con una estética fresca y un discurso que no molesta a nadie es como creer que un anuncio te puede emancipar. Una amiga mía dice que hay mucha activista que termina siendo un juguete roto de las redes sociales, porque creían que tener seguidores es como tener comunidad. Y no tiene nada que ver. 

Cuando estoy trabajando fuera, sola y rodeada de esa elite bien vestida, tendente a señor brillante mundialmente reconocido, mi sostén es que yo tengo un pueblo detrás, señor, y usted a la Comisión Europea que financia el genocidio y su investigación. Y tengo un pueblo, porque aquí hay movimientos, partidos, sindicatos que además te piden cuentas, porque creo que Euskal Herria es un pueblo que te deja muy claro que si brillas es porque alguien te ha limpiado bien. Esto me gusta. Principio de realidad, que diría Lacan. 

Pero en términos generales la fragmentación individualista que impone la cosmovisión liberal lleva a que mucha gente divida la militancia o el activismo de la vida personal, porque la modernidad ilustrada se basa, de nuevo, en el triángulo de las Bermudas, que divide la vida entre mercado, familia y Estado, donde la familia es entendida como vida personal o privada, es decir, no política. Y entonces hay una enorme disociación, porque la gente milita muchas veces en contra de lo que luego hace en su vida personal, hasta que llegan a los cuarenta y dejan de militar o de ser activistas para dedicarse totalmente al mercado (trabajo) y a la familia (vida personal), y desaparecen de nuevo en el triángulo liberal de las Bermudas. 

B. Z. Siempre hay un intento de politizar algunas cosas y naturalizar otras ¿qué pasa con el intento de cooptación de las luchas por parte de las instituciones neoliberales?

J. G. Cuando una lucha empieza a adquirir fuerza, el sistema despliega sus mecanismos de cooptación y captación como dices. Lo que hace el neoliberalismo ante la lucha obrera, antirracista, feminista y trans, es reducirla a algo marketizable, a un producto que se pueda vender. Entonces, cogen una necesidad o una experiencia compartida de injusticia y te la convierten en producto. Si la politización de las identidades naturalizadas, por ejemplo, hombre y mujer, adquiere importancia porque el relato emancipador dice que esas identidades son producto de un sistema de dominación que hay que destruir, y para ello, una de las estrategias es la proliferación de géneros o la neutralización de géneros, entonces el neoliberalismo te vende la proliferación de géneros y su neutralización. Ejemplo: “teníamos peras (hombres) y manzanas (mujeres), y ahora tenemos también mandarinas (personas trans, no binarias, queer); por tanto tú, como individuo racional y libre, puedes elegir ser pera, manzana o mandarina, así que eres más libre que antes porque ahora puedes elegir tu identidad como eliges una caja de leche en el supermercado”. Lo cual nos lleva a las dos mentiras mejor financiadas del mundo moderno que es la libertad individual de elección y que los hombres y las mujeres nacen. Pues mira no, esto no va de peras y manzanas. Porque las peras pueden vivir sin manzanas, y las mandarinas sin peras, pero los hombres no pueden vivir sin mujeres. Igual que no puede haber blancos sin racismo y colonialismo, ni proletarios sin capitalismo, así que no, no puede haber mujeres y hombres sin patriarcado, pero la mayoría piensa en lógica neoliberal, cristiana y esencialista, y por eso funciona tan bien el neoliberalismo cristiano y esencialista y su venta de identidades al por mayor.

Para nosotras, desde el feminismo materialista, no puedes elegir tu identidad, la puedes cambiar, colectivamente y con mucho sufrimiento en general y si tienes condiciones para ello, porque la identidad política no es una marca de leche, es la dimensión semiótica de un sistema de dominación material. Así que el cambio de identidad política nunca se puede hacer solo individualmente, porque tú cambias las identidades mediante las prácticas y los hábitos, y no puedes cambiar los hábitos si no cambias el contexto. Y el contexto son estructuras. Y esto es lo que le jode a toda esa horda de reaccionarios que hablan del lobby queer. No les jode que puedas elegir tu identidad como una caja de leche, ni siquiera que la existencia de lo queer deje al descubierto su bonita y limpia normatividad; lo que les jode es que una panda de locas putas y peludas, con una clarísima conciencia de clase en todos los niveles, nombren la normatividad como supremacismo y el orden tradicional, natural y familiar de las cosas como orden político patriarcal, colonial y racista. 

B. Z. ¿Qué pasa con la ola reaccionaria, el supremacismo y el sujeto que según tu encarna esa reacción?

J. G. Esto lo hemos dicho muchas veces: cada sistema productivo produce sus propias arquitecturas políticas y sus propios sujetos políticos. El sujeto de la modernidad, dicho así, muy rápido, el sujeto del capitalismo liberal es un ser muy guapo, muy listo, muy hombre y tendente a blanco. Este sujeto entra en un proceso de deslegitimación, ya no es el modelo a seguir para muchísima gente. ¡Pero estos procesos de deslegitimación son largos, eh! No ocurren en una sola generación. Lo que pasa es que cristalizan a veces, de repente, en los ciclos de movilización. Parte de la falta de legitimidad de ese sujeto se debe a que su normalidad, su manera de ser normal y, por tanto, de ser la norma, se destapa como normalidad supremacista porque el sujeto moderno se ha creado como aquel que es no solo superior a todos los animales y a todos los seres vivos, sino que los hombres son superiores a las mujeres, los blancos superiores a los no blancos, etc. Es todo un sistema supremacista y jerarquizado lo que de facto constituye el sujeto universal, porque universalidad es hegemonía.

Ha habido muchos esfuerzos desde la izquierda por reformar ese sujeto universal, pero las reformas, se vistan como se vistan… Una cosmovisión que desde hace muchos siglos basa su producción de ciencia, de plusvalía y de sentido en la idea de un sujeto supremacista no se reforma con leyes de conciliación, ni con pedagogía asamblearia. 

B. Z. Es que muchas veces las agresiones super violentas vienen del fascismo, pero no solo. Creo que el fascismo crece porque hay un suelo abonado donde crecer. 

J. G. Eso es. Una cosa es el fascismo y otra la ola reaccionaria, pero van juntas porque, como dices, el fascismo es la punta del iceberg supremacista. El otro día decía en un artículo que el feminismo no ha cambiado nada ¿sabes? Y como no ha cambiado nada, por eso está el fascismo prohibiendo el aborto, la educación sexual, el acceso a la sanidad de las personas trans, quitando los pasaportes a las personas no binarias, prohibiendo palabras como feminismo o igualdad, porque el feminismo no ha conseguido nada. Claro. Por eso en 2030 el 43 % de mujeres serán solteras. Porque el feminismo no ha conseguido nada. Y por eso la demografía está desplomada, no es porque las mujeres han decidido que ser madre ya no es prioritario para ser mujer, sino porque la economía va mal, sabes, no como en la época de mi abuela, que la economía fantástica iba y por eso tuvo nueve hijos. Porque todo el mundo sabe que las mujeres no deciden nada como mujeres a no ser que los hombres nos pasen sus sesudos análisis económicos, publicados todos en medios super de izquierdas, que nos explican a las mujeres que la causa de no querer tener hijos es la economía, no el feminismo. Porque las mujeres como mujeres no son capaces de cambiar nada, eso solo lo hacen otras luchas, nunca la feminista. Y este pensamiento es el poso, ese bajo fondo, donde se reboza todo reaccionario, también los de izquierdas. 

La realidad es que muchísimas mujeres no quieren ya ser sirvientas, ni subalternas de sus hombres, y es que el feminismo ha conseguido que la familia se perciba, no como unidad de amor e igualdad, sino como una unidad de producción donde las mujeres de todo el mundo trabajan gratuitamente y sufren la mayoría de agresiones sexuales y violaciones. Nos estamos cargando la familia hetero-nuclear y eso lo saben muy bien la iglesia y el fascismo. Esto lo ha conseguido la lucha feminista. Estamos mostrando a las generaciones venideras cómo la lucha siempre merece. 

No olvidemos nunca el análisis materialista. Están muy, pero que muy enfadados, porque estamos tocando los pilares de un sistema de producción, el familiar, y esto afecta a toda la cadena de producción de plusvalía, de producción de sentido y por tanto de producción de sujetos. 

B. Z. Ahora me gustaría que hablases del Estado. Gran parte de tu investigación y de tus escritos son sobre el Estado moderno. Afirmas que está cambiando. ¿Cómo, hacia donde, por qué?

J. G. El Estado keynesiano, en el que nosotras nacimos y en el que vivimos desde finales del siglo XX, se está transformando por completo. Eso significa que el Estado llamado de derecho y de bienestar tal y como lo hemos conocido va a desaparecer. Se está dando una transferencia de poder interna en las estructuras del Estado. El Estado que conocíamos, dividido en tres ramas, judicial, legislativa y ejecutiva, está perdiendo poder en la rama legislativa, y está transfiriéndose a la rama ejecutiva, al gobierno. Y los sistemas judiciales están apoyando a los sistemas ejecutivos. Esto significa que la rama legislativa, que es la de la representación del pueblo, la de la soberanía popular, pierde peso. De hecho, la UE nace ya sin un parlamento serio. Porque la UE es ya un producto de la arquitectura neoliberal, de un capitalismo neocolonial financiero y de servicios, que difiere del capitalismo industrial europeo típico del siglo XX. Están desapareciendo los pocos canales que existían para transferir la soberanía popular, por muy horribles que fueran dichos canales. En este momento tenemos Estados totalmente corporativos, es decir, Estados donde manda la rama ejecutiva de la mano de las corporaciones o empresas capitalistas y todo de manera legal porque el aparato de justicia legaliza toda esta transferencia de poder. 

Lo de que el Estado sea la rama ejecutora de las corporaciones no es nuevo, pero es una vuelta extraña al siglo XIX. El ataque estadounidense de Venezuela lo hace la rama ejecutiva, sin pasar por el congreso, rama legislativa. Y si te fijas, lo primero que hace Trump, junto a deportar y encerrar a personas racializadas y prohibir el aborto a las mujeres, es seguir desmantelando el Estado, pero a lo grande, por lo que no podrá sacar mucho dinero mediante hacienda y por tanto serán las corporaciones las que financien cada vez más las guerras, por lo que serán guerras llevadas a cabo no como nación, con Ejército nacional, sino como Estado corporativo con ejércitos privados.

B. Z. ¿Y cómo afectará esto a las diferencias de poder dentro del Estado, en la sociedad?

J. G. Todas las desigualdades estructurales pertenecen a estructuras, y una de ellas es el Estado, por tanto, las desigualdades sociales están sustentadas, apoyadas y financiadas por el Estado. No sólo esas estructuras que deciden mediante sus leyes y sus derechos quién es ciudadano o no, ahí tenemos la Ley de Extranjería, y quién es por tanto sujeto de derecho, es decir, sujeto, en una palabra, sino que también impone jerarquías y crea por tanto sujetos de diferente valor dentro de su propia ciudadanía. Es el Estado el que garantiza que sean las mujeres las que piden las excedencias por cuidado, que sean ellas las que salen del mercado, trabajen cuidando sin cobrar y pierdan, según el Banco de España, y de entrada, un 5 % de su sueldo. Pero es que a los cinco años la pérdida de capital económico de las mujeres madres aumenta a un 33 % que nunca recuperarán. En cambio, ese hombre que se ha convertido en padre va a ganar un 15 % más en capital económico. Para que nos hagamos una idea de cómo funciona el Estado patriarcal, capitalista y colonial, con sus leyes y sus derechos. Esta misma situación, pero sin sanidad, educación, servicios públicos y sin trabajo, o con un trabajo horrible, es la que viven varios millones de personas en el Estado español. Todo de forma legalizada.

Pero la cuestión también es por qué es legal que al ser madre te empobrezcas y al ser padre te enriquezcas. Y cómo el capital económico te da acceso al capital cultural, social y simbólico. Y cómo el trabajo no remunerado que hacen las mujeres por ser mujeres, no les aumenta nunca ni el capital económico, ni el cultural ni el simbólico. Y todo esto lo regula el Estado. Por eso decimos que si hay mujeres y hombres hay Estado patriarcal, si hay racializadas y blancas hay Estado racista y colonial, y si hay clase capitalista hay un Estado capitalista. 

B. Z. ¿Crees que son necesarias más lecturas de género sobre el Estado?

J. G. Se habla muchas veces de lecturas de género sobre el Estado, pero siempre digo que más que lectura de género hay que hablar de racialización, de sexualización y de trabajo. Porque si no, parece que el género solo va de estética, o de formas de andar y de hablar, y no de trabajo y de violencia. De lo que puedes y no puedes hacer en tu vida diaria. Se requiere un análisis materialista. 

Por eso en el libro Democracia Patriarcal 1 decíamos que hay que tener en cuenta las diferentes esferas del Estado. No solo una definición del Estado que esté relacionada con las clases y las nociones de clase, que esto sería Gramsci, Poulantzas y Jessop, que dicen que el Estado hay que entenderlo en base a las clases sociales y que, por tanto, se requiere un análisis de clase. Aquí es donde decimos que nosotras, las personas sexualizadas, no somos una clase natural, sino social, igual que las personas racializadas no son una clase natural. Por eso no me gusta hablar de políticas de identidad versus políticas de redistribución. Es un marco liberal, es un marco misógino y racista, porque pretende hacernos creer que hay desigualdades culturales que no son materiales. Si tu tienes una desigualdad social entre hombres y mujeres, entre personas racializadas y no racializadas, es porque hay un sistema material que produce materialmente esos sujetos racializados o sexualizados. No es que tengas personas blancas, negras y marrones correteando por el monte a quienes luego se les añaden las relaciones racistas, sino que hay un sistema racista que produce razas, sujetos racializados y no racializados. Lo mismo con el sexo. Y cuándo preguntas: ¿qué sistemas son esos? Muchos miran para otro lado.

B. Z. Tenemos al fascismo enfrente, y cada vez más, en las instituciones. ¿Planteamos autogestión, autogobierno, Estado…?

J. G. Es imprescindible que la gente tenga instrumentos y condiciones materiales para poder prestar atención y hacer análisis serios de la realidad. Sin conocer algo es muy difícil enfrentarlo. A esto lo llamo Autodefensa Epistémica: si no tenemos nuestro análisis, nuestro relato de la realidad, van a ganar. 

Esto implica efectivamente un análisis más fino del Estado ¡La izquierda europea, incluida la nuestra, tiene un problemón con esto, eh! Están haciendo análisis del Estado de hace 80 años, como si la historia se hubiera petrificado a mediados del siglo XX. Los partidos de izquierdas se limitan a defender un Estado liberal de derecho, pero menos colonialista, sexista y capitalista, dentro siempre de una cosmovisión donde el Estado es malo y la gente buena. Gente buena que viola a una mujer cada diez segundos. Gente muy buena que mata a sus esposas como forma de vida: cinco asesinadas por hora. Este marco de el Estado es malo el individuo bueno, es liberal. 

Así que ¿Estado o autogestión? Con toda certeza, ambas. Porque hay niveles que no se pueden organizar mediante autogestión. Yo no sé cómo se trata el cáncer con autogestión, ni como se crean médicas masivamente que te puedan tratar el cáncer mediante autogestión, ni sé cómo se hacen las maquinas que te detectan el cáncer con autogestión, la verdad. Yo lo único que sé es que la estructuración política que llamamos Estado no la inventaron los europeos, que el Estado puede ser capitalista o socialista, puede ser colonial o anticolonial, y puede ser patriarcal o feminista. El Estado da efectividad, sea para matar o sea para curar el cáncer. Como decía Foucault, el Estado no es ni bueno ni malo, porque no tiene corazón. ¿Pero es que hay gente que cree que el Estado genocida de Israel es un andamio asesino y no gente matando muy bien estructurada y financiada, a diferencia de las y los palestinos, que no tienen estructura alguna? Y sinceramente, en el mundo actual, yo quiero un Estado palestino, no un poblado autogestionado palestino. 


  • Link de la entrevista: https://vientosur.info/jule-goikoetxea-hay-que-romper-el-triangulo-liberal-de-las-bermudas-estado-mercado-y-familia/
Por Begoña Zabala, feminista y redactora de Viento Sur.

 Autoras: Jule Goikoetxea Mentxaka, Zuriñe Rodríguez Lara, Lore Lujanbio Etxeberria y Estitxu Garai Artetxe (2022) Ed. Txalaparta

junio 09, 2026

Mujeres afganas completan sus estudios de medicina, pero se les impide ejercer

La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Entrada a un hospital en Kabul. En Afganistán se enfrenta una grave escasez de personal médico, porque las mujeres graduadas en medicina no pueden presentarse al examen indispensable para ejercer la profesión. Imagen: Learning Together

Afganistán se enfrenta a una grave escasez de médicos, pero aun así el régimen islamista del país ha impuesto restricciones a las estudiantes para que no puedan graduarse, lo que agrava aún más la la crisis. Para peor, a las licenciadas en medicina se les prohíbe presentarse a los exámenes que les otorgan la titulación profesional necesaria para ejercer como médicas.

La joven Nilab (nombre ficticio para proteger su identidad) se licenció en Medicina hace tres años en la Universidad Al-Birun, en la oriental provincia de Parwan. No ha podido ejercer su profesión porque los talibanes han prohibido a las mujeres presentarse al examen final de Medicina.

Ese examen final es una prueba destinada a evaluar la competencia de los licenciados en Medicina. Se realiza tras siete años de estudios. Una vez superado el examen, se concede al licenciado la licencia para ejercer la medicina. Quienes han obtenido la licencia también pueden solicitar formación de especialización en hospitales universitarios.

«Si un médico no aprueba el examen final obligatorio, la situación es la misma que si fuera un estudiante que acaba de terminar el instituto. Al solicitar un puesto de trabajo en cualquier centro de salud, la primera pregunta es: ‘¿Ha realizado el examen final?’. Sin él, no se puede trabajar en ningún hospital, ni siquiera como enfermera», afirma Nilab.

El examen final se celebró por última vez para las mujeres en 2021, el año que en agosto retornaron al poder los talibanes, tras haber gobernado el país entre 1996 y 2001. Desde entonces, solo se ha permitido a los hombres presentarse al examen.

Esa situación está agravando la ya grave escasez de médicos en Afganistán

«Estudié durante 19 años. De ese tiempo, viví en una residencia en otra provincia durante siete años, lejos de mi familia. Fue una época difícil. En la etapa final, un solo examen, el examen final, ha frenado todo mi progreso. Ahora me han arrebatado mi futuro», detalla apesadumbrada Nilab.

Ella vive con su madre en Kabul, y su familia tiene siete hermanos: cuatro chicas y tres chicos.

Dos de sus hermanas y dos de sus hermanos también se han graduado en la universidad, pero su futuro es incierto.

Su hermana menor obtuvo una de las puntuaciones más altas en el examen nacional de acceso a la universidad y fue admitida para estudiar medicina, pero no pudo completar sus estudios. Otro de los hermanos de Nilab se graduó en literatura rusa, pero está desempleado.

Los únicos ingresos de la familia provienen de su madre y de una de sus hermanas, otra médica llamada Khalida (otro nombre ficticio), que trabajan como profesoras de niñas de primaria en una escuela pública. Con sus escasos salarios, soportan la carga económica de toda la familia.

Nilab ha intentado ganarse la vida por otros medios. Hasta hace poco, a las mujeres se les permitía estudiar en escuelas técnicas de salud no universitarias.

«A pesar de todas las dificultades, trabajé como profesora en una escuela de salud de dos años. Sin embargo, en enero de 2025, también perdí esa oportunidad cuando los talibanes cerraron las escuelas de técnicas de medicina», dice Nilab.

Los años de educación desperdiciados le han causado una pesada carga psicológica, estrés y ansiedad.

«Hemos visto cómo muchas mujeres jóvenes se han quitado la vida en los últimos años. La confianza de las jóvenes en el gobierno, la justicia y los derechos humanos se ha desplomado hasta llegar a cero. Cuando se silencian las voces de las mujeres y estas permanecen encerradas dentro de nosotras, se convierte en un dolor insoportable. El dolor nos desgasta, se convierte en una herida que no cicatriza», describe.

La decisión de los talibanes ha afectado a todas las estudiantes femeninas de último curso de medicina que completaron sus estudios en 2022 y años posteriores. Ahora hay escasez de mujeres en medicina interna, odontología, cirugía, cardiología e incluso obstetricia y ginecología.

Khalida, la hermana de Nilab, tuvo la suerte de graduarse en una universidad privada de medicina de Kabul en 2022, cuando las restricciones talibanes para las mujeres aún estaban en proceso de consolidación.

Una calle de Kabul, donde como en otras partes de Afganistán las restricciones a la educación y el empleo de las mujeres están agravando la crisis sanitaria. Imagen: Learning Together

«Nuestras vidas han quedado completamente destrozadas al no poder presentarnos al examen final. El futuro con el que una vez soñamos se ha esfumado. Trabajamos duro para este futuro, lo que incluyó 12 años de colegio, un año de preparación para el examen de acceso a la universidad y siete años en la universidad, pero todo ese esfuerzo se ha perdido ahora», indica Khalida.

Tras graduarse, Khalida trabajó durante un tiempo en varios hospitales privados sin cobrar para adquirir experiencia en el campo. Al mismo tiempo, se especializó en ecografías. Sin embargo, no se organizó el examen final ni el examen necesario para la especialización, y finalmente se vio obligada a quedarse en casa.

A veces, las médicas se ven obligadas a realizar trabajos que no se ajustan a su formación y que están muy mal remunerados.

«También trabajé durante un tiempo en un hospital distribuyendo suplementos nutricionales a pacientes desnutridos. Sin embargo, este es un trabajo que puede hacer incluso alguien con estudios de secundaria. Somos médicas que hemos estudiado medicina durante siete años, y deberíamos atender a las mujeres en los ámbitos relacionados con nuestra profesión», cuenta.

Khalida está estudiando inglés fuera de la universidad, con la esperanza de aprobar el examen nacional de dominio del inglés para poder obtener una beca y continuar sus estudios en el extranjero.

Como su hermana, lamenta que 19 años de estudios en Afganistán no le han permitido aliviar el sufrimiento de los demás ni el suyo propio. Sigue dependiendo del apoyo económico de su familia. Sin él, teme verse obligada a permanecer entre las cuatro paredes de su casa.

Como consecuencia de las numerosas restricciones impuestas por los talibanes a las mujeres, muchas han perdido interés en sus propias vidas. Algunas han perdido la fe en el matrimonio, mientras que otras se han visto obligadas a casarse.

«Soy soltera y no tengo ningún deseo de casarme en Afganistán en las circunstancias actuales. No quiero permitir que la sociedad tenga una nueva generación que sea aún más infeliz que la mía», afirma Khalida.

Los expertos de las Naciones Unidas han advertido de que las restricciones a la educación y el empleo de las mujeres en Afganistán están agravando la crisis sanitaria del país, sobre todo al reducir el número de médicas y otras profesionales sanitarias que podrían tratar a las mujeres.

«Las médicas no podemos atender a las mujeres de nuestra sociedad a pesar de nuestros años de formación. En cambio, nos hemos convertido en una carga para nuestras familias. No hay nada más difícil para una mujer con estudios que esto. Sufrimos simplemente por ser mujeres que vivimos bajo el régimen talibán», lamenta Khalida.

junio 08, 2026

Estado, cuidados y el papel social de la escuela

Más allá de la enseñanza, las escuelas permiten a las familias conciliar trabajo, crianza y autocuidado, una función que aún carece de reconocimiento pleno y distribución equitativa.



En días pasados, padres y madres de familia fuimos sorprendidas por un anuncio oficial de la SEP en el que se comunicaba el cierre anticipado del ciclo escolar 2026. Se informó que este se adelantaría más de un mes – del 15 de julio al 5 de junio– debido al caos que se anticipa en las ciudades sedes del mundial (Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México) y a la dificultad de los traslados. Asimismo, se buscó justificar dicho cierre al aludir a que muchos días de finales de curso se dedican a labores administrativas y no a actividades propias de los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Aunque la medida fue revertida a raíz de la manifestación de un muy generalizado descontento, vale la pena reflexionar sobre el importante papel que tiene la escuela, además del propiamente educativo, como lugar que coadyuva en la provisión de cuidados indispensables para el sostenimiento de la vida y de la conciliación de las múltiples y diversas actividades que las familias realizan cotidianamente y con las que se contribuyen, directa e indirectamente, al crecimiento económico y a la reproducción social.

La reciente Opinión Consultiva OC-31/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reconoce que gran parte del trabajo de cuidados pagado se realiza “(…) en guarderías, escuelas, centros médicos, centros de cuidado de personas ancianas, o al interior de los hogares, tanto de manera profesionalizada como no profesionalizada” (CIDH, 2025: 9).

Es decir, la escuela sí forma parte del entramado de provisión de cuidados, aunque los provea de manera informal y sin el reconocimiento expreso de dicha función en su misión oficial. Hay que recordar que el surgimiento de las guarderías públicas tuvo lugar, a gran escala y de manera reglamentada en las leyes del ISSSTE y del IMSS, en los años sesenta y setenta del siglo XX, como parte de una política que buscaba insertar a más mujeres en el mundo laboral (Valderrama 2017). Actualmente, las escuelas también cumplen la misma función que originalmente se atribuía a las guarderías; el modelo de escuelas de tiempo completo de 2007 buscaba otorgar más tiempo a las familias.

Por tanto, desde el siglo pasado se ha reconocido la existencia de una correlación importante entre la inserción laboral de las mujeres, el logro de altos niveles de escolarización y la disponibilidad de tiempo para dedicarse a labores productivas y educativas. Las guarderías y las escuelas son esos espacios en los que las familias podemos delegar a las infancias por algunas horas al día para disponer de ese tiempo que, de otra manera, no tendríamos a nuestra disposición o a costos muy elevados. En dicha medida, el papel de la escuela –pública y privada– consiste en reconocerle un triple propósito: en primer lugar, el de generar conocimientos, habilidades y destrezas en las infancias; en segundo lugar, el de contribuir a la ciudadanización y al pensamiento crítico de las personas; y, en tercer lugar, el de descargar a las familias del trabajo reproductivo para que también puedan dedicarse a labores productivas.

Además, la CIDH, en la misma opinión consultiva, reconoce como derecho independiente el autocuidado, lo que implica que también es exigible, desde el punto de vista de los derechos sociales, el goce de tiempo para el descanso, el ocio y las actividades de esparcimiento. Antes se pensaba que el autocuidado era casi un lujo de mujeres privilegiadas; ahora se asume como un derecho independientemente de la clase social, del tipo de actividad remunerada y de la zona de residencia.

Por ello, la escuela también contribuye a que las familias gocen de más tiempo para dedicar al ocio, al menos en periodos vacacionales, ya sea para la madre o el padre de familia y a concebir el autocuidado como un derecho general, para cuyo ejercicio es necesario disponer de tiempo de calidad. La investigadora Brígida García Guzmán ha identificado la persistencia, en el caso mexicano, de la pobreza de tiempo en las familias y entre las mujeres mexicanas (García Guzmán 2019). Claramente, la escuela no resuelve la falta de tiempo de la que usualmente carecemos; sin embargo, puede contribuir a ofrecer un piso mínimo de disposición del que todas nos beneficiemos en alguna medida.

La tendencia que ha marcado la CIDH en cómo concebir el derecho a recibir y ofrecer cuidados y al autocuidado, exige entender el sistema de provisión de cuidados de una manera más amplia, interdependiente entre varias esferas –Estado, comunidad, familias y sector privado– y menos restringida a los espacios formalizados para dichos fines, como en el caso de las familias nucleares o los servicios de asistencia contratados.

Hay que reconocer que la escuela sí es un espacio de provisión de cuidados, no estrictamente educativo, y que contribuye de manera importante a la conciliación de las diversas dinámicas que ocurren en las familias, gracias a lo cual podemos avanzar hacia la garantía de más y mejor cuidado y autocuidado para todas y todos.

Fuente: La Cadera de Eva

Referencias:

Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2025). El contenido y el alcance del derecho al cuidado y su interrelación con otros derechos (Resumen oficial). 


García Guzmán Brígida (2017). “El trabajo doméstico y de cuidado: su importancia y principales hallazgos en el caso mexicano”. Estudios Demográficos y Urbanos. Vol. 34, núm. 2 (101), mayo – agosto, 2019, pp. 237 – 267.

Valderrama, Gamaliel. “Cuando se convencía a las mamás de llevar a sus hijos a guarderías”. El Universal (11/08/2017). Descargado de: https://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/colaboracion/mochilazo-en-el-tiempo/nacion/sociedad/2017/08/12/cuando-se/

junio 07, 2026

La distribución del tiempo: el próximo reto de la igualdad


En la última semana se han puesto sobre la mesa tres conflictos sociales aparentemente distintos que, en realidad, comparten un disparador común: la distribución del tiempo. En Baleares, el Govern ha destinado ayudas económicas y de horas para facilitar la conciliación familiar dentro las empresas. En Galicia las familias se ha quejado del desgaste emocional que suponen los cuidados y cómo el envejecimiento de la población convierte a los cuidados en una cuestión pública y, en La Rioja, las trabajadoras de las residencias han denunciado la falta de personal y la dificultad para garantizar su descanso. Las tres noticias rebelan un mismo problema: la carga de tiempo recae sobre determinadas personas, mayoritariamente mujeres, que están asumiendo un trabajo extra donde el sistema no llega.

La mayoría de las políticas de igualdad se han centrado hasta ahora en dos grandes objetivos: garantizar los derechos y reducir las diferencias económicas. La brecha salarial, por ejemplo, refleja la desigualdad entre hombres y mujeres a la hora de tener las mismas oportunidades laborales, ser promocionadas o acceder a puestos directivos, pero no repara en la otra cara de la misma moneda: la desigualdad en el acceso al tiempo.

No todas las personas disfrutamos de las mismas horas para formarnos, descansar, participar en la cultura y la política, hacer deporte, desarrollar proyectos personales o simplemente tener ocio. Y esa desigualdad tiene un fuerte componente de género, ya que los cuidados recaen más sobre las mujeres. Según datos citados en El Parlamento, las mujeres dedican 17 horas semanales más que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado, lo que equivale a dos jornadas laborales, o de formación o de ocio.

En España, un estudio realizado por EAE Business School a finales de 2025 afirmaba que el 70,2% de las excedencias por cuidados las solicitan mujeres, el 16,5% de las mujeres trabaja a tiempo parcial debido a responsabilidades familiares, frente al 3,4% de los hombres y el 47% de las mujeres declara que la maternidad ha afectado a su carrera profesional, frente al 8% de los hombres.

Políticas de igualdad orientadas a redistribuir el tiempo

Observando esta variable, que está íntimamente ligada a la desigualdad económica y a la falta efectiva de derechos, las administraciones publicas podrían poner en marcha estrategias para medir y combatir la pobreza de tiempo. No planteándolas como ayudas puntuales a las personas que asumen una carga extra de cuidados, sino planteándolas como un reto público necesario para lograr la igualdad y el bienestar de toda la sociedad. Para ello sería necesario estudiar y medir esas diferencias de gestión del tiempo entre hombres y mujeres y situar los cuidados en un lugar central.

También sería conveniente proponer medidas concretas que puedan liberar a las mujeres de asumir esas cargas. Ampliando, por ejemplo, el acceso a escuelas infantiles de 0 a 3 años. Ofreciendo más servicios públicos de cuidados para mayores y personas dependientes y otorgando más incentivos para los permisos de paternidad.

Poder disponer con libertad de nuestro tiempo, al igual que nuestros compañeros, también es necesario para lograr la igualdad real.

Fuente: Artículo14

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in