agosto 12, 2026

Titularidad compartida: una igualdad que aún no ha llegado al campo

Muchas mujeres continúan definiéndose como 'ayuda familiar' cuando son auténticas agricultoras o ganaderas, una invisibilidad que no solo afecta a su reconocimiento social sino también al acceso a prestaciones, pensiones, ayudas o indemnizaciones

Ganadera en una explotación de ganado vacuno de leche.

Durante décadas, el trabajo de miles de mujeres en el medio rural ha permanecido oculto tras una realidad tan cotidiana como injusta: trabajar de sol a sol en una explotación agraria sin aparecer como titular de ella. Han participado en la gestión, el cuidado de los cultivos, la atención al ganado, la administración e incluso en la toma de decisiones, pero su labor rara vez se ha traducido en reconocimiento legal, independencia económica o derechos propios. La creación de la figura de la titularidad compartida pretendía corregir esta situación. Sin embargo, más de diez años después de su implantación, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿ha conseguido realmente transformar la realidad de las mujeres rurales?

La Ley 35/2011 de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias fue recibida como un importante avance en materia de igualdad. Su objetivo era sencillo y, al mismo tiempo, profundamente necesario: reconocer que, cuando ambos miembros de la pareja trabajan en una explotación familiar, ambos deben compartir la titularidad, los beneficios, las ayudas públicas, las responsabilidades y los derechos derivados de esa actividad. Era una forma de hacer visible un trabajo que durante generaciones había sido ignorado por las estadísticas y, en muchas ocasiones, también por las propias instituciones.



Sobre el papel, la ley parecía una solución acertada. Sin embargo, la experiencia demuestra que aprobar una norma no garantiza su éxito. El número de explotaciones acogidas a este régimen continúa siendo muy reducido si se compara con el total de explotaciones familiares existentes en España. Esta escasa implantación no puede interpretarse como un fracaso de la idea, sino como el reflejo de problemas mucho más profundos que afectan al medio rural.

Las cifras muestran que la implantación de la titularidad compartida sigue siendo reducida. Según el Registro de Explotaciones Agrarias de Titularidad Compartida (Reticom), gestionado por el Ministerio de Agricultura, hay 1.654 explotaciones inscritas en toda España. Un análisis reciente señala que solo el 3,6 % de las mujeres que trabajan junto a sus parejas en explotaciones agrarias figuran como cotitulares. Aunque la cifra ha aumentado de forma progresiva en los últimos años, continúa siendo modesta si se compara con el volumen total de explotaciones agrarias existentes en el país.


Si el objetivo es fomentar la igualdad en el medio rural, las administraciones deberían reforzar las ayudas específicas para quienes opten por la titularidad compartida

En mi opinión, el principal obstáculo no es jurídico, sino cultural. Durante generaciones se ha considerado normal que el hombre aparezca como titular de la explotación mientras la mujer desempeña un papel secundario, aunque en la práctica ambos trabajen las mismas horas e incluso ella asuma gran parte de la gestión administrativa. Muchas mujeres continúan definiéndose como “ayuda familiar” cuando, en realidad, son auténticas agricultoras o ganaderas. Esa invisibilidad no solo afecta a su reconocimiento social, sino también a cuestiones tan importantes como el acceso a prestaciones, pensiones, ayudas o indemnizaciones.


A esta realidad se suma la complejidad administrativa. Aunque las administraciones han simplificado algunos procedimientos, todavía existen agricultores que desconocen la existencia de esta figura jurídica o consideran que los beneficios no compensan el esfuerzo burocrático. En muchas ocasiones falta asesoramiento especializado, campañas informativas eficaces y un acompañamiento cercano que facilite el proceso de inscripción. No basta con crear un derecho; también es necesario garantizar que las personas puedan ejercerlo de forma sencilla.

Otro aspecto que merece reflexión es el insuficiente incentivo económico. Si el objetivo es fomentar la igualdad en el medio rural, las administraciones deberían reforzar las ayudas específicas para quienes opten por la titularidad compartida. No se trata únicamente de conceder subvenciones, sino de premiar un modelo de gestión que favorece la corresponsabilidad, la transparencia y la igualdad efectiva dentro de las explotaciones familiares. Cuando las políticas públicas no ofrecen ventajas claras, resulta difícil que los cambios legales se traduzcan en cambios sociales.

La titularidad compartida adquiere aún más importancia en el contexto actual. El campo español atraviesa una etapa de profundas transformaciones: envejecimiento de la población agraria, falta de relevo generacional, despoblación de numerosas comarcas y crecientes exigencias medioambientales y tecnológicas. En este escenario, desaprovechar el talento y la capacidad de las mujeres rurales constituye un error estratégico. No puede hablarse de modernización del sector agrario mientras una parte esencial de quienes sostienen las explotaciones continúa sin el reconocimiento que merece.


Reconocer plenamente el trabajo de las mujeres significa aprovechar mejor el capital humano disponible y favorecer un desarrollo rural más sostenible

Además, la igualdad en el medio rural no debe entenderse únicamente como una cuestión de justicia social. También representa una oportunidad para fortalecer la economía agraria. Numerosos estudios muestran que las explotaciones donde existe una participación equilibrada en la gestión suelen ser más resilientes, innovadoras y capaces de adaptarse a los cambios del mercado. Reconocer plenamente el trabajo de las mujeres significa aprovechar mejor el capital humano disponible y favorecer un desarrollo rural más sostenible.

Tampoco puede olvidarse el impacto que esta figura tiene sobre las nuevas generaciones. Las jóvenes que desean incorporarse al sector necesitan referentes y modelos que demuestren que la agricultura y la ganadería no son actividades reservadas a los hombres. La visibilidad de mujeres titulares de explotaciones contribuye a romper estereotipos y a fomentar una participación más igualitaria en el futuro del campo.

Sin embargo, sería injusto responsabilizar únicamente a las administraciones. El cambio también depende de la sociedad, de las organizaciones agrarias, de las cooperativas y de las propias familias rurales. La igualdad no se alcanza solo mediante leyes; requiere modificar costumbres, superar prejuicios y reconocer que el trabajo tiene el mismo valor independientemente de quién lo realice. Mientras continúe considerándose normal que una mujer trabaje sin figurar oficialmente como titular de la explotación, la igualdad seguirá siendo incompleta.

En definitiva, la titularidad compartida constituye una de las herramientas más valiosas para avanzar hacia un medio rural más justo, moderno e igualitario. Sin embargo, su escasa implantación demuestra que aún queda un largo camino por recorrer. Las leyes pueden abrir puertas, pero son las personas y las instituciones quienes deben atravesarlas. Si realmente queremos un campo con futuro, competitivo y socialmente sostenible, resulta imprescindible dejar de invisibilizar a quienes llevan décadas sosteniéndolo en silencio. La igualdad no puede quedarse en un texto legal; debe convertirse en una realidad cotidiana en cada explotación agraria de nuestro país.

Fuente: El Diarios.es

agosto 11, 2026

El mito de las 12 semanas sigue restringiendo el derecho al aborto en México


Ilustración: Inge Snip/openDemocracy


Los plazos para efectuar abortos no tienen base científica, pero siguen excluyendo a las más vulnerables. 

Un prejuicio muy extendido, y reproducido en leyes, prácticas médicas y narrativas en México y otros países de América Latina, estipula que algunos abortos son tolerables y otros inconcebibles según los plazos en que se realicen. Pero esa idea no se basa en la ciencia ni en las estadísticas.

Quienes traspasan esos plazos se ven abocadas a estrategias para no ser vistas, juzgadas ni perseguidas, incluso en contextos donde el estigma opera con más fuerza que cualquier ley.

“Es importante trabajar el aborto avanzado porque es una necesidad real, pero no porque ahí esté la mayoría de los casos”, dijo a democraciaAbierta la experta en derechos reproductivos Mara Zaragoza.

Los abortos practicados después de las 12 semanas de embarazo constituyen entre el 10% y el 15% del total en todo el mundo, según estimaciones de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia. “En México sabemos que se registra aproximadamente un 10%”, agregó Zaragoza, subdirectora de fortalecimiento de la organización Ipas Latinoamérica y el Caribe (Ipas LAC), que defiende la libertad reproductiva.

Parte de ese porcentaje abarca circunstancias de vida y salud cambiantes y extremas: una enfermedad que se presenta cuando la gestación avanza, incluso con riesgo de vida, anomalías fetales que se diagnostican en el segundo trimestre, un embarazo “críptico” (no detectado hasta etapas avanzadas) o situaciones de violencia sexual y de género.

Buena parte de las mujeres y niñas que requieren un aborto más allá de las 12 o 14 semanas tienen situaciones de vulnerabilidad que les impiden acceder antes al servicio: viven en zonas rurales muy apartadas, son migrantes en tránsito, buscaron atención oportuna, pero se la negaron, o soportaron presiones familiares, de pareja o de otro tipo para continuar una gestación que no querían.
Un mapa fragmentado

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce desde 2020 el aborto como un servicio esencial de salud y un derecho humano fundamental, y en 2022 recomendó su despenalización total sin límites de edad gestacional.

La realidad legal en América Latina y el Caribe dista mucho de esa recomendación. Es un mosaico que va desde la prohibición absoluta hasta la despenalización, y que incluye una amplia discrecionalidad para fijar legalizaciones parciales por plazos, por causales o por combinaciones de ambos.

En El Salvador, Honduras, Nicaragua, República Dominicana y Haití no hay excepciones; el aborto es delito con prisión en cualquier circunstancia, con penas que varían desde los dos hasta los ocho años de prisión.

Otros países –Bolivia, Chile, Panamá y Brasil– lo tipifican como delito, pero reconocen diferentes excepciones en las que no es punible: riesgo de vida materno, cuando el embarazo es producto de una violación e inviabilidad fetal. Brasil y Bolivia no fijan plazos para los abortos bajo estas excepciones, mientras Chile y Panamá ponen plazos (de 12 o 14 semanas) para algunas, y Bolivia contempla incluso otras dos excepciones –pobreza extrema y ser estudiante– pero solo hasta la semana ocho de gestación.

En las leyes de Costa Rica, Guatemala, Paraguay, Perú y Venezuela, el aborto solo se permite para salvar la vida y/o la salud de la gestante en circunstancias específicas, sin mencionar plazos. En Perú se fijó el límite en las 22 semanas mediante una guía técnica.

En Uruguay, el aborto es legal en las primeras 12 semanas si se cumplen ciertos requisitos –como reflexionar durante cinco días para luego ratificar la decisión–, hasta la semana 14 en casos de violación, y, por riesgo de vida y salud e inviabilidad fetal, sin plazos. Por disposición ministerial –no una ley– Cuba permite el aborto sin restricciones hasta la semana 12 y a discreción médica después.

En México, 24 de 32 estados lo despenalizaron en las primeras 12 semanas, aunque solo 10 han incorporado su regulación en las leyes locales de salud. Pero desde 2023, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación lo despenalizó a nivel federal, todas las instituciones de salud federales están obligadas a brindar el servicio. Sin embargo, 90% de las atenciones aún se concentran en la Ciudad de México, la primera entidad del país que legalizó el aborto, hace 19 años.

Argentina y Colombia avanzaron por otras vías. En Argentina es legal por sola voluntad hasta las 14 semanas, y en Colombia está despenalizado hasta la semana 24. En los dos países se contemplan excepciones fuera de esos plazos.

Cualquiera sea el marco legal, los plazos aparecen como una frontera infranqueable, ya sea en leyes, protocolos o en el imaginario social, médico y legal.

Pero no responden a la evidencia científica. “Se basan en decisiones políticas, a menudo arbitrarias, que no consideran las diferentes necesidades de quienes gestan ni las barreras específicas que enfrentan quienes están en mayor vulnerabilidad”, dijo a democraciaAbierta la abogada Valeria Pedraza Benavides, coordinadora de contenidos y estrategias jurídicas de Ipas LAC. “Son ellas quienes enfrentan más obstáculos para acceder a información en las primeras semanas del embarazo, y quienes se ven más afectadas por la criminalización”, agregó.

Además, la persistencia del aborto como un delito en cualquier momento o por fuera de los plazos “genera temor en las mujeres y personas con posibilidad de gestar y un efecto amedrentador en los proveedores de servicios”, explicó Pedraza Benavides.
El tabú de las 12 semanas

“Existe una idea de que después de la semana 12 el aborto es muy riesgoso, independientemente de si lo haces con un equipo capacitado”, dijo la abogada y activista Ninde Molre. “Eso no solo lo tiene el personal de salud, sino también las personas; entonces, cuando llegan con nosotras, tienen mucho temor: pérdida de la salud, pérdida de un órgano, pérdida de la vida”, agregó Molre, directora de Abortistas México, una red de colectivas feministas, abogadas y profesionales de la salud que trabajan por el derecho a la autonomía reproductiva.Apoyá nuestro periodismo. Suscribite por $255/mes

Sin embargo, la interrupción del embarazo es segura en cualquier etapa gestacional, siempre que se empleen los métodos recomendados por una persona que posea las capacidades necesarias, sea la misma gestante o una profesional de la medicina. Hacerlo sin información conlleva riesgos que sí son reales.

“La OMS dice que el aborto es un proceso tan seguro que en las primeras etapas una persona puede dirigir su propio aborto en su casa”, recordó Zaragoza. “En el aborto avanzado sí es necesario, y nos volvemos dependientes de un sistema de salud, de un personal médico con la capacidad y también con la voluntad de ofrecer ese servicio. De no tenerlo, esta es una franca barrera”. Por eso, cuando los proveedores carecen de conocimiento y capacidad, se convierten en un obstáculo.

En 2022, una adolescente de 17 años llegó a un hospital de México con un embarazo avanzado producto de una violación. Sola y a cargo de su hermana con padecimientos mentales, había sido violada y obligada a huir a las montañas por el crimen organizado. Aunque había sido atendida en centros de salud de primer nivel, no le habían ofrecido el servicio que es un derecho desde 2009 para casos de violencia sexual o familiar.

En lugar de entregarle atención inmediata, el personal médico y las autoridades del hospital se reunieron para deliberar si correspondía o no realizar la interrupción.

“Aunque encontraban que la situación de la adolescente era de alta marginación y violencias combinadas, no tenían el conocimiento, la experiencia ni la voluntad para optar por un aborto avanzado”, dijo Zaragoza al relatar el caso. “¿Qué haría esa jovencita con un recién nacido en una montaña, sin garantía de alimentos, de salud? Desde Ipas LAC ofrecimos colaborar, pero rechazaron rotundamente la idea de un aborto avanzado”.

Tras un largo derrotero y con el apoyo de varias organizaciones civiles, la adolescente pudo poner fin al embarazo en Ciudad de México. Aunque las fuentes señalan que en los últimos años mejoró la comprensión del personal de salud sobre la atención del aborto en casos de violación y en etapas avanzadas, aún persisten barreras puestas por las instituciones.

“Todavía gran parte del personal médico tiene muchos tabúes”, dijo a democraciaAbierta la ginecóloga obstetra Georgina Díaz Orozco, con más de 20 años de experiencia y referente en aborto avanzado en Jalisco, estado del oeste de México.

Según la experta, el desconocimiento médico sigue alimentado por el miedo jurídico, infundado, que incorporan las y los estudiantes en las escuelas de medicina, principalmente las católicas.

“Los médicos generales que salen de ahí obviamente tienen un desconocimiento total del tema. Incluso salen con temor de atender este tipo de pacientes, pero cuando llegan a las instituciones públicas, que es donde hacen sus prácticas médicas, se dan cuenta de que es un servicio como cualquier otro y que lo brindamos con todas las de la ley”, dijo Díaz Orozco.

En cuanto a profesionales ya en ejercicio, su principal temor es que los denuncien por realizar abortos. “Pero precisamente solo es desconocimiento, porque tenemos toda la legislación a nuestro favor para poder brindar el servicio a nuestras pacientes con toda tranquilidad, sin el temor de ser criminalizados”, sostuvo Díaz Orozco respecto de Jalisco, donde el aborto por libre decisión es legal en las primeras 12 semanas y sin límite de tiempo en casos de violación o peligro para la salud o la vida de la persona gestante.

La abogada y activista Molre aseguró: “No hay un solo médico al que le hayan retirado su cédula [licencia]” por practicar abortos en México. Existe también un obstáculo más complejo: el mal uso de la objeción de conciencia, la posibilidad individual del personal médico y de enfermería de negarse a realizar un acto médico legal si es incompatible con sus convicciones éticas o religiosas. Según Zaragoza, en algunos lugares se ha convertido en una herramienta de desigualdad. Cuando todo el personal que atiende en hospitales públicos se declara objetor de conciencia, se termina negando el servicio a poblaciones completas y se crea una “distinción entre las personas que pueden tener acceso” al mismo servicio en forma privada.

“Esto desvirtúa totalmente la objeción de conciencia y se vuelve una práctica de aborto selectiva”, resumió Zaragoza.

Existe, además, un estigma sobre las personas que requieren un aborto en una gestación avanzada. "Socialmente las calificamos como personas insensibles, sin sentido materno, faltas de moralidad”, explicó Zaragoza. “Eso hace que quienes no lograron acceder en etapa temprana se sientan menos confiadas, con menos agencia para tener este servicio".

Según Molre, el estigma también genera una necesidad particular de justificar su decisión. La abogada, que también es acompañante de abortos, lo ve constantemente y cita algunas defensas frecuentes: “No me di cuenta, tenía este síndrome de ovario poliquístico”, “usamos condón y se rompió”, “pues sí lo quería tener, pero al final…”.

Las mujeres con embarazos crípticos también pasan a estar bajo la lupa. “¿Cómo puede decir que no se enteró?”, ejemplificó Molre. Y se responsabiliza a quien busca un aborto por vivir violencia de género: “¿Y por qué seguías con él? ¿Y por qué te embarazaste?”.

Esa culpa pesa como una sentencia. Y el lenguaje la refuerza. Cuando se habla de “bebé” o “niñito” para referirse a un feto, se le atribuye una personificación que afecta profundamente la validación del aborto, explicaron Zaragoza y Molre.

“Lo vemos en canciones, poemas, telenovelas. Eso impone una barrera importante que equipara el aborto con la muerte de una persona, lo cual no es así”, ejemplificó Zaragoza.

A su vez, Molre señaló que en los casos de malformaciones o alteraciones genéticas, el estigma se invierte y a veces el personal de salud incentiva a las gestantes a abortar, bajo el argumento de “¿cómo vas a traer a un hijo con un síndrome, con un padecimiento más?”.

Pero también hay lugares donde el estigma y el miedo retroceden.

En el Hospital Materno Infantil de Jalisco, hace diez años solo había dos ginecólogas que practicaban abortos en una plantilla de 47. Tras años de trabajo continuo de sensibilización y capacitación, esa proporción se invirtió. Hoy hay solo dos objetoras.

“Fue un trabajo difícil; fue luchar contra el estigma, contra el señalamiento, contra los comentarios”, reconoció la médica Díaz Orozco. Pero el cambio se produjo. “Cuando vieron que estábamos ayudando a las mujeres y personas con capacidad de gestar, se dieron cuenta de que el trabajo era importante”. Hoy el hospital es un centro referente de buenas prácticas, agregó.

“Así como quienes objetan conciencia dicen 'mis principios no me permiten hacer un aborto', ese mismo argumento aplica para quienes hacen abortos avanzados y dicen 'mis principios no me permiten abandonar a una mujer con estas necesidades'. Eso me parece una de las lecciones más importantes que nos han ayudado a solventar las barreras”, explicó Zaragoza.

Este artículo fue publicado originalmente por democraciaAbierta (la edición latinoamericana y en español de openDemocracy).

agosto 10, 2026

Economía feminista visibiliza trabajos de cuidado, destaca experta de la UNAM; analizan impacto de las desigualdades

Especialistas inauguraron el II Coloquio de Economía Feminista "Crisis de la reproducción social"

Mujeres trabajando (08/08/2026). Foto: Especial


Los trabajos de cuidado, alimentación, afecto y educación que sostienen la vida cotidiana continúan siendo desvalorizados y distribuidos de manera desigual, advirtió la directora de la Facultad de Economía de la UNAM, Lorena Rodríguez León, al inaugurar el II Coloquio de Economía Feminista “Crisis de la reproducción social”, donde especialistas analizaron el impacto de las desigualdades estructurales sobre mujeres y grupos históricamente subordinados.

Durante el encuentro, organizado por la Facultad de Economía en colaboración con la International Development Economics Associates (IDEAs) y la Red de Economía Feminista en México (REFEM), la académica afirmó que la economía feminista ha sido fundamental para colocar la sostenibilidad de la vida en el centro del análisis económico.

Explicó que el concepto de reproducción social permite visibilizar actividades indispensables para el funcionamiento de las sociedades, como el cuidado, la alimentación y la educación, que históricamente han permanecido fuera de las mediciones económicas tradicionales.


Rodríguez León señaló que el coloquio partió de preguntas clave para entender el presente: cómo se manifiesta la crisis de la reproducción social en el capitalismo contemporáneo y qué herramientas ofrece la economía feminista para comprenderla y construir alternativas.

Añadió que estas reflexiones y cobran relevancia ante el agravamiento de desigualdades que afectan de manera diferenciada a mujeres, personas racializadas y otros grupos en condición de vulnerabilidad.

Por su parte, Antonio Ibarra Romero, jefe de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía, destacó que la Especialización El Género en la Economía cumple 20 años dentro del Programa Único de Especializaciones en Economía (PUEE), consolidándose como una de las principales opciones de formación en este campo en México.

Asimismo, subrayó el creciente interés de nuevas generaciones de investigadoras e investigadores por los estudios de economía feminista.

El coloquio reunió a 43 participantes de licenciatura, maestría y doctorado provenientes de 15 instituciones de México y Brasil, entre ellas la UNAM, El Colegio de México, el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad de São Paulo.

Las actividades se desarrollaron en 12 mesas temáticas agrupadas en cuatro ejes: cuerpo, territorio y extractivismo; deuda, financiarización y seguridad social; división internacional del trabajo; y alternativas frente a la crisis de la reproducción social.

El encuentro fue coordinado por María del Rosario Aparicio López, responsable de la Especialización El Género en la Economía, con financiamiento de IDEAs y respaldo de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía.

Por María Cabadas
Fuente: El Universal

agosto 09, 2026

La artista chilena Francisca Valenzuela desafía la maternidad unidimensional en 'Maldita'

La compositora e instrumentista chilena Francisca Valenzuela, posa durante una entrevista con EFE este sábado en la Ciudad de México (México). EFE/Mario Guzmán

La artista chilena Francisca Valenzuela desafía la imagen idealizada de la maternidad en su nuevo álbum Maldita, con el que reclama el derecho de las mujeres a narrar esa experiencia desde la vulnerabilidad, la rabia y la contradicción, en sintonía con la creciente conversación en América Latina sobre cuidados y autonomía reproductiva.

El álbum busca "desmitificar y romper con la ilusión, quizás sobrerromantizada y unidimensional" que rodea la maternidad y otros temas femeninos, explica Valenzuela en entrevista con EFE.

Maldita nació de la experiencia "catártica y emocional" de convertirse en madre, cuenta la artista, a partir de un "proceso personal confuso, inesperado y oscuro" que contrastó con "el momento supuestamente más luminoso de la vida".

A partir de ese proceso, la cantante decidió hablar de los aspectos "invisibles" de la maternidad y el posparto, aquellos para los que, dice, "no hay espacio para compartir y buscar ayuda o contención".

El propio título de Maldita, detalla, resume ese intento por desmontar la idea de cómo "debería" vivirse la maternidad.

"Maldita porque debería estar contenta y no lo estoy. Maldita porque si digo algo me van a juzgar y me voy a ir a la hoguera porque esto es inaceptable, porque es la oscuridad del momento más luminoso de la vida de las mujeres", explica.
Sentirse acompañada

De ahí surgió también el propósito del disco, cuenta, que sus canciones "ofrezcan esa compañía y un punto de vista distinto en la narrativa de la maternidad".


"Lo que podría soñar es que este álbum (es) que acompañe a otras mujeres y que se una a ese cuerpo de trabajo de mujeres que yo fui descubriendo también en el posparto, que me hizo sentir muy acompañada y muy vista", comparte.

El primer adelanto del disco, Bugambilia, retrata ese momento límite del posparto desde la experiencia de una mujer que siente que ha "tocado fondo", narra.

Más que hablar del bebé, dice, la canción retrata a una mujer "atrapada" en el punto más crítico de esa experiencia, "el peor momento, la cúspide del malestar".


"Es el momento más delirante, el momento más arquetípicamente maldito, porque es como que la única liberación es una hoguera, para bien o para mal, la hoguera del castigo ajeno o la hoguera del autocastigo", resume.

Esa misma mirada atraviesa canciones como Extracción o Debería tomar más agua, donde confronta la imagen idealizada de la lactancia con la experiencia que ella misma vivió, -pero aclara que cada maternidad se vive de forma distinta-.

Valenzuela recuerda que imaginaba "la mujer en la mecedora con la bebé, con el sol por la ventana", pero "resultó que no tenía leche".


"Todo lo que sentía era que estaba fallando", confiesa.

La vulnerabilidad da paso a la rabia en MALACARA, donde la cantante explora una emoción que, considera, sigue siendo negada a las mujeres.


"A las mujeres no se nos da el permiso de estar enojadas nunca. Esa rabia que está ahí, que se acumula, que está callada, ¿Cómo la alojo, cómo la transformo, cómo la atravieso, si el mundo me dice que no corresponde que la tenga?", cuestiona.
'Las mamás también son mujeres'

A partir de esas experiencias, Valenzuela amplía la conversación hacia las condiciones que, considera, siguen siendo invisibles alrededor de la maternidad.

Entre ellas, destaca "la carga emocional, la carga física, la carga logística que permite que las sociedades perseveren".

"Las mamás también son mujeres", resalta, al remarcar que los cuidados siguen siendo un trabajo poco visible, pese a sostener buena parte de la vida cotidiana.

Aunque considera que hoy existe mayor apertura para hablar de la maternidad desde toda su complejidad, Valenzuela espera que Maldita contribuya a ampliar la conversación y la representación.

"Mi testimonio es mío. Sin embargo, ojalá aporte también a la conversación e invite a otras a contar la suya", remarca.

Por María Julia Castañeda 
Fuente: Efeminista

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in