agosto 11, 2026

El mito de las 12 semanas sigue restringiendo el derecho al aborto en México


Ilustración: Inge Snip/openDemocracy


Los plazos para efectuar abortos no tienen base científica, pero siguen excluyendo a las más vulnerables. 

Un prejuicio muy extendido, y reproducido en leyes, prácticas médicas y narrativas en México y otros países de América Latina, estipula que algunos abortos son tolerables y otros inconcebibles según los plazos en que se realicen. Pero esa idea no se basa en la ciencia ni en las estadísticas.

Quienes traspasan esos plazos se ven abocadas a estrategias para no ser vistas, juzgadas ni perseguidas, incluso en contextos donde el estigma opera con más fuerza que cualquier ley.

“Es importante trabajar el aborto avanzado porque es una necesidad real, pero no porque ahí esté la mayoría de los casos”, dijo a democraciaAbierta la experta en derechos reproductivos Mara Zaragoza.

Los abortos practicados después de las 12 semanas de embarazo constituyen entre el 10% y el 15% del total en todo el mundo, según estimaciones de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia. “En México sabemos que se registra aproximadamente un 10%”, agregó Zaragoza, subdirectora de fortalecimiento de la organización Ipas Latinoamérica y el Caribe (Ipas LAC), que defiende la libertad reproductiva.

Parte de ese porcentaje abarca circunstancias de vida y salud cambiantes y extremas: una enfermedad que se presenta cuando la gestación avanza, incluso con riesgo de vida, anomalías fetales que se diagnostican en el segundo trimestre, un embarazo “críptico” (no detectado hasta etapas avanzadas) o situaciones de violencia sexual y de género.

Buena parte de las mujeres y niñas que requieren un aborto más allá de las 12 o 14 semanas tienen situaciones de vulnerabilidad que les impiden acceder antes al servicio: viven en zonas rurales muy apartadas, son migrantes en tránsito, buscaron atención oportuna, pero se la negaron, o soportaron presiones familiares, de pareja o de otro tipo para continuar una gestación que no querían.
Un mapa fragmentado

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce desde 2020 el aborto como un servicio esencial de salud y un derecho humano fundamental, y en 2022 recomendó su despenalización total sin límites de edad gestacional.

La realidad legal en América Latina y el Caribe dista mucho de esa recomendación. Es un mosaico que va desde la prohibición absoluta hasta la despenalización, y que incluye una amplia discrecionalidad para fijar legalizaciones parciales por plazos, por causales o por combinaciones de ambos.

En El Salvador, Honduras, Nicaragua, República Dominicana y Haití no hay excepciones; el aborto es delito con prisión en cualquier circunstancia, con penas que varían desde los dos hasta los ocho años de prisión.

Otros países –Bolivia, Chile, Panamá y Brasil– lo tipifican como delito, pero reconocen diferentes excepciones en las que no es punible: riesgo de vida materno, cuando el embarazo es producto de una violación e inviabilidad fetal. Brasil y Bolivia no fijan plazos para los abortos bajo estas excepciones, mientras Chile y Panamá ponen plazos (de 12 o 14 semanas) para algunas, y Bolivia contempla incluso otras dos excepciones –pobreza extrema y ser estudiante– pero solo hasta la semana ocho de gestación.

En las leyes de Costa Rica, Guatemala, Paraguay, Perú y Venezuela, el aborto solo se permite para salvar la vida y/o la salud de la gestante en circunstancias específicas, sin mencionar plazos. En Perú se fijó el límite en las 22 semanas mediante una guía técnica.

En Uruguay, el aborto es legal en las primeras 12 semanas si se cumplen ciertos requisitos –como reflexionar durante cinco días para luego ratificar la decisión–, hasta la semana 14 en casos de violación, y, por riesgo de vida y salud e inviabilidad fetal, sin plazos. Por disposición ministerial –no una ley– Cuba permite el aborto sin restricciones hasta la semana 12 y a discreción médica después.

En México, 24 de 32 estados lo despenalizaron en las primeras 12 semanas, aunque solo 10 han incorporado su regulación en las leyes locales de salud. Pero desde 2023, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación lo despenalizó a nivel federal, todas las instituciones de salud federales están obligadas a brindar el servicio. Sin embargo, 90% de las atenciones aún se concentran en la Ciudad de México, la primera entidad del país que legalizó el aborto, hace 19 años.

Argentina y Colombia avanzaron por otras vías. En Argentina es legal por sola voluntad hasta las 14 semanas, y en Colombia está despenalizado hasta la semana 24. En los dos países se contemplan excepciones fuera de esos plazos.

Cualquiera sea el marco legal, los plazos aparecen como una frontera infranqueable, ya sea en leyes, protocolos o en el imaginario social, médico y legal.

Pero no responden a la evidencia científica. “Se basan en decisiones políticas, a menudo arbitrarias, que no consideran las diferentes necesidades de quienes gestan ni las barreras específicas que enfrentan quienes están en mayor vulnerabilidad”, dijo a democraciaAbierta la abogada Valeria Pedraza Benavides, coordinadora de contenidos y estrategias jurídicas de Ipas LAC. “Son ellas quienes enfrentan más obstáculos para acceder a información en las primeras semanas del embarazo, y quienes se ven más afectadas por la criminalización”, agregó.

Además, la persistencia del aborto como un delito en cualquier momento o por fuera de los plazos “genera temor en las mujeres y personas con posibilidad de gestar y un efecto amedrentador en los proveedores de servicios”, explicó Pedraza Benavides.
El tabú de las 12 semanas

“Existe una idea de que después de la semana 12 el aborto es muy riesgoso, independientemente de si lo haces con un equipo capacitado”, dijo la abogada y activista Ninde Molre. “Eso no solo lo tiene el personal de salud, sino también las personas; entonces, cuando llegan con nosotras, tienen mucho temor: pérdida de la salud, pérdida de un órgano, pérdida de la vida”, agregó Molre, directora de Abortistas México, una red de colectivas feministas, abogadas y profesionales de la salud que trabajan por el derecho a la autonomía reproductiva.Apoyá nuestro periodismo. Suscribite por $255/mes

Sin embargo, la interrupción del embarazo es segura en cualquier etapa gestacional, siempre que se empleen los métodos recomendados por una persona que posea las capacidades necesarias, sea la misma gestante o una profesional de la medicina. Hacerlo sin información conlleva riesgos que sí son reales.

“La OMS dice que el aborto es un proceso tan seguro que en las primeras etapas una persona puede dirigir su propio aborto en su casa”, recordó Zaragoza. “En el aborto avanzado sí es necesario, y nos volvemos dependientes de un sistema de salud, de un personal médico con la capacidad y también con la voluntad de ofrecer ese servicio. De no tenerlo, esta es una franca barrera”. Por eso, cuando los proveedores carecen de conocimiento y capacidad, se convierten en un obstáculo.

En 2022, una adolescente de 17 años llegó a un hospital de México con un embarazo avanzado producto de una violación. Sola y a cargo de su hermana con padecimientos mentales, había sido violada y obligada a huir a las montañas por el crimen organizado. Aunque había sido atendida en centros de salud de primer nivel, no le habían ofrecido el servicio que es un derecho desde 2009 para casos de violencia sexual o familiar.

En lugar de entregarle atención inmediata, el personal médico y las autoridades del hospital se reunieron para deliberar si correspondía o no realizar la interrupción.

“Aunque encontraban que la situación de la adolescente era de alta marginación y violencias combinadas, no tenían el conocimiento, la experiencia ni la voluntad para optar por un aborto avanzado”, dijo Zaragoza al relatar el caso. “¿Qué haría esa jovencita con un recién nacido en una montaña, sin garantía de alimentos, de salud? Desde Ipas LAC ofrecimos colaborar, pero rechazaron rotundamente la idea de un aborto avanzado”.

Tras un largo derrotero y con el apoyo de varias organizaciones civiles, la adolescente pudo poner fin al embarazo en Ciudad de México. Aunque las fuentes señalan que en los últimos años mejoró la comprensión del personal de salud sobre la atención del aborto en casos de violación y en etapas avanzadas, aún persisten barreras puestas por las instituciones.

“Todavía gran parte del personal médico tiene muchos tabúes”, dijo a democraciaAbierta la ginecóloga obstetra Georgina Díaz Orozco, con más de 20 años de experiencia y referente en aborto avanzado en Jalisco, estado del oeste de México.

Según la experta, el desconocimiento médico sigue alimentado por el miedo jurídico, infundado, que incorporan las y los estudiantes en las escuelas de medicina, principalmente las católicas.

“Los médicos generales que salen de ahí obviamente tienen un desconocimiento total del tema. Incluso salen con temor de atender este tipo de pacientes, pero cuando llegan a las instituciones públicas, que es donde hacen sus prácticas médicas, se dan cuenta de que es un servicio como cualquier otro y que lo brindamos con todas las de la ley”, dijo Díaz Orozco.

En cuanto a profesionales ya en ejercicio, su principal temor es que los denuncien por realizar abortos. “Pero precisamente solo es desconocimiento, porque tenemos toda la legislación a nuestro favor para poder brindar el servicio a nuestras pacientes con toda tranquilidad, sin el temor de ser criminalizados”, sostuvo Díaz Orozco respecto de Jalisco, donde el aborto por libre decisión es legal en las primeras 12 semanas y sin límite de tiempo en casos de violación o peligro para la salud o la vida de la persona gestante.

La abogada y activista Molre aseguró: “No hay un solo médico al que le hayan retirado su cédula [licencia]” por practicar abortos en México. Existe también un obstáculo más complejo: el mal uso de la objeción de conciencia, la posibilidad individual del personal médico y de enfermería de negarse a realizar un acto médico legal si es incompatible con sus convicciones éticas o religiosas. Según Zaragoza, en algunos lugares se ha convertido en una herramienta de desigualdad. Cuando todo el personal que atiende en hospitales públicos se declara objetor de conciencia, se termina negando el servicio a poblaciones completas y se crea una “distinción entre las personas que pueden tener acceso” al mismo servicio en forma privada.

“Esto desvirtúa totalmente la objeción de conciencia y se vuelve una práctica de aborto selectiva”, resumió Zaragoza.

Existe, además, un estigma sobre las personas que requieren un aborto en una gestación avanzada. "Socialmente las calificamos como personas insensibles, sin sentido materno, faltas de moralidad”, explicó Zaragoza. “Eso hace que quienes no lograron acceder en etapa temprana se sientan menos confiadas, con menos agencia para tener este servicio".

Según Molre, el estigma también genera una necesidad particular de justificar su decisión. La abogada, que también es acompañante de abortos, lo ve constantemente y cita algunas defensas frecuentes: “No me di cuenta, tenía este síndrome de ovario poliquístico”, “usamos condón y se rompió”, “pues sí lo quería tener, pero al final…”.

Las mujeres con embarazos crípticos también pasan a estar bajo la lupa. “¿Cómo puede decir que no se enteró?”, ejemplificó Molre. Y se responsabiliza a quien busca un aborto por vivir violencia de género: “¿Y por qué seguías con él? ¿Y por qué te embarazaste?”.

Esa culpa pesa como una sentencia. Y el lenguaje la refuerza. Cuando se habla de “bebé” o “niñito” para referirse a un feto, se le atribuye una personificación que afecta profundamente la validación del aborto, explicaron Zaragoza y Molre.

“Lo vemos en canciones, poemas, telenovelas. Eso impone una barrera importante que equipara el aborto con la muerte de una persona, lo cual no es así”, ejemplificó Zaragoza.

A su vez, Molre señaló que en los casos de malformaciones o alteraciones genéticas, el estigma se invierte y a veces el personal de salud incentiva a las gestantes a abortar, bajo el argumento de “¿cómo vas a traer a un hijo con un síndrome, con un padecimiento más?”.

Pero también hay lugares donde el estigma y el miedo retroceden.

En el Hospital Materno Infantil de Jalisco, hace diez años solo había dos ginecólogas que practicaban abortos en una plantilla de 47. Tras años de trabajo continuo de sensibilización y capacitación, esa proporción se invirtió. Hoy hay solo dos objetoras.

“Fue un trabajo difícil; fue luchar contra el estigma, contra el señalamiento, contra los comentarios”, reconoció la médica Díaz Orozco. Pero el cambio se produjo. “Cuando vieron que estábamos ayudando a las mujeres y personas con capacidad de gestar, se dieron cuenta de que el trabajo era importante”. Hoy el hospital es un centro referente de buenas prácticas, agregó.

“Así como quienes objetan conciencia dicen 'mis principios no me permiten hacer un aborto', ese mismo argumento aplica para quienes hacen abortos avanzados y dicen 'mis principios no me permiten abandonar a una mujer con estas necesidades'. Eso me parece una de las lecciones más importantes que nos han ayudado a solventar las barreras”, explicó Zaragoza.

Este artículo fue publicado originalmente por democraciaAbierta (la edición latinoamericana y en español de openDemocracy).

agosto 10, 2026

Economía feminista visibiliza trabajos de cuidado, destaca experta de la UNAM; analizan impacto de las desigualdades

Especialistas inauguraron el II Coloquio de Economía Feminista "Crisis de la reproducción social"

Mujeres trabajando (08/08/2026). Foto: Especial


Los trabajos de cuidado, alimentación, afecto y educación que sostienen la vida cotidiana continúan siendo desvalorizados y distribuidos de manera desigual, advirtió la directora de la Facultad de Economía de la UNAM, Lorena Rodríguez León, al inaugurar el II Coloquio de Economía Feminista “Crisis de la reproducción social”, donde especialistas analizaron el impacto de las desigualdades estructurales sobre mujeres y grupos históricamente subordinados.

Durante el encuentro, organizado por la Facultad de Economía en colaboración con la International Development Economics Associates (IDEAs) y la Red de Economía Feminista en México (REFEM), la académica afirmó que la economía feminista ha sido fundamental para colocar la sostenibilidad de la vida en el centro del análisis económico.

Explicó que el concepto de reproducción social permite visibilizar actividades indispensables para el funcionamiento de las sociedades, como el cuidado, la alimentación y la educación, que históricamente han permanecido fuera de las mediciones económicas tradicionales.


Rodríguez León señaló que el coloquio partió de preguntas clave para entender el presente: cómo se manifiesta la crisis de la reproducción social en el capitalismo contemporáneo y qué herramientas ofrece la economía feminista para comprenderla y construir alternativas.

Añadió que estas reflexiones y cobran relevancia ante el agravamiento de desigualdades que afectan de manera diferenciada a mujeres, personas racializadas y otros grupos en condición de vulnerabilidad.

Por su parte, Antonio Ibarra Romero, jefe de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía, destacó que la Especialización El Género en la Economía cumple 20 años dentro del Programa Único de Especializaciones en Economía (PUEE), consolidándose como una de las principales opciones de formación en este campo en México.

Asimismo, subrayó el creciente interés de nuevas generaciones de investigadoras e investigadores por los estudios de economía feminista.

El coloquio reunió a 43 participantes de licenciatura, maestría y doctorado provenientes de 15 instituciones de México y Brasil, entre ellas la UNAM, El Colegio de México, el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad de São Paulo.

Las actividades se desarrollaron en 12 mesas temáticas agrupadas en cuatro ejes: cuerpo, territorio y extractivismo; deuda, financiarización y seguridad social; división internacional del trabajo; y alternativas frente a la crisis de la reproducción social.

El encuentro fue coordinado por María del Rosario Aparicio López, responsable de la Especialización El Género en la Economía, con financiamiento de IDEAs y respaldo de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía.

Por María Cabadas
Fuente: El Universal

agosto 09, 2026

La artista chilena Francisca Valenzuela desafía la maternidad unidimensional en 'Maldita'

La compositora e instrumentista chilena Francisca Valenzuela, posa durante una entrevista con EFE este sábado en la Ciudad de México (México). EFE/Mario Guzmán

La artista chilena Francisca Valenzuela desafía la imagen idealizada de la maternidad en su nuevo álbum Maldita, con el que reclama el derecho de las mujeres a narrar esa experiencia desde la vulnerabilidad, la rabia y la contradicción, en sintonía con la creciente conversación en América Latina sobre cuidados y autonomía reproductiva.

El álbum busca "desmitificar y romper con la ilusión, quizás sobrerromantizada y unidimensional" que rodea la maternidad y otros temas femeninos, explica Valenzuela en entrevista con EFE.

Maldita nació de la experiencia "catártica y emocional" de convertirse en madre, cuenta la artista, a partir de un "proceso personal confuso, inesperado y oscuro" que contrastó con "el momento supuestamente más luminoso de la vida".

A partir de ese proceso, la cantante decidió hablar de los aspectos "invisibles" de la maternidad y el posparto, aquellos para los que, dice, "no hay espacio para compartir y buscar ayuda o contención".

El propio título de Maldita, detalla, resume ese intento por desmontar la idea de cómo "debería" vivirse la maternidad.

"Maldita porque debería estar contenta y no lo estoy. Maldita porque si digo algo me van a juzgar y me voy a ir a la hoguera porque esto es inaceptable, porque es la oscuridad del momento más luminoso de la vida de las mujeres", explica.
Sentirse acompañada

De ahí surgió también el propósito del disco, cuenta, que sus canciones "ofrezcan esa compañía y un punto de vista distinto en la narrativa de la maternidad".


"Lo que podría soñar es que este álbum (es) que acompañe a otras mujeres y que se una a ese cuerpo de trabajo de mujeres que yo fui descubriendo también en el posparto, que me hizo sentir muy acompañada y muy vista", comparte.

El primer adelanto del disco, Bugambilia, retrata ese momento límite del posparto desde la experiencia de una mujer que siente que ha "tocado fondo", narra.

Más que hablar del bebé, dice, la canción retrata a una mujer "atrapada" en el punto más crítico de esa experiencia, "el peor momento, la cúspide del malestar".


"Es el momento más delirante, el momento más arquetípicamente maldito, porque es como que la única liberación es una hoguera, para bien o para mal, la hoguera del castigo ajeno o la hoguera del autocastigo", resume.

Esa misma mirada atraviesa canciones como Extracción o Debería tomar más agua, donde confronta la imagen idealizada de la lactancia con la experiencia que ella misma vivió, -pero aclara que cada maternidad se vive de forma distinta-.

Valenzuela recuerda que imaginaba "la mujer en la mecedora con la bebé, con el sol por la ventana", pero "resultó que no tenía leche".


"Todo lo que sentía era que estaba fallando", confiesa.

La vulnerabilidad da paso a la rabia en MALACARA, donde la cantante explora una emoción que, considera, sigue siendo negada a las mujeres.


"A las mujeres no se nos da el permiso de estar enojadas nunca. Esa rabia que está ahí, que se acumula, que está callada, ¿Cómo la alojo, cómo la transformo, cómo la atravieso, si el mundo me dice que no corresponde que la tenga?", cuestiona.
'Las mamás también son mujeres'

A partir de esas experiencias, Valenzuela amplía la conversación hacia las condiciones que, considera, siguen siendo invisibles alrededor de la maternidad.

Entre ellas, destaca "la carga emocional, la carga física, la carga logística que permite que las sociedades perseveren".

"Las mamás también son mujeres", resalta, al remarcar que los cuidados siguen siendo un trabajo poco visible, pese a sostener buena parte de la vida cotidiana.

Aunque considera que hoy existe mayor apertura para hablar de la maternidad desde toda su complejidad, Valenzuela espera que Maldita contribuya a ampliar la conversación y la representación.

"Mi testimonio es mío. Sin embargo, ojalá aporte también a la conversación e invite a otras a contar la suya", remarca.

Por María Julia Castañeda 
Fuente: Efeminista

agosto 08, 2026

Desde el territorio-cuerpo: por qué la liberación palestina es una cuestión feminista

Desde el territorio-cuerpo: por qué la liberación palestina es una cuestión feminista

Tras el 7 de octubre de 2023, el proceso de colonización y el intento de exterminio del pueblo palestino por parte de Israel han entrado en una nueva fase de intensificación. Si bien dos semanas antes Benjamin Netanyahu exhibió, en la sede de la ONU, un mapa titulado “El Nuevo Oriente Medio”, del que Gaza y Cisjordania habían sido borradas, el 30 de octubre de 2023 apeló, como acostumbra el sionismo, a textos bíblicos y, citando a Yahvé, afirmó: “darás muerte a hombres y mujeres, niños y recién nacidos, bueyes y ovejas, camellos y asnos; no dejarás con vida nada que respire” (Aranguren, 2025, p. 120).

Ante el actual genocidio, que no hace sino dar continuidad a la colonización sionista iniciada a finales del s. XIX con el apoyo del Imperio británico primero y del estadounidense después, al servicio de los intereses del capital occidental, Rita Segato (2025) se declara “ex-humana”, pues ya no quiere “pertenecer a esta especie siniestra, genocida”. El genocidio palestino nos interpela de manera directa a todas aquellas que nos consideramos feministas y luchamos por la profunda transformación de las condiciones materiales, de los regímenes de poder y de los afectos, vínculos y cuidados que sostienen la vida. En palabras del Movimiento de Mujeres Palestinas Alkarama (2025a), quien nos insta a asumir nuestra responsabilidad moral, política e histórica: “No hay feminismo revolucionario sin una postura clara a favor de la liberación de Palestina. Toda Palestina. Desde el río hasta el mar”.

Desde las tradiciones históricas de los feminismos anticoloniales, antiimperialistas y marxistas, en las que se inscribe también una parte significativa del movimiento feminista de Euskal Herria, junto a numerosas voces y colectivos feministas palestinos y aliados, este texto expone por qué la lucha por la liberación del pueblo palestino es una cuestión feminista central. Se erige, así, como denuncia del silencio, de la complicidad y del apoyo del feminismo blanco hegemónico al proyecto colonial sionista y al imperialismo occidental. Subraya que, junto a la vital tarea de denunciar y luchar contra el genocidio palestino, una postura feminista conocedora del carácter histórico milenario del pueblo palestino implica la denuncia de la colonización y el apoyo a la liberación de Palestina, de toda Palestina, desde el río hasta el mar. Hoy más que nunca, sostener una posición feminista exige afirmar alto y claro que no hay emancipación posible sin la liberación de Palestina.

¿De qué liberación habla el feminismo blanco hegemónico?
Ante la historia milenaria de Palestina 1 y los procesos de colonización, despojo y genocidio que la atraviesan, no debería ser necesario explicar por qué la liberación palestina es una cuestión feminista. Sin embargo, junto al apoyo sostenido por amplios sectores de los feminismos anticoloniales y populares en Abya Yala, Irak, Irán, Sudáfrica, el mundo árabe, Estados Unidos y múltiples naciones y territorios europeos, la falta de apoyo y solidaridad de determinados posicionamientos feministas con la lucha palestina remite a profundos y nada nuevos problemas en el terreno de los feminismos. Desde nuestras diversas configuraciones y posicionamientos en las redes y sistemas de poder y de dominación, ciertos privilegios se traducen de forma obscena en la defensa del derecho de Israel a defenderse. A esta obscenidad se suman las posturas equidistantes de quienes comparan la violencia de ambos lados, como si el terrorismo de Estado, la colonización y la limpieza étnica fueran lo mismo que el derecho de un pueblo a resistir y defenderse. Como señala Alkarama, el silencio de numerosas voces feministas globales no solo produce dolor, sino que reproduce desigualdades coloniales: “Cuando el sufrimiento de una mujer palestina se vuelve complicado, controvertido o no prioritario, lo que se está diciendo –sin decirlo– es que su vida vale menos” (Alkarama, 2025b). 

El feminismo se ha caracterizado históricamente como un movimiento de liberación de las mujeres. El debate en torno a quién cuenta como mujeres y qué significa liberación ha llenado páginas de crítica y de literatura feminista. Precisamente, lo que las múltiples críticas articuladas por los feminismos del Tercer Mundo, chicanos, negros, árabes, decoloniales, anticapitalistas y anti-imperialistas, así como sus entrelazamientos con los feminismos queer y transfeminismos, han puesto de manifiesto es que, más allá del ámbito teórico, se trata de cuerpos y de vidas que están literalmente en juego. Ahora que las feministas liberales, no exentas de problematicidad en sus alianzas con el fascismo y la ultraderecha, defienden también los derechos LGTBIQ+, la no solidaridad con nuestras hermanas, mujeres, bolleras, personas trans, no binaries, oprimidas en cualquier parte del mundo, constituye una renuncia a los principios feministas básicos. Pretender la propia liberación sin pretender al mismo tiempo la liberación de todas recae en un feminismo excluyente, opresor, imperialista, que contradice los principios que, en teoría, justifican el reclamo de la categoría de feminista. Afaf Jabiri es clara en este sentido, cuando afirma:


Durante demasiado tiempo, el término «feminismo» se ha utilizado de forma imprecisa, lo que ha permitido que cualquiera pueda atribuirse esa etiqueta sin comprometerse realmente con sus principios (...) [P]ero deben seguir existiendo ciertos elementos clave (...): la igualdad y la justicia. Si estos principios clave ya no están presentes o no se aplican por igual a todxs, entonces ya no puede considerarse feminismo (Pratt et al., 2025, 228–229, trad. propia).

Territorio-cuerpo: El nexo inextricable entre liberación nacional
y emancipación feminista

Una de las reivindicaciones históricas y actuales del feminismo liberal blanco, en la que este converge con otros feminismos, es el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, su soberanía corporal, sexual y reproductiva. Este principio, sin embargo, no puede sostenerse de manera coherente si no se aplica a todos los cuerpos, es decir, si no abarca en su seno el derecho a la autodeterminación sexo-genérica. Pues bien, el cuerpo no es una entidad aislada, cerrada en sí misma; es relacional, interdependiente, abierta, situada, vive en un territorio, está unida a un territorio. Incluso en estos tiempos de capitalismo híper-acelerado, en los que determinados cuerpos (adivínese cuáles) hacen un uso de la movilidad que podría denominarse intergaláctica, junto con Zygmunt Bauman ([2000] 2003) “líquida”, propia casi solo del capital, estos cuerpos pisan territorios. Un cuerpo no puede no habitar un territorio.

Esta relación de entrelazamiento entre cuerpo y territorio, en la que el segundo opera como condición de posibilidad del primero, pone de manifiesto el profundo nexo entre la soberanía corporal, sexual y reproductiva, y la soberanía territorial, entre el derecho a la autodeterminación sexo-genérica y la autodeterminación de los pueblos. Quienes habitan cuerpos tienen derecho a decidir sobre ellos: tienen derecho a la soberanía corporal. Quienes habitan territorios tienen derecho a decidir sobre ellos: tienen derecho a la soberanía territorial. En este sentido, las posiciones adoptadas por amplios sectores del feminismo liberal antes y después del 7 de octubre de 2023 entran en contradicción con el propio marco normativo que dicen defender, pues el derecho de autodeterminación de los pueblos está recogido en la Carta de Naciones Unidas de 1945, un marco jurídico-político inscrito en la tradición liberal que ese mismo feminismo reivindica.

La idea del nexo inextricable entre el cuerpo y el territorio es formulada por la feminista comunitaria maya k’iche y la defensora de la vida, los territorios y la autodeterminación de los pueblos, Lolita Chávez, a través del concepto territorio-cuerpo. Chávez entiende los territorios, no solo como espacios físicos, sino como entramados históricos, culturales y cosmológicos, donde se inscriben la memoria, el arte, la herencia y las formas de vida comunitaria en relación con los elementos que sostienen la existencia: la tierra, el agua, el aire, las montañas y el sol. Asimismo, añade: “Cuando hablamos de territorio nos referimos además a nuestros cuerpos, que han sufrido mucha violencia, a través de los poderes que se imponen a través de los hombres, de los patriarcados, del capitalismo, de la gente blanca, del racismo” (Korol, 2016), por lo que insta a la liberación de los territorios cuerpos de las múltiples opresiones.

En sintonía con Segato (2016), quien sostiene que la colonialidad capitalista moderna reconfigura el cuerpo de las mujeres, desplazándolo de ser parte del territorio conquistado a constituirse en un territorio autónomo y central de conquista y dominación, Chávez muestra, a través del concepto territorio-cuerpo, la trabazón profunda entre violencia patriarcal, despojo territorial y acumulación capitalista. En esta línea, Silvia Federici ([2004] 2010) analiza cómo el colonialismo capitalista supuso simultáneamente un proceso de privatización de las tierras comunales en Europa, de intensificación de la apropiación, control y regulación de los cuerpos de las mujeres y de expropiación de tierras y destrucción de formas comunales de organización territorial en Abya Yala. No por casualidad, hasta mediados del siglo XIX, gran parte de la tierra cultivada en Palestina era comunal (Aranguren, 2025: 19-20). Desde esta perspectiva, la defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres aparece indisolublemente ligada a la defensa del territorio y de los bienes comunes. 

La consecuencia de la indisociabilidad de cuerpo y territorio emerge así de manera clara: sostener el principio de soberanía sexual, reproductiva y corporal, implica abrazar el principio de soberanía nacional y territorial; y esto incluye Palestina. Desde la década de 1950, los feminismos del Mundo Mayoritario consideran la liberación nacional un eje central dentro de la lucha feminista, subrayando la necesidad de articularla con la abolición de la opresión de clase (Pratt et al., 2024: 241, 244). Inscritas en una tradición centenaria de organización feminista palestina, las mujeres palestinas siguen defendiendo el derecho innegociable a habitar su tierra (Alkarama, 2025b; Palestinian Feminist Collective, 2025b: 409). 

El carácter colonial de la violencia sexo-genérica, 
el carácter generizado de la violencia colonial

Esta articulación se vuelve aún más evidente en los múltiples entrelazamientos entre la violencia colonial y sexo-genérica, que revelan tanto el carácter inherentemente generizado de la violencia colonial como el carácter colonial de la violencia sexual y patriarcal. Desde la Nakba, la violencia colonial se dirige específicamente contra las mujeres palestinas, consideradas pilares sociales y culturales de la sociedad palestina (Pratt et al., 2024: 232). Como ha ocurrido también en Argelia, la India, Sudáfrica o Irlanda, entre otros muchos procesos coloniales, la violencia sexual se convierte en un modo de gobernar: “Los cuerpos de las mujeres colonizadas son tratados como territorios conquistables (…) La violencia sexual reafirma jerarquías raciales, nacionales y militares. Es un mensaje político: ‘Tu cuerpo no te pertenece; tu pueblo, tampoco’” (Alkarama, 2025b). 

La violencia sexual ejercida por las fuerzas de seguridad israelíes y colonos israelíes contra mujeres, niñas, jóvenes y personas detenidas y encarceladas, incluidas violaciones (también mediante la inserción de objetos y sondas eléctricas por vagina, ano y recto), acoso sexual, amenazas de violación, tocamientos, violencia genital, insultos sexuales, torturas, cacheos al desnudo y desnudos forzados, ha sido ampliamente documentada (Alkarama, 2025b; Martone et al., 2025: 21-30; ONU, 2025: 19-30) 2; Palestinian Feminist Collective, 2025a; Pratt et al., 2024: 238). Un reciente informe de Naciones Unidas señala que la violencia y el genocidio recaen de manera desproporcionada sobre mujeres y niñas, y que la violencia sexual, reproductiva y de género ha sido sistemáticamente empleada por el Ejército y el Estado israelí desde el 7 de octubre de 2023, como parte de la ocupación ilegal, para “mantener el sistema de opresión israelí y negar a las palestinas su derecho a la autodeterminación” (ONU, 2025: 47, trad. propia). 

El informe de la ONU (2025: 46-47) subraya, además, que esta violencia no tiene únicamente como objetivos la humillación, la degradación, el castigo y la generación de terror, sino la expulsión de la comunidad palestina y la destrucción física de las palestinas y palestinos como grupo. Particularmente instrumental en este sentido es el reprocidio o genocidio reproductivo, otra de las formas generizadas de la violencia colonial, que evidencia cómo la violencia de género se inscribe en los procesos de colonización y limpieza étnica. El control y la vigilancia bio- y necropolíticas, las múltiples separaciones espaciales y el estado de excepción (incluidos los toques de queda y los puestos de control), afectan de manera directa a la salud sexual y reproductiva de las mujeres palestinas y producen una violencia severa sobre las mujeres embarazadas (Pratt et al., 2024: 235). Asimismo, el bloqueo absoluto de la franja de Gaza, la falta de acceso a agua potable, comida y atención sanitaria han recaído notablemente sobre las mujeres palestinas, deteriorando gravemente sus condiciones de salud sexual y reproductiva (Palestinian Feminist Collective, 2025a; Pratt et al., 2024: 232, 237). A ello se suman la hambruna, la masiva exposición a residuos tóxicos, incluidos los derivados de armamento químico ilegal, y la destrucción sistemática de hospitales y medios e infraestructuras sanitarias, violando el derecho humanitario internacional. Entre otros efectos, estas condiciones han dado lugar a partos y cesáreas sin anestesia ni medicamentos, esterilización postparto, graves consecuencias del estrés extremo para mujeres embarazadas y neonatos, incluida la muerte, así como a un aumento del 300 % de la tasa de abortos espontáneos durante el genocidio israelí tras el 7 de octubre de 2023 (Axelson y Venkatraman, 2024; ONU, 2025: 37, 45). El asesinato sistemático de mujeres y niñas y niños, así como la destrucción de embriones, óvulos y esperma, como ocurrió en el ataque aéreo israelí contra el mayor centro de fertilidad de Gaza, el Centro de FIV Albasma (ONU, 2025: 12), constituyen un intento de eliminar no solo el tejido social palestino, sino las generaciones futuras, la posibilidad misma del pueblo palestino (Alkarama, 2025b; Palestinian Feminist Collective, 2025a; 2025b: 409; Pratt et al., 2024: 235). Todas estas violencias constitutivas del colonialismo sionista y del imperialismo occidental, resultan incompatibles con los principios básicos del feminismo: no existe posición feminista alguna que pueda apoyarlas ni convenir con ellas sin incurrir en una contradicción estructural. 

Pinkwashing e instrumentalización sionista de las demandas feministas,
al servicio de la aniquilación y la acumulación de capital

En este contexto, resulta obscena la alineación de sectores del feminismo blanco liberal con el pinkwashing colonialista y genocida de Israel. En no pocos casos, feministas occidentales han reproducido la propaganda sionista de supuestas violaciones de mujeres israelíes atribuidas a Hamas, a fin de justificar el genocidio y dar continuidad al proyecto de exterminio del pueblo palestino, mientras han ignorado la violencia sexual, reproductiva y la tortura sistemática ejercidas por Israel contra mujeres y hombres palestinos, como parte de su estrategia genocida (Pratt et al., 2024: 227). Imágenes como las de un soldado israelí alzando la bandera LGTBIQ+ con el lema “in the name of love” en noviembre de 2023, con la destrucción militar de la franja de Gaza de fondo, ilustran de la forma más cruda el pinkwashingsionista. A ello se suma la utilización sionista de la violencia contra las mujeres mediante fabricadas declaraciones de “violaciones en masa” (Martone et al., 2025: 16). 

Esta estrategia se inscribe en lo que Martone et al. (2025) denominan la táctica SORVO (Systemic Oppression Reverse Victim and Offender), un mecanismo propio de sistemas de opresión que invierte las posiciones de agredida y agresor mediante el empleo de la violencia sexual y de las acusaciones de esta para justificar la opresión. En el caso palestino, esta táctica incluye tanto la difusión de afirmaciones falsas sobre altos niveles de violencia sexual cometida por Hamás, como el ejercicio por parte del Ejército israelí de una violencia sexual generalizada a nivel individual, institucional y sistémico (Martone et al., 2025: 8, 11). Apoyándose en el estereotipo racista e islamófobo que dibuja a los hombres árabes como misóginos y sexualmente violentos, el Estado de Israel, con la complicidad de líderes políticos y medios de comunicación occidentales, ha construido una ecuación entre Hamás y violadores, también denominada Hamas rapist machine, presentada como una amenaza no solo para las mujeres israelíes, sino para Israel y para la humanidad en su conjunto (Alqaisiya, 2024: 33-35).

Más allá de posibles actos individuales de violencia sexual 3, un artículo de Los Angeles Times se hacía eco de los supuestos “crímenes sexuales generalizados cometidos por Hamas” y recogía el llamamiento de Netanyahu a las organizaciones por los derechos de las mujeres ante su indiferencia: “¿Habéis oído hablar de las violaciones de mujeres israelíes, de las horribles atrocidades, de las mutilaciones sexuales? ¿Dónde demonios estáis?” (Mednick, 2023, trad. propia). Este llamamiento fue respaldado públicamente por la ex-secretaria de estado Hillary Clinton, la senadora Kirsten Gillibrand y la ejecutiva tecnológica Sheryl Sandberg, quienes denunciaron el supuesto fallo global en el apoyo a las mujeres sexualmente agredidas el 7 de octubre de 2023 (Mednick, 2023). El falso relato de violaciones en masa atribuidas a Hamás ha sido explícitamente utilizado para justificar el genocidio, como muestran las declaraciones del asesor jurídico israelí Tal Becker ante la Corte Internacional de Justicia en enero de 2024, en el marco de la demanda presentada por Sudáfrica contra Israel por genocidio. Dirigentes como Joe Biden y Kamala Harris también han movilizado y explotado la violencia sexual contra las mujeres con fines coloniales y genocidas, para justificar el derecho de Israel a defenderse y el apoyo militar de Estados Unidos a este (Martone et al., 2025: 17). 

El pinkwashing llevado a cabo por Israel, condensado en la bandera del orgullo con el lema “in the name of love”, vende al Estado sionista de Israel como libertador de las palestinas LGTBIQ+, como si estas no estuvieran organizadas, también en contra del sionismo y a favor de la liberación de Palestina. Así, junto a la exclusión de las mujeres palestinas de la categoría mujeres y de les palestines queer y trans del colectivo LGTBIQ+, hallamos la expulsión del conjunto de la población palestina del campo de lo humano. Esta expulsión sucede como consecuencia del entrelazamiento de dos procesos; por un lado, la instrumentalización de las demandas feministas y queer para justificar la eliminación no solo de la resistencia palestina, sino del pueblo palestino en su conjunto; y, por otro, la reactualización, en el colonialismo de asentamiento contemporáneo, de la lógica racial del capitalismo colonial moderno, que conceptualiza a poblaciones racializadas, como los pueblos originarios de Abya Yala y las personas negras africanas esclavizadas, como salvajes,bestias y animales (no humanos) (Davis, [1981] 2005: 16, 183; Segato, 2016: 20; Wynter, 2003). De este modo, la catalogación de quienes participaron en el ataque del 7 de octubre de 2023 como violadores, barbarie o salvajes por parte de los oficiales israelíes y los medios de comunicación (Alqaisiya, 2024: 34-35; Martone et al., 2025: 13; ONU, 2025: 43) tiene como objeto despojar al conjunto de la población palestina de su humanidad, a fin de hacer de las palestinas y palestinos una población prescindible.

Lejos de posicionamientos antropocéntricos o de lecturas que contraponen humanidad y animalidad, lo que denunciamos aquí es el uso político de la animalización como tecnología de poder: la conceptualización de la población palestina como vida sacrificable, eliminable. Alqaisiya (2024: 36) va más allá al señalar, en relación con un vídeo en el que un soldado israelí aparece con cabras detrás, afirmando que “los animales son los únicos civiles en Gaza”, no solo la bestialidad proyectada por el Ejército israelí que documenta sus paseos civilizadores, sino la elevación de la animalidad no humana por encima de las personas indígenas palestinas. En una resonancia perfecta con las palabras de Theodor Herzl en El Estado Judío, acerca del Estado de Israel como defensa contra la barbarie ([1896] 1960: 118), Netanyahu insta a luchar sin concesiones contra “la barbarie que amenaza con arrollar al mundo” (Alqaisiya, 2024: 33, trad. propia).

Así, más allá de la priorización de unas vidas sobre otras (Pratt et al., 2024: 227), o de la idea de que la vida de una mujer palestina vale menos que la de otras mujeres (Alkarama, 2025b), lo que se pone en juego es una desvalorización radical: las vidas de las mujeres palestinas, y de la población palestina en su conjunto, son construidas como prescindibles e irrelevantes en el marco del orden político y moral occidental, incluidos amplios sectores del feminismo blanco liberal. Pero esa desvalorización política y moral no implica ausencia de valor. Siguiendo a Ali Kadri (2023) y Alqaisiya (2024), no se trata solo de vidas que no valen nada, sino de vidas que valen muertas: vidas cuya destrucción, desperdicio y aniquilación forman parte estructural de los procesos de acumulación capitalista. La destrucción de las vidas de las mujeres palestinas, y de la población palestina en general, es parte de la esfera de la producción capitalista; es constitutiva de la valorización y se materializa como mercancía en el mercado global del capital.

Por la liberación de Palestina, desde el río hasta el mar

Desde las tradiciones y alianzas históricas de los feminismos anticoloniales, antiimperialistas y marxistas, junto a numerosas voces feministas palestinas, sostenemos que la lucha por la liberación palestina constituye una cuestión feminista central. De este modo, pretender la propia liberación sin pretender al mismo tiempo la liberación de todas recae en un feminismo excluyente y opresor, que contradice los principios que, en teoría, justifican el reclamo de la categoría feminista. Condensado en el concepto territorio-cuerpo, el profundo entrelazamiento entre cuerpo y territorio evidencia asimismo el nexo inextricable entre soberanía corporal, sexo-genérica y reproductiva, y soberanía territorial y nacional, de manera que la defensa del derecho de los pueblos a decidir aparece como consecuencia lógica de la defensa de los derechos sexuales, reproductivos y sexo-genéricos de mujeres y personas trans. 

Este entrelazamiento se pone más de manifiesto, si cabe, en los múltiples modos en que la violencia colonial se imbrica con la violencia sexual, reproductiva y de género, desvelando el carácter inherentemente generizado de la violencia colonial, así como el carácter colonial de la violencia patriarcal. Junto a la exclusión de las mujeres palestinas de la categoría mujeres y de las palestinas queer y trans del colectivo LGTBIQ+, el despojo de la población palestina de su humanidad tiene como fin conferirle una naturaleza sacrificable. La instrumentalización de las demandas queer y de la violencia contra las mujeres, cristalizada en la fabricación de Hamas rapist machine, entretejida con la lógica colonial capitalista que construye las poblaciones colonizadas como salvajes, bestias y bárbaras, se dirige así a legitimar el genocidio palestino. Todo ello revela no solo la desvalorización radical de las vidas de las mujeres palestinas y de la población palestina en su conjunto, sino su valor en tanto que vidas muertas, en tanto que parte estructural de los procesos de producción y acumulación capitalista. 

Frente a ello, una posición feminista responsable exige defender sin ambages el derecho del pueblo palestino a la defensa y a la resistencia en todas sus formas, incluida la lucha armada 4, en la que también las mujeres palestinas han estado al frente. Una posición feminista responsable exige el fin del régimen colonial en todo el territorio palestino, el desmantelamiento de las estructuras e instituciones opresivas, la devolución de la tierra expropiada y el retorno a tierras palestinas de todas las refugiadas y exiliadas palestinas y palestinos; a saber: la liberación de toda Palestina, desde el río hasta el mar.


Por Maite Arraiza es profesora de filosofía de la Universidad del País Vasco
y activista feminista. 


Referencias:
Al Jazeera (2024) “UN experts say grounds to believe rape occurred in Hamas attack on Israel”. Al Jazeera. https://www.aljazeera.com/news/2024/3/4/reasonable-grounds-to-believe-hamas-committed-sexual-violence-un (4 de marzo)

Alkarama. Movimiento de Mujeres Palestinas (26 de julio de 2025a) Comunicado de la “Movimiento Mujeres de Palestina – Alkarama A los movimientos feministas del mundo. https://alkarama.eu/comunicado-de-la-movimiento-mujeres-de-palestina-alkarama-a-los-movimientos-feministas-del-mundo/ 

(2 de diciembre de 2025b) Manifiesto Feminista de Alkarama ante la violencia colonial contra las mujeres palestinas. https://alkarama.eu/nuestros-cuerpos-no-son-territorio-de-conquista-alkarama-denuncia-la-violencia-colonial/(2 de diciembre).

Alqaisiya, Walaa (2024) “The urgency of anti-imperialist feminism. Lessons from Palestine.” vol. 2.16 (ISSN 0300-211X), 33-46

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Bauman, Zygmunt ([2000] 2003) Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica. 

Davis, Angela Y. ([1981] 2005) Mujeres, raza y clase. Akal 

Federici, Silvia ([2004] 2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños. 

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(2025b) Reviving Third World Feminism: A Struggle for a Liberated Future. Women’s Studies in Communication, 48(3): 403-411. https://doi.org/10.1080/07491409.2025.2544500 

Pratt, Nicola, Jabiri, Afaf, Ajour, Ashjan., Shoman, Hala, Aldossari, Maryam y Ababneh, Sara (2025) “Why Palestine is a feminist issue: a reckoning with Western feminism in a time of genocide”. International Feminist Journal of Politics, 27(1): 226-250. doi: https://doi.org/10.1080/14616742.2025.2455477

Segato, Rita Laura (2016) La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños. 

(2025). Diálogos por la democracia con Rita Segato [Archivo de Vídeo]. TV UNAM. https://www.youtube.com/watch?v=FBjIHYEhfhg 

Thompson, Thomas L. (1992) Early history of the Israelite people: from the written and archaeological sources (Vol. 4). Brill. 

Wynter, Sylviu (2003) “Unsettling the coloniality of being/power/truth/freedom: Towards the human, after man, its overrepresentation – An argument”. CR: The New Centennial Review, 3(3): 257–337. https://doi.org/10.1353/ncr.2004.0015 1
 Diversos desarrollos en historia y arqueología han cuestionado la narrativa bíblico-sionista de continuidad histórica entre el antiguo Israel y el moderno Estado de Israel, al tiempo que han reafirmado la historicidad de Palestina como territorio y realidad histórica de larga duración. Véase, en este sentido, Herzog (2001); Masalha (2018); Thompson (1992). ↩︎
2
La violencia sexual, característica de las detenciones israelíes y parte de los procedimientos operativos estándar de las fuerzas de seguridad israelíes hacia lxs palestinxs, se ha incrementado de manera significativa en severidad y frecuencia tras el 7 de octubre de 2023, y se infringe en un clima de total impunidad (ONU, 2025: 33-34, 46-47) ↩︎
3
Según un informe de la ONU, que también desmiente ciertos relatos sobre violencia sexual cometida por Hamas el 7 de octubre de 2023, hay motivos para creer que hubo actos individuales de violencia sexual (véase, Al Jazeera, 2024; Goldenberg y Frankel, 2014). ↩︎
4
La Carta de las Naciones Unidas, diversas resoluciones y normas relevantes del derecho internacional reconocen la legitimidad de la lucha de los pueblos sometidos a ocupación o dominación colonial por la independencia y la integridad territorial por todos los medios, incluida la lucha armada (véase ONU, 1974; 1982). ↩︎

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in