abril 16, 2026

¿Importa que haya más mujeres en puestos de liderazgo?

La evidencia indica que sí: una mayor presencia de mujeres en cargos directivos dentro de una empresa se asocia con una reducción de la brecha salarial entre hombres y mujeres.

Imagen: Freepik.

Esta es la principal conclusión de un estudio reciente de Rodrigo Ceni, Estefanía Galván, Cecilia Parada y Agustina Romero , titulado “Are female bosses a path to equality? Evidence of their incidence on gender gaps”, que analiza los efectos de la participación femenina en puestos de liderazgo en empresas de Uruguay.

Los datos utilizados en el artículo

El estudio se basa en la trayectoria laboral de todas las personas empleadas en el sector formal (es decir, en actividades económicas, empresas y empleos que están registrados, regulados y supervisados legalmente) en Uruguay, un total de 839 480 trabajadoras y trabajadores, a lo largo de 26 años. Este conjunto de datos, especialmente detallado, permite identificar tanto a los compañeros de trabajo como a los supervisores de cada persona dentro de sus respectivas empresas.

Durante el período analizado (1997–2022), la brecha salarial en Uruguay es considerable: el salario medio de los hombres supera en un 39 % al de las mujeres, aunque ellos trabajan solo un 5 % más de horas mensuales. Las mujeres representan el 41 % del empleo total, pero ocupan apenas el 31,5 % de los 35 612 puestos directivos.

A partir de esta información, el artículo analiza cómo la presencia de mujeres en los niveles más altos de la jerarquía empresarial incide en la brecha de género dentro de las propias empresas.
Los resultados

El principal hallazgo del estudio es que la presencia de mujeres en puestos de dirección reduce de forma significativa la brecha salarial entre hombres y mujeres, y que este efecto se intensifica a medida que aumenta la representación femenina en posiciones de poder. Además, el impacto de las directivas es especialmente notable entre las mujeres con salarios más bajos y en aquellos sectores o empresas donde la participación femenina ya es más elevada. En términos cuantitativos, un mayor número de mujeres en puestos de liderazgo incrementa los salarios femeninos y reduce la brecha salarial total en torno a un 15 %.

Asimismo, el estudio muestra que una mayor presencia de mujeres en cargos directivos se asocia con un aumento en la contratación de trabajadoras y con una menor tasa de salida de mujeres de las empresas.
Mecanismos que pueden explicar los resultados

Las autoras y el autor examinan tres posibles mecanismos que podrían explicar los resultados.

En primer lugar, analizan si la composición de género en la dirección influye tanto en los salarios de las nuevas contrataciones como en los de quienes ya forman parte de la plantilla. Encuentran que, en empresas con mujeres en puestos directivos, la brecha salarial de género entre las nuevas incorporaciones se reduce entre un 20 % y un 25 %, mientras que la disminución es más moderada, alrededor del 8 %, para las personas ya empleadas.

En segundo lugar, muestran que el impacto del liderazgo femenino es mayor entre quienes cambian de empleador que entre quienes permanecen en la misma empresa: en el primer caso, la brecha salarial de género se reduce aproximadamente en un 20 %.

Por último, analizan las diferencias en las tasas de promoción, que podrían reflejar posibles sesgos o discriminación por parte de directivos hombres. En este aspecto, no encuentran evidencia de que el género del jefe influya de manera significativa en la probabilidad de promoción de las mujeres dentro de la empresa.
Conclusión

A pesar de los avances en educación y en la participación femenina en el mercado laboral, las desigualdades de género persisten. Las mujeres continúan percibiendo salarios inferiores a los de los hombres y siguen estando infrarrepresentadas en los niveles más altos de la jerarquía empresarial. Buena parte de la literatura se ha centrado en identificar las causas de esta baja presencia femenina en puestos de liderazgo y en proponer medidas para corregirla.

Este trabajo muestra que una mayor representación de mujeres en posiciones de liderazgo no solo responde a una cuestión de equidad, sino que también puede contribuir de manera significativa a reducir las desigualdades existentes dentro de las organizaciones.
Referencia

Rodrigo Ceni, Estefanía Galván, Cecilia Parada & Agustina Romero. (2025). Are female bosses a path to equality? Evidence of their incidence on gender gaps. SERIEs 1-53
Sobre el autor

David Pérez Castrillo es doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

Fuente: Mujeres con Ciencia

abril 15, 2026

Criar en comunidad: cómo una aldea enfrenta la desnutrición infantil en Guatemala


En El Tesoro, una aldea al este de Guatemala, la comunidad se organizó para enfrentar el hambre de niños y niñas en un país que registra uno de los índices más altos de desnutrición crónica infantil de la región. El cuidado y la organización comunitaria como claves para combatir la crisis alimentaria.



En la aldea El Tesoro, en el municipio de Camotán, al oriente de Guatemala, el calor seco y las lluvias cada vez más irregulares marcan el ritmo de la vida cotidiana. La comunidad forma parte del denominado Corredor Seco centroamericano, una región atravesada por sequías prolongadas, suelos degradados y una alta dependencia de la agricultura de subsistencia. Allí, entre caminos de tierra y viviendas dispersas, viven alrededor de dos mil trescientas personas que sostienen su alimentación principalmente a partir del cultivo de maíz y frijol, trabajos informales y economías familiares inestables.

En ese contexto, el Centro Comunitario de Aprendizaje de la aldea de Tizamarté funciona como un punto de referencia para la comunidad. No solo es un espacio de formación, sino también de seguimiento sanitario y organización territorial. Cada mes, niñas y niños menores de cinco años son pesados y medidos para evaluar su estado nutricional. Ese registro, que se repite de manera sistemática, permite detectar una problemática persistente.

“Nos encontrábamos con niños menores de cinco años con bajo peso y retraso de crecimiento”, explica Gloria Esperanza Amador Morales, alcaldesa comunitaria de la aldea y auxiliar de enfermería. “La población de nosotros es bastante amplia, como de dos mil trescientos habitantes, y tenemos niños menores de cinco años que monitoreamos todos los meses con peso y talla para ver cómo está el estado nutricional”, detalla.

El doble rol que ocupa Gloria —como autoridad comunitaria y trabajadora de la salud— le permite ver el problema en toda su dimensión. “Como alcaldesa comunitaria, mi función es ver las necesidades que existen en nuestra comunidad y como enfermería, velar por la salud de los niños menores de cinco años y de la población en general”, explica.

A partir de ese seguimiento, los datos comenzaron a mostrar una situación extendida. “Teníamos siete niños con desnutrición moderada, pero había como cincuenta o más niños con peso y talla que no era normal”, señala. La diferencia entre los casos más graves y un número mucho mayor de infancias con malnutrición evidencia un problema estructural, sostenido en el tiempo.

Este escenario local se inscribe en una crisis más amplia. Guatemala registra uno de los índices más altos de desnutrición crónica infantil en América Latina y el Caribe: cerca de la mitad de las niñas y niños menores de cinco años están afectados, según UNICEF. La desnutrición no solo impacta en la salud, sino en el desarrollo cognitivo, la trayectoria educativa y las condiciones de vida futuras.
Organizar la crianza en un territorio atravesado por el hambre

Frente a ese diagnóstico, la comunidad comenzó a reunirse. La preocupación por la alimentación de niñas y niños fue el punto de partida de un proceso de organización que buscó ir más allá de la atención individual de cada familia: “Ahí se vio la necesidad, se empezaron a organizar los grupos”, cuenta Gloria. Las primeras reuniones derivaron en la conformación de grupos de trabajo en distintos caseríos, integrados por familias con infancias en situación de bajo peso. “Se empezó a ver que ellos necesitaban en primer lugar alimentación, pero así mismo cómo poder producir algunas hortalizas”, agrega.

La estrategia implicó conseguir terrenos, organizar el trabajo colectivo y gestionar recursos básicos. A partir de ahí, comenzaron a desarrollarse las huertas comunitarias. Hoy, estos grupos están distribuidos en distintas zonas de la aldea. “En La Reforma tenemos cuatro grupos, hay grupos de veinte, veinticinco personas; en La Ceiba también hay grupos, tenemos en Nuevo Porvenir y en El Matuchal”, detalla Gloria. En total, participan más de cien personas en estos espacios de producción.


Las huertas producen alimentos concretos para el consumo cotidiano. “Se ha empezado a cultivar repollo, lechuga, tomate, cilantro”, enumera. En un contexto donde los ingresos son limitados y el acceso al mercado es restringido, la producción local se vuelve central. “Sabemos que por los escasos recursos no encuentran las verduras, otras cositas para poder ayudar”, explica.

Esta práctica responde a una lógica extendida en la región. Según el informe Ellas alimentan al mundo —publicado por LATFEM y We Effect en 2021—, el 57% de las mujeres rurales produce alimentos principalmente para alimentar a sus familias. En territorios como Camotán, esta forma de producción no es complementaria: es una condición para sostener la alimentación.

Sin embargo, en Tizamarté el proceso adquiere otra dimensión. La alimentación de niñas y niños deja de ser un problema exclusivamente familiar y comienza a ser abordada como una responsabilidad colectiva. Las huertas, las capacitaciones y las reuniones construyen una red donde la crianza se organiza en común.
La crisis climática también sube los precios

La situación alimentaria en Camotán está profundamente atravesada por la crisis climática. El municipio se encuentra en una de las zonas más afectadas del Corredor Seco, donde las sequías prolongadas alternan con lluvias intensas y eventos extremos que impactan directamente en la producción agrícola.

En los últimos años, las variaciones en los ciclos de lluvia han provocado pérdidas significativas en cultivos de subsistencia como el maíz y el frijol. Las lluvias tardías impiden la germinación de las semilla, mientras que las precipitaciones intensas en períodos cortos pueden destruir las cosechas. A esto se suman fenómenos extremos como huracanes e inundaciones que han afectado la región.

Estas condiciones no solo reducen la disponibilidad de alimentos, sino que también encarecen su precio. Cuando las cosechas fallan, las familias deben comprar en el mercado productos que resultan cada vez más caros, en un contexto de ingresos inestables. La inseguridad alimentaria se profundiza y afecta especialmente a las infancias.



A nivel nacional, según la Fundación PBI, la inseguridad alimentaria se ha profundizado de manera sostenida en los últimos años. Desde 2020, Guatemala atraviesa una de las crisis alimentarias más graves de América Latina y el Caribe: hacia 2023, alrededor del 26% de la población se encontraba en situación de inseguridad alimentaria severa, mientras que cerca del 58% estaba en condiciones de seguridad alimentaria marginal, es decir, en riesgo constante de no poder acceder a alimentos suficientes. Esta situación está directamente vinculada con la pérdida de cosechas, el aumento de los precios de alimentos básicos como el maíz y el frijol y la caída de ingresos en los hogares rurales.

El impacto es aún más agudo en comunidades rurales e indígenas, donde se concentran los mayores niveles de pobreza y exclusión. En estas zonas, la desnutrición infantil alcanza cifras alarmantes: en algunos territorios, especialmente en regiones con población maya, los niveles de malnutrición pueden llegar hasta el 80%. La combinación de acceso limitado a tierra, dependencia de cultivos de subsistencia, crisis climática y falta de políticas públicas sostenidas profundiza una desigualdad estructural que se expresa con mayor intensidad en las infancias.

En este contexto, las huertas comunitarias funcionan como una estrategia de adaptación frente a la crisis climática. La diversificación de cultivos y el uso de recursos disponibles permiten sostener una producción mínima. “Se empezó a cultivar para el consumo de las familias”, resume Gloria.
Cuidar en común en contextos de desigualdad

En Tizamarté, la producción de alimentos está estrechamente vinculada con el trabajo de cuidados. Las mujeres que participan en las huertas también son quienes sostienen el monitoreo nutricional, el cuidado cotidiano de niñas y niños y la organización comunitaria: “Las mujeres del centro comunitario estamos luchando por los beneficios de todas las personas de la aldea, para apoyar a las familias que están en riesgo por alimentación o vivienda”, explica Gloria.

Este entramado refleja una realidad extendida a lo largo de la región: las mujeres rurales concentran gran parte de las responsabilidades vinculadas a la alimentación y los cuidados, pero en condiciones de desigualdad estructural. Aunque 7 de cada 10 acceden a tierra para producir, solo 3 de cada 10 tienen titularidad sobre esas parcelas , lo que limita su autonomía y capacidad de decisión.

A esto se suma la sobrecarga de trabajo no remunerado, que recae principalmente sobre ellas. En este contexto, la desnutrición infantil no puede explicarse únicamente como un problema de las familias o de las prácticas individuales, sino como el resultado de condiciones estructurales: pobreza, falta de acceso a tierra, crisis climática y ausencia de políticas públicas sostenidas.


La experiencia de Tizamarté propone otra forma de abordar esa realidad. A través de la organización comunitaria, la crianza se sostiene en red. “También se les capacita a las madres como tener una buena alimentación”, agrega Gloria, dando cuenta de un proceso que combina producción, educación y cuidado.

En la aldea El Tesoro, las planillas donde se registran los pesos y las tallas de niñas y niños conviven con parcelas cultivadas colectivamente. Entre esos dos registros —los datos que evidencian la desnutrición y las huertas que buscan revertirla— se configura una experiencia donde la crianza deja de ser una responsabilidad individual y se convierte en una práctica social. En ese entramado, sostener la vida implica algo más que producir alimentos: implica construir, de manera colectiva, las condiciones para que las infancias puedan crecer.

Fuente: Latfem

abril 14, 2026

Construyendo Wikipedia desde una perspectiva feminista: Wikiesfera en un libro académico

Wikiesfera acaba de dar un nuevo paso en la documentación y difusión de su trabajo: el capítulo “Construyendo Wikipedia desde una perspectiva feminista: el caso de Wikiesfera” ha sido publicado en el libro Píxeles y patriarcado: mujeres en la era de la IA (Dykinson, una de las editoriales españolas de más prestigio según el SPI), una obra colectiva que reúne aportaciones de especialistas de distintos ámbitos para analizar cómo las tecnologías digitales siguen reproduciendo desigualdades estructurales que afectan a las mujeres. El libro se puede descargar gratuitamente aquí.

Para quienes no nos conocéis, Wikiesfera es un grupo de usuarias fundado en 2015 y reconocido como grupo oficial en 2018. Somos una comunidad feminista comprometida con la justicia social que trabaja para eliminar los sesgos sistémicos en espacios de conocimiento libre como Wikipedia. Partimos de una convicción sencilla pero radical: que el conocimiento no es neutro, y que Wikipedia (como cualquier otro espacio humano) refleja las desigualdades de la sociedad en la que existe. Nuestra labor pasa por hacer visible esa brecha de género y, sobre todo, por construir comunidad para reducirla.

Foto de grupo del décimo aniversario de Wikiesfera (2025)

Este capítulo tiene su origen en la ponencia que María Sefidari y Patricia Horrillo presentamos en julio de 2025 en el V Congreso Internacional de Feminismo Digital de la Universidad de Granada. Allí compartimos la experiencia de Wikiesfera como caso de estudio: qué hacemos, cómo lo hacemos, y qué hemos aprendido en el camino. La propuesta despertó un gran interés entre la comunidad académica y se situó entre las más comentadas del encuentro. Algo que nos alegró especialmente, porque el diálogo entre el activismo wikimedista y la academia es, para nosotras, una parte importante de cómo se construye el cambio. Si queréis ver la presentación y el vídeo de la ponencia, los tenéis disponibles en este post de nuestra web.

Que este trabajo encuentre ahora un espacio en una publicación académica es, para nosotras, una forma de ampliar el alcance de una conversación que consideramos urgente: cómo construir espacios de conocimiento libre que sean realmente justos e inclusivos. Wikipedia tiene un papel enorme en cómo el mundo accede a la información, y eso hace que la pregunta sobre quién escribe, qué se escribe y desde qué perspectivas sea una pregunta política y ética de primer orden.

Fuente: diff.wikimedia

abril 13, 2026

Valentina Tereshkova y Christina Koch: pioneras que marcaron la historia de la carrera espacial


Valentina Tereshkova y Christina Koch: pioneras que marcaron la historia de la carrera espacial


La exploración espacial ha estado marcada por hitos tecnológicos y científicos, pero también por figuras que rompieron barreras. Entre ellas destacan Valentina Tereshkova y Christina Koch, dos mujeres separadas por décadas que transformaron el papel femenino en la conquista del espacio.
La primera mujer en viajar al espacio

En plena Guerra Fría, la Unión Soviética sorprendió al mundo cuando Valentina Tereshkova despegó el 16 de junio de 1963 a bordo de la nave Vostok 6. Con solo 26 años, se convirtió en la primera mujer en viajar al espacio y en orbitar la Tierra, completando 48 vueltas al planeta durante casi tres días de misión.

Su vuelo no solo representó un triunfo tecnológico soviético, sino también un mensaje político y social: demostrar que las mujeres podían participar en misiones espaciales en igualdad de condiciones. Tereshkova se convirtió en un símbolo global y abrió la puerta a futuras generaciones de astronautas.
Un récord histórico de permanencia en órbita

Más de medio siglo después, Christina Koch marcó un nuevo hito. Ingeniera eléctrica y astronauta de la NASA, Koch participó en la Expedición 59/60/61 de la Estación Espacial Internacional.

En 2019 estableció el récord del vuelo espacial más largo realizado por una mujer: 328 días consecutivos en órbita. Durante su misión participó en investigaciones científicas, caminatas espaciales y en el primer paseo espacial realizado únicamente por mujeres, junto a Jessica Meir.

Su estancia prolongada aportó información clave sobre los efectos del espacio en el cuerpo humano, datos relevantes para futuras misiones de larga duración, como los viajes a Marte.
Un legado que conecta generaciones

Aunque sus contextos fueron distintos —la carrera espacial de la Guerra Fría y la exploración científica internacional del siglo XXI—, ambas figuras representan avances decisivos:Tereshkova rompió la barrera de género en el espacio.
Koch consolidó la participación femenina en misiones de larga duración y alta complejidad.

Sus logros reflejan la evolución del papel de la mujer en la ciencia y la exploración espacial, y continúan inspirando nuevas vocaciones en todo el mundo.

Fuente: Acento 21

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in