agosto 06, 2026

Micromachismos: la desigualdad que sigue escondida en lo cotidiano

“Quizá por eso resultan tan difíciles de combatir: porque se confunden con la costumbre y terminan pareciendo normales”


Oberholster Venita / Pixabay

Pequeños gestos cotidianos (frases, actitudes y automatismos que apenas se cuestionan) siguen colocando a muchas mujeres en un segundo plano. Aunque la sociedad ha cambiado y los avances hacia la igualdad son evidentes, estas dinámicas persisten de forma silenciosa en muchos ámbitos de la vida diaria.

Quizá por eso resultan tan difíciles de combatir: porque se confunden con la costumbre y terminan pareciendo normales.

Los micromachismos no suelen identificarse a primera vista. No hay gritos, insultos ni conflictos abiertos. Son gestos pequeños, frases cotidianas y reacciones automáticas que muchas veces pasan desapercibidas, pero que, sumadas, contribuyen a mantener desigualdades que aún no han desaparecido por completo.

Conviene matizar algo importante: afortunadamente, estas dinámicas están cambiando. Hay hombres que no reproducen estos comportamientos, parejas que se reparten las responsabilidades de forma equitativa y nuevas generaciones cada vez más conscientes de la necesidad de construir relaciones basadas en el respeto y la corresponsabilidad. Sin embargo, el cambio social sigue siendo desigual y, en muchos ámbitos, todavía insuficiente.

¿Por qué siguen existiendo?

La mayoría de los micromachismos no nacen de una intención consciente de discriminar. Son, en gran medida, el resultado de una educación recibida durante generaciones y de modelos culturales profundamente arraigados. Durante mucho tiempo se educó a hombres y mujeres para desempeñar papeles diferentes: ellos como principales proveedores y ellas como responsables del cuidado de la casa y de la familia. Aunque la sociedad ha evolucionado de forma extraordinaria, muchas de esas inercias siguen reproduciéndose de manera casi automática, incluso entre personas que defienden sinceramente la igualdad.

En casa: cuando el trabajo se da por hecho

En muchos hogares sigue ocurriendo una escena fácilmente reconocible. Él está sentado viendo la televisión mientras ella recoge la cocina después de cenar. Entonces comenta:

—Si necesitas ayuda, me dices.

No es una frase agresiva, pero encierra una diferencia significativa: la responsabilidad principal parece recaer en ella, mientras él se ofrece a colaborar de forma puntual.

También es frecuente que alguien abra la nevera y diga:

—No hay nada para comer.

Detrás de esa afirmación suele haber una realidad invisible: alguien ha pensado en la compra, ha planificado los menús y ha organizado lo necesario para que la casa funcione día a día.

En reuniones familiares ocurre algo parecido. Servir el café, recoger los platos o atender a los niños suele recaer de forma casi automática sobre determinadas personas, generalmente mujeres, mientras el resto continúa la conversación.

A ello se suma lo que muchos estudios denominan carga mental: recordar citas médicas, cumpleaños, compras pendientes, reuniones escolares o gestiones administrativas. Son tareas poco visibles, pero esenciales para la organización cotidiana, y todavía hoy siguen recayendo con frecuencia sobre ellas.

Otro ejemplo muy habitual es hablar de que un hombre 'ayuda en casa'. En realidad, cuando ambos conviven y comparten un proyecto de vida, no se trata de ayudar, sino de asumir responsabilidades comunes. El propio lenguaje refleja, a veces sin pretenderlo, quién sigue considerándose el responsable principal de las tareas domésticas.
En pareja: cuando el control se disfraza de cuidado

Otra situación habitual aparece cuando una mujer va a salir y escucha preguntas como:

—¿Con quién vais exactamente?

—No vuelvas muy tarde, que es peligroso.

—Avísame cuando llegues.

Por supuesto, estas expresiones pueden nacer de una preocupación sincera. El problema surge cuando se convierten en algo constante, unilateral o condicionan la autonomía de la otra persona. En esos casos pueden transformarse en formas sutiles de control.

Algo parecido sucede con comentarios relacionados con la apariencia o las decisiones personales:

—¿Vas a salir así?

—No es que no puedas, pero luego te miran.

O cuando una mujer dedica tiempo a su trabajo, sus aficiones o sus amistades:

—Siempre estás ocupada últimamente.

No son prohibiciones directas, pero pueden generar presión y hacer que determinadas decisiones se tomen bajo la influencia de expectativas ajenas.
En la carretera: cuando conducir parece un examen

Muchas mujeres reconocen una situación parecida: van conduciendo y el acompañante masculino comenta continuamente:

—Frena antes.

—Ahí no entres.

—Vas muy pegada.

Aunque no exista un peligro real, la sensación puede ser la de estar siendo evaluada constantemente.

Sin embargo, cuando es el hombre quien conduce, ese nivel de supervisión suele ser menor. Esta diferencia refleja un estereotipo que todavía persiste en algunos sectores de la sociedad: la idea de que las mujeres conducen peor.

Los datos disponibles no respaldan esa creencia. Diversos estudios sobre siniestralidad vial muestran que los hombres están implicados con mayor frecuencia en conductas de riesgo al volante, como el exceso de velocidad o la conducción temeraria. Aun así, el prejuicio continúa presente en muchos comentarios cotidianos.
En el trabajo: cuando no se escucha igual

En el ámbito laboral también pueden aparecer situaciones sutiles de desigualdad.

Una mujer expone una idea durante una reunión y apenas obtiene respuesta. Minutos después, un compañero plantea una propuesta muy similar y recibe reconocimiento por ella.

También es habitual que determinadas tareas organizativas —tomar notas, coordinar detalles o preparar reuniones— recaigan automáticamente sobre mujeres, sin que exista un acuerdo previo ni una distribución consciente de responsabilidades.

A ello se suma otra situación frecuente: las interrupciones. Diversos estudios muestran que las mujeres son interrumpidas con mayor frecuencia durante reuniones o debates y que, en ocasiones, sus explicaciones se cuestionan más que las de sus compañeros.

La forma de valorar el liderazgo ofrece otro ejemplo frecuente. Cuando una mujer se expresa con firmeza, a veces se la percibe como demasiado exigente o autoritaria. Sin embargo, esa misma actitud en un hombre suele interpretarse como capacidad de liderazgo o seguridad.

Son diferencias sutiles, difíciles de detectar en ocasiones, pero que pueden influir en el reconocimiento profesional y en las oportunidades de desarrollo laboral.
Lo que está cambiando (aunque no al ritmo deseado)

Es importante insistir en que estas situaciones no representan a todos los hombres ni aparecen en todas las relaciones. Existen hogares donde las responsabilidades se comparten de manera equilibrada, empresas comprometidas con la igualdad y personas que cuestionan activamente estos comportamientos.

Los avances logrados durante los últimos años son reales y merecen ser reconocidos. Sin embargo, también es cierto que algunas inercias culturales continúan presentes y siguen manifestándose en pequeñas acciones cotidianas que rara vez se cuestionan.

Conviene recordar, además, que los micromachismos no perjudican únicamente a las mujeres. También pueden limitar a muchos hombres cuando se espera de ellos que no expresen sus emociones, que asuman siempre el papel de proveedores económicos o que no participen plenamente en el cuidado de sus hijos por considerarlo una tarea secundaria. Superar estos estereotipos beneficia a toda la sociedad.

Los micromachismos no siempre son conscientes ni intencionados. Precisamente por eso resultan tan difíciles de identificar y transformar. Su importancia no reside en cada gesto aislado, sino en el efecto acumulativo que generan cuando se repiten una y otra vez.

Son como el polvo que se acumula en una casa. Un solo grano parece insignificante, pero cuando se van sumando durante años terminan cubriendo toda la superficie. Cada gesto aislado puede parecer irrelevante; el problema aparece cuando todos ellos se convierten en una forma habitual de relacionarnos.

Detectar un micromachismo no significa convertir cualquier conversación en un enfrentamiento. Muchas veces basta con hacerlo visible mediante una pregunta serena, repartir las responsabilidades con mayor equilibrio o revisar costumbres que siempre se han considerado normales. La igualdad no se construye únicamente con leyes; también nace de esos pequeños gestos cotidianos que transforman la convivencia.


Nombrarlos no es acusar, sino observar. Y observar es siempre el primer paso para cambiar.


Porque la igualdad no se alcanza únicamente cuando desaparecen las grandes discriminaciones, sino también cuando dejamos de aceptar como normales esas pequeñas desigualdades que se cuelan, casi sin hacer ruido, en la vida de cada día.

Fuente: El Diario.es

agosto 05, 2026

Diálogos en torno al territorio y los cuidados desde una mirada de género


Presentación SUR Corporación

La jornada reunirá a actores locales, organizaciones sociales y de cuidadoras y especialistas en dos conversaciones dedicadas a los sistemas de cuidado en los territorios desde una perspectiva de corresponsabilidad social y de género.

  • Diálogo 1: Experiencias, aprendizaje y desafíos para ciudades que cuiden

Este primer diálogo abordará los aprendizajes y desafíos para el fortalecimiento del derecho al cuidado y la autonomía de las mujeres, y para la consolidación de redes y sistemas locales de cuidado en los territorios. Luego de una intervención de Tamara Jeri (SUR Corporación), participarán las coordinadoras de dos proyectos ejecutados por organizaciones de la Red Mujer y Hábitat de América Latina y el Caribe en distintos países de la región: Maite Rodríguez (Fundación Guatemala), coordinadora del proyecto “Fortalecimiento de Liderazgo y Participación de Mujeres para Avanzar Hacia Ciudades Feministas y Territorios que Cuidan” (AECID Guatemala), y Ana Falú (CISCSA Ciudades Feministas), coordinadora del proyecto “Territorios, Género y Cuidados. Tejiendo redes de incidencia, conocimiento e intercambio en ciudades de América Latina” (AECID Cono Sur). Participarán también con sus reflexiones Karina Delfino, alcaldesa de Quinta Normal, otro alcalde de la Región Metropolitana y una lideresa cuidadora de la Mesa de Cuidado del Centro Comunitario de Lo Espejo.

  • Diálogo 2: Lanzamiento de la revista Proposiciones N°40

La segunda parte de la jornada estará dedicada al lanzamiento a la Revista Proposiciones Nº 40 de SUR “Construyendo territorios que cuiden. Vida cotidiana y corresponsabilidad social y de género”. Presentarán la Revista sus coeditoras Olga Segovia (SUR Corporación), Nieves Rico (consultora independiente) y Ana Falú (CISCSA Ciudades Feministas), junto con los comentarios de Pía Montealegre, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.

  • Confirma tu asistencia: https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdp5HdVKuJx4JWTC4u0IAW0EeuYIg7MeZZef9Rnx93H7QIhaw/viewform

Fecha: 10 de agosto de 2026
Hora: 9:30 a 12:00 

Centro Cultural de España. 
Ubicado en Av. Providencia 927, Providencia, Santiago.

Fuente: https://ccesantiago.aecid.es/

agosto 04, 2026

Los feminicidios se disparan en Israel en paralelo a un aumento exponencial de las armas




Fotografía tomada el 29 de julio de 2026, de Lili Ben Ami, fundadora y directora ejecutiva del Foro Michal Sela, organización dedicada a prevenir la violencia machista en Israel. EFE/Magda Gibelli

El Gobierno israelí flexibilizó las licencias de armas como respuesta a la sensación de vulnerabilidad que dejó el ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023. Casi tres años después, las estadísticas alertan de un aumento exponencial de la violencia machista, en un país donde el trauma psicológico y las armas conviven en miles de hogares.

"Es una olla a presión que ya está desbordándose", afirma a EFE Lili Ben Ami, fundadora y directora ejecutiva del Foro Michal Sela, organización dedicada a prevenir la violencia machista en Israel. Su propia hermana, cuyo nombre lleva esta ONG, fue asesinada por su pareja en 2019.

Según los datos del Foro, en 2025 hubo 31 mujeres asesinadas en sus hogares, lo que supuso un aumento de feminicidios del 82,3 % con respecto al año anterior (con 17), mientras que los asesinatos cometidos con armas de fuego aumentaron un 1.600 %.

Una tendencia que, con 12 asesinatos de mujeres en lo que va de 2026, se mantiene al alza.


"Solo durante el último año recibimos unas 7.500 consultas en nuestra línea de ayuda, alrededor del doble de las que recibíamos antes del 7 de octubre. Vemos un aumento inequívoco de la violencia dentro de los hogares desde cualquier indicador que se analice. Y, sin embargo, nadie habla de ello", denuncia Ben Ami.
"Mi marido me amenaza"

Ben Ami asegura que las consecuencias del aumento de licencias comenzaron a percibirse desde los primeros meses de la guerra. "Antes del 7 de octubre, entre las mujeres asesinadas quizá una o dos morían por disparos. Después, más de la mitad fueron asesinadas con armas de fuego", afirma.

El 7 de octubre de 2023 milicias palestinas, encabezadas por el grupo islamista Hamás atacaron el sur de Israel, matando a unas 1.200 personas y secuestrando a otras 251, tras lo que el Ejército israelí lanzó una ofensiva militar por tierra, mar y aire contra el enclave palestino. Desde entonces, más de 73.300 palestinos han muerto en la Franja de Gaza y más de 173.000 han resultado heridos, según el Ministerio de Sanidad de Gaza.

El alto al fuego actualmente vigente entró en vigor el 10 de octubre de 2025, aunque Israel ha continuado efectuando bombardeos y operaciones militares: más de 1.200 gazatíes han muerto desde el inicio de la tregua, incluidos niños, en diez meses marcados por una mayor destrucción del enclave y una grave crisis humanitaria ligada a la falta de electricidad, agua potable y la acumulación de basuras y residuos sólidos en gigantescos campamentos de desplazados.

En los primeros meses tras el 7 de octubre, el Foro Michal Sela, comenzó a recibir testimonios que antes no existían. "Las mujeres nos decían: 'Mi marido me amenaza diciéndome que va a solicitar un arma'.

"Algunas nos enviaban fotografías del formulario de solicitud que él les mostraba para intimidarlas", relata.

Otras denunciaban que sus parejas, movilizados como reservistas en la Franja de Gaza o Líbano, utilizaban las armas militares dentro del hogar como herramienta de intimidación. "Recogimos todos esos testimonios, las voces de esas mujeres invisibles, y las llevamos a la Policía", explica.

Según Ben Ami, el aumento de la violencia responde a una combinación de factores: el estrés postraumático entre algunos reservistas, la incertidumbre, las dificultades económicas y la ansiedad acumulada.

El Foro Michal Sela presentó, sin éxito, recomendaciones para reforzar los controles, entre ellas consultar a mujeres identificadas como víctimas de alto riesgo (unas diez mil son atendidas por servicios sociales debido a esta causa) antes de conceder una licencia.

Incluso llegó a enviar una misiva alertando sobre la situación a la Oficina del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. "La única respuesta fue un acuse de recibo", afirma Ben Ami.
Más de 217.000 nuevas armas

En Israel, la ley no reconoce el derecho universal a portar armas. Para obtener una licencia es necesario acreditar una necesidad, cumplir requisitos de edad y residencia, presentar certificados médicos y superar una prueba de tiro. Además, los solicitantes deben haber servido en el Ejército o residir en determinadas zonas.

Tras el ataque de Hamás, el Gobierno israelí facilitó el proceso para obtener licencias de armas, lo que multiplicó las solicitudes.

Solo en el primer año y medio desde octubre de 2023, se otorgaron 217.000 nuevas licencias (de una población de 10 millones), según unos datos ofrecidos en junio de 2025 en el Parlamento israelí y a falta de cifras actualizadas.


"Vemos un aumento drástico de la presencia de armas en el espacio público. Algunas son legales y otras ilegales, pero hay más armas en Israel que antes", afirma a EFE Tomer Lotan, experto en políticas públicas y antiguo director del Ministerio de Seguridad Nacional. Un incremento, afirma, directamente relacionado con el auge de crímenes machistas.

Si bien los feminicidios por armas de fuego (especialmente los casos de 'asesinatos de honor') también han aumentado en las comunidades árabes de Israel, este experto puntualiza que en estos casos se emplean armas sin licencia.

Según explica, su proliferación se ha visto favorecida por una menor intervención policial en estas comunidades desde la llegada al poder del actual gobierno ultraderechista y del ministro de Seguridad Nacional, el antiárabe y colono Itamar Ben Gvir.
Un problema de seguridad nacional

El Foro Michal Sela reclama que la violencia contra las mujeres deje de ser considerada un asunto de bienestar social y se trate como un problema de seguridad nacional en Israel.

"Es un problema de seguridad, de inteligencia, de prevención y de innovación tecnológica. Igual que el país invierte enormes recursos para prevenir atentados, también debería invertir en identificar los patrones que preceden a un feminicidio", afirma Ben Ami.

Su organización desarrolla programas de protección que incluyen empresas de seguridad, perros de defensa entrenados, sistemas tecnológicos de alerta conectados a centrales de emergencia, dispositivos de pánico, apoyo legal y formación en defensa personal.

"Los patrones existen. Se repiten una y otra vez. Y, si podemos reconocerlos, también podemos intervenir antes de que sea demasiado tarde", insiste la activista.

Por Yael Ben Horin 
Fuente: Efeminista

agosto 03, 2026

Violencia algorítmica: la maquinaria del escrache digital contra las feministas

Trolls, funcionarios, influencers, plataformas e imágenes generadas con IA producen nuevas formas de disciplinamiento político. Protagonistas de ataques, especialistas y periodistas analizan cómo defender la libertad de expresión frente a los asedios coordinados.

Ilustración de portada e interiores: Seelvana (@seelvana)

“Golpista”, “subversiva”, “ñoqui”, “ensobrada”, “ladrona”, “corrupta”, “feminazi”. Para Julia Mengolini esos insultos no son nuevos. Los reconoce a lo largo del tiempo, en cuentas anónimas, militancias digitales, funcionarios y usuarios que hacen de la degradación una forma de intervenir en redes. “Hay que ver hacia atrás: son diez años de hostigamiento constante”, sintetiza.

Sin embargo, la violencia recrudeció en 2025 con una difamación sincronizada en X que le atribuía una relación incestuosa con su hermano. El primer tuit de este tipo fue detectado el 19 de junio, desde una cuenta con identidad apócrifa y sin aparente vinculación política. Luego el rumor se propagó velozmente entre simpatizantes y militantes oficialistas.

Esa misma tarde, después de que la periodista restringiera la privacidad de su perfil, una cuenta verificada libertaria presentó esa acción como confirmación de la acusación falaz. En menos de veinticuatro horas, el posteo cosechó 1,7 millones de visualizaciones y superó los 24 mil likes.

Cinco días después, tras la viralización de una entrevista donde se la veía conmocionada, el presidente Javier Milei compartió tuits que la acusaban de no “bancarse el vuelto”. Horas más tarde, perfiles fantasma del mismo ecosistema generaron con IA un video sexualizado a partir de una foto familiar de su Instagram, que circuló por diversas plataformas.

Según una reconstrucción de la Fundación Heinrich Böll, el 28 de junio los legisladores Lilia Lemoine y Agustín Romo, junto al Director de Realización Audiovisual de la Presidencia Santiago Oria, difundieron textos burlándose del episodio. Para fin de mes, Milei acumulaba 93 publicaciones contra la periodista, a quien catalogó en una entrevista de “enemiga” y “zurda de mierda”.

Mengolini judicializó el asedio con una denuncia penal. Aunque el juzgado le otorgó custodia policial, terminó abandonándola por el agobio de la vigilancia cotidiana. Su denuncia no busca un resarcimiento inmediato, sino sentar un precedente sobre el uso político de las plataformas, la pornografía sintética y la persecución.

Más allá de las opacidades en el financiamiento o la coordinación vertical del Estado, el caso expone cómo una vejación contra una mujer pública viaja entre el anonimato, militancias digitales, funcionarios, influencers, sistemas de recomendación y una cuenta presidencial capaz de convertir una venganza personal en linchamiento virtual.

El relevamiento de FOPEA y DJV Bootcamp, “El insulto como estrategia”, cuantifica esta matriz. Tras analizar 113.649 posteos de Milei en X entre diciembre de 2023 y septiembre de 2025, determinó que el 15,2% (16.806 mensajes) contenían insultos explícitos. Irene Benito, periodista líder del Bootcamp, define esto como una “amplificación sistemática”: el agravio facilita una viralización más rápida entre seguidores, trolls y militantes.

El informe detectó además que el 70% de los tuits dirigidos al campo mediático incluyó términos estigmatizantes, y que al menos 97 perfiles anónimos instalaban tendencias como #LosTrollsPagosSonLosPeriodistas y #NOLSALP (acrónimo de “no odiamos lo suficiente a los periodistas”).

Para FOPEA, el insulto no es un gesto aleatorio, sino una estrategia para maximizar alcance, fidelizar mediante la confrontación y silenciar las voces críticas. El estudio agrupó los tuits en tres patrones recurrentes: animalización, sexualización y repulsión. Así, no solo desacreditan ideas de las voces críticas, sino que se las reduce a la categoría de animales, “basura”, corruptas o blancos de sexualización.
De la filtración al cuerpo

A Ayelén Romano la habían doxeado —es decir, expuesto sus datos privados sin consentimiento— por primera vez en 2021. Pero en 2024, en la noche de su cumpleaños, la situación tomó otro tenor. Se difundieron imágenes de su casa, su DNI y fotos personales. “Ahí empecé a darme cuenta de que había una organización”, cuenta para esta nota.

Romano, astróloga, escritora, feminista y peronista, sufrió la irrupción en sus perfiles de usuarios con pornografía, comentarios nazis y provocaciones dirigidas sobre su físico. Al bloquearlos, la represalia escaló a la filtración de su teléfono, datos bancarios y un informe crediticio. En abril, el asunto se volvió físico: un hombre fue a su domicilio, amenazó a su madre y le nombró a todos sus familiares. Después llegaron pedidos de delivery de madrugada, camiones con materiales de construcción y un pasacalle.

Para Briony Anderson, criminóloga digital de Durham University, el doxing no se reduce a la filtración. La información personal “no solo representa” a una persona: contiene su identidad, su historia, su modo de expresarse y sus márgenes de libertad. Así, el daño deja la pantalla y entra en la vida cotidiana.

En mujeres con voz pública, advierte, funciona como una “técnica de intimidación y silenciamiento”: expone su reputación a juicios patriarcales sobre inteligencia, valor, estatus, corporalidad o vida privada. En el relato de Romano, la definición se vuelve carne. “Me fui cerrando mucho. Estuve muchísimo tiempo sin poder salir de mi casa. No confiaba en nadie”, relata.

Le llegaron videos de un hombre masturbándose con su voz de fondo y fotos sintéticas de ella desnuda. El silenciamiento se volvió —solo por unos días— literal: le costó hablar y escuchar su propio registro. “Me daba asco escucharme a mí misma por las cosas que estaban haciendo”. Las herramientas generativas no crean ese repertorio, pero amplían su circulación. Anderson describe estos contenidos como “falsificaciones sexuales digitales” donde una foto pública, una selfie o un rostro reconocible bastan para producir material sexual.

Ana Cristina Ruelas, de UNESCO, señala que las periodistas y comunicadoras son atacadas de manera desproporcionada con piezas sintéticas no consentidas para “silenciar, avergonzar y chantajear”, maniobras que suelen empujarlas a retirarse de los espacios online en lugar de proteger su derecho a participar.

En sintonía, Emily Harmer y Rosalynd Southern, investigadoras de la Universidad de Liverpool, muestran que esta violencia no se mide por un hecho aislado, sino por la acumulación de afrontas virtuales. Aunque no siempre empiezan como misoginia explícita, suelen recurrir a repertorios sexistas porque funcionan para castigar una voz política a través del cuerpo, la apariencia y la reputación.
El engranaje algorítmico

Un analista de X —que prefirió resguardar su nombre— describe tres roles frecuentes: iniciadores, validadores y amplificadores. El primer perfil puede ser marginal o descartable; su potencia depende de quién retoma el contenido para darle entidad ante una comunidad más amplia. El retuit valida la publicación y el “quote” la traslada de una cámara de eco a otra, incluso al denunciar.

En los casos de Mengolini y Romano, como en muchos otros, esa mecánica suma una capa nueva con la inteligencia artificial. Diego Fernández Slezak, investigador de la Universidad de Buenos Aires y el CONICET, ubica el cambio en la escala. Antes había contenido falso guiado por humanos. Ahora hay “contenido fake creado por máquinas”. Las herramientas generativas permiten producir respuestas en serie, perfiles verosímiles, piezas visuales y relleno para emular interacciones humanas. “Con muy poca inversión en muy poca gente uno puede crear una gran cantidad de agentes”, asevera.

Esa masividad y las políticas de las plataformas complica —aunque no imposibilita— el rastreo del origen. Para el experto, no hace falta un dispositivo sofisticado para causar daño: alcanza un velo ligero de anonimato y la expectativa de que nadie investigue demasiado. Por eso, ante imágenes o videos manipulados, el límite no debería descansar solo en la detección técnica.

Hany Farid, analista forense digital de la UC Berkeley, llega a un punto parecido: en política, los deepfakes no necesitan ser perfectos. Su eficacia depende de saturar el sistema con montajes de distinta calidad para producir caos, sembrar dudas y obligar a víctimas o verificadores a correr detrás de la mentira.

El profesor sostiene que no hay limitaciones técnicas para que las plataformas etiqueten automáticamente los contenidos de sus propios sistemas e identifiquen materiales externos: “No hay duda de que podrían hacerlo mucho mejor de lo que lo hacen”.
La palabra presidencial y sus efectos

El sociólogo y catedrático de comunicación política Silvio Waisbord analiza este escenario desde la “desmediatización”: líderes que ya no necesitan atravesar el periodismo o la conferencia de prensa para marcar agenda, sino que acusan, señalan enemigos y se dirigen a sus públicos las 24 horas del día.

El embate, alerta, “legitima el insulto como una forma normalizada de discurso político”. Esta dinámica encierra además una paradoja para el campo mediático: informar sobre un deepfake puede ampliar su alcance, pero callar deja intacta la embestida pública.

Cuando la estigmatización proviene del Ejecutivo, el impacto en la sociedad civil cambia. Amnistía Internacional lo formuló ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) al advertir que la descarga de odio presidencial “habilita y promueve el asedio, las amenazas y la violencia” sobre el discurso de otros. En 2026, la organización registró insultos directos como “basura”, “inmundicia humana”, “cavernícola” o “delincuente malparido”. Ya no se discute una nota: se intenta vaciar de credibilidad a su autor.

Agustina Del Campo —directora del Centro de Estudios en Libertad de Expresión y Acceso a la Información (CELE) y firmante de un amicus curiae en la causa que Milei luego iniciaría contra Mengolini, en la que la periodista fue sobreseida— traza una cautela jurídica necesaria: proteger a periodistas no habilita clausurar la crítica a la prensa. El punto cambia cuando la estigmatización proviene del Ejecutivo. “Que desde el poder se estigmatice con nombre y apellido a determinados periodistas es lamentable para la libertad de expresión”, desarrolla. Para ella, la respuesta no pasa por crear castigos penales inmediatos, sino por reforzar obligaciones ya existentes sobre funcionarios.

Un integrante del Gobierno puede otorgarle una enorme masividad a una ofensiva sin necesidad de haber creado la imagen falsa ni redactado la agresión. Retomar, comentar o celebrar un contenido desde un cargo público transforma la escena. Frente a esta mecánica, Slezak abre el debate sobre la responsabilidad de quien difunde y amplifica.
El laberinto judicial

Camila Palacin, integrante de Argentina Humana y abogada de Julia Mengolini, llevó junto a su equipo una causa por amenazas contra la ex legisladora Ofelia Fernández. En ese proceso, resuelto en mayo de 2026, una respuesta de X a un exhorto enviado a Estados Unidos permitió identificar al usuario detrás del mensaje.

El acuerdo incluyó una reparación económica destinada al Hospital Garrahan y Hogares de Cristo, además de disculpas públicas con nombre verdadero. Aquel expediente demostró que, cuando una plataforma entrega información, puede encontrarse a la persona real detrás de una cuenta.

En la denuncia de Mengolini, Palacin y su equipo intentaron mostrar un mapa más amplio de escarnios, inteligencia artificial, trolls, replicación de contenidos y participación de actores cercanos al Gobierno. Pero se toparon con un obstáculo: la circulación del deepfake, los retuits y la metodología de la campaña quedaron en una zona difícil de rastrear y traducir procesalmente. Las tecnologías generativas no encuentran todavía un encuadre claro en el derecho penal argentino, por lo que las causas deben traducirse a delitos ya existentes.

La experiencia de Romano agrega otra capa de desprotección. A X le denunció un perfil apócrifo que usaba como nombre de usuario la dirección de su casa, y cuya biografía exponía su foto, DNI y datos personales. La respuesta corporativa fue que la cuenta no violaba las reglas. También pidió declarar por Zoom porque el miedo le impedía salir de su hogar, pero se lo denegaron: “Nunca se avanzó, nunca se llegó a nada con esto. Ellos quedaron impunes y yo quedé sin justicia”.


La Ley Olimpia ayudó a nombrar la violencia en entornos digitales, pero nombrar no equivale a desarmar campañas coordinadas, imágenes simuladas, usuarios anónimos, doxing y corporaciones opacas.

Desde UNESCO suman que “los sistemas algorítmicos no son neutrales”, sino que jerarquizan contenidos, recomiendan, ocultan y empujan. En la misma línea, el profesor de Farid distingue la dificultad técnica de la falta de voluntad: las empresas podrían etiquetar mucho más, decidir qué queda disponible tras una denuncia y entregar datos decisivos a los juzgados.

Una publicación puede desaparecer demasiado tarde, cuando la imagen ya fue vista y el escrache se esparció. Por eso el organismo internacional precisa que la respuesta no puede recaer sobre las mujeres atacadas mediante alternativas como retirarse de las redes, cerrar perfiles, hablar menos o protegerse solas.

Si las plataformas callan y la justicia llega tarde, la responsabilidad se traslada por completo a las personas agredidas y la sociedad civil. Son ellas quienes terminan asumiendo el peritaje de los mensajes, el costo legal y el sostén emocional.
El precio de no callarse

La censura tradicional clausura un medio, prohíbe una publicación o encarcela. En redes opera por desgaste para forzar la autocensura previa. Con Romano, los métodos fueron extremos. Ella piensa que buscaban que se suicide. Sin embargo, no se calló. “Eso nunca lo van a conseguir”, afirma.

Mengolini no tuitea más, para “no seguir alimentando al monstruo”. Ese retiro, insiste, no la relega a un mero lugar de víctima: desde su medio, sigue expresando su pensamiento e invitando al debate. Mientras tanto, continúa la disputa en tribunales: a través de su denuncia y de la causa penal que el propio presidente inició en su contra, una acción que lee como una represalia directa.

Para ella, participar en redes como X vale la pena “siempre que sepas que estás en el territorio enemigo”. Si bien utiliza plataformas como YouTube, entiende que esto implica someterse a lógicas de recomendación y dependencias corporativas. Por eso, la apuesta de Futurock se desplaza hacia una aplicación propia, sostenida por el aporte de una comunidad activa.

La periodista evoca la caza de brujas de la Modernidad —salvando las grandes distancias— para recordar que incluso las persecuciones organizadas más atroces de la historia encontraron resistencia y un final. En esa misma clave, se podría pensar que el oscurantismo político adaptado a las plataformas tiene límites fijados por el recambio generacional y el giro de los ciclos políticos.

El daño a las personas, los colectivos y las ideas no termina cuando los trolls y los perfiles alineados con el oficialismo dedicados a impulsar campañas de odio abandonan una tendencia. Los ataques a las voces disidentes desde el poder y sus redes comunicacionales no son inéditos, pero la velocidad de su difusión y el secretismo de las compañías volvieron borrosa la trazabilidad de los hostigadores.

La violencia digital opera como un instrumento de anulación política cuyo costo obliga a las afectadas a recolectar pruebas, denunciar, cerrar cuentas o calcular los riesgos de cada exposición. Ante ese desgaste, la respuesta no puede ser el aislamiento: exige cooperación, intervención estatal efectiva, causas que avancen y reglas que obliguen a las corporaciones tecnológicas a rendir cuentas.

Por Jazmín Bazán
Fuente: Latfem
Este reportaje contó con el apoyo de una subvención del Tarbell Center for AI Journalism.

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