septiembre 02, 2026

Salud mental y cuidados: las desigualdades también se sienten

El malestar emocional no ocurre en el vacío: las condiciones económicas, el trabajo, la vivienda, los vínculos y la distribución de los cuidados también moldean nuestra salud mental.


Mañana me espera otro día de bajón. Tengo insomnio, doy vueltas en la cama y la preocupación no se va. Esta podría ser la experiencia de muchas y muchos de nosotros. En México, de acuerdo con el Módulo de Bienestar Autorreportado en 2025, el 22.5% de la población presenta indicios de ansiedad, mientras que el 12.6% reporta indicios de depresión, siendo las mujeres quienes muestran más prevalencia (INEGI, 2025). La salud mental es cada vez más un problema público del que se conversa y que requiere nuestra atención también desde los estudios de los cuidados.

Salud mental en clave de desigualdades


Más allá de aproximarnos al malestar desde enfoques biomédicos o individuales, me interesa enfatizar que la salud mental, y su fragilidad, también se produce socialmente. La manera en que nos sentimos está estrechamente relacionada con nuestras condiciones materiales de vida: si tenemos trabajo, si podemos acceder a una vivienda, si contamos con ingresos suficientes para llegar al cierre del mes. También depende de la calidad de nuestros vínculos afectivos, comunitarios y redes de apoyo. De la manera en que están organizadas las responsabilidades de cuidar. De que nuestros territorios y espacios sean lugares seguros, tengan áreas verdes y espacios públicos de recreación. La lista es larga.

En esta dirección, el reciente informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos advierte que los problemas de salud mental no pueden comprenderse al margen de las condiciones sociales y económicas en las que nos encontramos las personas. La pobreza, la inseguridad económica, la precarización de las condiciones de vida y las lógicas productivistas de nuestro tiempo incrementan los riesgos para la salud mental (De Schutter, 2024). Es decir, la forma en que vivimos nuestro malestar o bienestar, y todos los matices intermedios, también puede ser leída desde las desigualdades que nos atraviesan, pues hay una distribución asimétrica de recursos que interviene en nuestra experiencia emocional y subjetiva. El pastel está repartido injustamente y se siente, aterriza en nuestros cuerpos y afectos.

Fuente: La Cadera de Eva

septiembre 01, 2026

Prevenir la violencia contra las mujeres en Nepal


Las secuelas de las recientes inundaciones repentinas en Nepal, vistas desde Nuwakot. Foto: ONU Mujeres/Srijana Bhatta.

Estos días vemos a través de muchos y diversos medios, cómo las devastadoras inundaciones que han golpeado Nepal han dejado tras de sí pérdidas humanas, miles de viviendas han quedado destruidas y comunidades enteras se enfrentan ahora a enormes dificultades para recuperar sus vidas. Según informa ONU Mujeres, alrededor de 157.000 mujeres y niñas de los distritos de Rasuwa y Nuwakot se han visto afectadas directa o indirectamente. En las catástrofes aflora lo mejor y también lo peor de la condición humana, junto a la necesidad urgente de alimentos, agua, alojamiento y atención sanitaria, la Organización Internacional ha advertido de la importancia de garantizar su seguridad y protección frente a la posibilidad de sufrir violencia y explotación. 

Los desastres naturales no provocan por sí mismos violencia contra las mujeres. Son las situaciones de vulnerabilidad que pueden generarse después como los desplazamientos, pérdida del hogar y de los medios de subsistencia, inseguridad alimentaria, debilitamiento de los servicios públicos y de protección o necesidad de permanecer en alojamientos temporales las que les exponen a personas que ejercen violencia. Las investigaciones muestran que el incremento de la violencia de género observado tras determinados fenómenos extremos está relacionado con factores como la inestabilidad económica, la inseguridad alimentaria, la interrupción de infraestructuras y servicios y la intensificación de desigualdades de género previamente existentes.

Esta realidad, de hecho ha sido estudiada también de forma específica en Nepal. Un estudio publicado en International Journal of Disaster Risk Reduction tras los terremotos de 2015 identificó riesgos de violencia sexual, violencia doméstica y trata de mujeres y niñas, junto con pérdida de medios de vida y falta de espacios privados y seguros. Pero conocer estos factores también permite actuar para transformarlos. Garantizar espacios seguros, mantener los servicios de prevención y atención frente a la violencia, asegurar que mujeres y niñas accedan a alimentos, recursos económicos y atención sanitaria y, especialmente, incorporar la voz de las propias mujeres y a sus organizaciones en las decisiones sobre la respuesta y la reconstrucción puede reducir esas vulnerabilidades. 

ONU Mujeres recuerda que las mujeres no son únicamente personas afectadas por las crisis: son también agentes fundamentales de respuesta y recuperación de sus comunidades. Proteger sus derechos es urgente y fortalecer su liderazgo permitirá que la recuperación tras las inundaciones de Nepal sea también una oportunidad para construir comunidades más seguras e igualitarias. 

Fuente: El Diario Feminista

agosto 31, 2026

Crisis climática y extractivismo: el duro impacto en las mujeres amazónicas


La lideresa colombiana del pueblo nasa, Zuly Rivera, alertó sobre los severos impactos del cambio climático en la vida de las mujeres indígenas de la Panamazonia, que se agravan con la presencia de actividades económicas extractivas en sus territorios. En la imagen, durante su participación en la Casa de la Resistencia de las Mujeres, dentro del XII Fospa, realizado en la ciudad ecuatoriana de Puyo. Imagen: Mariela Jara / IPS

“Tenemos que aprender a vivir en equilibrio y armonía con la naturaleza para aliviar el cambio climático, que es un desorden que ha creado el propio ser humano con su afán de riqueza”, invocó Zuly Rivera, joven lideresa indígena del pueblo nasa, perteneciente a la cuenca amazónica conformada por ocho países.

Ella integró la delegación de más de 2000 personas presentes en el XII Foro Social Panamazónico (Fospa), realizado en la ciudad ecuatoriana de Puyo entre el 16 y 21 de agosto, con participación de representantes de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela, además del territorio colonial de la Guayana Francesa.

Al término del foro, los pueblos indígenas declararon en emergencia a la Amazonia ante el riesgo de alcanzar un punto de no retorno debido a las graves amenazas que enfrenta por el avance del extractivismo, la agroindustria, las economías ilegales, la deforestación y los impactos del cambio climático.

“Este tiempo climático es muy difícil, sufrimos con el fuerte sol, se secan las quebraditas, no tenemos agua y hay que esperar que llueva. La palma también sufre con estas sequías, los cogollitos se demoran en brotar y a veces la fibra sale débil para trabajarla”: Rosario Calapucha.

Esta realidad se plasma con dureza en los territorios de la Panamazonia. Según registros del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), de su población estimada en más de 34 millones de habitantes, 2,7 millones pertenecen a pueblos indígenas, un sector que enfrenta en condiciones de alta vulnerabilidad estos impactos y en el que las mujeres representan cerca de 50 %.

De acuerdo con la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (Coica), la población indígena de este bioma está integrada por 511 pueblos y nacionalidades originarias. De ellos, más de 60 se encuentran en aislamiento voluntario y en contacto inicial (Piaci)

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Las mujeres indígenas de la Panamazonia resisten las consecuencias del entramado conformado por el extractivismo y el cambio climático. Ambos afectan sus territorios, bosques, ríos y otros bienes naturales de los que depende su subsistencia y sostenimiento de sus familias. Imagen: Mariela Jara / IPS
Mujeres: las más afectadas

Las mujeres indígenas de la Panamazonia cumplen un importante rol en el cuidado de la biodiversidad, el uso sostenible de los bienes que les proporciona la naturaleza, la reproducción de la memoria colectiva y el sostenimiento de sus hogares. Se encuentran en una resistencia titánica frente a los riesgos e impactos de actividades económicas extractivas en sus territorios y la intensificación del cambio climático.

Rivera, coordinadora de jóvenes del pueblo indígena nasa, integrante de la delegación de Colombia en el XII Fospa, declaró a IPS en Puyo, considerada la puerta de entrada a la Amazonia ecuatoriana. Situada a 930 metros sobre el nivel del mar y con más de 33 000 habitantes, es capital de la provincia de Pastaza.

“Yo vengo del cabildo (comunidad indígena) Cerro Guadua, del municipio de Puerto Guzmán, en el departamento colombiano de Putumayo. Es un territorio donde existe minería ilegal y derrame de pozos petroleros que contaminan nuestros ríos”, denunció.

Explicó que a estos problemas se suman el cambio climático más el fenómeno de El Niño y de la Niña, que están afectando el ciclo del agua, con el consiguiente problema en la siembra y cosecha de alimentos.

“Las mujeres llevan la peor parte porque son las que hacen el diario en las fincas, en el campo, cuidando a sus hijos. Y para todo se necesita el agua que ya no es confiable en nuestras comunidades”, subrayó.

El pueblo nasa está asentado en la cordillera andina y se extiende hacia 10 departamentos de Colombia incluyendo los amazónicos.

“Por ley natural somos hijos del agua, duele ver que por la contaminación, la sequía o la inundación, no podemos seguir nuestros usos y costumbres. El cambio climático ha malogrado las huertas de las mujeres, la creciente de los ríos inundó los cultivos de todas las comunidades”, relató.

La lideresa indígena describió como una trenza el impacto simultáneo de las actividades extractivas y de la crisis climática en la vida de las mujeres, sobre todo por su rol de cuidadoras de sus familias y de la biodiversidad.

“Para alimentar a sus familias y generarse ingresos producen plátano, yuca, piña, chontaduro (Bactris gasipaes), cacao, pero no habrá un buen rendimiento de sus cosechas por el desorden del clima que estamos viviendo. Eso significa para ellas más preocupación, más inseguridad, más tiempo de labores y mayor pobreza”, reflexionó.


Artesanías en chambira elaboradas por Rosario Calapucha, mujer indígena kichwa de Ecuador. El sustento de su comunidad depende del equilibrio de la naturaleza, una relación estrecha que el cambio climático pone en riesgo. Imagen: Mariela Jara / IPS

Sin agua no hay vida

Rosario Calapucha, ecuatoriana de la nacionalidad kichwa, participó en el XII Fospa, tras llegar de su comunidad ancestral Shiwakucha, a unos 77 kilómetros al este de Puyo. Con una amplia sonrisa mostró a IPS las bellezas hechas por sus manos de artesana empleando de manera sostenible los elementos de su entorno.

“Todo lo que trabajo es natural: las semillas, la fibra, la tintura. Dedicamos mucho tiempo a elaborar las pulseras, collares, aretes, bolsos, tapetes, hamacas. Nuestras ventas a los turistas nos dan los medios para sostener nuestra economía sin dañar lo que nos rodea”, detalló.

Una pequeña pulsera tejida a dos colores cuesta cinco dólares, monto que apenas cubre la minuciosa dedicación y tiempo invertido.

“Trabajamos con esta fibra que se llama chambira, sale de una palma (Astrocaryum chambira) que tiene muchas espinas, le cogemos el cogollito con delicadeza, lo sacamos, lo lavamos muy bien y lo ponemos a secar al sol tres días. Recién después de eso podemos elaborar nuestras artesanías”, detalló.

Explicó que dependen de la naturaleza para su producción, pues ella les provee todo lo que necesitan. De allí que las manifestaciones del cambio climático les causen mucha angustia y preocupación.

“Este tiempo climático es muy difícil, sufrimos con el fuerte sol, se secan las quebraditas, no tenemos agua y hay que esperar que llueva. La palma también sufre con estas sequías, los cogollitos se demoran en brotar y a veces la fibra sale débil para trabajarla”, describió.

Calapucha puso énfasis en la disminución de los peces por el menor caudal de los ríos. “Cuando no hay agua suficiente los pececitos no pueden resistir y eso nos preocupa porque en las comunidades vivimos de eso. Muchas veces no podemos trabajar en nuestra economía porque lo primero es juntar agua, sin agua no hay vida”, remarcó.

Marlodis Tamani, lideresa indígena del pueblo kukama kukamiria, de la Amazonia peruana, se identificó con el mensaje del mural pintado en Puyo, en el marco del XII Fospa. Ella describió los impactos del cambio climático en la actividad productiva de las mujeres. Imagen: Mariela Jara / IPS

Agricultura sostenible

Marlodis Tamani, lideresa peruana del pueblo indígena kukama kukamiria, viajó por primera vez en avión para llegar a Puyo y participar en el XII Fospa. Ella vive en la comunidad Emmanuel Varadero de Tibilo ubicada en el municipio de Lagunas, en la región amazónica de Loreto.

Le provoca una sensación de zozobra los efectos del aumento de la temperatura y las sequías causadas por el cambio climático. “Las plantas se mueren por el sol, el suelo se calienta, las raíces no prenden, las semillas sembradas se sancochan, se cocinan y se pierde así toda nuestra inversión y nuestra esperanza de alimentos”, dijo a IPS.

Entre los sembradíos que mencionó están los del plátano, yuca, piña y maíz, que una vez cosechados constituyen insumos para una gran diversidad de preparados de su dieta alimenticia.

Junto con esa calidez extrema experimentan lluvias torrenciales que “ahogan los cultivos” así como vientos fuertes capaces de hacer volar los techos de sus viviendas. “No se sabe cómo vendrá el tiempo, eso nos afecta mucho porque no hay seguridad sobre los alimentos; sin comer nuestros hijos se debilitan y se enferman”, indicó.

Como resultado de una capacitación en su comunidad proporcionada por la Red Eclesial Panamazónica de Perú (Repam), han incursionado en la agricultura diversificada y sostenible que les permite reutilizar los suelos, escalonar sus cultivos y contar con alimentos aun en periodos climáticos extremos.

“Yo tengo media hectárea de tierra y allí plantamos árboles de mediano y largo plazo, eso nos ayuda a sostener nuestras familias. Cultivamos diverso dando descanso al suelo, renovando sus nutrientes con abonos orgánicos y ya no tenemos que desmontar, allí mismo trabajamos abonando con lo que tenemos en la chacra (finca productiva)”, comentó Tamani.
Aprender de la madre tierra

Las tres lideresas indígenas consultadas por IPS coincidieron en señalar que la única forma de frenar la crisis climática provocada por el capitalismo es que la humanidad reconecte de manera profunda con la Pachamama (la madre tierra), la naturaleza y el territorio.

“Hay que ser como semillas de conciencia para hacer entender que el territorio no es algo que se pisa, es vida, salud, alimento, estudio, educación, aprendizaje. El territorio es mi familia, mi espiritualidad. Como seres humanos debemos valorar y cuidar la Amazonia y no destruirla”, recalcó la peruana Marlodis Tamani.

La ecuatoriana Rosario Calapucha destacó el compromiso de su comunidad con la defensa de su territorio. “Nuestra posición es clara, no queremos a las empresas petroleras porque vienen a arrasar, a romper el equilibrio que necesitamos para hacer perdurar nuestros bosques y ríos”, dijo.

Por su parte la colombiana Zuly Rivera afirmó que ante el desorden del clima generado por “el capitalismo, ese sistema global que nos quiere dominar” hay que aprender de la madre tierra y de los ciclos de la naturaleza para recuperar una convivencia en armonía.

“El ser humano es el que tiene que ordenarse y no el territorio”, precisó.

Fuente: IPS

agosto 30, 2026

Montevideo 1938: el verano interminable

La poeta Gabriela Borrelli reconstruye el encuentro mítico entre tres de las voces más potentes de la poesía latinoamericana de principios del siglo XX: Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Publicamos un fragmento del libro editado por Rara Avis.

Ilustración de portada: Seelvana

Fue la primera vez que escuché su voz, o la primera que recuerdo. Buscaba en un archivo rastros de sus presentaciones. Me habían contado que llenaba teatros, que muchas mujeres hacían cola para escuchar sus poemas y yo quería hacerme de esa voz, entrar en su recital antiguo, sentir un poco ese entusiasmo literario de los primeros años del siglo XX. Me impresionó saber que, usualmente en verano, ella daba conciertos de poemas en el hotel Provincial de Mar del Plata. Que las señoras de la alta sociedad (para la que Mar del Plata era un Cannes nacional) disfrutaban de los poemas modernos, osados, históricos (luego) de una sanjuanina nacida en Suiza, maestra y feminista, madre soltera, hija de un empresario venido a menos, díscola y genial: Alfonsina Storni.

Buscaba su voz, ¿cómo sonaba? ¿Con qué cadencia entonaba sus poemas? ¿Qué sonrisa se colaba en sus pausas, qué demora? Hice cálculos. Exis-te una foto de una lectura en el Hotel Provincial en 1926: ¿se podía grabar en esa época? Sí, había técnica pero no la locura de grabar la lectura de un libro de poemas, el que ella leía esa tarde: Ocre, segundo libro de Storni, que ya se había hecho conocida por muchos con La inquietud del rosal. Los números cerraban. Tenía que existir algún registro sonoro. Busqué y encontré. Otro verano. Otra ciu-dad. Ahí estaba: rápida, aguda, una ráfaga. Ahí es-taba: clara, con ese pequeño gorjeo metálico de las grabaciones antiguas. Bastaron unas pocas palabras, los primeros agradecimientos antes de empezar a leer los poemas para descubrir el acento porteño con la ‘ye’ sonora que huía para encontrarse con la ‘i’ sanjuanina. Ahí estaba esa dicción rítmica y segura, la voz con la que dice: “esto lo he escrito hace dos meses, como digo, io vivo frente al Río de la Plata que no tiene los colores que tiene por cierto en Colonia”. La escuché recitar, la escuché dos, tres, cuatro veces, la escuché hablar, agradecer, presentar sus poemas. Escuché a Alfonsina agradecerle a Gabriela y a Juana. ¿Gabriela? ¿Juana? ¿Dónde estaba Alfonsina? ¿Por qué hace referencia a Colonia? Busco entonces la ficha técnica del archivo, no dejo de escuchar a Storni cuando leo: “En el presente registro, Alfonsina Storni reci-ta su poema “Río de la Plata en arena pálida”. Este pasaje fue parte del “Curso sudamericano de vacaciones”, evento −organizado por el ministro de Educación de Uruguay− que también contó con la participación de las poetisas Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.”

Algo nace. Una necesidad. Una obsesión. Un deseo. Esto mismo que está ahora escrito nació en ese segundo de escucha. La certeza de que lo que nacía no iba a soltarme. ¿Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni estuvieron juntas en Montevideo en 1938, el año de la muerte de Storni? Sí, me respondo: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni estuvieron juntas en Montevideo en 1938, el año de la muerte de Storni, el año en que las uruguayas votaron por primera vez, el año en que Mistral sacó su famoso libro, Tala. Rastreo en las biografías de las tres, busco, aho-
ra, la forma en que ese encuentro sucedió. Retengo más los chismes que los datos, y las imagino. So-bre todo las imagino. ¿Se conocían? ¿Eran amigas? ¿Cómo llegaron las tres a leer juntas en un vera-no inolvidable? ¿Quién leyó primero? ¿Quién cerró? ¿Quién lo organizó? ¿Quiénes estaban entre las asistentes? ¿Quién las escuchó? ¿Todavía hay algún testigo vivo? En el oráculo contemporáneo, esa biblioteca inabarcable de linotipista global y diabólico que es Wikipedia, encuentro datos: que el curso de verano había sido organizado por el Ministerio de Educación del Uruguay, que se había realizado en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo de esa ciudad. Leo también que participaron las tres poetas y que cada una brindó una conferencia que respondía a la pregunta del ministro: “¿Por qué escribe usted poesía?”.

Estos datos, estrictamente ciertos, dicen poco. En eso llegó a mí otro libro que no tenía que ver con ese encuentro, en el que se decía que la tan mentada cumbre fue prácticamente inesperada, tan emblemática después como improvisada al principio. Sin proponérselo, este acontecimiento se convirtió en una estrella titilante en el cielo de la poesía latinoamericana. Ese enero, ese verano, en mí, nunca termina. Vuelvo a él como se vuelve cada año a la playa: esperando en el mismo paisaje encontrarme cosas nuevas. La que regresa, ¿soy siempre yo? Claro que no. Siempre regresa el verano, y regresamos al verano siendo otras.
Ese verano interminable es para mí un encuentro. El encuentro con el que descubrí que a partir del cuchicheo playero, de la charla amistosa e impensada nacen cosas destinadas a permanecer. El encuentro con el que descubrí más sobre las relaciones entre poetas mujeres en el siglo XX. El encuentro de tres mujeres que se dijeron cosas hermosas (y no tanto) y nos las dijeron a nosotras casi cien años después. Así, la búsqueda de la voz de Alfonsina Storni me llevó al interés insistente por ese evento: las tres poetas más importantes de principio del siglo XX en Latinoamérica se reunieron un 27 de enero para un evento poético. Así de grandilocuente suena y así, más menos algunos detalles, lo fue.

Existe un imaginario sobre la poesía escrita por mujeres que cree en la aparición inesperada de ciertas poéticas. Se instala en lo extraordinario y azaroso que era que una poeta mujer a principio de siglo sea mundialmente conocida hasta consa-grarse con el Nobel de literatura. Y aunque pueda pensarse toda la poesía como aquello que irrumpe inesperadamente, como aquello que no fue pen-sado de una forma y tomó otro camino, hay una insistencia trabajosa en ese hecho, a primera vista, fortuito y afortunado. A la poesía como acontecimiento no se la busca en forma directa sino que se camina constante e insistentemente hacia ella, siempre buscándola, sin precisiones sobre dónde encontrarla. Así como quizás surge el poema, surgió también el encuentro que me sigue pareciendo maravilloso porque reúne algunas otras obsesiones, recurrencias, insistencias que me habitan, tal vez con más fuerza en el verano.

Primero, lo dicho: la reunión de las tres voces poéticas más importantes del Cono Sur de la época. Ese trazo, para nada invisible, que une a Chile, Argentina y Uruguay. Como dijo Storni en ese mismo encuentro: “si pudiera ensanchar nuestras seis manos unidas en un círculo que partiendo del Atlántico ensartara la cordillera y enfilara la Pam-pa, lo haría”. Emociona, hoy, ochenta y siete años después. Segundo, porque la idea de un curso de verano poético en Montevideo me parece hermosa. No entiendo cómo no se siguió haciendo, aunque al descubrir su naturaleza verdadera, sí lo entiendo y ustedes también lo entenderán. Tercero, porque lo inesperado del encuentro dialoga con la insistente preparación individual (pero siempre en relación con otrxs) de las tres poetas para convertirse, cada una, en los íconos de la poesía de sus países y de Latinoamérica. Tanto Gabriela Mistral como Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni trabajaron incansablemente para hacerse un lugar en la literatura latinoamericana. Llegaremos a descubrir, al final de este relato, cómo ese encuentro fue producto de un cuchicheo inocente en una tarde frente al mar y esa brisa llena de conversaciones llegó hasta la tierra fértil de lo sembrado durante años por dos de las poetas. Descubriremos algunas hipótesis menos felices, o más humanas, como la complicidad con las amigas y también, por qué no, una mínima enemistad.

Las tres poetas protagonistas de esta historia respondieron con dedicación a la reticencia del ámbito literario en general. Fomentaron relaciones con personas extranjeras a sus tierras de origen que reconocieran y valoraran su trabajo. En el primer tomo de la extensa investigación que Elizabeth Horan realiza sobre Gabriela Mistral, Mistral una vida, la investigadora expone detalladamente la enorme voluntad que desde su primer cargo como docente en un pueblo de Chile la poeta mostró para rela-cionarse con políticos y escritores: “Al compilar y secuenciar las cartas que envió a múltiples desti-natarios, surge con claridad el contorno de su plan, intrincado y estratégico. Su asombrosa ambición y su determinación quedan patentes en la sumatoria de las cartas”, afirma Horan. Decenas y centenares de cartas a colegas y funcionarios llenos de ideas y anécdotas sobre su vida crearon el mito de Gabriela Mistral, un mito escrito por ella misma.


Storni, desde que había perdido un trabajo por publicar su primer libro de poemas, no dejó de escribir y relacionarse con el mundo literario para sobrevivir en él. Juana de Ibarbourou fue ungida en 1920 como Juana de América por una seguidi-lla de escritores y políticos. De América, no ya de Ibarbourou, sino casada con el continente entero. Parece que hasta se le dio un anillo ese día (vamos tras esa pista). Faltaba bastante para la publicación en 1944 de esa autobiografía llamada Chico Carlo que marcaría a varias generaciones. Faltaba tam-bién para que a Mistral le dieran en 1945 el Premio Nobel, el primero latinoamericano y a una mujer, “varona fuerte” como la llamó Dora Isella Russell. A la que no le faltaba ya nada era a Storni. El último año de su vida, 1938, lo empezaba en Colonia como todos los años, junto a su hijo Alejandro. Co-lonia es una de las claves de esta historia. La playa, la charla, la admiración, también la voluntad. De todo eso finalmente está hecho el verano intermi-nable al que nos asomamos.

Por debajo de los grandes titulares de ese tan mentado encuentro vive una historia con la que me crucé y una hipótesis que elaboré, y que la lectura de ustedes que entran a esta historia me ayudará a completar. Rastreando material sobre una poeta argentina di con un extraño y olvidado librito: La Mujer Argentina, ensayos. Una reunión de texto escritos por mujeres de diversos ámbitos: legal, médico, político, social y literario. Uno de los ensayos es de una profesora de literatura alemana y narra el último verano de Alfonsina Storni. Aparecieron ahí unas casualidades poéticas que ya les contaré, y fue ese registro el que me abrió algunos caminos espe-culativos acerca de los hechos tal como se dieron.

Pero antes de develar esos hechos, es necesario asomarse al nacimiento de las relaciones entre las poetas. Sus acercamientos y sus distancias, sus es-trategias y complicidades fueron vitales para que se produzca ese verano. En fin, que no todo fue tan fá-cil como parece, es decir, no sólo no fue la invitación ministerial y las tres poetas que acudieron, sino que jugaron un papel fundamental pasiones altruistas y un poco miserables también. De eso se trata este verano interminable, de lo que convive, de lo que so-brevive, de lo que siempre podemos seguir leyendo.

Lo que está detrás es la historia de una complicidad alrededor de una suerte de enemistad. Un evento que quedó en la historia como un hito empujado por los sentimientos humanos más universales, comunes e inevitables.

Fuente: Latfem

Sí a la Diversidad Familiar!
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