mayo 12, 2026

Rita Segato, el feminismo y el poder. Entre la crítica al Estado y la renuncia a disputarlo


Rita Segato, el feminismo y el poder. Entre la crítica al Estado y la  renuncia a disputarlo

Resulta insuficiente un feminismo que diagnostica las violencias patriarcales del poder, pero al mismo tiempo parece incapaz de pensar estratégicamente qué hacer con el poder institucional cuando las propias mujeres subalternizadas logran acceder a él.

La reciente conferencia de Rita Segato en la Biblioteca Luis Ángel Arango volvió a poner en circulación varias de las discusiones que han atravesado su obra durante décadas, la relación entre violencia, patriarcado, Estado y poder. Sin embargo, más que un debate detenido sobre sus tesis, lo que terminó predominando en redes sociales y algunos espacios académicos fue una polarización rápida entre defensas cerradas y descalificaciones igualmente simplificadoras.

Por un lado, aparecieron críticas que cuestionaban sus referencias al “mandato de masculinidad” como explicación parcial del ingreso de niños y jóvenes a organizaciones armadas, argumentando que ese enfoque invisibiliza problemas estructurales como la pobreza, el abandono estatal y el reclutamiento forzado. También surgieron reparos frente a su insistencia en diferenciar “la política” de “lo político”, especialmente en un momento electoral y político particularmente sensible para Colombia.
El género frente a las condiciones materiales

Sostener que muchos jóvenes ingresan a organizaciones armadas en medio de un “mandato de masculinidad” no implica necesariamente negar la pobreza, el abandono estatal o el reclutamiento forzado. El problema es que parecería que, para algunos sectores, toda explicación sobre género automáticamente cancela las dimensiones materiales de la violencia. Como si hablar de masculinidad implicara olvidar el hambre, la guerra o la ausencia del Estado.

Pero justamente una de las apuestas más importantes del feminismo latinoamericano contemporáneo ha sido mostrar que las violencias no son solo económicas, sino también culturales, afectivas y simbólicas. Las guerras producen subjetividades, así como producen formas de masculinidad atravesadas por la demostración de poder, dominio y soberanía sobre otros cuerpos. Reducir eso a “todo es culpa de los hombres” es una simplificación tan pobre como afirmar que el feminismo desconoce las condiciones materiales de existencia.

Por otro lado, las respuestas a esas críticas denunciaron la reducción caricaturesca de una obra compleja a unos pocos minutos de entrevistas o una hora de conferencia, señalando la facilidad con la que incluso sectores progresistas abandonan cualquier lectura rigurosa cuando ciertos planteamientos feministas incomodan sus propios marcos de comprensión del poder.
La sospecha frente a lo institucional

Reconocer la pobreza del debate público no implica suspender la crítica política a ciertos límites de su propuesta. Sin embargo, más allá de las caricaturas y simplificaciones que circularon en redes, hay un punto de fondo que sí merece ser discutido críticamente, como es el lugar profundamente ambiguo que ocupa el poder institucional en la propuesta política de Segato.

Uno de los problemas de su perspectiva es que, en nombre de una crítica legítima a las formas patriarcales del Estado moderno, termina construyendo una sospecha casi estructural frente a cualquier experiencia de llegada al poder institucional. Y esa sospecha tiene efectos políticos concretos.

En Colombia, por ejemplo, figuras como Francia Márquez y Aída Quilcué representan algo históricamente excepcional; son mujeres afrodescendientes e indígenas, provenientes de luchas comunitarias y territoriales, disputando espacios de decisión estatal que durante siglos estuvieron monopolizados por élites masculinas, blancas y oligárquicas.

Desde las posturas autonomistas de Segato, parecería que esas experiencias solo pudieran ser interpretadas bajo el signo de la cooptación, la captura institucional o la pérdida de autenticidad política. Como si el ingreso al Estado fuera necesariamente una derrota ética.

Y ahí emerge un problema serio, porque esta lectura, desde el feminismo, termina infantilizando a las propias mujeres que dice defender, porque presupone que el contacto con el poder institucional necesariamente las corrompe o les arrebata autonomía política y en vez de reconocerlas como mujeres capaces de negociar, disputar, equivocarse, ejercer poder y transformar instituciones desde dentro, las coloca en una posición donde solo conservan legitimidad política mientras permanecen afuera del poder.
El riesgo del purismo antipolítico

El problema no es criticar las limitaciones del Estado. El problema aparece cuando esa crítica deriva en una especie de purismo antipolítico donde toda institucionalidad es sospechosa y toda aspiración de poder parece una traición. En contextos como el colombiano, eso tiene consecuencias, al dejar a los feminismos en un lugar ético-discursivo, pero debilitados frente a las disputas concretas por redistribución, representación y transformación institucional.

Porque las derechas sí disputan el Estado. Los poderes económicos sí disputan el Estado. Los proyectos autoritarios sí disputan el Estado. Renunciar anticipadamente a esa arena en nombre de una política puramente comunitaria o ética puede terminar produciendo la paradoja de feminismos con enorme capacidad crítica, pero sin herramientas reales para transformar las estructuras de poder que denuncian. Parecería que las mujeres pueden resistir, denunciar, cuidar o representar simbólicamente lo “comunitario”, pero no gobernar.

Detrás de esto hay una concepción problemática del Estado. Este autonomismo antiestatal tiende a imaginar las transformaciones reales únicamente desde la exterioridad comunitaria, y territorial, mientras el Estado aparece casi exclusivamente como maquinaria masculina de captura y dominación.

Por eso resulta insuficiente un feminismo que diagnostica con agudeza las violencias patriarcales del poder, pero que al mismo tiempo parece incapaz de pensar estratégicamente qué hacer con el poder institucional cuando las propias mujeres subalternizadas logran acceder a él. Hay una diferencia importante entre criticar las lógicas patriarcales del Estado y renunciar a la disputa democrática por transformarlo. Y a veces, en Segato, esa diferencia se vuelve difusa.

Sin embargo, tomar distancia crítica de esas posiciones no implica sumarse automáticamente a las reacciones defensivas y caricaturescas que circularon estos días. Porque muchas de las críticas dirigidas contra Segato también revelan una incomodidad persistente frente a cualquier análisis feminista del poder, la violencia o la masculinidad. Reducir décadas de reflexión teórica a una frase descontextualizada o responder con ironías simplistas sobre el “mandato de masculinidad” tampoco produce una discusión políticamente seria.

De hecho, esto es parte de la imposibilidad de sostener desacuerdos complejos sin convertirlos inmediatamente en operaciones de demolición moral o en defensas doctrinarias cerradas. Ni Segato es una figura intocable cuya obra no pueda ser discutida políticamente, ni toda crítica a sus planteamientos constituye automáticamente misoginia o ignorancia teórica. Pero tampoco las respuestas apresuradas que ridiculizan el feminismo ofrecen herramientas suficientes para pensar las formas contemporáneas de la violencia y el poder.

Una tarea urgente es salir de esa falsa elección. Poder reconocer simultáneamente la potencia crítica del feminismo latinoamericano para comprender las violencias patriarcales y, al mismo tiempo, señalar los límites políticos de ciertos autonomismos que terminan dejando intacta la disputa por el Estado.

Porque si algo demuestra el momento colombiano y regional actual es que las transformaciones profundas no ocurren únicamente fuera de las instituciones, pero tampoco exclusivamente dentro de ellas. Y pensar esa tensión, sin purismos, sin caricaturas y sin renuncias anticipadas, sigue siendo uno de los desafíos políticos centrales de nuestro tiempo.

Le recomendamos: Cuidar lo colectivo para transformar la política: la experiencia de la Comisión de Mujeres del Congreso de Colombia


*Filósofa y consultora. Profesora en la Universidad del Rosario.
Fuente: Razón Pública

mayo 11, 2026

Defender la educación de las niñas conlleva graves riesgos en Afganistán



Una escena callejera en Herat, la capital de la noroccidental provincia homónima de Afganistán, donde las peticiones para reabrir escuelas y universidades para las niñas y las mujeres han expuesto a activistas y educadores de ambos sexos a la detención por parte de los talibanes. Imagen: Learning Together


Qadoos Khatibi, profesor universitario, y Fayaz Ghori, activista de la sociedad civil, ambos afganos, fueron detenidos por el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio de los talibanes. ¿Su delito? Defender públicamente el derecho de las niñas a la educación.

Su detención se produjo cuando Afganistán iniciaba un nuevo año académico en la última semana de marzo. Las escuelas reabrieron en todo el país, pero las niñas solo pueden acceder a las aulas en el nivel de primaria por quinto año consecutivo.

Khatibi había publicado un vídeo en el que instaba a los talibanes a reabrir las instituciones educativas para las niñas, haciendo hincapié en que un país no puede desarrollarse sin la educación de las niñas. Ghori, por su parte, había escrito: «Esperamos con ansias el día en que se abran las puertas de la educación para las niñas de este país».

En el Afganistán actual, incluso la defensa de causas cívicas y no políticas puede entrañar un riesgo extremo. Los críticos y activistas se exponen a ser detenidos, a sufrir desapariciones forzadas y, en ocasiones, a algo peor, simplemente por compartir un vídeo, escribir una publicación o alzar la voz.

Los espacios en línea son objeto de una estrecha vigilancia y las voces críticas son rápidamente silenciadas

Han pasado casi cinco años desde que en agosto de 2021 los talibanes volvieron al poder en Afganistán, tras haber gobernado el país entre 1996 y 2001. El quinquenio ha sido marcado por el cierre de las escuelas secundarias y las universidades a las niñas y las mujeres.

Durante este tiempo, la educación de las niñas se ha paralizado por completo, y cualquiera que se atreva a alzar la voz en señal de protesta suele enfrentarse a un castigo rápido y severo.

Sediq Yasinzada, activista de la sociedad civil en la noroccidental provincia de Herat y amigo de Khatibi y Ghori, afirmó que se habían pronunciado en contra del cierre de escuelas y universidades para las niñas. Habían compartido publicaciones en Facebook en las que pedían la reapertura de las escuelas más allá del sexto curso y que las universidades volvieran a admitir a alumnas.

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), más de 2,2 millones de niñas en Afganistán se ven privadas actualmente del acceso a la educación debido a las restricciones, lo que pone de relieve la magnitud del problema.

En marzo de este año, ambos hombres fueron citados por el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio de los talibanes en Herat, la capital provincial. Tras interrogarlos, fueron entregados a los servicios de inteligencia talibanes. Pasaron 24 horas detenidos, un destino que se ha vuelto demasiado familiar para los críticos del régimen talibán en Afganistán.

Esta vez, sin embargo, la respuesta fue diferente. Dado que Khatibi y Ghori son figuras muy conocidas en Herat, su detención desencadenó una ola de apoyo en las redes sociales. Ciudadanos comunes, activistas y personas influyentes locales exigieron su liberación inmediata, lo que llevó su caso a amplias esferas públicas.

Además de la indignación en las redes sociales, varios ancianos locales y figuras influyentes intervinieron directamente ante los talibanes y, tras unas 24 horas, ambos hombres fueron liberados.

Sarwar Khan, un destacado anciano de Herat, afirma que ha instado repetidamente a los talibanes en reuniones a reabrir las escuelas. Es padre de cuatro hijas, a todas ellas se les niega ahora el acceso a la educación. «Envía a tus hijos a estudiar», fue la respuesta burlona de los talibanes, plenamente conscientes de que Sarwar Khan no tiene hijos.

Cuando señaló que no tiene hijos y que la educación es un derecho tanto para las mujeres como para los hombres, fue amenazado con la expulsión o incluso con la cárcel si seguía hablando.

Tras su puesta en libertad, Khatibi compartió una declaración en Facebook que subrayaba el núcleo de su reivindicación:

«Lo que pedimos era una petición humana, nacional e islámica… El conocimiento es la base del desarrollo y no entra en conflicto con los valores religiosos. El conocimiento no tiene género. Nuestras mujeres y niñas tienen derecho a la educación», escribió.

Las detenciones de Khatibi y Ghori no fue un incidentes aislado.

Reflejan una tendencia más amplia en Afganistán, donde incluso la defensa pacífica de la educación de las niñas puede ser tratada como un delito. Familias como la de Sarwar Khan, así como activistas y ciudadanos comunes, se enfrentan a amenazas constantes simplemente por exigir un derecho humano básico.

En el Afganistán actual, incluso la defensa cívica y apolítica puede conllevar un riesgo extremo. Los críticos y activistas corren el riesgo de ser detenidos, de sufrir desapariciones forzadas y, a veces, algo peor, simplemente por compartir un vídeo, escribir una publicación o alzar la voz.

Los espacios en línea están estrechamente vigilados y las voces críticas son rápidamente silenciadas.

Muchos hombres evitan protestar no por indiferencia, sino por miedo. En una situación en la que los profesores universitarios y los activistas de la sociedad civil pueden ser investigados y, en última instancia, criminalizados simplemente por compartir un vídeo o un texto escrito, muchos optan por el silencio.

Sin embargo, a pesar de este entorno de represión, las mujeres, las niñas y algunos hombres siguen protestando.

Desde el regreso de los talibanes, decenas de mujeres han permanecido detenidas durante semanas o incluso meses sin acceso a abogados ni contacto con sus familias, simplemente por exigir el derecho fundamental a la educación.

Con el dominio talibán, Afganistán ha entrado en una nueva y dura era.

Los avances logrados a lo largo de las dos décadas en que el regimén teocrático y regresivo estuvo alejado del poder, millones de niñas accedieron a escuelas y universidades, en un proceso que se ha detenido bruscamente.

El cierre de las escuelas a partir del sexto curso, cuando culmina la primaria, y la suspensión de la educación superior han creado no solo una crisis educativa, sino también un profundo desafío social y humano.

En este clima, cualquier forma de protesta cívica se enfrenta a medidas de seguridad represivas, lo que reduce el espacio para la expresión pública.

Las autoridades talibanes han detenido repetidamente a críticos y activistas de la sociedad civil en los últimos años, en particular a aquellos que se han pronunciado en contra de sus políticas.

La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.
Fuente: IPS

mayo 10, 2026

Una mirada feminista: las malas madres en el Patriarcado


Foto: Sergiu Vălenaș/ Unsplash


Los nuevos feminismos han sacado a la luz una serie de temas muy incómodos y entre ellos está la maternidad. Ser madre en nuestra sociedad, carga con una pesada losa, un ideal impuesto por la religión cristiana, el patriarcado y el capitalismo sobre ser buena o mala madre que no coincide con la realidad de lo que sentimos y experimentamos algunas mujeres. Desde una mirada feminista a nivel antropológico se plantea las distintas visiones culturales e históricas del concepto de la madre.

Malas madres en el Patriarcado. Antecedentes históricos

Haciendo un repaso a la historia observamos cómo la visión del patriarcado sobre la mujer ha hecho que se manipule, desprestigie, se retuerza, mienta y se banalice a la mujer haciéndola inferior y mala. A la mujer se le enseña cómo ir por el buen camino.

La autora Laura Freixas en sus estudios sobre el tema, nos dice que el guerrero siempre ha sido presentado como un personaje noble y admirable, aunque sea el enemigo o derrotado. Los guerreros eran presentados como protagonistas sociales de su propia historia y personajes positivos. Sin embargo, la maternidad está presentada por dos grupos, las buenas madres y las malas madres. La buena madre viene del cristianismo y lo vemos en la figura de la Virgen María. Según Laura Freixas, la Virgen María sólo habla 6 frases en todo el evangelio y una de ella es: “Hágase en mí según tu voluntad”. Una frase sin sujeto. Caracteriza a la mujer como obediente, anónima, sin identidad. Su vida se define por su sumisión hacia un personaje masculino (el Dios padre) que necesita un vehículo y necesita su cuerpo. María no es una diosa porque no hace el mal, porque el verdadero Dios es el que tiene el poder de castigar.

La idea de mala madre viene de la antigüedad clásica: Clitemnestra y Medea, dos mujeres de la Grecia de la edad de los héroes que destacaron por las venganzas sobre sus respectivos maridos e hijos. Medea mata a sus hijos y Clitemnestra mata a su marido, Agamenón. Sin embargo, antes de ir a la guerra, Agamenón mató a su hija, pero no es criticado por ello. Otro personaje que se salva el cristianismo es Abraham, que pretendía matar a su hijo y queda justificado por ser un hombre bueno y obediente ante Dios.

Esta cosmovisión cristiana ha llegado hasta nuestra sociedad patriarcal actual considerando que la mujer poderosa es malvada, que ha conseguido el poder de forma inconfesable y lo ejerce con consecuencias nefastas. Sin embargo, se nos representa a la buena madre como sumisa.

En el siglo XVI y XVII fue la primera vez en la historia de la humanidad en la que toda una población de mujeres fue acusada de ser "los seres más abominables del mundo". Federici (2004) en su libro: “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, describe el proceso sobre la caza de brujas como "una persecución sin precedentes". Dos siglos de ejecuciones y torturas que condenaron a miles de mujeres a una muerte atroz fueron liquidados por la Historia como producto de la ignorancia o de algo perteneciente al folclore. Federici explica de forma rigurosa las razones políticas y económicas que se ocultaron tras la caza de brujas. Es en la primera fase del desarrollo del capitalismo, cuando se descubre la importancia de la fuerza de trabajo. En aquellos tiempos comienza en Europa una legislación que penaliza el aborto y es así como las mujeres que hacen uso de este son condenadas en muchos países a muerte a través de la decapitación. "Al mismo tiempo se introduce toda una red de policías de vigilancia que controlan a las mujeres embarazadas para forzarlas a declarar su embarazo, para impedirles cometer algo contra el feto". La caza de brujas es un elemento fundacional del capitalismo y supone el nacimiento de la mujer sumisa y domesticada. Se amplió el control del Estado sobre el cuerpo de las mujeres, al criminalizar el control que estas ejercían sobre su capacidad reproductiva y su sexualidad (las parteras y las ancianas fueron las primeras sospechosas). El resultado de la caza de brujas en Europa fue un nuevo modelo de feminidad y una nueva concepción de la posición social de las mujeres, que devaluó su trabajo como actividad económica independiente (proceso que ya había comenzado gradualmente) y las colocó en una posición subordinada a los hombres. Este es el principal requisito para la reorganización del trabajo reproductivo que exige el sistema capitalista. No hay duda de que con el advenimiento del capitalismo comenzamos a ver un control mucho más estricto por parte del Estado sobre el cuerpo de las mujeres, llevado a cabo no solo a través de la caza de brujas, sino también a través de la introducción de nuevas formas de vigilancia del embarazo y la maternidad, y la institución de la pena capital contra el infanticidio (cuando el bebé nacía muerto, o moría durante el parto, se culpaba y ajusticiaba a la madre).

Actualidad de la discusión

La periodista Pate Palero (1979) en su libro: “Teoría General de la Población Moderna” constata que la maternidad tiene un régimen mercantilista, cuando la descendencia era imprescindible para la guerra, industria, etc. y se empezó a instalar la descendencia interminable. Las mujeres tenían que parir mientras fueran fértiles. Comenzaron a quemar a las supuestas brujas, que eran las mujeres que conocían los métodos anticonceptivos y ginecología. Aunque después se llenó de otras teorías filosóficas, psicológicas, y psicoanálisis y se instala el instinto maternal. Las mujeres tenemos que ser buenas madres, y cuidadoras.

La maternidad es un tema nuclear en la sociedad. Mónica Felipe-Larralde nos habla en cómo se organizan los cuidados y de qué manera se acoge el hecho de la maternidad donde nos da idea del tipo de sociedad en la que vivimos. De alguna manera todas somos hijas no sólo de nuestra madre física sino también somos hijas de un sistema, de un momento histórico, de un contexto cultural en el cual como niñas que somos nos hemos desarrollado. Larralde considera que nuestra madre física, encarna lo que se esperaba de ellas. Una madre que ha cumplido con las expectativas socio culturales que sobre ellas se cernía. Es importante ver cómo nuestra cultura nos indica cómo ser una buena madre. Qué opciones tenemos como madres en esta cultura para con nuestras hijas.

El patriarcado deja muy poco espacio para que las mujeres sean quienes son. Nos coloca en una situación en que tenemos que crear un personaje y asumir unos roles y cumplir con unas expectativas que nos aleja de lo que somos realmente. Un modelo muy estrecho. La grandeza del ser no cabe en esos estrechos márgenes. Un modelo de ser buena madre en el patriarcado es la mujer renuncia a quien realmente es para dedicar su vida al marido y a los hijos. Hay que ser buena madre, y estar pendiente de los demás, se pierde en los demás y se pierde a sí misma. No encuentra nunca espacio y tiempo para dedicarse a ella.

Siempre está pendiente de los demás, de las tareas y estudios de los hijos e hijas, etc. La comida, la limpieza, la educación, cuidado de los hijos e hijas. Si estamos enfermas, cansadas etc., es obligación de la madre, renunciamos a todo. Al hombre se le permite su espacio, pero a la mujer no se le permite su tiempo y espacio.

El cómo se organizan los cuidados y de qué manera se acoge el hecho de la maternidad nos da idea del tipo de sociedad en la que vivimos. Otras mujeres creen que van a romper el modelo franquista de buena madre. Tratan de vivir su vida como si no fueran madre. El problema es que se creen que están revelándose al sistema, pero sin embargo no es el modelo adecuado. La madre se debe reconocer como ser humano, reconocerse como digna y merecedora de afecto, cariño, cuidado. Tener un espacio individual, digna de vivir la vida que una quiere vivir. Cuando una persona se respeta a sí misma y se da valor y dignidad, da lo mismo a los demás. Reconociendo que es madre y se valora como madre, como mujer.

Hay otro modelo de cómo ser madre en esta sociedad y son las mujeres que representan las malas madres. Son las mujeres que representan que no hacen la función de cuidados, que no tienen instinto maternal. Es la idea de que cuando se tiene un hijo la vida tiene que ser como antes de haber tenido al hijo, como si no fueras madre. Van al gimnasio, se ponen a dieta, van a la peluquería, tienen una sexualidad increíble, quedan con las amigas, llevan al niño o niña a una guardería lo antes posible y se ponen a trabajar, etc. Actúan como si no fueran madre, que es otra manera de enajenar la verdadera fuerza y el poder interior de la maternidad. Y estas mujeres creen que se están revelando contra el sistema patriarcal sin embargo al sistema le interesa también este tipo de madres que no ejercen de madres. La madre es un ser humano y se reconoce como tal, en su propia dignidad, merecedora de afecto, de cariño, de cuidados, de tener propios proyectos personales y profesionales. La experiencia de sentir que tiene una vida que le corresponde. Una vez que se llega a esa experiencia de sentir que tiene un espacio en esta vida que le corresponde, se puede encontrar el equilibrio y puede dar ese espacio y merecimiento “a sus hijas e hijos, en definitiva, al otro” y es capaz de acompañar la dignidad del otro sin perder la suya. Considera un arte el hecho de ser madre, no un modelo.

Esther Vivas dice que tenemos que ser unas superwomen para poder llevar a cabo los trabajos domésticos y los trabajos fuera del hogar. La autora nos dice que no existen maternidades únicas, sino que hay modelos impuestos por el capitalismo y patriarcado que supeditan la experiencia materna. En los años 60 y 70 las feministas se revelaron en contra de las ideas de la maternidad. Esto generó una crisis entre ser madre abnegada, idea del patriarcado, con las ideas feministas de la maternidad neoliberal subordinada al mercado laboral. La autora apela a la maternidad desobediente dentro del sistema patriarcal. Dice que hay que valorar la importancia del embarazo, parto, lactancia y crianza humana y social y reivindicar la maternidad como responsabilidad colectiva reconociendo su contribución histórica, económica, política y social. La maternidad no es el destino de la mujer, no podemos esencializar o idealizar ese papel, debemos escoger cómo queremos que sea nuestra maternidad.

La leche materna está generando muchos debates e intereses. Sobre la lactancia hay un negocio con la leche de fórmula que incide en las decisiones gubernamentales, el sector sanitario y las prácticas culturales donde dicen que el biberón es lo mismo que la teta. Muchas feministas consideran que dar de mamar a un bebé esclaviza a la mujer en el hogar.

Estudiando las pautas patriarcales sobre la maternidad en otras culturas se observa cómo la imagen del instinto maternal se nos impone habiendo diferencias posturas sociales hacia los hombres y las mujeres con respecto a los hijos. La antropóloga Margaret Mead estudió las culturas de Nueva Guinea donde las familias escogían si querían tener hijos o no. En sus estudios descubrió que las mujeres cuando daban a luz, si no les interesaba el sexo de la criatura, los dejaban en un río y si otra familia lo quería, podía cogerlo. De esa manera descubrió que existe un tratamiento distinto, más desapegado que la cultura judeocristiana y occidental al que nos encontramos nosotras en cuanto al cuidado de la infancia.

A partir de la construcción ideológica de la maternidad del sistema patriarcado y capitalista nos han querido relegar como madres a la esfera invisible de lo privado, al hogar, se han infravalorado nuestro trabajo y se han consolidado las desigualdades de género. El fracaso es parte de la tarea de ser madre, sin embargo, se ha negado en las visiones estereotipadas e idealizadas sobre la maternidad. El mito de la madre perfecta sólo sirve para culpabilizar y estigmatizar a las mujeres que no cumplen con esas formas ideológicas de ser madre. A las madres se nos responsabilizan de la felicidad o fracasos de las hijas/os y no se tiene en cuenta que también existen ciertas condiciones sociales que son la causa de ello. La maternidad patriarcal ha generado que muchas madres sintiéramos culpa, han cargado sobre nosotras una responsabilidad sin poder sobre los seres humanos, los juicios, las condenas del propio poder.

Durante el siglo XX, la nueva sociedad urbana con la incorporación de la mujer al mercado laboral, la independencia económica de la mujer, el acceso de los métodos anticonceptivos, parece que el tener hijos es una elección. La maternidad ya no se plantea como destino único de la mujer. Aparecen dilemas sobre la opción y el deseo de ser madre y se convierte en un camino lleno de incertidumbres.

En los años 80 se complejizó el ideal de la buena madre y aparecen discursos promaternales y profamiliares. Las madres tenían que ser las devotas y sumisas, pero también madres máquinas, trabajadoras y sacrificadas y con un cuerpo perfecto. Éste nuevo “mamismo” dio como resultado mucha frustración y ansiedad. En la maternidad se mezcla la cultura consumista y sufre una intensificación neoliberal. Ser madre en este sistema se queda reducido a ser: el ángel del hogar y la superwoman donde triunfar no se puede compaginar con el hecho de ser madre.

Por Araceli López Alonso es activista social, feminista y militante de Anticapitalistas Canarias
Fuente: Viento Sur

Bibliografía:

Federici, S. (2012) "La persecución de las brujas permitió el capitalismo” entrevista a Silvia Federici. https://www.traficantes.net/noticias-editorial/la-persecucion-de-lasbrujas-permitio-el-capitalismo-entrevista-silvia-federici

Vivas, E. (2020). Mamá desobediente: Una mirada feminista a la maternidad. Capitán Swing.

Vídeos:

Palemo, P. (2014) “Una visión sobre la maternidad y el instinto maternal”. https://www.youtube.com/watch?v=0bsACqppYfs.

Felipe-Larralde, M. (2015). “Maternidad en el patriarcado.” https://www.youtube.com/watch?v=NcAHuwWsf-s

Las “Nomo: mujeres que no quieren tener hijo”. (2017). https://www.youtube.com/watch?v=Nd9Jxp2bSpI

Freixas, L. (2017) "Buenas y malas madres en el patriarcado": https://www.youtube.com/watch?v=SfeDvopVKhI

mayo 09, 2026

Nuria Varela reivindica el feminismo frente a un sistema “sostenido sobre la desigualdad”




En una reciente entrevista en Radio Xallas, la periodista y escritora Nuria Varela reflexionó sobre la trayectoria que la ha llevado desde las cuencas mineras asturianas hasta las primeras líneas de conflictos internacionales. Varela, ofreció una ponencia en el foro «Alza Voz de Muller» en Vimianzo, analizó las razones detrás de un sentimiento compartido por muchas mujeres: el agotamiento crónico derivado de un sistema que, a su juicio, continúa sustentándose sobre la desigualdad.
Entrevista a Nuria Varela

El periodismo como “gafas moradas”

Para Varela, el compromiso feminista y el periodismo se han retroalimentado a lo largo de su carrera. Su trabajo como corresponsal en escenarios como la crisis de Ucrania, la guerra de Bosnia o los feminicidios de Ciudad Juárez le permitió, según explicó, ponerse las “gafas moradas” para observar la discriminación estructural.


Entre todas sus experiencias, destacó como la más dura su estancia en el Afganistán controlado por los talibanes antes de 2001, donde, según relató, la mitad de la población quedaba invisibilizada. “No hay nada comparable al horror que puede ser un régimen como ese, en el que la mitad de la población… no somos nada”, afirmó.

La paradoja del cansancio y la retórica de la igualdad

El eje central de su intervención giró en torno al cansancio femenino, un asunto que ya abordó en su obra literaria. Nuria Varela sostuvo que ese agotamiento no es individual, sino político y estructural.

“Las mujeres estamos muy cansadas… por la violencia que soportamos… y por esa exigencia que el patriarcado se ha empeñado en colocarnos de hacernos responsables y culpables de todo lo que ocurre en el mundo”, señaló.

La escritora cuestionó además lo que definió como la “retórica de la igualdad”, un discurso que, según indicó, choca con la realidad de los indicadores sociales. Aunque reconoció avances, apuntó que en España persisten brechas de género en ámbitos como los salarios, las pensiones, los cuidados o el patrimonio.

“La igualdad se ha convertido en una retórica, no en el nervio central de nuestra democracia”, aseguró.

El poder y la violencia estructural

Varela defendió que el origen del problema se encuentra en un reparto desigual del poder, donde “todo lo masculino es valioso y todo lo femenino está deteriorado”.

Como ejemplo, mencionó diferencias presentes incluso en el lenguaje profesional: mientras ellos son “chefs”, ellas son “cocineras”; mientras ellos son “estilistas”, ellas son “peluqueras”.

Sobre la violencia de género, la definió como un fenómeno estructural destinado a “aleccionar” a las mujeres cuando intentan decidir por sí mismas. Frente a un contexto internacional marcado, según dijo, por respuestas violentas a los conflictos, defendió la reflexión honesta y el pensamiento crítico como herramientas de transformación social.

Una “historia de éxito”

Pese a la dureza de su análisis, Varela reivindicó el feminismo como una “historia de éxito”. A su juicio, los países con mayores niveles de igualdad son también los que presentan mejores índices de democracia y bienestar.

Como mensaje final, animó a las mujeres a comenzar los cambios desde el ámbito personal y avanzar hacia lo colectivo. “El feminismo empieza por una misma… si identificas alguna violencia en tu vida, buscar un grupo, asociarse, ir a lo comunitario”, concluyó.

Fuente: Adiante Diario/Galicia

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in