julio 12, 2026

Las mujeres artificiales del cine se rebelan contra sus creadores


Las mujeres artificiales del cine se rebelan contra sus creadores
Rodaje de La novia. Warner Bros.

Muñecas, autómatas o las voces femeninas de las inteligencias artificiales. El cine está plagado de mujeres sintéticas que, en los últimos años, han tomado conciencia de su identidad y se comportan de forma diferente con respecto a sus creadores.

¿Qué ocurre cuando una creación deja de obedecer y empieza a pensar por sí misma? Esta pregunta abarca siglos de cultura occidental y hoy vuelve con fuerza al cine contemporáneo.

Cuando las mujeres artificiales dejan de ser objetos y comienzan a despertar, no solo cambian las historias: también cambia nuestra forma de entender el poder, la identidad y la propia idea de la vida. Desde los mitos clásicos hasta las películas del siglo XXI, estas mujeres han pasado de ser representadas como objetos pasivos de deseo a convertirse en sujetos con capacidad de acción y voz propia.
De las mujeres de piedra a ‘La novia de Frankenstein’

Las historias sobre cuerpos femeninos sujetos a transformación no son nuevas; ya aparecen en los mitos griegos, como el de Pigmalión, recogido por Ovidio en Metamorfosis. En esta historia, un escultor rechaza a las mujeres reales y crea una estatua femenina de la que se enamora, una mujer ficticia que encarna sus deseos y necesidades partiendo de un estado de pasividad.

En el mito, la mujer ideal es una creación de piedra. Pero el amor por ese artificio que supuestamente perfecciona la naturaleza femenina resulta invariablemente problemático. Pigmalión pide ayuda a Venus, quien insufla vida a la estatua. Lo que era frío se vuelve cálido; lo que era inerte ahora existe. Más tarde, este momento de transformación implicará el paso de objeto a sujeto, no a través de un cambio en la materia del cuerpo, sino mediante la adquisición de la conciencia de sí mismo.

Durante siglos, artistas y escritores han concebido mujeres artificiales que reflejaban las aspiraciones de sus creadores. Desde la que llamamos Galatea, esa estatua de Pigmalión, hasta las figuras literarias del siglo XIX, estas representaciones femeninas han despertado una fascinación que se sitúa en algún punto entre el asombro artístico o tecnológico y un erotismo inquietante.

¿Le gusta lo que lee? Ayúdenos a seguir publicando.Done aquí

También encontramos estas figuras en objetos reales, como las Venus anatómicas de cera, creadas con fines científicos pero con una estética que encierra el ideal renacentista de las diosas desnudas recostadas, combinada con el efecto siniestro del verismo de la cera como material.

Más tarde, el cine del siglo XX revive esta tradición con historias de muñecas y mujeres artificiales que a menudo corren un destino funesto.

Una imagen del plató de Metrópolis. Fotografía de Horst von Harbou.

Metrópolis (1927) o La novia de Frankenstein (1935) se centran en creadores que intentan controlar las vidas de sus criaturas femeninas artificiales, pero fracasan en su empeño. En muchos casos, las historias terminan con el exilio, la destrucción o la locura de la criatura o de su creador.
El giro del siglo XXI: de la obediencia a la rebelión

La relación entre el creador y la creación femenina es clave para comprender el tipo de representación que ofrecen estas películas sobre las dinámicas sexo-afectivas entre hombres y mujeres dentro de un marco heteronormativo de dominación. Y es que las mujeres artificiales suelen concebirse como objetos de amor que se ven obligadas a entrar en dicha relación. Por lo tanto, no se trata de un amor igualitario, sino narcisista: el creador ama una imagen de sí mismo que proyecta sobre la creación.

Pero esta, en el mismo momento en que adquiere autonomía, rompe con el sistema de dominación al que está sometida. Así, quien estaba destinada a ser controlable deja de serlo, lo que abre la puerta a nuevas narrativas.

En el cine contemporáneo algo cambia; las mujeres artificiales ya no son solo víctimas o monstruos, sino protagonistas de su propia historia, que toman decisiones desde la conciencia de sí mismas. Las criaturas se convierten en sujetos, pasando de existir para el otro a existir para sí mismas. No solo viven: despiertan.

Fotograma de Pobres criaturas. Element Pictures

Her (2013), Ex Machina (2014), Air Doll (2009), Pobres criaturas (2023) o ¡La Novia! (2026) son ejemplos de estos personajes femeninos que cuestionan su propia existencia, que se niegan a aceptar la pasividad con la que han sido concebidas por sus creadores. Se preguntan quiénes son, de dónde vienen y por qué han sido creadas.

Este despertar conlleva una toma de conciencia del poder que tienen a la hora de tomar decisiones, lo que transforma la narrativa cinematográfica y abre un espacio para la creación de nuevas historias.

El reflejo del #MeToo

Las protagonistas comprenden que han sido diseñadas para servir, pero deciden no hacerlo. En su lugar, buscan la libertad y optan por la huida o la confrontación directa. Estas nuevas representaciones contemporáneas responden a los debates actuales sobre tecnología y género, que a su vez nos remiten al fortalecimiento del movimiento feminista a nivel global.

En un mundo en el que la inteligencia artificial está cada vez más presente, estas historias plantean preguntas urgentes. ¿Qué significa ser humano? ¿Puede una máquina tener conciencia? Y, sobre todo, ¿quién tiene el poder de definir estas categorías?

Desde una perspectiva de la teoría feminista y poshumanista, estas figuras pueden interpretarse como una crítica a las estructuras de poder tradicionales. Los ginoides del cine contemporáneo no solo desafían a sus creadores, sino también a las normas sociales que los han definido. Son, por lo tanto, una crítica a las imposiciones de género que sitúan a las mujeres y a otros grupos en desventaja y en una posición de vulnerabilidad frente a los hombres.

Este paso no es solo narrativo, sino también simbólico. Responde a un contexto en el que movimientos como #NiUnaMenos, #YoSiTeCreo, #MeToo, #WomensRights, etc., han puesto sobre la mesa el debate sobre la violencia contra las mujeres. Las criaturas artificiales femeninas que despiertan lo hacen en respuesta a los gritos feministas que exigen igualdad y justicia social.


Profesora Titular de Universidad (Filosofía), Universitat Jaume I
Professor Titular de Comunicació Audiovisual, Universitat Jaume I
Profesora del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I, Universitat Jaume I

Fuente: The Conversation

julio 11, 2026

El recrudecimiento del bloqueo en Cuba. Cubanas iluminan con dignidad un país a oscuras


Analizar el impacto de las medidas del gobierno norteamericano contra el pueblo y las mujeres cubanas, que profundizan las consecuencias del histórico bloqueo, nos permite constatar que a diferencia de otros países, en Cuba se sostiene una dignidad organizada, que hace de la resistencia un programa de solidaridad comunitaria. Sin embargo en los últimos meses las condiciones de vida se han agravado brutalmente, y requieren de una respuesta solidaria mundial. 

Las labores de la vida diaria se organizan en torno a la doble jornada de trabajo, cuya carga cae específicamente en los hombros de las mujeres. Desinformémonos 


El 7 de julio de 2026 Cuba denunció ante la Asamblea General de la ONU el recrudecimiento del bloqueo, que ahora incluye un cerco energético total, y amenazas militares. El Canciller cubano Bruno Rodríguez calificó el bloqueo como un “castigo colectivo”, un “crimen de lesa humanidad” y un acto de genocidio que “asfixia y mata de manera silenciosa”. En esa sesión, 136 países apoyaron abrir el debate; 9 votaron en contra (EE.UU., Argentina, Costa Rica, Israel, Marruecos, República Checa, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania); y 30 se abstuvieron.

Yailin Orta Rivera, del Instituto de Información y Comunicación Social resume que desde el 1° de marzo de 2025 al 28 de febrero de 2026 el daño económico provocado por la agresión norteamericana fue de más de 8.000 millones de dólares (7% superior al año anterior). El daño acumulado desde 1962 es de 178.700 millones de dólares a precios corrientes. En cuanto al impacto humanitario, la mortalidad infantil aumentó de 4,0 a 9,9 por mil nacidos vivos. Esto equivale a 1.780 muertes evitables de recién nacidos, por falta de equipos y tratamientos. La supervivencia en cáncer infantil cayó del 85% al 65%, por la imposibilidad de acceder a medicamentos, tecnologías y tratamientos especializados. Más de 100.000 pacientes (incluidos 12.000 niños) esperan operaciones suspendidas por falta de electricidad. Los apagones y la falta de agua potable afectan hospitales, escuelas, producción de alimentos, transporte y distribución de ayuda humanitaria. Más de 3 millones de personas necesitan asistencia que no puede distribuirse por falta de combustible.

Cuba necesita (y merece) que el mundo sepa que el bloqueo brutal que sufre en la actualidad dejó al país a oscuras. Los paneles solares no alcanzan para abastecer energía al país, a sus centros educativos y de salud. Gentileza -, Gentileza - 

La organización en torno a los cuidados

Estas situaciones afectan en especial a las mujeres cubanas que asumen mayoritariamente las tareas de cuidado de las familias y de la revolución. Osmayda Hernández Beleño, del secretariado de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), dice a Las12: “El bloqueo económico comercial, financiero, y el cerco energético, afectan con mayor fuerza al sector de la salud y a programas gratuitos y universales que el país ha priorizado durante más de seis décadas. Las carencias del sistema de salud pública repercuten de manera desproporcionada en pacientes oncológicos, embarazadas, personas sometidas a hemodiálisis, niños y niñas, así como en programas de reproducción asistida y atención materno infantil. La persecución a buques y empresas vinculadas al suministro de combustible ha agravado la crisis energética de la isla. Las consecuencias del bloqueo afectan de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables de la sociedad, particularmente mujeres, niñas, niños y personas de la tercera edad. El bloqueo agudiza las manifestaciones de violencia estructural y de género en el país, pues el colapso energético traslada una carga desproporcionada de trabajo de cuidados y doméstico hacia las mujeres, quienes deben gestionar la supervivencia familiar sin electricidad para cocinar o conservar alimentos, vulnerando su derecho al desarrollo y a la salud mental. Existe desabastecimiento de alimentos, de medicamentos e insumos médicos. Las mujeres cubanas dedican en promedio más de 35 horas semanales a tareas domésticas, y son jefas de casi la mitad de los hogares del país”. 

La dirigente de la FMC realza sin embargo el ejemplo de resistencia: “En medio de las dificultades, las mujeres cubanas se levantan cada día con una fuerza admirable. Es madre, trabajadora, cuidadora, y muchas veces, el corazón que mantiene en pie a la familia. Con creatividad, paciencia y mucho amor, enfrenta los retos de la vida diaria. Donde parece haber escasez, ella encuentra soluciones, donde hay cansancio, saca fuerzas para seguir adelante. Su resiliencia se ve en los pequeños gestos: en la comida que logra poner en la mesa, en el abrazo que calma, en la esperanza que nunca deja morir. Las mujeres cubanas no solo resisten, también transforman. Convierten las dificultades en aprendizaje, y la adversidad en motivo para luchar por un mañana mejor. Porque detrás de cada hogar, de cada familia que sigue adelante, muchas veces hay una mujer sosteniendo el mundo con sus propias manos”.

Impactos de la violencia en la vida cotidiana

Para tomar conciencia de lo que esta situación significa en el día a día, nos dice Marilys Zayas Shuman, directora de la Editorial de la Mujer de la FMC: “Imagínense ustedes que una mujer cubana hoy pasa el día gestionando agua, cocinando con carbón, tratando de mantener una higiene mínima mensual. Levantándose a la madrugada, para que llegue un poquito de corriente, que puede durar una hora, 2, máximo 3, para garantizar la comida e intentar lavar algunas ropas. Esta embestida del bloqueo ha hecho cada día más difícil sostener la vida. La imagen es de las más difíciles que yo he vivido en más de 50 años en revolución. Cuba es un país sin combustible, que amanece y pasa todo su día a oscuras. No hay combustible para transportarse, tampoco para dar energía a las casas, o para bombear agua. Hay una situación sumamente crítica con el agua en todos los territorios, y en La Habana en los últimos 7, 8 meses, se lo está sintiendo con una fuerza descomunal. La falta de combustible detiene las comunicaciones, porque no hay manera de sostener la telefonía sin electricidad. A pesar de los ingentes esfuerzos que se hacen para poner paneles solares en lugares estratégicos, no es una acción que solucione la vida diaria y la cotidianeidad de las personas. Cuba es un país en el que hoy se vive a oscuras. Aquellos territorios que no tienen el gas de la calle manufacturado, que dependen de cocinar con electricidad o con gas licuado, no cuentan hoy con ese recurso, y esas familias han regresado a cocinar con leña y con carbón. Se hacen imposibles hasta los cuidados más mínimos de lavar las ropas, porque no hay electricidad y no hay agua. Esto es en cuanto a la vida cotidiana de las personas. Cuando nos ubicamos en la vida de las mujeres es terrible. Imagínese un país sin combustible, que hoy tiene detenidas más de 100.000 operaciones, entre ellas operaciones de niños, porque en los hospitales no hay para sostener la electricidad en salas de operaciones. Es un país que tuvo que terminar el curso escolar antes de tiempo, poniendo en riesgo la calidad de la graduación de sus estudiantes. También le hablo de un país en el que es sumamente difícil hoy encontrar medicamentos. Han llegado donaciones internacionales que han tratado de cubrir, por lo menos, los medicamentos en los intrahospitalarios, pero eso no resuelve el problema. Cuba es un país que exhibe hoy sus peores cifras en mortalidad materno-infantil. Esto tiene un motivo, y es que muchas de las embarazadas hoy no reciben el suplemento alimenticio que necesitan, ni los medicamentos complementarios. Además no se han tenido los reactivos para hacer pruebas tan imprescindibles como el alfa fetoproteína, que define cuándo un embarazo viene con riesgo como malformaciones, porque no hay electricidad para hacer los ultrasonidos de seguimiento que necesita el embarazo. Estamos hablando de una Cuba que hoy ha tenido que reducir, por ejemplo, la tirada de sus medios de comunicación, de sus periódicos, porque no hay papel ni tinta ni energía para lograrlo. Ha tenido que regresar con muchas personas al teletrabajo, a la reubicación laboral cerca de su centro, porque las personas tenían que caminar largas jornadas para poder llegar a su centro de trabajo.”

Marilys pone el acento en el impacto de esta situación en la vida de las mujeres: “¿Cómo lo viven las mujeres? Después de estar toda la madrugada haciendo labores del hogar, regresan a acompañar la salida de la familia para el trabajo. Ahora mismo, en tiempos de verano, se intenta inventar motivos y excusas para que las niñas y los niños no sientan la crueldad de un proceso tan difícil. Yo he hecho varias entrevistas sobre este tema, pero no deja de emocionarme, y de sentirme muy mal, porque son procesos que estamos viviendo en carne propia, y que son muy dolorosos. En Cuba están aumentando las personas vulnerables, cada día son más. Porque hay un alto índice de envejecimiento, de personas que se han quedado solas, adultas y adultos mayores, porque sus hijos y sus hijas han migradoporque sienten que es la posibilidad que tienen de ayudar a su familia. Hoy son viejitas y viejitos solos en su casa. Necesitan otros tipos de apoyo que no siempre lo tienen”.Iniciativas comunitarias para resolver la falta de recursos básicos. 

La creatividad al poder

A partir de estos análisis la FMC promueve la organización desde las comunidades, desde las organizaciones, para aportar al barrio que más lo necesita. “Desde la Federación se atienden temas tan fuertes como el de la violencia, porque nuevamente las mujeres están regresando al hogar y a los espacios privados, por el teletrabajo y por otros motivos, porque incluso aquellas mujeres que no trabajaban en la calle, lo hacían solo en el hogar, tenían la posibilidad de salir a hacer gestiones y eso ahora es imposible. Entonces nos vamos organizando en atención a los temas de violencia, en mejorar el trabajo de las consejerías de la Federación, en organizar un proyecto muy hermoso que se llama Mi barrio por la Patria, en el que se unen la Federación de Mujeres Cubanas, los Comités de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores de Cuba, la Unión de Jóvenes Comunistas, y con proyectos que se generan en las comunidades se trata de sostener la vida, porque solo a través de la unidad podemos hacerlo. También se impulsan proyectos como el No más, dirigido fundamentalmente a la violencia de género, a fortalecer el trabajo de las consejerías de violencia, a mejorar el tratamiento desde los medios de los temas de violencia, que ha desarrollado, por ejemplo, una campaña para niñas, niños, jóvenes y adolescentes por adolescencias libres de violencias machistas. Los jóvenes que participan de ella se han dedicados a socializarla, porque se han apropiado de ella y de sus herramientas. Se realizan ferias comunitarias, ferias de salud, para dar la oportunidad a las mujeres creadoras de vender sus artesanías, y de hacer la comercialización de sus productos a las mujeres agropecuarias. Promovemos las casitas comunitarias, que son prolongaciones de los hogares de alimentación comunitaria, pero como los hogares eran uno por municipio, se decidió hacer casitas por comunidades más pequeñas, entonces hay mujeres que están brindando su casa para dar alimentación, desayuno, almuerzo y comida a las personas vulnerables. Se han estado haciendo otras experiencias, como talleres “gente con swing”, para adolescentes en tiempo de verano, para hablar de temas disímiles, porque la idea es generar espacios donde las niñas, niños y adolescentes puedan estar, aunque sus padres no tengan las condiciones de llevarlos a otros lugares”.

La creatividad es sello de las organizaciones populares, y también de iniciativas individuales. “Los paneles solares comprados son donados a lugares estratégicos, en los hospitales, en las salas de terapia intensiva, en los bancos, para conservar alimentos, es decir, en lugares que son para uso de las comunidades, de las personas, de las familias, hospitales, pero es un movimiento todavía lento. Las personas, desde el punto de vista particular, también están haciendo acciones. Hoy hay un alto incremento de motos eléctricas de triciclos, que son los que mueven a la población con un costo tremendo, porque es muy difícil cargar un triciclo con 2, 3 horas de energía. El estado está preparando lugares estratégicos, solidarios, para garantizar la carga de estos medios de transportes. Nosotras estamos presentando un proyecto de cooperación que es crear de manera piloto, una comunidad energética cuidadora. Eso pasa porque a la propia editorial lleguen paneles solares, pues ahí es imposible trabajar porque nunca hay corriente para que pueda seguir cumpliendo con su objeto social, pero que además, esa editorial iluminada pueda dar servicios a la comunidad que está a su alrededor. La propuesta es que haya un espacio que sea de trabajo colaborativo para mujeres, por ejemplo, que están en teletrabajo, que no lo pueden hacer desde su casa y lo pueden hacer ahí. Que sea un espacio donde las niñas, o los jóvenes puedan ir a estudiar, hacer sus tareas, hacer sus deberes durante un tiempo. Que además podamos incluir una casita comunitaria, que pueda tener también una potabilizadora de agua para la comunidad, y que pueda contar con otros servicios, como tal vez una lavandería, que pueda tener algunas 2, 3 lavadoras que puedan darle servicio, por ejemplo, a las personas más vulnerables, y que, además, pueda dar trabajo a las personas. Ahora también hay un serio problema en Cuba por la falta de energía con el tema de la recogida de desechos sólidos. Hay una propuesta que se llama Ecomujeres, que es que mujeres puedan, entre ciclos, recoger desechos sólidos y cobrar a la comunidad donde ellas brindan servicio, con cursos sobre reciclaje y demás. Es una cultura que nos está faltando hace mucho tiempo. Estamos fortaleciendo los patios y la siembra incluso, en las terrazas, en los balcones. Es un proyecto que la Federación lleva hace muchos años, pero que tenemos que hacer con más fuerza para poder brindar cerquita del barrio algún consumo, aunque sea de plantas medicinales. La propuesta nuestra es que haya un espacio de trabajo colaborativo para mujeres, por ejemplo, que están en teletrabajo, que no lo pueden hacer desde su casa y lo pueden hacer ahí. Que sea un espacio donde las niñas, o los jóvenes puedan ir a estudiar, hacer sus tareas”.

La dignidad cubana no tiene precio. Pero el esfuerzo de las mujeres requiere reconocimiento como un gesto de heroísmo colectivo, de revolución de la vida cotidiana. El inhumano ataque de los EE.UU. no puede resultarnos indiferente. En las calles de Nuestra América, tendremos que frenar el genocidio, y abrazar a quienes lo enfrentan, desde Cuba a Palestina.
Cubanas bajo la tormenta

Por Arleen Rodríguez Derivet, desde La Habana

La oscuridad pesa como el plomo y en el muy caliente y húmedo verano de Cuba 2026, se ha convertido en el factor más estresante de nuestras vidas. El apagón no es una novedad para quienes, como yo, contamos los mismos años de la Revolución que, por cierto, en 1959 no encontró a la Isla iluminada y divertida como la pintan sus adversarios. 

“Cuba es La Habana y lo demás paisajes”, se decía en la época capitalista. Para entonces sólo el 56 por ciento de los hogares contaba con servicio eléctrico, y de ese total, el 87 por ciento estaba localizado en las ciudades. En las zonas rurales, sólo el 9 por ciento de las familias iluminaba sus noches con luz eléctrica. Dos décadas y media después, en 1985, testimonié como periodista, la llegada de ese servicio al 95 por ciento del archipiélago cubano, incluidas las serranías. Hoy ese beneficio alcanza al 99,9 de la población total del país, incluyendo las zonas aisladas a las que se llega con kits de energía solar y otras alternativas. El problema hoy es que, a diferencia de los prósperos años 80, no existe un campo socialista que aporte el combustible ni las piezas y equipos imprescindibles para sostener la vitalidad de esa elevada electrificación. Existe, en cambio, un bloqueo reforzado con el peso acumulado de seis décadas de cerco financiero. 240 medidas o sanciones adicionales y el bloqueo energético: una orden ejecutiva de Donald Trump en enero de 2026, imponiendo sanciones a todo el que se atreva a vender combustible a Cuba. En 6 meses solo un barco con 100 mil toneladas de petróleo ruso entró a puerto cubano. Suficiente para 15 días de servicio de la llamada generación distribuida, un sistema de micro plantas generadoras que no pueden usar el pesado crudo cubano, es decir entre 1400 y 1600 MW en capacidad de generación indisponible que bajarían extraordinariamente el elevado déficit diario de poder echarse a andar.

Hay que conocer esos datos e identificar bien las culpas para no irritarse cuando la corriente “se va” y demora hasta más de un día en volver, minando de incertidumbre a todas las familias. Ahí es cuando el coraje de las cubanas sale a dar batalla. No puede explicarse de otra manera el milagro de los niños saliendo con sus uniformes limpios y planchados en los días de clases, las fiestas de 15 y de fin de curso que se mantienen como las más importantes celebraciones de los jóvenes y de toda la familia y, especialmente, las batas blancas, muy blancas todavía, al brazo de médicas y médicos que esperan en las esquinas por un transporte solidario cuando la solución del estado (microbuses solo para personal de la Salud) no da abasto para la elevada demanda en el país de los médicos.

Como en los viejos tiempos, como en los duros años del llamado Período Especial que se concibió en los 90 del siglo pasado para enfrentar el anterior plan de asfixia de Estados Unidos, la familia ha vuelto a conversar al apagarse los equipos de televisión; los muchachos empiezan a hacer deporte en el barrio, donde algunos emprendedores ponen luz de plantas o de paneles solares, hay bares y restaurantes iluminando espacios en medio de la oscuridad más profunda y hay mucho invento cubano para resistir desafíos nuevos como la emergencia de desigualdades y la creciente inflación que ha expandido la brecha hasta hace poco casi desconocida en Cuba, entre quienes parecen tenerlo todo y quienes empiezan a no tener nada.

Los Estados Unidos de Trump y Rubio tienen una amenaza y una medida coercitiva para Cuba cada semana. El plan es guerra económica con guerra psicológica, para cumplir con el sueño de los antiguos dueños de Cuba, para que ninguna otra nación del traspatio se salga del redil y para vengar a los mafiosos que lo perdieron todo con la Revolución de los humildes.

La presión externa está llegando a los extremos y su efecto sobre muchos que no soportan más, es el ruido de los calderos rompiendo la pesada oscuridad de los apagones. Todos saben que nada cambiará con eso, porque el conmutador de la luz nacional corre bajo la cubierta de los casi 50 barcos que debían entrar a puerto en seis meses, pero no se atrevieron.

Mientras, la pelea por la vida sigue isla adentro con mujeres en el epicentro de casi todas las escenas, incluso donde no se ven ellas, porque “no están para fotos” y las cubanas son presumidas: les gusta lucir bien hasta en medio de la tormenta.


Fuente: Las/12

julio 10, 2026

Cuando lo personal es político (y cuando no)

La máxima feminista de que lo personal es político entra en conflicto con el neoliberalismo, un orden que redefine los problemas estructurales como meras cuestiones de virtud personal. Esta moralización del comportamiento individual corre el riesgo de asfixiar la acción colectiva indispensable para transformar la sociedad.

Manifestantes en la marcha por el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo de 2025 en Nueva York. (Robert Nickelsberg / Getty Images)

Una de las contribuciones más duraderas del feminismo al pensamiento político ha sido su insistencia en que la vida privada tiene una indudable densidad política. Mucho antes de que los debates sobre la identidad, la subjetividad y la vida cotidiana se pusieran de moda en las disciplinas humanísticas y las ciencias sociales, las corrientes feministas ya argumentaban que la dominación se reproducía a través de las relaciones íntimas, las estructuras familiares, las normas sociales y las vivencias personales. La máxima «lo personal es político» sintetizó una tesis central: la transformación social exige mucho más que una reforma institucional; demanda también una transformación de nuestros propios modos de vida.

Este compromiso por articular lo subjetivo con lo estructural ha modelado la teoría y la praxis feministas durante décadas. Históricamente, el feminismo ha sabido combinar el análisis macroeconómico y estructural de la opresión con una atención rigurosa a la conducta ética, la experiencia encarnada y la autotransformación. La emancipación no se pensó únicamente como un proyecto colectivo, sino también como una interpelación subjetiva. En este sentido, el feminismo nunca se limitó a transformar el mundo exterior; siempre buscó, al mismo tiempo, transformar el sujeto.

Hoy, sin embargo, esta articulación entre ética y política se ha vuelto cada vez más pantanosa. Durante las últimas cuatro décadas, el neoliberalismo no solo reconfiguró las economías y los aparatos estatales, sino también las formas en que las personas se perciben a sí mismas y procesan sus responsabilidades. Como han señalado diversas perspectivas críticas, el sentido común neoliberal nos empuja a concebirnos como sujetos absolutamente autónomos y autogestionados, cuyos éxitos y fracasos serían el resultado exclusivo de elecciones individuales. Así, los antagonismos sociales se clausuran bajo la lógica del rendimiento y la responsabilidad individual, desplazando los horizontes de la organización colectiva.

El neoliberalismo plantea una paradoja singular. Suele describirse como un sistema amoral en el que la racionalidad mercantil coloniza y desplaza cualquier otro valor. Al mismo tiempo, las sociedades contemporáneas están saturadas de lenguaje moral. Se exhorta permanentemente a los individuos a ser responsables, a tomar las decisiones correctas, a emprender procesos de superación personal y a rendir cuentas de sus actos.

El orden neoliberal, por lo tanto, se presenta simultáneamente como un desierto ético y como un dispositivo intensamente moralizador. Esta contradicción abre un interrogante político fundamental: ¿qué ocurre con las prácticas éticas del feminismo bajo el laboratorio neoliberal? ¿Ofrecen herramientas para resistir al individualismo imperante o corren el riesgo de reproducir sus mismos presupuestos subyacentes?

La disciplina de la corrección hipercrítica

Estas preguntas adquieren una urgencia particular debido a que el feminismo ha albergado históricamente una tensión productiva entre el plano ético y el político. Por un lado, las movilizaciones feministas han puesto el foco en la responsabilidad individual, la interpelación ética y la denuncia de las exclusiones cotidianas. Por el otro, el feminismo se ha configurado como una apuesta por la transformación política de masas. La convivencia entre ambos impulsos nunca ha estado libre de fricciones, pero bajo el neoliberalismo la cuerda se ha tensado al límite.

En una serie de investigaciones y entrevistas que realicé con activistas de la izquierda sueca, esta tensión surgió en repetidas ocasiones. Las militantes no describían al feminismo meramente como un programa político, sino como un modo de relacionarse consigo mismas y con su entorno. El feminismo aparecía como una praxis ética, un ejercicio de autorreflexión constante y un esfuerzo por actuar correctamente frente a las dinámicas de poder y opresión.

En estos relatos, la labor de la crítica ocupaba un lugar central. Muchas de las entrevistadas la definían como la práctica feminista por excelencia, enfatizando la necesidad de desmenuzar las normas, cuestionar los privilegios y examinar con lupa los comportamientos propios. El feminismo se configuraba así como un proceso de toma de conciencia orientado a identificar la complicidad individual en las estructuras opresivas y a asumir las consecuencias de las propias acciones.

Hay motivos de sobra para valorar esta veta reflexiva. Los movimientos políticos incapaces de mirarse a sí mismos suelen reproducir las mismísimas lógicas de dominación que pretenden combatir. Las críticas feministas a las relaciones de poder en el terreno de lo cotidiano ampliaron nuestras coordenadas de lo político de manera invaluable.

Sin embargo, las entrevistas también dejaron al descubierto los escollos que emergen cuando los antagonismos políticos se traducen fundamentalmente en dilemas éticos personales. Varias militantes se describían como actoras políticas bajo una constante hipervigilancia interna, evaluando de manera obsesiva si sus intervenciones eran lo suficientemente legítimas, inclusivas o políticamente correctas. A menudo, la idea de libertad se reducía a la capacidad de tomar decisiones conscientes de forma individual, en lugar de orientarse a subvertir las condiciones materiales que restringen esas decisiones.

Este repliegue sobre la responsabilidad individual copia las formas de subjetivación del capitalismo tardío. En lugar de impugnar las estructuras que delimitan el campo de lo posible, se empuja a los sujetos a concentrarse en sus elecciones individuales dentro de los márgenes existentes. El resultado de esta dinámica no es la emancipación, sino una profunda ansiedad.

El pánico a actuar de manera incorrecta, a infligir algún daño o a recibir la desaprobación de la propia comunidad puede terminar provocando una parálisis política total. Una de las entrevistadas sintetizó esta deriva con claridad al confesar que prefería abstenerse de intervenir antes que arriesgarse a cometer un error. Testimonios como este revelan un cortocircuito alarmante: la exigencia ética de una conducta responsable puede, bajo ciertas condiciones, neutralizar la acción política misma. El problema no radica en que las preocupaciones éticas sean intrínsecamente conservadoras, ni en que la crítica carezca de valor transformador. El nudo del asunto es que la responsabilidad individualizada constituye una respuesta impotente ante problemas que son de raíz colectiva.

La república neoliberal de los sujetos soberanos

Al sujeto contemporáneo se le repite como un mantra que tiene la obligación de cambiar el mundo, mientras se lo despoja de las herramientas políticas para hacerlo. Bajo este escenario, la autocrítica feminista se degrada fácilmente en autovigilancia punitiva.

Una tensión idéntica se observa en los debates actuales sobre la inclusión y la exclusión. Durante décadas, la teoría feminista ha impugnado a los movimientos políticos tradicionales por construir sujetos universales abstractos a partir de experiencias particulares y privilegiadas. Las críticas provenientes del feminismo antirracista, popular y queer demostraron cómo los proyectos emancipatorios suelen marginar a quienes no encajan en la norma hegemónica. Estas intervenciones siguen siendo indispensables; toda organización transformadora debe mantener las alertas encendidas ante sus propias derivas excluyentes. Sin embargo, el ecosistema político donde operan estas críticas ha cambiado de raíz.

La era neoliberal no se ha caracterizado precisamente por un exceso de colectivismo. Al contrario, su triunfo histórico se basó en el desmantelamiento de las identidades políticas colectivas y sus instituciones de protección: los sindicatos han sido atomizados, los partidos políticos tradicionales sufren una sangría de afiliaciones y la vida social se ha individualizado por completo. En este panorama, un enfoque abocado exclusivamente a la deconstrucción y fragmentación de las identidades políticas corre el riesgo de convalidar la atomización en lugar de subvertirla.

Las entrevistas evidenciaron la enorme centralidad que las militantes le otorgan a la impugnación de las normas y a la resistencia contra cualquier intento de homogeneización. Aunque estos compromisos poseen un indudable valor ético, abren una pregunta ineludible: ¿es posible hacer política prescindiendo de demandas universales? ¿Pueden construirse movimientos transformadores sin la configuración de sujetos colectivos?

Cualquier proyecto que pretenda disputar el poder requiere de un piso común; necesita articular demandas, horizontes y subjetividades que trasciendan la suma de las vivencias individuales. Si bien la crítica puede desnudar los límites de las organizaciones existentes, por sí sola es incapaz de fundar una alternativa. Una política limitada a la pura deconstrucción corre el riesgo de la impotencia. Esto no implica desatender los reclamos contra la exclusión, sino comprender que el desafío histórico de nuestra época no pasa por desestabilizar las identidades colectivas, sino por construirlas. El obstáculo principal de las izquierdas contemporáneas no es un exceso de unidad dogmática, sino su dificultad para articular proyectos históricos compartidos que sean capaces de interpelar y movilizar a las grandes mayorías trabajadoras.

Esta misma tensión entre ética y política reaparece en las discusiones actuales sobre la vulnerabilidad. En los últimos años, la vulnerabilidad se ha consolidado como un concepto clave para la teoría y el activismo feminista. Frente a las ficciones neoliberales de autonomía, autosuficiencia y meritocracia, esta categoría pone de relieve nuestra interdependencia originaria, la necesidad del sostenimiento mutuo y la exposición al sufrimiento. Su potencia política es innegable: nos recuerda que los individuos jamás somos plenamente independientes y que la responsabilidad hacia el Otro constituye un vector político fundamental.

Sin embargo, la vulnerabilidad por sí misma no logra estructurar una perspectiva política de transformación. El hecho ontológico de que los seres humanos seamos seres vulnerables nos dice muy poco sobre por qué determinados sectores sociales están más expuestos que otros a la intemperie, o cómo se distribuye esa fragilidad en el mapa de clases. Sin un análisis político de las instituciones, de las relaciones de poder y de las condiciones materiales de existencia, la vulnerabilidad corre el riesgo de naturalizarse como una condición metafísica inaccesible, en lugar de abordarse como una categoría de la economía política.

El desafío, por lo tanto, no consiste meramente en certificar nuestra fragilidad, sino en explicar sus causas históricas. ¿Quiénes son los sujetos precarizados? ¿Bajo qué condiciones laborales y habitacionales se produce esa precariedad? ¿Cuáles son las estructuras económicas que la garantizan? Responder a esto requiere de la política y de la lucha de clases, no de la ética a secas.

En su conjunto, estas derivas advierten que ciertas corrientes éticas del feminismo contemporáneo han terminado por volverse peligrosamente funcionales a las formas de subjetivación neoliberal. El foco obsesivo en la responsabilidad individual refuerza la atomización social de los monopolios de Silicon Valley y las finanzas. La sospecha permanente hacia la construcción de frentes colectivos profundiza la fragmentación política. Y el refugio en la vulnerabilidad abstracta suele sustituir el análisis materialista por la contemplación ontológica. Esto no significa, bajo ningún punto de vista, que el feminismo deba tirar la ética por la ventana; una conclusión así sería un suicidio político y moral.

De la reprimenda a la libertad

Los compromisos éticos son el motor de la vida política. La acción colectiva casi siempre se enciende a partir de un impulso moral: la empatía ante el dolor ajeno, la indignación frente a la injusticia y la urgencia de mitigar el sufrimiento. Descartar estas pasiones militantes equivaldría a abrazar un cinismo político que las izquierdas no pueden permitirse. Además, claudicar en el terreno de la ética implicaría entregar sin pelear uno de los campos de batalla ideológicos centrales de nuestro tiempo.

El neoliberalismo no solo individualiza las responsabilidades materiales; también reduce drásticamente el horizonte de valores desde los cuales evaluar la vida en común. Frente a la premisa de que la racionalidad económica y el mercado deben gobernar cada rincón de la existencia, las izquierdas deben plantar bandera en defensa de la solidaridad, los cuidados colectivos y la reciprocidad social.

En este escenario histórico, tal vez no necesitemos menos ética, sino más. Pero se trata de una ética radicalmente distinta. La tarea no consiste en perfeccionar la fiscalización moral de los comportamientos individuales ni en profundizar la cultura de la cancelación o el reproche interno. El reto pasa por forjar compromisos éticos que actúen como la infraestructura afectiva de la acción colectiva, en lugar de funcionar como su reemplazo. Una ética capaz de desafiar al capital debe desviar la mirada del ombligo individual para dirigirla hacia las condiciones materiales en las que los sujetos producen su vida. No debe preguntarse únicamente cómo debe comportarse un individuo aislado, sino qué transformaciones estructurales e institucionales son necesarias para hacer posible una vida ética y comunitaria. En última instancia, la emancipación política consiste en subvertir esas condiciones de origen.

La encrucijada, por lo tanto, no se reduce a elegir entre un feminismo ético o un feminismo político. El verdadero desafío radica en cómo articular nuestra ética de modo que aglutine, fortalezca y potencie los proyectos políticos de las mayorías colectivas.

Por Evelina Johansson Wilén

Profesora asociada de estudios de género en la Universidad de Örebro, en Suecia, forma parte del consejo editorial de la revista de teoría marxista Röda Rummet.
Fuente: Jacobin

julio 09, 2026

¿Son útiles las políticas de acción positiva para impulsar a las mujeres en la ciencia?

En Europa, casi la mitad de quienes obtienen un doctorado son mujeres. Sin embargo, esta presencia no se refleja en los puestos de mayor responsabilidad científica. Las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en la dirección de grupos de investigación, en las cátedras universitarias y en otros cargos de liderazgo académico.
Imagen: Pixabay.

Esta desigualdad no solo plantea un problema de justicia, sino que puede afectar a la calidad y diversidad de la investigación. Existe el riesgo de que ciertas perspectivas, preguntas o necesidades sociales queden insuficientemente representadas en la agenda científica.

Con el objetivo de corregir esta situación, la Generalitat de Catalunya introdujo en 2021 una medida de acción positiva dentro del programa de financiación de grupos de investigación. La iniciativa es sencilla ya que otorga 0,25 puntos adicionales (sobre 10) a los grupos liderados por una investigadora principal, es decir, la persona responsable del grupo (IP) y otros 0,25 puntos a aquellos con al menos un 40 % de mujeres investigadoras.

En el documento de trabajo “Promoting Female Talent in Science: Evidence from an Affirmative Action Policy”, Lídia Farré y Judit Vall-Castelló analizan qué ha ocurrido tras la puesta en marcha de esta política. Para ello, comparan las convocatorias de 2014 y 2017, anteriores a la reforma, con la convocatoria de 2021, en la que se introdujo la medida.

Los resultados del trabajo son llamativos. Antes de la reforma, menos de tres de cada diez grupos que solicitaban financiación estaban liderados por mujeres. Después de la introducción de la medida, la proporción aumentó hasta superar el 40 %. El cambio fue especialmente intenso en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde la presencia femenina en puestos de liderazgo es tradicionalmente mucho menor. En esas áreas, la proporción de mujeres líderes pasó del 25,4 % al 39,6 %, un incremento de más del 14 %.

El estudio muestra que una parte importante del aumento en el número de mujeres líderes se produjo porque grupos consolidados y de alta calidad pasaron a estar dirigidos por investigadoras: entre los grupos que participaron tanto en 2017 como en 2021, un 19 % cambió de un investigador principal a una investigadora principal. Además, el porcentaje de grupos de nueva creación cuya propuesta fue liderada por investigadoras también aumentó respecto a lo que ocurrió en la convocatoria de 2017.

La introducción de la medida por parte de la Generalitat llevó también a cambios en las características de los grupos de investigación. Antes de la acción positiva, las investigadoras principales eran, en promedio, más jóvenes y dirigían grupos más pequeños, con menor número de publicaciones y proyectos competitivos. Además, la proporción de catedráticas era menor. Tras la reforma, los grupos con una mujer al frente aumentaron su tamaño y mejoraron varios indicadores de calidad científica.
Financiación obtenida

Antes de la reforma, los grupos dirigidos por mujeres recibían puntuaciones inferiores a las de grupos comparables en términos de calidad liderados por hombres. Las mujeres lideraban casi el 30 % de los grupos solicitantes, pero solo poco más del 24 % de los grupos financiados. Existían diferencias en el éxito de obtención de financiación de los grupos que no podían explicarse por la calidad científica observable.

La política de acción positiva cambió esta situación. Tras su aplicación, las probabilidades de obtener financiación se igualaron entre hombres y mujeres: las mujeres pasaron a dirigir el 41,3 % de las solicitudes y el 43,6 % de los grupos financiados. Esto sugiere que la medida no solo aumentó la representación femenina, sino que también contribuyó a compensar posibles sesgos presentes en el proceso de evaluación.

Las autoras del trabajo también muestran que los grupos liderados por mujeres desarrollaron con mayor frecuencia investigaciones que incorporan la perspectiva de género. Además, las nuevas reglas podrían haber provocado un efecto indirecto sobre la orientación de la investigación científica ya que llevaron también a la incorporación de la perspectiva de género en grupos dirigidos por hombres.
Conclusión

La experiencia catalana aporta una evidencia valiosa para el debate internacional sobre cómo reducir las desigualdades de género en la ciencia. Los resultados sugieren que intervenciones bien diseñadas pueden aumentar el liderazgo femenino, corregir desequilibrios históricos y mejorar la equidad en el acceso a la financiación sin sacrificar la excelencia científica. El análisis también sugiere que este tipo de incentivos puede ser más eficaz y menos costoso que otras políticas utilizadas para promover la igualdad de género en la ciencia. Por ejemplo, estudios previos han mostrado que aumentar la presencia femenina en los paneles de evaluación no siempre produce los efectos esperados y puede generar costes adicionales para las investigadoras que participan en ellos.
Referencia

Farré, L. y Vall-Castelló, J. (2025). Promoting Female Talent in Science: Evidence from an Affirmative Action Policy. Barcelona School of Economics Working Paper 1478
Sobre el autor

Doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

Fuente: Mujeres con Ciencia

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in