abril 10, 2021

Feminismo de datos: combatir la desigualdad en la tecnología y la sociedad

El feminismo de datos plantea una crítica interseccional a la forma en que la ciencia de datos refuerza el poder y una reflexión filosófica acerca de la supuesta “neutralidad” del conocimiento que produce.


James Veysey / Shutterstock

En los últimos meses han proliferado las controversias en torno a Google tras el despido de dos de sus especialistas en ética para la Inteligencia Artificial. ¿El motivo? Posicionarse públicamente contra algunas de las políticas de la empresa. En realidad se trata de una polémica que comenzó cuando, en 2019, se decidió desmantelar el comité encargado de abordar estas cuestiones tan solo una semana después de su formación. El caso de Google se suma a una larga lista de intentos por parte de las grandes corporaciones tecnológicas de crear consejos encargados de regular el tratamiento de datos personales y de velar por la transparencia y las buenas prácticas en un momento de descrédito general, propiciado por escándalos como el de Cambridge Analytica en Facebook o la venta de Rekognition (un sistema de reconocimiento facial desarrollado por Amazon) al servicio estadounidense de inmigración y aduanas, que provocaron varias protestas entre los propios empleados.

La recolección, uso y venta de datos resulta tremendamente lucrativa para empresas privadas que obtienen sus beneficios de la publicidad dirigida, las recomendaciones personalizadas o el análisis predictivo. Por ello, redes sociales como Facebook y Twitter se dedican a comerciar con la información de sus usuarios aprovechándose de unas condiciones de uso abusivas y engañosas. Y no solo esto, sino que los sistemas automáticos alimentados con estos datos han revelado tener sesgos marcadamente sexistas, racistas y clasistas: el traductor de Google reproduce estereotipos al traducir idiomas que usan género neutro; el algoritmo de selección de personal de Amazon penaliza los currículums que contienen la palabra “mujer”; buscar nombres afroamericanos aumenta las probabilidades de recibir anuncios de registros de arrestos u ofertas de tarjetas de crédito de alto interés… 

Tales ejemplos han motivado la creación de comités y códigos éticos con los que las corporaciones tecnológicas pretenden mostrar su rechazo hacia cualquier forma de discriminación. Podría parecer que esto responde a una preocupación loable por los efectos negativos de determinadas tecnologías, especialmente cuando se desarrollan con fines políticos o militares. En realidad, responde a una estrategia conocida como ethics-washing —o, expuesto llanamente, “lavado de cara”:
Las empresas privadas evitan la regulación usando la ética como la opción blanda frente a los marcos legales o la supervisión externa.

De ahí que expertos como Ben Wagner señalen la necesidad de disponer de criterios comunes que permitan evaluar la calidad de los compromisos adquiridos por parte de las corporaciones y evitar que sean arbitrarios e ineficaces a la hora de abordar estas cuestiones. Quizás habría que desplazar el debate de la esfera de la ética a la de la política, al tratarse de problemas estructurales que, en última instancia, tienen que ver con el poder en nuestras sociedades.

En esta línea han aparecido propuestas como el feminismo de datos. En palabras de Catherine D’Ignazio y Lauren Klein, autoras de Data Feminism:

El punto de partida del feminismo de los datos es algo que no se reconoce en la ciencia de los datos: el poder no está distribuido equitativamente en el mundo. Los que ejercen el poder son desproporcionadamente hombres de élite, heterosexuales, blancos, sanos y cisgénero del Norte Global. El trabajo del feminismo de datos consiste, en primer lugar, en entender el modo en que las prácticas estándar de la ciencia de datos refuerzan estas desigualdades existentes y, en segundo lugar, en utilizar la ciencia de datos para desafiar y cambiar la distribución del poder.
Tanto el debate en torno a los sesgos como la aproximación “ética” sitúan el origen del problema en los programadores o en los propios sistemas técnicos, pero la verdadera causa es la opresión sistémica que los genera.

Sin duda, los sesgos son un problema y reflejan la escasa diversidad que afecta a la ciencia de datos y a toda la industria tecnológica: las mujeres y otros grupos minorizados tienen menos acceso a estos ámbitos por motivos que van desde los estereotipos que dictan a qué trabajos se puede aspirar hasta prejuicios en la contratación. Que la mayoría de personas trabajando en ciencia de datos sean “hombres de élite, heterosexuales, blancos, sanos y cisgénero del Norte Global” hace que los sistemas que diseñan no tomen en consideración los efectos nocivos y discriminatorios de dichos sistemas, ya que sus autores no los experimentan en primera persona por su propia posición de privilegio. 

Ahora bien, el problema ya no es solo que los datos con los que se entrenan estos sistemas estén sesgados o no sean representativos: puede ocurrir que, por su carácter no lucrativo, estos nunca se recopilen. De ahí que hayan surgido iniciativas como Datos contra el ruido, un proyecto impulsado por DigitalFems que utiliza el big data para visibilizar las violencias machistas. En ella colaboran expertas de distintos ámbitos con el fin de recopilar “contradatos” para mostrar el alcance de un problema sobre el que escasea la información, muchas veces a causa de una negligencia institucional: a pesar de que esos datos existen en los juzgados y en las comisarías de policía, no se les da uso, visibilidad ni prioridad en la agenda política. De hecho, existen más datos sobre las multas de tráfico que sobre los casos de violencia sexual, y antes de este proyecto no existía ninguna fuente fiable, organizada y estructurada con respecto a este problema.
Es imprescindible crear bases de datos con perspectiva de género a partir de las cuales se puedan exigir responsabilidades, reclamar historias olvidadas y construir lazos de solidaridad, apoyo y acción colectiva.

También puede ocurrir que se recopilen datos en exceso, como ocurre cuando se trata de vigilar a determinados grupos sociales como las comunidades migrantes y racializadas o grupos sociales empobrecidos, según señalan Safiya Umoja Noble en Algorithms of Oppression y Victoria Eubanks en Automating Inequality. Esto plantea cuestiones interesantes sobre la creencia, tan extendida como errónea, según la cual la exposición es siempre deseable y “lo que no se cuenta no existe”: si bien la recolección de datos puede ayudar a visibilizar ciertas opresiones y recabar información sobre fenómenos que, de otra forma, no serían objeto de debate público, en ocasiones esta visibilidad puede tener efectos perjudiciales que se traducen en un control excesivo o directamente en violencia (por ejemplo, al revelar la condición serológica de personas con VIH). Paradójicamente, a veces lo mejor es permanecer oculto e invisible.

Más allá de estos asuntos, el feminismo de datos también plantea una reflexión (más filosófica, si se quiere, pero igualmente ligada a la cuestión del poder) acerca del modo en que la ciencia de datos produce conocimiento sobre personas, lugares o cosas; un conocimiento pretendidamente objetivo y neutral que, sin embargo, es siempre parcial y situado, como nos enseñaron las epistemologías feministas de Sandra Harding o Donna Haraway. En primer lugar, porque los datos nunca son desencarnados y deshumanizados sino que tienen siempre una dimensión corpórea y vital. De hecho, podrían entenderse como un segundo cuerpo a partir del cual se estructura nuestra experiencia y nuestra vida afectiva, accedemos al mundo y nos relacionamos con los demás, tal y como sugiere la filósofa Alejandra López Gabrielidis. Y, en segundo lugar, porque cuando se produce conocimiento siempre se hace desde un punto de vista o un posicionamiento determinado; cuando éste se presenta como neutral, en realidad significa que ha adoptado el punto de vista hegemónico o dominante. Esto significa empezar a tomar en consideración la importancia del contexto, entendiendo que los números no hablan por sí solos: los datos no están desligados del entorno en el que se produjeron. Este contexto está formado tanto por las personas como por las prácticas, tecnologías, instituciones, objetos materiales y relaciones que hacen posible su recolección, almacenamiento y análisis. 


Por ello, el feminismo de datos remarca la importancia de adoptar el pluralismo epistemológico en la ciencia de datos, incluyendo una multiplicidad de perspectivas y voces en todas las etapas del proceso (desde la recopilación hasta la limpieza, el análisis y la comunicación), sin que esto implique caer en el relativismo o en una postura anticientífica. Al contrario, cuando se ponen en común distintos puntos de vista se consigue una comprensión más rica y sólida del mundo, frente a la arrogancia de quienes pretenden universalizar su posición particular. Esta es la postura de lo que llaman “Big Dick Data”: los proyectos de big data que ignoran el contexto, fetichizan el tamaño y sobreestiman sus capacidades técnicas y científicas. En definitiva, lo importante no es quién tiene la base de datos más grande.

A modo de conclusión, es importante señalar que la ciencia de datos es parte del problema pero también puede ser parte de la solución.

Al fin y al cabo, la asimetría de la que adolece actualmente no es más que un reflejo de la distribución desigual de poder que puede encontrarse en cualquier esfera social. De ahí que el feminismo de datos trate principalmente del poder —quién lo tiene y quién no— con el objetivo de examinarlo para, en última instancia, redistribuirlo. Algunas de las formas que propone para este fin son la recolección de “contradatos”, la auditoría de algoritmos opacos, la rendición de cuentas por parte de las empresas e instituciones públicas y el aprendizaje mutuo con comunidades a las que se pretende dotar de mayor autonomía tecnopolítica. Son muchas las alternativas y mucho el camino por recorrer. Por cerrar citando a D’Ignazio y Klein, “la opresión es el problema, la equidad es el camino y la coliberación es la meta”. 

Una versión preliminar y mucho más amplia de este texto fue debatida en la primera sesión del Vector de Conceptualización Sociotécnica, que incluyó una conversación con Digital Fems y está disponible aquí.

Filósofo especializado en género y tecnología
Fuente: El Salto

¿Qué pasa si las mujeres dirigen la economía? El mundo está por verlo

Por primera vez, mujeres están en puestos clave en gobiernos y organismos internacional; por ejemplo, Janet Yellen y Christine Lagarde.

Janet Yellen y Christine Lagarde. Fotos: Getty Images y Efe.

 Las mujeres ocupan ahora muchos de los puestos que controlan la mayor economía del mundo, y están tratando de mejorarla.

La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, la secretaria de Comercio, Gina Raimondo, y la jefa del comercio, Katherine Tai, ocupan puestos de responsabilidad en el gobierno del presidente estadounidense, Joe Biden, y muchos de sus asesores económicos también son mujeres, al igual que casi el 48% de los funcionarios confirmados a nivel de gabinete.

El cambio radical puede estar afectando ya a la política económica: un nuevo plan de gastos de 2.3 billones de dólares presentado por Biden la semana pasada incluye 400,000 millones de dólares para financiar la “economía del cuidado”, apoyando los trabajos a domicilio y en la comunidad que se ocupan de los niños y los ancianos, una labor que normalmente realizan las mujeres y que no ha sido reconocida en años anteriores.

El plan también incluye cientos de miles de millones de dólares más para corregir las desigualdades raciales y entre zonas rurales y urbanas creadas en parte por las políticas económicas, comerciales y laborales del pasado.

Yellen afirma que el enfoque en la “infraestructura humana” y el anterior proyecto de ley de rescate de 1.9 billones de dólares deberían traducirse en mejoras significativas para las mujeres, cuya participación en la fuerza laboral había alcanzado mínimos de 40 años incluso antes de la crisis.

“Al final, puede que este proyecto de ley haga 80 años de historia: empieza a arreglar los problemas estructurales que han plagado nuestra economía durante las últimas cuatro décadas“, escribió en Twitter. “Esto es sólo el principio para nosotros”, añadió.


Las mujeres líderes pueden aportar una perspectiva nueva a la política económica, dicen expertos.

“Cuando eres diferente al resto del grupo, sueles ver las cosas de forma diferente”, dijo Rebecca Henderson, profesora de la Harvard Business School y autora de “Reimagining Capitalism in a World on Fire” (Mantenerse capitalista en un mundo en llamas).

“Tiendes a estar más abierto a soluciones diferentes”, dijo, y eso es lo que exige la situación. “Estamos en un momento de enorme crisis. Necesitamos nuevas formas de pensar“.
Empatía y estabilidad

En el último medio siglo, 57 mujeres han sido presidentas o primeras ministras de sus países, pero las instituciones que toman las decisiones económicas estaban sido controladas mayoritariamente por hombres hasta hace poco.

Fuera de Estados Unidos están Christine Lagarde al frente del Banco Central Europeo, con un balance de 2.4 billones de euros; Kristalina Georgieva en el Fondo Monetario Internacional (FMI), con un poder de crédito de 1 billón de dólares, y Ngozi Okonjo-Iweala en la Organización Mundial del Comercio (OMC), todas ellas en puestos que hasta hace una década eran ocupados por hombres.

En total, hay mujeres al frente de los ministerios de Economía de 16 países, y de 14 bancos centrales del mundo, según un informe anual elaborado por OMFIF, un grupo de reflexión sobre banca central y política económica.

Las escasas medidas disponibles sugieren que las mujeres tienen un mejor desempeño en la gestión de instituciones complicadas durante las crisis.

“Cuando las mujeres participan, la evidencia es muy clara: las comunidades son mejores, las economías son mejores, el mundo es mejor”, dijo Georgieva en enero, citando una investigación compilada por el FMI y otras instituciones.

“Las mujeres somos grandes líderes porque mostramos empatía y defendemos a las personas más vulnerables. Las mujeres son decididas (…) y las mujeres pueden estar más dispuestas a encontrar un compromiso“.

Un estudio de la Asociación Americana de Psicología mostró que los estados de Estados Unidos con gobernadoras tenían menos muertes por Covid-19 que los dirigidos por hombres, y Harvard Business Review informó que las mujeres obtuvieron calificaciones significativamente mejores en las evaluaciones de 360 grados de 60,000 líderes entre marzo y junio de 2020.

Las mujeres representan menos del 2% de los presidentes ejecutivos de las instituciones financieras y menos del 20% de los miembros de los directorios, pero las instituciones que dirigen muestran una mayor resistencia y estabilidad financiera, según las investigaciones del FMI.

Eric LeCompte, asesor de la ONU y director ejecutivo de una organización sin ánimo de lucro que aboga por el alivio de la deuda, dijo que notó una clara diferencia durante una reunión con Yellen y líderes de grupos religiosos cristianos y judíos el mes pasado.

“Llevo 20 años reuniéndome con los secretarios del Tesoro y sus puntos de discusión han sido totalmente diferentes“, dijo. “En cada área que discutimos, Yellen puso énfasis en la empatía y en el impacto de las políticas en las comunidades vulnerables“.

Sus predecesores masculinos tenían un enfoque “en lo esencial” que se centraba primero en “los números y no en las personas”, y nunca usaban palabras como “vulnerable”, dijo.
Una carga para la mujer

Hay mucho en juego.

La recesión mundial relacionada con la pandemia de coronavirus es, en realidad, una “de mujeres” (she-session), dicen muchos economistas, por lo mucho que las ha afectado.

Según un estudio reciente de McKinsey, las mujeres representan el 39% de la población activa mundial, pero el 54% de las pérdidas de empleo. En Estados Unidos, la mitad de los 10 millones de puestos de trabajo perdidos durante la crisis de Covid-10 fueron de mujeres, y más de 2 millones de ellas han abandonado por completo la población activa.

La reincorporación de estas mujeres al trabajo podría aumentar el producto interior bruto en un 5% en Estados Unidos, un 9% en Japón, un 12% en los Emiratos Árabes Unidos y un asombroso 27% en la India, la mayor democracia del mundo, según estimaciones del FMI.

El ascenso de las mujeres líderes debería de desembocar en “una respuesta más integradora -en el verdadero sentido de la palabra- a los muchísimos retos que son el legado del Covid-19″, declaró a Reuters Carmen Reinhart, economista jefe del Banco Mundial.

Tai, la primera mujer no blanca que dirige la oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos, ha dicho a su personal que piense “fuera de los marcos”, que acepte la diversidad y que hable con las comunidades que han sido ignoradas durante mucho tiempo.

Okonjo-Iweala, la primera africana en dirigir la Organización Mundial del Comercio (OMC), que supervisó flujos comerciales de casi 19 billones de dólares en 2019, dijo que abordar las necesidades de las mujeres marcará un paso importante hacia la reconstrucción de la fe profundamente erosionada en el gobierno y las instituciones globales.

“La lección para nosotros es (asegurarse) de que no nos hundamos en lo de siempre”, dijo Okonjo-Iweala, quien también fue la primera mujer ministra de Finanzas de Nigeria. “Se trata de la gente. Se trata de la inclusión. Se trata de un trabajo decente para la gente corriente”, declaró a Reuters.

Fuente: Forbes

abril 09, 2021

Nabla, la startup francesa que está creando una app de atención médica para mujeres .



Nabla es una startup francesa que ha lanzado una nueva aplicación centrada en la salud de la mujer, permite chatear con el personal médico, ofrece contenido y sugerencias de apoyo comunitario así como citas telemáticas para resolver cuestiones ya sea a una médico de cabecera, ginecólogas, comadronas, enfermeras, nutricionistas o fisioterapeutas.

Según TechCrunch, El objetivo es incrementar y normalizar las interacciones con el personal sanitario para que las mujeres mejoren los niveles de salud. En esta línea, otras startups francesas, han proporcionado formas para establecer contacto con profesionales de la salud a través de mensajes de texto, centrados especialmente en áreas de especialización determinadas, como la pediatría o la medicina familiar. 

Esta última aplicación proporciona un sistema de comunicación integral, además de la selección de contenidos de beneficio comunitario para las mujeres. El proyecto tiene una versión premium y una gratuita gracias al financiamiento que ha recibido por parte de distintos organismos y personas a título individual, que han conseguido recaudar 17 millones de euros, con el fin de facilitar el acceso a todas las mujeres.

Por Mar Joanpere 
Fuente: Diario Feminista

Acoso y Violencia política hacia las mujeres en las redes sociales


La violencia es fruto de la voluntad que los sujetos tienen sobre el control y la mujer ha estado objetivada durante mucho tiempo y ha sido considerada propiedad por parte de los hombres. El artículo se centra en la violencia que se genera en las redes sociales, sobre todo, hacia las mujeres y específicamente en el marco del ejercicio de sus derechos políticos

El mundo de las relaciones personales se ha visto transformado por la aparición de las tecnologías aplicadas a las comunicaciones sociales provocando un gran cambio en la manera en la que el ser humano se relaciona. Las redes sociales, cuyo origen se remonta al año 1971 al enviarse el primer mail, son estructuras sociales compuestas de grupos de personas conectadas por uno o varios tipos de relaciones, las cuales han conocido un desarrollo espectacular, sobre todo, desde el año 2000 cuando se inauguró la “burbuja de Internet”, surgiendo aplicaciones como Facebook (2004), Twitter (2006) o Instagram (2010), informa Agora.


El origen de la violencia contra la mujer ha estado vinculado a la historia de la civilización como forma de control y castigo a las mujeres, en base a la creencia de que la mujer era inferior respecto al hombre y, por ende, sometida a éstos, basándose en diversos supuestos morales, intelectuales, biológicos y religiosos que se fueron transmitiendo de forma naturalizada a través de la mayor parte de los agentes sociales. La violencia es fruto de la voluntad y capacidad que los sujetos tienen sobre el control de los sujetos, y la mujer ha estado objetivada durante mucho tiempo y ha sido considerada propiedad por parte de los hombres.

Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como «todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada». La violencia contra la mujer se ha ejercido tradicionalmente en el ámbito privado, pero tras las luchas llevadas a cabo para lograr la integración de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad y su participación plena en espacios públicos, la violencia endémica que sufrían las mujeres ha sido transferida al ámbito público. En el contexto social actual, marcado por la violencia social, las mujeres son las primeras en experimentar la invasión y agresión de sus cuerpos, lo que pone en cuestión la máxima de que el espacio público es un lugar de y para todos.

La participación de la mujer en la arena política es reciente, ya que las primeras formas de gobierno democrático no incluyeron a las mujeres como miembros de la ciudadanía. En 1890 ninguna mujer tenía prerrogativas electorales a nivel nacional. La vinculación de las mujeres a movimientos de reforma social a finales del siglo XIX fue desde un principio la plataforma para la acción política y pública de mujeres que tomaron conciencia de la desigualdad de posición civil en la que estaban, ya que no disfrutaban de derechos ciudadanos básicos como el derecho de propiedad y el derecho de voto. El movimiento sufragista, que surgió en EEUU e Inglaterra a finales del siglo XIX y se expandió rápidamente, alcanzó el reconocimiento de las mujeres para participar como ciudadanos primero en Nueva Zelanda (1893) y luego en Australia (1902), lográndose la igualdad de sufragio en más de 30 países en 1930 hasta que en 1950 se incluyó en todas las nuevas constituciones dicha igualdad de género en los derechos de sufragio.


Los datos actuales respecto a la representación de las mujeres en puestos ejecutivos políticos muestran todavía la necesidad de mejorar el acceso de la mujer en este ámbito: actualmente sólo un 5,2% de los Jefes de Gobierno, un 6,6% de los Jefes de Estado y el 24% de los parlamentarios a nivel mundial está en manos de mujeres.

A medida que las mujeres desafían las normas de género que tradicionalmente las han mantenido fuera de la política van encontrando hostilidad y violencia en dicho avance. ONU Mujeres afirma que las mujeres que logran participar en política sufren diversas prácticas de acoso y/o violencia política, lo que conlleva la obstrucción del ejercicio real de sus derechos político-electorales ya que afecta tanto a su acceso como a su permanencia en el espacio político electoral.

Aunque el concepto de violencia contra las mujeres en política es relativamente nuevo, el fenómeno que describe no lo es. Muchas de las mujeres que deciden participar en la competencia político electoral suelen ser percibidas como una amenaza a la hegemonía masculina y frecuentemente se apela al ejercicio de la violencia como estrategia para expulsarlas del espacio público; poniendo de manifiesto la disociación existente entre las prácticas orientadas a la participación política femenina y los avances alcanzados en el plano formal. Esta discrepancia denota la ausencia de cambios significativos en la cultura política partidaria.

Los actos de violencia que surgen en el campo de la participación política de las mujeres, se pueden clasificar en acciones de Acoso Político y Violencia Política, cuya definiendo aparece muy clara y precisa en la Ley 243 del 2012 de Bolivia11, una de las leyes más avanzadas en la regulación del Acoso y Violencia Política hacia las mujeres a nivel internacional:

Se entiende por Acoso Político: el acto o conjunto de actos de presión, persecución, hostigamiento o amenazas, cometidos por una persona o grupo de personas, directamente o a través de terceros, en contra de mujeres candidatas, electas, designadas o en ejercicio de la función político – pública o en contra de sus familias, con el propósito de acortar, suspender, impedir o restringir las funciones inherentes a su cargo, para inducirla u obligarla a que realice, en contra de su voluntad, una acción o incurra en una omisión, en el cumplimiento de sus funciones o en el ejercicio de sus derechos.

Se puede definir la Violencia Política: como todas las acciones, conductas y/o agresiones físicas, psicológicas, sexuales cometidas por una persona o grupo de personas, directamente o a través de terceros, en contra de las mujeres candidatas, electas, designadas o en ejercicio de la función político – pública, o en contra de su familia, para acortar, suspender, impedir o restringir el ejercicio de su cargo o para inducirla u obligarla a que realice, en contra de su voluntad, una acción o incurra en una omisión, en el cumplimiento de sus funciones o en el ejercicio de sus derechos.
Algunas cifras respecto al acoso y violencia política contra las mujeres en los parlamentos

El 81,8 por ciento de las mujeres había sufrido violencia psicológica. 
El 46,7 por ciento tenía miedo por su seguridad y la de su familia. 
El 44,4 por ciento había recibido amenazas de muerte, violación, palizas o 
secuestro. 
El 25,5 por ciento había sufrido violencia física en el parlamento.

Fuente: Estudio realizado por la Unión Interparlamentaria del año 2106 sobre el sexismo, el acoso y la violencia contra las mujeres en los parlamentos, realizado en 39 países de cinco regiones y 42 parlamentos.

Si todos estos factores entran en interrelación: violencia, participación política de las mujeres y redes sociales, brota la violencia digital hacia la mujer, que si bien no es un nuevo concepto de violencia hacia las mujeres, es un nuevo espacio donde se reproducen de manera magnificada la mayoría de las violencias estructurales que sufren las mujeres, donde los estereotipos del sistema patriarcal y la tensión entre géneros, se reproduce, agravado por la impunidad y anonimato que ofrece este nuevo tipo de interacción.

La Violencia Digital de Género o Ciberacoso comprende los actos cometidos, instigados o agravados, en parte o totalmente por el Uso de Internet y otras Tecnologías de Información y Comunicación causando: daño psicológico y emocional, refuerzan los prejuicios, dañan la reputación, causan pérdidas económicas, obstaculizan nuestra participación en la vida pública, y pueden propiciar otras formas de violencia física o sexual.

Los tipos de violencia de género digital son múltiples, pudiendo destacar algunos como el Acceso y control no autorizado de cuentas o hackeo; el Control y manipulación de la información; la Difusión de fotos íntimas o información privada; el Robo de identidad/creación de perfiles falsos; la Distorsión de imágenes o videos y otro contenido falso; el Acoso; el Discurso de odio, amenazas, extorsión o los Ataques coordinados.

Los efectos de la violencia de género digital se producen tanto en el ámbito personal como en el social. Personal en cuanto a las afectaciones físicas y psíquicas que inciden en la vida de la persona que padece la violencia; y social en cuanto puede provocar que las mujeres se autocensuren y se abstengan de hablar libremente. Como consecuencia, hay una restricción de la capacidad de presencia y de ser parte de los diversos movimientos y comunidades de activismo, limitando el grado de participación de las mujeres en debates de interés público, proceso de toma de decisiones, y perpetúa la manera en la que se construyen los espacios de ciudadanía digital: en base a la exclusión de las mujeres y otros grupos minoritarios.


El ciberacoso a mujeres políticas es una práctica muy extendida y recurrente, está muy bien organizada, ejercida por actores con un gran conocimiento de las redes y con el objetivo definido de desprestigiar y humillar a las mujeres candidatas, deslegitimando las habilidades de las mujeres lideresas, centrándose todas las acciones de acoso y violencia en la imagen de la mujer y utilizando su vida privada y familiar de manera indiscriminada para dañarla. La meta es conseguir la renuncia de las mujeres e impedir el disfrute de sus derechos políticos.

Según investigaciones de la Unión Interparlamentaria respecto a la violencia en el terreno político revelaron que más del 80% de las mujeres encuestadas y que eran miembros de Parlamentos (MP) habían sufrido actos de violencia psicológica, que incluían, entre otras cosas, amenazas de muerte, violación, golpizas o secuestros durante sus períodos parlamentarios. Los comentarios sexistas y misóginos, las imágenes humillantes, los fotomontajes, la intimidación y las amenazas contra las mujeres en la vida pública o las que expresan opiniones políticas públicamente se han convertido en algo común.

En definitiva, la mujer en su exposición pública, sigue encontrando barreras para disfrutar del ejercicio de sus derechos fundamentales, ya que proliferan las manifestaciones violentas, con el objetivo de impedir la participación de las mujeres en política, acto gravísimo pues erosiona los cimientos de cualquier Estado de Derecho y Democracia, al no poder garantizar los derechos fundamentales a sus miembros.


Estas prácticas de Violencia Digital de Género se producen en todos los países, no limitándose a los países en desarrollo donde la capacidad del Estado es más débil. Actos de esta naturaleza ocurren en las sociedades desarrolladas donde el Estado es lo suficientemente fuerte como para hacer cumplir la ley y la violencia no está sistematizada. Es evidente que las diferencias en la capacidad del Estado no afectan la existencia de la violencia contra las mujeres en la política, pero éste sí puede influir en las manifestaciones prevalentes y en las formas que se usan para atacar a las mujeres.

Para acabar con este problema, que agrede los cimientos de las democracias y Estados de Derecho más sólidos, la ciudadanía debe de exigir más transparencia y más regulación tanto a sus respectivos Estados como a las empresas de tecnologías para poder disfrutar de una mayor seguridad y que el tratamiento de los datos personales y de los perfiles incorporados a las determinadas plataformas sean usados de manera racional y en el marco de derechos y obligaciones.


Transparentar los programas y algoritmos utilizados en sus plataformas, para que conduzcan de manera segura a información que no incremente la violencia y el odio, ya que actualmente estos algoritmos no mejoran la situación, sino que contribuyen a la violencia.

Los Estados deben de reconocer que la violencia digital afecta a los derechos humanos. Se debe de fomentar la creación de procesos de atención y acompañamiento a mujeres denunciantes de violencias digitales para evitar la impunidad existente. Abordar la violencia contra las mujeres en política y en las redes sociales puede jugar un papel crucial en el desarrollo de una cultura, práctica e instituciones más democráticas y en consolidación de sociedades más justas, equitativas y seguras. Por lo que se debe de sensibilizar sobre esta temática para que se fomente el desarrollo de normativa y procedimientos que garanticen la seguridad jurídica en el uso de redes sociales y condenen todas las manifestaciones de violencia y odio que se puedan producir en ese espacio, para que todas las personas se sientan protegidas en su uso tanto de manera privada como profesional.


Fuente: AmecoPress.