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septiembre 26, 2021

A vueltas con la identidad

Durante el periodo de alegaciones públicas al proyecto de Ley Trans estatal, las feministas escribimos al Ministerio exponiendo que dicha ley entra en conflicto con los derechos de las mujeres a la igualdad de oportunidades, la integridad física y la seguridad (en materias como el deporte, los módulos penitenciarios, las listas electorales, cuotas y premios).

Se trata de serias objeciones a la norma que deberían haberse abordado en el “informe de impacto de género” de la misma, ya que la función de estos informes es precisamente comprobar el impacto de las leyes sobre los derechos de las mujeres. Sin embargo, el informe del Ministerio eludió estos temas alegando que “las mujeres trans son mujeres” y que la ley les beneficia, de modo que, según el Ministerio, la norma no puede tener ningún impacto negativo sobre las mujeres. Como observamos, un conflicto existente se diluye mediante el falaz expediente de utilizar una misma palabra para referirse a dos acepciones distintas del término.

Conviene recordar en este punto que los hechos jurídicos no eliminan la existencia de los hechos naturales. El jurista Kelsen señaló que hay dos mundos: el “ser” de los hechos (donde se ubicaría la existencia de varones y mujeres como realidades biológicas) y el “deber ser” del derecho. Cuando hablamos del “deber ser” del derecho nos referimos a la validez. En este caso, el derecho establece que un varón que presente informe médico de disforia ante el registro civil será considerado mujer a efectos jurídicos. La distinción entre el mundo natural y el mundo jurídico es necesaria, porque el derecho no puede abolir por decreto la existencia biológica de la muerte y no puede modificar los cromosomas de las personas. El derecho no puede borrar a las mujeres y sería una injerencia intolerable que pretendiera impedir a las personas afirmar algo empírico: las “mujeres trans” no son mujeres en sentido literal.

¿Estoy diciendo entonces que no son mujeres? No. Yo soy jurista. Estoy diciendo que no son mujeres en sentido material, pero aquellas que figuren registralmente como mujeres, lo son en sentido jurídico. Llegadas a este punto podríamos decir: si son mujeres legales tiene razón el Ministerio, porque es lógicamente imposible que exista un conflicto jurídico entre “mujeres” y “mujeres” sobre la base del sexo. Esa sería una conclusión equivocada.

El derecho da relevancia al sexo biológico porque toda la población acredita su sexo mediante un certificado médico presentado ante el registro civil tras el nacimiento. La acreditación médica (biológica) es la que da lugar al sexo legal “mujer” u “hombre”. Es decir, existe una correspondencia entre el hecho natural “sexo” y el hecho jurídico “sexo”. El hecho jurídico “sexo” remite constantemente a una correspondencia natural al aludir a la maternidad para fundamentar medidas de acción positiva o al referirse a las diferencias físicas entre mujeres y hombres para establecer medidas sanitarias o deportivas. Cuando el derecho habla de mujeres, se refiere a la realidad empírica “mujeres”.

Es cierto, no obstante, que el derecho establece que un varón que presente informe médico de disforia ante el registro civil será considerado mujer. Esto es lo que se denomina “ficción jurídica”. Un ejemplo de ficción jurídica son las “personas jurídicas” (asociaciones y empresas). Tales sujetos no son personas físicas y solo pueden existir en el mundo jurídico. Nadie presume que las personas jurídicas sean personas en sentido literal, ni que sean el doble de oprimidas que las personas físicas por el hecho de no ser consideradas ontológicamente personas. Tales absurdos serían clara manifestación de la tendencia actual a confundir el lenguaje con la realidad. No debemos olvidar que si el derecho llama “personas” a las personas jurídicas es por motivos bien determinados: para que sean sujeto de derechos y obligaciones. Pues bien, la ficción jurídica del cambio de sexo registral también se creó para un fin: para procurar que las personas transexuales no sufran discriminación. Este fin es el que justifica que ocasionalmente los términos “mujer” u “hombre” se contradigan con la realidad empírica de referencia.

Dado que el derecho despliega consecuencias jurídicas tanto del hecho empírico “ser mujer” como del hecho jurídico “ser mujer” (transexual), es oportuno que las leyes y la jurisprudencia solventen las contradicciones que se presenten entre ambas consecuencias jurídicas. El Ministerio no debería eludir el análisis minucioso del impacto del cambio de sexo sobre los derechos de las mujeres biológicas. Despachar el asunto con el aserto “las mujeres trans son mujeres” equivale a subordinar los derechos de las mujeres sistemáticamente, sin un juicio de proporcionalidad. La finalidad de la ficción jurídica del cambio de sexo registral no era borrar la categoría biológica “sexo”.

Hemos expuesto que la primera causa de la confusión actual es el uso equívoco del término “mujer”. Añadimos ahora que el engrudo en el que nos encontramos es también consecuencia de la introducción en el derecho del término “identidad” (de género/sexual) en lugar de utilizar el término más claro “transexualidad”. Las personas transexuales experimentan un rechazo hacia su cuerpo sexuado que les conduce a desear modificar la mención del sexo en el Documento Nacional de Identidad (DNI) y en el Registro Civil. Obsérvese que esta noción jurídica de “identidad” es distinta a las nociones filosóficas. El “derecho a la identidad” es un derecho humano recogido en la Convención de los Derechos de la Infancia. Este derecho se refiere a que toda persona debe poder ser individualizada como sujeto, mediante una serie de datos objetivos y estáticos que permiten a la sociedad distinguir a una persona de cualquier otra. Datos estáticos serían el nombre, los apellidos, la nacionalidad, la ciudad de nacimiento, la fecha de nacimiento, la filiación y el sexo. Estos datos son los que nos permiten “identificarnos” ante la sociedad y “ser identificables” para ella, de modo que podamos ser sujetos de derechos y obligaciones.

Es importante subrayar que se trata de “datos estáticos”, porque son elementos que no dependen de la voluntad ni de la personalidad y que, salvo circunstancias excepcionales, no cambian. La estabilidad de estos datos es un requisito necesario para la seguridad jurídica. Observemos que el sexo es uno de estos datos fundamentales para ser sujeto de derecho. Cuando se habla del sexo como elemento de la identidad jurídica, estaríamos refiriéndonos a un dato empírico que ha de ser recabado porque permite al Estado obtener información relevante para las políticas públicas (por ejemplo, para el cálculo de la brecha salarial o para realizar análisis demográficos sobre el número de mujeres y hombres que nacen y la esperanza de vida de cada sexo). El sexo registral es un dato objetivo que forma parte de la identidad jurídica.

El derecho a la identidad tiene una compleja relación de vecindad con otros derechos como la dignidad de la persona y la propia imagen. Pensemos en elementos como la imagen o la biografía de una persona. Nadie tiene derecho a simular la identidad de otra persona empleando sus fotografías ni a escribir un ensayo sobre la vida de una persona real inventándose datos falsos que la dejan en mal lugar. Tales conductas serían contrarias a la dignidad de la persona.

El sexo, el lugar de nacimiento, la imagen y la biografía son hechos empíricos que permiten distinguir a una persona de otras; pero la propia imagen y la biografía no son datos estáticos, sino hechos que van cambiando a lo largo de la vida y en los que el individuo expresa su subjetividad. No obstante, eso no significa que estos datos sean mera subjetividad: el derecho no puede modificar la historia (individual o colectiva) y no puede obligarnos a que percibamos una imagen de un modo distinto al real. Es más: lo que debe proteger el derecho es la correspondencia con la realidad, dando fe pública de que las cosas son de un modo determinado. Solo así son posibles las relaciones jurídicas.

En el caso de una ficción jurídica como el cambio de sexo, asistimos recientemente a la infiltración en el derecho de posiciones extremas de la “teoría queer” que ya no desean la integración, sino que pretenden reescribir la historia (por ejemplo, ocultando el certificado de nacimiento) o imponer a los demás una percepción irreal de los hechos (por ejemplo, castigando con multas desmesuradas el empleo de determinados pronombres u obligando a la población a creer en la existencia de “hombres embarazados”). Dicha corriente, incluso quiere sustituir el término “transexualidad” por otros más vagos, como “trans”, “transgénero” o “identidad de género”, para ocultar el hecho de que lo que justificaba originalmente el cambio de sexo registral era la profunda disconformidad con el propio sexo y el deseo de transitar hacia la apariencia del sexo contrario.

Cuando se introducen en el derecho los términos “identidad sexual” e “identidad de género” la pretensión es eliminar la fe pública de los hechos empíricos y la posibilidad de que seamos identificables en relación con el sexo biológico. Esto perjudica a las mujeres, pues somos nosotras las interesadas en la existencia de datos desagregados por sexo que permitan combatir la desigualdad. La “identidad” a la que se refieren estas nuevas nociones no se corresponde con la identidad que interesa al derecho, sino con un tipo de identidad frente a la que el derecho debe mantenerse neutral: el espacio de las creencias, las opiniones, los pensamientos y los sentimientos subjetivos que conforman la personalidad.

Esta es la identidad que más interesa a la filosofía y que engloba, no solo la “identidad de género”, sino también la “identidad cristiana”, la “identidad gitana”, la “identidad gallega” y la “identidad personal”, que puede configurarse (o no) en relación con las anteriores. La relación del derecho con estas acepciones de la palabra “identidad” es compleja y está lejos de encontrar una solución definitiva. Lo que sí tenemos claro desde la ilustración es que el pluralismo político y las libertades civiles exigen que los poderes públicos desempeñen un papel neutral. El papel del derecho sería impedir toda discriminación basada en las creencias, en las preferencias afectivas o en la feminidad o masculinidad con las que “se identifique” una persona. Se impone un deber de tolerancia para la sana convivencia entre las visiones del mundo.

Los poderes públicos actuarán según la máxima, “la libertad de una persona termina donde comienza la libertad de otra”. Esto implica que no existe el derecho a que nuestras creencias identitarias sean validadas y suscritas por el resto de personas, sino que únicamente tenemos derecho a que la sociedad respete nuestra libertad de pensamiento y expresión. En algunos casos, cuando el ejercicio de una identidad comprometa la libertad de terceras personas, el Estado puede optar por legalizar la objeción de conciencia. Esto es lo que está ocurriendo en Reino Unido con las feministas, que defienden que el género no es una identidad innata. Las ideas feministas han sido definidas jurisprudencialmente como “creencias” legítimas y ahora se está planteando si eso podría justificar la negativa de una mujer a ser atendida por un ginecólogo trangénero (varón biológico pero mujer legal).

Hay que señalar que una completa neutralidad estatal en materia de identidades conduciría al dominio de los grupos sociales más poderosos sobre aquellos desposeídos, como hemos observado muchas veces en el dominio de las religiones sobre las mujeres. Por ello, pese a la regla general de neutralidad, en algunos casos el derecho debe garantizar la libertad de todas las personas frente a los mandatos de las filosofías identitarias. Esto produce un dilema jurídico ineludible, porque la “libertad” es a su vez un término cuya concreción depende de teorías filosóficas.

Por ejemplo, las controvertidas “leyes trans” consideran que el libre desarrollo de la personalidad consiste en que los menores que se identifiquen con la feminidad o la masculinidad puedan hormonarse y cambiar de sexo registral. Por su parte, el feminismo señala que la libertad consiste en que los menores jueguen a lo que quieran y vistan como prefieran, sin imposiciones de género. Una niña a la que le guste el baloncesto sigue siendo una niña y su disconformidad con los mandatos sexistas del género no deberían desembocar en un ataque contra su propio cuerpo, pues esa presión por acomodarse a categorías identitarias es contraria al libre desarrollo de la personalidad.

La comunidad jurídica no puede seguir eludiendo la reflexión sobre la identidad. Nos enfrentamos a casos difíciles que demandan soluciones ponderadas. Esquivar el debate negando a la mujer la consideración de sujeto jurídico autónomo no es una opción legítima.

Resposable de Estudios Jurídicos de la Asociación de Afectadas por la Endometriosis (Adaec) y profesora del Departamento de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada
Fuente: Tribuna Feminista

febrero 16, 2021

El según qué sexo


La solución, por tanto, no pasa por un intercambio de sexos y géneros, máxime cuando el género que se cuestiona en una persona cis se admite en una persona trans, a pesar de que es el mismo género que ha definido el patriarcado

Cuando Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo no se confundió ni quiso escribir "El segundo género"; del mismo modo que cuando afirmó que "no se nace mujer, se llega a serlo", no quería decir que cualquier persona podría llegar a ser mujer. Todo lo contrario.

Lo que el feminismo ha llevado a cabo desde el principio, mucho antes que cualquier otra teoría, ha sido poner de manifiesto la instrumentalización que el patriarcado ha hecho del concepto de mujer al establecer un vínculo directo entre lo biológico y lo social, definiendo el género de las mujeres a la sombra del género y la identidad de los hombres para que ellas fueran "lo otro". 

En ningún momento histórico el feminismo ha aceptado el género diseñado por el machismo, esa idea clásica de femineidad basada en la condición de mujer y en los roles y funciones que deben desempeñar en la sociedad a partir de ella. 

El feminismo ha demostrado que se puede ser mujer y hombre fuera de los mandatos tradicionales de género, hasta el punto de que su objetivo no sólo ha sido que se pueda "ser de otro modo" y, por tanto, que sea factible definir una nueva identidad como mujeres y hombres, sino que ha buscado, y busca, transformar la construcción social y cultural que impone esa definición rígida y única de las identidades del modelo androcéntrico.

Negar el sexo para cuestionar el género sería, salvando las distancias, como negar el útero para cuestionar la maternidad, bajo el argumento de que de ese modo se libera el significado de ser madre de las referencias del patriarcado. Se puede cuestionar la manera de entender la maternidad sin necesidad de negar las bases biológicas que la hacen posible, y del mismo modo, se pueden cuestionar los géneros asignados a hombres y mujeres sin negar el sexo sobre los que se han definido. 

Por otra parte, creer que por negar el sexo no se van a utilizar otros elementos de discriminación por parte de un patriarcado construido bajo la idea de que la condición de los hombres es superior a la de las mujeres, para a partir de ella considerar a cualquier persona distinta como "diferente e inferior", es desconocer la realidad del machismo. 

A las personas que no se adaptan al modelo patriarcal no se las discrimina y ataca sólo por ser gays, lesbianas, trans... sino que son criticadas y atacadas por "no ser hombres". A partir de ahí van sumando elementos de discriminación, desde el hecho de ser mujer, a ser mujer homosexual, no ser hombre heterosexual, ser mujer trans u hombre trans, etcétera. Pero el patriarcado no se limita a esa discriminación y también ataca a las personas bajo otras referencias que las lleva a ser consideradas inferiores, como ocurre con la raza, el grupo étnico, las creencias, el origen... sin que estas sean consideradas desde la mirada parcial de los planteamientos identitarios limitados al género. 

La solución, por tanto, no pasa por un intercambio de sexos y géneros, máxime cuando el género que se cuestiona en una persona cis se admite en una persona trans, a pesar de que es el mismo género que ha definido el patriarcado. 

La identidad no es sólo una cuestión individual, la identidad tiene un componente social que no puede ser obviado. No basta ser de manera subjetiva ni intersubjetiva, sino que hay que ser como son las personas del grupo al que se pertenece o se busca pertenecer. 

Y ser mujer (me refiero a ellas por el papel que han jugado y juegan en la crítica al patriarcado), es el resultado de toda una experiencia histórica que llega hasta hoy, que se vive en la intimidad, que permite auto-percibirse con sus características y los elementos biológicos de su corporeidad, que lleva a tomar conciencia de sí misma como persona y como parte del grupo de iguales, y a relacionarse en la sociedad bajo todas esas referencias; no para adaptarse a ellas, también para transformarlas desde una posición crítica. 

Las personas trans se acercan a esa identidad a través del género, pero no desde la intimidad y la experiencia, lo cual sitúa el elemento identitario en un plano diferente. Si así se consensúa, se puede entender que esa primera aproximación es suficiente, y que a partir de ella se puede alcanzar un grado de vivencia más profundo, pero esa decisión no se puede tomar al margen de las mujeres, puesto que al hacerlo lo que se decide no sólo es sobre la identidad de las mujeres trans, sino que también se hace sobre la identidad de todas las mujeres, que a partir de ese momento verán modificadas sus referencias identitarias y las de su grupo, y en consecuencia, verán también modificada la convivencia social bajo otros parámetros. 

Las mujeres feministas que han cuestionado la construcción cultural patriarcal en toda su dimensión, no sólo respecto al género y al sexo, no pueden quedar al margen de una decisión tan transcendental. No se les puede decir a ellas lo que es ser mujer después de llevar siglos luchando y siendo asesinadas por definir su identidad al margen de la imposición machista. 

Y ese protagonismo de las mujeres feministas en la transformación de la cultura patriarcal, también es bueno para las personas trans y para todas las que viven sus identidades de manera diversa, puesto que de lo que se trata es de encontrar una nueva cultura. Un marco de convivencia común que evite recurrir a la discriminación y la violencia como una forma de mantener las posiciones clásicas de poder, no sólo resolver algunas de las manifestaciones de la desigualdad. 

Una ley que aborde la discriminación y la violencia que sufren las personas trans no necesita imponer una decisión sobre la identidad en contra de quienes históricamente han trabajado para que, precisamente, pueda haber una ley que aborde la realidad de las personas trans. Sí debe abordar todos los elementos que inciden sobre su discriminación y la violencia.

Si alguien cree que porque una mujer trans pueda ser reconocida como mujer o un hombre trans pueda ser reconocido como hombre, van a dejar de sufrir discriminación dentro de la misma cultura machista que las ha discriminado y maltratado hasta hoy, es que no conoce lo que es el machismo ni el patriarcado, lo cual ya es un elemento objetivo lo suficientemente sólido para cuestionar las iniciativas que se ponen en marcha desde esa visión limitada de la realidad. 

Al machismo hay que erradicarlo, no gestionarlo. Y el debate sobre las identidades hay que abrirlo, no cerrarlo por ley.

Fuente: El Diario.es

octubre 16, 2020

La pandemia de la identidad invisible

El sexo y el género se entrelazan con otros factores identitarios, desde el estatus socioeconómico hasta las tradiciones culturales, e influyen estrechamente en los impactos de la COVID-19: la pandemia no afecta por igual a hombres y mujeres, y las diferencias entre ambos comienzan en la recogida de datos.



Durante siglos, la medicina se ha mantenido fiel a la idea de «el hombre por defecto» que planteaba Simone de Beauvoir: la consideración del hombre como modelo ideal en la investigación biomédica ha convertido el ser mujer en factor de riesgo, perpetuando el sesgo de sexo y género en la atención sanitaria. Mejorar la efectividad de las políticas sanitarias y lograr la equidad está a nuestro alcance, y la pandemia de la COVID-19 presenta una oportunidad inigualable para ello.

En una carta dirigida a Caroline Kennard, no sin lamentarse, Charles Darwin afirmaba que, a pesar de ser superiores moralmente, las mujeres poseían una inteligencia inferior a los hombres. Históricamente, incluso las mentes más célebres han dedicado grandes esfuerzos a tratar de demostrar la teoría del «sexo débil» en todos los ámbitos. Los escasos conocimientos adquiridos sobre la biología de la mujer en este proceso nos excluyeron durante siglos de toda investigación médica. El razonamiento, de poco sustento y naturaleza vaga, era que los niveles hormonales de las mujeres cambian demasiado y con excesiva frecuencia, lo cual dificulta la interpretación de los resultados de cualquier estudio. De aquí derivan intervenciones y tratamientos médicos de talla única que invisibilizan las necesidades de las mujeres. Como una consecuencia añadida entre tantas,gracias a unos umbrales diagnósticos construidos con el hombre como referente, las mujeres tienen el doble de probabilidades de recibir un diagnóstico erróneo de un ataque cardíaco frente al sexo opuesto.

Aunque nada tienen que ver con la inteligencia o la moral, existen diferencias fundamentales entre hombres y mujeres a nivel biológico. Independientemente de nuestro género, todas y cada una de nuestras células contienen material genético que determina nuestro sexo. En general, las mujeres tienen dos copias del cromosoma X, aunque apenas expresan genes en una de ellas, mientras que los hombres tienen un solo cromosoma X, y un cromosoma Y. Si las mujeres tenemos una ventaja sobre la población masculina son precisamente nuestros dos cromosomas X. Los hombres tienen mayor probabilidad de sufrir enfermedades ligadas al cromosoma X, como la hemofilia –al tener una única copia del mismo, no disponen de un «comodín»–. El sexo del embrión depende de la presencia o ausencia del cromosoma Y; una vez establecido, cada sexo comienza a producir hormonas distintas, las cuales contribuyen a la determinación de los atributos físicos que los conforman.

Las mujeres tienen el doble de probabilidades de recibir un diagnóstico erróneo de un ataque cardíaco frente al sexo opuesto

Un cóctel de genética y hormonas particular a cada sexo es la base de nuestro sistema inmune. Las mujeres somos más resistentes que los hombres ante las infecciones, pero precisamente esa efectividad corre el riesgo de convertirse en nuestro peor enemigo, ya que también padecemos más enfermedades autoinmunes. El papel del sexo biológico como determinante de la salud es indudable, pero, ¿qué hay del género?Mientras que el sexo se refiere al conjunto de atributos biológicos que vienen dados por factores genéticos y hormonales, el género es una construcción social que comprende los roles y comportamientos que influyen en la identidad de una persona. Así, el sexo es un componente biológico, normalmente considerado binario –a pesar de una realidad biológica más compleja–, y el género constituye un elemento social con expresiones diversas.

Sin embargo, resulta difícil discernir entre ambos a la hora de estudiar el riesgo y la vulnerabilidad de un individuo ante cualquier enfermedad. Por ejemplo, los hombres acuden al médico con menos frecuencia que las mujeres, lo que repercute en el pronóstico de cualquier enfermedad, y eso responde a un comportamiento social asociado al género que, de no tener en cuenta, podríamos relacionar erróneamente con el sexo. Así, las interacciones sexo-género son inseparables y constituyen un determinante crítico de la salud.

El papel del sexo y el género en la crisis del coronavirus

La COVID-19 también entiende de sexos. A pesar de presentar una tasa de infección similar en ambos, la mortalidad es más elevada entre los hombres. En España, los datos recogidos por la RENAVE señalan que, de los casos que se encuentran desglosados por sexo –un 99% del total–, un 56% de hospitalizados y un 70% de los ingresados en las UCIs son hombres. El patrón se repite en los países en los que existe información desglosada por sexo, que desafortunadamente son escasos. Debido –al menos parcialmente– al funcionamiento de su sistema inmune, los hombres sufren la enfermedad de forma más grave que las mujeres.

La mayor vulnerabilidad ante el virus en la población masculina podría deberse también a la localización del famoso receptor del SARS-Cov-2, el ACE2, en el cromosoma X. También desempeñan un papel importante los roles relacionados con el género. Aunque varía en función de la edad, la incidencia de condiciones médicas que aumentan el riesgo de COVID-19 (hipertensión, enfermedades respiratorias…) es más elevada en la población masculina. En parte, el riesgo superior de padecer dichas enfermedades responde a comportamientos tradicionalmente asociados al género masculino, por ejemplo, ser fumador o mostrarse reacio a acudir al médico.


Los valores que se utilizan como umbrales en las pruebas serológicas y en los tests de detección también deben de ajustarse al sexo biológico, puesto que tanto los niveles de material genético viral en sangre como la cantidad de anticuerpos generados frente al virus son distintos entre hombres y mujeres en diversas infecciones víricas. En el caso de la COVID-19, varios estudios señalan un mayor volumen de anticuerpos entre las mujeres, en particular aquellas que se encuentran en estado grave, lo cual a su vez podría contribuir a su inferior mortalidad frente a los hombres. Siguiendo el mismo planteamiento, es imprescindible que los estudios clínicos centrados en el desarrollo de vacunas y otras terapias se evalúen segregando a los participantes en base al sexo, pues la eficacia y toxicidad de cualquier fármaco a menudo varía entre ambos. Aplicar una perspectiva de sexo y género a la investigación sobre la COVID-19 es fundamental para comprender cómo afecta la enfermedad a hombres y mujeres, y en consecuencia tener la capacidad de ofrecer atención médica de mayor calidad que responda a las necesidades individuales, con el objetivo de promover el bienestar común.

La brecha comienza en los datos

En plena crisis del coronavirus, las revistas científicas están desbordadas por publicaciones que salen a la luz a una velocidad sin precedentes. Pero ¿está la investigación tomando una perspectiva de sexo y género? La iniciativa Global Health 50/50 recoge un índice de datos segregados por sexo en los 39 países en los que esta información, al menos parcialmente, se encuentra disponible. Países como el Reino Unido, Estados Unidos, Rusia o Brasil no recogen el número de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos desglosados por sexo, e incluso en los países que sí lo hacen, no todos los casos notificados disponen de esta información.

La brecha de sexo y género está arraigada en la recogida de datos. Debido a esta falta de uniformidad en su recopilación, plataformas de referencia como el Centro Europeo de Control y Prevención de Enfermedades no disponen de información segregada por sexo. Además, son escasos los países que realizan un seguimiento de los resultados de los tests de detección del SARS-Cov-2 en hombres y mujeres. Tal información es fundamental para contextualizar los datos de los que sí disponemos, ya que desconocemos si existe una desigualdad en la realización de pruebas: en la era de la información, carecemos de ella en un ámbito en el que resulta tan necesaria.

Aunque afortunadamente las instituciones públicas que financian la investigación médica hacen cada vez más énfasis en la importancia de segregar los estudios por sexo, las lagunas de información se perpetúan en la investigación biomédica y los estudios clínicos. En PubMed, la base de datos de publicaciones científicas especializada en ciencias de la salud, una búsqueda de artículos sobre la COVID-19 con las palabras clave «sex-specific» y «sex differences», términos que se utilizan a menudo en investigación en los estudios desglosados por sexo, revela 77 referencias bibliográficas frente a 12,379 totales sobre la enfermedad publicadas en el último año.

Plataformas de referencia como el Centro Europeo de Control y Prevención de Enfermedades no disponen de información segregada por sexo

A grandes rasgos, sabemos que las mujeres enferman más, mientras que los hombres tienen una menor esperanza de vida. Las razones son tan biológicas y genéticas como sociales: los aspectos de índole social y relativos al género son complementarios e inseparables de la naturaleza biológica en lo concerniente a las diferencias entre hombres y mujeres en temas de salud.

Las mujeres somos la única mayoría demográfica que se percibe como minoría en todos los ámbitos. Como consecuencia de ser distintas y, además, desiguales, compartimos los sesgos sociales que acentúan el impacto de los vacíos de conocimiento sobre nuestra biología con muchas otras minorías: minorías sexuales, étnicas o personas migrantes, entre otras. Más allá del género, recoger datos sobre las múltiples variables que conforman la identidad de un individuo (orientación sexual, nivel educativo, cultura…) puede resultar tedioso, pero está tan lejos de ser imposible como de reconocerse como importante. Existen ramas de la epidemiología que estudian formas de introducir dichas variables en la investigación en salud pública. Las minorías sociales se enfrentan a un conjunto de dificultades agravadas por la crisis del coronavirus, incluyendo situaciones de precariedad económica, explotación laboral y violencia doméstica. Estas situaciones retroalimentan el estado de salud y bienestar de una persona, no necesariamente de forma inmediata, sino pudiendo generar problemas físicos y psicológicos a largo plazo. Solo incorporando dichas variables de forma sistemática en la investigación en salud pública podremos llegar a políticas sociales y sanitarias que reduzcan la desigualdad que sufren las minorías.

El sexo y el género se entrelazan con otros factores identitarios, desde el estatus socioeconómico hasta las tradiciones culturales, e influyen estrechamente en los impactos de la COVID-19, tanto a corto como a largo plazo. Así pues, este conjunto de factores conforma el riesgo y la vulnerabilidad de un grupo social ante cualquier enfermedad. Quizá las mentes célebres de los comienzos de la medicina moderna no se equivocaban en la complejidad del asunto, pero sí en su manera de abordarlo: la ciencia debe de responder a las necesidades sociales, y está en nuestras manos que así lo haga. La visión de la medicina a través de una lente masculina ha pasado factura a la calidad de la atención sanitaria en las mujeres, pero la incorporación de una perspectiva de sexo y género que considere factores sociales favorece la salud y el bienestar común.

Por Icíar Fernández Boyano, investigadora en la Universidad de British Columbia y BC Children’s Hospital Research Institute.
Fuente: ETHIC

septiembre 04, 2020

Género, de imposición social a identidad


Creo que las académicas feministas, entre las que me incluyo, hemos cometido un gran error y tenemos parte de responsabilidad en la situación que se ha creado actualmente con relación al género como identidad. Antes de que el concepto de género se popularizara, en las universidades se habían creado los Estudios de las Mujeres, se hablaba de Roles Sexuales o incluso de Estudios Feministas. Para dar más empaque a la materia, porque tales denominaciones expulsaba a los varones del objeto de estudio o por una cierta actitud vergonzante por centrarse sólo en las mujeres, se empezó a utilizar el concepto de Género, lo cual parecía que otorgaba mayor cientificidad a nuestra siempre denostada preocupación por la desigualdad entre hombres y mujeres. Género sonaba más neutral y objetivo que mujeres, y se desmarcaba de la más estridente noción de feminismo. Género otorgaba una cierta legitimidad académica a las docentes feministas, siempre cuestionadas.

Los Estudios de Género cobraron carta de naturaleza y la mayoría de nosotras recibimos con alborozo un término que en principio no era más que una categoría analítica. Numerosas definiciones de teóricas reputadas definían el "género" como una construcción cultural, un mandato social que reglamentaba y establecía las actitudes y comportamientos adecuados para hombres y mujeres. El género permitía analizar la desigualdad entre los sexos, y siempre se entendió como una categoría social impuesta sobre un cuerpo sexuado, una manera eficaz de separar el sexo biológico de los roles socialmente asignados a hombres y mujeres.

¿Cuándo se jodió la marrana entonces? Aunque el proceso es muy largo y complejo para reducirlo a 500 palabras, creo que la conversión de la noción de género como imposición social a la idea de género como identidad se produce cuando se abandona el estudio de la organización social y las relaciones de poder derivadas de la división sexual y se reemplaza por el estudio de las subjetividades y el psiquismo individual. Es decir, cuando se pasa de analizar la sociedad como estructura jerarquizada a la sociedad como suma de individualidades autónomas. Cuando se desprecia lo colectivo y se entroniza lo personal. Cuando se fabula con que cada uno puede elegir su propia posición en el mundo sin atender a las condiciones materiales de existencia ni a las relaciones de poder inherentes a la jerarquización social. Cuando se propone que se puede subvertir el sistema convirtiendo la vida en una performance. Cuando la realidad deja de ser algo objetivo, exterior al individuo y se predica absurdamente que cada uno puede construir su propia realidad.

Esta nueva orientación teórica ha sido astutamente recogida por el patriarcado, en perfecta alianza con el neoliberalismo y el capitalismo feroz para, en una operación perfecta, vender como progresismo la más pura reacción. De este modo se ha convertido en identidad a reclamar lo que no es más que opresión. Por arte de birlibirloque hemos llegado a la situación de dar carta de naturaleza a las esencias femenina y masculina, algo que las feministas creíamos que habíamos dejado atrás mucho tiempo ha. Lampedusa dixit: que todo cambie para que todo siga igual.

Fuente: Público.es

octubre 14, 2019

Día de la Hispanidad: del genocidio al feminismo hegemónico

En el Día de la Hispanidad se conmemora el mal llamado “Descubrimiento de América”, el preludio de una conquista genocida que exterminó territorios, cuerpos e imaginarios en nombre de la civilización y la modernidad. Este colonialismo incipiente fue una semilla que dio y sigue dando frutos, entre los que se encuentra el feminismo dominante.

DANNA CHIARENZA
Cada 12 de octubre en el Estado español se reavivan las llamas que nunca apagó la “Transición”. Este día los dos bandos confrontados vuelven a ocupar la palestra para demostrar que la guerra nunca finalizó del todo, solo se llevó a un plano simbólico. Mientras los vencedores exhiben sus banderas rojigualdas y celebran el “Día de la Hispanidad” con orgullo, los vencidos padecen de la incomodidad a los que estos símbolos le remiten, por no identificarse con la idea de “nación española” que desde los medios de socialización estatales emana desde tiempos inmemoriales.

Desde los bandos más escépticos se pretende mantener una perspectiva crítica hacia los sistemas de significación nacional. A pesar de ello, no podemos negar que no somos asépticxs a este discurso hegemónico: hemos interiorizado gran parte de sus valores, y estos han determinado en gran medida nuestra visión del mundo sin perjuicio de resistirnos a ello. En última instancia, el día 12 de octubre responde a una estructura discursiva racista y colonialista que articula nuestros imaginarios, y que debe ser conocida para ser combatida.

“DESCUBRIMIENTO” DE “AMÉRICA”

El “Descubrimiento de América” se fecha el 12 de octubre de 1492, cuando la expedición capitaneada por Cristóbal Colón llega a Guanahani con la convicción de estar pisando tierras asiáticas. Explica Enrique Dussel en Encubrimiento del Otro que, para él, y para todos lxs europexs renacentistas de la época, el mundo se dividía en tres continentes, y la “gente desnuda” que describe Colón en sus diarios, eran “indios”, “asiáticos”, en definitiva, una invención que prevaleció en el imaginario europeo hasta que se “descubrió” que se trataba de un “Mundo Nuevo”, un cuarto continente. Cuando se pasa de la “Invención” al “Descubrimiento”, es cuando se produce un cambio en la autointerpretación que tiene Europa de sí misma: “La Europa provinciana y renacentista, mediterránea, se transforma en la Europa ‘centro’ del mundo: en la Europa "moderna", dice Dussel.

Fue Américo Vespucio quien reveló que desde Brasil no observaba las mismas estrellas que desde el Mediterráneo. Así, el territorio denominado hasta ese momento como “las Indias” pasó a llamarse “América”, en honor a quien descubrió que se trataba de otro continente. En los libros de historia falta mencionar que “América” ya estaba “descubierta” y que ya tenía nombre: Tawantinsuyu a la región andina, Anáhuac a lo que se conoce actualmente como México, Abya-Yala a lo que hoy denominamos Panamá. En los libros de historia también se encargaron de disfrazar la violencia del primer contacto entre europeos e indígenas mediante conceptos encubridores. Y es que es cuanto menos perspicaz hablar de “encuentro entre dos mundos”, pues lo que no se dice es que este “encuentro” no fue más que un confrontamiento violento entre tecnologías militares completamente desequilibradas; y que estos “dos mundos”, se trataban verdaderamente de un mundo conquistador y de otro mundo conquistado.

Dussel define la “conquista” como un “proceso militar, práctico, violento que incluye dialécticamente al Otro como ‘lo Mismo’”. Aquí entenderíamos “dialécticamente” como lo entiende el séptimo apartado de la RAE: “relación entre opuestos”. El “Otro”, es el y la indígena, o más bien, la concepción que se tiene de estxs, en tanto que no forma parte de un “nosotrxs” como colectividad. Es “Otro” porque no comparte todo lo que configura nuestro imaginario colectivo: nuestras tradiciones y costumbres, nuestra lengua, nuestras concepciones del “bien” y del “mal”... Así, “incluir al Otro como lo Mismo” es, en definitiva, anular un imaginario colectivo en favor de otro – del nuestro -. En este sentido, también se olvidan de mencionar en los libros de historia que las comunidades indígenas se vieron obligadas a abandonar su cultura; su lengua, sus tradiciones, sus costumbres, sus creencias, su vida cotidiana; y a adoptar de forma forzosa la cultura europea.

LOS DIOSES VENCEDORES

Cuando Dussel afirma que a raíz del “Descubrimiento” Europa se “transforma en la Europa ‘centro’ del mundo”, no se refiere únicamente desde un punto de vista geográfico. Europa pasó a ser el centro regidor de todas las esferas, incluida la espiritual. Así en 1495 los Reyes Católicos ordenaron que partiesen misioneros cristianos a este “Nuevo Mundo”, y que comenzaran a evangelizar a la población indígena, empezando por lxs niñxs. Esta evangelización fue un proceso violento y forzoso, cuyo primer paso consistía en obligar a la población a destruir sus lugares sagrados y sus objetos de culto religioso.

De esta forma, en 1502 comenzaron las primeras edificaciones eclesiásticas en Santo Domingo. Se crearon las primeras diócesis latinoamericanas (en Puerto Rico en 1511, en Concepción de la Vega en 1512 y en la Abadía de Jamaica, en 1515). En 1513 Vasco Nuñez de Balboa “descubría” el océano Pacífico, al que bautizó como “Mar del Sur”, y en este mismo año, se funda la primera diócesis en tierra firme, la diócesis de Panamá, convirtiéndose en el centro de operaciones de evangelización. A partir de entonces esta colonización espiritual iría expandiéndose por América del Sur.

Fue esta alteridad la que se empleó de forma estratégica para legitimar las atrocidades que se cometieron por parte de los conquistadores

La razón de este exterminio de las creencias y los cultos indígenas reside en que Europa los concebía como cultos paganos y demoniacos. Aquí subyace la alteridad con la que se tomó perspectiva de este “encuentro entre dos mundos”, tratándose para lxs europeos del encuentro entre su propia población (civilizada, con unos “correctos” principios morales y una “adecuada” noción del bien y del mal, en definitiva, superior); y una población bárbara, (de valores erróneos, inmadura, salvaje e inhumana, y en última instancia, inferior). Fue esta alteridad la que se empleó de forma estratégica para legitimar las atrocidades que se cometieron por parte de los conquistadores. Es lo que Dussel denominó “mito de la Modernidad”que, a grandes rasgos, es la falacia que se articuló en el imaginario europeo a través de la cual se justificó la violencia y la dominación ejercida por los conquistadores como mal “necesario” para “civilizar” y “modernizar” a la población bárbara.

EUROPA, EL OMBLIGO DEL CAPITALISMO

La Europa moderna también se situó en el centro de la esfera económica. Debemos contextualizarnos en plena crisis de la economía feudal y la consecuente transición hacia el capitalismo, caracterizada, en palabras de Silvia Federici en su Calibán y la bruja, por el abandono de una economía de subsistencia basada en la “producción-para-el-uso”, y la instauración de un nuevo régimen monetario sostenido en la “producción-para-el- mercado”.

La implantación del sistema capitalista no sólo fue liderada por Europa (instituyéndose como “sede” de las relaciones salariales de trabajo), sino que lo hizo con base en el dominio de territorios no-europeos: apropiándose de los territorios americanos y de los cuerpos del “Otro”, mediante el tráfico de esclavos africanos y la imposición de otros trabajos forzados a la población aborigen del “Nuevo Mundo”. Se estima que de dos a cuatro millones de esclavos africanos murieron en lo que se denomina Middle Passage. Los barcos salían de Europa con productos manufacturados que intercambiaban por esclavos en África, y que luego vendían en América a cambio de materias primas con las que regresaban a Europa. El tráfico de esclavos suponía el trayecto intermedio, de ahí a que este circuito se bautizase como Middle Passage.

A su vez, en el “nuevo continente” nos encontramos con diversas estrategias de sometimiento de la población indígena, como los sistemas de “encomienda”, “mita” y “catequil”. Describe André Gunder Frank la “encomienda” como “un sistema bajo el cual los derechos sobre el trabajo de las comunidades indígenas eran concedidos a los terratenientes españoles”. En 1548 se remplaza por el “repartimiento” (“catequil en México y “mita” en Perú), que “obligan a los jefes de la comunidad indígena a suministrarle al juez repartidor español una cierta cantidad de días de trabajo por mes”. Y es que tal y como desarrolló Aníbal Quijano en Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, las causas sobre las cuales se apoya el genocidio de lxs indixs en las primeras décadas de la colonización, más allá de las enfermedades europeas o la violencia de la conquista, fue que la población indígena fue usada como mano de obra desechable, forzada a trabajar hasta morir.

En definitiva, cuenta Federici, el desarrollo capitalista necesitó un salto inmenso en la riqueza apropiada por la clase dominante europea y en el número de trabajadores puestos a su mando, unas condiciones que halló en la mano de obra y en los recursos de los territorios que acababa de conquistar. Pues como bien describió Dussel, “lo que era oro y plata en Europa, dinero del capital naciente, era muerte y desolación en América”.

EL “OTRO” ORO: LA MUJER INDÍGENA

De la misma forma que se “coloniza” el cuerpo de los indios reduciéndolos a mano de obra desechable, el conquistador europeo “colonizaría” además la sexualidad de la india. Explica Gerardo León en El “otro oro” en la conquista de América: las mujeres indias, el surgimiento del mestizaje que las mujeres terminaron por ser parte del botín de los territorios conquistados, siendo repartidas entre los soldados como el “otro oro”.

Así narraba Michel de Cúneo, cronista en el segundo viaje a América, cómo violaba a una “india” que Colón le había regalado: “Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dio tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. Pero al ver esto (y para contártelo todo hasta el final), tomé una cuerda y le di de azotes, después de los cuales echó grandes gritos, tales que no hubieras podido creer tus oídos. Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de putas.”

Este periodo sirvió para identificar la masculinidad con la afición a la guerra, el celo cristiano y la potencia sexual

Los frutos de esta violencia sexual a la que fueron sometidas las mujeres indias serían sus hijxs mestizxs e ilegales por ser fruto de una relación extramatrimonial. Como desarrolla Fernanda Molina, en Crónicas de la hombría. La construcción de la masculinidad en la conquista de América, la proliferación de la población mestiza significó la “coronación de la excelente actuación sexual que los españoles desplegaron en las Indias, reafirmando la masculinidad del hombre europeo”. De hecho, explica la autora que este periodo sirvió para identificar la masculinidad con la afición a la guerra, el celo cristiano y la potencia sexual; y para ello, fue necesario “desplazar” la imagen indígena “reduciéndola” a la feminidad, la cobardía y la sodomía.

Otra forma de “fusión racial” según León serían las donaciones de las mujeres “indias” por parte de los caciques. Véase el caso de Hernán Cortés, que recibió de los caciques de Tabasco, Cempoala y Tlaxcala hasta veinte mujeres “indias” para “que sean vuestras mujeres y hagáis generación”. Entre estas mujeres se encontraba la famosa Marina, conocida como “Malinche”, quien sirvió de intérprete al conquistador en la toma de los Aztecas. También describe los casos en los que se produjeron uniones por conveniencia. Se trataban de matrimonios entre europeos e “indias nobles”, que se concertaban de forma estratégica para aumentar las riquezas y el prestigio social de los europeos entre los pueblos aborígenes.

Explica Molina que a medida que avanzó la colonización las relaciones de dominación entre españoles y mujeres indígenas se convirtieron en más “sutiles y cotidianas”. Se consolidó la prestación de “favores sexuales” entre las encomendadas, y los abusos sexuales se normalizaron hacia las indias que prestaban servicios domésticos. Según Federici, el trabajo doméstico femenino introdujo una “nueva jerarquía sexual que privó a las mujeres indígenas de su autonomía y les otorgó a sus parientes más poder sobre ellas”. Con la introducción de nuevas leyes - nuestras leyes - , las mujeres casadas pasaron a ser propiedad de los hombres. Es decir, que yendo los colonos a “salvar de la barbarie” a la población indígena, resultó que finalmente acabaron por exportar su propia barbarie – nuestra propia barbarie -, imponiendo las dinámicas patriarcales que regían a la sociedad europea y que poco tenían de “civilizadas”.

CUANDO LAS BLANCAS FUIMOS DUEÑAS DE ESCLAVAS

Dice Federici que cuando se institucionalizó la esclavitud las mujeres blancas fueron “elevadas de categoría”, esposadas dentro de las filas de la estructura de poder blanco. Y cuando resultó posible, ellas también se convirtieron en dueñas de esclavxs, generalmente mujeres, empleadas para realizar el trabajo doméstico. Aura Estela Cumes en Mujeres indígenas, patriarcado y colonialismo sintetiza bien este proceso: “La colonización oprimió a los hombres en el mundo público, pero los empoderó en lo privado. Al igual que la colonización acerco a las mujeres blancas con los hombres por medio de un pacto racial”.

El colonialismo nos brindó unos privilegios que seguimos sustentando, y unas dinámicas de poder que siguen enquistadas en nuestras estructuras discursivas

Como señala Liliana Suárez en Descolonizando el Feminismo, el colonialismo es una semilla que aún da sus frutos. El colonialismo nos brindó unos privilegios que seguimos sustentando, y unas dinámicas de poder que siguen enquistadas en nuestras estructuras discursivas. Y el producto ha sido un feminismo dominante que concibe a la mujer blanca como sujeto político, y a la mujer del llamado “Tercer mundo” como objeto de una estructura de poder, como víctima del patriarcado de las sociedades no occidentales, y no como “agentes activos conscientes de sí mismas y de su entorno”. Esto hace del feminismo, en palabras de Suárez, “una misión civilizadora que se pone en marcha sin preguntar a las mujeres afectadas”, o en palabras de Cumes, “un proyecto civilizatorio, en cuyas entrañas se gestan los procesos de colonización y se legitima el racismo”.

El resumen es un panorama en el que el feminismo blanco combate la cosificación que sufre la mujer occidental mientras cosifica a la mujer no occidental, negándole su capacidad de hablar en sus propios términos. Por esto cobra tanta importancia hablar de la descolonización del feminismo, una descolonización que implica, según Cumes, “abandonar atalayas y laboratorios, instituciones de diagnosis y prognosis, identidades certeras, y herramientas analíticas monocordes. La descolonización implica trabajar en alianzas híbridas, multiclasistas, transnacionales, para potenciar un movimiento feminista transformador que pueda contrarrestar con organización, solidaridad, y fortaleza la dramática incidencia del capitalismo neoliberal en la vida de las mujeres del sur”.

Fuente: El Salto

junio 21, 2019

Mujeres por decreto

En 2019 en CDMX y varias otras ciudades del mundo hay un clima de mayor aceptación a lesbianas, homosexuales y al resto del colectivo LGBT que hace diez años, ya no digamos hace cuarenta y uno, pero esto no debe hacernos creer que el rechazo a quienes algunos llaman la disidencia sexual sea cosa del pasado. El 30 de mayo en Londres unos adolescentes mandaron al hospital a una pareja de lesbianas veinteañeras que no cumplieron sus exigencias de besarse frente a ellos. Qué maravilla que ahora dos muchachas puedan tomarse de la mano en los andenes de metro Hidalgo sin sentir que arriesgan la integridad personal, pero no perdamos de vista que el odio a homosexuales y lesbianas no sólo proviene de gente que marcha con el Frente Nacional por la Familia: puede asomarse por donde menos se espera.

A diferencia de lo que podía vivirse en las aulas de la mismísima Facultad de Filosofía y Letras en 1989, para gran cantidad de gente con tendencias de izquierda o progresista es normal y no tiene nada de malo que no todo mundo sea heterosexual. Muchos bugas, como les decimos de cariño, han enarbolado la bandera del arcoíris en calidad de aliados y cuando asisten a la marcha del orgullo LGBTTI ya no se quedan precautoriamente en la banqueta.

Ilustración: Raquel Moreno

Ese apoyo solidario a un colectivo discriminado nace sin duda de una loable empatía. Cuando quienes no están metidos de cabeza en estos temas leen que “el reconocimiento de la identidad de género en la CDMX previene la discriminación a personas trans”, es comprensible que les parezca una buena noticia. Oponerse a toda clase de discriminación es al fin y al cabo lo que los separa de los conservadores y de tipos ridículos que pretenden organizar marchas del “orgullo heterosexual”.

Por eso, cuando una mujer advierte “Espérense tantito, estas medidas pueden ser contraproducentes”, de inmediato clasifican a esa moderna Casandra como “conservadora antiderechos”. Sus argumentos son “lenguaje de odio” por definición, así que ni vale la pena escucharla. Es lo más cómodo: el ritmo de la vida moderna no da para informarse mejor, y sus compañeros de burbuja ya les dijeron que esas mujeres son unas fanáticas trasnochadas y hasta existe una categoría especial para ellas: “pinches terfs”. Con eso basta para formarse una opinión y saber que lo indicado es estar contra ellas… ¿o no había que ser intolerantes con la intolerancia?

Pero hay algo que estos defensores de la tolerancia no están tomando en cuenta: da la casualidad de que gran parte de esas horribles “transexcluyentes” son también de izquierda, pero además feministas de toda la vida, simpatizantes del movimiento LGBT y muchísimas de ellas lesbianas. Mínimo habría que darles el beneficio de la duda, escuchar lo que quieren decir y hacer un esfuerzo por despojarse de prejuicios y entender sus argumentos. Así, en vez de ir con la corriente detengámonos un momento para preguntarnos por qué un grupo importante de mujeres y de feministas, no nada más radicales, están alertándonos de que el reconocimiento de la identidad de género no es tan bonito como nos lo pintan.

Llevamos décadas asociando vagamente la palabra género con el feminismo. Si algo tiene perspectiva de género podemos darle visto bueno porquesignifica que está “a favor de la igualdad entre hombres y mujeres” o algo así… Pero en el sentido que le dan las pensadoras feministas no se trata de una palabra con carga positiva. Género alude a un sistema social que mantiene a los hombres como casta dominante y a las mujeres como casta subordinada. Es la herramienta de que se vale el patriarcado para garantizar que ellas no se salgan del redil. Su cara más visible son los roles sexuales: los papeles, diametralmente opuestos, que se asignan a hombres y mujeres, y que llamamos masculinidad y feminidad. Ya se sabe: los hombres a la oficina, las mujeres a la cocina; los señores con cara lavada y de traje y corbata, las señoras maquilladas y de vestido y tacón; ellos ejerciendo el liderazgo, ellas obedeciéndolos sumisas; los niños con soldaditos, las niñas con muñecas. 

Kate Millett lo condensa en tres términos que son un leitmotiv a lo largo de Política sexual:estatus, rol y temperamento. Este sistema les dicta a hombres y mujeres su lugar en la sociedad, la función que les toca desempeñar en ella y hasta los rasgos de carácter permisibles según su sexo. La enseñanza fundamental del feminismo es que nada de esto es biológico o natural. No nacemos con los roles incorporados: la feminidad y la masculinidad no están en los genes sino que son una convención social históricamente construida e impuesta. En cambio sí los mamamos: está demostrado que, desde que nacemos, a mujeres y hombres se nos da un trato diferenciado y se nos socializa para encajar en esos papeles limitantes. La familia, la escuela, los medios de comunicación, el arte, son vehículos para hacernos cumplirlos. Hoy día hay cierto margen de maniobra, pero eso no significa que los roles tradicionales estén superados.

La primera gran movida ideológica de los últimos años en este terreno ha sido trasladar ese constructo social a la mente y sostener que en realidad sí nacemos con un género. Esto representa un grave retroceso: decir que los roles sexuales son innatos supone esencializar un sistema opresivo y puede servir para justificar y mantener intactos el statu quo y la subordinación de las mujeres. El ejemplo favorito de quienes defienden que el género está en la mente son los antes llamados transexuales: en la definición más estricta, gente que siente haber nacido en el cuerpo equivocado.

Nadie niega que estas personas sufran por ese fuerte rechazo hacia su cuerpo; es una respuesta normal y deseable ser compasivos con ellas y apoyarlas en su búsqueda de un alivio a ese malestar. La diferencia entre las feministas críticas del género y los otros estriba, por un lado, en la explicación que dan al fenómeno. Para las feministas los transexuales son una víctima más del género; en un mundo como al que ellas aspiran, o sea, uno en el que no se ponga a hombres en la cajota azul y a mujeres en la cajita rosa, no habría gente trans. Pero saben bien que ese momento no ha llegado y, de hecho, le cuelga. Los demás en cambio se toman literal la metáfora del cuerpo equivocado sin reparar en que eso no sólo entroniza estatus, rol y temperamento y convierte un sistema opresor externo en rasgo de personalidad interno, sino que los compromete con la existencia de dos tipos de almas, masculinas y femeninas, que habitan el topus uranus y luego encarnan en bebés con pene o bebés con vulva, respectivamente, aunque a veces y por razones desconocidas se pueden equivocar. Para un ateo o alguien con mente científica esta idea tendría que resultar estrambótica.

Por otro lado, las mal llamadas terf no niegan que una persona adulta sea libre de elegir la solución que quiera a su disforia, pero les parece errado, deshonesto y cruel decirles a los transexuales que sí es cierto, que son mujeres encerradas en un cuerpo de hombre o viceversa. 

La segunda gran movida, y esto es algo que ocurre en todo el mundo (y tendría que despertar mucha suspicacia a qué velocidad), consiste en poco a poco sustituir, tanto en tuits y artículos de revistas y blogs como en formularios y leyes, el término sexo por el vago y etéreo de identidad de género. No es inocuo: implica hacer como si no existiera la base material sobre la que funciona el género (a saber, el sexo y el papel de cada uno en la reproducción) y dar carta de autenticidad a un sistema opresor que el feminismo busca a la larga abolir. El sexo no debería determinar nuestro estatus ni las probabilidades de que suframos o ejerzamos violencia sexual, asegún, pero el camino no es vaciarlo de significado. 

Una vez cristalizada en el discurso y en las leyes esa entelequia llamada identidad de género, la tercera gran movida es decir que todos conocemos de manera introspectiva cuál es la nuestra y tenemos la última palabra en el asunto. Si hasta hace unos años todo mundo podía percibir a simple vista el sexo de una persona, en la segunda década del siglo XXI el único que puede conocerlo y comunicarlo a los demás es cada quien. Si yo digo que soy hombre, soy hombre, y nadie lo puede negar. Es lo que se llama identidad de género autodeclarada. En los sitios donde se han aprobado leyes de identidad de género, como CDMX, cualquier persona puede cambiar oficialmente de sexo por decreto y sin mayor trámite ni más requisito que presentar su credencial de elector. 

En el instante en que se abre la posibilidad de que un hombre heterosexual sin ningún tipo de rechazo a su cuerpo ni planes de modificarlo tenga documentos oficiales que estipulan que es mujer, desaparecen las de por sí insuficientes protecciones que las mujeres tenían en virtud de su sexo frente a la desigualdad estructural entre hombres y mujeres.

A las mujeres encarceladas, en cualquier momento les ponen como compañero de celda a un delincuente que decidió identificarse como mujer y pidió el traslado.

Las mujeres que llegan a un refugio huyendo de la violencia masculina corren el riesgo de toparse ahí mismo con una persona capaz de ejercer violencia masculina.

A las lesbianas que no aceptan en su cama a esta invención posmoderna llamada la lesbiana con pene las tachan de tránsfobas y las expulsan de los grupos en los que se esperaría que recibieran apoyo, sentido de comunidad y protección.

El deporte femenino se va extinguiendo mientras los primeros lugares en las competencias los obtienen un hombre que se identifica como mujer tras otro.

Las niñas y jóvenes tienen que aceptar en sus baños y vestidores a compañeros suyos e incluso a hombres adultos que digan identificarse como mujer (aunque no sea cierto) y desnudarse frente a ellos sin ningún respeto a su intimidad.

Las estadísticas de delitos se falsean conforme aumenta el número de “mujeres” violadoras y asesinas.

Las feministas tienen que buscar sitios secretos para reunirse porque ahora es su obligación centrarse en los hombres que se identifican como mujer (signifique eso lo que signifique) y ay de ellas si no los dejan entrar.

La movida maestra de la ideología de la identidad de género y empresarios que la acompañan ha sido postular la existencia de la infancia trans. Quienes en las décadas de los setenta o de los ochenta fuimos niñas y niños que nos rebelábamos contra los roles sexuales, niñas que nos resistíamos a cambiar los jeans por el vestido aunque fuera día de fiesta, niños condenados a ser el “maricón” de la clase, en estos tiempos de supuesta mayor aceptación seríamos considerados con la mano en la cintura niños trans. Y eso no significaría que los adultos simplemente nos dejarían en paz y ya no nos molestarían por vestirnos como se nos diera la gana, jugar a lo que quisiéramos y que nos ofrecerían un ambiente propicio para ir configurando nuestra personalidad sin tanta represión (¡ojalá!). Significaría, más bien, que nos pondrían en un proceso de transición, primero social (hacer como si fuéramos del otro sexo) y después, si todo sigue su curso, médica (hormonal y luego quirúrgica). Para las feministas críticas del género y otras personas comprometidas con la protección a la infancia resulta irresponsable y criminal someter a criaturas de hasta doce años a cambios corporales irreversibles, esterilizarlas y utilizarlas como conejillos de Indias en un experimento de ingeniería social a gran escala, sólo para dar una falsa validez a la teoría de que nacemos con una identidad de género determinada. Toda esa gente que se hace de la vista gorda ante estas atrocidades (o, peor, las promueve y celebra) por lo menos tendría que preguntarse a quién se está beneficiando y qué consecuencias negativas podría haber. Ya si no les hacen ningún caso a las feministas que dicen ¡Aguas!, no les haría mal escuchar a los llamados detransitioners: jóvenes, en su mayoría mujeres de veintipocos años, que transicionaron pero ahora se arrepienten. 

Para defender los derechos fundamentales de la gente trans no es necesario llevarse entre las patas a las mujeres y a niñas y niños que no encajan en los roles sexuales. Estipular, sin prueba empírica alguna, que existe la identidad de género y convertirla en característica protegida no es el camino para otorgarles nuevas oportunidades de desarrollo a los integrantes de la comunidad trans ni para prevenir su discriminación. Tiene que haber una manera de lograr esto sin pisotear los derechos de las mujeres ni dificultar su acceso a una vida libre de violencia. Para entenderlo conviene atender las insistentes advertencias de esas feministas radicales críticas del género que ya vieron todo lo que trae adentro ese caballo de madera. Y créanles: muy progresista no es.

Filósofa por la UNAM, divulgadora del feminismo, traductora y editora, autora del ensayo para jóvenes Las mujeres son seres humanos (Secretaría de Cultura, 2016).
Fuente: https://economia.nexos.com.mx/

Sí a la Diversidad Familiar!
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