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septiembre 13, 2026

El legado de Emma Bonino: Cinco décadas de lucha internacional por los derechos de la mujer


Imagen generada con AI

La destacada política y activista italiana Emma Bonino ha fallecido en Roma a los 78 años de edad, dejando un vacío insustituible en la historia contemporánea de las libertades públicas. Reconocida internacionalmente como una de las mentes más audaces y firmes del continente, Bonino dedicó más de cinco décadas de su vida a defender la modernización democrática de su país. Su fallecimiento, confirmado por su formación política Più Europa, marca el fin de una era para los movimientos sociales que buscan proteger las libertades del individuo frente a las imposiciones del Estado.


El despertar de su militancia ciudadana se consolidó en la década de 1970, cuando se unió al Partido Radicalpara impulsar reformas sociales sin precedentes en una Italia profundamente tradicional. Bonino se convirtió en el motor político que forzó hitos legales como la legalización del divorcio y la regulación del derecho a decidir, desafiando de manera directa las estructuras conservadoras de la época. Su valiente estrategia de desobediencia civil y su posterior arresto temporal en 1975 multiplicaron el impacto de su voz, demostrando que la ciudadanía organizada podía transformar las leyes de una nación.

Su visión de la justicia y la dignidad humana nunca conoció fronteras geográficas ni barreras burocráticas. Como eurodiputada y, posteriormente, como Comisaria Europea de Ayuda Humanitaria, Bonino llevó la asistencia de las instituciones de Bruselas a los escenarios de conflicto más dramáticos del planeta. Recorrió campos de refugiados en Ruanda, gestionó crisis humanitarias en la antigua Yugoslavia y desafió regímenes autoritarios en distintas regiones de Oriente Medio, priorizando siempre la vida y la seguridad de las poblaciones civiles afectadas por la guerra.

A lo largo de su destacada carrera institucional, donde ejerció como ministra de Asuntos Exteriores de Italia y ministra de Comercio Internacional, defendió con firmeza que los derechos individuales son el pilar central de cualquier democracia sana. Su estilo directo, alejado de la retórica vacía y enfocado en la acción legal tangible, le valió el respeto de líderes de todo el arco político e ideológico. Esta incansable labor humanitaria y diplomática en favor de los sectores más vulnerables de la sociedad global fue galardonada en 1998 con el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

El legado de Emma Bonino perdura hoy en cada avance civil y social que ayudó a conquistar en el continente europeo. Hasta sus últimos días continuó advirtiendo a la opinión pública sobre la necesidad de proteger las libertades democráticas, recordando que los derechos fundamentales nunca deben darse por sentados. Europa despide a una dirigente excepcional que no solo teorizó sobre la justicia internacional, sino que la convirtió en una práctica diaria de resistencia, integridad y dignidad.

La ciudad de las diosas

agosto 29, 2026

Por el camino de la historia crítica. Entrevista a Joan Wallach Scott

Autora de obras tan reconocidas y aclamadas como Género e Historia y Las mujeres y los derechos del hombre, Joan Wallach Scott es hoy una de las historiadoras más reconocidas a escala global. Su obra ha permitido pensar no solo cuestiones asociadas al género, sino también a la política y a la religión, tal como lo demuestran sus trabajos sobre la secularización y las políticas asociadas al uso del velo islámico. En esta entrevista, Scott repasa su obra, evoca los comienzos de su carrera y expresa, de modo singular, sus perspectivas sobre una disciplina que, a su entender, necesita un compromiso crítico e interrogativo.


En las décadas de 1960 y 1970, la carrera de Joan Wallach Scott parecía encaminarse hacia la historia social. Con una sólida formación en las categorías del marxismo, que entonces estaba renovándose a partir de la llamada «historia desde abajo», Scott comenzó produciendo una serie de trabajos sobre el socialismo francés del siglo XIX y sobre las experiencias de los trabajadores del vidrio de la pequeña ciudad francesa de Carmaux que veían cómo la mecanización modificaba las pautas generales de su oficio. Sin embargo, un tiempo después se produjo un viraje. Animada por las perspectivas teóricas del postestructuralismo e involucrada claramente en el feminismo de la segunda ola, Scott comenzó a desarrollar un análisis histórico crítico en el que la categoría de género se volvió fundamental. Su artículo «El género: una categoría útil para el análisis histórico», publicado originalmente en 1988 y luego incluido en su aclamado libro Género e historia, contribuyó a visibilizar una serie de debates en torno a la disciplina histórica y evidenció la forma en la que esta podía adoptar un carácter más radical.

Destacada y reconocida como una de las historiadoras más importantes de las últimas décadas, Joan Wallach Scott ha producido una abundante obra en la que ha abordado diferentes temáticas. Algunos de sus últimos trabajos, orientados a repensar la relación entre entre sexo, género y laicismo, han resultado profundamente renovadores, en tanto han discutido la idea de que el proceso de secularización se constituyó, desde un inicio, como una fuerza liberadora para las mujeres. En distintos libros, Scott ha mostrado, además, los modos en los que algunas perspectivas del laicismo, y en particular la de la «nueva laicidad» francesa, han sido utilizadas como una herramienta identitaria por parte de las derechas –pero también de algunas izquierdas– contra la población musulmana.

Joan Wallach Scott realizó sus estudios en la Universidad de Brandeis y en la Universidad de Wisconsin. Ha sido profesora en la Universidad de Illinois en Chicago, la Universidad de Carolina del Norte y la Universidad de Brown, donde fue cofundadora del Pembroke Center for Teaching and Research on Women [Centro Pembroke de Enseñanza e Investigación sobre la Mujer]. Desde 1985 fue docente de ciencias sociales en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, puesto que ocupó hasta su jubilación en 2014. Actualmente es profesora adjunta de Historia en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Scott ha sido, además, cofundadora de la prestigiosa revista History of the Present: A Journal of Critical History.

Es autora de diversos libros que han sido traducidos a diferentes idiomas. Entre ellos se destacan The Glassworkers of Carmaux: French Craftsmen and Political Action in a Nineteenth-Century [Los vidrieros de Carmaux: artesanos franceses y acción política en una ciudad del siglo XIX] (1974), Women, Work, and Family [Mujeres, Trabajo y Familia] (1978), Género e historia (1988), Las mujeres y los derechos del hombre (1996), The politics of the Veil [La política del velo] (2007), La fantasía de la historia feminista (2011), Sexo y secularismo (2017), Knowledge, Power, and Academic Freedom [Conocimiento, poder y libertad académica] (2019) y Sobre el juicio de la historia (2020).

En esta entrevista, Joan Wallach Scott dialoga con Nueva Sociedad sobre sus últimas obras, sobre su trayectoria intelectual y sobre sus inquietudes en relación al vínculo entre género y laicismo.

En los últimos años usted publicó una serie de trabajos, entre los que se destacan The Politics of the Veil, La fantasía de la historia feminista y Sexo y secularismo en los que, entre muchos otros temas, abordó las complejas relaciones entre sexo, laicismo y género. Me gustaría preguntarle cómo surgió su interés por esta cuestión específica y en qué medida ese interés se vinculó a algunos de sus trabajos previos, en los que ya había marcado los límites que el relato de la secularización, unido al del liberalismo, había tenido en relación a las formas de pensar la libertad y la igualdad de género.

En The Politics of the Veil, mi libro sobre la ley francesa que prohíbe el uso del velo islámico en las escuelas públicas, abordé la cuestión del laicismo. Allí cuestioné el argumento según el cual la cultura laica de Francia exigía una presentación neutral de uno mismo en el espacio público y sugería que había cierta hipocresía alrededor de esta cuestión. Para mí resultaba muy claro que existía una tolerancia de la expresión religiosa católica y una intolerancia de la expresión religiosa musulmana. Aunque los partidarios de la prohibición del uso del velo en el espacio público alegaron que estaban protegiendo a las mujeres de la opresión religiosa, me llamó particularmente la atención la persistencia de la desigualdad entre mujeres y hombres en la sociedad laica francesa. Eso me condujo a plantearme una serie de preguntas sobre la historia de la modernidad laica en general y sobre la forma en que la diferencia sexual se convirtió en uno de los cimientos sobre los que se apoyaban las alternativas a los preceptos religiosos. Así que repasé el vasto caudal de estudios feministas sobre estas cuestiones y, basándome en sus lecturas, decidí escribir Sexo y secularismo.

En Sexo y secularismo usted desplegó un argumento muy poderoso al afirmar que, tras la Revolución Francesa y el proceso de avance de la secularización, la biología -y cierta concepción de la diferencia sexual natural asociada a ella- suplantó a la autoridad religiosa, pero no condujo a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. ¿Cuáles fueron las razones por las que la secularización no produjo esa esperada igualdad? ¿Qué peso tuvo el hecho de que se considerara que las mujeres pertenecían a la esfera privada (la misma en la que residían el sexo y la religión)?

Ciertamente, me llamó mucho la atención que los laicistas sustituyeran a dios por la Naturaleza en su debate sobre la diferencia entre los sexos, y argumentaran que la biología determinaba esas diferencias naturales, que ninguna ley podía cambiar. Lo cierto es que esa sustitución de dios por la Naturaleza dejó en pie las diferencias de género establecidas. De hecho, yo he sostenido y argumentado que esas diferencias se endurecieron en el transcurso de los siglos XVIII y XIX. En tanto las mujeres estaban destinadas a ser madres y su fisiología era más «sensible» que la de los hombres, las mujeres pertenecían a la «esfera privada» y los hombres a la «esfera pública».

¿De qué manera perpetuó esas desigualdades el proceso de secularización? ¿Se puede hablar de un aumento de esas desigualdades?

En rigor, no creo que la secularización incrementara las desigualdades de género, sino que, más bien, cambió los términos de su justificación. Si antes las diferencias inmutables de sexo estaban determinadas por dios, la secularización fundó esas mismas diferencias en la naturaleza. La teoría de la evolución contribuyó a ese proceso, y la reproducción (de la familia, la raza y la nación) se convirtió en el imperativo para la construcción del Estado y de la nación misma. En esa concepción de las cosas, el papel reproductivo de la mujer se volvió cada vez más determinante. De hecho, se definió como una función privada, aunque, por supuesto, se trataba de una función eminentemente pública.

Si la secularización no condujo a la emancipación de la mujer ni se vinculó necesariamente a una concepción asociada a la igualdad de género, ¿por qué se utiliza hoy el laicismo como argumento para defender los derechos de la mujer frente a los «tradicionalismos religiosos», y en particular frente al islam, en gran parte de Europa?

Tanto en La política del velo como en Sexo y secularismo afirmé que la asociación del laicismo con una mayor igualdad de la mujer se ha utilizado para condenar el islam, pero también para encubrir las persistentes desigualdades de género en los países laicos. En definitiva, el punto consiste en que ese contraste entre lo laico y lo religioso oculta desigualdades en ambos lados. Sin lugar a dudas, existe un argumento «civilizatorio», una especie de orientalismo que insiste en la superioridad de Occidente (el Occidente judeocristiano) frente al islam, asociando la igualdad con «Occidente» y la opresión con «Oriente». Y es justamente en el marco de ese argumento «civilizatorio» en el que la laicidad se ha convertido en una especie de política identitaria para los republicanos franceses.

¿En qué medida la Ley de Laicidad de 2004 ha modificado la de 1905, redactada por radicales, republicanos y socialistas como Jean Jaurès, Aristide Briand, Émile Combes y Francis de Pressensé? ¿Cuáles son las principales diferencias y los puntos de continuidad entre ambas leyes?

Como ha escrito el historiador Jean Baubérot, hay una gran diferencia entre la Ley de 1905 y la de 2004. Mientras que la de 1905 garantizaba la libertad de conciencia individual y se refería a la neutralidad religiosa del Estado (y de sus representantes), la ley de 2004 (y todas aquellas que le han seguido) se basan en el concepto de la nouvelle laïcité (nueva laicidad), que considera que es el propio espacio público el que debe ser neutral y, en tal sentido, le exige a cualquiera que se encuentre en él que se abstenga de expresarse religiosamente. La jurista Stéphanie Hennette-Vauchez, a quien he citado y aludido en algunos de mis libros, ha aportado claves muy claras sobre este tema y ha escrito de manera brillante sobre el modo en el que la obligación de neutralidad ha sido desplazada del Estado a los ciudadanos. Considero que, en este marco, es muy importante percibir que, si no pueden expresarse las creencias en el espacio público, la libertad de conciencia individual queda denegada y cancelada. En virtud de la «nueva laicidad», los ciudadanos deben ser neutrales en el espacio público. Y cuando digo espacio público me refiero a todo lo que se comprende en él: las escuelas, las oficinas gubernamentales, la misma calle. Esto quiere decir que los ciudadanos con determinadas creencias no pueden ser vistos mostrando nada que sugiera su fe o su afiliación religiosa. Es en este sentido en el que la exigencia de neutralidad se trasladó del Estado y sus representantes a todos los miembros de la sociedad, sean ciudadanos o no. Y esto, tal como se ve, constituye una reescritura muy drástica de la ley de 1905, y esa reescritura está dirigida deliberadamente a los musulmanes. 

¿Considera que la ley de 2004 es el resultado de una nueva perspectiva del laicismo, o es la nueva perspectiva del laicismo la que ha dado lugar a la ley? ¿Cómo trazaría una genealogía de esa «nueva laicidad»?

Sin lugar a dudas, la nueva laicidad nació como parte de un proyecto político desarrollado por legisladores conservadores para contener a la identidad musulmana y obligarla a asimilarse a la identidad «francesa». Se trataba de instrumentalizar el laicismo para hacer política. Ese uso instrumental se dirigía contra los llamados inmigrantes –muchos de los cuales en verdad habían vivido en Francia durante generaciones– y contra el «comunitarismo» que, según decían aquellos legisladores, era fomentado por su religión. El argumento utilizado por los defensores de esa «nueva laicidad» era que el comunitarismo ponía a los musulmanes en contradicción con lo que debía ser su identificación primaria: es decir, su identificación como «franceses». En este contexto, la nueva laicidad se convirtió en el epítome y en la expresión máxima de la «francesidad». Pero esta posición estuvo lejos de anclarse solo en la derecha. Aunque la «nueva laicidad» se originó en el campo de la derecha política, no fueron pocos los progresistas e izquierdistas (incluidas muchas feministas) que la adoptaron, bajo el argumento de que la religión era y es necesariamente opresiva para las mujeres, mientras que la laicidad era y es necesariamente liberadora. Es por ello que en The Politics of the Veil afirmo que los binarismos religioso/secular y musulmán/francés funcionaron para encubrir las continuas desigualdades de género en el lado francés/secular. Y creo, claramente, que siguen encubriendo esas desigualdades hoy en día.

Sus argumentos sobre el uso del velo y la libertad de conciencia me recuerdan a una frase que solía escucharse cuando los debates sobre esta cuestión estaban en el centro del debate político internacional. Decía «contra la obligatoriedad del uso del velo en Irán, contra la prohibición del uso del velo en Francia»…

Aquella frase, que comparto, proviene originalmente de un movimiento feminista que, si bien fue algo minoritario, logró unir a mujeres blancas y racializadas, con velo y sin velo, laicas y religiosas. Su lema era «que no nos obliguen a utilizar el velo, que no nos obliguen a quitárnoslo». Esta consigna grantizaba la autonomía individual. Es decir, la libertad de conciencia prometida por la ley de laicidad francesa de 1905.

Profesora Scott, una referencia ineludible en sus trabajos sobre género y secularización es la de Saba Mahmood. Debo confesarle que hace relativamente poco leí, por recomendación de una colega1, Politics of Piety [Políticas de la piedad], el libro de Mahmood sobre las mujeres del Movimiento de las mezquitas de Egipto que lucharon por el derecho a celebrar reuniones para aprender y enseñar la doctrina islámica, y me pareció sorprendente la forma en que la autora mostraba la presencia de agencia en estas mujeres, aunque de una forma diferente a la «resistencia», ya que buscaban ejercer una actividad que podríamos considerar parte del «tradicionalismo religioso». ¿Cree que parte del malentendido con el uso del velo en los países occidentales se debe también a una forma en la que entendemos la agencia?

Saba Mahmood realizó un trabajo brillante y pionero sobre estas cuestiones, argumentando claramente contra ese binarismo y esa separación entre lo secular y lo religioso, y demostró, al mismo tiempo, que las mujeres tenían y tienen agencia. Su crítica a las nociones individualistas del feminismo liberal occidental sobre la autonomía y la agencia ha sido muy importante para replantearnos las complejidades de las posiciones de los sujetos religiosos (y, por supuesto, también de los laicos). Utilizando, entre otros teóricos, la noción de subjetivación de Michel Foucault, Saba Mahmood insistió en que la agencia siempre se constituye discursivamente, es decir, que no es una capacidad innata libre de influencias –ya sean religiosas o laicas–. Y si se considera que la agencia está constituida, la cuestión es entender cómo y con qué efectos lo está, y eso puede responderse en términos de expectativas que pueden ser seculares, pero que también pueden ser religiosas.

Tengo la impresión de que la perspectiva analítica que usted adopta coincide, de hecho, con la idea de Mahmood de que «el laicismo no es simplemente la separación de la religión y el Estado, sino la creciente implicación del Estado en la regulación de la vida religiosa, de tal manera que se otorga al Estado el poder de poder decir qué es religión propiamente dicha y qué no lo es». ¿La política del velo, pero también la de los comedores escolares -donde se ha pretendido que todos los niños, incluidos musulmanes (y judíos), coman un menú que incluye carne de cerdo- responde a una forma de tratar a un «otro» cultural y religioso que no coincide, no solo con parámetros de laicidad, sino también con los antiguos fundamentos cristianos del Estado francés?

No me deja otra alternativa que decirle que sí. Estoy fundamentalmente de acuerdo con la lectura que usted hace de la perspectiva de Mahmood sobre el poder del Estado para definir lo que es y lo que no es religioso. Y, en este sentido, considero que la marginación de los musulmanes por parte de los franceses, su maltrato en las escuelas y en las calles, es una de las consecuencias de la forma en la que cierta ideología de laicismo de línea dura se ha convertido en una forma de identidad nacional. Y, mucho me temo que esto solo empeorará cuando las políticas antiinmigración de Marine Le Pen y sus seguidores se conviertan en ley.

Sus argumentos sobre el laicismo implican una reflexión sobre cómo se relacionan los Estados laicos con el género, pero también con las religiones minoritarias. ¿Cree que un Estado laico pueda estar realmente separado de la religión dominante? ¿Hasta qué punto el caso francés puede ser ilustrativo en este sentido? El laicismo francés fue sin duda un compromiso con la población mayoritariamente católica. En ese caso, y en muchos otros muy acabadamente rastreados y analizados en el libro de Mahmood Religious Difference in a Secular Age: A Minority Report [Diferencias religiosas en una era secular: un informe de las minorías], el Estado laico depende efectivamente de la religión mayoritaria dominante y se remite a ella. En Francia esto se verifica en el modo en el que está presente el catolicismo (las fiestas nacionales y las subvenciones estatales a las iglesias son una muestra de ello). No creo que esto tenga que ser necesariamente así, pero para evitarlo es necesario que se desarrollen políticas auténticamente neutrales. Jean Baubérot ha reflexionado y ha escrito sobre formas más democráticas de laicismo estatal, que tolerarían las expresiones individuales de conciencia en lugar de suprimirlas. Probablemente no sea prudente sacar a colación el caso de Israel y Palestina en esta conversación, pero considero que, también allí, una alternativa democrática al sionismo habría implicado un Estado laico con una pluralidad de poblaciones religiosas y raciales, en lugar del etnonacionalismo que ha llegado a imponerse con resultados desastrosos.

Me gustaría preguntarle cuáles fueron las reacciones en Francia respecto a The politics of the Veil. ¿Recibió respuestas de feministas francesas alineadas con la idea de la «nueva laicidad»? ¿Tuvo también alguna recepción por parte de las mujeres musulmanas de Francia?

Debo decirle que, ciertamente, hubo mucha polémica. Los republicanos más radicales y de «línea dura», entre los que se incluían, nuevamente, algunas feministas, me acusaron de no entender la cultura y la política francesa. Uno de los principales periódicos franceses publicó una viñeta muy desagradable en la que yo aparecía leyendo un libro en francés al revés. En concreto, fui denunciada como una de esas izquierdistas idotas útiles de los musulmanes. La traducción de mi libro sobre el velo islámico tardó diez años en realizarse porque la mayoría de las editoriales no quisieron abordar esa cuestión. Y, cuando finalmente se publicó, la recepción general estuvo caracterizada por la furia. Sin embargo, debo decirle que las mujeres musulmanas y las francesas «blancas» a las que yo consideraría feministas más consecuentes, recibieron el libro positiva y calurosamente. Y eso fue muy gratificante para mí.

Profesora Scott, tengo muy claro que usted no ha intentado atacar la secularización, sino advertir sobre la forma en la que un determinado «discurso sobre la secularización» puede borrar u omitir los aspectos incomodos de la historia. Pero, aun así, permíteme hacer un poco de abogado del diablo. Un crítico de su obra podría pensar que sus argumentos son muy convincentes, que es cierto que han existido límites a la igualdad de género en las sociedades occidentales que se dicen a sí mismas «seculares» –aun cuando siempre lo sean de un modo más o menos selectivo–, pero al mismo tiempo afirmar que esa igualdad es mayor a la de sociedades «no seculares». O, podría decir, por ejemplo, que hay una tendencia general e intrínseca en el proceso de secularización que, aunque con marchas y contramarchas, apuntaría en esa dirección liberal e igualitaria. ¿Cómo respondería a una crítica de ese tipo?

Esa es, justamente, una de las críticas a las que más me he enfrentado desde que escribí el libro. Mi respuesta siempre ha sido que señalar los límites del laicismo y su compleja historia no implica ni un rechazo de sus posibilidades –que pueden expresarse en mayor libertad e igualdad también para las mujeres y las minorías–, ni un argumento de que las sociedades laicas no son diferentes de las sociedades de base religiosa. Lo que estoy intentando plantear es que, históricamente, el laicismo no ha garantizado la igualdad de las mujeres, aunque las reglas normativas de género que impone o en las que se apoya sean diferentes de las reglas religiosas. La verdadera cuestión consiste, entonces, en plantearse otra pregunta. Y esa pregunta es por qué la diferencia sexual parece suponer un obstáculo para la plena realización de la igualdad de género.

Cambiando el enfoque de la conversación, me gustaría preguntarle por sus primeras inquietudes acerca de la historia y la política. Su madre y su padre eran profesores de historia y tenían, tal como usted lo manifestó en su artículo «Finding Critical History» (2009), una perspectiva de izquierda de la realidad. ¿En qué medida la política, de la cual se conversaba en su casa, impactó en su formación posterior? ¿Cómo recuerda aquellas charlas políticas de su infancia? ¿Hubo aspectos que pudieron llevarla a indagar sobre cuestiones de género que provinieran también de ese ambiente primario?

Debo decirle que, efectivamente, en mi familia se le prestaba una enorme atención a las cuestiones políticas, a tal punto que creo que aprendí a pensar estratégicamente sobre política en la mesa familiar, escuchando las conversaciones de mi padre y de mi madre. En aquel momento, el género no era un aspecto central de las conversaciones, que solían girar más en torno a la clase y a la raza, y, sobre todo, a las condiciones de vida de los profesores de escuela secundaria en la ciudad de Nueva York de los años 50 y 60. Sin embargo, aunque el género no era un tema preminente, mi madre siempre trabajó, por lo que yo crecí contando con un modelo estupendo que expresaba una determinada perspectiva igualitaria del género. Mi padre y mi madre, ambos profesores de historia en escuelas secundarias, tenían una visión marxista de la sociedad, según la cual las relaciones económicas eran determinantes para los modos de organización social y política. Recuerdo muy bien que uno de los libros fundamentales para mi madre era The Rise of American Civilization, escrito por Charles y Mary Beard, una obra muy crítica con el imperialismo que expresaba una perspectiva progresista de la historia. Así que, como puede notar, el mío era un hogar de izquierda en el que, constantemente, se hacía hincapié en los principios de justicia e igualdad. Mis canciones de cuna fueron las melodías de protesta de Pete Seeger y de otros músicos populares, y entre ellas estaba la Balada de Joe Hill, dedicada a aquel legendario organizador sindical de principios del siglo XX que había formado parte de la Industrial Workers of the World [Trabajadores industriales del mundo]. Cuando mi hijo Tony se casó, mi padre envolvió sus tres volúmenes de El Capital y se los pasó a él. Y escribió una dedicatoria que decía: «Algunas familias tienen Biblias familiares que pasan a la siguiente generación. Esta es nuestra Biblia familiar, espero que la atesores».

Usted ha contado a menudo que su padre, Sam Wallach, que llegó a ser presidente del sindicato de profesores de Nueva York, fue perseguido durante el período de la caza de brujas contra los comunistas. En un hermoso texto publicado en su libro Knowledge, Power, and Academic Freedom, usted señala ese hecho como uno de los que forjaron su propia idea de la libertad académica. ¿Cómo vivió ese periodo, siendo aún una niña pequeña, y en qué medida la llevó a pensar en la necesidad de la libertad académica como un valor ineludible en el espacio público y en las instituciones educativas?

Tal como lo escribí en el ensayo al que usted alude, escuché el concepto de «libertad académica» como una suerte de eslogan siendo pequeña, por lo que tenía una idea de él mucho antes de que pudiera comprender plenamente su significado. Para mí, significaba, fundamentalmente, el derecho a expresar las propias opiniones, por muy críticas que fueran con las instituciones imperantes. Creo que en algún nivel preconsciente comprendí que criticar a los poderosos era arriesgado, pero necesario para que la democracia sobreviviera. Después de ser despedido, mi padre tuvo una serie de empleos proporcionados por amigos y colegas simpatizantes. Dirigió un servicio de compras en el sindicato de profesores durante un tiempo y luego hizo tiras de películas educativas. Su último trabajo, y el más gratificante, fue como administrador de una unidad hospitalaria para el diagnóstico y tratamiento de lo que ahora llamamos niños neurodivergentes. Allí, decía, encontró la dedicación desinteresada y generosa a los demás que imaginaba inspiraría y prevalecería en un mundo socialista. Participó muy activamente en el intento de crear hogares colectivos para estas personas, tras las escandalosas revelaciones del caso Willowbrook2.

Durante muchos años después de su despido, y tal como consta en el expediente del FBI que obtuvimos en virtud de la Ley de Libertad de Información, los agentes visitaban nuestra casa para ver si mi padre estaba dispuesto a cooperar y, presumiblemente, dar nombres para librarse de la «mancha del comunismo». A menudo recibía a estos jóvenes con una copia de Carta de Derechos de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, que les leía en voz alta. Les explicaba, de forma muy didáctica, el significado de esos derechos. Su comportamiento «inflexible» aparecía regularmente en los informes de los jóvenes agentes tras estas visitas que se prolongaron hasta mediados de la década de 1960.

En esa década de 1960, usted realizó sus estudios en la Universidad de Brandeis, donde tuvo profesores como el historiador Frank Manuel y donde, según ha escrito, llegó incluso a conocer a Herbert Marcuse. Luego, hizo sus estudios de maestría en la Universidad de Wisconsin, que era por entonces una casa de estudios muy politizada: allí se publicaba la famosa revista Studies on the Left, daba clases el historiador marxista William Appleman Williams y había constantes manifestaciones estudiantiles asociadas a la lucha contra la guerra de Vietnam y al combate en favor de los derechos civiles. ¿Cómo recuerda aquel período en Brandeis y en Wisconsin? ¿En qué medida fue forjando su camino como historiadora?

En cuanto a mi período en Brandeis, puedo decir que las conmovedoras conferencias de Frank Manuel me atrajeron hacia la historia y, más concretamente, al campo de la historia intelectual. Para ese entonces, yo ya me había aficionado a desmenuzar textos literarios en un curso de lengua y composición en la escuela secundaria, pero la idea de que se pudiera hacer lo mismo con textos históricos fue una revelación, y me pareció desafiante y emocionante. En aquella época, Brandeis era una ciudad verdaderamente explosiva: había protestas pacifistas y movilizaciones permanentes por los derechos civiles, lo que hizo que muchos de nosotros adoptáramos compromisos con esas causas. Recuerdo muy bien que, tras las sentadas contra la segregación racial en Greensboro, apoyamos el boicot a la casa de comidas Woolworth, que había rechazado que cuatro hombres negros comieran en el local. Todas aquellas cuestiones, y la política en términos más generales, eran una parte integral de la vida del campus universitario. Recuerdo que, durante alguna crisis política (alrededor de 1961 o 1962), el profesor Herbert Marcuse se acercó a mí y a mi compañera de habitación –que también era activista, igual que yo– y me dio 20 dólares. Y luego me dijo: «organiza algo».

Las cosas fueron igualmente fascinantes en Wisconsin, a dónde llegué en 1962 –luego partí a Francia en 1967 para hacer mi tesis con la que me doctoré en 1969–. Fue realmente increíble estar allí durante la década de 1960 porque la universidad estaba muy viva, tanto intelectual como políticamente. Ciertamente, William Appelman Williams era un gran modelo para hacer historia políticamente crítica e informada. También allí la universidad era un hervidero y las y los jóvenes nos implicábamos en política. Todos aquellos asuntos asociados a los derechos civiles y a las protestas contra la guerra de Vietnam tenían una profunda relevancia. De hecho, en 1963, en una de las tantas actividades contra la guerra, di un discurso en las escaleras del Memorial Union de la Universidad de Wisconsin y, afortunadamente, hay una foto de aquella jornada que fue publicada en la edición turca de mi libro La fantasía de la historia feminista.

A principios de la década de 1970, su carrera parecía encaminarse hacia el emergente campo de la historia social. Usted trabajaba sobre Paul Lafargue -el yerno de Marx que escribió El derecho a la pereza- y su director de tesis era Harvey Goldberg -el historiador socialista autor de una biografía de Jean Jaurès-. Finalmente, usted escribió un libro titulado The Glassworkers of Carmaux: French Craftsmen and Political Action in a Nineteenth-Century [Los vidrieros de Carmaux. Artesanos franceses y acción política en una ciudad del siglo XIX]. Después de haber leído su texto sobre el teatro socialista en Francia -publicado en el libro sobre simbolismo político dedicado a la memoria de George Mosse3- y su artículo sobre los municipios socialistas franceses -publicado en un libro editado por John Merriman4- queda claro que su época de historiadora social fue muy productiva. ¿Qué aspectos destaca de ese periodo? ¿Quiénes eran sus interlocutores, las personas con las que discutía sobre historia social?

Mi atracción por la historia social comenzó durante un seminario dirigido por el historiador intelectual estadounidense William R. Taylor y el historiador laboral británico J.F.C. Harrison, durante un año en el que Harvey Goldberg estaba de baja. Debo reconocer que, en verdad, fue un alivio no tener que hacer las tediosas biografías socialistas que Goldberg esperaba de nosotros. En aquel período me resultó realmente muy emocionante leer toda la nueva historia social que se estaba publicando –de hecho, leímos La formación de la clase obrera en Inglaterra de E.P. Thompson en 1963, el mismo año en que fue publicada– y tener la posibilidad de pensar nuevas líneas de trabajo histórico. Así que cuando Harvey Goldberg volvió de su licencia, le dije que quería hacer algún tipo de historia comunitaria o laboral y me sugirió que me enfocara en Carmaux, una ciudad minera y cristalera donde el socialista Jean Jaurès había sido elegido diputado. Aquel era el momento de los estudios sobre la comunidad y la clase obrera, y muchos de nosotros nos sentíamos atraídos por esas cuestiones por razones que eran, al mismo tiempo, intelectuales y políticas. Cuando llegué a Carmaux para hacer mi investigación, conocí a la historiadora Rolande Trempé, que estaba trabajando en su monumental tesis sobre los mineros5. Ella me guió generosamente hacia el mundo de los sopladores de botellas de vidrio y me condujo a archivos que yo nunca podría habría descubierto sin su ayuda y su apoyo. Así que, en este sentido, su influencia en mi tesis fue mucho mayor que la el propio Goldberg.

The Glassworkers of Carmaux se publicó en 1974, pero cuatro años más tarde apareció Women, Work, and Family [Mujeres, Trabajo y Familia], un libro que usted escribió con Louise Tilly. Me gustaría preguntarle no solo cómo conoció a Tilly, sino también qué tipo de espacios de discusión y debate la impulsaron hacia ese análisis inicial en el que las cuestiones de género se entrecruzaban con la historia social y laboral.

Yo había recibido una beca del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales para realizar una investigación interdisciplinar y me habían asignado al sociólogo histórico Charles «Chuck» Tilly como tutor. Mientras lo visitaba para consultarle sobre mi tesis, conocí a Louise Tilly, su mujer, que estaba trabajando en una tesis sobre historia social italiana. Hicimos buenas migas y hablamos mucho de la presión que sentíamos por parte de los estudiantes para que hiciéramos historia de las mujeres. Era el momento del nacimiento del feminismo de la segunda ola y había una gran demanda por parte de los estudiantes para que nos ocupáramos de la experiencia de las mujeres: la «her-story» (historia de ellas), para complementar o incluso sustituir la historia masculinizada. También teníamos muchas colegas y amigas que se encontraban en una situación similar y que estaban, como nosotras, deseosas de dedicarse a estos nuevos campos de investigación. Fue un periodo de enorme entusiasmo y descubrimiento para los historiadores sociales y para las feministas: se abrían campos completamente nuevos que explorar. Louise y yo escribimos juntas tres artículos en los que sosteníamos que el trabajo a cambio de un salario no era, como querían afirmar algunas feministas, emancipador en sí mismo: la historia era mucho más compleja. Cuando terminamos el tercer artículo, Chuck dijo que creía había llegado el momento de escribir un libro, ¡y lo hicimos! Fue estupendo trabajar con Louise: tenía cuatro hijos (yo tengo dos) y siempre había interrupciones y crisis familiares con las que lidiar. Pero, a pesar de ello, investigamos mucho y escribimos el libro, que tuvo una importante repercusión en los estudios sobre (como decía el título) la mujer, el trabajo y la familia.

La década de 1980 parece haber sido la de un cambio más profundo. De un modo u otro, usted fue alejándose del canon de la historia social y avanzando en una nueva perspectiva que hizo cada vez más eje en el género y en el papel del lenguaje. ¿En qué medida ese deslizamiento a nuevos terrenos se vinculó con su entrada en la Universidad de Brown, donde, por cierto, fundó, junto a otras colegas el Pembroke Center for Teaching and Research on Women [Centro Pembroke de Enseñanza e Investigación sobre la Mujer]?

Cuando llegué a la Universidad de Brown en 1980 conocí a un grupo maravilloso de feministas. La mayoría de ellas eran expertas en literatura que trabajaban con abordajes de la teoría posestructuralista y psicoanalítica con las que yo, por ese entonces, no estaba tan familiarizada. Al principio me sentí algo intrigada e intimidada, pero pronto me di cuenta de que la «teoría» me permitía plantear cuestiones sobre el género y la discriminación de género que iban más allá del tipo de investigación sobre la experiencia histórica de las mujeres que yo había estado haciendo hasta entonces. En Brown conocí, entre otras muchas otras colegas feministas, a Elizabeth Weed, cuyo pensamiento crítico me proporcionó un modelo diferente al que yo estaba acostumbrada. Ambas fundamos el Centro Pembroke de Enseñanza e Investigación sobre la Mujer en 1981, que sigue existiendo hasta el día de hoy y tiene el que probablemente sea el único programa feminista en Estados Unidos con un enfoque basado en la teoría. El Centro Pembroke era, de hecho, el punto de encuentro del trabajo postestructuralista feminista en el campus universitario. Su seminario incluía a profesores, estudiantes de posgrado y becarios externos que, cada año y, en conjunto, abordaban diferentes temas. Le diría que fue allí donde aprendí a pensar en la «diferencia» –y no solo en la diferencia sexual– como una herramienta analítica para reflexionar sobre la historia, así como sobre la cultura y la política contemporáneas.

Los enfoques filosóficos y psicológicos, así como la teoría del discurso y la crítica literaria, parecen cruciales en su obra. Los nombres de Michel Foucault, Jaques Derrida, Sigmund Freud, Jacques Lacan, Michel de Certeau, pero también los de Hélène Cixous y Luce Irigaray forman parte de un repertorio de ideas que sin duda impregnan su obra. ¿Hasta qué punto la lectura de autoras y autores de lo que se ha dado en llamar posestructuralismo empezó a cambiar sus perspectivas sobre la historia? ¿Qué papel cree que desempeña la teoría a la hora de hacer historia?

Para mí, el posestructuralismo significó una apuesta que me llevó a prestar atención a procesos distintos a los que había abordado anteriormente. Significó darle valor e importancia al lenguaje, a las cuestiones asociadas a la representación, a los procesos inconscientes sobre los que nunca antes había reflexionado. El posestructuralismo hizo que, en lugar de preguntarme por qué suceden las cosas, me pregunte mucho más a menudo cómo suceden las cosas. Y, en cuanto al lenguaje, dirigió mi atención a otros sitios. En lugar de tomar al lenguaje al pie de la letra, como algo dado, me pregunto cómo funciona, cuáles son sus efectos. Mis preguntas pasaron a ser, a partir de esas reflexiones: «¿cómo se produce la diferencia (sexual, racial)?», «¿cómo funciona el poder?». Ciertamente, en cuanto a la historia, Foucault ha sido, muy probablemente, la influencia más importante para mí. A partir de su obra, dejé de asumir la idea de una continuidad lineal, la idea de un «camino de la historia», y comencé, en cambio, a preguntarme cómo y de qué formas el poder construye relaciones. Este tipo de lectura y de abordaje hizo que comenzara a pensar que, como historiadora, no estoy representando ni evidenciando hechos, sino produciendo conocimiento a través de mis lecturas e interpretaciones.

Al apartarse del ámbito de la historia social y promover una perspectiva en la que la categoría de género ocupaba un lugar central -no simplemente añadiendo mujeres, sino modificando el marco metodológico del análisis histórico-, usted escribió una serie de agudos textos en los que discutía ideas de algunos de los «grandes nombres» de la disciplina. Uno de ellos fue Las mujeres en la formación de la clase obrera, en el que analizaba la representación de las mujeres (como Johanna Southcott y Mary Wollstonecraft) en la obra de E.P. Thompson. Me gustaría preguntarle si el punto central del debate con Thompson era que él asumía la clase como una entidad real y concreta, en lugar de como una formulación discursiva con las características de un lenguaje basado en la diferencia sexual.

Puede que yo no lo hubiera expresado exactamente de ese modo, pero creo que usted tiene razón. E.P Thompson estaba claramente interesado en la compleja forma en la que se construía la clase, y no la veía, como él mismo afirmaba, como un simple reflejo de las relaciones materiales de producción, sino también como algo formado en los procesos culturales. Creo que, sin lugar a dudas, Thompson le prestó mucha atención a las formas en que el lenguaje articulaba la cultura, pero no pensó en las formas en que sus operaciones de diferencia (la diferencia sexual entre ellas) figuraban en la historia que quería contar. Mientras que la suya era una variante del marxismo, mi lectura de su obra se basaba en las teorías postestructurales del lenguaje.

En aquella época, usted sostuvo un debate con la idea de que lo que se necesitaba era, meramente, la construcción de una «her-story, una historia de las mujeres que volviera a mostrar a aquellas «mujeres ocultadas por la historia». Quienes apostaban por ese modelo afirmaban que hacerlas visibles implicaba, de por sí, desafiar los parámetros con los que se ejercía la disciplina histórica. Pero usted parecía ir más allá, en tanto planteaba que el desafío era más el de la deconstrucción de las categorías de «hombre» y «mujer» y el de discutir las operaciones de clasificación que el de escribir una historia alternativa. ¿Hasta qué punto estos proyectos podían ser complementarios y en qué términos diferían? ¿Cree que han sido útiles desde el punto de vista de la disciplina histórica o que, en algunos casos, podrían conducir a una reproducción de las categorías que se pretendía discutir?

Creo que hacer visibles a las mujeres en la historia ha sido y sigue siendo un esfuerzo importante. Pero nunca me ha parecido suficiente para explorar la persistencia de la discriminación basada en supuestas diferencias naturales de sexo. Para ello necesitábamos pensar psicoanalíticamente, hacer algo más que describir a esas mujeres antaño invisibles. Necesitábamos explicar su invisibilidad en términos que fuesen más allá de atribuir la desigualdad a los prejuicios masculinos o al «patriarcado», aunque no cabe duda de que estaban en juego. Creo que esas «historias de ellas» que aceptan la diferencia sexual como explicación de la desigualdad tienden a reproducir los estereotipos (e incluso a esencializarlos) de un modo que no es útil para reflexionar sobre cómo se construyen las identidades femeninas y cómo cambian.

En 1986 usted publicó «El género: una categoría útil para el análisis histórico», un artículo que luego fue incluido en su libro Género e Historia en el que argumentaba que el género no solo constituye una de las formas en que se articulan las relaciones de poder, sino que, al igual que «la política construye el género, el género construye la política». Dado que le han preguntado sobre este artículo cientos de veces, así que me gustaría preguntarte si, al escribir su libro Las mujeres y los derechos del hombre -donde demostraba cómo los derechos de ciudadanía eran marcadores de masculinidad, mientras que la religión o el ejercicio reproductivo eran marcadores de feminidad- intentaba aplicar el método que proponía para pensar el género en ese artículo.

Ciertamente, en Las mujeres y los derechos del hombre retomé aquella frase basada en la idea de que «la política construye el género, el género construye la política» e intenté trabajar a partir de ella para analizar el modo en que la teoría política republicana atrapó a las feministas en un dilema imposible: querían apelar a normas universales de igualdad que presumían un individuo abstracto como unidad de ciudadanía, pero, dado que el individuo abstracto se figuraba como masculino/macho, tenían que declarar su diferencia para negar su relevancia. Pero exigir la igualdad en nombre de la diferencia las excluía de la inclusión en lo universal. La política de esta teoría política se basaba en una construcción naturalizada del género; la apelación a una diferencia sexual naturalizada legitimaba lo que de otro modo se consideraría una práctica excluyente de la política.

La elección de aquellas feministas francesas del siglo XIX –Olympe de Gouges, Jeanne Deroin, Hubertine Auclert y Madeleine Pelletier– se vinculó al hecho de que las historiadoras de la mujer de la corriente dominante las habían etiquetado como feministas de la diferencia o de la igualdad. Mi objetivo en el libro era, justamente, el de deconstruir el binarismo igualdad/diferencia y explicar su existencia de otras formas. Y fue allí donde apelé a la idea de la política como constructora del género y del género como constructor de la política. Se podría decir que el libro es un ejemplo de lo que teoricé en el artículo «El eco de la fantasía», ofreciendo una genealogía alternativa a la estándar para la historia de las mujeres.

Quisiera preguntarle por su último libro, Sobre el juicio de la historia6, en el que examina las formas en las que no solo se ha juzgado a ciertos individuos y se ha reparado en ciertas víctimas, sino también cómo se ha expresado un juicio particular sobre la historia y el pasado. ¿Cómo definiría, en términos generales, la idea de un juicio de la historia? ¿Por qué cree que se reitera continuamente durante la modernidad?

La idea de un juicio de la historia es un cliché porque se afirma en la idea de que hay una verdad moral sobre las acciones actuales que se revelará o aceptará en el futuro. Aunque los «malos» prevalezcan en la política actual, los «buenos» serán redimidos en el futuro. Es una especie de versión secular del «día del juicio» religioso, en el que se saldarán todas las cuentas y se revelará la verdad. En su versión laica, este paradigma se apoya en la idea de la Historia como progreso. El comentario atribuido a Martin Luther King, pero pronunciado originalmente por un abolicionista negro del siglo XIX, según el cual «el arco del universo es largo, pero se curva hacia la justicia» ejemplifica perfectamente esta perspectiva. La historia de la modernidad (la Historia) se concibe en términos de avance, como el telos del progreso lineal, por lo que no es de extrañar que «el juicio de la Historia» se haya convertido en una de esas creencias no examinadas.

Usted comienza su libro comentando que cuando se produjo la movilización de los supremacistas blancos en Charlottesville en 2017, una amiga trató de consolarla diciéndole que esos individuos serían condenados en última instancia por el «juicio de la historia». Pero usted escribió un libro para mostrar que, efectivamente, no hay ningún consuelo histórico. ¿Por qué eligió tres casos tan diferentes para reflexionar sobre este fenómeno? ¿En qué medida esta forma de ver el futuro como un espacio de redención implica un tipo de relación entre lo religioso y lo secular dentro de la modernidad?

Honestamente, no creo que la historia nos ofrezca ningún consuelo y debo decirle que la teleología del progreso no tiene ya ningún sentido para mí. Escribí el libro para refutar eso, para decir que la idea del juicio de la Historia es siempre política, que siempre suprime o deja algo de lado. En definitiva, pretendía afirmar que esa no es una forma útil de pensar la Historia. Los tres casos que elegí para trabajar en el libro –el del Tribunal de Nuremberg, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica y el movimiento por la reparación de la esclavitud en Estados Unidos– me parecían diferentes ejemplos en los que podía verse el uso de esa idea de un juicio de la historia. Así que, a partir de ellos, desarrollé un enfoque crítico que tenía como pilar fundamental cuestionar la eficacia de esa idea. Por otra parte, creo que efectivamente existen existen nociones de redención, retribución, reconciliación y reparación que tienen claras influencias religiosas. Pero, a fin de cuentas, no sé qué puede decirnos realmente eso, más allá de que las ideas seculares de progreso han tomado prestados conceptos provenientes de tradiciones teológicas más antiguas.

Permítame hacerle una pregunta final. Ha escrito un libro sobre la idea del «juicio de la historia» pero todo su trabajo historiográfico ha pensado en términos mucho más modestos, no solo que los de la «teleología histórica», sino también de aquellos que han pensado en términos de categorías fijas. En un hermoso texto que dedicó a Natalie Zemon Davis titulado Storytelling, usted escribió que «las historias de Davis nos enseñan a leer el pasado y el presente no en términos de igualdad o diferencia irreconciliable, sino como instancias tanto de la dificultad como de la posibilidad de la comunicación humana. Nos descentran no solo al presentarnos a personas que de otro modo no habríamos conocido, sino también las diferencias dentro de nosotros mismos y entre nosotros». ¿Necesitamos, entonces, una historia que investigue críticamente las categorías y conceptos con los que evaluamos el pasado? ¿El reto es el de construir una historia más interrogativa, que se pregunte por lo que pudo haber sido y no fue, para evitar la idea de un curso inevitable de la historia?

Creo que necesitamos de eso que se ha dado en llamar «historia crítica», es decir, la que investiga críticamente las categorías y los conceptos que el presente utiliza para producir conocimiento sobre el pasado. Es la «historia del presente» de Foucault, aquella que, de hecho, me inspiró a mí y a otros colegas a fundar una revista bajo ese mismo nombre. Esa historia es exactamente lo contrario del «presentismo» tan criticado hoy en día por los historiadores convencionales. Creo que de lo que se trata es de interrogar los conceptos del presente para preguntarse qué función han cumplido y cumplen, no solo para configurar determinadas representaciones del pasado, sino también para construir ideas asociadas a la «inevitabilidad del presente». Creo que, en este marco, uno de los conceptos a interrogar es el de la propia historia, la historia que asume una narrativa singular (pasado, presente, futuro), la historia a la que Walter Benjamin se refería como «tiempo vacío homogéneo». ¿Qué tipo de presente legitima esa historia? ¿Y si pensáramos en términos de trayectorias alternativas o de temporalidades plurales, tal como nos han enseñado muchos historiadores del Sur Global? ¿Y si reflexionáramos sobre las luchas por el poder con legados poderosos para poder abordar de otro modo el presente? ¿Y si buscáramos ahora rastros de esas alternativas pasadas? La historia crítica crea la posibilidad de pensar el pasado y el presente de forma diferente, y abre así un camino hacia futuros antes inimaginados e inimaginables.

Fuente: Nueva Sociedad

1. Le agradezco a Julieta Bugacoff por la recomendación.
2. El escándalo de la Escuela de Willowbrook, que alojaba a niños neurodivergentes, tuvo lugar a mediados de la década de 1960, cuando se descubrió que a muchos menores se les inoculaba el virus de la hepatitis para luego monitorear los efectos de la gammaglobulina para combatir la enfermedad.
3. Political Symbolism in Modern Europe: Essays in Honour of George L.Mosse, Transaction Books, New Brunswick, 1982
4. French Cities in the Nineteenth Century , Holmes &. Meier, New York, 1981.
5. Les Mineurs de Carmaux, 1848-1914, Les Éditions Ouvrières, Paris, 1971.
6. Alianza Editorial, Madrid, 2022.

agosto 02, 2026

Las reinas olvidadas que gobernaron con puño de hierro e inteligencia durante la Edad Media

Brunilda y Fredegunda pasaron a la historia por su enfrentamiento sangriento, pero las dos destacaron por otras muchas acciones durante sus reinados

Emmanuel Herman Joseph Wallet   Frédégonde armando a los asesinos de Sigebert


Para los melómanos, el nombre de Brunilda evoca a la heroína imaginada por Richard Wagner en su tetralogía del Anillo del Nibelungo. Y eso ya nos remite también a una imagen muy concreta, de una mujer grande, con trenzas, un escudo, una lanza y el casco con cuernos.

Esta imagen idealizada, sin embargo, no nos acerca a la realidad del personaje que pudo haber inspirado, aunque de forma indirecta, a Wagner. Y es que en la edad media existió una Brunilda de carne y hueso que reinó con puño de hierro. Su historia, hoy demasiado olvidad, no se puede desvincular de la de otra reina medieval, Fredegunda. 

UN OLVIDO INJUSTO

Estas dos reinas merovingias gobernaron durante décadas un vasto territorio en lo que hoy conocemos como Francia, Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo y parte de Alemania y Suiza. Y lejos de ser pasivas consortes, su rol fue el de activas facilitadoras de la transición entre el colapso del imperio romano y el nacimiento de los estados europeos. El porqué hoy casi hemos olvidado sus nombres y sus acciones se debe a una auténtica campaña de propaganda que duró siglos.


BRUNILDA, DIPLOMÁTICA DE SANGRE AZUL

La historia nos dice que Brunilda era una princesa visigoda, Hija del rey Atanagildo de España. Las crónicas de la época escritas por Gregorio de Tours la describen como una mujer hermosa, culta y de buen comportamiento. 

Brunilda se casó en 567 con el rey Sigeberto I de Austrasia, y se convirtió al catolicismo. Sin embargo, este matrimonio feliz despertó los celos de su cuñado, Chilperico I de Neustria. La envidia le llevó a casarse con la hermana mayor de Brunilda, Galswinta, a la que pronto dejó para irse con su amante esclava, Fredegunda, que se convirtió así en reina. En un episodio digno del mejor programa de crónica negra, Chilperico y Fredegunda confabularon y estrangularon a Galswinta en su cama.

DOS MUJERES ENFRENTADAS

Tras la muerte de su hermana, Brunilda juró venganza, lo que derivó en una cruenta guerra entre los reinos de Austrasia y Neustria. Al ver que Austrasia estaba a punto de ganar y que asediaba a Chilperico, Fredegunda envió a dos asesinos a matar a Sigeberto I con dagas envenenadas. 

El rey Chilperico y la reina FredegundaW
ikicommons

La historia acabaría por sintetizar la historia de estas dos reinas como un enfrentamiento de tigresas por una venganza. Sin embargo, tras sus movimientos es interesante observar toda la estrategia geopolítica que desplegaron para mantenerse en el poder en una época en que el mapa se estaba transformando completamente.

LA REFORMA SOCIAL DE BRUNILDA

Instalada en Autun, durante su reinado Brunilda impulsó un programa masivo de reconstrucción de infraestructuras y reparó las antiguas calzadas romanas para reactivar el comercio. Además, modernizó el reino mediante una reforma fiscal basada en un nuevo censo público para actualizar los impuestos. De la lista, eliminó a viudas y ancianos desamparados para que las élites adineradas pagaran lo que les correspondía. Estas medidas sociales no gustaron a los nobles de la época.

EL PRAGMATISMO MILITAR DE FREDEGUNDA

Fredegunda, que aprovechó su encanto y magnetismo para acceder al trono, demostró una mente militar que ya habrían querido para sí muchos generales romanos. Lo demostró en la célebre batalla de Droizy (593), en la que supo hacer frente al superior ejército de Brunilda.

Amalie Materna como Brünnhilde en el Anillo de Wagner
Dominio Público

Con gran astucia, adelantó la paga a sus soldados con el tesoro real para asegurar su lealtad y ordenó un ataque nocturno sorpresa utilizando técnicas de camuflaje. Los soldados avanzaron cubiertos con ramas de árboles y colocaron campanas a los caballos para que el enemigo pensara que eran animales pastando. El resultado fue una victoria aplastante.

CÓMO SE MANIPULA LA HISTORIA

La Brunilda real tuvo un final casi tan trágico como la de la heroína wagneriana. Siendo ya una anciana, fue capturada por el hijo de su archirrival, Clotario II y fue ejecutada en público atándola a caballos desbocados. Fredegunda, por su parte, murió plácidamente por causas naturales. 

El suplicio de Brunilda, según Philippoteaux y Girardet.
Dominio Público

Lo curioso es lo que vino después. Al convertirse en rey, Clotario II necesitaba legitimarse en el trono. Para ello, borró el impacto de su tía y de su propia madre. Algunos siglos más tarde, los cronistas oficiales recibieron también el encargo de poner por escrito el caos y la destrucción provocado por las mujeres. Así, estas crónicas nos hablan de mujeres crueles y diabólicas, movidas por la maldad. Obviaron en sus notas todas las reformas sociales que impulsó Brunilda.

En el siglo XV, la escritora Christine de Pizan rescató a Fredegunda, cuyas artes militares le sirvieron para defender la capacidad política de las mujeres en su Ciudad de las Damas. La memoria de Brunilda quedó en el imaginario popular francés a través del nombre que los campesinos daban a los caminos romanos: Chaussées de Brunehaut (Calzadas de Brunilda).

Fuente National Geographic

diciembre 06, 2025

En su nuevo libro, 'La raíz del poder', la escritora y profesora Ana Bernal-Triviño hace un recorrido histórico desde el paleolítico hasta la actualidad para explicar el origen de la desigualdad.

¿Cuándo surgió la desigualdad entre hombres y mujeres?

Ana Bernal-Triviño.

La desigualdad entre hombres y mujeres no es un accidente histórico, sino más bien una construcción que se ha reforzado durante milenios a través de mitos, religiones, leyes y narrativas culturales. Esa es la premisa que guía 'La raíz del poder' (2025), el nuevo libro de la profesora, periodista y escritora Ana Bernal-Triviño. En él, la autora recorre un extenso marco temporal —desde las primeras sociedades neolíticas hasta nuestras estructuras contemporáneas— para explicar cómo se consolidó el patriarcado y por qué sus efectos siguen presentes.

En esta conversación con Historia National Geographic, Bernal-Triviño profundiza en la creación de los Estados, la institucionalización de la religión y la persistencia de los sistemas que aún hoy condicionan la autonomía de las mujeres.

Historia National Geographic: En 'La raíz del poder' (2025) haces un recorrido desde las primeras sociedades neolíticas hasta hoy. ¿Qué rasgo estructural te parece más revelador de este tránsito milenario hacia la desigualdad?

Ana Bernal-Triviño: «Cada una de las unidades temáticas que comento en el libro reflejan estructuras de poder que siguen vigentes hoy en día. Quise reflejar esto, obviamente, porque documentalmente de lo que más tenemos información es de la antigua Roma y de Grecia, y además son estructuras occidentales que siguen perdurando y nos explican como civilización y cultura.

Pero quería ir más atrás, y en este caso voy a citar a Gerda Lerner, de quien soy una profunda admiradora. Un texto de ella habla sobre esa creación del patriarcado y revela algo interesante: en las primeras comunidades del Paleolítico, que desde nuestra perspectiva actual (año 2025, con nuevas tecnologías e inteligencia artificial) podríamos ver con inferioridad, se demuestra que no se nace machista.

Estas comunidades eran mucho más igualitarias, menos jerárquicas y se basaban en el trabajo comunitario para la supervivencia. Sin embargo, a partir de la Edad de Bronce, con las migraciones y el inicio de los periodos de conquista, la estructura social comenzó a cambiar. La agricultura, por ejemplo, transformó la organización social, y fue en este contexto cuando la mujer quedó relegada a un segundo lugar. La sumisión y opresión que sufren las mujeres, insisto, provienen de la explotación de su capacidad sexual y reproductiva.»

Historia National Geographic: ¿La creación de una organización de Estado es un fundamento clave para el surgimiento de la desigualdad?

Ana Bernal-Triviño: «Cuando se empiezan a crear esas primeras comunidades como entidades estructuradas y se busca una legitimación a través de las leyes, se necesita crear una estructura de poder. Esta estructura de poder lleva aparejada la necesidad de mantener propiedades, y la única manera de conservar ese poder es a través de la descendencia, lo que relega a la mujer a su función sexual y reproductiva para garantizarla. Un ejemplo de ello es el Código de Hammurabi, que es uno de los primeros registros escritos en los que se contempla el uso de la violencia como una manera de modular el comportamiento de las mujeres.

A partir de entonces, construimos una estructura de pensamiento en el que cualquier cambio se considera subversivo, en lugar de justo.»

Historia National Geographic: ¿Y qué papel juegan los mitos, las religiones y creencias, en este sentido?

Ana Bernal-Triviño: «El ser humano tiene una dimensión jurídica y otra espiritual, y esta última también ha funcionado históricamente como instrumento de poder. Desde las primeras comunidades paleolíticas y neolíticas, donde la divinidad era el sol, la luna o la naturaleza, las creencias evolucionaron hacia figuras personificadas.

En esas sociedades tempranas, las mujeres gozaban de mayor libertad que en etapas posteriores: la Grecia arcaica era más igualitaria que la Grecia clásica, y en momentos como la Revolución Francesa o la Ilustración las mujeres quedaron relegadas pese a los ideales de libertad.

En 'La raíz del poder'analizo cómo las antiguas diosas fueron desapareciendo conforme el patriarcado se impuso en la religión. Desde la mirada histórica, Jesús de Nazaret resulta fascinante porque su figura sigue marcando nuestra era y moldeando nuestras culturas. A la vez, es inevitable criticar el cristianismo y el catolicismo, nacidos en sociedades profundamente patriarcales e influenciados por mitologías llenas de violencia contra las mujeres, como la griega o la romana. Ejemplos como las Vestales romanas muestran cómo el cuerpo femenino era propiedad del Estado.

Pero lo revolucionario del cristianismo primitivo es que los Evangelios no contienen ninguna escena que justifique restricciones actuales sobre los derechos de las mujeres: Jesús no habla del aborto, del velo ni de normas que las limiten; al contrario, se acerca a mujeres marginadas y les otorga dignidad. Celso decía que el cristianismo triunfó “por los tontos, los mezquinos, los necios y las mujeres”, lo que nos hace preguntarnos: entonces, ¿qué ofrecía el cristianismo a las mujeres? Para muchas mujeres romanas, fue una vía de escape a relaciones de violencia y control. Sin embargo, cuando en las primeras comunidades —sobre todo en las domus ecclesiae— las mujeres adquirieron autoridad, esa autonomía fue rápidamente anulada conforme la religión se institucionalizó dentro de un sistema patriarcal.»

Historia National Geographic: Las iglesias, antes casas particulares donde la mujer oficiaba y transmitía el conocimiento, acabaron institucionalizándose.

Ana Bernal-Triviño: «Claro. Entonces, la religión pasa de la esfera privada a la esfera pública, que queda bajo dominio masculino y político. Y en ese proceso, la religión se patriarcaliza.


Me interesan especialmente los estudios de Antonio Piñero porque, cuando analizamos ciertos textos atribuidos a San Pablo, surge una contradicción evidente: por un lado, él creó comunidades cercanas en las que trabajó con mujeres; por otro, aparecen pasajes profundamente misóginos. Piñero plantea que estos textos fueron modificados posteriormente. Es decir, se añadieron interpolaciones para justificar el nuevo papel subordinado que se asignó a las mujeres.

Ese descubrimiento abre una grieta interesante: revela cómo la estructura patriarcal terminó reconfigurando la religión hasta borrar el poder que las mujeres habían tenido en sus inicios. Las escrituras fueron manipuladas en su contra y, al mismo tiempo, se generó un escenario en el que algunas mujeres intentaron recuperar cierta autoridad ingresando en conventos, porque era el único espacio que les garantizaba educación, lectura y escritura. Sin embargo, esa misma institución eclesiástica también funcionó como herramienta de opresión. En lugares como Venecia esto se ve con una claridad brutal: muchas familias que no podían pagar la dote de sus hijas las enviaban a conventos para librarse de ese coste. Y esas mujeres quedaban encerradas en una especie de cárcel que nunca habían elegido.»

Historia National Geographic: ¿Por qué la historiografía tradicional invisibiliza esta narrativa que nos permite conocer el papel de la mujer en todos estos procesos?

Ana Bernal-Triviño: «Creo que muchas resistencias persisten simplemente porque no conviene cambiarlas. Cuando algunos hombres se ofenden por la historia del feminismo, yo me pregunto: ¿creen que para nosotras es cómodo? También nos educamos en una sociedad patriarcal, con referentes y narrativas que ahora descubrimos incompletas o manipuladas. Investigar y encontrar otra versión más justa y realista es un shock, pero es necesaria porque la sociedad está formada por hombres y mujeres.

Incluso en épocas recientes vemos cómo premios Nobel o grandes académicos se han apropiado de descubrimientos realizados por mujeres. Esa lógica se mantiene porque las estructuras de poder se sostienen en la idea de autoridad masculina. Y cuando una nueva mirada cuestiona esa autoridad, tambalea su posición. Aun así, ha habido hombres generosos —como John Stuart Mill— que rompieron con ese patrón. Pero muchos otros no lo hicieron porque, en el fondo, todo gira en torno a lo mismo: poder, dinero y capacidad de decisión.»

Historia National Geographic: Privilegio.

Ana Bernal-Triviño: «Nadie quiere ser segundo: todos quieren participar, que su opinión cuente y poder decidir, porque en eso se juega el propio futuro. El problema es que muchas mujeres no han podido construir el suyo en plenitud, sino siempre dependiendo de permisos, estructuras y límites impuestos por otros.

Cuando lees la historia de Marie Curie —y de tantas otras— y descubres que incluso tenía que cruzar edificios para poder ir al baño porque no se le permitía usar las instalaciones de la universidad donde trabajaba, entiendes hasta qué punto algo tan básico, tan ligado a la dignidad humana, le estaba vetado. Entonces comprendes que incluso un cuarto de baño puede convertirse en una estructura de poder.»

Periodista especializada en historia, cultura y actualidad
Fuente: National Geographic

agosto 03, 2025

La disputa sobre el pasado en clave feminist

Cada vez más mujeres historiadoras participan del debate público

Cuatro historiadoras con presencia en medios y redes sociales ejercen una mirada crítica que incomoda al sentido común. El rigor académico, la divulgación y las tensiones sobre el uso político de la historia revelan que las narraciones del pasado son también una forma de intervenir en el presente.

Julia Rosemberg, Camila Perochena, Pupina Plomer y Cata Cabana. . Imagen: Imagen web

¿Qué nos enseña la historia sobre el presente? La pregunta se repite porque conocer el pasado es una pasión humana, no sólo argentina. Durante años, la divulgación histórica estuvo copada en los medios de comunicación masivos por varones. La -no tan- reciente irrupción de mujeres en distintos espacios también iluminó masivamente la participación de mujeres y diversidades en los procesos históricos. El 1° de julio, día del historiador y la historiadora, Pupina Plomer hizo un posteo en la red social X: “Al final, somos las historiadoras las que investigamos a mujeres. Porque si no lo hacemos nosotras, quedamos todas en los márgenes”. Y el 16 de junio pasado, Julia Rosemberg conmovió en Industria Nacional, por Gelatina, con una documentada y reveladora columna sobre los bombardeos a la Plaza de Mayo, más necesaria que nunca en tiempos de estigmatización de una identidad política, el kirchnerismo, y de negacionismo del genocidio. En el Día de la Independencia, a Camila Perochena le tocó -nada menos que en La Nación Más- pararle el carro al director de la Casa de Tucumán, José María Posse, sobre la mentira repetida por el presidente Javier Milei. “Argentina no era una potencia en el siglo XIX”, apuntó la columnista de Odisea Argentina y allí comenzó el ataque en las redes sociales, al que se subió el mismo Presidente de la Nación.

El espectro se amplió, aunque algunos sesgos persisten. A ella la llaman de medios de comunicación de todo el país para referirse a hechos históricos, y no le hacen las mismas preguntas. “Me ha sucedido que cuando llega una fecha patria y algún medio me llama para hablar de la fecha, me terminan preguntando, '¿Pero comían pastelitos o comían locro?'. Siento que a veces a los hombres los llaman para hacer un análisis y a las mujeres para hablar de otra cosa, cuando nosotras también tenemos la capacidad, el estudio y la documentación para hablar de todo”, señala Cata Cabana, que desde Instagram se planta contra los trolls con sus reels sobre hitos históricos y con su “género tango”, donde muestra que siempre hubo mujeres en una música asociada al machismo en el imaginario popular.

Félix Luna, Pacho O’ Donnell, Felipe Pigna, son los nombres que aparecen cuando se habla de divulgación histórica. “No es que ellos no tuviesen una visión de mujeres, porque de hecho Pigna sí iba a hablar de mujeres, pero no veíamos a mujeres a las mujeres hablando de historia en los medios”, plantea Cabana.

Las mujeres arriba

¿Hay más interés, además, por encontrar la participación de mujeres en la historia?

“La historia es una ciencia que se hace desde el presente. Desde el presente le hacemos preguntas al pasado. Y obviamente esas preguntas que le hacemos están influenciadas por los intereses que tenemos las historiadoras, los historiadores del momento. Entonces, si hoy las personas que se ocupan de escribir historia están atravesadas por inquietudes respecto a género, a desigualdad, obviamente eso se va a reflejar en la forma en que miremos el pasado”, responde Pupina Plomer.


Con sus rulos colorados, un acento cordobés que le da musicalidad a todo lo que cuenta, y carisma, es docente en escuelas secundarias y recorre el país con un show llamado Historia y mujeres, con el que llena salas y bares (y del que anunció la gira despedida). Da “clases” de historia en el streaming Olga. Empezó en Filonews, participó en el programa Distópica, del añorado canal Encuentro.

Lo que advierte es que cada vez hay “más libros de historia hablando de mujeres”.

Plomer sabe que el estudio de la participación de las mujeres en la historia no es ninguna novedad. Y en ese sentido, rescata a una figura fundamental. “La eminencia número uno en el país es Dora Barrancos, porque ella trabaja el género desde los años 80. Es realmente una precursora, la mayor referente de Argentina. Pero hay muchas otras. Justo ahora estoy leyendo Las Mujeres de la Revolución, que es un libro sobre la Revolución de Mayo, con mirada de género, y esto hace unos años no existía. La compiladora es Beatriz Bragoni, son varias autoras, todas historiadoras súper grosas”, cuenta Pupina.

El mismo libro, presentado la semana pasada, es el que refiere Camila Perochena, que hoy recibe el ataque oficialista porque, justamente, la historia juega su partido en el presente. De hecho, respecto del mito de la Argentina potencia en el siglo XIX y principios del XX, el presidente introdujo esta misma semana una novedad: el comienzo de la decadencia de aquella “potencia mundial” ya no lo ubica en 1916 sino en 1943, casualmente, cuando empieza a emerger Juan Domingo Perón como figura histórica determinante del siglo XX.

Perochena es columnista del programa Odisea Argentina, que conduce Carlos Pagni los lunes por el canal La Nación Más. Y que le digan “Peronchena” en las redes sociales, para descalificarla, es paradójico. Su tesis se llamó “La historia en la disputa política: los usos del pasado en el primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2011)”, y al libro le puso un nombre aún más explícito: Cristina y la historia. El kirchnerismo y sus batallas por el pasado.

Como historiadora se distancia del revisionismo, la corriente que ganó masividad en la Argentina de la mano del peronismo, al reconsiderar el lugar de determinadas figuras y movimientos como proyectos emancipadores truncados por la oligarquía.

“El revisionismo histórico es una corriente que en el mundo académico quedó perimida, que nació más al calor de acontecimientos políticos para revalorizar identidades nacionales, la figura de Juan Manuel de Rosas, de los gauchos federales”.

Considera que esa mirada “es muy exitosa en la opinión pública, a la gente le gusta mucho, porque es una historia de buenos y malos, más marketinera, pero yo creo que, también por eso, es más simplista, no ayuda a complejizar el presente o a entender mejor el presente, sino más bien al contrario, ayuda a generar batallas históricas que profundizan esa polarización permanente en la que vivimos hace años”, dice Perochena a Las12.

Divulgadoras olvidadas

Diferente es la visión de Julia Rosemberg, autora del libro Eva y las Mujeres, que reconstruye la tarea de Eva Perón para incorporar -no sólo con el sufragio- a millones de mujeres argentinas en la vida política activa. También coordinó el programa Muchachas bonaerenses, que estudió a las primeras 35 legisladoras que asumieron en la Provincia entre 1952 y 1954. Desde 2017 hace columnas en radio y televisión, y hoy la rompe en sus columnas mensuales en Gelatina (el clamor popular pide más).

Para empezar, discute el término divulgación. “Quiero desnaturalizar la existencia de la palabra, porque no existió siempre para referirse a la circulación social de la historia. En los 60, en los 70, todo lo que se llamó el revisionismo histórico vendía cantidad de libros, de los más masivos. El propio Bartolomé Mitre escribió antes, y mucho, sus libros circularon un montón y además tenía una voluntad política en su narración. Pero no se le ponía el nombre de divulgación”, plantea la historiadora.

Para ella, no se trata de una técnica, de “hacer simple lo complejo”. “A mí me gusta discutir con esa idea. Me parece que la divulgación tiene su especificidad, que no es cuestión de decir en lenguaje sencillo lo mismo que se produce en el campo académico, sino que son otras preguntas que hay que hacerse, que es otra tonalidad, que se consultan otras fuentes, otros libros, otras voces”, plantea.

Lo interesante de incorporar la historia en la discusión pública es otro desafío. “Tiene que ver con cómo pensamos desde el presente, con la especificidad de esta coyuntura. Lo que se pone en juego es mucho más el vínculo entre el pasado y el presente”.

Por eso, insiste en que es un trabajo que una y otra vez reabre la historia. “El pasado nunca está cerrado del todo. Por más trabajos académicos que haya, por más investigación que haya, siempre hay un presente que vuelve a abrirlo y encontramos cosas nuevas”.

Menciona, justamente, lo que ella descubrió para su columna de los bombardeos a Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955. “La resistencia que hubo dentro de la Casa de Gobierno, con esos 70 granaderos, es algo que en mi propia formación como historiadora, nunca había leído, y nunca había trabajado. Entonces, el trabajo de divulgación es una forma de seguir formándose. Es una manera de seguir investigando y compartir con otros y otras esas cosas nuevas que uno encuentra”, continúa.

Cuando se le pregunta por una genealogía, Rosemberg menciona a divulgadoras históricas bastante olvidadas en el presente. Vera Pichel es su primera referencia. Evita íntima y Las cuarteleras: cuatro mil mujeres en la conquista del desierto, son dos de los libros que escribió.

“Vera Pichel está ligada al grupo de las primeras mujeres peronistas. Empieza a escribir en esos años, se identifica con Eva, la conoce. Con el correr del tiempo, se convirtió en una historiadora de divulgación y por ejemplo, tiene uno de los primeros libros sobre Encarnación Ezcurra. Es una mujer que piensa la historia con perspectiva de género ya en los 50, 60. Es un antecedente que me interesa muchísimo, sobre todo porque le interesaba que la historia no quedara como un reducto de especialistas”, rescata Rosemberg.

También menciona a Estela Dos Santos, autora del libro Las mujeres peronistas, publicado en 1983. “Hay algunas mujeres que se interesaron por estas preguntas en las décadas anteriores y que a mí me parece recontra importante porque en muchos casos, además, eran voces solitarias. Lo que permite este presente es encontrarse dentro de una trama mayor”, sigue la historiadora.

Lo que traen las nuevas olas

Pupina Plomer investiga la historia colonial, y reconoce un momento histórico en el que ella se hizo la pregunta por las mujeres.

“Es muy difícil ver género por el tipo de fuentes que manejamos, pero mi interés empezó por mi militancia feminista en el 2017-2018. Me empecé a hacer preguntas sobre mi propia práctica profesional, donde me encontré con un montón de contradicciones de saber un montón sobre temas en general y, como feminista, no conocer nombres o procesos que involucraron a las mujeres”, rememora.

Esas preguntas hoy se expresan en todo su trabajo, ya sea en los reels que comparte en redes sociales pero también en su participación en los medios. Y en Historia y Mujeres, el unipersonal que la lleva por todo el país, donde concurren chicas con sus madres, todas interesadas en escuchar su mirada.

Perochena valora las investigaciones sobre “historia de género, sufragio femenino, historia de las mujeres” y menciona a Dora Barrancos como una pionera, y también a Carolina Barri, Silvana Palermo y la propia Beatriz Bragoni, a las que sitúa como “una generación que vino después”.

En su práctica, no elige ese campo. “No hago historia de género o historia de las mujeres. Si bien mi principal objeto de estudio fue Cristina Kirchner, una mujer, pero es un objeto que miro desde el punto de vista de la memoria y los usos del pasado, más que de la cuestión de género”.

Considera que “hay cosas muy interesantes que se están haciendo y se hicieron en los últimos años sobre el rol de las mujeres en la historia que me sirve leer cada vez que tengo que divulgar”. Pero también considera “importante” que haya mujeres “hablando de cosas que no sean mujeres”.

“También podemos hablar de inflación y de relaciones entre presidentes y gobernadores. A veces se asume algo que quedó medio viejo, que las mujeres hablaban de mujeres. Para mí está bueno ocupar ese espacio y hacerlo lo más diverso posible”, plantea.

En cambio, a Cata Cabana fue su práctica de investigación la que la llevó a descubrir el silenciamiento, y también a encontrar una causa política. “Armé un proyecto que se llama Género Tango. Era una cuestión personal, empecé a bailar tango en el mismo momento en que empecé a estudiar historia, eran dos caminitos que se iban vinculando”, relata su recorrido.

En la Facultad, cuando quería investigar sobre tango, le respondían que no eso “no le importaba a nadie”. Y ella se preguntaba: "¿Cómo puede ser que nuestra cultura no le importe a nadie?”.

También decían que el tango es cosa de hombres, colocaba a las mujeres en lugares marginales. “En la Buenos Aires de principios del siglo XX, veo unas mujeres fuertes, jefas de familia, madres solteras con hijos. La mamá de Gardel era madre soltera, mujeres que no solo van a ser prostitutas, sino que también hay costureras, herreras, maestras, enfermeras, o sea, mujeres haciendo un montón de cosas, en una ciudad donde hay más mujeres que hombres, además”, destaca hoy.

Así, empezó a “desarmar esos mitos”. A ella le parecía “super violento cómo borraban a la mujer o cómo la ponían de accesorio”. Siempre con fuentes documentales, encontró otro camino. “Empecé a encontrar que había orquestas de mujeres, orquestas de señoritas, directoras de orquestas. Los primeros tangos fueron escritos para que los canten mujeres”.

Se preguntó cómo se pudo sostener tanto tiempo la argumentación del tango como cosa de hombres. “Empecé a pensar el tango en un contexto de historia argentina y en qué momento también el tango empieza a ser maltratado, casualmente a partir del golpe del 55, que odia a Evita y la quiere borrar de todos lados. Y si voy a borrar a Evita, voy a borrar a todas las mujeres que estuvieron cerca de ella, muchas cantaban tango y entonces voy a empezar a sacar a las mujeres. Entramos en un contexto argentino puramente militarizado, donde el hombre es el que manda y la mujer se queda en su casa”.

En ese libro imprescindible que es Eva y las mujeres, Rosemberg cuenta esa historia. Cuando coordinó el proyecto Muchachas bonaerenses, sobre las primeras 35 legisladoras que hubo en el país entre 1952 y 1955 (del que surgió un libro), también descubrió que había un vacío. “Haciendo esa investigación, nos encontramos que el período de la segunda gobernación del peronismo en la provincia de Buenos Aires estaba muy poco estudiada. Entonces, tuvimos que ir a estudiar esa gobernación, el período en el que actuaron políticamente, para poder estudiar a esas mujeres. Las preguntas también te van llevando a una pregunta histórica más general, que no es solamente un agregado de figuritas, sino que son preguntas más densas sobre la historia las que permiten una perspectiva de género. Eso es lo interesante y lo difícil de encapsular”, plantea Rosemberg.

Para ella, el principal desafío para las historiadoras es que la perspectiva de género no sea “una moda más, como tantas modas académicas que toman lo que pasa en la calle, en lo social, y demás. Que no sea que durante algunos años se agrega un capítulo que diga las mujeres del período, sino que efectivamente sea un cambio de perspectiva”.

“Me parece buenísimo que haya biografías que antes no se reponían, como la de Remedios del Valle, como Juana Azurduy. Me parece como desafío también que eso se traduzca en una perspectiva, de cómo se concibe la historia más en general, que no sea solamente mantener una narración de la historia a la cual le agregamos como si fuese un álbum de figuritas, nombres propios, sino que las preguntas en sí tengan un enfoque donde esté la historia de las mujeres, de la diversidad, la historia en clave de género”, considera. Para ella, se trata de una pregunta que debe ser “constitutiva a nuestra propia mirada sobre el pasado”.

Un debate: entre usos y vinculación necesaria

Rosemberg considera “un desastre” el ataque a Perochena, pero también quiere señalar “un matiz” con respecto a la visión de la historiadora. “Cuando dice que Posse está ahí como militante político y eso no es bueno para el funcionamiento de los museos, a mí me parece que la impugnación tendría más que venir por un lado de que está apalancado por Ricardo Bussi, que tiene la mirada negacionista, por ser hijo de genocidas. Creo que la condición de militante político no te inhabilita para ningún rol en ninguna esfera de la vida. Es como creer que alguien que hace ciencia puede casi quirúrgicamente dejar de lado sus posicionamientos políticos. Eso ya está descartado por todo tipo de mirada, hasta psicoanalítica”, discute Rosemberg.

“En momentos donde hay tanta persecución a militantes políticos, salir a decir que un militante político no puede hacer un buen trabajo en un museo me parece que no es lo ideal. Porque además ha habido militantes políticos que han hecho excelentes trabajos en el Estado, como otros que han hecho pésimos trabajos en el Estado”, sigue.

Para ella, no existen los usos de la historia, sino que su interpretación es una condición intrínseca en su desarrollo. “No creo que la ciencia sea la poseedora de la historia y lo que hace la política, o la comunidad, es ultrajarla. Para mí es parte constitutiva, la política está vinculada con la historia, es natural y va de suyo. No veo que ahí haya una degradación, son vínculos que van de la mano”.

La mirada de Perochena es bien diferente. “Entiendo que los políticos usen el pasado, porque cuando usan el pasado hacen política. Ahora, también los políticos tienen que entender que el espacio público es un espacio plural y que los mitos que ellos construyen sobre el pasado pueden ser cuestionados, pueden ser cuestionados por otros políticos, pero también pueden ser cuestionados por historiadores que se dedicaron a trabajar esos temas durante décadas y que se acercan a esos temas con una aspiración que no es una aspiración militante, sino que es una aspiración historiográfica de búsqueda de la verdad”, señala.

En todo caso, resulta “muy importante que el presidente entienda que su mirada sobre el pasado no es la única, no es la verdad absoluta y que desde el Estado tampoco se tiene que buscar imponer una verdad absoluta sobre el pasado. Entonces, hay que aceptar la pluralidad de miradas sobre el pasado y en ese sentido, aceptar que alguien puede cuestionar su mirada sobre el pasado”.

Para Perochena, “esa dosis de pluralidad es necesaria en democracias liberales” y “eso es algo que muchas veces a nuestros presidentes se les hace muy difícil de aceptar y tolerar”.

Rosemberg no se opone a los mitos, justamente porque entiende que el pasado forma parte de la construcción política del presente. “Creo que las batallas culturales, como se les da en llamar, están en todos los gobiernos, son parte de la misma esfera social y política de toda comunidad”.

Sí cuestiona la mirada oficial. “En este caso se tiene una mirada a la historia más cercana al mito. Decir que Argentina fue primera potencia a fin del siglo XIX tiene más que ver con un mito que con una realidad histórica”, plantea.

¿Por qué ensalzar una y otra vez ese mito?

Además de construir un pasado de grandeza al que volver, es una forma de demonizar la participación de sectores populares en los procesos políticos, y alimentar el relato -que fue tan fecundo para el macrismo, tanto que lo sobrevivió- que asocia la decadencia argentina a la experiencia peronista.

Es también por eso que Julia Rosemberg recupera a las divulgadoras peronistas. “Hay una larga trayectoria de mujeres que entienden que la narración histórica es parte de una disputa política, y eso me interesa ponerlo sobre la mesa, porque en el presente también se señala -desde algunos lugares- que la historia no tiene que ser parte de una narración política y me parece que lo que muestran estos escritos y esta genealogía es cómo la historia siempre está atravesada por disputas políticas sin que esto implique decir que esas narraciones son menos rigurosas. Para mí, la rigurosidad y la mirada política no son dos cosas que se excluyan, se puede ser riguroso y a la vez tener una mirada política de la historia”.

Fuente: Las/12

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