Mostrando las entradas con la etiqueta Mujeres Adultas Mayores. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mujeres Adultas Mayores. Mostrar todas las entradas

noviembre 04, 2023

Kiti Mánver: “En España la Iglesia siempre ha tenido poder, y a una mujer que quería disfrutar se le llamaba guarra”

La actriz recoge la Espiga de Honor de la Seminci y estrena su nueva película, 'Mamacruz', donde habla de la sexualidad en mujeres mayores

Kiti Mánver posa en Valladolid, donde recoge la Espiga de Honor y presenta la película 'Mamacruz' Seminci Oficial

La fuerza de Kiti Mánver es contagiosa. No es una fuerza que se base en la demostración y la exhibición, sino que está de forma tranquila en cada respuesta, en cada declaración. Con 70 años, vive un momento dulce en una industria donde no siempre se sintió a gusto y de la que incluso pensó retirarse varias veces. Menos mal que no lo hizo. Se hubiera perdido la carrera de una actriz que ha dejado papeles inolvidables con los mejores directores de la historia del cine español de las últimas décadas. Almodóvar, Urbizu, De la Iglesia, Gutiérrez Aragón… 

Después de haber hecho todo, se podría pensar que a Kiti Mánver le apetecen los papeles cómodos, estar en eso que todo el mundo define como ‘zona de confort’. Y sin embargo, ahora protagoniza una película como Mamacruz, sobre la sexualidad femenina en las personas mayores y que llega las salas este viernes 27 de octubre. Si el año pasado era Emma Thompson la que rompía tabúes con su desnudo en Buena suerte, Leo Grande, y Petra Martínez con su discurso sobre la masturbación en los premios Feroz, esta temporada le toca a la española convertirse en un icono que clama por la diversidad de cuerpos, por el disfrute sexual a cualquier edad y por liberarnos del peso del catolicismo que reprime el deseo.

Para celebrar un momento tan rico, recoge la Espiga de Honor en Seminci. Un premio que reconoce una carrera a la que le quedan muchos tiros que pegar y muchas barreras que derribar.

Un premio como este obliga a pensar en su carrera…

Sí, me hace pensar que no lo he debido hacer tan mal. Aunque ha sido duro, de alguna manera estaba acertada en el camino. Digo que ha sido un poco más duro porque me he metido a productora también, y estar interpretando y a la vez llevando la furgoneta y hacer carga y descarga era durísimo, pero si tienes vocación, ese es el motor que tira de todo. Cuando un festival de este prestigio te da la Espiga de Honor pienso: ‘mira tú, algo has hecho bien’.

Ha dicho eso de la furgoneta y me ha recordado a la mítica imagen de los cómicos de pueblo en pueblo.

Sí, pero esto es una práctica que cada vez que alguien joven me pregunta por la profesión se lo digo. No os quedéis esperando el teléfono ni a ese representante que no se sabe cuándo va a surgir. Hay que estar siempre haciendo cosas, produciéndoos a vosotros mismos, aunque sea con cuatro trapos, porque ese camino siempre es rico, te enseña, y te hace conocer muy a fondo la profesión. Mucho más a fondo que si te dedicas solo a interpretar.

¿Ha cambiado mucho la profesión desde que empezó?

En cuanto a eso de buscarte tu propio trabajo, esto se ha hecho siempre. Cuando yo era jovencilla se llamaba teatro independiente, y afortunadamente, gracias a ellos podíamos ver montajes interesantísimos de cosas que la censura no nos dejaba casi nunca. Hicieron un trabajo magnífico. Yo llegué un poquito tarde a eso. Era una generación un poco más jovencilla, pero a partir de los 25 tuve la suerte de caer en manos de unos seres estupendos para mí, porque me arrastraron a eso y empecé produciendo El sueño de una noche de verano. Éramos cuatro personas y curramos… No te lo quiero ni contar. Y eso siempre lo ha habido y siempre lo habrá, porque habrá gente a la que su inquietud le lleve a moverse y a buscarse la manera. Es sangrante que no haya más apoyo al respecto, que haya tanta penuria. Pero bueno, cuando tienes vocación, buscas la manera de hacer textos que no vas a hacer nunca de otra forma.


He tenido ofertas cuando era más joven de cosas que yo no me veía con el peso específico para hacerlo y he dicho que no. Eso es lo que se llama vulgarmente cagarse de miedo
Kiti Mánver — Actriz

Le he leído decir varias veces que no decidió ser actriz, ¿actriz se nace o se hace?

Las dos cosas. Yo siempre cuento una imagen que tengo grabada totalmente en mi cabeza y sobre la que mi madre me decía: “¿Pero cómo te puedes acordar de eso si tenías tres años?”. Pues sí, me acuerdo de que pasamos frente a una academia de baile que estaba cerrada. Fíjate si era chiquitita que hice así [agacha la cabeza] y vi que estaba echado el cierre y me asomé. Oí una música y estaban allí dando una clase de flamenco y yo me quedé con los ojos abiertos. A esa imagen podríamos echarle la culpa de que sea actriz, pero es por echarle la culpa a algo, porque en realidad es una cosa que ha sido bastante natural. Luego, a los 16 pude acceder ya también a trabajos profesionales. Me hicieron unas pruebas, lo que se llamaba el meritoriaje y, a partir de ahí, cuando hice ya mi tercera película y ya había hecho dos obras de teatro y tres películas me dije: “Esto está muy bien, pero tú no vas a estar aquí”. Es como que inmediatamente noté que me faltaban herramientas y ya empecé a formarme de muchas formas, con muchas cosas. Hice muchas técnicas porque el aparato nuestro, tanto la voz como el cuerpo, hay que formarlo.

O sea que con talento no vale. Hay que formarse.

En mi caso, desde luego, a mí no me bastaba. Notaba que me faltaban armas, que necesitaba crecer. Y eso te lo da el tener técnicas que tú vas adquiriendo y que van formando parte de ti. Nunca se me olvidará una anécdota. Yo tenía todavía un poco de acento andaluz porque, aunque vivo en Madrid desde los 13 años, tenía un poquito de acento y estaba dando clases de dicción. Llegó mi amigo Paquito Algora, un actor maravilloso que me hizo mucho bien, fue un angelito de la guarda para mí en mis comienzos, y me dijo, ‘se te nota un poco que estás pronunciando’. Pues eso era una técnica, y todas las técnicas terminan formando parte de ti y ya están incluidas, pero lo que hacen es hacerte crecer.

¿Hay un momento en el que pensó: 'Ahora sí que lo he logrado'?

Esa frase de “lo he logrado” yo no la he dicho nunca, porque me parece muy peligrosa. Lo que he dicho es “ah, por esto estoy yo aquí”. Yo me había retirado varias veces de la profesión, porque no encontraba mi sitio. Era una borrica. No entendía. No encontraba. Y me asustaba mucho. Y de pronto llegó Miguel Narros, me hizo una prueba y me contrató para hacer la hijastra de los Seis personajes en busca de autor de Pirandello, con una dirección que no te puedes imaginar lo buena que era. Él me sacó. Yo me tiré a la piscina definitivamente. Y entonces dije yo, 'sí señor, esto sí tiene sentido'. No es que lo lograra, sino que noté que eso era por lo que yo estaba aquí. Esa certeza de que era ese el camino.

Kiti Mánver junto a Patricia Ortega en un momento del rodaje de 'Mamacruz' Julio Vergne

Al revisar su carrera, ¿de quién ha aprendido más? Ya ha mencionado unos cuantos nombres.

En el discurso de la Espiga de Honor no voy a nombrar porque son nombres que la gente ni los va a reconocer. Diré que son un montón de personas. Además, ellos lo saben y se lo diré, porque es algo que hay que agradecer. Agradecer te hace tanto bien... Pero sí, hay gente como Luciano Berriatúa, historiador, director de cine, con el que he hecho dos películas, que es un sabio y que cuando le he pedido consejo enseguida ha sabido qué decirme. Y gente también que me ha criticado. Tengo un amigo en concreto, con el cual también he trabajado, que me ha hecho unas críticas muy duras. Y yo pensaba “menudo hijoputa”, pero no sabes cómo se lo agradezco, porque la gente que es capaz de decirte las cosas de verdad te está haciendo un favor. Si tú estás esperando a que te digan que eres estupenda, la has cagado totalmente.

No es fácil decir las cosas duras.

Es difícil, pero hay que decirlas porque. Porque si no, nunca te vas a dar cuenta. Además, esta es una profesión en la que nos encanta halagar a todo el mundo, y probablemente exageremos. Son cantos de sirenas y es muy peligroso, así que está bien tener gente que te haga crítica.

¿No hay ningún proyecto al que se arrepienta de haber dicho que no?

No, yo he sido muy prudente. De hecho, he tenido ofertas cuando era más joven de cosas que yo no me veía con el peso específico para hacerlas y he dicho que no. Eso es lo que se llama vulgarmente cagarse de miedo. Yo he ido poco a poco, he ido paso a paso, pero arrepentirse no sirve para nada. Mejor aprender de algo que no has hecho bien. 


Yo pertenezco a la generación de los hippies, del amor libre. Los hippies trajeron mucha luz a España, sobre todo con respecto al amor y a desafiar esa mojigatería tremenda que había
Kiti Mánver — Actriz

Este premio llega en un momento muy bueno profesionalmente. Hizo El inconveniente, tuvo una nominación al Goya, está de gira con la versión teatral, y ahora estrena Mamacruz, ¿cómo valora este momento?

Pues muy dulce. Lo que estoy haciendo ahora es aprender a estar un poco más conmigo, con mi huerto, con mis cosas supersencillas que las necesito para equilibrar un poco mi hiperactividad. Yo he hecho mucha producción y se quiere todo para hoy, o para ayer, y ahora estoy buscando una cierta tranquilidad y viviendo con muchísimo gozo todo esto que me viene, pero también sabiendo que esta es una profesión en la que de pronto estás arriba y de repente desapareces. Por eso no hay que creérselo nunca. Los premios son maravillosos porque dan mucha vidilla, mucha energía, sirven para promocionar durante unos días el trabajo que estás haciendo… Pero hay que tener mucho cuidado porque como te lo creas… Hay que buscar siempre el equilibrio para salir al escenario. Hay que creérselo un poco, tener el ego un poquito subidito y luego que no se te pegue.

Mamacruz es una película valiente sobre la sexualidad en personas mayores, ¿le costó decir que sí?

No me costó nada. Solamente por el hecho de que Patricia Ortega quisiera contar y visibilizar esto que le pasa a montones de mujeres, que están sepultadas, que llevan toda su vida de cuidados, primero al marido, luego a los hijos, luego los nietos, la casa, la administración… que están dando y ofreciendo toda su vida para dar y que van sepultando sus propios deseos y todo el potencial que tienen para, además de ser madre, ser mujer, ser persona, ser profesional de algo a cierto nivel.

Pero es verdad que la sexualidad femenina, por desgracia, sigue siendo un tabú, y a partir de una edad, más tabú.

Claro, porque no te olvides que en España la Iglesia siempre ha tenido mucho poder, y una mujer que dijera que quería disfrutar o que se supiera que disfrutaba era una guarra directamente. Ese era el calificativo. Y ya una mujer mayor… ya eso era una endemoniada total. Lo hermoso de esta aventura preciosa de Patricia Ortega, a la cual nunca le agradeceré lo suficiente en toda la vida, es que es una mujer creyente que sigue siendo creyente, que no tiene conflictos con el marido, le quiere, y con el primero que quiere satisfacer sus deseos es con su marido. Pero también es religiosa, y se le empiezan a plantear un montón de dudas y conflictos internos. Y todo con un estilo muy elegante, muy comedido y muy minimalista pero que está lleno de cosas, de bombitas que van explotando. Creo que está conectando con la gente y con la gente joven, porque nos toca a todos.

Kiti Mánver junto a Patricia Ortega (i) y Silvia Acosta (d), directora y actriz en 'Mamacruz' Seminci Oficial

Ha mencionado que nosotros venimos de un país donde el catolicismo estaba muy presente. ¿Usted como mujer ha vivido esa represión que, sobre todo en el franquismo era muy presente, o era un poco un verso suelto?

Yo pertenezco, aunque ya soy vieja, a una generación que eran los hippies, y eso era el amor libre. Los hippies trajeron mucha luz a España. También trajeron otras cosas que no molaban tanto, pero con respecto al amor y desafiar esa mojigatería tremenda que había, fue maravilloso, fue una época preciosa. En mi casa nunca ha habido esa represión, han sido bastante más abiertos. Por supuesto te decían eso de ten cuidado, con quién vas… lo típico, pero no había represión.

Yo cada vez que oigo esas barbaridades de ‘ni feminista ni machista’… pero por favor, si es que no comprendéis que no puedes comparar los ismos, que uno persigue la igualdad y el otro es la hegemonía, es ponerte el pie y retorcerte el pescuezo

Quienes están tratando estos temas en la ficción son las mujeres, las directoras, ¿se nota ese cambio en los temas y en cómo abordarlos?

Claro. Mira este año, que está la cosa calentita con pelis preciosísimas de mujeres y estamos empezando a ver cosas que antes no veíamos, porque la perspectiva de una mujer es muy necesaria. Pero no solo en el cine, sino en todo, en la política, porque la visión de la mujer es la que es necesaria. Es una evidencia, no se puede seguir confiando en ese modelo de patriarcado que ya sabemos hasta dónde nos está llevando. Y hay muchísimos hombres y muy importantes que están de acuerdo. Hace unos años Kofi Annan dijo que era absolutamente necesario y urgente que la mujer tomara puestos de responsabilidad en los gobiernos. Porque es otra manera de concebir el mundo. La mujer está muy acostumbrada a administrar muy bien, a repartir más solidariamente. El reparto sería más justo. Y claro que hay locas y psicópatas también, pero en general la presencia de la mujer nos va a hacer bien a todos. Yo cada vez que oigo esas barbaridades de “ni feminista ni machista”… pero por favor, si es que no comprendéis que no puedes comparar los ismos, que uno persigue la igualdad y el otro es la hegemonía, es ponerte el pie y retorcerte el pescuezo.

Fuente: El Diario.es

septiembre 15, 2023

La industria cosmética: no es activismo, es edadismo


El edadismo como concepto se está poniendo de moda. Muy recientemente, la empresa Zara contó con la actriz de 65 años Angela Molina para lanzar una campaña publicitaria, y la empresa cosmética Oil of Olay se ha propuesto acabar con la “tiranía del edadismo”. Este publirreportaje en la revista Glamour insta a “abrazar nuestra edad” y a apostar por el “well-aging” (una invención del marketing que significa envejecer bien) mientras el texto del articulo nos provee con algo de contexto sobre el edadismo y como nos afecta. Este tipo de iniciativas me ponen muy nerviosa, porque veo un esfuerzo del capitalismo por apropiarse de un término que denuncia una discriminación, para diluir su significado, y que al final, nada cambie. Además, este formato de publirreportaje puede confundir a las lectoras, ya que mientras la forma es el activismo, el fondo es lo mismo de siempre, el vender productos. Por otro lado, la marca de cosméticos L’Oreal es famosa por poner en sus anuncios a veteranas actrices y personalidades como Helen Mirren o Jane Fonda. Este artículo en El País sugiere que estas iniciativas son empoderadoras para las mujeres maduras y ayudan a desmantelar el edadismo reinante. Una doctora en tal articulo comenta que la “madurez implica aceptación” para inmediatamente enumerar las operaciones de estética más populares entre las mujeres de mediana edad: no veo mucha aceptación en el gesto de mutilar nuestros cuerpos y caras, la verdad.

La escritora y filosofa Audre Lorde escribió una vez “las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”. Una de las explicaciones que se han querido dar a esta famosa frase es que no es posible eliminar un problema usando las mismas herramientas que lo crearon. Estoy de acuerdo con esta definición, la cual me parece muy acertada pero más me gustaría que la industria de la cosmética la leyera, la entendiera y dejara de usar el edadismo para, con la excusa de hacer una especie de activismo pasado por agua, vendernos productos. Creo que una industria que se ha hecho rica a costa de fomentar complejos entre las mujeres no tiene derecho a denunciar ni luchar contra el edadismo.

Es por esto que cuando leo, en Glamour que “según el estudio de OLAY, 3 de cada 4 consideran que el edadismo las castiga más que a los hombres, y un 83,1% afirman que la presión por mantenerse jóvenes resulta superior a la de los hombres, máxima que tiene mayor calado entre las mujeres menos entradas en edad,” me dan arcadas, ya que Olay, como el resto de la industria cosmética y los medios dirigidos a chicas jóvenes, llevan desde hace ya generaciones presionándonos con el miedo a envejecer, y ese miedo no es otra cosa que edadismo. Es esta una tendencia que se está acelerando en esta sociedad tan enganchada a pantallas, las cuales muestran fotos de cuerpos y caras perfectos, donde existen cosas como una aplicación de Tiktok llamada “Aged” (envejecido) que muestra cómo serán nuestros rostros dentro de unos años, para el horror de muchas y muchos. Mirando las expresiones de sorpresa y genuino desagrado al comprobar los supuestos efectos de la edad en las caras de muchas jóvenes, compruebas como tantas personas relacionan el envejecer con la fealdad, con la decrepitud, con algo no deseado en lugar de lo que es, simplemente el paso del tiempo, otro momento en la vida de una persona.

La industria de la cosmética no solo aprovecha este miedo para vender, sino que lo potencia. Es esta una estrategia de ventas desalmada, que pone las ganancias por encima no solo del edadismo, sino de la salud mental de la gente joven y no tan joven, ofreciendo una versión distorsionada del aspecto físico. En efecto, la industria cosmética, no contenta con hacer que la mujer de mediana edad odie su cara y cuerpo, está haciendo lo mismo con chicas cada vez más jóvenes. En esta website (en inglés) de tratamientos de belleza, una doctora mete miedo a chicas en sus veintipocos años, recordándoles que nunca es tarde para empezar tratamientos como Botox y rellenos para envejecer “mejor”. Este otro artículo (también en inglés) asegura que, en Estados Unidos, 20% de las personas que usan Botox tienen de 30 a 39 años, y cada vez se usa en edades más jóvenes, ya que muchas chicas piensan que puede prevenir arrugas. De hecho, hay un libro en el mercado, Botox Nation, cuya escritora, Dana Berkowitz analiza como la industria de la cosmética y la cirugía plástica están vendiendo el Botox a mujeres cada vez más jóvenes. Es esta una estrategia que dará pingues beneficios económicos, ya que los efectos del Botox desaparecen al cabo de unas semanas. Retoques frecuentes son necesarios para conseguir un cutis sin arrugas; el objetivo es lograr clientas de por vida y cuanto más pronto empiecen, más dinero se gastan. Ese pavor a las arrugas es un claro y tremendo ejemplo de edadismo.

Oil of Olay puede hacer todos los publirreportajes que quiera, porque la verdad es que no quiere que “abracemos nuestra edad”, quiere que nos acomplejemos cada vez que nos miramos en el espejo para luego vendernos cremas, la marca de cosmética The Body Shop puede quitar términos aludiendo a la juventud de los nombres de sus productos para no ofender y L’Oreal puede seguir incluyendo a Jane Fonda en sus anuncios, que estos gestos no dejan de ser simbólicos y se han creado para vender; no solo no combaten el edadismo, sino que tienen el preocupante potencial de erosionar su significado. El negocio de los productos de belleza, como tantos otros, se apunta a cualquier tendencia, tanto si es un diluido feminismo o el edadismo, para parecer guay y moderno y para ganar dinero. Teniendo en cuenta el papel de esta industria a la hora de crearnos inseguridades con nuestro físico con el objetivo de beneficiarse económicamente, estas iniciativas solo pueden ser calificadas como una gran hipocresía y postureo.

Y es que, aunque la industria de la cosmética se vista de seda, edadista se queda.

Feminista, profesora de inglés y antes profesional del marketing. Vive actualmente en Cádiz tras más de veinte años en Estados Unidos, cuatro en Reino Unido y tres en Japón.
Fuente: Tribuna Feminista

julio 24, 2023

Adiós a los mitos de la menopausia: la rebelión de la mujer madura

Despojadas de su papel reproductivo y pertrechadas en la experiencia acumulada, cada vez más mujeres afrontan el climaterio sin renunciar ni a su posición ni a su deseo


Después de una lucha sin cuartel, la mayor parte del tiempo con una doble jornada, gestionando la vida profesional en condiciones adversas y la doméstica con notables dosis de culpabilidad por no llegar a todo, llega la línea simbólica de la cincuentena y todo parece saltar por los aires. La edad corre para todos, pero los hombres no tienen una meta volante tan explícita como la retirada de la regla y, dado que la identidad social de las mujeres se ha construido a lo largo de milenios en torno a la fertilidad, cuando esta decae, parece que todo se derrumba. De repente, la escalera que subía comienza a bajar. Incluso las mujeres que ya han conquistado una habitación propia, como reclamaba Virginia Wolf, son invitadas a retirarse.

Pero muchas de esas mujeres, protagonistas de la mayor revolución de la historia, no se resignan a quedar sepultadas bajo el estereotipo del atractivo y la capacidad menguante, bajo las normas no declaradas de un edadismo que sutilmente les dice que vayan saliendo. No han conquistado tanto terreno factual y simbólico en el espacio público para aceptar volverse invisibles sin resistir. Pertrechadas en el conocimiento y la experiencia acumulados, cada vez más mujeres afrontan esa nueva etapa sin renunciar ni a la posición ni al deseo. Es la rebelión de la edad madura.

Con suerte, a una mujer sana, en el momento en que se le retira la regla le queda por vivir tanta vida como la que ha vivido con ella. ¿Por qué habría de aceptar el camino de la invisibilidad? En 2019, cinco mujeres, todas ellas profesionales muy activas —Maria Rosa Benedicto, Sara Berbel, Maribel Cárdenas, Estrella Montolío y Ester Pujol— quisieron salir al paso de lo que se les venía encima con un libro que titularon Imbatibles. La edad de las mujeres. Su propósito era lanzar una contranarrativa sobre la etapa de madurez y llamar a las mujeres a impugnar, allí donde estén, “la asociación entre edad y derrota”. Por supuesto que iban a abordar los cambios físicos que trae, aunque no siempre, el climaterio: sofocos, pérdida del deseo sexual, sequedad vaginal, aumento de peso y emociones a flor de piel, pero también lo que más temían de esa nueva etapa: “La falta de respeto, de credibilidad, el miedo a ser desplazadas al almacén simbólico de los productos caducados”.

Creían que las mujeres de su edad necesitaban un revulsivo como lo fue en los años setenta la obra Our Bodies, Ourselves (Nuestros cuerpos, nuestras vidas), del Colectivo de Mujeres de Boston, que en 1971 invitaron a sus coetáneas a impugnar la falta de control sobre su cuerpo y reivindicar su propia sexualidad y su propio deseo. Aquella revolución cambió la vida de las mujeres jóvenes. Queda por romper el relato del climaterio como el punto de partida de la mujer declinante. Ni abuelitas indefensas ni brujas amargadas. Quieren ser simplemente mujeres que envejecen con alegría, tan plenas y atractivas como antes y orgullosas de su experiencia y sus arrugas.

“La identidad femenina está todavía medida por la mirada masculina”

Maribel Cárdenas, política

Las imbatibles pronto se dieron cuenta de que estaban pinchando en hueso porque, siendo varias de ellas autoras que habían publicado antes sin problema, con ese libro tuvieron que peregrinar para encontrar editorial. “La tesis les parecía demasiado disruptiva. No sabían dónde colocarlo”, recuerda Estrella Montolío, catedrática de Lengua e investigadora sobre Comunicación en la Universidad de Barcelona. Desde luego, la tesis no encajaba con la manida etiqueta de la autoayuda, que tanto vende. Cuatro años después, Sara Berbel, que acababa de dejar el cargo de gerente del Ayuntamiento de Barcelona, cree que es una rebelión aún bastante silenciosa, pero irá a más. “El tema está en la conversación pública y ha servido para poner el foco en el problema de edadismo, que sufren también los hombres, pero especialmente las mujeres”.

Así lo cree también Maribel Cárdenas, directora de uno de los centros monográficos de recursos para mujeres, innovación y economía feminista más relevantes de España, La Ciba de Santa Coloma de Gramenet, y directora de Políticas de Igualdad de esa ciudad que lidera desde hace años con mayorías absolutas la alcaldesa Núria Parlón. Cárdenas cree que hace falta una resignificación de cómo se transita hacia la vejez. “La identidad femenina está todavía mediada por la mirada masculina. Cuando no encajas en el ideario de esa mirada, pierdes todo el valor y, con él, el respeto. La suma de edadismo y sexismo es una expresión más de la desigualdad en algo que es irremediable, como es el paso del tiempo”.

EVA VÁZQUEZ


Especialmente dura es esa presión en el caso de las mujeres directivas. “A los 28 te preparas para comerte el mundo, y sabes que te exigirán un alto precio. A los 58 te dicen que lo que has logrado no importa. Después de tantos años de esfuerzo por alcanzar posiciones destacadas, has de volver a luchar por no perder valoración y respeto”. Quien así se expresa es Esther Nin, directora de la Asesoría Jurídica Internacional del Banco de Sabadell. Cree que a los 50 las mujeres están en plenitud de su capacidad. Han llegado a esas posiciones a pesar de haber sufrido una doble presión, en el campo profesional y el campo del deseo, del atractivo, y justo cuando están en condiciones de recoger los frutos, cuando por fin han dejado lastre porque ya no tienen tantas obligaciones, surge una nueva barrera invisible: la de la edad. “De repente, los méritos desaparecen de la ecuación y has de volver a disciplinarte, no para llegar a ser, sino para no desaparecer”. Que en la sociedad del rendimiento se desperdicie toda la inmensa reserva acumulada por las mujeres no solo es injusto, sino ilógico.

Susan Sontag ya advirtió en 1972 en The Double Standard of Aging (El doble rasero del envejecimiento) que a partir de los 50, pareciera que los hombres maduren mientras las mujeres envejecen. Lúcida y rebelde hasta con la muerte, Sontang llamó a desobedecer la convención por la que hacerse mayor empodera a los hombres mientras destruye paulatinamente a las mujeres. Pero para romper esa convención y poder envejecer con asertividad hay que encarar bien el tránsito de los 50. Anna Freixas llama a la fase del climaterio “la edad de la renovación”. Después de escribir Sin reglas, sobre la liberación que implica dejar atrás la edad fértil, y Tan frescas, con prólogo de Rosa Regàs, sobre cómo una nueva generación de mujeres mayores, “las hijas del rock and roll y del feminismo”, rompían moldes y estereotipos, insistió en 2021 con Yo, vieja, un nuevo ariete contra las convenciones en el que, desde sus 75 años y con una larga trayectoria como profesora de Psicología Evolutiva en la Universidad de Córdoba, reivindica el derecho de las mujeres a una vejez libre, confortable y afirmativa, que no se oculta ni pide perdón por estar ahí. Lo considera la versión punk de Tan frescas, publicado en 2010, y lo que más le ha sorprendido es que “interesa a las mujeres mayores, pero sobre todo a las de 50 y a muchas de 40″. Decir la verdad con humor penetra mejor. También le ha deparado sorpresas agradables, como la de aquella pareja de mediana edad con la que se cruzó en la calle Ancha de Cádiz, ella ligeramente más alta y con su brazo sobre el hombro de él, que al cruzarse, le hacen un guiño: “Gracias por el libro”. Como las autoras de Imbatibles, hay muchas mujeres que, en esta nueva revolución, quieren tener a su lado a los hombres que aman. Hombres cómplices que quieren y valoran a las mujeres maduras, tan distintos de esos otros que solo quieren y valoran a las mujeres jóvenes. Y que refuerzan.

“Hay una presión interiorizada y aceptada con el tinte, la delgadez y la depilación”

Ester Nin, abogada

La fascinación por la juven­tud y el imperativo de la belleza a cualquier precio son los dos grandes corsés que el sexismo ha impuesto a las mujeres. Esa narrativa aboca a muchas mujeres a hacer esfuerzos titánicos por parecer más jóvenes de lo que son a base de gimnasio, dietas draconianas y/o cirugía estética. Para Esther Nin: “Hay que luchar también contra la otra invisibilidad, la consentida, porque el patriarcado es una sociedad anónima de la que todos tenemos acciones, incluidas las mujeres. Hay un patriarcado de la coerción, que somete con el burka, y un patriarcado del consentimiento, el de la delgadez, el tinte y la depilación, que es una presión interiorizada y aceptada”. Cuanto más marcado y más unívoco es el ideal de belleza, más mujeres sufren por quedar fuera del canon. En España debe ser muy fuerte porque, con el 8% de todas las intervenciones que se registran, se ha convertido en el primer país de la UE y el cuarto del mundo en el que más cirugía estética se practica. Esa forma de luchar contra el tiempo es una tortura y al final está destinada al fracaso, porque el ideal puede ser eterno, pero el cuerpo no lo es. “No podemos (ni debemos desear) tener a los 50 el mismo cuerpo que a los 20″, zanja la doctora Maria Rosa Benedicto, coautora de Imbatibles y especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.

El climaterio comporta cambios físicos y puede entrañar un ligero aumento de peso. Es conveniente hacer deporte y seguir una dieta sana a cualquier edad, y especialmente en el climaterio, pero no para cumplir con imposiciones externas, sino para sentirse bien y proteger la salud. Ese es el objetivo a perseguir. Pero antes que convertir los cuatro kilos de más en una obsesión es preferible lucirlos. Lo mismo que las arrugas. O las canas. Este es otro signo de rebeldía que crece. Cada vez hay más mujeres que dejan de teñirse y lucen su pelo blanco como si fuera una pancarta: “Aquí estoy. Yo soy así”. El hecho mismo de presentar síntomas ya no se vive de forma vergonzante: “¿Soy yo o es que hace calor?”. ¡Contra los sofocos, abanicos! La fotógrafa Montse Roura suele recordar que se dio de bruces con la menopausia porque ella sola reunía todo el muestrario de síntomas. Eso era en 2010 y tuvo la idea de crear una web donde compartir información, experiencias e inquietudes con otras mujeres. Ella y el abanico tiene ahora 12 millones de seguidoras.

Para la sequedad vaginal, como para los sofocos, hay remedios. Para lo que no los hay es para el mito de la eterna juventud. Fue una gran feminista, Germaine Greer, quien en los años noventa se rebeló contra la pretensión de la industria farmacéutica de “vender” la terapia hormonal sustitutiva como la pócima mágica para seguir siendo jóvenes. Es un tratamiento que combina estrógenos y progesterona para compensar la pérdida fisiológica de estas hormonas, de manera que el cuerpo reacciona como si continuara teniendo la regla. Se llegó a recomendar prescribirlo con carácter preventivo a todas las mujeres durante por lo menos 15 años a partir de los 50. Aunque en Estados Unidos llegó a recetarse masivamente, por suerte se impuso la prudencia, porque más tarde se demostró que también tenía riesgos importantes. Ahora está indicado para tratar los síntomas, pero solo cuando sea estrictamente necesario. La ciencia está para ayudar a vivir mejor, pero hay que ir con cuidado con la medicalización de la menopausia si eso implica riesgos y contribuye a negarla como parte natural de la vida o a presentarla como una etapa indeseable que hay que pasar con culpa y a escondidas.

En realidad, no hay dos menopausias iguales y la mayoría son llevaderas. A partir de los 45, la actividad del ovario disminuye y comienza a bajar la producción de estrógenos y progesterona hasta que cesa la regla. Eso ocurre entre los 50 y los 55, aunque el estrés y la contaminación están provocando cada vez más casos de menopausia precoz. Estos cambios hormonales tienen, obviamente, consecuencias. Carmen Sánchez Martín ha cumplido 55 años y está justo en ese punto en el que va a poder sincronizar el conocimiento adquirido en 30 años de experiencia como sexóloga con sus propias vivencias. Cuando empezó a trabajar en un centro de planificación familiar comenzó a tratar mujeres con menopausia que le doblaban en edad. Como explica en su libro El sexo que queremos las mujeres, la caída de estrógenos y progesterona influye en el deseo sexual, pero la biología no lo es todo. “Somos seres biopsicosociales”, recuerda. “Si has vivido bien y tienes relativamente buena salud, dejar de ser fértil no ha de significar dejar de tener deseo”.

La experiencia de Carmen Sánchez es que cada mujer vive la menopausia y su sexualidad de forma diferente. Para unas es un trago, para otras una liberación. Todo depende de cómo han vivido antes y del contexto socioeconómico al que pertenecen. De la salud que tengan y las posibilidades de cuidarse. Hay mujeres muy enfocadas a la maternidad que sufren el síndrome del nido vacío y, a veces, en esa edad, entran en una crisis que afecta también a su relación con la pareja. Pero otras viven más intensamente su propia sexualidad y la relación de pareja se refuerza. Si hay una ruptura sentimental, cuando se rehacen, el deseo vuelve. Y si están solas descubren el poder de la autosatisfacción. Algunas incluso han experimentado por primera vez el sexo con otra mujer.

Uno de los aspectos de esta rebelión es, en opinión de Sara Berbel, que cada vez hay más mujeres maduras que empiezan a tener sexo con otras mujeres. “El hecho de que a los hombres ya no les interesen tanto hace que se centren en las relaciones con otras mujeres, y de ahí surge a veces la oportunidad de relaciones amorosas inesperadas, que no se habían planteado nunca”. Maribel Cárdenas está de acuerdo y señala que en estos casos las vivencias son muy diferentes: el elemento central no suele ser el sexo, sino el vínculo. Pesan más sentimientos como la admiración, la compenetración o la complicidad.

“Se ha creado el mito de que tras la menopausia las mujeres no son deseantes”

Carmen Sánchez, sexóloga

Todas señalan que el climaterio es un excelente momento para limpiar el desván de todo aquello que ya no te sirve. De ser selectivas, desprenderse de las mochilas y encontrar una nueva libertad, incluidas otras experiencias afectivas. “Se ha creado el mito de que, tras la menopausia, las mujeres no solo no son deseables, sino que no son deseantes. Ni objeto ni sujeto de deseo”, recuerda Carmen Sánchez. Pero para muchas mujeres significa poder empezar a vivir como quieren. Dejar de preocuparse tanto por ser deseadas y desear ellas más, como en la película Buena suerte, Leo Grande, en la que una magnífica Emma Thompson encarna a una mujer en edad madura que se atreve a vivir la experiencia del sexo como nunca antes lo ha hecho.

Porque ni la vida ni la sexualidad se interrumpen cuando se va la regla, pero el lenguaje y el discurso sobre el climaterio no son neutros, como bien sabe Estrella Montolío, de ahí la importancia de apoderarse de las palabras y hacer oír la voz femenina madura. “A nivel social está ocurriendo algo muy relevante: la reivindicación del deseo. Después de la menopausia, las mujeres se sienten tan vivas y tan potentes como antes, y quieren seguir siéndolo. Lo que cambia es la mirada de los otros”. Por eso considera tan importante que haya referentes potentes en los medios de comunicación. Esas escritoras, deportistas, artistas, periodistas, investigadoras, sindicalistas de edad madura que no están dispuestas a ceder ni un centímetro. Como ha descrito la presentadora de televisión June Sarpong en The Power of Women (El poder de las mujeres), nombrada en 2019 comisaria de Diversidad Creativa de la BBC británica, que haya referentes femeninos es esencial para empoderar a las mujeres, especialmente en el escaparate que son los medios de comunicación, de los que suelen desaparecer al llegar a los 50. “Cuanto más se empodera a las mujeres, más hombres se liberan de la esclavitud del patriarcado que ellos mismos han creado”.

La rebelión está en marcha, pero Maribel Cárdenas ve riesgo de involución. “Es la relación de poder la que devuelve a las mujeres la mirada de sí mismas. Las mayores hemos de seguir luchando por nosotras, pero también por las jóvenes. Por cómo se ven en el espejo: en una sociedad hipersexualizada, las jóvenes están interiorizando que su valor pasa, más que nunca, por el físico, en un discurso muy peligroso que hace que tengan una relación problemática con su cuerpo. Aprenden que hacerse mayor es lo peor que te puede pasar. Pero no es un proceso individual, sino colectivo. Hay que cambiar ese espejo deformante y eso solo se puede hacer desde una mirada colectiva. Plantando cara”. La edad del climaterio no es, como ya escribía en 1991 Germaine Greer en El cambio: mujeres, vejez y menopausia, “una etapa que deba vivirse apresuradamente, procurando dejarla atrás cuanto antes, y menos debe ser ocultada o negada. De estos años depende el resto de tu vida, una vida tal vez tan larga como la que ya has tenido”.

Fuente: Mural de Género

julio 15, 2023

Nora Ephron relata con su particular estilo chispeante y autobiográfico los sinsabores de la mujer madura en ‘No me gusta mi cuello’

Redescubierta como un fenómeno editorial, Libros del Asteroide publica esta colección de relatos a modo de reflexiones de la célebre cineasta y guionista que sigue marcando desde el pasado a las nuevas generaciones

Portada del libro de Nora Ephron 'No me gusta mi cuello' (Libros del Asteroide)

A Nora Ephron se la conocía principalmente en nuestro país por haber escrito el guion de Cuando Harry encontró a Sally y por sus películas Algo para recordar y Tienes un e-mail. En definitiva, por reformular la comedia romántica de los años noventa desde el punto de vista femenino y convertir a Meg Ryan en la estrella del género. Sin embargo, en los últimos tiempos, hemos asistido a un auténtico fenómeno editorial al recuperarse parte de su obra literaria para convertirse en un auténtico redescubrimiento que ha conectado a la perfección con las nuevas generaciones.

Anagrama rescató, en nuevas ediciones, Ensalada loca, su primera publicación, que se remonta a 1975 y Se acabó el pastel, que terminaría convirtiéndose en película, dirigida por Mike Nichols y protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson. A su vez, Libros del Asteroide, publicó la inédita No me acuerdo de nada, que la autora escribió poco antes de fallecer y ahora también le ha tocado el turno a No me gusta mi cuello, que data de 2006, cuando Nora Ephron tenía 65 años.

En él, la autora vierte precisamente las pequeñas miserias cotidianas a las que se enfrenta una mujer que ha llegado a la edad madura, por ejemplo, la necesidad de ponerse jersey de cuello vuelto para que no se vean las arrugas de esa parte del cuerpo que prácticamente ninguna cirugía puede disimular, el dictatorial cuidado personal que incluye teñirse las canas, hacerse la pedicura, la manicura, el skincare, la depilación, el ejercicio físico y, en definitiva, otras mil servidumbres de la vida moderna.
El estilo cercano y repleto de humor de Nora Ephron

El secreto de Nora Ephron para conectar con el lector es sin duda su cercanía, su manera irónica y autocrítica a la hora de hablar sobre ella misma y sus penurias, consciente de que no dejan de ser problemas del primer mundo y de la clase privilegiada, pero contadas con tanto desparpajo que resulta imposible no abrazar su sinceridad y entregarte a ella.

En Ensalada loca perfiló su estilo, su fina capacidad de observación a través del humor en torno a los conflictos de la mujer de su tiempo. Ahí surgió también su propia voz, que es la que nos cuenta las historias, desde su perspectiva, desde su personalidad y visión del mundo siempre profundamente feminista, capaz de poner sobre la mesa temas que hasta el momento podrían considerarse tabú y que ella se encargó de reivindicar contribuyendo a su normalización, como es el caso de los pechos (que todavía siguen causando estragos), el deseo femenino o la política vaginal.’

Lo suyo son los relatos cortos, incluso micro, píldoras que giran en torno a una idea y exploran todas sus implicaciones. En ese sentido, Se acabó el pastel se trata de su única novela estricta y se convirtió en un auténtico bestseller. Está inspirada en su relación con Carl Bernstein, uno de los periodistas que destapó el caso Watergate y que fue encarnado por Dustin Hoffman en Todos los hombres del presidente y de cómo su matrimonio se terminó cuando descubrió que le era infiel cuando estaba embarazada de su segundo hijo.

Un reflejo de las miserias de la mujer moderna

La esencia autobiográfica vuelve a latir en No me gusta mi cuello. Precisamente su etapa post-divorcio de Bernstein también aparece aquí, cuando alquiló un piso en el histórico edificio Apthorn antes de que los precios se dispararan en Nueva York y allí formó una nueva familia desde cero, tras conocer al que sería su pareja hasta que falleció en 2012 por leucemia, el escritor Nicholas Pileggi, autor de las novelas en las que se basó Martin Scorsese para hacer sus míticas Uno de los nuestros y Casino.

En el libro también descubrimos lo importante que fue para ella la figura de Julia Child, de la que intentaba copiar todas sus recetas, así como de otros críticos gastronómicos del momento, ya que se obsesionó con aprender a cocinar. ¿No era eso lo que debía hacer toda buena ama de casa? Por eso, no resulta casual que al final de su carrera, hiciera una película sobre la célebre y televisiva cocinera, titulada Julie y Julia, protagonizada (de nuevo), por Meryl Streep y Amy Adams.

En No me gusta mi cuello, que se subtitula (y otras reflexiones por el hecho de ser mujer), se habla sobre la dictadura de la belleza, de los cuidados y la crianza, de la obsesión por el orden (del que ella carecía), de la cantidad de bolsos que acumulamos, de historias de amor que se acaban, de relaciones a modo de fantasías, de casas con las que tienes un flechazo, de presidentes del gobierno que te decepcionan, de tener siempre hambre, de literatura, para terminar con un listado de cosas que le gustaría haber sabido, entre ellas, “que tener muchos jerséis negros de cuello vuelto nunca son suficientes”

Fuente: Infobae

enero 30, 2023

Anna Freixas: “El feminismo debe convertirse también en salvavidas de las viejas”

Aprender a envejecer debería ser una asignatura obligatoria en la escuela y también en el feminismo. Con el libro ‘Yo vieja’ Anna Freixas nos regala una guía para poner los puntos sobre las íes de la vejez de las mujeres para ser más libres.

La escritora Anna Freixa. Álvaro Minguito

Que el término vieja denota algo negativo no es nuevo para nadie, aunque no debería ser así porque la vejez es el objetivo de la vida. Es por ello que el título del libro Yo vieja de Anna Freixas, doctora en psicología, escritora e investigadora feminista, llama la atención de primeras. La obra es una guía para las mujeres mayores que quieren mejorar su vejez, tener autonomía, disfrutar o entender muchas de las cosas que les pasan. Aunque quizás sea más útil para las generaciones más jóvenes de mujeres que van a encontrar entre sus páginas información útil de lo que les espera. Es importante reivindicar vivir la vejez con dignidad y empezar por la palabra es una buena forma de naturalizar algo que en otras culturas no supone un problema, envejecer. Como dice Anna Freixas “la palabra vieja, viejo, vejez está connotada socialmente de manera negativa y es sorprendente porque en realidad viejo es un estadio del ciclo vital. Eres niño, eres adolescente, eres adulto, eres viejo, por lo tanto no tiene que ser más negativo que cualquier otro estadio. Lo que pasa es que en nuestra sociedad hay una connotación negativa respecto a la vejez porque implica una cierta exclusión social, una desvalorización, una pérdida de poder y esto es lo que tememos, la exclusión y la soledad”.

Yo vieja es un repaso a las cuestiones básicas que afectan a la vida de las mujeres mayores como la belleza o la aceptación de los signos de la edad, cuando la dictadura de la imagen y la belleza a la que nos vemos sometidas las mujeres desde tiempos inmemoriales es feroz. El uso de las redes sociales y el aumento de personas mayores en ellas puede estar afectando de forma negativa a la percepción que las mujeres mayores lleguen a tener de si mismas, al igual que está ocurriendo con las más jóvenes. Al hablar del ideal de belleza, la autora sostiene que “contiene dos elementos: la juventud y la delgadez. Ser joven y viejo no es posible y la delgadez es algo que cuesta cuando somos mayores por diversos factores. Evidentemente el mito de la belleza nos afecta a las mujeres desde que somos niñas porque vivimos con un ideal inalcanzable por lo tanto estamos siempre persiguiendo algo a lo que no podemos llegar y esto es de una perversidad total”.

Esto genera una presión estética, prosigue la investigadora. “Esta presión está sobre nosotras a todas las edades, en la menopausia, en la juventud. Si tú le preguntas a una niña sobre su cuerpo ya sabe lo que no le gusta y cuando llegas a vieja sigues luchando. Aunque no te hagas una cirugía ni nada, intentas disimular las arrugas o te pones un pañuelo en el cuello para que no se te vea tan arrugado, por lo tanto, sí hay una presión estética“. Para Freixa ”nosotras nos centramos en la belleza y no en la salud, si gastásemos esa energía que empleamos en tratar de alcanzar ese ideal imposible de belleza en nuestra salud, si nos cuidásemos, comiésemos bien, hiciésemos ejercicio, nos riésemos con nuestras amigas, veríamos que eso contribuye mucho más a la belleza que la tristeza que se deriva de algo inalcanzable”.
“Somos pobres y en vez de gastarnos el dinero en viajar, en comer bien, ir a un balneario o a disfrutar con las amigas, lo gastamos en nuestro cuerpo, en torturarlo de diversas maneras”

La industria en torno al cuerpo de las mujeres es una de las luchas más eternas del feminismo. Los productos anti envejecimiento llenan los estantes y escaparates de infinidad de tiendas. Las propuestas de la obra de Anna Freixas van mucho más encaminadas a vivir la vejez con dignidad, desde la perspectiva de aceptar sus signos como parte de la vida. Cuidarse sin sucumbir al marketing esclavista de la belleza y la vejez, que hace del cuerpo de las mujeres el gran negocio, como ella misma reconoce: “Es el gran negocio de todas las industrias, la industria médica, la industria farmacéutica o la estética. Vas a una tienda y la cantidad de ropa que hay para una mujer no la hay para un hombre. Ellos se han cuidado de tener cuatro modelos pero nosotras tenemos que cambiar, tenemos que tener modelos de todo tipo. Somos las pobres del planeta y sin embargo gastamos lo que no tenemos en querer gustar. Tratamos de llegar a unos ideales de belleza que no podemos conseguir nunca. Somos pobres y en vez de gastarnos el dinero en viajar, en comer bien, ir a un balneario o a disfrutar con las amigas, lo gastamos en nuestro cuerpo, en torturarlo de diversas maneras”.

En contra de los clichés

En la obra también hay alegato en contra de los clichés obsoletos y castrantes de las mujeres mayores, como el de la viejecita pasiva a la que atribuir un montón de defectos o la que tiene apariencia joven llena de energía que se mantiene pretendiendo no envejecer nunca y torturándose a si misma en esa lucha contra el tiempo. Los estereotipos que manejamos de las mujeres mayores no atienden a la realidad, como bien nos cuenta la escritora. “Se dice que las mujeres mayores podemos tener apariencia juvenil pero entonces ves imágenes de viejas con unas ropas, unos peinados y unas gafas completamente exageradas, demostrando que soy vieja pero no lo parezco. Yo creo que lo que tenemos conseguir es querer ser viejas y poder parecerlo. Viejas que nos desplazamos por nuestras ciudades con nuestras arrugas, con nuestra cojera, con nuestras gafas y con nuestro bastón con toda normalidad de manera natural”.

“Esta ruptura con la vejez es una ruptura de las sociedades ultracapitalistas, es decir, en otras sociedades eso no ocurre”

Esta visión negativa del envejecer es una respuesta que tiene relación con las políticas y formas de vida capitalistas y excluyentes. En otras culturas la perspectiva de la vejez no es tal. En las sociedades tribales, ancestrales y en otras sociedades actuales no tan capitalistas, las personas ancianas tienen un lugar dentro del grupo social, no están excluidas y forman parte de la toma de decisiones. Suelen tener la función de aconsejar o aportar a la comunidad una visión desde la experiencia. Como dice la investigadora, “esta ruptura con la vejez es una ruptura de las sociedades ultracapitalistas, es decir, en otras sociedades eso no ocurre, esa valoración solamente de lo joven, de lo nuevo y de lo de usar y tirar eso es de una sociedad capitalista sin alma que es la que tenemos ahora”.

Tan denostada está la vejez que incluso las propias mujeres y hombres que envejecen se ven a si mismos como más jóvenes que sus iguales. Tienden a compararse para ponerse en un lugar privilegiado porque es muy dura la idea de hacerse viejas. La frase “yo no estoy tan vieja como esa” o “yo me siento joven” son respuestas a un engaño en el que caemos y que nos impide verle bondades al hecho de envejecer. Así lo explica la autora: “Solemos tratar de situarnos en el espacio de las escogidas, “las viejas son las demás pero yo soy joven” o “ mi madre no es la típica mujer mayor, todas las mujeres mayores son horribles pero mi madre no lo es”. Este edadismo que tenemos incrustado nos lleva a despreciar la vejez, incluso la nuestra o la de nuestras iguales. Mientras no valoremos los cuerpos de nuestras iguales, mientras no nos respetemos unas a las otras valorando quienes somos, vamos a sentir este desprecio por la vejez. El tema es cómo podemos entre todas respetar la vejez, respetarnos y con dignidad mostrar todos los signos de la edad con elegancia, con tranquilidad. Soy vieja y tengo 70, 80, 90 y tengo cuerpo de 70, 80 ó 90”.

Salud mental en la vejez de las mujeres

Que la incidencia de la depresión en mujeres mayores es más alta que en otros grupos de población es un hecho, doblando en muchas etapas al de los hombres como en la mediana edad y estando muy por encima del de las mujeres más jóvenes. En Yo vieja se pone de manifiesto cómo aún se nos tilda a las mujeres de histéricas y se nos medica. De hecho España es el primer país del mundo en el consumo de psicofármacos, según el informe de 2021 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), dependiente de Naciones Unidas. En el caso de las mujeres es muy significativo que a partir de los 35 años los índices de depresión comienzan a crecer, duplicándose prácticamente en la década de los 55 a los 65 años y creciendo en casi 5 puntos más en la década de los 75 a los 84, según datos del ministerio de Sanidad de 2017.

Pese a que en ocasiones y como indica la autora a veces la medicación sea necesaria, esta medicalización del malestar de las mujeres “tiene que ver con las opciones de vida, con la falta de reciprocidad por parte de las parejas, con la falta de comunicación y de agradecimiento, con la excesiva responsabilidad que nos otorgamos hacia los cuidados. A veces somos nosotras las que no sabemos, no queremos o no podemos repartir la carga de cuidados ya que hay momentos en los que podríamos dejar una parte de esto en mano de otras personas y no lo hacemos. Es una tarea personal pero también una tarea colectiva”. Describe que en realidad lo que han demostrado las mujeres es tener una salud mental a prueba de bombas que se resiente según envejecemos y en muchos casos la única terapia que encontramos es la conversación con amigas. Es una realidad que a mayor edad mayor sensación de soledad.

Una de las herramientas naturales de las mujeres para luchar contra esa soledad impuesta es precisamente su facilidad para comunicarse con otras mujeres. Tratar de no aislarse manteniendo el contacto es de los apoyos más efectivos. En palabras de la escritora, “las redes de intimidad son fundamentales a lo largo de toda la vida. Éste es uno de los capitales que tienen las mujeres que históricamente hemos sabido mantener la comunicación con otras, el participar de nuestras penas y alegrías, el compartir lo bueno y lo malo. Eso crea una red fundamental para sobrevivir, para darte cuenta de que lo que te pasa a ti no solo te pasa a ti, le pasa a muchas personas y es significativo para la vida. Compartirlo te permite relativizar, encontrar apoyo, comprender lo que te pasa, elaborar estrategias para superarlo, aprender de otras, sentirte comprendida y escuchada”. De esta manera las mujeres han luchado históricamente con la soledad y la incomunicación.

“Cuando las abuelas cuidamos a las nietas estamos retrasando una generación porque estamos impidiendo que nuestras hijas negocien con sus parejas, con sus empleadores y con el Estado”

Para mantener esta actividad y conexión una de las cosas más sencillas es aprovechar puntos de encuentro, gustos comunes y ocio con el fin de mantener estas redes, reforzar lazos de unión y cultivar el placer de hacer cosas por gusto. El ocio no ha sido algo a lo que las mujeres en general le hayan podido dedicar mucho tiempo históricamente, responde Anna Freixas. “Hemos estado tan ocupadas con el trabajo, con la familia, con los cuidados, con la casa que no hemos tenido mucho tiempo para jugar, para distraernos, entonces ahí es importante participar en cosas de carácter público, en los centros cívicos, en las asociaciones de vecinos o de mujeres que suelen organizar actividades, es un camino para mujeres que no han encontrado otros caminos de ocio”. Es de hecho la vejez un buen momento para las mujeres que se pueden liberar de tareas y dedicar el tiempo a ellas mismas. Así debería ser entendida la vejez de hecho, un momento vital en el que aprovechar para hacer cosas que con anterioridad no pudimos por falta de tiempo, pero no siempre es entendida así, como una oportunidad.

Cuidados y residencias

Una de las realidades de las mujeres mayores en nuestro país es que algunas, muchas, continúan trabajando, ejerciendo tareas de cuidados no remuneradas de sus nietas y nietos. Cómo quitarles esa responsabilidad nos enfrenta a la realidad de que muchas familias de este país se sostienen en parte en el apoyo familiar, con la carga en las personas mayores que dan soporte económico y de cuidados a los nietos y nietas para que sus madres puedan trabajar. Esto tiene que ver con esa perspectiva de familia arrastrada desde la dictadura y que condena a las “abuelas” a estar trabajando cuidando a sus nietas en la vejez. Anna Freixas es rotunda en cuanto a esta situación. “Cuando las abuelas cuidamos a las nietas estamos retrasando una generación porque estamos impidiendo que nuestras hijas negocien con sus parejas, con sus empleadores y con el Estado. Nosotras estamos poniendo un parche temporal a un problema que va a seguir existiendo y si nosotras no existiésemos esto se resolvería de otra manera. Nosotras podemos hacer apoyos puntuales pero no estructurales, eso es lo que debería ser por el bien de la hija, por el bien de la abuela y por el bien de la nieta. Si la abuela no existiera alguien lo haría, y la pregunta es ¿por que las abuelas somos las que hacemos ese trabajo gratuito? nadie más lo hace, hay algo que falla ahí ahora resulta que este es un trabajo gratuito que hacemos nosotras, resulta que a estos niños si no existiésemos las abuelas los cuidaría alguien que cobraría”.

En cuanto a las instituciones dedicadas al cuidado de las mayores, tras la pandemia se han puesto de manifiesto muchas carencias asistenciales así como la importancia de que haya un cambio de modelo mucho más humanizado. A día de hoy la perspectiva de las residencias y centros de día es eminentemente clínica y no tiene demasiado en cuenta lo emocional, siendo una de las cuestiones capitales en las personas mayores. Tener unas instituciones dedicadas a que estas personas puedan desarrollarse de manera activa, como personas adultas mayores y aportando a la comunidad, es esencial para su bienestar. Igual de importante es que los colectivos que trabajan con personas mayores tengan la formación y las cualidades necesarias para tratarlos con una mayor dignidad. Que se hagan respetar los espacios, los cuerpos y la intimidad de las personas mayores, sin despersonalizarlas y homogeneizarlas para poder sistematiza el trabajo, desposeído de perspectiva emocional solo facilita la productividad del personal para que las tareas de cuidados se lleven a cabo con mayor rapidez.

La realidad de la institucionalización de los cuidados dista de ser un modelo que apueste por la autonomía e independencia de las personas mayores en la actualidad. Como explica la autora, “esta atención no puede ser un negocio, no podemos dejar que el cuidado en la última etapa de la vida, que es donde se requiere una mirada más atenta, siga siendo un negocio. No podemos dejarlo en manos privadas de una gente que hace negocio con el trato, con la alimentación, con los pañales o pagando mal al personal. Un personal mal pagado no puede atender las necesidades de la gente”. 

La gestión de estas instituciones ha mostrado su cara más negra con la pandemia. “Creía que después del covid iba a haber una reflexión colectiva social y política acerca de la vida en las residencias— asegura Freixas— Parece que esto no se ha hecho o se ha hecho una cosa ínfima. Realmente hay una reflexión que hacer y el cambio estructural respecto a qué se entiende por residencia, qué es lo que debe ofrecer una residencia y cómo debe ser el modelo de residencias es algo que debemos hacer todas y todos de manera urgente y necesaria“. La escritora considera que mientras esto no se haga las residencias seguirán siendo un aparcamiento de personas para sacarlas de la circulación. ”Hay gente que podría estar en su casa pero al estar en una residencia poco a poco se hacen dependientes porque no tienen nada que hacer, lo tienen todo hecho y no hay cosa que incapacite más. Que no tengas que hacer tus cosas te hace perder autonomía. A veces los hijos intentan solucionar la vida de los mayores pero lo que están haciendo es incapacitarlos ”.
“Igual que hay muchos protocolos de atención, protección y respeto a la infancia, debería haber también protocolos de atención y respeto a la vejez. En cuanto al trato a las personas mayores, todo es una asignatura pendiente”

Desentendernos de la vejez no va a hacer que el problema no exista o no nos llegue. Como dice la autora, “lo que tienen que pensar las generaciones más jóvenes es que o lo transformamos o se encontrarán con lo mismo. Es urgente que se haga esa reflexión aunque sea por egoísmo. Hay modelos interesantes que se están desarrollando en algunos centros de España como el modelo de atención centrado en la persona y que atienden a las personas como individuos con sus necesidades, sus características, sus manías y sus gustos. Somos personas desde el principio hasta el final y merecemos respeto hasta el último momento de nuestra vida. Igual que hay muchos protocolos de atención, protección y respeto a la infancia, debería haber también protocolos de atención y respeto a la vejez. En cuanto al trato a las personas mayores, todo es una asignatura pendiente”.

El cambio no solo tiene que ver con las instituciones si no también con las estructuras, transportes, medios y con los espacios que habitan las personas mayores. El tema de la adaptación de los espacios en relación con la dependencia o teniendo en cuenta a las personas de movilidad reducida es una asignatura pendiente, como casi todo en lo referente a la vejez, a la dependencia e inclusión. En Yo vieja, se ponen de manifiesto algunos de los factores necesarios a tener en cuenta para preparar nuestra vida para la vejez que llegará. La autora hace hincapié en que esto “implica que preparemos los medios que doten de seguridad y comodidad a nuestra casa”.
Aprender a ser viejas 

Debería haber alguna asignatura que nos enseñe a ser viejas, una reflexión necesaria pues a la vejez tarde o temprano todas tenemos que hacerle frente. Al preguntarle a Anna Freixas por ello responde: “O deberíamos tener la vejez como un objetivo vital al que llegar con el mayor equilibrio y bienestar. Que ya desde la escuela tú sepas que las elecciones, que determinadas opciones que tú tomas en tu vida, marcarán tu futuro. Que serás probablemente una vieja pobre si tomas determinada opción en un momento de tu vida, a los 12 a los 14 ó a los 16 años“. En este sentido, Freixas considera que no nos hacemos pobres el día que vamos a cobrar la pensión, ”nos hacemos pobres cuando a lo largo de la vida hemos ido eligiendo opciones en las que no hemos priorizado nuestro futuro. Entonces la visión del ciclo vital como algo importante a lo que tenemos que llegar a través de los diversos paso de la vida, es importante que se aprenda en la escuela y en la explicación de todas las ciencias naturales y no naturales eso debería estar presente”.

Por último se echa de menos una perspectiva feminista en esta situación. Como asegura en el libro la autora “el feminismo debe convertirse también en salvavidas de las viejas. En todas las políticas, en todas las acciones, en todas las campañas, en todos los anuncios de publicidad, en todo, siempre habría que tener, mujeres viejas y hombres viejos, participando en la creación de este proyecto y luego ofrecer siempre en todas las situaciones imágenes de todas las edades y sobre todo imágenes de viejas, de viejas de verdad viejas, no viejas imposibles, no mujeres de 80 que parece que tengan 25, no, mujeres de 80 que se muestran con sus cuerpos de 80 dignamente y sus signos de vejez sin disimular”.

“No es la vejez lo que nos amenaza, son nuestras ideas, nuestras conductas y sobre todo nuestra disposición interior de obediencia y el conformismo las que nos precipitan a ella”, concluye Anna Freixas.

Fuente: El Salto

noviembre 23, 2022

Las mujeres viejas invisibilizadas en la legislación nacional de México y en el marco internacional de derecho



La violencia contra las mujeres mayores es terrible, es la más invisibilizada y de acuerdo a las estadísticas en México 14.6 % de esta población, de 60 años y más, ha experimentado violencia, principalmente psicológica, afirmó Sara Moreno, investigadora de la Universidad Autónoma de Querétaro, quien llamó la atención que es una violencia experimentada a lo largo de la vida, no es de ayer ni del último año.

Además, es violencia patrimonial, comunitaria e institucional, sobre todo esta última es de la que no se habla, al participar en el conversatorio intergeneracional “Erradicar las violencias de género en las mujeres mayores” en el marco del Día Mundial de la Eliminación de la Violencia contra las mujeres, convocado por la Comunidad Envejecimiento Activo para la Autonomía Personal (CEAAP), que preside Georgina Moreno López. 

En México ser vieja no es lo mismo que ser viejo, afirmó Angelita Fuentes Vera, longeva como ella dice, tras haber rebasado los 80 años, que preside el Comité de Derechos Humanos Ajusco, tras señalar que en el contexto de violencia y polarización que vive el país, las mujeres mayores son el grupo más olvidado y violentado.

Mientras que la abogada argentina, especializada en Derecho de la Vejez, la doctora Isolina Dabove, refiere que las mujeres mayores se encuentran en una arena movediza en la que se van hundiendo por todos los sesgos que la atraviesan, no solo de género, sino por la pobreza, sin acceso a la educación y por raza, si eres indígena, entre otros factores.
El hombre se jubila la mujer no

Fuentes Vera puntualiza que, “si trabajaste y tienes la suerte de tener una pensión, aunque sea menor a la de los hombres, es algo. Aunque hayas cuidado toda tu vida a las niñas y los niños; a la madre y el padre, y los esposos en sus enfermedades, finalmente vives con una enfermedad crónico degenerativa resultado de ese trabajo no remunerado. El hombre se jubila, la mujer no, pero por ser cuidadora y si has estado enferma se agudiza más, y a pesar de que la mujer vive más que los hombres, no lo hacemos como una vejez digna”. 

Isolina Dabove abundó que a las mujeres mayores hay que sumarles otros sesgos además del género, la pobreza que llega con el arribo de las personas productivas a la jubilación, además de las enfermedades que constituyen un rasgo de discapacidad; ya no ven igual, no oyen igual, y deterioros cognitivos, lo que hace más difícil la vida, y las hace hiper vulnerables. 
Sin política rectora para las personas adultas mayores, el INAPAM invisibilizado: Sara Moreno

Las panelistas coincidieron en la necesidad de que México se suma a la Convención Interamericana sobre la Protección a los derechos Humanos de las Personas Mayores, la que estuvo a punto de ser ratificada a fines del sexenio anterior pero fue evidente que no hubo voluntad política, desde entonces y hasta la fecha.

Precisa Sara Moreno que en este gobierno esta invisibilizado el Instituto Nacional de las Personas Mayores, INAPAN, no hay claridad hacia dónde va ni el seguimiento a la propia Ley de las Personas Mayores que además no hace alusión específica a las mujeres mayores, por lo que no es optimista en cuanto a que México ratifique la Convención.

Sin embargo, reconoció que la Ley para personas adultas mayores es muy general aunque ha tenido varias modificaciones a partir de 2002, entonces no incluía sanciones. Ahora ya está reglamentado, pero solo 5 o 6 estados tienen fiscalías especializadas.

Dar atención a las mujeres mayores es una laguna en la procuración de justicia, comentó que se da el caso en la Procuraduría de Querétaro la atención a la “Salud Reproductiva”, tendría que ser Salud Sexual Reproductiva por lo que no incluyen a las mujeres mayores, cuando se les requiere dicen que no les toca, y no las atienden. Por lo que se requiere tener una perspectiva de género y envejecimiento que sea transversal.

Por otra parte, puntualizó que los estados son autónomos, y si pueden, sin contrariar el ámbito federal, establecer políticas de protección para las mujeres mayores, por lo que exhorta a los estados que faltan que establezcan estas fiscalías especializadas.

Cabe recordar que el INAPAM que es el órgano rector de la política nacional sobre la protección de las personas mayores, carece de titular desde que la cirujana Elsa Veites Arévalo, quien asumió la titularidad del INAPAM a inicios del sexenio, tomó la dirección general de Caminos y Puentes Federales el 28 de septiembre del 2020, cuyo nombramiento se dio sin ningún comunicado oficial, sólo se informó en una comunicación interna a las y los trabajadores al interior de la dependencia.

Desde entonces esta acéfala la titularidad del INAPAN con un encargado Jorge Alberto Valencia Sandoval y le regatean la titularidad a la especialista con reconocimiento internacional Ana Gamble Sánchez Gavito, actual directora de Gerontología.

Es mejor tener la Convención Interamericana de Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores que no tenerla.

Isolina Dabove hizo un llamado para que México retome el camino muy activo en las Naciones Unidas que ya había transitado desde 2015 para que aprendamos a envejecer desde que nacemos.

En relación a la Convención Interamericana, Isolina Dabove, dijo que es un instrumento de lucha para prevenir, sancionar y erradicar la violencia, pero es una ley y no es mágica si no va acompañada con mecanismos eficaces para las víctimas de los derechos vulnerados, por lo que se necesita un tratado eficaz con compromisos políticos, jurídicos y culturales de que se va a cumplir.

En especial hizo alusión al artículo 32 respecto a la toma de conciencia del Estado y la sociedad que obliga a desarrollar programas de capacitación, evite la infantilización y todos los prejuicios para que nos ayuden a vivir todo el ciclo humano en términos no “viejistas”.

De la CEDAW, dijo, que se aprobó en 1979 y recién en 2010 se incorporó la discriminación hacia las mujeres mayores, lo que refleja todo lo que cuesta incorporar el tema en la agenda universal. Esto es más complicado en los países latinos con tradición paternalista, donde predomina la cultura de lo masculino. Reiteró sin embargo, que es mejor tener la Convención que no tenerla.

Destacó varios artículos de la Convención Interamericana referidos a la violencia, al abandono, a la infantilización, al tratamiento médico, las sujeciones que viven los ancianos en las clínicas y hospitales, los artículos sobre el catálogo de los derechos a la igualdad y a la no discriminación, y la intersección a todos los sesgos para un vida digna, independiente. También hace referencia a los cuidados paliativos. Destacó que lo valioso de la convención es que los tratados se enlazan con los tratados referidos a las mujeres y también se enlaza con los tratados contra la tortura, y esto, enfatizó, hay que aplicarlo.
Sin antecedentes internacionales de violencia contra mujeres adultas mayores


Por su parte, Angelita Fuentes Vera señaló que hicieron un informe en el 2018 sobre casos de violencia en personas mayores y se pusieron en contacto con la CEDAW y encontraron que no había antecedentes ni referencia sobre los derechos de las mujeres mayores respecto a las violencias. 

Destacó también que a las organizaciones de Derechos Humanos no les gusta hablar de la vejez. -“Si eres viejo estas fuera de lugar”- existe una tendencia a no gastar en los temas de los derechos humanos para las personas viejas.

Refirió que el Comité de Derechos Humanos Ajusco presentó a la CEDAW en el 9º Examen periódico de México un informe sombra que incluye 14 recomendaciones para la protección de las personas mayores por la maestra Gloria Ramírez de la Catedra Unesco de la UNAM en marzo del 2019.

Fuentes Vera aseguró que falta mucho para que se visibilice a las personas mayores sujetas de derechos y sobre todo a las mujeres que en este grupo de población son las de mayor vulnerabilidad.

Por Elda Montiel
Fuente: SemMéxico

julio 12, 2022

El tabú de la menopausia: “Hay vergüenza, preocupa ser identificadas como viejas o incapaces”

El estigma social y el desconocimiento mantienen el secretismo en torno al fin de la menstruación, un proceso por el que pasa la mitad del planeta. No es una enfermedad, solo una parte de la vida

Carla Romagosa, en el paseo marítimo de la Colonia de San Pere, en Mallorca, con su libro 'Mi amiga Meno y yo'


“Nada”, “ni una palabra”, “no se habla de eso”. Esa es la respuesta unánime de una decena de mujeres de diferentes edades sobre lo que saben o le han contado de la menopausia, una etapa vital que afronta la mitad del planeta: no saben nada, poco o menos les han hablado sobre ello a lo largo de su vida y cuando se la encuentran, persiste la espiral de silencio. No es una enfermedad, solo un proceso natural; pero el estigma social y el desconocimiento mantienen el manto de secretismo en torno al fin de la menstruación y lo que sigue después. No se habla: ni en casa, ni fuera.

Si Carla Romagosa hubiese asociado aquellos primeros sofocos y ese extraño cansancio, con el diagnóstico, cuatro años después, de menopausia precoz —tenía entonces 39—, otra hubiese sido la historia. Pero, ¿cómo iba a suponerlo si no sabía nada de la menopausia? “Las pistas y las señales estaban ahí. Empecé a tener sintomatología a los 35, pero no lo asocié a una menopausia precoz”. Hasta que a los 39, ella, que no tenía hijos y “pretendía ser madre en el tiempo de descuento”, relata, acudió a una clínica de reproducción asistida: “Ahí me dijeron que no tenía reserva ovárica. Fue la señal final. Fui a mi ginecóloga y me lo confirmó: estaba entrando en la menopausia”, explica la mujer, hoy con 47 años.MÁS 

El fin de la menstruación llega entre los 45 y los 55 años (51 es la edad media en España), según la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM). Esta etapa significa el cese de la actividad ovárica y, por tanto, la caída de la producción de las hormonas femeninas, como los estrógenos y la progesterona, que influyen en la regulación de muchos procesos orgánicos. La menopausia, en sentido estricto, es una fecha: la de la última regla. Pero el proceso es paulatino y a su alrededor, antes y después, se desarrolla el climaterio, que es toda esa fase de tránsito entre la edad fértil y el fin de los ciclos menstruales. No es una enfermedad, pero en ese período, que se prolonga durante varios años antes y después de la última regla, sí se producen cambios endocrinológicos y sintomatología que puede repercutir en la calidad de vida de las mujeres.

Sofocos e insomnio

Los efectos más comunes asociados a esta etapa son, según explica Santiago Palacios, portavoz de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, “primero, la irregularidad menstrual y los síntomas vasomotores, como los sofocos, los sudores o las alteraciones del sueño”. Luego, a medio plazo, entre tres y cinco años tras la última regla, puede aparecer sequedad vaginal, incontinencia urinaria y otros síntomas genitourinarios. A largo plazo, hay otras dolencias asociadas, como la osteoporosis. “Antes se creía que las hormonas eran genitales y hoy se sabe que hay receptores de estrógenos en todas partes del organismo: es un todo y la sintomatología también”, apunta Palacios.

Sin embargo, ni siquiera sobre los síntomas de la menopausia hay unanimidad entre los expertos. Carme Valls, endocrinóloga y autora de Mujeres invisibles para la ciencia (Capitán Swing), limita los efectos del cese de la menstruación a los sofocos y la sequedad vaginal. “Asociar no es lo mismo que causar. Los demás problemas de salud son los que derivan de vivir más de 50 años”, defiende. Un estudio publicado en la revista Menopause concluye que el aumento de depresión, ansiedad, incontinencia urinaria y del índice de masa corporal están más vinculados a la edad; los síntomas vasomotores, los problemas del sueño, la sequedad vaginal, el dolor sexual, el descenso del apetito sexual, la caída de la densidad ósea o el incremento de grasa corporal se asocian a la menopausia.

En lo que sí hay más consenso es en que “no hay dos menopausias iguales”, apostilla Silvia González, secretaria de la junta directiva de la AEEM. Ese es uno de los grandes mitos en torno a esta fase de la vida y, en realidad, cada mujer es un mundo, tanto en el tipo de efectos que manifiestan como en la intensidad. El 80% de ellas experimentan algún síntoma asociado a la menopausia, pero no todas de forma agresiva. De hecho, la prevalencia de problemas vasomotores moderados o graves es incierta: un estudio señala que en Europa era del 40%, en Estados Unidos, del 34%, y en Japón, del 16%.

A Carla le tocaron fuertes sofocos, cansancio y dificultad para conciliar el sueño. También ansiedad y depresión. Por la menopausia —Meno, como ella la llama en confianza—, lloró mucho, se instaló en “una montaña rusa de ciclo premenstrual perpetuo”, se convirtió en una persona arisca, “muy solitaria”, y sufrió dolores por todo el cuerpo, relata en su libro Mi amiga Meno y yo (Navona, 2018).

Pero todo pasa y tiene arreglo. En el caso de Romagosa, con tiempo, terapia hormonal —recetada en las menopausias precoces si no hay factores que lo contraindiquen— y un largo duelo que ella misma termina con una pregunta: ¿por qué nadie me lo había contado antes? “Porque muchas lo asocian a la vejez y parece que eso es malo, porque falta comprensión y comunicación en la sociedad”, reflexiona ahora. Y por desconocimiento: “Yo tuve que rodearme urgentemente de personas que estuviesen en la misma etapa vital que yo, mujeres de 50 años, porque cuando se lo dije a mis amigas, el grado de desconocimiento que tenían sobre esto era muy alto. Para mí fue revelador y tranquilizador juntarme con mujeres en la misma etapa y ver que no me pasaba nada raro, que era normal”.

Normalizar todo el proceso es clave. Son normales los sofocos y no dormir bien —a veces, de hecho, una cosa va con la otra, como vasos comunicantes—. También se puede engordar porque los desequilibrios hormonales afectan al almacenamiento de grasa. Y puede cambiar la apetencia sexual, un poco por el componente fisiológico asociado a la caída de hormonas, pero también influyen otros factores, “como el insomnio, el cansancio, la sequedad vaginal y no atreverse a plantear relaciones sexuales distintas”, conviene Romagosa. Pero que sea normal, no significa que haya que pasarlo mal o sufrir en silencio.
El peso del estigma

Un editorial de la revista The Lancet de hace unos días alertaba tajante: “El estigma, la vergüenza, la falta de conciencia pública y la falta de comunicación significan que, para muchas mujeres, la menopausia se sobrelleva con un sufrimiento silencioso o se la medicaliza en exceso como nada más que una deficiencia hormonal que requiere reemplazo de estrógeno”.

Hay un tabú con la menopausia, coinciden todas las voces consultadas. Y silencio, mucho silencio. “Hay vergüenza por la menopausia y por el envejecimiento en las mujeres. Interiorizamos esa vergüenza y nos preocupa ser identificadas como viejas o incapaces por esto”, lamenta por correo electrónico Martha Hickey, ginecóloga del Departamento de Obstetricia y Ginecología del Royal Women’s Hospital de Victoria (Australia) y autora de un artículo en el British Medical Journal donde aboga por normalizar la menopausia.

Maria Antònia Roca, de 63 años, todavía recuerda cómo algunas amigas suyas se llevaron las manos a la cabeza cuando montó la Asociación de Mujeres Osteoporosis-Menopausia, HERA, en 2016: “Aún hay mucho estigma y las mujeres que vienen agradecen un espacio para hablar de tú a tú, porque en su casa no hablan. Hay vergüenza y te estigmatizan: eres menopáusica, ya no puedes tener hijos, eres vieja y se te va la juventud. Y a ver, joven no eres, pero mayor tampoco”, apunta Roca. Se dice menopáusica “como un insulto”, protesta González.

A Manuela H., de 49 años, acaban de comunicarle que ya tiene menopausia. Lo veía venir. Llevaba 15 meses sin la menstruación y un tiempo con alteraciones en el patrón del sueño, piel seca y cambios de humor. “Es como una especie de asunción de que vas hacia abajo. No solo estética o físicamente, sino también en el estado de ánimo. Estás más irritable, con sensación de tristeza y coincide en un momento de la vida de más cambios, porque los hijos también se hace mayores”, explica.

Tampoco ayuda el silencio social. Hay mujeres que ni se lo cuentan a su pareja, “por vergüenza, porque se ha roto la comunicación entre ellos o porque no reconocen lo que les pasa”, justifica Romagosa. Tampoco Manuela, Roca o Romagosa recibieron información previa de su entorno. La espiral de silencio se perpetúa entre generaciones, lamenta Alicia A., de 33 años: “Es un pozo oscuro del que no se habla porque todo lo relacionado con la mujer es un tabú. Entonces, te crees que todas esas cosas horribles solamente te pasan a ti y que son una vergüenza cuando, en realidad, es lo normal”.

Jacqueline Sánchez, de 57 años, en su lugar de trabajo en Lleida.EL PAÍS

Jacqueline Sánchez, de 57 años, también tuvo una menopausia precoz a partir de los 34 tras una hemorragia interna por un aborto. Ella sí se lo contó a su marido y a su hija, pero admite que con su madre, por ejemplo, “no se habló nunca del tema”. De su experiencia con 20 años de menopausia destaca la falta de información constante: “No sabes nada y por mucho que preguntes, tampoco hay gran información. Ahora vuelvo a tener insomnio y calores, por ejemplo, probablemente porque no he terminado esta fase. Hay mucha ignorancia y pocas explicaciones, quizás porque es poco importante o porque no se habla lo suficiente para hacerlo importante”.

Información y machismo

La información es imprescindible, coincide Aïna Munné, de 34 años. Casi todo lo que sabe de la menopausia que le llegará en unos años es por su madre, que sí lo ha compartido en casa. Poco más. “No recuerdo ninguna mención en la secundaria a este tema. Como todo lo que tienen que ver con personas con útero, está invisibilizado y estigmatizado”, lamenta. En Reino Unido, han incorporado la enseñanza sobre la menopausia en el plan de estudios de secundaria.

Hickey opina que el rol del machismo “es fundamental” en el estigma de la menopausia: “La menopausia es discriminación por edad en base al género de esta sociedad”. Y ese peso llega a la ciencia, protesta Valls: “La menopausia es un tabú para la investigación. No se ha hecho bien y esto forma parte del desconocimiento habitual de la salud de la mujer”.

Munné es contundente: “Necesito información y un cambio de chip: hay que dejar de estigmatizar el envejecimiento y cambiar la forma en que se comunica este tema”. Los expertos abogan por fijar el foco en factores positivos, como acabar con los síndromes premenstruales o no necesitar anticonceptivos. Munné también lo mira así: “Yo no sé cómo me lo voy a tomar cuando aparezca la menopausia, pero tengo endometriosis, así que acabar con las reglas dolorosas, también me atrae”, resuelve.

Mientras no se hable, no obstante, no se conocerá, ni lo positivo, ni lo negativo. Y crecen la desinformación y los miedos, lamentan los expertos. Hay mujeres, de hecho, que sufren en silencio síntomas que podrían ser tratados, protesta Palacios: “Una de cada cuatro mujeres necesita terapia hormonal sustitutiva y solo estamos dándola al 2%. Eso quiere decir que el 23% lo está pasando mal”.

La polémica de las hormonas

El tratamiento hormonal de la menopausia, que consiste en administrar hormonas que el cuerpo ha dejado de producir, alivia los síntomas y, según los expertos consultados, está indicado para mujeres por debajo de 10 años de postmenopausia, de edad inferior a 60 años y con síntomas graves, que deterioren su calidad de vida. Sin embargo, lamenta Palacios, en España persiste una especie de “hormonofobia”, un rechazo generalizado a estos fármacos y el origen está, según el médico, en la interpretación de un estudio publicado hace 20 años —el Women’s Health Initiative (WHI)—, que asociaba esta terapia con un mayor riesgo de cáncer de mama.

“Luego hubo reanálisis que matizaron estas conclusiones. Ahora sabemos que si empiezas la terapia antes de los 60, el beneficio es mayor que el riesgo. Si empiezas después, es verdad que hay más riesgo de trombosis venosas”, apostilla Palacios. Coincide González: “La del WHI era una población muy concreta: mujeres de una media de 63 años, con factores de riesgo cardiovascular, que llevaban muchísimos años de terapia hormonal antes de entrar en el estudio y que ni siquiera tenían síntomas, sino que se les puso la terapia de forma preventiva. Se les pautaron dosis medias, no bajas como las que usamos ahora, de hormonas sintéticas por vía oral. En este grupo las conclusiones desaconsejan que no uses terapia hormonal. ¡Pues claro! Ningún experto español en menopausia que esté en su sano juicio plantearía tratar a una mujer con estas características con esas pautas de hormonas”.

Enriqueta Barranco, ginecóloga e investigadora de la Universidad de Granada, insiste en que la terapia hormonal “no está indicada en la prevención ni en el tratamiento de otros problemas de salud de las mujeres”. “Se puede prescribir, de acuerdo con la mujer y después de haber estudiado sus ventajas e inconvenientes, en los casos en los que aparecen síntomas vegetativos que dificultan su vida, como bochornos o sudoración abundante, o en los casos de sequedad vaginal que no remita con tratamientos locales”, conviene.

Tras el estudio WHI, bajó el consumo de terapia hormonal. Pero los propios autores escribieron un artículo en el New England Journal of Medicine donde denunciaban que sus resultados se estaban usando “de manera inapropiada” para tomar decisiones sobre el tratamiento en mujeres más jóvenes que las de la edad media del estudio (63 años). En otra investigación en 2017 que siguió 18 años a mujeres postmenopáusicas que habían tomado terapia hormonal entre cinco y siete años, tampoco se encontró un mayor riesgo de mortalidad por todas las causas.

Aïna Munné, de 34 años.GIANLUCA BATTISTA

Pero el temor persiste y “hay mucha confusión y miedo entre las pacientes”, lamenta Palacios, que advierte que este tratamiento es una opción terapéutica más, no la única. Hay complementos vitamínicos y otros abordajes para síntomas concretos. El deporte y la dieta equilibrada, por ejemplo, son fundamentales para evitar la acumulación de grasa en determinadas zonas.

Los expertos abogan por buscar un equilibrio para evitar el exceso de medicalización, pero responder a las necesidades de las mujeres. En palabras de Roca: “La menopausia no es una enfermedad, pero tampoco le quitemos importancia porque puede tener consecuencias en la salud”. Un estudio de la Sociedad Fawcett reportó que una de cada diez mujeres ha dejado su trabajo debido a la menopausia.

González, que también es jefa clínica de la Unidad de Menopausia y Osteoporosis de HM Gabinete Velázquez de Madrid, describe los dos extremos del péndulo: uno, donde está España, con ese bajo consumo de terapia hormonal; y otro, en el que está Estados Unidos o países de Latinoamérica, “donde se venden como terapias antiedad unos cócteles de hormonas hechos ad hoc para cada paciente”. Pero la AEEM no recomienda estos compuestos hormonales “porque no cubre las necesidades de garantía y seguridad”.

En ese camino para normalizar la menopausia falta alzar la voz y comentarlo, en casa y con el médico, en las revisiones ginecológicas, expone Roca. “A veces, por prudencia, ellas no comentan nada, aunque lo pasen mal con los sofocos o los cambios de humor. Y los médicos tampoco son empáticos y no suelen preguntar cómo te va”. Romagosa va más allá: “Urge informar a las mujeres y que ellas tomen las riendas de su vida. Que se olviden de normalizar el malestar”.


Jessica Mouzo es redactora de sanidad en EL PAÍS. Es licenciada en Periodismo por la Universidade de Santiago de Compostela y Máster de Periodismo BCN-NY de la Universitat de Barcelona.
Fuente: El País

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in